![]() | Ïðîèçâåäåíèå ðàçìåùåíî íà ñàéòå Ðîññèéñêîé Ëèòåðàòóðíîé Ñåòè www.blasko.net.ru. Âñå ïðàâà íà èñõîäíûå ìàòåðèàëû ïðèíàäëåæàò ñîîòâåòñòâóþùèì îðãàíèçàöèÿì è ÷àñòíûì ëèöàì. Àäìèíèñòðàòîð ñàéòà: Èãîðü Øàðàïîâ. Æåëàåì Âàì ïðèÿòíîãî ÷òåíèÿ! |
I
Los amigos te esperan en el Casino. Solo te han visto un momento esta manana; querran oirte: que les cuentes algo de Madrid.
Y dona Bernarda fijaba en el joven diputado una mirada profunda y escudrinadora de madre severa, que recordaba a Rafael sus inquietudes de la ninez.
-?Vas directamente al Casino?... -anadio-. Ahora mismo ira Andres.
Saludo Rafael a su madre y a don Andres, que aun quedaban a la mesa saboreando el cafe, y salio del comedor.
Al verse en la ancha escalera de marmol rojo, envuelto en el silencio de aquel caseron vetusto y senorial, experimento el bienestar voluptuoso del que entra en un bano tras un penoso viaje.
Despues de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estacion, de los vitores y musica hasta ensordecer, apretones de mano aqui, empellones alla y una continua presion de mas de mil cuerpos que se arremolinaban en las calles de Alcira para verlo de cerca, era el primer momento en que se contemplaba solo, dueno de si mismo, pudiendo andar o detenerse a voluntad, sin precision de sonreir automaticamente y de acoger con carinosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconocia.
?Que bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonante con el eco de sus pasos! ?Que grande y hermoso le parecia el patio, con sus cajones pintados de verde, en los que crecian los platanos de anchas y lustrosas hojas! Alli habian pasado los mejores anos de su ninez. Los chicuelos que entonces le espiaban desde el gran portalon, esperando una oportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramon Brull, eran los mismos que dos horas antes marchaban, agitando sus fuertes brazos de hortelanos, desde la estacion a la casa, dando vivas al diputado, al ilustre hijo de Alcira.
Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio, aunque alla en el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha de que en la preparacion del recibimiento habian entrado por mucho las ambiciones de su madre y la fidelidad de don Andres, a la sazon coligados con todos los amigos unidos a la grandeza de los Brull, caciques y senores del distrito.
Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, despues de algunos meses de estancia en Madrid, permanecio un buen rato inmovil en el patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de los graneros -de las que tantas veces se habia retirado de nino, advertido por los gritos de su madre-, y al final, como un velo azul y luminoso, un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de oro los racimos de inflamadas naranjas.
Le parecia ver aun a su padre, el imponente y grave don Ramon, paseando por el patio con las manos atras, contestando con pocas y reposadas palabras las consultas de los partidarios que le seguian en sus evoluciones con mirada de idolatras. ?Si hubiera podido resucitar aquella manana, para ver a su hijo aclamado por toda la ciudad!
Un ligero rumor, semejante al aleteo de dos moscas, turbaba el profundo silencio de la casa. El diputado miro al unico balcon que estaba entreabierto. Su madre y don Andres hablaban en el comedor. Se ocuparian de el, como siempre. Y cual si temiera ser llamado, perdiendo en un instante el bienestar de la soledad, abandono el patio, saliendo a la calle.
Las dos de la tarde. Casi hacia calor, aunque era el mes de marzo. Rafael, habituado al
viento frio de Madrid y a las lluvias de invierno, aspiraba con placer la tibia brisa que esparcia el perfume de los huertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.
Anos antes habia estado en Italia con motivo de una peregrinacion catolica: su madre lo habia confiado a la tutela de un canonigo de Valencia, que no quiso volver a Espana sin visitar a don Carlos, y Rafael recordaba las callejuelas de Venecia al pasar por las calles de la vieja Alcira, profundas como pozos, sombrias, estrechas, oprimidas por las altas casas, con toda la economia de una ciudad que, edificada sobre una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y solo deja a la circulacion el terreno preciso.
Las calles estaban solitarias. Se habian ido a los campos los que horas antes las llenaban en ruidosa manifestacion. Los desocupados se encerraban en los cafes, frente a los cuales pasaba apresuradamente el diputado, recibiendo al traves de las ventanas el vaho ardiente en que zumbaban choques de fichas y bolas de marfil y las animadas discusiones de los parroquianos.
Llego Rafael al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la vieja ciudad, edificada sobre la isla. El Jucar peinaba sus aguas fangosas y rojizas en los machones del puente. Unas cuantas canoas balanceabanse amarradas a las casas de la orilla. Rafael reconocio entre ellas la barca que en otro tiempo le servia para sus solitarias excursiones por el rio, y que, olvidada por su dueno, iba soltando la blanca capa de pintura.
Despues se fijo en el puente: en su puerta ojival, resto de las antiguas fortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roida, como si por las noches vinieran a devorarla todas las ratas del rio, y en los dos casilicios que guardaban unas imagenes mutiladas y cubiertas de polvo.
Eran el patron de Alcira y sus santas hermanas: el adorado San Bernardo, el principe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atraido al cristianismo por la mistica poesia del culto, ostentando en su frente destrozada el clavo del martirio.
Los recuerdos de su ninez, vigilada por una madre de devocion credula e intransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquella estatua desfigurada y vulgar era el penate de la poblacion, y la candida leyenda de la enemistad y la lucha entre San Vicente y San Bernardo inventada por la religiosidad popular venia a su memoria.
El elocuente fraile llegaba a Alcira en una de sus correrias de predicador y se detenia en el puente, ante la casa de un veterinario, pidiendo que le herrasen su borriquilla. Al marcharse, le exigia el herrador el precio de su trabajo; e indignado San Vicente, por su costumbre de vivir a costa de los fieles, miraba al Jucar, exclamando:
-Algun dia diran: asi estaba Alcira.
-No, mentres Bernat estiga -contestaba desde su pedestal la imagen de San Bernardo.
Y, efectivamente, alli estaba aun la estatua del santo, como centinela eterno vigilando el Jucar para oponerse a la maldicion del rencoroso San Vicente.
Es verdad que el rio crecia y se desbordaba todos los anos, llegando hasta los mismos pies de San Bernat, faltando poco para arrastrarle en su corriente; es verdad tambien que cada cinco o seis anos derribaba casas, asolaba campos, ahogaba personas y cometia otras espantables fechorias, obedeciendo la maldicion del patron de Valencia; pero el de Alcira podia mas, y buena prueba era que la ciudad seguia firme y en pie, salvo los consiguientes desperfectos y peligros de cada vez que llovia mucho y bajaban las aguas de Cuenca.
Rafael sonriendo al poderoso santo como un amigo de su ninez, paso el puente y entro en el Arrabal, la ciudad nueva, anchurosa y despejada, como si las apretadas casas de la isla, cansadas de la opresion, hubiesen pasado en tropel a la ribera opuesta, esparciendose con el alborozo y el desorden de colegiales en libertad.
El diputado se detuvo en la entrada de la calle donde estaba el Casino. Hasta el llegaba el rumor de la concurrencia, mayor que otros dias con motivo de su llegada. ?Que iba a hacer alli? Hablar de los asuntos del distrito, de la cosecha de la naranja o de las rinas de gallos; describirles como era el jefe del Gobierno y el caracter da cada
ministro. Penso con cierta inquietud en don Andres, aquel mentor que, por recomendacion de su madre, si se despegaba de el alguna vez, era para seguirle de lejos... Pero, ?bah!, que le esperasen en el Casino. Tiempo le quedaba en toda la tarde para abismarse en aquel salon lleno de humo, donde todos, al verle, se abalanzarian a el, mareandole con sus preguntas y confidencias.
Y embriagado cada vez mas por la luz meridional y aquellos perfumes primaverales en pleno invierno, torcio por una callejuela, dirigiendose al campo.
Al salir del antiguo barrio de la Juderia y verse en plena campina, respiro con amplitud, como si quisiera encerrar en sus pulmones toda la vida, la frescura y los colores de su tierra.
Los huertos de naranjos extendian sus rectas filas de copas verdes y redondas en ambas riberas del rio; brillaba el sol en las barnizadas hojas; sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las maquinas del riego; la humedad de las acequias, unida a las tenues nubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio una neblina sutilisima que transparentaba la dorada luz de la tarde con reflejos de nacar.
A un lado alzabase la colina de San Salvador, con su ermita en la cumbre rodeada de pinos, cipreses y chumberas. El tosco monumento de la piedad popular parecia hablarle como un amigo indiscreto, revelando el motivo que le hacia abandonar a los partidarios y desobedecer a su madre.
Era algo mas que la belleza del campo lo que le atraia fuera de la ciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la manana en el vagon, lo primero que vio antes de abrir los ojos fue un huerto de naranjos, la orilla del Jucar y una casa pintada de azul, la misma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas del follaje, alla en la ribera del rio.
?Cuantas veces la habia visto en los ultimos meses con los ojos de la imaginacion!...
Muchas tardes, en el Congreso, oyendo al jefe, que desde el banco azul contestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro, como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba a dormirse. Ante sus ojos entornados desarrollabase una neblina parda, como si espesara la penumbra humeda de bodega en que esta siempre el salon de sesiones, y sobre este telon destacabanse como vision cinematografica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanas abiertas, y por una de ellas salia un chorro de notas, una voz velada y dulcisima cantando lieders y romanzas que servian de acompanamiento a los duros y sonoros parrafos del jefe del Gobierno. De repente, Rafael despertaba con los aplausos y el barullo. Habia llegado el momento de votar, y el diputado, viendo todavia los ultimos contornos de la casa azul que se desvanecian, preguntaba a su vecino de banco:
-?Que votamos? ?Si o no?
La misma vision se le presentaba por las noches en el teatro Real, alli donde la musica solo servia para hacerle recordar la voz del huerto extendiendose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en las comidas con los companeros de Comision, cuando con el veguero en los labios, retozandoles la alegria voluptuosa de una digestion feliz, iban todos a acabar la noche en alguna casa de confianza, donde no corriera peligro su dignidad de representante del pais.
Ahora volvia a ver con intensa emocion aquella casa y marchaba hacia ella, no sin vacilaciones, con cierto temor que no podia explicarse y que agitaba su diafragma, oprimiendole los pulmones.
Pasaban los hortelanos junto al diputado, cediendole el borde del camino, y el contestaba distraidamente a su saludo.
Todos ellos se encargarian de contar donde le habian visto. No tardaria su madre en saberlo. Por la noche, tempestad en el comedor de su casa. Y Rafael, siempre caminando hacia la casa azul, pensaba con amargura en su situacion. ?A que iba alla? ?Por que empenarse en complicar su vida con dificultades que no podia vencer? Recordaba las dos o tres escenas cortas, pero violentas, que meses antes habia tenido con su madre. El furor autoritario de aquella senora tan devota y rigida de costumbres
Al enterarse de que su hijo visitaba la casa azul y era amigo de una extranjera a la que no trataban las personas decentes de la ciudad, y de la que solo hablaban bien los hombres en el Casino, cuando se veian libres de la protesta de sus familias.
Fueron escena borrascosisimas. Por aquellos dias lo iban a elegir diputado. ?Es que queria deshonrar el nombre de la familia, comprometiendo su porvenir politico? ?Para eso habia arrastrado su padre una vida de luchas, de servicios al partido, realizados muchas veces escopeta en mano? ?Una perdida podia comprometer la casa de los Brull, arruinada por treinta anos de politica y de elecciones para los senores de Madrid, ahora que su representante iba a tocar el resultado de tanto sacrificio consiguiendo la diputacion y tal vez el medio de salvar las antiguas fincas, abrumadas por el peso de embargos e hipotecas?...
Rafael, anonadado por aquella madre energica, que era el alma del partido, prometio no volver mas a la casa azul, no ver a la perdida, como la llamada dona Bernarda con una entonacion que hacia silbar la palabra.
Pero de entonces databa el convencimiento de su debilidad. A pesar de su promesa, volvio. Iba por caminos extraviados, dando grandes rodeos, ocultandose como cuando de nino marchaba con los camaradas a comer fruta en los huertos. El encuentro con una labradora, con un chicuelo o con un mendigo le hacia temblar, a el, cuyo nombre repetia todo el distrito y que de un momento a otro iba a conseguir la investidura popular, el eterno ensueno de su madre. Y al presentarse en la casa azul tenia que fingir que llegaba por un acto libre de su voluntad, sin miedo alguno. Asi, sin que lo supiera su madre, siguio viendo a aquella mujer hasta la vispera de su salida para Madrid.
Al llegar Rafael a este punto de sus recuerdos, preguntabase que esperanza le movia a desobedecer a su madre, arrostrando su temible indignacion.
En aquella casa solo habia encontrado una amistad franca y despreocupada, un companerismo algo ironico, como de persona obligada por la soledad a escoger entre los inferiores el camarada menos repulsivo. ?Ay!, ?como veia aun las risas escepticas y frias con que eran acogidas sus palabras, que el creia de ardorosa pasion! ?Que carcajada aquella, insolente y brutal como un latigazo, el dia en que se atrevio a decir que estaba enamorado!
-Nada de romanticismo, ?eh, Rafaelito?... Si quiere usted que sigamos amigos, sea, con la condicion de que me trate como a un hombre. Camaradas y nada mas.
Y mirandolo con sus ojos verdes, luminosos, diabolicos, se sentaba al piano y comenzaba uno de aquellos cantos ideales, como si quisiera con la magia del arte levantar una barrera entre los dos.
Otro dia estaba nerviosa; le molestaban las miradas de Rafael, sus palabras de amorosa adoracion, y le decia con brutal franqueza:
-No se canse usted. Yo ya no puedo amar: conozco mucho a los hombres; pero si alguno me hiciese volver al amor, no seria usted, Rafaelito.
Y el, alli, insensible a los aranazos y desprecios de aquel terrible amigo con faldas, indiferente ante los conflictos que la ciega pasion podia provocar en su casa.
Queria librarse del deseo, y no podia. Para arrancarse de tal atraccion pensaba en el pasado de aquella mujer; se decia que, a pesar de su belleza, de su aire aristocratico, de la cultura con que le deslumbraba a el, pobre provinciano, no era mas que una aventurera que habia corrido medio mundo, pasando de unos a otros brazos. Resultaba una gran cosa el conseguirla, hacerla su amante, sentirse en el contacto carnal camarada de principes y celebres artistas; pero ya que era imposible, ?a que insistir, comprometiendose y quebrantando la tranquilidad de su casa?
Para olvidarla, rebuscaba el recuerdo de palabras y actitudes, queriendo convertirlas en defectos. Saboreaba el goce del deber cumplido cuando, tras esta gimnasia de su voluntad, pensaba en ella sin sentir el deseo de poseerla, una satisfaccion de eunuco, que contempla frio e indiferente, como pedazos de carne muerta, las desnudas bellezas tendidas a sus pies.
Al principio de su vida en Madrid se creyo curado. Su nueva existencia, las continuas
y pequenas satisfacciones del amor propio, el saludo de los ujieres del Congreso, la
admiracion de los que venian de alla y le pedian una papeleta para las tribunas; el verse tratado como companero por aquellos senores, de muchos de los cuales hablaba su padre con el mismo respeto que si fuesen semidioses; el oirse llamar senoria, el a quien Alcira entera tuteaba con afectuosa familiaridad, y rozarse en los bancos de la mayoria conservadora con un batallon de duques, condes y marqueses, jovenes que eran diputados como complemento de la distincion que da una querida guapa y un buen caballo de carreras, todo esto le embriagaba, le aturdia, haciendole olvidar, creyendose completamente curado.
Pero al familiarizarse con su nueva vida, al perder el encanto de la novedad, estos halagos del amor propio, volvian los tenaces recuerdos a emerger en su memoria. Y por la noche, cuando el sueno aflojaba su voluntad en dolorosa tension, la casa azul, los ojos verdes y diabolicos de su duena y la boca fresca, grande y carnosa, con su sonrisa ironica que parecia temblar entre los dientes blancos y luminosos, eran el centro inevitable de todos sus ensuenos.
?Para que resistir mas? Podia pensar en ella cuanto quisiera; esto no lo sabria su madre. Y se entrego a unos amores de imaginacion, en los cuales la distancia hermoseaba aun mas a aquella mujer.
Sintio el deseo vehemente de volver a su ciudad. La ausencia y la distancia parecian allanar los obstaculos. Su madre no era tan temible como el creia. ?Quien sabe si al volver alla -ahora que el mismo se creia cambiado por su nueva vida- le seria facil continuar aquellas relaciones, y preparada ella por el aislamiento y la soledad, lo recibiria mejor!
Las Cortes iban a cerrarse, y obedeciendo las continuas indicaciones de los partidarios y de dona Bernarda, que le pedian que hiciese algo -fuese lo que fuese-, algo beneficioso para la ciudad, una tarde, a primera hora, cuando en el salon de sesiones no estaban mas que el presidente, los maceros y unos cuantos periodistas dormidos en la tribuna, se levanto, con el almuerzo subido a la garganta por la emocion, para pedir al ministro de Fomento mas actividad en el expediente de las obras de defensa de Alcira contra las invasiones del rio: un mamotreto que contaba unos sesenta anos de vida y aun estaba en la ninez.
Despues de esto ya podia volver con la aureola de diputado practico, «celoso defensor de nuestros intereses materiales», como lo titulaba el semanario de la localidad, organo del partido. Y aquella manana al bajar del tren, entre los apretones de la muchedumbre, el diputado, sordo a la Marcha Real y a los vivas, se levantaba sobre las puntas de los pies, buscando ver a lo lejos entre las banderas, la casa azul con sus masas de naranjos.
Al llegar a ella, por la tarde, la emocion erizaba su epidermis y oprimia su estomago. Penso por ultima vez en su madre, amante de su prestigio y temerosa de las murmuraciones de los enemigos; en aquellos demagogos que por la manana se asomaban a la puerta de los cafes burlandose de la manifestacion; pero todos sus escrupulos se desvanecieron al ver la cerca de altas adelfas y punzantes espinos, las dos pilastras azules en que se apoyaba la puerta de verdes barrotes; y, empujando esta, entro en el huerto.
Los naranjos extendianse en filas, formando calles de roja tierra anchas y rectas, como las de una ciudad moderna tirada a cordel en la que las casas fuesen cupulas de un verde oscuro y lustroso. A ambos lados de la avenida que conducia a la casa extendian y entrelazaban los altos rosales sus espinosas ramas. Comenzaban a brotar en ella los primeros botones, anunciando la primavera.
Entre el rumor y la brisa agitando los arboles y el parloteo de los gorriones que saltaban en torno de los troncos, Rafael percibio una musica lejana, el sonido de un piano apenas rozado con los dedos, y una voz velada, timida, como si cantase para si misma.
Era ella, Rafael conocia la musica; un lieder de Schubert, el favorito de aquella epoca; un maestro que aun tenia lo mejor por descolgar, segun decia la artista en el argot aprendido de los grandes musicos, aludiendo a que solo se habian popularizado las
obras mas vulgares del melancolico compositor.
El joven avanzaba lentamente, con miedo, como si temiera que el ruido de sus pasos cortase aquella melodia que parecia mecer amorosamente el huerto, dormido bajo la luz de oro de la tarde.
Llego a la plazoleta, frente a la casa, y vio de nuevo sus palmeras rumorosas, los bancos de mamposteria con asiento y respaldo de floreados azulejos. Alli habia reido ella muchas veces escuchandole.
La puerta estaba cerrada. A traves de un balcon entreabierto veiase un pedazo de seda azul ligeramente curvada: la espalda de una mujer.
Los pasos de Rafael hicieron ladrar a un perro en el fondo del huerto; huyeron cacareando las gallinas que picoteaban en un extremo de la plazoleta y ceso la musica, oyendose el arrastrar de una silla.
Aparecio en el balcon una amplia bata de color celeste. Lo unico que vio Rafael fueron los ojos, el relampago verde que parecio llenar de luz todo el hueco del balcon.
-?Beppa! ?Beppina! -grito una voz firme, sonora y caliente de soprano-. Abri la porta.
E inclinando su cabeza rubia oscura, cargada de gruesas trenzas, como un casco de oro antiguo, dijo, sonriendo con confianza amistosa y burlona:
-Bien venido, Rafaelito. No se por que, le esperaba esta tarde. Ya nos hemos enterado de sus triunfos: hasta este desierto llegaron la musica y los vivas. Mi enhorabuena, senor diputado. Pase adelante su senoria.
II
Desde Valencia hasta Jativa, en toda la inmensa extension cubierta de arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago titulo de la Ribera, no habia quien ignorase el nombre de Brull y la fuerza politica que significaba.
Como si no se hubiera realizado la unidad nacional y el pais siguiera aun dividido en taifas o valiatos, como cuando existia un rey moro en Carlet, otro en Denia y otra en Jativa, el regimen de elecciones mantenia una especie de senorio inviolable en cada distrito, y al recorrer en el gobierno de la provincia el mapa politico, siempre que se fijaban en Alcira decian los mismo:
-Ahi estamos seguros. Contamos con Brull.
Era una dinastia que venia reinando treinta anos sobre el distrito, cada vez con mayor fuerza.
El fundador de la casa soberana habia sido el abuelo de Rafael, el ladino don Jaime, que habia amasado la fortuna de la familia con cincuenta anos de lenta explotacion de la ignorancia y la miseria. Comenzo de escribiente en el Ayuntamiento; despues habia sido secretario en el Juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro de Propiedad. No quedo empleo menudo de los que ponen en contacto a la ley con el pobre que el no monopolizase, y de este modo, vendiendo la justicia como favor o la astucia para dominar al rebelde, fue haciendo camino y apropiandose pedazos de aquel suelo riquisimo, que adoraba con ansias de avaro.
Charlatan solemne, que a cada momento hablaba del articulo tantos de la ley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenian tanta fe en su sabiduria como miedo a su mala intencion, y acudian a solicitar su consejo en todos los conflictos, pagandole como a un abogado.
Cuando hizo una pequena fortuna, continuo en las modestas funciones para conservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a los labriegos todo el que esta en buenas relaciones con la ley; pero en vez de ser un pedigueno, solicitante eterno del ochavo de los pobres, se dedico a sacarles de apuros prestandoles dinero con la garantia de las futuras cosechas.
Dar dinero a prestamo le parecia una mezquindad. Las angustias de los labradores eran cuando moria el caballo y habia que comprar otro. Por esto don Jaime se dedico
a vender a los hortelanos bestias de labor mas o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia, y que el colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid. Nada de ventas plazos. Dinero al contado: los caballos no eran de el -segun afirmaba con la mano puesta en el pecho- y sus duenos querian cobrarlos en seguida. Lo unico que podia hacer, obedecer a su gran corazon, debil ante la miseria, era buscar dinero para la compra, pidiendolo a cualquier amigo.
Caia en la trampa el infeliz labriego, impulsado por la necesidad, y se llevaba el caballo, despues de firmar con toda clase de garantias y responsabilidades el prestamo de una cantidad que no habia visto, pues el don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero, la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueno del caballo. Total: que el rustico adquiria una bestia sin regateo por el duplo de su valor, habiendo ademas tomado a prestamo una cantidad con crecido interes. En cada negocio de estos, don Jaime doblaba el capital. Despues venian inevitablemente los apuros de la victima: los intereses amontonandose; las nuevas concesiones, mas ruinosas todavia, para amansar a don Jaime y que diese un mes de respiro.
Todos los miercoles, dia de mercado en Alcira y de gran aglomeracion de hortelanos, la calle donde vivia don Jaime era un jubileo. Se presentaban a pedir prorrogas, entregando algunas pesetas como donativo gracioso que no influia en la rebaja del debito; solicitaban otros un prestamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar al avariento rabula; y lo extrano del caso era que, segun notaban los vecinos, toda aquella gente, despues de dejar alli cuanto tenia, marchaba contenta, con rostro de satisfaccion, como si acabara de librarse de un peligro.
Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura sabia presentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los otros, de los ocultos duenos del dinero y los caballos, hombres sin entranas que le apretaban a el, haciendole responsable de las faltas de los deudores. Aquellos disgustos los merecia, por tener buen corazon, por meterse a hacer favores; y tal conviccion sabia infundir a sus victimas el demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiacion del campo o de la casita, aun decian con resignacion muchos de los despojados:
-El no tiene la culpa. ?Que habia de hacer el pobre si le obligan? Son los otros, los otros que se chupan la sangre del pobre.
Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiria un campo aqui, luego otros mas alla, despues un tercero, que unia a los dos, y a la vuelta de muy pocos anos formaba un hermoso huerto de naranjos, adquirido con mas trampas y malas artes que dinero efectivo. Asi iba agrandando sus propiedades, y siempre risueno, las gafas sobre la frente y el estomago cada vez mas voluminoso, se le veia entre sus victimas, tuteandolas con fraternal carino, dandoles palmaditas en la espalda, cuando llegaban con nuevas peticiones, y jurando que le haria morir en la calle como un perro aquella mania de hacer favores.
Asi fue prosperando, sin que las burlas de las gentes de la ciudad le hicieran perder la confianza de aquel rebano de rusticos, que le temian como a la ley y creian en el como en la Providencia.
Un prestamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueno del caseron senorial, que desde entonces paso a ser de la familia Brull. Comenzo a frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que, aunque despreciandole, le abrieron un hueco entre ellos, con esa instintiva solidaridad d la masoneria del dinero. Para adquirir mayores respetos, se hizo devoto de San Bernardo, pago fiestas a la iglesia y estuvo siempre al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para el no hubo ya en Alcira otras personas que las que al llegar la cosecha recogian miles de duros; los demas eran la canalla.
Por entonces, emancipado de los bajos oficios que habia desempanado, y dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servian de intermediarios, comenzo a preocuparse del casamiento de su hijo Ramon. Era su unico heredero: una mala cabeza que alteraba con sus genialidades el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull, descansando de sus rapinas.
El padre sentia una satisfaccion animal al verlo grande, fuerte, atrevido e insolente, haciendose respetar en cafes y casinos, mas aun por sus punos que por la especial inmunidad que da el dinero en las pequenas poblaciones. ?Cualquiera se atreveria a burlarse del viejo usurero teniendo a su lado tal hijo!
Queria ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho hacia referencia a lo que llamaba su vocacion. ?Para eso habia trabajado el haciendose rico? Recordaba la epoca en que, pobre escribiente, tenia que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente con el espinazo doblado. No queria que a su hijo lo llevasen de aqui para alla, como una maquina.
-?Mucho dorado -exclamaba con el desprecio del que no se siente atraido por las exterioridades-, mucho galon, pero al fin un esclavo!
Queria a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la ciudad, completando la grandeza de la familia, iniciada por el; apoderandose de las personas, como el se habia apoderado del dinero.
Seria abogado: la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente deseo de antiguo rabula ver a su vastago entrando con la frente alta en el vedado de la ley, donde el se habia introducido siempre cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una cadena al pie.
Ramon paso algunos anos en Valencia, sin que pudiera saltar mas alla de los prolegomenos del Derecho, por la maldita razon de que las clases eran por la manana y el tenia que acostarse al amanecer, hora en que se apagaban los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Ademas, tenia en su cuarto de la casa de huespedes una magnifica escopeta, regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacia pasar muchas tardes entretenido en el tiro de palomo, donde era mas conocido que en la Universidad.
Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado, con unos ojos imperiosos endurecidos por pobladas cejas, habia sido creado para la accion, para la actividad; era incapaz de enfocar su inteligencia en el estudio.
El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia tenia a su hijo a media racion -como el decia-, solo le enviaba el dinero justo para vivir; pero victima a su vez de aquellas malas artes con las que en otro tiempo explotaba a los labriegos, habia de hacer frecuentes viajes a Valencia, buscando arreglo con ciertos usureros que hacian prestamos al hijo en tales condiciones que la insolvencia podia conducirle a la carcel.
Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazanas del principe, como le llamaba don Jaime al ver la despreocupacion con que gastaba el dinero. En las tertulias de familias amigas se hablaba con escandalo de las calaveradas de Ramon. De una rina por cuestion de juego a la salida de un casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, que juraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompanaba de dia al taller y de noche al baile.
El viejo Brull no quiso tolerar por mas tiempo las calaveradas de su hijo y le hizo abandonar los estudios. No seria abogado; al fin, no era necesario un titulo para ser personaje. Ademas, se sentia achacoso; le era dificil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitaba la ayuda de aquel hijo que parecia nacido para imponer su autoridad a cuantos le rodeaban.
Hacia tiempo que habia fijado su atencion en la hija de un amigo suyo. En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa habia muerto poco antes de retirarse el de los negocios, y el viejo Brull se indignaba ante el descuido y falta de interes de las criadas. Casaria a su Ramon con Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes, que heredaria de sus padres tres hermosos huertos. Ademas, llamaba la atencion por lo hacendosa y economica, con una parsimonia en sus gastos que rayaba en tacaneria.
Ramon obedecio a su padre. Educado en los prejuicios de la riqueza rural, creia que una persona decente no podia oponerse a la union con una hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.
El suegro y la nuera se entendian perfectamente. Enterneciase el viejo viendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el mas leve despilfarro de las
criadas, gritar a los colonos cuando notaba el menor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradores de naranja por un centimo de mas o de menos en la arroba. Aquella nueva hija era el consuelo de su vejez.
Mientras tanto, el principe cazaba por la manana en los montes cercanos y se pasaba la tarde en el cafe; pero ya no le satisfacia el aplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, ni visitaba la partida del piso superior. Buscaba la tertulia de personas serias, era amigo del alcalde, y hablaba de la necesidad de que todas las personas pudientes estuviesen unidas para meter en un puno a la pilleria.
-Ya le pica la ambicion -decia el viejo alegremente a su nuera-. Dejale, mujer; el se abrira paso... Asi le quiero ver.
Comenzo por entrar en el Ayuntamiento, y pronto adquirio notoriedad. La menor objecion en el Consistorio era para el una ofensa personal: terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayor gloria era que los enemigos se dijeran: «Cuidado con Ramon... Mirad que es muy bruto.»
Y junto con su acometividad, mostraba, para captarse amigos, una esplendidez que era el tormento de su padre. Hacia favores; mantenia a todos los que por su repulsion al trabajo y su mala cabeza eran temibles; daba dinero a los que servian de heraldos de su naciente fama en tabernas y cafes.
Su ascension fue rapida. Los viejos que le protegian y guiaban se vieron postergados. Al poco tiempo fue alcalde; su influencia, encontrando estrecha la ciudad, se esparcio por todo el distrito y encontro firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba del servicio militar a mozos sanos y fuertes; cubria las trampas de los Ayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio; lograba que la Guardia Civil no persiguiera con mucho encono a los roders que, por un escopetazo certero en tiempos de elecciones, iban fugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se movia sin la voluntad de don Ramon, al que los suyos llamaban con respeto el quefe.
Su padre murio viendole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabeza realizaba su sueno: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombres, completando el acaparamiento del dinero. Y tambien antes de morir vio perpetuada la dinastia de los Brull con el nacimiento de su nieto Rafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e insipidos de un matrimonio al que solo unia la costumbre y el deseo de dominacion.
El viejo Brull murio como un santo. Salio de la vida ayudado por todos los ultimos sacramentos; no quedo clerigo en la ciudad que no empujase su alma camino del cielo con nubes de incensario en los solemnes funerales; y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijo, recordaban aquellos dias de mercado en los cuales el rebano de los huertos venia a dejarse esquilar en su despacho de rabula, toda la gente sensata que tenia que perder lloro la muerte del hombre digno y laborioso que, salido de la nada, habia sabido crearse una fortuna con su trabajo.
En el padre de Rafael aun quedaba mucho de aquel estudianton que tanto habia dado que hablar. Sus gustos de libertino rustico le hacian perseguir a las hortelanas, a las muchachas que empapelaban la naranja en los almacenes de exportacion. Pero tales devaneos quedaban en el secreto: el miedo al quefe ahogaba la murmuracion, y como ademas costaban poco dinero, dona Bernarda no se daba por enterada.
No amaba a su marido; tenia el egoismo de la senora campesina que considera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrar dinero.
Por una anomalia notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz de palabrotas de plazuela cuando habia que defender el dinero de la casa disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha, era tolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberania sobre el distrito.
Cada eleccion abria una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramon recibia el encargo de sacar triunfante a tal senor desconocido, que apenas si pasaba un par de dias en el distrito. Era la voluntad de los que gobernaban alla en Madrid. Habia que quedar bien, y todos los pueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corrian a espita rota los toneles de las tabernas; se distribuian punados de pesetas entre
los mas reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de don Ramon; y su mujer, que vestia habito para gastar menos y guisaba la comida con tal estrechez que apenas si dejaba algo para los criados, era la mas esplendida al llegar la lucha, y poseida de fiebre belicosa, ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.
Era esto un calculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente era un prestamo que cobraria con creces en un dia determinado. Y acariciaba con sus ojos penetrantes al pequenin moreno e inquieto que tenia sobre sus rodillas, viendo en el al privilegiado que recogeria el resultado de todos los sacrificios de la familia.
Se habia refugiado en la devocion como en un oasis fresco y agradable en medio de su vida monotona y vulgar, y experimentaba una sensacion de orgullo cuando algun sacerdote amigo le decia a la puerta de la iglesia:
-Cuide usted mucho de don Ramon. Gracias a el, la ola de la demagogia se detiene ante el templo y los malos principios no triunfan en el distrito. El es quien tiene en un
puno a los impios.
Y cuando tras una declaracion como esta, que halagaba su amor propio, dandole cierta tranquilidad para despues de la muerte, pasaba por las calles de Alcira con su habito modesto y su mantilla no muy limpia, saludada con afecto por los vecinos mas importantes, le perdonaba a su Ramon todos los devaneos de que tenia noticia y daba por bien empleados los sacrificios de fortuna.
Si no fuera por ellos, ?que ocurriria en el distrito?... Triunfarian los descamisados, aquellos menestrales que leian los papeles de Valencia y predicaban la igualdad. Tal vez se repartirian los huertos y querrian que el producto de las cosechas, inmensa pila de duros que dejaban ingleses y franceses, fuera para todos. Pero para evitar tal cataclismo alli estaba su Ramon, el azote de los malos, el campeon de la buena causa. Que la sacaba adelante dirigiendo las elecciones escopeta en mano, y asi como sabia enviar a presidio a los que le molestaban con su rebeldia, lograba conservar en la calle a los que con varias muertes en su historia se prestaban a servir al gobierno, sostenedor del orden y de los buenos principios.
Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Las talegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardias se desparramaban por el distrito, sin que bastasen a reemplazar su hueco algunas distracciones de fondos municipales. Don Ramon contemplaba impavido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidad tanto como de su poder.
Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachon bronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormes mostachos, en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.
-Don Ramon, debia usted quitarse esos bigotes-, le decian los curas amigos con acento de carinoso reproche-. Parece usted el propio Victor Manuel, el carcelero del Papa,
Pero aunque don Ramon era un ferviente catolico -que casi nunca iba a misa- y odiaba a los impios verdugos del santo Padre, sonreia acarciandose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener alguna semejanza con un rey.
El patio de la casa era el solio de su soberania. Sus partidarios le encontraban paseando de un extremo a otro por entre los verdes cajones de los platanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuerte y algo encorvada por la edad; una espalda majestuosa, capaz de sostener a todos sus amigos.
Alli administraba justicia, decidia la suerte de las familias, arreglaba la vida de los pueblos; todo con pocas y energicas palabras, como un rey moro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sus subditos a cielo descubierto. En los dias mercados se llenaba el patio. Detenianse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calle tenian cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba el zumbido de la rustica aglomeracion.
Don Ramon los escuchaba a todos, grave, cejijunto, con la cabeza inclinada, teniendo a su lado al pequeno Rafael, apoyandose en el con un ademas copiado de los cromos, donde el habia visto a ciertos reyes acariciando al principe heredero.
Las tardes de sesion en el Ayuntamiento, el cacique no podia abandonar su patio. En la casa municipal no se movia una silla sin su permiso, pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir su voluntad oculta.
Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde la casa del pueblo al patio de don Ramon.
Los escasos enemigos que tenia en el Municipio, gente de oficio -como decia dona Bernarda-, devoradora de papeles contrarios al rey y a la religion, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebano de don Ramon se estremecia de colera e impotencia. ?Habia que contestar! A ver: uno que fuese en seguida a consultar al quefe.
Y salia un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casa senorial echando los bofes, sonreia con satisfaccion viendo que el quefe estaba alli, paseando como siempre por su patio, dispuesto a sacarlos del apuro como inagotables Providencia. Deteniase en sus paseos don Ramon, meditaba un rato y acababa diciendo con fosca voz de oraculo: «Bueno, pues contestadle aquello y lo de mas alla.» El partidario salia desbocado como un caballo de carreras; todos sus companeros se agrupaban ansiosos para conocer la sabia opinion, y se establecia un pugilato entre ellos, queriendo casa uno ser el encargado de anonadar al enemigo con las santas palabras, hablando todos a la vez, como pajaros que de repente ven la luz y rompen a cantar desaforadamente.
Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefaccion y el silencio, nueva corrida en busca de la consulta; y asi transcurrian las sesiones, con gran regocijo del barbero Cupido -la peor lengua de la ciudad-, el cual, siempre que se reunia el Municipio, decia a los parroquianos:
-Hoy es dia de fiesta: corrida de concejales en pelo.
Cuando las exigencias del partido le hacian abandonar la ciudad, era su esposa, la energica dona Bernarda, la que atendia las consultas, dando respuestas, en concepto de partido, tan acertadas y sabias como las del quefe.
Esta colaboracion en el sostenimiento de la autoridad de la familia era lo unico que unia a los dos esposos. Aquella mujer, falta de ternura, que jamas habia experimentado la menor emocion en su roce conyugal y se prestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fria, enrojecia de emocion cada vez que el jefe admitia como buenas sus ideas. ?Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo decia muchas veces don Andres, el amigo intimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen para ser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio, formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religion de los Brull, esparcida por todo el distrito.
Alli donde don Ramon no podia ir, se presentaba don Andres como si fuese la propia persona del jefe. En los pueblos lo respetaban como vicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los platanos; y los que no se atrevian a aproximarse a este con suplicas, buscaban a aquel solteron de caracter alegre y familiar, que siempre tenia una sonrisa en su cara tostada, cubierta de arrugas, y un cuento bajo su bigote recio, tostado por el cigarro.
No tenia parientes, y pasaba casi todo el dia en la casa de Brull. Era como un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, y acostumbrados todos a el, resultaba indispensable para la familia. Don Ramon le habia conocido en su juventud de modesto empleado del Ayuntamiento, y lo engancho bajo su bandera, haciendole al poco tiempo su jefe de estado mayor.
Segun el, no habia persona de mas mala intencion y con mas memoria para recordar nombres y caras. Brull era el caudillo que dirigia las batallas; el otro ordenaba los movimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos y deshechos.
Don Ramon era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a la menor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta. De seguir a sus impulsos, la gente de accion del partido hubiera hecho cada dia una muerte. Don Andres hablaba con serafica sonrisa de enredarle las patas al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba un chaparron de papel sellado sobre le distrito, promoviendo procesos complicados que no terminaban nunca.
Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos de Rafael, acompanandole a pasear por los huertos, y cerca de dona Bernarda desempenaba las funciones de consejero de confianza.
Aquella mujer arisca y severa unicamente se mostraba expansiva y confiada con don Andres. Cuando este la llamaba su ama o la senora maestra, no podia evitar un movimiento de satisfaccion, y con el se lamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de las antiguas damas por el escudero de confianza.
En entusiasmo por la gloria de la casa los unia con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban, creyendo que dona Bernarda, despechada por las infidelidades del conyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andres, que sonreia con desprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe en pequenos negocios, indignabase si la maledicencia se cebaba en su amistad con la senora.
Lo que mas intimamente unia a las tres personas era el afecto de Rafael, aquel pequeno que habia de ilustrar el apellido de Brull, realizando las ilusiones del abuelo y el padre.
Era un muchacho tranquilo y melancolico, cuya dulzura parecia molestar a la rigida dona Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar los ojos, encontraba fija la mirada del pequeno.
-Anda a jugar al patio -decia la madre.
Y el pequeno salia inmediatamente, triste y resignado, como obedeciendo una orden penosa.
Don Andres era el unico que le alegraba con sus cuentos y sus paseos por los huertos, cogiendo flores para el, fabricandole flautas de cana. El fue quien se encargo de acompanarle a la escuela y de hacerse lenguas de su aficion al estudio. Si era serio y melancolico es porque iba para sabio, y en el Casino del partido les decia a los correligionarios:
-Ya vereis lo que es bueno asi que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser un Canovas.
Y ante aquella reunion de gente tosca, pasaba como un relampago la vision de un Brull jefe de Gobierno, llenando la primera plana de los periodicos con discursos de seis columnas y al final Se continuara; y todos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho Espana, como ahora manejaban el distrito.
Jamas principe heredero crecio entre el respeto y la adulacion que el pequeno Brull. En la escuela, los muchachos lo miraban como un ser superior que por bondad descendia a educarse entre ellos. Una plana bien garrapateada, una leccion repetida de corrido, bastaba para que el maestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos, dijera con tono profetico:
-Siga usted tan aplicado, senor de Brull. Usted esta destinado a grandes cosas.
Y en las tertulias a que asistia su madre, le bastaba recitar una fabulita o lanzar alguna pedanteria de nino aplicado que desea introducir en la conversacion algo de sus lecciones, para que inmediatamente se abalanzasen a el las senoras, cubriendole de besos.
-Pero ?cuanto sabe este nino!... ?Que listo es!
Y alguna vieja anadia sentenciosamente:
-Bernarda, cuida del chico que no estudie tanto. Eso es malo. ?Mira que amarillento esta!...
Termino sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo el protagonista de los repartos de premios, el primer papel en todas las comedias organizadas en el teatrillo de los frailes. El semanario del partido dedicaba un articulo todos los anos a los sobresalientes y premios de honor del «aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe don Ramon Brull, esperanza de la patria, que ya merece el titulo de futura lumbrera».
Cuando Rafael volvia a casa con el pecho cargado de medallas y los diplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de senoras que habian asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa y nervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente se hundia en el bolsillo del chaleco, por la costumbre de
agradecer del mismo modo todas las acciones gratas.
-Muy bien -murmuraba la bronca voz-. Asi me gusta... Toma un duro.
Y hasta el ano siguiente rara vez se veia el muchacho acariciado por su padre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, habia sorprendido la severa mirada del imponente senor fija en el, como si quisiera adivinar el porvenir.
Don Andres se encargo de su instalacion en Valencia al comenzar los estudios en la Universidad. Se cumpliria el deseo del abuelo, abortado en el padre.
-?Este si que sera abogado! -decia dona Bernarda, poseida del mismo afan que el viejo por aquel titulo, que para ella el ennoblecimiento de la familia.
Y temiendo que la corrupcion de la ciudad despertase en el hijo las mismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andres a la capital y escribia cartas y mas cartas a los amigos de Valencia, y en especial a un canonigo de su confianza, para que no perdiese de vista al muchacho.
Pero Rafael era juicioso: un modelo de jovenes serios, segun decia a su madre el buen canonigo. Los sobresalientes y premios del colegio de Alcira continuaban en Valencia, y ademas don Ramon y su esposa se enteraban por los periodicos de los triunfos alcanzados por su hijo en la Juventud juridicoescolar, una reunion nocturna en una aula de la Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo temas tan originales como si «la revolucion Francesa habia sido buena o mala» o «El socialismo comparado con el cristianismo».
Algunos muchachos terribles, que habian de entrar en casa antes de las diez, so pena de arrostrar la indignacion de los padres, se declaraban rabiosos socialista y asustaban a los bedeles maldiciendo la propiedad, sin perjuicio de proponerse -tan pronto como terminasen la carrera- conseguir una notaria o un registro. Pero Rafael, siempre mesurado y correcto, no era de estos; figuraba en la derecha de la docta asamblea, y en todas las cuestiones sostenia el criterio sano, pensando con Santo Tomas y otros sabios que le senalaba el canonigo encargado de su direccion.
Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario del partido, que, para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no le tachasen de parcialidad, comenzaba siempre: «Segun leemos en la Prensa de la capital...»
-?Que muchacho! -decian a dona Bernarda los curas de la poblacion-. ?Que pico de oro! Ya lo vera usted: sera otro Manterola.
Y la devota senora, cuando Rafael, por fiestas o vacaciones, volvia a casa, cada vez mas alto, con modales que a ella se le antojaban la quinta esencia de la distincion y vistiendo con arreglo al ultimo figurin, se decia con una satisfaccion de madre fea:
«Sera un real mozo. Todas las chicas de la ciudad lo desearan. No habra mas que escoger.»
Dona Bernarda sentiase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, las manos finas y fuertes, los ojos grandes, aguilena la nariz, la barba rizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo, que le daba el aspecto de uno de esos jovenes arabes de blanco alquicel y ricas babuchas que forman la aristocracia indigena en las colonias de Africa.
Cada vez que volvia a su casa el estudiante era recibido por su padre con la misma caricia muda. El duro habia sido reemplazado por billetes del Banco; pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza acariciabale cada vez con mayor flojedad, pesaba menos.
Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demas el estado de su padre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave, imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundian los fieros ojos, solo quedaba en el el macizo esqueleto; marcabanse en aquel cuello, que antes parecia la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre la piel colgante y flaccida, y los arrogantes mostachos, cada vez mas blancos caian con desmayo como una bandera rota.
Al estudiante le sorprendio el gesto de ira, la mirada fiera, empanada por lagrimas de despecho, con que acogio la madre sus temores.
-?Que se muera cuanto antes!... ?Para lo que hace!... ?Que el Senor nos proteja
llevandoselo pronto!
Rafael callo, no queriendo ahondar en el drama conyugal que se desarrollaba junto a el, oculto y silencioso.
Aquel sombrio vividor de insaciables apetitos, entregado a una crapula oscura y misteriosa, atravesaba el ultimo torbellino de sus tempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercania de la vejez, antes de declararse vencida, ardia en el con mas fuerza, y el poderoso jefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Era una puesta de sol que incendiaba su vida.
Siempre grave y con gesto sombrio, corria el distrito como un satiro loco, sin mas guia que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos de autoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa senorial, donde su amigo don Andres intentaba en vano consolar a la esposa.
-?Pero ese hombre! -rugia iracunda dona Bernarda-. Ese hombre nos va a perder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.
Era un apetito loco, que, en su furia, se abalanzaba sobre la fruta verde, sin sazonar. Caian anonadadas y temblorosas ante su ardor senil, en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o al anochecer, al borde de un camino, las virgenes apenas salidas de la ninez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y los miembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las sucias faldas de la miseria. Por la noche salia de casa pretextando necesidades del partido, y lo veian entrar en los arrabales buscando jornaleras de formas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba con antelacion a trabajar en sus huertos; compraba a docenas de mujer; pagaba en las tiendas panuelos y refajos, que al dia siguiente eran ostentados en las afueras de la ciudad. Los mas entusiastas correligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendo de sus debilidades, y senalaban un sinnumero de arrapiezos del arrabal, morenotes, fuertes y cenudos, como si fueran una reproduccion del quefe. Por la noche, cuando don Ramon, rendido por la lucha con el insaciable demonio que le aranaba las entranas, roncaba dolorosamente con un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en los tristes bigotes, dona Bernarda, incorporada en la cama, los flacos brazos sobre el pecho, lo miraba cenuda, con unos ojos que parecian apunalarlo, y rogaba mentalmente:
-?Senor! ?Dios mio! ?Que se muera pronto este hombre! ?Que acabe tanto asco!
Y el Dios de dona bernarda debio de oirla, pues su marido marchaba rapidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder ni sentir miedo, impulsado por aquella llama que le consumia, sin preocuparse de la perdida de sus fuerzas y d la tos que sonaba como un trueno lejano, arrastrandose pavorosamente por las cavernas de su pecho.
-Cuidese usted, don Ramon -decian los curas amigos, unicos que osaban aludir a los desordenes de su vida-. Va usted haciendose viejo, y a su edad, vivir como un joven es llamar a la muerte.
Sonreia el cacique, orgulloso en el fondo de sus hazanas, y volvia a sumirse en su rabiosa hidropesia, sintiendo que cada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.
Aun acaricio a su hijo el dia que lo vio entrar en el patio, escoltado por don Andres, con el titulo de abogado.. Le regalo su escopeta, una verdadera joya admirada por todo el distrito, y un magnifico caballo. Y como si solo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que el no supo realizar, a los pocos dias lanzo su ultima tos, sonaron quejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salio con una orla negra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llego la gente como en procesion para ver si el cadaver del poderoso don Ramon Brull, que sabia detener o acelerar el curso de la justicia de la Tierra, se pudria lo mismo que los despojos de los demas hombres.
III
Cuando dona Bernarda se vio sola y duena absoluta de su casa, no pudo ocultar su satisfaccion.
Ahora se veria de lo que era capaz una mujer.
Contaba con el consejo y experiencia de don Andres, mas unido a ella que nunca, y con la figura de Rafael, el joven abogado sostenedor del nombre de los Brull.
El prestigio de la familia seguia inalterable. Don Andres, que con la muerte de su patron habia adquirido en la casa una autoridad de segundo padre, se encargaba de mantener las relaciones con las autoridades de la capital y los senorones de Madrid. En la casa se atendian lo mismo las peticiones: encontraban igual acogida los partidarios fieles y se hacian identicos favores, sin que desmayara la influencia en los lugares que don Andres llamaba las esferas de la Administracion publica.
Llego una eleccion de diputados y, como siempre, dona Bernarda saco triunfante al individuo que le designaron desde Madrid. Don Ramon habia dejado la maquina ajustada y montada perfectamente; solo faltaba el engrase para que siguiera marchando, y alli estaba su vida, siempre activa, apenas notaba el mas leve chirrido en los engranajes.
En el Gobierno de la provincia se hablaba del distrito con la misma seguridad que en otros tiempos.
-Es nuestro. El hijo de Brull tiene igual fuerza que su padre.
La verdad era que a Rafael no le interesaba mucho el partido. Mirabalo como una de las fincas de la familia, cuya legitima posesion nadie le podia disputar, y se limitaba a obedecer a su madre. «Ve con don Andres a Riola. Nuestros amigos se alegraran de verte.» Y emprendia el viaje para sufrir el tormento de una paella interminable, en la cual los partidarios le acongojaban con su regocijo alborotado y los obsequios ofrecidos entre los rusticos dedos. «Convendria que dejases descansar al caballo unos dias. En vez de pasear, ve por las tardes al Casino. Los correligionarios se quejan porque no te ven.» Y abandonando aquellos paseos, que eran su unico placer, se hundia en un ambiente denso, cargado de gritos y humo, donde habia de contestar a los mas ilustrados del partido, que, llenando de ceniza los platillos del cafe, querian saber quien hablaba mejor, Castelar o Canovas, y en caso de una guerra entre Francia y Alemania, cual de las dos naciones venceria; asuntos que provocaban disputas y enfriaban amistades.
La unica relacion entablada voluntariamente con el partido era cuando cogia la pluma y fabricaba para el semanario algun articulo sobre «El Derecho y la Moral» o «La Libertad y la Fe», resabios de estudiante aprovechado y laborioso: largas tiradas de lugares comunes con fragmentos de lecciones de metafisica, que nadie entendia, y excitaban por lo mismo la admiracion de los correligionarios, los cuales decian a don Andres guinando los ojos:
-?Que plumita!, ?eh? Cualquiera discute con el... ?Que profundo!
Cuando su madre no le obligaba por las noches a visitar la casa de algun pudiente al que convenia tener contento, leia, no ya, como en Valencia, los libros que le prestaba el canonigo, sino obras que compraba siguiendo las indicaciones de los periodicos, volumenes que respetaba su madre con la santa veneracion que le inspiraba el papel cosido y encuadernado, solo comparable al desprecio que sentia por los periodicos, dedicados casi todos ellos a insultar las cosas santas y favorecer los instintos de la pilleria.
Aquellos anos de lectura al azar y sin los escrupulos y temores de estudiante abatian sordamente muchas de sus firmes creencias, rompian la horma que los amigos de la madre habian metido en su pensamiento, le hacian sonar con una vida grande de la que no tenian noticias los que le rodeaban.
Las novelas francesas lo trasladaban a Paris que oscurecia el Madrid apenas conocido en su epoca del doctorado; los relatos de amores despertaban en su cuerpo de joven y virtuoso, sin otros deslices que los vulgares desahogos de la crapula estudiantil, un ardor de aventuras y de complicadas pasiones, en el que latia algo del intenso fuego que habia consumido a su padre.
Vivia en el mundo ideal de sus lectores, rozandose con mujeres elegantes, perfumadas, espirituales, de cierto arte en el refinamiento de sus vicios.
Las hortelanas tostadas por el sol, que enloquecian a su padre como brutal afrodisiaco, causabanle la misma repugnancia que si fuesen mujeres de otra raza, seres de una casta inferior. Las senoritas de la ciudad parecianle campesinas disfrazadas, con los mismos instintos de egoismo y economia de sus padres, conociendo el precio a que se vendia la naranja, sabiendo el numero de hanegadas con que contaba cada aspirante a su carino, ajustando el amor a la riqueza y creyendo que la honradez consistia en ser implacable con todo el que no se amoldaba a su vida tradicional y mezquina.
Por eso le causaba hondo tedio su existencia monotona y gris, separada por ancho foso de aquella otra vida puramente imaginativa que lo envolvia como un perfume exotico y excitante surgiendo de entre las paginas de los libros.
Algun dia se veria libre, levantaria las alas; y esta liberacion habia de realizarse cuando le eligiesen diputado. Deseaba su mayoria de edad como el principe heredero ansia el momento de ser coronado rey.
Desde nino lo habian acostumbrado a esperar este suceso, que dividiria su vida en dos, presentandole nuevos caminos para marchar rectamente a la gloria y la riqueza.
-Cuando mi nino sea diputado -le decia la madre en sus raros arrebatos de expansion carinosa-, como es tan guapo, se lo disputaran las chicas y se casara con una millonaria.
Y esperando con impaciencia esta edad, iba transcurriendo la vida de Rafael, sin alteracion alguna; una existencia de aspirante seguro de su destino, que aguarda el paso del tiempo para entrar en la vida. Era como los ninos nobles de otros siglos, que agraciados en la cuna por el monarca con el titulo de coronel, aguardaban jugando al trompo la hora la hora de ir a ponerse al frente de su regimiento. Habia nacido diputado, y lo seria; esperaba entre bastidores.
Su viaje a Italia en la peregrinacion papal fue lo unico que altero la monotonia de su existencia. Guiado por el canonigo, visito mas iglesias que museos; teatros solo vio dos, aprovechandose de la flojedad que las peripecias del viaje causaban en el caracter austero de su guia. Pasaban indiferentes ante las famosas obras artisticas de los templos y se detenian a venerar cualquier reliquia acreditada por absurdos milagros. Pero aun asi, pudo ver Rafael confusamente y como de pasada un mundo distinto al de su pais, donde fatalmente debia arrastrarse su existencia. Sintio el roce de la misma vida de placer y pasion que absorbia en los libros como vino embriagador, y aunque de lejos, admiro en Milan la dorada y aventurera bohemia de los cantantes; en Roma, el esplendor de una aristocracia senorial y artista, en perpetua rivalidad con la de Paris y Londres, y en Florencia, la elegancia inglesa emigrada en busca de sol, paseando sus canotiers de paja, las cabelleras de oro de las misses y sus parloteos de pajaro por los jardines donde meditaba el sombrio poeta y relataba Boccaccio sus alegres cuentos para alejar el miedo a la peste.
Aquel viaje, rapido como una vision cinematografica, dejando en Rafael una confusa marana de nombres, edificios, cuadros y ciudades, sirvio para dar a sus pensamientos mas amplitud y ligereza, para hacer mayor aun el foso que le aislaba dentro de su vida vulgar.
Sentia la nostalgia de lo extraordinario, de lo original; le agitaba el ansia de aventuras de la juventud; y dueno de un distrito, heredero de una senoria casi feudal, leia con el respeto supersticioso de un patan el nombre de un escritor, de un pintor cualquiera: «gente perdida que no tiene sobre que caerse muerta», segun declaraba su madre, pero que el envidiaba en secreto, imaginandose una existencia llena de placeres y aventuras.
?Cuanto hubiera dado por ser un bohemio como los que encontraba en los libros de Murger, formando regocijada banda, paseando su alegria de vivir y el fiero amor del arte por ese mundo burgues agitado por la calentura del dinero y las manias de clases! ?Talento para escribir cosas hermosas, versos con alas como los pajaros, un cuartito bajo las tejas alla en el barrio Latino, una Mimi pobre, pero sentimental, que lo amase,
hablando entre dos besos de cosas elevadas y no del precio de la naranja, como aquellas senoritas que lo seguian con ojos tiernos, y a cambio de esto daria la futura diputacion y todos los huertos de su herencia, que, aunque gravados por el padre con hipotecas y trampas, todavia le proporcionaban una renta decorosa para sus ensuenos de bohemio!
El continuo contacto con estas fantasias le hacia intolerable su vida de jefe, obligado a intervenir en los asuntos de sus partidarios; y a riego de enfadar a su madre, huia del Casino, buscando la soledad del campo. Alli se desarrollaba con mas soltura su imaginacion, poblando de seres fantasticos el camino y las arboledas, conversando muchas veces en voz alta con las heroinas de unos amores ideales arreglados conforme al patron de la ultima novela leida.
Una tarde, al finalizar el verano, subia Rafael la pequena montana de San Salvador, inmediata a la ciudad. Le gustaba contemplar desde aquella altura el inmenso senorio de la familia. Toda la gente que habitaba en la rica llanura -segun decia don Andres describiendole la grandeza del partido- llevaba el apellido Brull, como un hierro de ganaderia.
Rafael, siguiendo el camino pedregoso de rapidos zigzags, recordaba las montanas de Asis, que habia visitado con su amigo el canonigo, gran admirador del santo de la Umbria. Era un paisaje ascetico. Los penascos azulados o rojos asomando sus cabezas a los lados del camino; pinos y cipreses saliendo de sus hendiduras, extendiendo sobre la yerma tierra sus raices tortuosas y negras como enormes serpientes; a trechos, blancas pilastras con tejadillos, y en el centro, ocupando un hueco, azulejos con los sufrimientos de Jesus en la calle de la Amargura. Los cipreses agitaban su puntiagudo gorro verde, como queriendo espantar las blancas mariposas que zumbaban sobre los romeros y las ortigas; los pinos extendian arriba su quitasol, proyectando manchas de sombra sobre el camino ardiente, en el cual la tierra, endurecida por el sol, crujia bajo los pies.
Al llegar Rafael a la plazoleta de la ermita descanso de la ascension, tendiendose en el banco de mamposteria, que formaba una gran media luna ante el santuario.
Reinaba alli el silencio de las alturas. Los ruidos de abajo, todos los rumores de vida y labor incesante de la inmensa llanura, llegaban arrollados y aplastados por el viento, cual el susurro de un lejano oleaje. Entre la apretada fila de chumberas que se extendia detras del banco revoloteaban los insectos, brillando al sol como botones de oro, llenando el profundo silencio con su zumbido. Unas gallinas -las del ermitano- picoteaban en un extremo de la plazoleta, cloqueando y moviendo rudamente sus plumas.
Rafael se abismaba en la contemplacion del hermoso panorama. Con razon le llamaban paraiso sus antiguos duenos, aquellos moros cuyos abuelos, salidos de los magicos jardines de Bagdad y acostumbrados a los esplendores de Las mil y una noches, se extasiaron, sin embargo, al ver por primera vez la tierra valenciana.
En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; las cercas y vallados, de vegetacion menos oscura, cortando la tierra carmesi en geometricas formas; los grupos de palmeras agitando sus surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielo, cayendo despues con languido desmayo; villas azules y de color de rosa entre macizos de jardineria; blancas alquerias, casi ocultas tras el verde bullon de un bosquecillo; las altas chimeneas de las maquinas de riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con sus casas apinadas en la isla y desbordandose en la orilla opuesta, toda ella de un color mate de hueso, acribillada de ventanitas, como roida por una viruela de negros agujeros. Mas alla, Carcagente, la ciudad rival, envuelta en el cinturon de sus frondosos huertos; por la parte del mar, las montanas angulosas, esquinadas, con aristas que de lejos semejan los fantasticos castillos imaginados por Dore; y en el extremo opuesto, los pueblos de la Ribera alta flotando en los lagos de esmeralda de sus huertos, de lejanas montanas de un tono violeta, y el sol que comenzaba a descender como un erizo de oro, resbalando entre las gasas formadas por la evaporacion del incesante riego.
Rafael, incorporandose, veia por detras de la ermita toda la Ribera baja; la extension de arrozales bajo la inundacion artificial; ricas ciudades, Sueca y Cullera, asomando su blanco caserio sobre aquellas fecundas lagunas que recordaban los paisajes de la India; mas alla, la Albufera, el inmenso lago, como una faja de estano hirviendo bajo el sol; Valencia, cual un lejano soplo de polvo, marcandose a ras del suelo sobre la tierra azul y esfumada; y en el fondo, sirviendo de limite a esta apoteosis de luz y color, el Mediterraneo, el golfo azul y temblon, guardado por el cabo de San Antonio y las montanas de Sagunto y Almenara, que cortaban el horizonte con sus negras gibas como enormes cetaceos.
Mirando Rafael en una hondonada las torres del ruinoso convento de la Murta, casi ocultas entre los pinares, evocaba la tragedia de la reconquista; lamentaba la suerte de aquellos guerreros agricultores, cuyos blancos alquiceles aun parecian flotar entre los naranjos, los magicos arboles de los paraisos de Asia.
Era un carino atavico. La herencia mora que llevaba en su caracter melancolico y sonador le hacia lamentar -contrariando sus creencias religiosas- la triste suerte de los creadores de aquel eden.
Se imaginaba los pequenos reinos de los valies feudatarios: senorios semejantes al de su familia, solo que en vez de estar cimentados en la influencia y el proceso, se sostenian con la lanza de aquellos jinetes, que asi labraban la tierra como caracoleaban en justas y encuentros con una elegancia jamas igualada por caballero alguno. Veia la corte de Valencia, con sus poeticos jardines de Ruzafa, donde los poetas cantaban versos melancolicos a la decadencia del moro valenciano, escuchados por las hermosas ocultas tras los altos rosales. Y despues sobrevenia la catastrofe. Llegaban como torrente de hierro los hombres rudos de las aridas montanas de Aragon, empujados al llano por el hombre; los almogavares, desnudos, horribles y fieros como salvajes; gente inculta, belicosa e implacable, que se diferenciaban del sarraceno no lavandose nunca. Varones cristianos arrastrados a la guerra por sus trampas, los miseros terrenos de su senorio empenados en manos del israelita, y con ellos, un tropel de jinetes con cascos alados y cimeras espantables de dragon; aventureros que hablaban diversas lenguas, soldados errantes en busca de la rapina y el saqueo bajo la cruz: lo peor de cada casa, que, apoderandose del inmenso jardin, se instalaban en los palacios y se convertian en condes y marqueses, para guardar con sus espaldas al rey aragones aquella tierra privilegiada que los vencidos seguirian fecundando con su sudor.
«?Valencia, Valencia, Valencia! Tus muros son ruinas, tus jardines, cementerios; tus hijos, esclavos del cristiano...», gemia el poeta cubriendose los ojos con el alquicel. Y como banda de fantasmas, encorvados sobre sus caballos pequenos, nerviosos, finos, que parecian volar con las patas rectas, arrojando humo por las narices, Rafael veia pasar al pueblo valenciano, a los moros, vencidos y debilitados por la abundancia del suelo, huyendo al traves de los jardines, empujados por los invasores brutales e incultos para ir a sumirse en la eterna noche de la barbarie africana.
Y, siguiendo con la imaginacion la fuga sin termino de los primeros valencianos, que dejaban olvidada y perdida una civilizacion cuyos ultimos prestigios resucitan hoy en las universidades de Fez, Rafael sentia el mismo disgusto que si se tratara de una desgracia de su familia o su partido.
Mientras en aquella soledad evocaba las cosas muertas, la vida le rodeaba con su agitacion. En el tejado de la ermita revoloteaba una nube de gorriones; en la falda de las montana pastaba un rebano de ovejas de rojizos vellones, las cuales, al encontrar entre los penascos alguna brizna de hierba, se llamaban con melancolico balido.
Rafael oyo voces de mujeres que subian por el camino, y tendido como estaba, vio aparecer sobre el borde del banco e ir remontandose poco a poco dos sombrillas: una, de seda roja, brillante, con primorosos bordados, como la cupula de afiligranada mezquita; la otra, de percal rameado, modesta y respetuosamente rezagada.
Dos mujeres entraron en la plazoleta, y al incorporarse Rafael, quitandose el sombrero, la mas alta, que parecia la senora, contesto con una leve inclinacion de
cabeza y se dirigio al otro extremo, volviendo la espalda para contemplar el paisaje.
La otra se sento a alguna distancia de Rafael, respirando penosamente con la fatiga de la ascension.
?Quienes eran aquellas mujeres?... Rafael conocia toda la ciudad y jamas las habia visto.
La que estaba cerca de el era, indudablemente, una servidora de la otra, la doncella, la acompanante. Vestia de negro, con cierta gracia sencilla, como una de esas soubrettes francesas que el habia visto den las novelas ilustradas.
Pero el origen campesino, la rudeza nativa, se revelaba en las manos cortas, con las unas anchas y aplastadas y el dorso afeado con ligeras manchas amarillas; en los pies gruesos y pesados, a pesar de mostrarse cubiertos por unas elegantes botinas que delataban con su finura haber pertenecido antes a la senora. Era bonita, con la frescura de la juventud. Tenia unos ojos grises, grandes, credulos, de cordero sencillo y retozon; el pelo lacio, de un rubio blanquecino, colgaba en desmayadas mechas sobre la cara tostada y rojiza, sembrada de pecas. Manejaba con torpeza la cerrada sombrilla, y de cuando en cuando miraba con ansiedad la doble cadena de oro que descendia del cuello a la cintura, como si temiese la desaparicion de un regalo largamente solicitado.
Rafael dejo de examinarla para fijarse en su senora. Su vista recorria aquella nuca rematada por la apretada cabellera rubia, como una cimera de oro; el cuello blanco, redondo, carnoso; la espalda amplia y esbelta, oculta bajo una blusa de seda azul, adelgazando sus lineas rapidamente en el talle y ensanchandose despues para marcar el contorno de las caderas bajo la falda gris ajustada en armonicos pliegues como los panos de una estatua, y por cuyos bordes asomaban los solidos tacones de unos zapatos ingleses encerrando el pie pequeno, agil y fuerte.
La senora llamo a su doncella. Su voz sonora, pastosa, vibrante, lanzo unas palabras de las que apenas pudo Rafael alcanzar las principales silabas. El rumoroso silencio de la altura parecio plegarlas y confundirlas; pero el joven estaba seguro de que no habia hablado en espanol. Era, sin duda, extranjera...
Mostraba admiracion y entusiasmo ante el panorama; hablaba rapidamente a su domestica, senalandole las principales poblaciones que desde alli veia, citandolas por sus nombres, que era lo unico que llegaba claramente a los oidos de Rafael. ?Quien era aquella mujer nunca vista que hablaba en idioma extranjero y conocia el pais? Tal vez la esposa de algun exportador frances o ingles de los que se establecian en la ciudad para la compra de la naranja. Y obligado por el aislamiento y la vulgaridad de su vida a una dolorosa continencia, devoraba con sus ojos los contornos de aquella mujer, el dorso soberbio, opulento y elegante, que parecia desfiarle con su indiferencia.
Vio Rafael como, cautelosamente, salio de su casa el ermitano, un rustico que vivia de las personas que visitaban aquellas alturas. Atraido por el aspecto de la desconocida senora, se presentaba a saludarla, ofreciendole agua de la cisterna y descubrir en su honor la milagrosa Virgen.
Volviose la senora para contestar al ermitano, y entonces pudo contemplarla Rafael con toda tranquilidad. Era alta, muy alta, tal vez tenia su misma estatura, pero amortiguada por curvas que relataban la robustez unida a la elegancia. El pecho opulento y firme, y sobre el una cabeza que causo honda impresion en Rafael. Le parecia ver, a traves de una nube -del calido vapor de la emocion-, los ojos verdes, grandes, luminosos; la nariz graciosa, de alillas palpitantes y rosadas, y aquel cabello rubio que caia sobre la tez blanca, con transparencia de nacar, surcada de venas debilmente azules. Era un perfil de hermosura moderna, graciosa y picante. Rafael creia encontrar en aquellos rasgos la huella de innumerables artistas. La habia visto antes. ?Donde?... No lo sabia. Tal vez en los periodicos ilustrados, en los albumes de bellezas artisticas; era posible que en las cajas de fosforos que reproducen las beldades de moda. Lo cierto era que ante aquel rostro visto por primera vez sentia en su memoria la misma impresion que al encontrar una cara amiga tras larga ausencia.
El ermitano, excitado por la esperanza de la propina, llevabalas hacia la ermita, a cuya puerta se asomaban curiosas su mujer y su hija, deslumbradas por los enormes brillantes que centelleaban en las orejas de la desconocida.
-Entre usted, sinoreta -decia el rustico-. Le ensenare la Virgen, ?sabe usted?, la Virgen de Lluch, la legitima, la que vino ella sola desde Mallorca hasta aqui. Alla, en Palma, creen tener la verdadera; pero ?que han de decir ellos? Les hace rabiar la idea de que Nuestra Senora prefiere a Alcira, y aqui tenemos, probando que es la verdadera con los portentosos milagros que realiza.
Abria la puerta de la pequena iglesia, fresca y sombria como una bodega, mostrando en el fondo, metida en un altar barroco de oro apagado, la pequena imagen con el manto hueco y la cara negra.
El buen hombre recitaba a toda prisa, como quien la sabe de memoria, la historia de la imagen. Era la Virgen del Lluch, la patrona de Mallorca. Un ermitano vino huyendo de alla no se sabia por que; tal vez por alguna sarracina de la de aquella epoca de guerras y atropellos, y para salvar a la Virgen de profanaciones, se la trajo a Alcira, edificando aquel santuario. Llegaron despues los de Mallorca para restituirla a su isla; pero como la celestial Senora les habia tomado ley a Alcira y a sus habitantes volvio volando sobre el mar sin mojarse los pies; y los baleares, para ocultar este suceso, labraron una imagen igual. Todo era cierto, y como prueba, alli estaba el primer ermitano enterrado al pie del altar, y alli la Virgen con su carita negra a consecuencia del sol y la humedad del mar, que la ennegrecieron en su milagroso viaje.
La senora escuchaba al buen hombre sonriendo ligeramente; su doncella aguzaba el oido con el miedo de perder alguna palabra de un idioma comprendido a medias, y sus ojazos de campesina credula iban de la imagen al narrador, expresando admiracion por tan portentoso milagro. Rafael las habia seguido dentro de la ermita, y se aproximaba a la desconocida, que afectaba no verlo.
-Esta es una tradicion -se atrevio a decir cuando el rustico acabo su relato-. Ya comprendera usted, senora, que aqui nadie acepta tales cosas.
-Asi lo creo -contesto gravemente la hermosa desconocida.
-Traicion o no, don Rafael -gruno el ermitano con descontento-, asi lo contaba mi abuelo y todos los de su epoca, y asi lo cree la gente. Cuando tanto se ha dicho, por algo sera.
En la mancha del sol que proyectaba el hueco de la puerta sobre las baldosas se marco la sombra de una mujer.
Era una hortelana pobremente vestida. Parecia joven, pero su cara palida y flaccida como de papel mascado, los salientes y cavidades de su craneo, los ojos hundidos y mates y las mechas de cabello sucio que se escapaban por bajo el anudado panuelo, dabanle aspecto de enfermedad y miseria. Caminaba descalza, con los zapatos en la mano, balanceandose penosamente, con las piernas abiertas, como si experimentara inmenso dolor al poner las plantas en el suelo.
El ermitano la conocia mucho, y mientras la infeliz, jadeante por la ascension y el dolor de sus pies desnudos se dejaba caer en un banquillo, contaba el sus historia en pocas palabras a la senora y a Rafael.
Estaba muy enferma; una dolencia de matriz que acababa con ella rapidamente. No creia en los medicos, que, segun ella, la enganaban con palabras; ademas, repugnaba a su pudor de buena mujer, cristianamente educada, prestarse a vergonzosas exhibiciones de los organos enfermos. Conocia el unico remedio: la Virgen del Lluch acabaria por curarla. Y todas las semanas, descalza, con los zapatos en la mano, subia la penosa cuesta, ella que en su huerto apenas podia moverse de la silla y necesitaba que el marido la arrease para cuidar la casa.
El ermitano se aproximo a la enferma, tomando una pieza de cobre que llevaba en la mano. Queria unos gozos como siempre, ?eh?
-?Visanteta, uns gochos! -grito el rustico asomando a la puerta.
Y entro en la iglesia su hija, una mocetona morenota y sucia, con ojos africanos: una beldad rustica que parecia escapada de un aduar.
Se acomodo en un banco, volviendo la espalda a la Virgen con el gesto de mal humor del que se ve obligado a hacer todos los dias la misma cosa, y con una voz bronca, desgarrada, furiosa, que hacia temblar las paredes del santuario, comenzo una melopea lenta, cantando la historia de la imagen y sus portentosos milagros.
La enferma, arrodillada ante el altar sin soltar los zapatos, mostrando por entre las faldas las plantas de los pies amoratadas y sangrientas por los aranazos de las piedras, repetia el estribillo al final de cada estrofa implorando la proteccion de la Virgen.
Su voz sonaba debil, triste, como un vagido de nino enfermo. Tenia los macilentos ojos fijos en la imagen con una expresion dolorosa de suplica y se cubrian de lagrimas, mientras la voz sonaba cada vez mas tremula y lejana.
La hermosa desconocida mostraba cierta emocion ante el espectaculo. La doncella, arrodillandose y siguiendo con movimientos de cabeza el sonsonete del canto, rezaba en un idioma que al fin conocio Rafael: era italiano. La senora miraba a la enferma con ojos de conmiseracion.
-?Que gran cosa es la fe? -murmuro con suspirante voz.
-Si, senora; una cosa hermosa.
Y Rafael hubiera anadido alguna frase retorica y brillante, de las muchas que habia leido en los autores sanos sobre las grandezas de la fe; pero en vano rebusco en su memoria: no habia nada; aquella mujer turbaba profundamente su timidez de solitario.
Terminaron los gozos. Con la ultima estrofa desaparecio la cerril cantante, y la enferma se incorporo trabajosamente, poniendose en pie tras tras varias tentativas dolorosas.
El ermitano se acerco a ella con la obsequiosidad de un tendero que ensalza los generos del establecimiento. «?Iba aquello mejor? ?Probaba la visita a la Virgen?...» La pobre enferma, cada vez mas palida, revelando con una mueca de dolor las terribles punzadas que sufria en sus entranas, no se atrevia a contestar por miedo a ofender a la milagrosa senora. «?No sabia!... Si...; realmente debia de estar mejor. ?Pero aquella subida!... Esta promesa no habia dado tan buen resultado como las anteriores; pero tenia fe: la Virgen seria buena para ella y la curaria.»
A la salida de la iglesia, mientras revelaba su esperanza con palabras entrecortadas, fue tanto el dolor, que casi se tendio en el suelo. El ermitano l coloco en su silla y corrio despues a la cisterna para traerle un vaso de agua.
La doncella italiana, con los ojos desmesuradamente abiertos por el susto, quedo ante la pobre mujer consolandola con palabras sueltas que le arrancaba la lastima: ?Poverina, poverina!... ?Coraggio! Y la hortelana, en medio de su desfallecimiento, abria los ojos para mirar a la extranjera, no comprendiendo las palabras, pero adivinando su ternura.
La senora salio a la plazoleta. Parecia hondamente impresionada por aquel dolor. Rafael la seguia fingiendose distraido, algo avergonzado de su insistencia y deseando al mismo tiempo una oportunidad para reanudar la conversacion. Respiro con amplitud la senora al verse en aquel espacio abierto, inmenso, donde la vista se perdia en el azul del horizonte.
-?Dios mio! -dijo, como si hablase con ella misma-. ?Que tristeza y que alegria al mismo tiempo! Esto es muy hermoso. ?Pero esa mujer..., esa pobre mujer!...
-Hace ya anos que la veo asi -dijo Rafael fingiendo conocerla mucho, a pesar de que hasta entonces rara vez se habia fijado en la pobre hortelana-. Todos los de su clase son gente muy especial. Desprecian a los medicos, no los atienden, y se matan con estas barbaras devociones, de las que esperan la salud.
-?Quien sabe si lo suyo es lo mejor! El mal es invencible, y la ciencia no puede contra el tanto como la fe. A veces, menos aun. ?Y pensar que reimos y gozamos mientras el mal pasa por nuestro lado rozandonos sin ser visto!...
A esto no supo Rafael que contestar. Pero ?que mujer era aquella? ?Que modo de expresarse, caballeros! Acostumbrado el pobre muchacho a las vulgaridades y soseces de las amigas de su madre, y bajo la impresion de aquel encuentro que tan profundamente le turbaba, creia estar en presencia de un sabio con faldas, un filosofo
venido de alla lejos, de alguna sombria cerveceria alemana, para turbarle bajo el disfraz de la belleza.
La desconocida quedo en silencio, con los ojos fijos en el horizonte. En su boca, grande, de labios sensuales y carnosos, por entre los cuales asomaba la dentadura, esplendida y luminosa, parecia apuntar una sonrisa acariciando el paisaje.
-?Que hermoso es esto! -dijo, sin volverse hacia su acompanante-. ?Como deseaba volver a verlo!
Por fin llegaba la ocasion para hacer la ansiada pregunta; ella misma se la ofrecia:
-?Es usted de aqui? -pregunto con voz tremula, temiendo que su curiosidad fuese repelida por el desprecio.
-Si, senor -se limito a contestar la senora.
-Pues es particular. Nunca la he visto a usted...
-Nada tiene de extrano. Llegue ayer.
-Ya decia yo!... Conozco a todas las personas de la ciudad. Me llamo Rafael Brull, y soy hijo de don Ramon, que fue muchas veces alcalde de Alcira.
Ya lo habia soltado. El pobre muchacho sentia la comezon de revelar su nombre, de decir quien era, de hacer sonar aquel apellido famoso en el distrito, para que su personalidad adquiriera realce ante la desconocida. Influida ella por el ejemplo, tal vez dijese quien era. Pero la hermosa senora se limito a acoger su declaracion con un «?Ah!» de fria extraneza, que no recelaba siquiera si su nombre le era conocido. Pero al mismo tiempo le envolvio en una rapida mirada investigadora y burlona que parecia decir: «Este muchacho tiene buena presencia, pero debe de ser tonto.»
Rafael enrojecio, adivinando que habia cometido una simpleza al revelar su nombre sin que nadie se lo preguntara, con la misma prosopopeya que si estuviera en presencia de un rustico del distrito.
Se hizo un silencio penoso. Rafael queria salir de esta situacion; le molestaba ver a aquella mujer glacial, indiferente, tratandole con cortesia desdenosa, sosteniendo con gran correccion las distancias para evitar la familiaridad. Pero, puesto ya en la pendiente, se atrevio a seguir preguntando:
-?Y piensa usted permanecer mucho tiempo en Alcira?...
Rafael creyo que se hundia el suelo bajo sus pies. Una nueva mirada de aquellos ojos verdes; pero esta vez fria, amenazadora, algo asi como un relampago livido reflejandose en el hielo.
-No se... -contesto con una lentitud que parecia subrayar su desden-. Yo acostumbro a abandonar los sitios cuando me fastidio de ellos.
Y, tras una nueva pausa, miro a Rafael de frente para saludarle con un frio movimiento de cabeza.
-Buenas tardes, caballero.
Rafael quedo anonadado. Vio como se dirigia a la portalada del santuario, llamando a la doncella. Cada uno de sus pasos, cada balanceo de las arrogantes caderas, parecia levantar un obstaculo entre ella y Rafael. La vio como, inclinandose carinosamente sobre la hortelana enferma, abria un pequeno saco de raso que le presentaba su doncella y rebuscando entre brillantes baratijas y bordados panuelos, sacaba la mano llena, brillando la plata entre sus dedos. La vacio sobre el delantal de la asombrada campesina, dio algo tambien al ermitano, que no manifestaba menos sobresalto, y abriendo la sombrilla roja, emprendio la marcha, seguida por la doncella.
Al pasar frente a Rafael, contesto al sombrerazo de este con una inclinacion elegante, casi sin mirarle, y comenzo a bajar la pedregosa pendiente de la montana.
La seguia el joven con la mirada, al traves de los pinos y los cipreses, viendo empequenecerse aquel cuerpo soberbio de mujer fuerte y sana.
En torno de el parecia flotar aun su perfume, como si al alejarse le dejara envuelto en el ambiente de superioridad, de exotica elegancia que emanaba de su persona.
Vio Rafael aproximarse al ermitano, ganoso de comunicar su admiracion.
-?Quina sinora! -decia, poniendo los ojos en blanco para expresar su entusiasmo.
Le habia dado un duro, una rodaja blanca de las que hacia muchos anos, por culpa de
la poca fe, no subian a aquellas alturas. Y alli estaba Visanteta, la pobre enferma, sentada a la puerta de la ermita, mirando fijamente su delantal, como hipnotizada por el brillo del punado de plata: duros, pesetas dobles y sencillas, monedas de cincuenta centimos; todo el contenido del bolso, hasta un boton de oro, que debio de ser de algun guante.
Rafael participaba del asombro. Pero ?quien era aquella mujer?
-?Yo que se! -contestaba el rustico.
Y, guiandose por las palabras incomprensibles de la doncella, anadia con gran conviccion:
-Sera alguna fransesa..., una fransesa rica.
Volvio Rafael a seguir con la vista las dos sombrillas, que descendian la pendiente como insectos de colores. Disminuian rapidamente. Ya no era la grande mas que un punto rojo..., ya se perdia abajo en la llanura, entre las verdes masas de los primeros huertos..., ya habia desaparecido.
Y al quedar solo, completamente solo, Rafael sufrio una explosion de ira. Le parecio odioso aquel lugar, donde tan timido y torpe se habia mostrado. Le molestaba ver aun alli el relampagueo de aquella mirada fria, repeliendole, evitando la aproximacion. Le avergonzaba el recuerdo de sus estupidas preguntas.
Y sin contestar al saludo del ermitano y su familia, se lanzo monte abajo, con la esperanza de volver a encontrarla no sabia donde. El heredero de don Ramon, esperanza del distrito, iba furioso, agitaba sus manos con nervioso temblor, como si quisiera abofetearse. Y con acento agresivo, como si hablase con su yo, que abandonando la envoltura del cuerpo, caminase delante de el, gritaba:
?Imbecil!... ?Estupido!... ?Provinciano!
IV
Dona Bernarda no llego a sospechar el motivo por el cual su hijo se levanto al dia siguiente palido y ojeroso, como quien ha pasado una mala noche. Tampoco sus amigos politicos adivinaron por la tarde la razon por la que Rafael, haciendo buen tiempo, fuese a encerrarse en la atmosfera densa del Casino.
Los mas bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez mas de la gran noticia que hacia una semana traia revuelto al partido: iban a ser disueltas las Cortes. Los diarios no hablaban de otra cosa. Dentro de dos o tres meses, antes de finalizar el ano, nuevas elecciones. Y con ellas, el triunfo ruidoso y unanime de la candidatura de Rafael
Don Andres y los mas graves de sus adeptos andaban preocupados recordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos que forman sus calculos en visperas de la declaracion de mayor de edad del principe.
El intimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull era el mas enterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por los periodicos, a Rafael le faltarian unos cuantos meses, cinco o seis, para cumplir los veinticinco anos. Pero el habia escrito a Madrid consultando a los personajes del partido. El ministro de la Gobernacion se mostraba conforme, habia precedentes, y aunque a Rafael le faltase el requisito de la edad, el distrito seria para el. Ya no enviarian a Madrid mas cuneros. Se acabaron los senorones desconocidos. Y toda la grey brullesca se preparaba para la lucha, con el entusiasmo ruidoso del que sabe que el triunfo esta asegurado de antemano.
Todas estas manifestaciones dejaban frio a Rafael. El, que tanto habia deseado la llegada de las elecciones para verse libre alla en Madrid, permanecia insensible aquella tarde, como si se tratara de la suerte de otro.
Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andres, con otros tres prohombres, jugaban su diaria partida, y esperaba el momento en que viniera, cual de costumbre, a sentarse junto a el, para que lo contemplasen en sus funciones de
regente, cobijando bajo su autoridad y sabiduria de maestro al principe heredero.
Bien mediada la tarde, cuando el salon del Casino estaba menos concurrido, la atmosfera mas despejada y las bolas de marfil quietas, sobre el pano verde, don Andres dio por terminada la partida, aproximandose a su discipulo, rodeado, como siempre, por los partidarios mas pegajosos y aduladores.
Rafael fingia escucharlos, mientras preparaba mentalmente la pregunta que desde el dia anterior deseaba hacer a don Andres.
Por fin se decidio.
-Usted conoce a todo el mundo, ?quien es una senora muy guapa que parece extranjera y que encontre ayer en la montana de San Salvador?
Comenzo a reir el viejo, echando atras la silla para que su vientre, estremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de la mesa.
-?Tambien tu la has visto? -dijo entre los estertores de su risa-. Pues, senor, ?que ciudad esta! Llego anteayer, y todos la han visto ya, y no hablan de otra cosa. Tu eres el unico que faltaba a preguntarme... ?Jo, jo, jo! Pero ?que ciudad esta!
Despues, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continuo mas tranquilo:
-Pues esa senora extranjera, como tu dices, es de aqui, y ha nacido en la misma calle que tu. ?No conoces a dona Pepa, la del medico, como la llaman, una senora pequena que tiene un huerto junto al rio y vive en una casa azul que se inunda siempre que sube el Jucar? Era duena de la casa que teneis un poco mas arriba de la vuestra, y se la vendio a tu padre; la unica compra que hizo don Ramon, ?no te acuerdas?
Si, creia conocerla. Poniendo en tension su memoria, salia de los mas remotos rincones una senora vieja, arrugada, con la espalda algo curva y una cara de simpleza y bondad. La veia con el rosario al puno, la silla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuando pasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual decia con aire protector: «Esa dona Pepa es muy buena; un alma de Dios... La unica persona decente de su familia.»
-Si, se quien es; la conozco -dijo Rafael.
-Pues esa senora extranjera -continuo don Andres- es sobrina de dona Pepa. La hija de su hermano el medico, una muchacha que hasta ahora ha ido por el mundo cantando operas. Tu no te acordaras del doctor Moreno, que tanto dio que hablar en sus tiempos...
?Vaya si se acordaba! No necesito poner en tortura su memoria. Aquel nombre aun se conservaba fresco entre los recuerdos de la ninez. Representaba muchas noches de sueno alterado por el miedo, de subitas alarmas, en las cuales ocultaba bajo las sabanas la cabeza tembloroso; de amenazas cuando, negandose a dormir porque lo acostaban temprano, su madre le decia con voz imperiosa:
-Si no callas y duermes, llamara al doctor Moreno.
?Terrible y sombrio personaje! Rafael recordaba, como si las hubiera visto entrar en el Casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas, los ojos grandes y ardientes mirando siempre con exaltacion, y el cuerpo alto, con una grandeza que aun parecia mayor al joven Brull evocandola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buena persona; asi lo creia Rafael cuando pensaba en aquel lejano periodo de su vida; pero aun tenia presente el susto que experimento siendo nino, al encontrar en una calleja al terrible doctor, que lo miro con sus ojos de brasa, acariciandole las mejillas bondadosamente con una mano que al arrapiezo le parecio de fuego. Huyo despavorido, como huian casi todos los chicuelos cuando los acariciaba el doctor.
?Que horrible fama la suya! Los curas de la poblacion hablaban de el con terribles aspavientos. Era un impio, un excomulgado. Nadie sabia ciertamente que alta autoridad habia lanzado sobre el la excomunion; pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes y cristianas.
Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo tenia lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que sostenia que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la
indignada dona Bernarda, haciendola repetir todos los chistes que a costa de esta locura soltaban sus amigos los domingos en el pulpito.
Y lo peor era que con tales brujerias no habia enfermedad que se resistiera al doctor Moreno. Hacia prodigios en los arrabales entre la tosca gente de los huertos, que lo adoraban con tanto afecto como temor. Devolvia la salud a los que habian declarado incurables los viejos medicos de larga levita y baston con puno de oro, venerables sabios, mas creyentes en Dios que en la ciencia, segun decia en su elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valia de nuevos medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y libracos que recibia de muy lejos. A los enemigos los desconcertaba, en su murmuracion, la mania del doctor por curar gratuitamente a los pobres, anadiendo muchas veces una limosna, e indignabalos la testarudez con que se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos principios que habian tenido que solicitar el permiso de su confesor para ponerse en tales manos.
-?Pillo!... ?Hereje!... ?Descamisado!... -exclamaba dona Bernarda-
Pero lo decia en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre mostrabase por entonces mas sombrio que nunca y apenas salia del patio.
A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el entrecejo respetuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros..., todos menos la casa de Brull.
La Monarquia se la habia llevado la mala trampa; legislaban en Madrid los hombres de la Revolucion de Septiembre, Los industrialillos de la ciudad, rebeldes siempre a la soberania de don Ramon, tenian fusiles en las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a los que antes los habian tenido bajo el pie. Se daban en las calles vivas a la Republica, faltaba poco para que se encendieran cirios ante la estampa de Castelar; y entre ese torbellino de discursos, aclamaciones, Marsellesa a todas horas y percalina tricolor, destacabase el fanatico medico predicando en las plazas, hablando en las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en las veladas nocturnas del Casino republicano de la ciudad; entusiasta hasta el lirismo, repetia con diversas palabras las odas oratorias del tribuno portentoso que en aquella epoca corria Espana de una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la Historia.
La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un mitin, pasaba por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco mas alla, ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo. «?Hasta cuando iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Y aunque nadie la insultaba ni le pedia un alfiler, hablaba de la necesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedian la Republica, eran de la Repartidora, como ella decia; al paso que marchaban las cosas, no tardarian en triunfar, y entonces vendria el saqueo de la casa, tal vez el deguello de ella y su hijo.
-?Dejalos, mujer! -decia el caido cacique con burlona sonrisa-. No son tan malos como crees. Que sigan cantando la Marsellesa y dando vivas, ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traera. Los carlistas se encargaran de hacer triunfar a los nuestros.
Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre, un excelente chico, al que los libros habian trastornado. Lo conocia mucho: habian ido a la escuela juntos, y jamas quiso unirse al corro de maldiciones contra Moreno. Lo unico que parecio molestarle fue que, a raiz de la proclamacion de la Republica, los entusiastas del doctor quisieron enviarlo diputado a la Constituyente del 73. ?Diputado aquel loco, cuando el, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no habia osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le inspiraba! ?Aquello era el fin del mundo!...
Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ?que seria del triste rebano que encontraba en el salud y proteccion? Ademas, el era un sedentario. Se sentia ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la que cumplia sus gustos sin obstaculo alguno.
Sus convicciones lo arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares publicos, provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en las organizaciones del partido, y despues de una reunion publica pasaba dias y dias encerrado en su casa entre sus libros y revistas, sin mas compania que la de su hermana, docil y devota, que lo adoraba, aunque lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una nina rubia que Rafael recordaba apenas, pues la antipatia que inspiraba el padre a las principales familias obligaba a la pequena a un forzoso aislamiento.
El doctor tenia una pasion: la musica. Todos admiraban su habilidad. ?Que no sabria aquel hombre? Segun dona Bernarda y sus amigas, aquel talento portentoso era adquirido con malas artes, fruto de su impiedad. Pero esto no impedia que por las noches, cuando hacia sonar el violonchelo, acompanado por ciertos amigotes de Valencia que venian a pasar con el algunos dias -todos gente grenuda y estrambotica, que hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta uncion como si fuese San Bernardo, el patron de Alcira-, la gente se agolpase en la calle, siseando para que caminasen mas quedo los que poco a poco se aproximaban, y abrianse cautelosamente balcones y ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.
-Si, don Andres -dijo Rafael-; recuerdo perfectamente al doctor Moreno.
El miedo que le habia inspirado en la ninez y las diabolicas melodias que por la noche llegaban hasta su camita estaban aun frescos en su memoria.
-Pues bien- continuo el viejo-: esa senora es la hija del doctor. ?Que hombre aquel! ?Como nos hacia rabiar a tu padre y a mi en el setenta y tres! Algo sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado completamente por la musica; tenia cosas graciosisimas. Se caso con una hortelana muy guapa, pero pobre. Decia que el casamiento era... para perpetuar la especie: estas eran sus palabras; para echar al mundo gente fuerte y sana. Por esto, lo menos era preocuparse de la posicion de la esposa, sino de su caudal de salud. Asi se busco el aquella Teresa, fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valio a la pobre. Tuvo la nina, y a consecuencias del parto murio a los pocos dias, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un ano.
Los companeros de Rafael escuchaban con tanta atencion como este. Los agitaba la malsana curiosidad de las pequenas poblaciones, donde el ahondar en la vida ajena es el mas vivo de los placeres.
-Y ahora viene lo bueno -continuo don Andres-. El loco del doctor tenia dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no lo sabeis) es un italiano o ingles, no lo se cierto, de esos que se sacan la musica de la cabeza para que la toquen en los teatros o se diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo preocupado, con el nombre que habia de ponerle. Queria llamarla Emilia, para hacer asi un homenaje a su idolo Castelar; pero le gustaba mas Leonora (?fijaos bien!, no digo Leonor, Leonora), que, segun nos dijo el, era el titulo de la unica funcion escrita por Beethoven, una opera que leia el a ratos perdidos como yo leo el periodico. El recuerdo del extranjero pudo mas, y envio a su hermana a la iglesia con unas cuantas vecinas pobres a bautizar la nina, con el encargo de que le pusieran por nombre Leonora. Figuraos que contestaria el cura despues de buscar en vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del Ayuntamiento, y tuve que intervenir. Era antes de la revolucion; mandaba Gonzalez Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Poo. Y, sin embargo, ?floja zambra armo aquel hombre! Se planto en la iglesia, donde no habia entrado nunca, empenado en que bautizasen a la pequena a su gusto. Despues quiso llevarsela sin bautizar, diciendo que le tenia sin cuidado este requisito y que solo lo cumplia por dar gusto a su hermana. En la disputa, llamaba con gran retintin a los curas y acolitos reunidos en la sacristia cuadrilla de bramantes...
-Los llamaria brahmanes -interrumpio Rafael.
-Si; eso es; y tambien bonzos; asi, por chunga: de esto me acuerdo bien. Por fin, dejo que el cura la bautizase con el nombre de Leonor. Pero como si nada. Al marcharse le
dijo al parroco: «Sera Leonora, por razones que le placen al padre y que no comprenderia usted aunque yo se las explicase.» ?Que tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre y yo para amansar a los buenos curas; querian formarle un proceso por sacrilego, ultrajes a la religion y que se yo cuantas cosas mas. Nos dio lastima. ?Ay hijo mio! En aquel tiempo, una causa asi era mas de cuidado que hacer una muerte.
-?Y como ha seguido llamandose? -pregunto un amigo de Rafael.
-Leonora, como queria su padre. Esa muchacha salio identica al doctor: tan chiflada como el: su mismo caracter. No la he visto aun; dicen que es muy guapa; se parece a su madre, que era una rubia, la mas buena moza de estos contornos. Cuando el doctor vistio a su mujer de senora, no era gran cosa como finura, pero nos dejo asombrados a todos...
-Y Moreno, ?que se hizo? -pregunto otro-. ?Es verdad, como se dijo hace anos, que se habia pegado un tiro?
-Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ?Quien sabe! ?Se marcho tan lejos!... Cuando al caer la republica volvio el tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aun que al morir su Teresa. Vivia encerrado en su casa. Tu padre era respetado mas que nunca; mandabamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid, daba orden a los gobernadores de que se abriesen la mano, dejandonos en completa libertad para barrer lo que quedaba de la Revolucion, y los que antes aclamaban al doctor, huian de el para que nosotros no los tomasemos entre ojos. Alguna tarde salia a pasear por las afueras; iba al huerto de su hermana, junto al rio, llevando siempre al lado a Leonora, que ya tenia unos once anos. En ella concentraba todo su afecto. ?Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda su banda de amigotes se agarraban a tiros con la tropa en las calles de Alcira, dando vivas a la federal... Su soledad y la tristeza de la derrota le hicieron entregarse mas que nunca a la musica. Solo tenia una alegria en medio de la desesperacion que le causaba el fracaso de sus perversas ideas. Leonora amaba la musica tanto como el. Aprendia rapidamente sus lecciones; acompanaba al piano el violonchelo de papa, y asi se pasaban los dias toca que toca, revolviendo todo el inmenso monton de solfas que guardaban en el granero junto con los libros malditos. Ademas, la pequena mostraba cada dia una voz mas hermosa y sonora. «Sera una artista, una gran artista», decia su padre, entusiasmado. Y cuando algun arrendatario de sus tierras o uno de sus protegidos entraba en la casa y permanecia embobado ante la chicuela, que cantaba como un angel, decia el doctor con entusiasmo: «?Que os parece la senorita?... Algun dia estaran orgullosos en Alcira de que haya nacido aqui.»
Se detuvo don Andres para coordinar sus recuerdos, y anadio tras larga pausa:
-La verdad es que no puedo deciros mas. En aquella epoca, como ya mandabamos, apenas si me trataba con el doctor. Lo perdimos de vista; no le haciamos caso. La musiquilla oida al pasar frente a su casa era lo unico que nos lo traia a la memoria. Supimos un dia, por su hermana dona Pepa, que se habia ido con la nina, lejos, muy lejos, a aquella ciudad donde estuviste tu, Rafael, a Milan, que, segun me han contado, es el mercado de todos los que cantan. Queria que su Leonora fuese una gran tiple. Ya no lo vimos mas. ?Pobre hombre!... La cosa no debio marchar bien. Cada ano escribia a su hermana para que vendiese un campo. Se conoce que alla vivian en la miseria. En unos cuantos anos volo toda la fortunita que el doctor habia heredado de sus padres. La pobre dona Pepa, siempre tan buena, hasta vendio la casa, que era de los dos hermanos, para enviarle el ultimo dinero, y se traslado al huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta Horas. Despues... despues ya no he sabido nada cierto. ?Dicen tantas mentiras! Unos, que el pobre Moreno se pego un tiro al verse abandonado por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros, que murio en un hospital, solo como un perro. Lo unico cierto es que murio el infeliz y que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la maldita. ?Que modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con reyes. Y de dinero no digamos. ?Que modo de ganarlo y de tirarlo, hijos mios! Esto quien lo sabe es el barbero
Cupido. Como se cree artista porque toca la guitarra, y ademas figura entre los de la cascara amarga y le tenia gran simpatia al padre, es el unico de la ciudad que ha seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer. Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre mas sonoro y raro, un apellido extranjero. Como es tan metomentodo ese Cupido y en su barberia se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alqueria de dona pepa a saludar a la eminente artista, como el dice. Cuenta y no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una casa; de trajes de seda..., ?la mar!; sombreros, no se cuantos; estuches sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavia la maldita encargo a Cupido que avisara al jefe de la estacion para que envie, asi que llegue, lo que falta por venir: el equipaje gordo, un sinnumero de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincon del mundo, y cuestan un capital por su traslado... ?Y eche usted!... ?Claro! ?Para lo que le cuesta de ganar!
Guinaba los ojos maliciosamente y reia como un fauno viejo dandole con el codo a Rafael, que lo escuchaba absorto.
-Pero ?se queda aqui? -pregunto el joven-. Acostumbrada a correr el mundo, ?le gusta este rincon?
-Nada se sabe de eso -contesto don Andres-; ni el mismo Cupido pudo averiguarlo. Estara hasta que se canse. Y para aburrirse menos, se ha traido la casa encima, como el caracol.
-Pues es facil que se aburra pronto -dijo un amigo de Rafael-. Si cree que aqui la van a admirar y mirar como en el extranjero!... ?La hija del doctor Moreno! ?Del medico descamisado, como le llama mi padre! Han visto ustedes que personaje?... Y luego, ?con una historia! Anoche se hablaba de su llegada en todas las casas decentes, y no hubo senor que no prometiese de abstenerse de todo trato con ella. ?Si cree que Alcira es como esas tierras donde se baila el cancan y no hay verguenza, se lleva chasco!
Don Andres se reia con una expresion de perro viejo.
-?Si, hijos mios; se lleva chasco! Aqui hay mucha moral, y, sobre todo, mucho miedo al escandalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero no queremos que nadie se entere. Me temo que esta Leonora se pase la vida sin mas sociedad que la de su tia, que es tonta, y la de una criada franchuta que dicen ha traido. Aunque ella ya se lo recela. ?Sabeis lo que dijo ayer a Cupido? Que venia aqui unicamente por el deseo de vivir sola, de no ver gente; y cuando el barbero le hablo del senorio de Alcira hizo un gesto burlon, como si se tratara de gente despreciable de poco mas o menos. Esto es lo que mas se comentaba anoche por las senoras. Ya se ve: ?acostumbrada a ser la querida de grandes personajes!
Por la arrugada frente de don Andres parecio pasar la idea, provocando su risa.
-?Sabes lo que pienso, Rafael? Que tu que eres joven y guapo y has estado en aquellos paises podias dedicarte a conquistarla, aunque solo fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aqui tambien hay personas. Dicen que es muy guapa, ?y que demonio!, la cosa no sera muy dificil. ?Cuando sepa quien eres!...
Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulacion, convencido de que el prestigio de su principe era tal, que forzosamente habia de turbar a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, despues de la escena de la tarde anterior, le parecian una crueldad.
Don Andres se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una pavorosa vision, y anadio con tono respetuoso:
-Pero no; fuera bromas. No hagas casa de lo que digo. Tu madre sufriria un gran disgusto.
El nombre de dona bernarda, representacion de la temible virtud, al caer en medio de la conversacion, puso serios a todos los del corro.
-Lo mas extrano -dijo Rafael, que deseaba desviar la conversacion- es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han pasado anos y mas anos sin que nadie pronunciase su nombre.
-Estas son cosas de aqui -contesto el viejo-. Los de vuestra edad no la habiais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija, han tenido siempre buen
cuidado de no sacar a conversacion a esa mujer que, como dice tu madre, es la deshonra de Alcira. De cuando en cuando se sabia algo: una noticia que Cupido pescaba en los periodicos y propaganda por ahi; una revelacion de la tonta dona Pepa, que contaba a los curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras que se inventaban no se sabe donde ni por quien. Todo esto quedaba oculto, como el fuego bajo la ceniza. Si a esta muchacha no se le hubiera ocurrido volver a Alcira..., nada. Pero ha venido, y de pronto todos hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando las noticias de muchos anos. ?Quereis creerme, hijos mios? Yo la he considerado siempre una pajara de cuenta; pero aqui se miente mucho, mucho; se le levanta un falso testimonio al mismo Verbo Divino, y no sera tanto como dicen... ?Si fuese uno a hacer caso! ?No era el pobre don Ramon el mas grande hombre de esta tierra? ?Y que cosas no decian de el?...
Ya no se hablo mas de la hija del doctor Moreno. Rafael sabia cuanto deseaba. Aquella mujer habia nacido a corta distancia de donde el nacio, sus infancias habian transcurrido casi juntas; y, sin embargo, en el primer encuentro de su vida se habian sentido separados por la frialdad de lo desconocido.
Esta separacion seria cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad, vivia fuera de su influencia, en pleno campo, despreciandola, y la ciudad no iria a ella.
?Como aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde, paseando sin rumbo por las calles, de buscar en su tienda al barbero Cupido. El alegre bohemio era el unico de Alcira que entraba en su casa. Pero le detuvo el miedo a su lengua murmuradora.
A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella barberia empapelada con laminas de El Motin y presidida por el retrato de Pi y Margall. ?Como justificaria su presencia alli, donde jamas habia entrado? ?Como explicar a Cupido su interes por aquella mujer sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?
Paso por dos veces frente a los rayados cristales de la barberia, sin atreverse a poner la mano en el picaporte, acabo por salir al campo, siguiendo la orilla del rio lentamente, con la vista fija en aquella alqueria azul que nunca habia llamado su atencion y ahora le parecia la mas hermosa del dilatado paraiso de naranjos.
Por entre la arboleda veia el balcon de la casa, y en el una mujer desdoblando ropas brillantes, de finos colores: faldas que sacudia para borrar los pliegues de la opresion en las maletas.
Era la doncella italiana, aquella Beppa de pelo rojizo que habia visto en la tarde anterior acompanando a su senora.
Creyo que la muchacha lo miraba, que lo reconocia por entre el follaje, a pesar de la distancia; y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que se ve sorprendido en plena travesura volvio la espalda y se alejo rapidamente hacia la ciudad, experimentando despues cierta satisfaccion, como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora solo con llegar a las inmediaciones de su casa azul.
V
Las primeras lluvias del invierno caian con insistencia sobre la comarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecia tocar la copa de los arboles. La tierra rojiza de los campos oscureciase bajo el continuo chaparron; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de los huertos, convertianse en barrancos; paralizabase la vida laboriosa del cultivo, y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogianse bajo el diluvio, como protestando contra aquel camino brusco en el pais del sol.
El rio crecia. Las aguas, rojas y gelatinosas, como arcilla liquida, chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al Jucar seguian con mirada ansiosa el curso del rio
y plantaban en la orilla canas y palos para convencerse de la subida de su nivel.
-?Munta?... -preguntaban los que vivian en el interior.
-Si que munta -contestaban lo riberenos.
El agua subia con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente habia echado raices en medio de su cauce.
Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban mas alla de una alarmada curiosidad. Nadie sentia miedo ni abandonaba su casa para pasar los puentes buscando un refugio en tierra firme. ?Para que? Aquella inundacion seria como todas. Era inevitable de cuando en cuando la colera del rio; hasta habia que agradecerla, pues constituia diversion inesperada, una agradable paralizacion de trabajo. La confianza moruna daba tranquilidad a la gente. Lo mismo habia hecho en tiempos de sus padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevo la poblacion: algunas casas, la vez que mas. ?Y habia de sobrevenir ahora la catastrofe?... El rio era el amigo de Alcira; se guardaban el afecto de un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevasen seis o siete siglos de vida comun. Ademas, para la gente menuda, estaba alli el padre San Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y unico capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de olas rojizas.
Llovia dia y noche, y, sin embargo, la ciudad, por su animacion, parecia estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de la corriente o descendian por las callejuelas vecinas al rio para colocar senales, aguardando que la lamina de agua, ensanchandose, llegase hasta ellas.
La gente de los cafes se deslizaba por las calles al abrigo de los grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y despues de mirar el rio, bajo el debil abrigo de sus paraguas, volvian muy ufanos parandose en todas las casas para dar su opinion sobre la crecida.
Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecias, que agitaban la ciudad de un extremo a otro con el calor y la vehemencia de la sangre meridional.. Se disputaba, se enfriaban amistades por si en media hora el rio habia subido cuatro dedos o uno solo, y faltaba poco por venir a las manos por si esta riada era mas importante que la anterior.
Y, mientras tanto, el cielo llorando incesantemente por sus innumerables ojos; el rio, hinchandose de rugiente colera, lamiendo con sus lenguas rojas la entrada de las calles bajas, asomabase a los huertos de las orillas y penetraba por entre los naranjos, despues de abrir agujeros en los setos y en las tapias.
La unica preocupacion era si lloveria al mismo tiempo en las montanas de Cuenca. Si bajaba agua de alla, la inundacion seria cosa seria. Y los curiosos hacian esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las aguas, temiendo verlas negruzcas, senal cierta de que venian de la otra provincia.
Cerca de dos dias duraba aquel diluvio. Cerro la noche, y en la oscuridad sonaba lugubre el mugido del rio. Sobre su negra superficie reflejabanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas riberenas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.
En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las puertas. Las mujeres y los chicos refugiabanse en los graneros, y los hombres, remangados de piernas, chapoteaban en el liquido fangoso, poniendo en salvo los aperos de labranza o tirando de algun borriquillo que retrocedia asustado, metiendose cada vez mas en el agua.
Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la noche, con la casa inundada, perdio la calma burlona de que habia hecho alarde durante el dia. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba con infantil ansiedad una proteccion, un poder fuerte que atajase el peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ?Quien sabe si serian ellos los destinados a perecer con las ultimas ruinas de la ciudad?... Las mujeres gritaban asustadas al ver las miseras callejuelas convertidas en acequias:
-?El pare San Bernat!... ?Que traguen al pare San Bernat!
Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podia arreglar aquello como el glorioso patron. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que hiciese el milagro.
Habia que ir al Ayuntamiento; obligar a los senores de viso, gente algo descreida, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.
En un momento se formo un verdadero ejercito. Salian de las lobregas callejuelas chapoteando en el agua como ranas, vociferando el grito de guerra: ?San Bernat! ?San Bernat! Los hombres, remangados de piernas y brazos o desnudos, sin otra concesion al pudor que la faja, esa prenda que jamas se despega de la piel del labriego; las mujeres, con las faldas a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la vociferante multitud.
-?San Bernat! ?San Bernat!... ?Vitol el pare San Bernat!
Pasaban por las calles con el estrepito y la violencia de un pueblo amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los aleros. Abrianse puertas y ventanas, uniendose nuevas voces a la delirante aclamacion, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba la negra avalancha.
Iban todos al Ayuntamiento, furiosos y amenazantes, como si solicitaran algo que podian negarles, y entre la muchedumbre veianse escopetas, viejos trabucos y antiguas pistolas de arzon, enormes como arcabuces. Parecia que iban a matar al rio.
El alcalde, como todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la casa de la ciudad. Habian llegado corriendo, seguidos de alguaciles y gentes de la ronda, para hacer frente al motin.
-?Que voleu? -preguntaba el alcalde a la muchedumbre.
?Que habian de querer! El unico remedio, la salvacion; llevar al santo omnipotente a la orilla del rio para que le metiera miedo con su presencia; lo que venian haciendo siglos y siglos sus ascendientes, gracias a lo cual aun existia la ciudad.
Algunos vecinos, que eran mal mirados por la gente del campo a causa de su incredulidad, sonreian. ?No seria mejor desalojar las casas cercanas al rio? Una tempestad de protestas seguia a esta proposicion. ?Fuera! ?Querian que saliese el santo! ?Que hiciera el milagro, como siempre!
Y acudia a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios aprendidos en la ninez sobre las faldas de la madre; las veces que en otros siglos habia bastado asomar a San Bernardo a un callejon de la orilla para que inmediatamente el rio se fuera hacia abajo, desapareciendo como el agua de un cantaro que se rompe.
El alcalde, fiel a la dinastia de los Brull, estaba perplejo. Le atemorizaba el populacho y queria acceder, como de costumbre; pero era grave falta no consultar al quefe. Por fortuna, cuando la gran masa negra comenzaba a revolverse, indignada por su silencio, y salian de ella silbidos y gritos hostiles, llego Rafael.
Dona Bernarda le habia hecho salir al primer asomo de la popular manifestacion. En aquellas circunstancias era cuando se lucia su marido, dando disposiciones que de nada servian. Pero al volver el rio a su normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebano admiraba sus sacrificios, llamandole el padre de los pobres. Si el milagroso santo habia de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las elecciones de diputados estaban proximas: la inundacion no podia llegar con mas oportunidad. Nada de imprudencias ni de darle un susto; pero debia hacer algo, para que la gente hablase de el como hablaba de su padre en tales casos.
Por eso, Rafael, despues