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Áëàñêî Âèñåíòå Èáàíüåñ — La Barraca

AL LECTOR



He contado en el prologo de otro libro mio como a mediados de 1895 tuve que huir de Valencia, despues de una manifestacion contra la guerra colonial, que degenero en movimiento sedicioso, dando origen a un choque de los manifestantes con la fuerza publica. Perseguido por la autoridad militar como presunto autor de este suceso, vivi escondido algunos dias, cambiando varias veces de refugio, mientras mis amigos me preparaban el embarco secreto en un vapor que iba a zarpar para Italia. Uno de mis alojamientos fue en los altos de un despacho de vinos situado cerca del puerto, propiedad de un joven republicano, que vivia con su madre. Durante cuatro dias permaneci metido en un entresuelo de techo bajo, sin poder asomarme a las ventanas que daban a la calle, por ser esta de gran transito y andar la Policia y la Guardia Civil buscandome en la ciudad y sus alrededores. Obligado a permanecer en una habitacion interior, completamente solo, lei todos los libros que poseia el tabernero, los cuales no eran muchos ni dignos de interes. Luego, para distraerme, quise escribir, y tuve que emplear los escasos medios que el dueno de la casa pudo poner a mi disposicion: una botellita de tinta violeta a guisa de tintero, un portaplumas rojo, como los que se usan en las escuelas, y tres cuadernillos de papel de cartas rayado de azul. Asi, escribi en dos tardes un cuento de la huerta valenciana, al que puse por titulo Venganza moruna. Era la historia de unos campos forzosamente yermos, que vi muchas veces, siendo nino, en los alrededores de Valencia, por la parte del cementerio; campos utilizados hace anos como solares para la expansion urbana; el relato de una lucha entre labriegos y propietarios, que tuvo por origen un suceso tragico y abundo luego en conflictos y violencias. Cuando llego la hora de mi embarco, en plena noche, disfrazado de marinero, deje en la taberna todos mis objetos de uso personal y el pequeno fajo de hojas escritas por ambas caras. Vague tres meses por Italia, volvi a Espana, y un Consejo de guerra me condeno a varios anos de presidio. Estuve encerrado mas de doce meses, sufriendo los rigores de una severidad intencionada y cruel. Al ser conmutada mi pena, me desterraron a Madrid, sin duda para tenerme el Gobierno de entonces mas al alcance de su vigilancia; y, finalmente, el pueblo de Valencia me eligio diputado, librandome asi de nuevas persecuciones, gracias a la inmunidad parlamentaria. Mi campana electoral consistio principalmente en discursos pronunciados al aire libre, ante muchedumbres enormes. Una tarde, despues de hablar a los marineros y cargadores del puerto, cuando, terminado mi discurso, tuve que responder a los apretones de manos y los saludos de miles de oyentes, reconoci entre estos al joven que me escondio en su casa. Tuve que acompanarle a la taberna para saludar a su madre y ver la pequena habitacion que me habia servido de refugio. Mientras estas buenas gentes recordaban, emocionadas, mi hospedaje en su vivienda, fueron sacando todos los objetos que yo habia dejado olvidados. Asi, recobre el cuento Venganza moruna, volviendo a leerlo aquella noche, con el mismo interes que si lo hubiese escrito otro. Mi primera intencion fue enviarlo a El





Liberal, de Madrid, en el que colaboraba yo casi todas las semanas, publicando un cuento. Luego pense en la conveniencia de ensanchar este relato, un poco seco y conciso, haciendo de el una novela, y escribi La barraca. Dirigia yo entonces en Valencia el diario El Pueblo, y tal era la pobreza de este periodico de combate, que, por no poder pagar un redactor encargado del servicio telegrafico, tenia el director que trabajar hasta la madrugada, o sea hasta que, redactados los ultimos telegramas y ajustado el diario en paginas, entraba, finalmente, en maquina. Solo entonces, fatigado de toda una noche de monotono trabajo periodistico, me era posible dedicarme a la labor creadora del novelista. Bajo la luz violacea del amanecer o al resplandor juvenil de un sol recien nacido fui escribiendo los diez capitulos de mi novela. Nunca he trabajado con tanto cansancio fisico y un entusiasmo tan reconcentrado y tenaz. Al relato primitivo le quite su titulo de Venganza moruna, empleandolo luego en otro de mis cuentos. Me parecio mejor dar a la nueva novela su nombre actual: La barraca. Primeramente se publico en el folleton de El Pueblo, pasando casi inadvertida. Mis bravos amigos, los lectores del diario, solo pensaban en el triunfo de la Republica, y no podian interesarles gran cosa unas luchas entre huertanos, rusticos personajes que ellos contemplaban de cerca a todas horas. Francisco Sempere, mi companero de empresas editoriales, que iniciaba entonces su carrera y era todavia simple librero de lance, publico una edicion de La barraca de setecientos ejemplares, al precio de una peseta. Tampoco fue considerable el exito del volumen. Creo que no pasaron de quinientos los ejemplares vendidos. Ocupado en trabajar por mis ideas politicas, no prestaba atencion a la suerte editorial de mi obra, cuando, algunos meses despues, recibi una carta del senor Herelle, profesor del Liceo de Bayona. Ignoraba yo entonces que este senor Herelle era celebre en su patria como traductor, luego de haber vertido al frances las obras de D'Annunzio y otros autores italianos. Me pedia autorizacion para traducir La barraca, explicando la casualidad que le permitio conocer mi novela. Un dia de fiesta habia ido de Bayona a San Sebastian, y, aburrido, mientras llegaba la hora de regresar a Francia, entro en una libreria para adquirir un volumen cualquiera y leerlo sentado en la terraza de un cafe. El libro escogido fue La barraca, e, interesado por su lectura, el senor Herelle casi perdio su tren. Con la despreocupacion (por no llamarla de otro modo) que caracteriza a la mayoria de los espanoles en lo que se refiere a puntualidad epistolar, deje sin respuesta la carta de este senor. Volvio a escribirme, y tampoco conteste, acaparado por los accidentes de mi vida de propagandista. Pero Herelle, tenaz en su proposito, repitio sus cartas. «He de contestar a ese senor frances -me decia todas las mananas-. De hoy no pasa.» Y siempre una reunion politica, un viaje o un incidente revolucionario de molestas consecuencias me impedia escribir a mi futuro traductor. Al fin, pude enviarle cuatro lineas autorizandole para dicha traduccion, y no volvi a acordarme de el. Una manana, los diarios de Madrid anunciaron en sus telegramas de Paris que se habia publicado la traduccion de La barraca, novela del diputado republicano Blasco Ibanez, con un exito editorial enorme, y los primeros criticos de Francia hablaban de ella con elogio. La barraca, que habia aparecido en una edicion espanola de setecientos ejemplares (vendiendose unicamente quinientos, la mayor parte de ellos en Valencia), y no merecio, al publicarse, otro saludo que unas cuantas palabras de los criticos de entonces, paso de golpe a ser novela celebre. El insigne periodista Daniel Moya la publico en el folletin de El Liberal, y luego empezo a remontarse, de edicion en edicion, hasta alcanzar su cifra actual de cien mil ejemplares legales. Digo legales, porque en America se han hecho numerosas ediciones de esta obra sin mi permiso. A la traduccion francesa siguieron otras y otras en todos los idiomas de Europa. Si se suman los ejemplares de sus numerosas versiones extranjeras, pasan, seguramente, de un millon.






Algunos jovenes que muestran exagerada impaciencia por obtener la fama literaria y sus provechos materiales, deben reflexionar sobre la historia de esta novela, tan unida a mi nombre. Para las gentes amigas de clasificaciones, que una vez que encasillan a un autor, ya no lo sacan, por pereza mental, del alveolo en que lo colocaron, yo sere siempre, escriba lo que escriba, «el ilustre autor de La barraca». Y de La barraca, al publicarse en volumen, se vendieron quinientos ejemplares, y mi difunto Sempere y yo nos repartimos setenta y ocho pesetas, ganancia liquida de la obra, llegando a obtener tal cantidad gracias a que entonces los gastos de impresion eran mucho mas baratos que en los tiempos presentes.

                                                                                                            V. B. I

                                                                                    Menton (Alpes Maritimos), 1925

                                                     LA BARRACA

                                                                   I


Desperezose la inmensa vega bajo el resplandor azulado del amanecer, ancha faja de luz que asomaba por la parte del Mediterraneo. Los ultimos ruisenores, cansados de animar con sus trinos aquella noche de otono, que, por lo tibio de su ambiente, parecia de primavera, lanzaban el gorjeo final como si los hiriese la luz del alba con sus reflejos de acero. De las techumbres de paja de las barracas salian las bandadas de gorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, y las copas de los arboles empezaban a estremecerse bajo los primeros juguetes de estos granujas del espacio, que todo lo alborotaban con el roce de sus blusas de plumas. Apagabanse lentamente los rumores que habian poblado la noche: el borboteo de las acequias, el murmullo de los canaverales, los ladridos de los mastines vigilantes. Despertaba la huerta, y sus bostezos eran cada vez mas ruidosos. Rodaba el canto del gallo de barraca en barraca. Los campanarios de los pueblecitos devolvian con ruidoso badajeo el toque de misa primera que sonaba a lo lejos, en las torres de Valencia, esfumadas por la distancia. De los corrales salia un discordante concierto animal: relinchos de caballos, mugidos de cordero, ronquidos de cerdos; un despertar ruidoso de bestias que, al sentir la fresca caricia del alba cargada de acre perfume de vegetacion, deseaban correr por los campos. El espacio se empapaba de luz; disolvianse las sombras como tragadas por los abiertos surcos y las masas de follaje. En la indecisa neblina del amanecer iban fijando sus contornos humedos y brillantes las filas de moreras y frutales, las ondulantes lineas de canas, los grandes cuadros de hortalizas, semejantes a enormes panuelos verdes, y la tierra roja, cuidadosamente labrada. Animabanse los caminos con filas de puntos negros y movibles, como rosarios de hormigas, marchando hacia la ciudad. De todos los extremos de la vega llegaban chirridos de ruedas, canciones perezosas interrumpidas por el grito que arrea a las bestias, y, de cuando en cuando, como sonoro trompetazo del amanecer, rasgaba el espacio un furioso rebuzno del cuadrupedo paria, como protesta del rudo trabajo que pesaba sobre el apenas nacido el dia. En las acequias conmoviase la tersa lamina de cristal rojizo con chapuzones que hacian callar a las ranas; sonaba luego un ruidoso batir de alas e iban deslizandose los anades lo mismo que galeras de marfil, moviendo, cual fantasticas proas, sus cuellos de serpiente.







La vida, que con la luz inundaba la vega, iba penetrando en el interior de barracas y alquerias. Chirriaban las puertas al abrirse, veianse bajo los emparrados figuras blancas que se desperezaban con las manos tras el cogote, mirando el iluminado horizonte. Quedaban de par en par los establos, vomitando hacia la ciudad las vacas de leche, los rebanos de cabras, los caballejos de los estercoleros. Entre las cortinas de arboles enanos que ensombrecian los caminos, vibraban cencerros y campanillas, y cortando este alegre cascabeleo sonaba el energico ?arre, aca! Animando a las bestias reacias. En las puertas de las barracas saludabanse los que iban hacia la ciudad y los que se quedaban a trabajar los campos. -?Bon dia mos one Deu! -?Bon dia! Y tras este saludo, cambiado con toda la gravedad propia de una gente que lleva en sus venas sangre moruna y solo puede hablar de Dios con gesto solemne, se hacia el silencio si el que pasaba era un desconocido, y si era intimo se le encargaba la compra en Valencia de pequenos objetos para la mujer o para la casa. Ya era de dia completamente. El espacio se habia limpiado de tenues neblinas, transpiracion nocturna de los humedos campos y las rumorosas acequias. Iba a salir el sol. En los rojizos surcos saltaban las alondras con la alegria de vivir un dia mas, y los traviesos gorriones, posandose en las ventanas todavia cerradas, picoteaban las maderas, diciendo a los de adentro con su chillido de vagabundos acostumbrados a vivir de gorra: «?Arriba, perezosos! ?A trabajar la tierra para que comamos nosotros!...» En la barraca de Toni, conocido en todo el contorno por Pimenton, acababa de entrar su mujer, Pepeta, una animosa criatura, de carne blancuzca y flaccida, en plena juventud, minada por la anemia, y que era, sin embargo, la hembra mas trabajadora de toda la huerta. Al amanecer ya estaba de vuelta del mercado. Levantabase a las tres, cargaba con los cestones de verduras cogidas por Toni al cerrar la noche anterior entre reniegos y votos contra una picara vida en la que tanto hay que trabajar, y a tientas por los senderos, guiandose en la oscuridad como buena hija de la huerta, marchaba a Valencia, mientras su marido, aquel buen mozo que tan caro le costaba, seguia roncando dentro del caliente estudi, bien arrebujado en las mantas del camon matrimonial. Los que compraban las hortalizas al por mayor para revenderlas conocian bien a esta mujercita que, antes del amanecer, ya estaba en el mercado de Valencia sentada en sus cestos, tiritando bajo el delgado y raido manton. Miraba con envidia, de lo que no se daba cuenta, a los que podian beber una taza de cafe para combatir el fresco matinal. Y con una paciencia de bestia sumisa esperaba que le diesen por las verduras el dinero que se habia fijado en sus complicados calculos para mantener a Toni y llevar la casa adelante. Entraba de nuevo en funciones para desarrollar una segunda industria: despues de las hortalizas, la leche. Y tirando del ronzal de una vaca rubia, que llevaba pegado al rabo como amoroso satelite un ternerillo jugueton, volvia a la ciudad con la varita bajo el brazo y la medida de estano para servir a los clientes. La Rocha, que asi apodaban a la vaca por sus rubios pelos, mugia dulcemente, estremeciendose bajo una gualdrapa de arpillera, herida por el fresco de la manana, volviendo sus ojos humedos hacia la barraca, que se quedaba atras, con su establo negro, de ambiente pesado, en cuya caja olorosa pensaba con voluptuosidad del sueno no satisfecho. Pepeta la arreaba con su vara. Se hacia tarde, e iban a quejarse los parroquianos. Y la vaca y el ternerillo trotaban por el centro del camino de Alboraya, hondo, fangoso, surcado de profundas carrileras. Por los ribazos laterales, con un brazo en la cesta y el otro balanceante, pasaban los interminables cordones de cigarreras e hilanderas de seda, toda la virginidad de la





huerta, que iban a trabajar en las fabricas, dejando con el revoloteo de sus faldas una estela de castidad ruda y aspera. Esparciase por los campos la bendicion de Dios. Tras los arboles y las casas que cerraban el horizonte asomaba el sol como enorme oblea roja, lanzando horizontales agujas de oro que obligaban a taparse los ojos. Las montanas del fondo y las torres de la ciudad iban tomando un tinte sonrosado; las nubecillas que bogaban por el cielo coloreabanse como madejas de seda carmesi; las acequias y los charcos del camino parecian poblarse de peces de fuego. Sonaba en el interior de las barracas el arrastre de la escoba, el chocar de la loza, todos los ruidos de la limpieza matinal. Las mujeres agachabanse en los ribazos, teniendo al lado la cesta de la ropa para lavar. Saltaban en las sendas los pardos conejos, con su sonrisa marrullera, ensenando al huir, las rosadas posaderas partidas por el rabo en forma de boton, y sobre los montones de rubio estiercol, el gallo, rodeado de sus cloqueantes odaliscas, lanzaba un grito de sultan celoso -?su quiquiriqui!-, con la pupila ardiente y las barbillas rojas de colera. Pepeta, insensible a este despertar, que presenciaba diariamente, seguia su marcha, cada vez con mas prisa, el estomago vacio, las piernas doloridas y las ropas interiores impregnadas de un sudor de debilidad propio de su sangre blanca y pobre, que a lo mejor se escapaba durante semanas enteras, contraviniendo las reglas de la Naturaleza. La avalancha de gente laboriosa que se dirigia a Valencia llenaba los puentes. Pepeta paso entre los obreros de los arrabales que llegaban con el saquito del almuerzo pendiente del cuello; se detuvo en el fielato de Consumos para tomar su resguardo -unas cuantas monedas que todos los dias le dolian en el alma-, y se metio por las desiertas calles, que animaba el cencerro de la Rocha con un badajeo de melodia bucolica, haciendo sonar a los adormecidos burgueses con verdes prados y escenas idilicas de pastores. Tenia sus parroquianos la pobre mujer esparcidos en toda la ciudad. Era su marcha una enrevesada peregrinacion por las calles, deteniendose ante las puertas cerradas, un aldabonazo aqui, tres y repique mas alla, y siempre, a continuacion, el grito estridente y agudo, que parecia imposible pudiese surgir de su pobre y raso pecho: ?La lleeet! Jarro en mano, bajaba la criada desgrenada, en chancletas, con los ojos hinchados, a recibir la leche, o la vieja portera, todavia con la mantilla que se habia puesto para ir a la misa del alba. A las ocho, despues de servir a todos sus clientes, Pepeta se vio cerca del barrio de Pescadores. Como tambien encontraba en el despacho la pobre huerfana se metio valerosamente en los sucios callejones, que parecian muertos a aquella hora. Siempre, al entrar, sentia cierto desasosiego, una repugnancia instintiva de estomago delicado. Pero su espiritu de mujer honrada y enferma sabia sobreponerse a esta impresion, y continuaba adelante con cierta altivez vanidosa, con un orgullo de hembra casta, consolandose al ver que ella, debil y agobiada por la miseria, aun era superior a otras. De las cerradas y silenciosas casas salia el halito de la crapula barata, ruidosa y sin disfraz: un olor de carne adobada y putrefacta, de vino y de sudor. Por las rendijas de las puertas parecia escapar la respiracion entrecortada y brutal del sueno aplastante despues de una noche de caricias y caprichos amorosos de borracho. Pepeta oyo que la llamaban. En la puerta de una escalerilla le hacia senas una buena moza, despechugada, fea, sin otro encanto que el de una juventud proxima a desaparecer; los ojos humedos, el mono torcido, y en las mejillas manchas de colorete de la noche anterior: una caricatura, un payaso del vicio. La labradora, apretando los labios con un mohin de orgullo y desden para que las distancias quedasen bien marcadas, comenzo a ordenar las ubres de la Rocha dentro del jarro que le presentaba la moza. Esta no quitaba la vista de la labradora. -?Pepeta! -dijo con voz indecisa, como si no tuviese la certeza de que era ella misma. Levanto su cabeza Pepeta; fijo por primera vez sus ojos en la mujerzuela, y tambien







parecio dudar. -?Rosario!... ?Eres tu? Si, ella era: lo afirmaba con tristes movimientos de cabeza. Y Pepeta, inmediatamente, manifesto su asombro. ?Ella alli!... ?Hija de unos padres tan honrados!... ?Que verguenza, Senor!... La ramera, por costumbre del oficio, intento acoger con cinica sonrisa, con el gesto esceptico del que conoce el secreto de la vida y no cree en nada, las exclamaciones de la escandalizada labradora. Pero la mirada fija de los ojos claros de Pepeta acabo por avergonzarla, y bajo la cabeza como si fuera a llorar. No, ella no era mala; habia trabajado en las fabricas, habia servido a una familia como domestica; pero al fin sus hermanas le dieron el empleo, cansadas de sufrir hambre; y alli estaba, recibiendo unas veces carino y otras bofetadas, hasta que reventase para siempre. Era natural: donde no hay padre y madre, la familia termina asi. De todo tenia la culpa el amo de la tierra, aquel don Salvador, que de seguro ardia en los infiernos. ?Ah ladron!... ?Y como habia perdido a toda una familia! Pepeta olvido su actitud fria y reservada para unirse a la indignacion de la muchacha. Verdad, todo verdad; aquel tio avaro tenia la culpa. La huerta entera lo sabia. ?Valgame Dios, y como se pierde una casa! ?Tan bueno que era el pobre tio Barret! ?Si levantara la cabeza y viese a sus hijas!... Ya sabian en la huerta que el pobre padre habia muerto en el presidio de Ceuta hacia dos anos; y en cuanto a la madre, la infeliz vieja habia acabado de padecer en una cama del hospital. ?Las vueltas que da el mundo en diez anos! ?Quien les hubiese dicho a ella y a sus hermanas, acostumbradas a vivir en su casa como reinas, que acabarian de aquel modo? ?Senor! ?Senor! ?Libradnos de una mala persona!... Rosario se animo con la conversacion; parecia rejuvenecerse junto a esta amiga de la ninez. Sus ojos, antes mortecinos, chispearon al recordar el pasado. ?Y su barraca? ?Y las tierras? Seguian abandonadas, ?verdad?... Esto le gustaba: ?que reventasen, que se hiciesen la santisima los hijos del pillo don Salvador!... Era lo unico que podia consolarla. Estaba muy agradecida a Pimento y a todos los de alla, porque habian impedido que otros entrasen a trabajar lo que de derecho pertenecia a su familia. Y si alguien queria apoderarse de aquello, entonces bien sabido era el remedio... ?Pum! Un escopetazo de los que deshacen la cabeza. La moza se enardecia; brillaban en sus ojos chispas de ferocidad. Resucitaba dentro de la ramera, pasiva bestia acostumbrada a los golpes, la hija de la huerta, que desde que nace ve la escopeta colgada detras de la puerta, y en las festividades aspira con delicia el humo de la polvora. Despues de hablar del triste pasado, la curiosidad despierta de Rosario fue preguntando por todos los de alla, y acabo en Pepeta. ?Pobrecita! Bien se veia que no era feliz. Joven aun, solo revelaban su edad aquellos ojazos claros de virgen, inocentes y timidos. El cuerpo, un puro esqueleto; y en el rubio, de un color de mazorca tierna, aparecian ya las canas a punados antes de los treinta anos. ?Que vida le daba Pimento? ?Siempre tan borracho y huyendo del trabajo? Ella se lo habia buscado, casandose contra los consejos de todo el mundo. Buen mozo, eso si; le temblaban todos en la taberna de Copa, los domingos por la tarde, cuando jugaba al truco con los mas guapos de la huerta; pero en casa debia de ser un marido insufrible... Aunque, bien mirado, todos los hombres eran iguales. ?Si lo sabria ella! Unos perros que no valian la pena de mirarlos. ?Hija, y que desmejorada estaba la pobre Pepeta!... Un vozarron de marimacho bajo como un trueno por el hueco de la escalerilla. -?Elisa!... Sube pronto la leche. El senor esta esperando. -Rosario empezo a reir de si misma. Ahora se llamaba Elisa. ?No lo sabia? Era exigencia del oficio cambiar el nombre, asi como hablar con acento andaluz. Y remedaba con rustica gracia la voz del marimacho invisible. Pero, a pesar de su regocijo, tuvo prisa en retirarse. Temia a los de arriba. El vozarron







o el senor de la leche podian darle algo malo por su tardanza. Y subio veloz por la escalerilla, despues de recomendar mucho a Pepeta que pasase alguna vez por alli para recordar juntas las cosas de la huerta. El cansado esquilon de la Rocha repiqueteo mas de una hora por las calles de Valencia. Soltaron las mustias ubres hasta su ultima gota de leche insipida, producto de un misero pasto de hojas de col y desperdicios, y al fin Pepeta emprendio la vuelta a su barraca. La pobre labradora caminaba triste y pensativa bajo la impresion de aquel encuentro. Recordaba como si hubiera sido el dia anterior la espantosa tragedia que se trago la tio Barret con toda su familia. Desde entonces, los campos que hacia mas de cien anos trabajaban los ascendientes del pobre labrador habian quedado abandonados a orillas del camino. Su barraca, deshabitada, sin una mano misericordiosa que echase un remiendo a la techumbre ni un punado de barro a las grietas de las paredes, se iba hundiendo lentamente. Diez anos de continuo transito junto a aquella ruina habian conseguido que la gente no se fijase ya en ella. La misma Pepeta hacia tiempo que no habia parado su atencion en la vieja barraca. Esta solo interesaba a los muchachos, que, heredando el odio de sus padres, se metian por entre las ortigas de los campos yermos para acribillar a pedradas la abandonada vivienda, romper los maderos de su cerrada puerta o cegar con tierra y pedruscos el pozo que se abria bajo una parra vetusta. Pero aquella manana, Pepeta, influida por su reciente encuentro, se fijo en la ruina y hasta se detuvo en el camino para verla mejor. Los campos del tio Barret, o, mejor dicho para ella, «del judio don Salvador y sus descomulgados herederos», eran una mancha de miseria en medio de la huerta fecunda, trabajada y sonriente. Diez anos de abandono habian endurecido la tierra, haciendo brotar de sus olvidadas entranas todas las plantas parasitas, todos los abrojos que Dios ha criado para castigo del labrador. Una selva enana, enmaranada y deforme se extendia sobre aquellos campos, con un oleaje de extranos tonos verdes, matizado a trechos por flores misteriosas y raras, de esas que solo surgen en las ruinas y los cementerios. Bajo las frondosidades de esta selva minuscula, y alentados por la seguridad de su guarida, crecian y se multiplicaban toda suerte de bichos asquerosos, derramandose en los campos vecinos: lagartos verdes de lomo rugoso, enormes escarabajos con caparazon de metalicos reflejos, aranas de patas cortas y vellosas, hasta culebras, que se deslizaban a las acequias inmediatas. Alli vivian, en el centro de la hermosa y cuidada vega, formando mundo aparte, devorandose unos a otros; y aunque causasen algun dano a los vecinos, estos los respetaban con cierta veneracion, pues las siete plagas de Egipto parecian poca cosa a los de la huerta para arrojarse sobre aquellos terrenos malditos. Como las tierras del tio Barret no serian nunca para los hombres, debian anidar en ellas los bicharracos asquerosos, y cuantos mas, mejor. En el centro de estos campos desolados que se destacaban sobre la hermosa vega como una mancha de mugre en un manto regio de terciopelo verde, alzabase la barraca o, mas bien dicho, caia, con su montera de paja despanzurrada, ensenando por las aberturas que agujerearon el viento y la lluvia su carcomido costillaje de madera. Las paredes, aranadas por las aguas, mostraban sus adobes de barro crudo, sin mas que unas ligerisimas manchas blancas que delataban el antiguo enjalbegado. La puerta estaba rota por debajo, roida por las ratas, con grietas que la cortaban de un extremo a otro. Dos o tres ventanillas completamente abiertas y martirizadas por los vendavales, pendian de un solo gozne, e iban a caer de un momento a otro, apenas soplase una ruda ventolera. Aquella ruina apenaba el animo, oprimia el corazon. Parecia que del casuco abandonado fuesen a salir fantasmas en cuanto cerrase la noche; que de su interior iban a partir gritos de personas asesinadas; que toda aquella maleza era un sudario ocultando debajo de el centenares de cadaveres.






Imagenes horribles era lo que inspiraba la contemplacion de estos campos abandonados; y su tetrica miseria aun resaltaba mas al contrastar con las tierras proximas, rojas, bien cuidadas, llenas de correctas filas de hortalizas y de arbolillos, a cuyas hojas daba el otono una transparencia acaramelada. Hasta los pajaros huian de aquellos campos de muerte, tal vez por temor a los animaluchos que rebullian bajo la maleza o por husmear el halito de la desgracia. Sobre la rota techumbre de paja, si algo se veia, era el revoloteo de alas negras y traidoras, plumajes funebres de cuervos y milanos, que, al agitarse, hacian enmudecer los arboles cargados de gozosos aleteos y juguetones piidos, quedando silenciosa la huerta, como si no hubiese gorriones en media lengua a la redonda. Pepeta iba a seguir adelante, hacia su blanca barraca, que asomaba entre los arboles algunos campos mas alla; pero hubo de permanecer inmovil en el alto borde del camino, para que pasase un carro cargado que avanzaba dando tumbos y parecia venir de la ciudad. Su curiosidad femenil se excito al fijarse en el. Era un pobre carro de labranza, tirado por un rocin viejo y huesudo, al que ayudaba en los baches dificiles un hombre alto que marchaba junto a el animandole con gritos y chasquidos de la tralla. Vestia de labrador; pero el modo de llevar el panuelo anudado a la cabeza, sus pantalones de pana y otros detalles de su traje delataban que no era de la huerta, donde el adorno personal ha ido poco a poco contaminandose del gusto de la ciudad. Era labrador de algun pueblo lejano: tal vez venia del rinon de la provincia. Sobre el carro amontonabase, formando piramide hasta mas arriba de los varales, toda clase de objetos domesticos. Era la emigracion de una familia entera. Tisicos colchones, jergones rellenos de escandalosa hoja de maiz, sillas de esparto, sartenes, calderas, platos, cestas, verdes banquillos de cama, todo se amontonaba sobre el carro, sucio, gastado, miserable, oliendo a hambre, a fuga desesperada, como si la desgracia marchase tras de la familia pisandole los talones. En la cumbre de este revoltijo veianse tres ninos abrazados, que contemplaban los campos con ojos muy abiertos, como exploradores que visitan un pais por primera vez. A pie, y detras del carro, como vigilando por si caia algo de este, marchaban una mujer y una muchacha, alta, delgada, esbelta, que parecia hija de aquella. Al otro lado del rocin, ayudando cuando el vehiculo se detenia en un mal paso, iba un muchacho de unos once anos. Su exterior grave delataba al nino que, acostumbrado a luchar con la miseria, es un hombre a la edad en que otros juegan. Un perrillo sucio y jadeante cerraba la marcha. Pepeta, apoyada en el lomo de su vaca, los veia avanzar, poseida cada vez de mayor curiosidad. ?Adonde iria esta pobre gente? El camino aquel, afluyente al de Alboraya, no iba a ninguna parte. Se extinguia a lo lejos, como agotado por las bifurcaciones innumerables de sendas y caminitos que daban entrada a las barracas. Pero su curiosidad tuvo un final inesperado. ?Virgen Santisima! El carro se salia del camino, atravesaba el ruinoso puente de troncos y tierra que daba acceso a las tierras malditas y se metia por los campos del tio Barret, aplastando con sus ruedas la maleza respetada. La familia seguia detras, manifestando con gestos y palabras confusas la impresion que le causaba tanta miseria, pero en linea recta hacia la destrozada barraca, como quien toma posesion de lo que es suyo. Pepeta no quiso ver mas. Ahora si que corrio de veras hacia su barraca. Deseosa de llegar antes, abandono a la vaca y al ternerillo, y las dos bestias siguieron su marcha tranquilamente, como quien no se preocupa de las cosas ajenas y tiene el establo seguro. Pimento estaba tendido a un lado de su barraca, fumando perezosamente, con la vista fija en tres varitas untadas con liga, puestas al sol, en torno de las cuales revoloteaban algunos pajaros. Era una ocupacion digna de un gran senor.






Al ver llegar a su mujer con los ojos asombrados y el pobre pecho jadeante, Pimento cambio de postura para escuchar mejor, recomendandole que no se aproximase a las varitas. Vamos a ver: ?que era aquello? ?Le habian robado la vaca?... Pepeta, con la emocion y el cansancio, apenas pudo decir dos palabras seguidas. Las tierras de Barret... Una familia entera... Iban a trabajar, a vivir en la barraca. Ella lo habia visto. Pimento, cazador de pajaro con liga, enemigo del trabajo y terror de la contornada, no pudo conservar su gravedad impasible de gran senor ante tan inesperada noticia. -?Recontracordons!... De un salto puso recta su pesada y musculosa humanidad, y echo a correr, sin aguardar a oir mas explicaciones. Su mujer vio como corria a campo traviesa hasta un canar inmediato a las tierras malditas. Alli se arrodillo, se echo sobre el vientre, para espiar por entre las canas, como un beduino al acecho, y, pasados algunos minutos, volvio a correr, perdiendose en aquel dedalo de sendas, cada una de las cuales conducia a una barraca, a un campo donde se encorvaban los hombres haciendo brillar en el aire su azadon como un relampago de acero. La huerta seguia risuena y rumorosa, impregnada de luz y de suspiros, aletargada bajo la cascada de oro del sol de la manana. Pero a lo lejos sonaban voces y llamamientos: la noticia se transmitia a grito pelado de un campo a otro campo, y un estremecimiento de alarma, de extraneza, de indignacion, corria por toda la vega, como si no hubiesen transcurrido los siglos y circulara el aviso de que en la playa acababa de aparecer una galera argelina buscando cargamento de carne blanca.

                                                                   II


Cuando, en epoca de cosecha, contemplaba el tio Barret los cuadros de distinto cultivo en que estaban divididas sus tierras, no podia contener un sentimiento de orgullo, y mirando los altos trigos, las coles con su cogollo de rizada blonda, los melones asomando el verde lomo a flor de tierra o los pimientos o tomates medio ocultos por el follaje, alababa la bondad de sus campos y los esfuerzos de todos sus antecesores al trabajarlos mejor que los demas de la huerta. Toda la sangre de sus abuelos estaba alli. Cinco o seis generaciones de Barrets habian pasado su vida labrando la misma tierra, volviendola al reves, medicinando sus entranas con ardoroso estiercol, cuidando de que no decreciera su jugo vital, acariciando y peinando con el azadon y la reja todos aquellos terrones, de los cuales no habia uno que no estuviera regado con el sudor y la sangre de la familia. Mucho queria el labrador a su mujer, y hasta le perdonaba la tonteria de haberle dado cuatro hijas y ningun hijo que le ayudase en sus tareas; no amaba menos a las cuatro muchachas, unos angeles de Dios, que se pasaban el dia cantando y cosiendo a la puerta de la barraca, y algunas veces se metian en los campos para descansar un poco a su pobre padre; pero la pasion suprema del tio Barret, al amor de sus amores, eran aquellas tierras sobre las cuales habia pasado monotona y silenciosa la historia de su familia. Hacia muchos anos, muchos -en los tiempos que el tio Tomba, un anciano casi ciego que guardaba el pobre rebano de un carnicero de Alboraya, iba por el mundo, en la partida del Fraile, disparando trabucazos contra franceses-, y estas tierras fueron de los religiosos de San Miguel de las Reyes, unos buenos senores, gordos, lustrosos, dicharacheros, que no mostraban gran prisa en el cobro de los arrendamientos,







dandose por satisfechos con que por la tarde, al pasar por la barraca, los recibiera la abuela, que era entonces una real moza, obsequiandolos con hondas jicaras de chocolate y las primicias de los frutales. Antes, mucho antes, habia sido el propietario de todo aquello un gran senor, que al morir deposito sus pecados y sus fincas en el seno de la comunidad; y ahora, ?ay!, pertenecian a don Salvador, un vejete de Valencia, que era el tormento del tio Barret, pues hasta en suenos se le aparecia. El pobre labrador ocultaba sus penas a su propia familia. Era un hombre animoso, de costumbres puras. Los domingos, si iba un rato a la taberna de Copa, donde se reunia toda la gente del contorno, era para mirar a los jugadores de truco, para reir como un bendito oyendo los despropositos y brutalidades de Pimento y otros mocetones que actuaban de gallitos de la huerta; pero nunca se acercaba al mostrador a pagar un vaso. Llevaba siempre el bolsillo de su faja bien apretado sobre el estomago, y si bebia era cuando alguno de los gananciosos convidaba a todos los presentes. Enemigo de comunicar sus penas, se le veia siempre sonriente, bonachon, tranquilo, llevando encasquetado hasta las orejas el gorro azul que justificaba su apodo. Trabajaba de noche a noche; cuando toda la huerta dormia aun, ya estaba el a la indecisa claridad del amanecer, aranando sus tierras, cada vez mas convencido de que no podria con ellas. Era demasiado trabajo para un hombre solo. ?Si al menos tuviera un hijo!... Buscando ayuda, tomaba criados, que le robaban trabajando poco, y, finalmente, los despedia al sorprenderlos durmiendo dentro del establo en las horas de sol. Influido por el respeto a sus antepasados, queria reventar de fatiga sobre sus terrones antes que consentir que una parte de ellos fuese cedida en arrendamiento a manos extranas. Y no pudiendo con todo el trabajo, dejaba improductiva y en barbecho la mitad de su tierra feraz, pretendiendo con el cultivo de la otra mantener a la familia y pagar al amo. Fue este empeno una lucha sorda, desesperada, tenaz, contra las necesidades de la vida y contra su propia debilidad. No tenia mas que un deseo: que las chicas ignorasen sus preocupaciones; que nadie se diese cuenta en la casa de los apuros y tristezas del padre; que no se turbase la santa alegria de aquella vivienda, animada a todas horas por las risas y las canciones de las cuatro hermanas, cuya edad solo se diferenciaba en un ano. Y mientras ellas, que ya comenzaban a llamar la atencion de los mozos de la huerta, asistian con panuelos de seda nuevos, vistosos, y planchadas y ruidosas faldas a las fiestas de los pueblecillos, o despertaban al amanecer para ir descalzas y en camisa a mirar por las rendijas del ventanillo quienes eran los que cantaban les alboaes o las obsequiaran con rasgueo de guitarra, el pobre tio Barret, empenado cada vez mas en nivelar su presupuesto, sacaba, onza tras onza, todo el punado de oro amasado ochavo sobre ochavo que le habia dejado su padre, acallando asi a don Salvador, viejo avaro que nunca tenia bastante, y no contento con exprimirle, hablaba de lo mal que estaban los tiempos, del escandaloso aumento de las contribuciones y de la necesidad de subir el precio del arrendamiento. No podia haber encontrado Barret peor amo. Gozaba en toda la huerta una fama detestable, pues rara era la partida de ella donde no tuviese tierras. Todas las tardes, envuelto en una vieja capa, que llevaba hasta en primavera, con aspecto sordido de mendigo y gestos hostiles que dejaba a su espalda, iba por las sendas visitando a los colonos. Era la tenacidad del avaro que desea estar en contacto a todas horas con sus propiedades, la pegajosidad del usurero que siempre tiene cuentas pendientes que arreglar. Los perros ladraban al verle de lejos, como si se aproximase la muerte, los ninos le miraban enfurrunados; los hombres se escondian para evitar penosas excusas, y las mujeres salian a la puerta de la barraca con la vista en el suelo y la mentira a punto para rogar a don Salvador que tuviese paciencia, contestando con lagrimas a sus bufidos y amenazas.






Pimento, que en su calidad de valenton se interesaba por las desdichas de sus convecinos y era el caballero andante de la huerta, prometia entre dientes algo asi como pegarle una paliza y refrescarlo despues en una acequia; pero las mismas victimas del avaro lo disuadian, hablando de la importancia de don Salvador, hombre que se pasaba las mananas en los juzgados y tenia amigos de muchas campanillas. Con gente asi siempre pierde el pobre. De todos los colonos, el mejor era Barret; aunque a costa de grandes esfuerzos, nada le debia. Y el viejo, que lo citaba como modelo a los otros arrendatarios, cuando estaba frente a el extremaba su crueldad, se mostraba mas exigente, excitado por la mansedumbre del labrador, contento de encontrar un hombre en el que podia saciar sin miedo sus instintos de opresion y de rapina. Aumento, por fin, el precio del arrendamiento de las tierras. Barret protesto, y hasta lloro, recordando los meritos de su familia, que habia perdido la piel en aquellos campos para hacer de ellos los mejores de la huerta. Pero don Salvador se mostro inflexible. ?Eran las mejores?... Pues debia pagar mas. Y Barret pago el aumento. La sangre daria el antes que abandonar estas tierras que, poco a poco, absorbian su vida. Ya no tenia dinero para salir de apuros: solo contaba con lo que produjesen los campos. Y completamente solo, ocultando a la familia su situacion, teniendo que sonreir cuando estaba entre su mujer y sus hijas, las cuales le recomendaban que no se esforzase tanto, el pobre Barret se entrego a la mas disparatada locura del trabajo. Olvido el sueno. Pareciale que sus hortalizas crecian con menos rapidez que las de los vecinos; quiso el solo cultivar las tierras; trabajaba de noche a tientas; el menor nubarron de granizo le ponia fuera de si, tremulo de miedo; y el, tan bondadoso, tan honrado, hasta se aprovechaba de los descuidos de los brazadores colindantes para robarles una parte de riego. Si su familia estaba ciega, en las barracas vecinas bien adivinaban la situacion de Barret, compadeciendo su mansedumbre. Era un buenazo, no sabia plantarle cara al repugnante avaro, y este lo iba chupando lentamente hasta devorarlo por entero. Y asi fue. El pobre labrador, agobiado por una existencia de fiebre y demencia laboriosa, quedabase en los huesos, encorvado como un octogenario, con los ojos hundidos. Aquel gorro caracteristico que justificaba su mote ya no se detenia en sus orejas; aprovechando la creciente delgadez, bajaba hasta los hombros como un funebre apagaluz de su existencia. Lo peor para el era que este exceso de cansancio insostenible solo le permitia pagar a medias al insaciable ogro. Las consecuencias de su locura por el trabajo no se hicieron esperar. El rocin del tio Barret, un animal sufrido que le seguia en todos sus desesperados esfuerzos, cansado de trabajar de dia y de noche, de ir tirando del carro al mercado de Valencia con carga de hortalizas y a continuacion, sin tiempo para respirar ni desudarse, verse enganchado al arado, tomo partido de morir, antes que permitirse el menor intento de rebelion contra su pobre amo. ?Entonces si que se considero perdido irremisiblemente el pobre labrador! Con desesperacion miro sus campos, que ya no podia cultivar; las hileras de frescas hortalizas, que la gente de la ciudad consumia con indiferencia, sin sospechar las angustias que su produccion hace sufrir a un pobre en continua batalla con la tierra y la miseria. Pero la Providencia, que nunca abandona al pobre, le hablo por boca de don Salvador. Por algo dicen que Dios saca muchas veces el bien del mal. El insufrible tacano, el voraz usurero, al conocer su desgracia, le ofrecio ayuda con una bondad paternal y conmovedora. ?Que necesitaba para comprar otra bestia? ?Cincuenta duros? Pues alli estaba el para ayudarle, demostrando con esto cuan injustos eran los que le odiaban y hablaban mal de su persona. Y presto dinero a Barret con el insignificante detalle de exigirle una firma -los negocios son negocios- al pie de cierto papel en el que se hablaba de interes, de acumulacion de reditos, de responsabilidad de la deuda, mencionando para esto ultimo los muebles, las herramientas, todo cuanto poseia el labrador en su barraca,






incluso los animales de corral. Barret, animado por la posesion de un nuevo rocin joven y brioso, volvio con mas ahinco a su trabajo, a matarse sobre aquellos terrunos, que parecian crecer segun disminuian sus fuerzas, envolviendolo como un sudario rojo. La mayor parte de lo que cosechaba en sus campos se lo comia la familia, y los punados de cobre que sacaba de la venta del resto en el mercado de Valencia, desparramabase, sin llegar a formar nunca el monton necesario para acallar a don Salvador. Estas angustias del tio Barret por satisfacer su deuda sin poder conseguirlo acabaron por despertar en el cierto instinto de rebelion, haciendo surgir de su rudo pensamiento vagas y confusas ideas de justicia. ?Por que no eran suyos los campos? Todos sus abuelos habian dejado la vida entre aquellos terrones; estaban regados con el sudor de la familia; si no fuese por ellos, por los Barrets, estarian las tierras tan despobladas como la orilla del mar... Y ahora venia a apretarle la argolla, a hacer morir con sus recordatorios aquel viejo sin entranas que era el amo, aunque no sabia coger un azadon ni en su vida habia doblegado el espinazo, impelido por el trabajo... ?Cristo! ?Y como arreglan las cosas los hombres!... Pero estas rebeliones eran momentaneas; volvian a el la sumision resignada del labriego y el respeto tradicional y supersticioso para la propiedad. Habia que trabajar y ser honrado. Y el pobre hombre, que consideraba el no pagar como la mayor de las deshonras, volvia a sus faenas cada vez mas debil, mas extenuado, sintiendo en su interior el lento desplome de su energia, convencido de que no podia prolongar esta lucha, pero indignado ante la posibilidad tan solo de abandonar un palmo de las tierras de sus ascendientes. Del semestre de Navidad no pudo entregar a don Salvador mas que una pequena parte. Llego San Juan, y ni un centimo. La mujer estaba enferma; para pagar los gastos habia vendido el oro del casamiento, las venerables arracadas y el collar de perlas, que eran el tesoro de familia, y cuya futura posesion provocaba discusiones entre las cuatro muchachas. El viejo avaro se mostro inflexible. No, Barret, aquello no podia continuar. Como el era bueno (por mas que la gente no lo creyese), no podia consentir que el labrador siguiese matandose en este empeno de cultivar unas tierras mas grandes que sus fuerzas. No lo consentiria; era asunto de buen corazon. Y como le habian hecho proposiciones de nuevo arrendamiento, avisaba a Barret para que dejase los campos cuanto antes. Lo sentia mucho; pero el tambien era pobre... ?Ah! Y por eso mismo le recordaba que habria de hacer efectivo el prestamo para la compra del rocin, cantidad que, con los reditos, ascendia a... El pobre labrador ni se fijo en los miles de reales a que subia su deuda con los dichosos reditos: tan turbado y confuso le dejo la orden de abandonar sus tierras. La debilidad, el desgaste interior producido por la abrumadora lucha de varios anos se manifesto repentinamente. El, que no habia llorado nunca, gimoteo como un nino. Toda su altivez, su gravedad moruna, desaparecieron de golpe, y arrodillose ante el vejete pidiendo que no lo abandonase, pues veia en el a su padre. Pero buen padre se habia echado el pobre Barret. Don Salvador se mostro inflexible. Lo sentia mucho, pero no podia hacer otra cosa. El tambien era pobre; debia procurar por el pan de sus hijos... Y continuo embozando su crueldad con frases de hipocrita sentimiento. El labrador se canso de pedir gracia. Fue varias veces a Valencia a la casa del amo para hablarle de sus antepasados, de los derechos morales que tenia sobre aquellas tierras, a pedirle un poco de paciencia, afirmando con loca esperanza que el pagaria, y, al fin, el avaro acabo por no abrirle su puerta. La desesperacion regenero a Barret. Volvio a ser el hijo de la huerta, altivo, energico e intratable cuando cree que le asiste la razon. ?No queria oirlo el amo? ?Se negaba a






darle una esperanza?... Pues bien; el en su casa esperaba; si el otro queria algo que fuese a buscarlo. ?A ver quien era el guapo que le hacia salir de su barraca! Y siguio trabajando, aunque con recelo, mirando ansiosamente siempre que pasaba algun desconocido por los caminos inmediatos, como quien aguarda de un momento a otro ser atacado por una gavilla de bandidos. Le citaron al Juzgado y no comparecio. Ya sabia el lo que era aquello; enredos de los hombres para perder a las gentes de bien. Si querian robarle, que lo buscasen alli, sobre los campos, que eran pedazos de su piel, y como a tales los defenderia. Un dia le avisaron que por la tarde iria el Juzgado a proceder contra el, a expulsarlo de las tierras, embargando, ademas, para pago de sus deudas, todo cuanto tenia en la barraca. Aquella noche ya no dormiria en ella. Tan inaudito resultaba esto para el pobre tio Barret, que sonrio con incredulidad. Eso podria ser para los tramposos, para los que no han pagado nunca; pero el, que siempre habia cumplido, que nacio alli mismo, que solo debia un ano de arrendamiento..., ?quia! ?Ni que viviera uno entre salvajes, sin caridad ni religion! Pero en la tarde, cuando vio venir por el camino a unos senores vestidos de negro, funebres pajarracos con alas de papel arrolladas bajo el brazo, ya no dudo. Aquel era el enemigo. Iban a robarle. Y sintiendo en su interior la ciega bravura del mercader moro que sufre toda clase de ofensas, pero enloquece de furor cuando le tocan su propiedad, Barret entro corriendo en su barraca, agarro la vieja escopeta que tenia siempre cargada detras de la puerta, y, echandosela a la cara, plantose bajo el emparrado, dispuesto a meterle dos balas al primero de aquellos bandidos de la ley que pusiera el pie en sus campos. Salieron corriendo su mujer, enferma, y las cuatro hijas, gritando como locas, y se abrazaron a el, intentando arrancarle la escopeta, tirando del canon con ambas manos. Y tales fueron los gritos de este grupo, que, luchando y forcejeando, iba de un pilar a otro del emparrado, que empezaron a salir gentes de las vecinas barracas, y llegaron corriendo en tropel, ansiosas, con la solidaridad fraternal de los que viven en despoblado. Pimento fue el que se hizo dueno de la escopeta y, prudentemente se la llevo a su casa. Barret iba detras intentando perseguirlo, sujeto y contenido por los fuertes brazos de unos mocetones, desahogando su rabia contra aquel bruto que le impedia defender lo suyo. -?Pimento!... ?Lladre!...?Tornam la escopeta!... Pero el valenton sonreia bondadosamente, satisfecho de mostrarse prudente y paternal con ese viejo rabioso; y asi fue conduciendolo hasta su barraca, donde quedaron el y los amigos vigilandolo, dandole consejos para que no cometiese un disparate. ?Mucho ojo, tio Barret! Aquella gente era la Justicia, y el pobre siempre pierde metiendose con ella. Calma, y mala intencion, que todo llegara. Y al mismo tiempo los negros pajarracos escribian papeles y mas papeles en la barraca de Barret, revolviendo, impasibles, los muebles y las ropas, inventariando hasta el corral y el establo, mientras la esposa y las hijas gemian desesperadamente, y la multitud, agolpada a la puerta, seguia con terror todos los detalles del embargo, intentando consolar a las pobres mujeres, prorrumpiendo, a la sordina, en maldiciones contra el judio don Salvador y aquellos tios que se prestaban a obedecer a semejante perro. Al anochecer, Barret, que estaba como anonadado, y tras la crisis furiosa parecia caido en un estado de sonambulismo, vio a sus pies unos cuantos lios de ropa y oyo el sonido metalico de un saco que contenia sus herramientas de labranza. -?Pare!... ?Pare! -gimotearon unas voces tremulas. Eran las hijas, que se arrojaban en sus brazos; tras ellas, la pobre mujer enferma, temblando de fiebre; y en el fondo, invadiendo la barraca de Pimento y perdiendose mas alla de la puerta oscura, toda la gente del contorno, el aterrado coro de la tragedia. Ya les habian hecho salir para siempre de su barraca. Los hombres negros la habian






cerrado, llevandose las llaves. No les quedaba otra cosa que los fardos que estaban en el suelo, la ropa usada, las herramientas: lo unico que les habian permitido sacar de su casa. Y las palabras eran entrecortadas por los sollozos, y volvian a abrazarse el padre y las hijas, y Pepeta, la duena de la barraca y otras mujeres lloraban y repetian las maldiciones contra el viejo avaro, hasta que Pimento intervino oportunamente. Tiempo quedaba para hablar de lo ocurrido; ahora, a cenar. ?Que demonio! No habia que gemir tanto por culpa de un tio judio. Si el tal viera todo esto. ?como se alegrarian sus malas entranas!... La gente de la huerta era buena; a la familia del tio Barret la querian todos, y con ella partirian un rollo, si no habia mas. La mujer y las hijas del arruinado labrador fueronse con unas vecinas a pasar la noche en sus barracas. El tio Barret se quedo alli, bajo la vigilancia de Pimento. Permanecieron los dos hombres hasta las diez, sentados en sus silletas de esparto, a la luz del candil, fumando cigarro tras cigarro. El pobre viejo parecia loco. Contestaba con secos monosilabos a las reflexiones de aquel terne que ahora las echaba de bonachon; y si hablaba, era para repetir siempre las mismas palabras: -?Pimento!... ?Tornam la escopeta! Y Pimento sonreia con cierta admiracion. Le asombraba la fiereza repentina de este vejete, al que toda la huerta habia tenido por un infeliz. ?Devolverle la escopeta!... ?En seguida! Bien se adivinaba en la arruga vertical hinchada entre sus cejas el proposito firme de hacer polvo al autor de su ruina. Barret se enfurecia cada vez mas con el mozo. Llego a llamarle ladron porque se negaba a devolverle su arma. No tenia amigos; todos eran unos ingratos, iguales al avaro don Salvador. No queria dormir alli: se ahogaba. Y rebuscando en el saco de sus herramientas, escogio una hoz, la atraveso en su faja y salio de la vivienda, sin que Pimento intentase atajarle el paso. A tales horas nada malo podia hacer el viejo: que durmiese al raso, si tal era su gusto. Y el valenton, cerrando la barraca, se acosto. El tio Barret fue derechamente hacia sus campos, y, como un perro abandonado, comenzo a dar vueltas alrededor de la barraca. ?Cerrada!... ?Cerrada para siempre! Aquellas paredes las habia levantado su abuelo y las renovaba el todos los anos. Aun se destacaba en la oscuridad la blancura del nitido enjalbegado con que sus chicas las cubrieron tres meses antes. El corral, el establo, las pocilgas eran obra de su padre; y aquella montera de paja, tan alta, tan esbelta, con las dos crucecitas en sus extremos, la habia levantado el de nuevo, en sustitucion de la antigua, que hacia agua por todas partes. Y obra de sus manos era tambien el brocal del pozo, las pilastras del emparrado, las encanizadas, por encima de las cuales ensenaban sus penachos de flores los claveles y los dompedros. ?Y todo aquello iba a ser propiedad de otro, porque si, porque asi lo querian los hombres? Busco en su faja la tira de fosforos de carton que le servian para encender sus cigarros. Queria prender fuego a la paja de la techumbre. ?Que se lo llevase todo el demonio! Al fin, era suyo, bien lo sabia Dios, y podia destruir su hacienda antes que verla en mano de ladrones. Mas al ir a incendiar su antigua casa sintio una impresion de horror, como si tuviera ante el los cadaveres de todos sus antepasados, y arrojo los fosforos al suelo. Continuaba rugiendo en su cabeza el ansia de destruccion, y para satisfacerla se metio con la hoz en la mano en aquellos campos, que habian sido sus verdugos. ?Ahora las pagaria todas juntas la tierra ingrata, causa de sus desdichas! Horas enteras duro la devastacion. Derrumbaronse a puntapies las bovedas de canas por las cuales trepaban las verdes hebras de las judias tiernas y los guisantes; cayeron las habas partidas por la furiosa hoz, y las filas de lechugas y coles saltaron a distancia a impulsos, del agudo acero, como cabezas cortadas, esparciendo en torno su cabellera de hojas... ?Nadie se aprovecharia de su trabajo! Y asi estuvo hasta cerca






del amanecer, cortando, aplastando con locos pataleos, jurando a gritos, rugiendo blasfemias; hasta que, al fin, el cansancio aplaco su furia y se arrojo en un surco, llorando como un nino, pensando que la tierra seria en adelante su cama eterna y su unico oficio mendigar en los caminos. Le despertaron los primeros rayos del sol, hiriendo sus ojos, y el alegre parloteo de los pajaros, que saltaban cerca de su cabeza, aprovechando para su almuerzo los restos de la destruccion nocturna. Se levanto, entumecido por el cansancio y la humedad. Pimento y su mujer lo llamaban desde lejos, invitandole a que tomase algo. Barret les contesto con desprecio. «?Ladron! ?Despues que se habia quedado con su escopeta!...» Y emprendio el camino hacia Valencia, temblando de frio sin saber adonde iba. Al pasar ante la taberna de Copa, entro en ella. Unos carreteros de la vecindad le hablaron para compadecer su desgracia, invitandole a tomar algo, y el se apresuro a aceptar. Queria algo contra aquel frio que se le habia metido en los huesos. Y el, tan sobrio, bebio, uno tras otro, dos vasos de aguardiente, que cayeron como olas de fuego en su estomago desfallecido. Su cara se coloreo, adquiriendo despues una palidez cadaverica; sus ojos se vetearon de sangre. Se mostro con los carreteros que le compadecian expresivo y confiado; casi como un ser feliz. Los llamaba hijos mios, asegurandoles que no se apuraba por tan poco. No lo habia perdido todo. Aun le quedaba lo mejor de la casa, la hoz de su abuelo, una joya que no queria cambiar ni por cincuenta hanegadas de tierra. Y sacaba de su faja el curvo acero puro y brillante: una herramienta de fino temple y corte sutilisimo, que, segun afirmaba Barret, podia partir en el aire un papel de fumar. Pagaron los carreteros, y, arreando sus bestias, alejaronse hacia la ciudad, llenando el camino de chirridos de ruedas. El viejo aun estuvo mas de una hora en la taberna, hablando a solas, advirtiendo que la cabeza se le iba; hasta que, molesto por la dura mirada de los duenos, que adivinaban su estado, sintio una vaga impresion de verguenza y salio sin saludar, andando con paso inseguro. No podia apartar de su memoria un recuerdo tenaz. Veia con los ojos cerrados un gran huerto de naranjos que existia a mas de una hora de distancia, entre Benimaclet y el mar. Alli habia ido el muchas veces por sus asuntos, y alla iba ahora, a ver si el demonio era tan bueno que le hacia tropezar con el amo, el cual raro el dia que no inspeccionaba, con su mirada de avaro, los hermosos arboles uno por uno, como si tuviese contadas las naranjas. Llego despues de dos horas de marcha, deteniendose muchas veces para dar aplomo a su cuerpo, que se balanceaba sobre las inseguras piernas. El aguardiente se habia apoderado de el. Ya no sabia con que objeto habia llegado hasta alli, tan lejos de la parte de la huerta donde vivian los suyos, y acabo por dejarse caer en un campo de canamo, a orillas del camino. Al poco rato sus penosos ronquidos de borracho sonaron entre los verdes y erguidos tallos. Cuando desperto era ya bien entrada la tarde. Sentia pesadez en la cabeza y el estomago desfallecido. Le zumbaban los oidos, y en su boca, empastada, percibia un sabor horrible. ?Que hacia alli, cerca del huerto del judio? ?Como habia llegado tan lejos? Su honradez primitiva le hizo avergonzarse de este envilecimiento, e intento ponerse en pie para huir. La presion que producia sobre su estomago la hoz cruzada en la faja le dio escalofrios. Al incorporarse asomo la cabeza por entre el canamo y vio en una revuelta del camino a un vejete que caminaba lentamente, envuelto en una capa. Barret sintio que toda su sangre le subia de golpe a la cabeza, que reaparecia su borrachera, y se incorporo, tirando de la hoz... ?Y aun dicen que el demonio no es bueno? Alli estaba su hombre; el mismo que deseaba ver desde el dia anterior. El viejo usurero habia vacilado mucho antes de salir de su casa. Le escocia algo lo del tio Barret; el suceso estaba reciente y la huerta es traicionera. Pero el miedo de que







aprovechasen su ausencia en el huerto de naranjos pudo mas que sus temores, y, pensando que dicha finca estaba lejos de la barraca embargada, pusose en camino. Ya alcanzaba a contemplar su huerta, ya se reia del miedo pasado, cuando vio saltar del bancal de canamo al propio Barret, y le parecio un enorme demonio, con la cara roja, los brazos extendidos, impidiendole toda fuga, acorralandolo en el borde de la acequia, que corria paralela al camino. Creyo sonar; chocaron sus dientes, su cara pusose verde, y se le cayo la capa, dejando al descubierto un viejo gaban y los sucios panuelos arrollados a su cuello. Tan grande eran su terror y su turbacion, que hasta le hablo en castellano. -?Barret! ?Hijo mio! -dijo con voz entrecortada-. Todo ha sido una broma: no hagas caso. Lo de ayer fue para hacerte un poquito de miedo..., nada mas. Vas a seguir en las tierras... Pasate manana por casa..., hablaremos. Me pagaras como mejor te parezca. Y doblaba su cuerpo, evitando que se le acercase el tio Barret. Pretendia escurrirse, huir de la terrible hoz, en cuya hoja se quebraba un rayo de sol y se reproducia el azul del cielo. Como tenia la acequia detras de el, no encontraba sitio para moverse, y echaba el cuerpo atras, pretendiendo cubrirse con las crispadas manos. El labrador sonreia como una hiena, ensenando sus dientes agudos y blancos de pobre. -?Embustero! ?Embustero! -contestaba con una voz semejante a un ronquido. Y, moviendo su herramienta de un lado a otro, buscaba sitio para herir, evitando las manos flacas y desesperadas que se le ponian delante. -Pero ?Barret! ?Hijo mio! ?Que es esto?... ?Baja esa arma!..., no juegues! Tu eres un hombre honrado...; piensa en tus hijas. Te repito que ha sido una broma. Ven manana y te dare las lla... ?Aaay! Fue un rugido horripilante, un grito de bestia herida. Cansada la hoz de encontrar obstaculos, habia derribado de un solo golpe una de las manos crispadas. Quedo colgando de los tendones y la piel, y el rojo munon arrojo la sangre con fuerza, salpicando a Barret, que rugio al recibir en el rostro la caliente rociada. Vacilo el viejo sobre sus piernas; pero antes de caer al suelo, la hoz partio horizontalmente contra su cuello, y... ?zas!, cortando la complicada envoltura de panuelos, abrio una profunda hendidura, separando casi la cabeza del tronco. Cayo don Salvador en la acequia; sus piernas quedaron en el ribazo, agitadas por un pataleo funebre de res degollada. Y mientras tanto, la cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda brecha, y las aguas se tenian de rojo, siguiendo su manso curso con un murmullo placido que alegraba el solemne silencio de la tarde. Barret permanecio plantado en el ribazo como un imbecil. ?Cuanta sangre tenia el tio ladron! La acequia, al enrojecerse, parecia mas caudalosa. De repente, el labriego, dominado por el terror, echo a correr, como si temiera que el riachuelo de sangre lo ahogase al desbordarse. Antes de terminar el dia circulo la noticia como un canonazo, que conmovio toda la vega. ?Habeis visto el gesto hipocrita, el regocijado silencio con que acoge un pueblo la muerte del gobernante que le oprime?... Asi lloro la huerta la desaparicion de don Salvador. Todos adivinaron la mano del tio Barret, y nadie hablo. Las barracas hubiesen abierto para el sus ultimos escondrijos; las mujeres lo habrian ocultado en sus faldas. Pero el asesino vago como un loco por la huerta, huyendo de las gentes, tendiendose detras de los ribazos, agazapandose bajo los puentecillos, escapando a traves de los campos, asustado por el ladrido de los perros, hasta que al dia siguiente lo sorprendio la Guardia Civil durmiendo en un pajar. Durante seis meses solo se hablo en la huerta del tio Barret. Los domingos iban como en peregrinacion hombres y mujeres a la carcel de Valencia para contemplar, a traves de los barrotes, al pobre libertador, cada vez mas enjuto, con los ojos hundidos y la mirada inquieta.







Llego la vista del proceso y lo sentenciaron a muerte. La noticia causo honda impresion en la vega; curas y alcaldes pusieronse en movimiento para evitar la verguenza... ?Uno del distrito sentandose en el cadalso! Y como Barret habia sido siempre de los dociles, votando lo que ordenaba el cacique y obedeciendo pasivamente al que mandaba, se hicieron viajes a Madrid para salvar su vida, y el indulto llego oportunamente. El labrador salio de la carcel hecho una momia, y fue conducido al presidio de Ceuta, para morir alli a los pocos anos. Disolviose su familia; desaparecio como un punado de paja en el viento. Las hijas, una tras otra, fueron abandonando a las familias que las habian recogido, trasladandose a Valencia para ganarse el pan como criadas, y la pobre vieja, cansada de molestar con sus enfermedades, marcho al hospital, muriendo al poco tiempo. La gente de la huerta, con la facilidad que tiene todo el mundo para olvidar la desgracia ajena, apenas si de tarde en tarde recordaba la espantosa tragedia del tio Barret, preguntandose que seria de sus hijas. Pero nadie olvido los campos y la barraca, permaneciendo unos y otra en el mismo estado que el dia en que la Justicia expulso al infortunado colono. Fue esto un acuerdo tacito de toda la huerta, una conjuracion instintiva en cuya preparacion apenas si mediaron palabras; pero hasta los arboles y los caminos parecian entrar en ella. Pimento lo habia dicho el mismo de la catastrofe: «?A ver quien era el guapo que se atrevia a meterse en aquellas tierras!» Y toda la gente de la huerta, hasta las mujeres y los ninos, parecian contestar con sus miradas de mutua inteligencia: «?Si, a ver!» Las plantas parasitas, los abrojos, comenzaron a surgir de la tierra maldita que el tio Barret habia pateado y herido con su hoz la ultima noche, como presintiendo que por culpa de ella moriria en el presidio. Los hijos de don Salvador, unos ricachos tan avaros como su padre, creyeronse sumidos en la miseria porque el pedazo de tierra permanecia improductivo. Un labrador habitante de otro distrito de la huerta, hombre que las echaba de guapo y nunca tenia bastante tierra, sintiose tentado por el bajo precio del arrendamiento y apechugo con unos campos que a todos inspiraban miedo. Iba a labrar la tierra con la escopeta al hombro; el y sus criados se reian de la soledad en que los dejaban los vecinos; las barracas se cerraban a su paso, y desde lejos los seguian miradas hostiles. Vigilo mucho el labrador, presintiendo una emboscada; pero de nada le sirvio su cautela, pues una tarde en que regresaba solo a su casa, cuando aun no habia terminado la roturacion de sus nuevos campos, le largaron dos escopetazos sin que viese al agresor, y salio milagrosamente ileso del punado de postas que paso junto a sus orejas. En los caminos no se veia a nadie, ni una huella reciente. Le habian tirado desde alguna acequia, emboscado el tirador detras de los canares. Con enemigos asi no era posible luchar, y el valenton, en la misma noche, entrego las llaves de la barraca a sus amos. Habia que oir a los hijos de don Salvador. ?Es que no existian gobiernos ni seguridades para la propiedad..., ni nada? Indudablemente, era Pimento el autor de la agresion, el que impedia que los campos fuesen cultivados, y la Guardia Civil prendio al jaque de la huerta, llevandolo a la carcel. Pero cuando llego el momento de ls declaraciones, todo el distrito desfilo ante el juez, afirmando la inocencia de Pimento, sin que a aquellos rusticos socarrones se les pudiera arrancar una palabra contradictoria. Todos recitaban la misma leccion. Hasta viejas achacosas que jamas salian de sus barracas declararon que aquel dia, a la misma hora en que sonaron los tres tiros, Pimento estaba en una taberna de Alboraya, de francachela con sus amigos.






Nada se podia contra estas gentes de gesto imbecil y mirada candida, que, rascandose el cogote, mentian con tanto aplomo. Pimento fue puesto en libertad, y de todas las barracas salio un suspiro de triunfo y satisfaccion. Ya estaba hecha la prueba: todos sabrian en adelante que el cultivo de aquellas tierras se pagaba con la piel. Los avaros amos no cejaron. Cultivarian la tierra ellos mismos; y buscaron jornaleros entre la gente sufrida y sumisa que, que oliendo a lana burda y miseria, baja en busca de trabajo, empujada por el hambre, desde lo ultimo de la provincia, desde las montanas fronterizas de Aragon. En la huerta compadecian a los pobres churros. ?Infelices! Iban a ganarse un jornal. ?Que culpa tenian ellos? Y por la noche, cuando se retiraban con el azadon al hombro, no faltaba una buena alma que los llamase desde la puerta de la taberna de Copa. Los hacian entrar, los convidaban a beber y luego les iban hablando al oido con la cara cenuda y el acento paternal bondadoso, como quien aconseja a un nino que evite el peligro. Y el resultado era que los dociles churros, al dia siguiente, en vez de ir al campo, presentabanse en masa a los duenos de las tierras. -Mi amo, venimos a que nos pague. Y eran inutiles todos los argumentos de los dos solterones, furiosos al verse atacados en su avaricia. -Mi amo -respondian a todo-, semos probes; pero no nos hemos encontrao la vida tras un pajar. No solo dejaban el trabajo, sino que pasaban aviso a todos sus paisanos para que huyeran de ganar un jornal en los campos de Barret, como quien huye del diablo. Los duenos de las tierras pidieron proteccion hasta en los papeles publicos. Y parejas de la Guardia Civil fueron a correr la huerta, a apostarse en los caminos, a sorprender gestos y conversaciones, siempre sin exito. Todos los dias veian lo mismo: las mujeres cosiendo y cantando bajo las parras; los hombres, en los campos, encorvados, con la vista en el suelo sin dar descanso a los activos brazos; Pimento, tendido a lo gran senor ante las varitas de liga, esperando a los pajaros, o ayudando a Pepeta torpe y perezosamente; en la taberna de Copa, unos cuantos viejos tomando el sol o jugando al truco. El paisaje respiraba paz y honrada bestialidad; era una Arcadia moruna. Pero los del gremio no se fiaban; ningun labrador queria las tierras ni aun gratuitamente, y, al fin, los amos tuvieron que desistir de su empeno, dejando que se cubriesen de maleza y que la barraca se viniese abajo, mientras esperaban la llegada de un hombre de buena voluntad capaz de comprarlas o trabajarlas. La huerta estremeciase de orgullo viendo como se perdia aquella riqueza y los herederos de don Salvador se hacian la santisima. Era un placer nuevo e intenso. Alguna vez se habian de imponer los pobres y quedar los ricos debajo. Y el duro pan parecia mas sabroso; el vino, mejor; el trabajo, menos pesado, imaginandose las rabietas de los dos avaros, que con todo su dinero habian de sufrir que los rusticos de la huerta se burlasen de ellos. Ademas aquella mancha de desolacion y miseria en medio de la vega servia para que los otros propietarios fuesen menos exigentes, y, tomando ejemplo en el vecino, no aumentaran los arrendamientos y se conformasen cuando los semestres tardaban en hacerse efectivos. Los desolados campos eran el talisman que mantenia intimamente unidos a los huertanos, en continuo tacto de codos: un monumento que proclamaba su poder sobre los duenos, el milagro de la solidaridad de la miseria contra las leyes y la riqueza de los que son senores feudales de las tierras sin trabajarlas ni sudar sobre sus terrones. Todo esto, pensado confusamente, les hacia creer que el dia en que los campos de Barret fueran cultivados la huerta sufriria toda clase de desgracias. Y no se imaginaban, despues de un triunfo de diez anos, que pudiera entrar en los campos abandonados otra persona que el tio Tomba, un pastor ciego y parlanchin, que, a falta de auditorio, relataba todos los dias sus hazanas de guerrillero a su rebano de sucias






ovejas. De aqui las exclamaciones de asombro y el gesto de rabia de toda la huerta cuando Pimento, de campo en campo y barraca en barraca, fue haciendo saber que las tierras de Barret tenian ya arrendatario, un desconocido, y que el..., ?el! -fuese quien fuese-, estaba alli con toda su familia, instalandose sin reparo..., «?como si aquello fuese suyo!»

                                                                   III


Batiste, al inspeccionar las incultas tierras, se dijo que alli habia trabajo para largo rato. Mas no por eso sintio desaliento. Era un varon energico, emprendedor, avezado a la lucha para conquistar el pan. Alli lo habia muy largo, como decia el, y, ademas, se consolaba recordando que en peores trances se habia visto. Su vida pasada era un continuo cambio de profesion siempre dentro del circulo de miseria rural, mudando cada ano de oficio, sin encontrar para su familia el bienestar mezquino que constituia toda su aspiracion. Cuando conocio a su mujer, era mozo de molino en las inmediaciones de Sagunto. Trabajaba entonces como un lobo -asi lo decia el- para que en su vivienda no faltase nada; y Dios premio su laboriosidad, enviandole cada ano un hijo, hermosas criaturas que parecian nacer con dientes, segun la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir pan a todas horas. Resultado: que hubo de abandonar el molino y dedicarse a carretero, en busca de mayores ganancias. La mala suerte le perseguia. Nadie como el cuidaba el ganado y vigilaba la marcha. Muerto de sueno, jamas se atrevia, como sus companeros, a dormir en el carro, dejando que las bestias marchasen guiadas por su instinto. Vigilaba a todas horas, permanecia siempre junto al rocin delantero, evitando los baches profundos y los malos pasos; y, sin embargo, si algun carro volcaba, era el suyo; si algun animal caia enfermo a causa de las lluvias, era seguramente de Batiste, a pesar del cuidado paternal con que se apresuraba a cubrir los flancos de sus bestias con gualdrapas de arpillera apenas caian cuatro gotas. En unos cuantos anos de fatigosa peregrinacion por las carreteras de la provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de pasar meses enteros lejos de la familia, a la que adoraba con el afecto reconcentrado del hombre rudo y silencioso, Batiste solo experimento perdidas y vio su situacion cada vez mas comprometida. Se le murieron los rocines y tuvo que entramparse para comprar otros. Lo que le valia el continuo acarreo de pellejos hinchados de vino o de aceite perdiase en manos de chalanes y constructores de carros, hasta que llego el momento en que, viendo proxima su ruina, abandono el oficio. Tomo entonces unas tierras cerca de Sagunto, campos de secano, rojos y eternamente sedientos, en los cuales retorcian sus troncos huecos algarrobos centenarios o alzaban los olivos sus redondas y empolvadas cabezas. Fue su vida una continua batalla con la sequia, un incesante mirar al cielo, temblando de emocion cada vez que una nubecilla negra asomaba en el horizonte. Llovio poco, las cosechas fueron malas durante cuatro anos, y Batiste no sabia ya que hacer ni adonde dirigirse, cuando, en un viaje a Valencia, conocio a los hijos de don Salvador, unos excelente senores (Dios los bendiga), que le dieron aquella hermosura de campos, libres de arrendamientos por dos anos, hasta que recobrasen por completo su estado de otros tiempos. Algo oyo el de lo que habia sucedido en la barraca, de las causas que obligaban a los duenos a conservar improductivas tan hermosas tierras; pero ?iba ya transcurrido






tanto tiempo!... Ademas, la miseria no tiene oidos; a el le convenian los campos, y en ellos se quedaba. ?Que le importaban las historias viejas de don Salvador y el tio Barret?... Todo lo despreciaba y olvidaba contemplando sus tierras. Y Batiste sentiase poseido de un dulce extasis al verse cultivador de la huerta feraz que tantas veces habia envidiado cuando pasaba por la carretera de Valencia a Sagunto. Aquellas eran tierras: siempre verdes, con las entranas incansables engendrando una cosecha tras otra, circulando el agua roja a todas horas como vivificante sangre por las innumerables acequias regadoras que surcaban su superficie como una complicada red de venas y arterias; fecundas hasta alimentar familias enteras con cuadros que, por lo pequenos, parecian panuelos de follaje, Los campos secos de Sagunto recordabalos como un infierno de sed, del que, afortunadamente, se habia librado. Ahora se veia de veras en el buen camino. ?A trabajar! Los campos estaban perdidos. Alli habia mucho que hacer; pero ?cuando se tiene buena voluntad!... Y, desperezandose, este hombreton recio, musculoso, de espaldas de gigante, redonda cabeza trasquilada y rostro bondadoso sostenido por un grueso cuello de fraile, extendia sus poderosos brazos, habituados a levantar en vilo los sacos de harina y los pesados pellejos de la carreteria. Tan preocupado estaba con sus tierras, que apenas se fijo en la curiosidad de los vecinos. Asomando las inquietas cabezas por entre los canares o tendidos sobre el vientre en los ribazos, le contemplaban hombres, chicuelos y hasta mujeres de las inmediatas barracas. Batiste no hacia caso de ellos. Era la curiosidad, la expectacion hostil que inspiran siempre los recien llegados. Bien sabia el lo que era aquello; ya se irian acostumbrando. Ademas, tal vez le interesaba ver como ardia la miseria que diez anos de abandono habian amontonado sobre los campos de Barret. Y, ayudado por su mujer y los chicos, empezo a quemar al dia siguiente de su llegada toda la vegetacion parasita. Los arbustos, despues de retorcerse entre las llamas, caian hechos brasas, escapando de sus cenizas asquerosos bichos chamuscados. La barraca aparecia como esfumada entre las nubes de humo de estas luminarias, que despertaban sorda colera en toda la huerta. Una vez limpias las tierras, Batiste, sin perder tiempo, procedio a su cultivo. Muy duras estaban; pero el, como labriego experto, queria trabajarlas poco a poco, por secciones; y, marcando un cuadro cerca de su barraca, empezo a remover la tierra, ayudado por su familia. Los vecinos burlabanse de todos ellos con una ironia que delataba su sorda irritacion. ?Vaya una familia! Eran gitanos como los que duermen debajo de los puentes. Vivian en la vieja barraca lo mismo que los naufragos que se aguantan sobre un buque destrozado: tapando un agujero aqui, apuntalando alla, haciendo verdaderos prodigios para que se sostuviera la techumbre de paja, distribuyendo sus pobres muebles, cuidadosamente fregoteados, en todos los cuartos, que eran antes madrigueras de ratones y sabandijas. En punto a laboriosos, eran como un tropel de ardillas, no pudiendo permanecer quietos mientras el padre trabajaba. Teresa, la mujer, y Roseta, la hija mayor, con faldas recogidas entre las piernas y azadon en mano, cavaban con mas ardor que un jornalero, descansando solamente para echarse atras las grenas caidas sobre la sudorosa y roja frente. El hijo mayor hacia continuos viajes a Valencia con la espuerta al hombro, trayendo estiercol y escombros, que colocaba en dos montones, como columnata de honor, a la entrada de la barraca. Los tres pequenuelos, graves y laboriosos, como si comprendiesen la grave situacion de la familia, iban a gatas tras los cavadores, arrancando de los terrones las duras raices de los arbustos quemados. Duro esta faena preparatoria mas de una semana, sudando y jadeando la familia desde el alba a la noche.






La mitad de las tierras estaban removidas. Batiste las entablo y labro con ayuda del viejo y animoso rocin, que parecia de la familia. Habia que proceder a su cultivo; estaban en San Martin, la epoca de la siembra, y el labrador dividio la tierra roturada en tres partes. La mayor para el trigo, un cuadro mas pequeno para plantar habas y otro para el forraje, pues no era cosa de olvidar al Morrut, el viejo y querido rocin. Bien se lo habia ganado. Y con la alegria del que, despues de una penosa navegacion descubre el puerto, la familia procedio a la siembra. Era el porvenir asegurado. Las tierras de la huerta no enganaban; de alli saldria el pan para todo el ano. La tarde en que se termino la siembra vieron avanzar por el inmediato camino unas cuantas ovejas de sucios vellones, que se detuvieron medrosas en el limite del campo. Tras ellas aparecio un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos hundidos en las profundas orbitas y la boca circundada por una aureola de arrugas. Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el cayado por delante, tanteando el terreno. La familia lo miro con atencion. Era el unico que en las dos semanas que alli estaban se atrevia a aproximarse a las tierras. Al notar la vacilacion de sus ovejas, grito para que pasasen adelante. Batiste salio al encuentro del viejo. No se podia pasar: las tierras estaban ahora cultivadas. ?No lo sabia?... Algo de ello habia oido el tio Tomba; pero en las dos semanas anteriores habia llevado su rebano a pastar los hierbajos del barranco de Carraixet, sin preocuparse de estos campos... ?De veras que ahora estaban cultivados? Y el anciano pastor avanzaba la cabeza, haciendo esfuerzos para ver con sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la huerta tenia por imposible. Callo un buen rato, y, al fin, comenzo a murmurar tristemente: «Muy mal; el tambien, en su juventud, habia sido atrevido; le gustaba llevar a todos la contraria. Pero ?cuando son muchos los enemigos!... Muy mal; se habia metido en un paso dificil. Aquellas tierras, despues de lo del pobre Barret, estaban malditas. Podia creerle a el, que era viejo y experimentado; le traerian desgracia.» Y el pastor llamo a su rebano, le hizo emprender la marcha por el camino, y antes de alejarse se echo la manta atras, alzando sus descarnados brazzos, y con cierta entonacion de hechicero que augura el porvenir o de profeta que husmea la ruina, le grito a Batiste: -Creume, fill meu: ?te portaran desgrasia!... De este encuentro surgio un motivo mas de colera para toda la huerta. El tio Tomba ya no podia meter sus ovejas en aquella tierra, despues de diez anos de pacifico disfrute de sus pastos. Nadie decia una palabra sobre la legitimidad de la negativa de su ocupante al estar el terreno cultivado. Todos hablaban unicamente de los respetos que merecia el anciano pastor, un hombre que en sus mocedades se comia los franceses crudos, que habia visto mucho mundo, y cuya sabiduria, demostrada con medias palabras y consejos incoherentes, inspiraba un respeto supersticioso a la gente de las barracas. Cuando Batiste y su familia vieron henchidas de fecunda simiente las entranas de sus tierras, pensaron en la vivienda, a falta de trabajo mas urgente. El campo haria su deber. Ya era hora de pensar en ellos mismos. Y por primera vez desde su llegada a la huerta, salio Batiste de las tierras para ir a Valencia a cargar en su carro todos los desperdicios de la ciudad que pudieran serle utiles. Aquel hombre era una hormiga infatigable para la rebusca. Los montones formados por Batiste se agrandaron considerablemente con las expediciones del padre. La giba del estiercol, que formaba una cortina defensiva ante la barraca, crecio rapidamente, y mas alla amontonaronse centenares de ladrillos rotos, maderos carcomidos, puertas destrozadas, ventanas hechas astillas, todos los desperdicios de los derribos de la ciudad.







Contemplo con asombro la gente de la huerta la prontitud y buena mana de los laboriosos intrusos para arreglarse su vivienda. La cubierta de paja de la barraca aparecio de pronto enderezada; las costillas de la techumbre, carcomidas por las lluvias, fueron reforzadas una y sustituidas otras; una capa de paja nueva cubrio los dos planos pendientes del exterior. Hasta las crucecitas de sus extremos fueron sustituidas por otras que la navaja de Batiste trabajo cucamente, adornando sus aristas con dentelladas muescas; y no hubo en todo el contorno techumbre que se irguiera mas gallarda. Los vecinos, al ver como se reformaba la barraca de Barret, colocandose recta la montera, veian en esto algo de burla y de reto. Despues empezo la obra de abajo. ?Que modo de utilizar los escombros de Valencia!... Las grietas desaparecieron, y, terminado el enlucido de las paredes, la mujer y la hija las enjalbegaron de un blanco deslumbrante. La puerta, nueva y pintada de azul, parecia madre de todas las ventanillas, que asomaban por los huecos de las paredes sus cuadradas caras del mismo color. Bajo la parra hizo Batiste una plazoleta, pavimentada con ladrillos rojos, para que las mujeres cosieran alli en las horas de la tarde. El pozo, despues de una semana de descensos y penosos acarreos, quedo limpio de todas las piedras y la basura con que la pilleria huertana lo habia atiborrado durante diez anos, y otra vez su agua limpia y fresca volvio a subir en musgoso pozal, con alegres chirridos de la garrucha, que parecia reirse de las gentes del contorno con una estridente carcajada de vieja maliciosa. Devoraban los vecinos su rabia en silencio. ?Ladron, mas que ladron! ?Vaya un modo de trabajar!... Aquel hombre parecia poseer con sus membrudos brazos dos varitas magicas que lo transformaban todo al tocarlo. Diez semanas despues de su llegada aun no habia salido de sus tierras media docena de veces. Siempre en ellas, la cabeza metida entre los hombros y el espinazo doblegado, embriagandose en su labor; y la barraca de Barret presentaba un aspecto coqueton y risueno, como jamas lo habia tenido en poder de su antiguo ocupante. El corral, cercado antes con podridos canizos, tenia ahora paredes de estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo la cabeza purpurea... En la plazoleta, frente a la barraca, florecian macizos de dompedros y plantas trepadoras. Una fila de pucheros desportillados, pintados de azul, servian de macetas sobre el banco de rojos ladrillos, y por la puerta entreabierta -?ah fanfarron!- veiase la cantarera nueva, con sus chapas de blancos azulejos y sus cantaros verdes de charolada panza: un conjunto de reflejos insolentes que quitaban la vista al que pasaba por el inmediato camino. Todos en su furia creciente, acudian a Pimento. ?Podia esto consentirse? ?Que pensaba hacer el temible marido de Pepeta? Y Pimento se rascaba la frente oyendolos, con cierta confusion. ?Que iba a hacer?... Su proposito era decirle dos palabritas a aquel advenedizo que se metia a cultivar lo que no era suyo; una indicacion muy seria para que «no fuera tonto» y se volviese a su tierra, pues alli nada tenia que hacer. Pero el tal sujeto no salia de sus campos, y no era cosa de ir a amenazarle en su propia casa. Esto seria dar el cuerpo demasiado, teniendo en cuenta lo que podria ocurrir luego. Habia que ser cauto y guardar la salida. En fin...: un poco de paciencia. El lo unico que podia asegurar es que el tal sujeto no cosecharia el trigo, ni las habas, ni todo lo que habia plantado en los campos de Barret. Aquello seria para el demonio. Las palabras de Pimento tranquilizaban a los vecinos, y estos seguian con mirada atenta los progresos de la maldita familia, deseando en silencio que llegase pronto la hora de su ruina. Una tarde volvio Batiste de Valencia muy contento del resultado de su viaje. No queria en su casa brazos inutiles. Batiste, cuando no habia labor en el campo, buscaba ocupacion yendo a la ciudad a recoger estiercol. Quedaba la chica, una mocetona, que, terminado el arreglo de la barraca, no servia para gran cosa, y gracias a la proteccion de los hijos de don Salvador, que se mostraban contentisimos con el nuevo






arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fabrica de sedas. Desde el dia siguiente, Roseta formaria parte del rosario de muchachas que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con falda ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta. Al llegar Batiste a las inmediaciones de la taberna de Copa, un hombre aparecio por el camino, saliendo de una senda inmediata, y marcho hacia el lentamente, dando a entender su deseo de hablarle. Batiste se detuvo, lamentando en su interior no llevar consigo ni una mala navaja, ni una hoz, pero sereno, tranquilo, irguiendo su cabeza redonda con la expresion imperiosa tan temida por su familia y cruzando sobre el pecho los forzudos brazos de antiguo mozo de molino. Conocia a aquel hombre, aunque jamas habia hablado con el. Era Pimento. Al fin ocurria el encuentro que tanto habia temido. El valenton midio con la mirada al odiado intruso, y le hablo con voz melosa, esforzandose por dar a su ferocidad y mala intencion un acento de bondadoso consejo. Queria decirle dos razones: hacia tiempo que lo deseaba; pero ?como hacerlo, si nunca salia de sus tierras? -Dos rahonetes no mes... Y solto el par de razones, aconsejandole que dejase cuanto antes las tierras del tio Barret. Debia creer a los hombres que le querian bien, a los conocedores de las costumbres de la huerta. Su presencia alli era una ofensa, y la barraca casi nueva, un insulto a la pobre gente. Habia que seguir su consejo e irse a otra parte con su familia. Batiste sonreia ironicamente, mientras hablaba Pimento, y este, al fin, parecio confundido por la serenidad del intruso, anonadado al encontrar un hombre que no sentia miedo en su presencia. ?Marcharse el?... No habia guapo que le hiciera abandonar lo que era suyo, lo que estaba regado con su sudor y habia de dar el pan a su familia. El era un hombre pacifico, ?estamos?; pero si le buscaban las cosquillas, era tan valiente como el que mas. Cada cual que se meta en su negocio, y el haria bastante cumpliendo con el suyo sin faltar a nadie. Luego, pasando ante el maton, continuo su camino, volviendole la espalda con una confianza despectiva. Pimento, acostumbrado a que le temblase toda la huerta, se demostraba desconcertado por la serenidad de Batiste. -?Es la darrera parula? -le grito cuando estaba ya a cierta distancia. -Si la darrera -contesto Batiste sin volverse. Y siguio adelante, desapareciendo en una revuelta del camino. A lo lejos, en la antigua barraca de Barret, ladraba el perro, olfateando la proximidad de su amo. Al quedar solo, Pimento recobro su soberbia. ?Cristo! ?Y como se habia burlado de el aquel tio! Mascullo algunas maldiciones, y, cerrando el puno, senalo amenazante la curva del camino por donde habia desaparecido Batiste. -Tu me les pagaras... ?Me les pagaras, morral! En su voz, tremula de rabia, vibraban condensados todos los odios de la huerta.

                                                                   IV


Era jueves, y, segun una costumbre que databa de siglos, el Tribunal de las Aguas iba a reunirse en la puerta de los apostoles de la catedral de Valencia. El reloj de la torre llamada el Miguelete, senalaba poco mas de las diez, y los huertanos juntabanse a corrillos o tomaban a siento en los bordes del tazon de la






fuente que adorna la plaza, formando en torno al vaso una animada guirnalda de mantas azules y blancas, panuelos rojos y amarillos o faldas de indiana de colores oscuros. Llegaban unos tirando de sus caballejos con el seron cargado de estiercol, contentos de la colecta hecha en las calles; otros, en sus carros vacios procurando enternecer a los guardias municipales para que los dejasen permanecer alli; y mientras los viejos conversaban con las mujeres, los jovenes se metian en el cafetin cercano para matar el tiempo ante la copa de aguardiente, mascullando su cigarro de diez centimos. Toda la huerta que tenia agravios que vengar estaba alli, gesticulante y cenuda, hablando de sus derechos, impaciente por soltar ante los sindicos o jueces de las siete acequias el interminable rosario de sus quejas. El alguacil del tribunal, que llevaba mas de cincuenta anos de lucha con esta tropa insolente y agresiva, colocaba a la sombra de la portada ojival las piezas de un sofa de viejo damasco, y tendia despues una verja baja, cerrando el espacio de acera que habia de servir de sala de audiencia. La puerta de los Apostoles, vieja, rojiza, carcomida por los siglos, extendiendo sus roidas belleza a la luz del sol, formaba un fondo digno del antiguo tribunal: era como un dosel de piedra fabricado para cobijar una institucion de cinco siglos. En el timpano aparecia la Virgen con seis angeles de rigidas albas y alas de menudo plumaje, mofletudos, con llameante tupe y pesados tirabuzones, tocando violas y flautas, caramillos y tambores. Corrian por los tres arcos superpuestos de la portada tres guirnaldas de figurillas, angeles, reyes y santos, cobijandose en calados doseletes. Sobre robustos pedestales exhibianse los doce apostoles; pero tan desfigurados, tan maltrechos, que no los hubiera conocido Jesus: los pies, roidos; las narices rotas; las manos, cortadas; una fila de figurones, que mas que apostoles parecian enfermos escapados de una clinica, mostrando dolorosamente sus informes munones. Arriba, al final de la portada, abriase, como gigantesca flor cubierta de alambrado, el roseton de colores que daba luz a la iglesia, y en la parte baja, en la base de las columnas adornadas con escudos de Aragon, la piedra estaba gastada, las aristas y los follajes, borrosos por el frote de innumerables generaciones. En este desgaste de la portada adivinabase el paso de la revuelta y el motin. Junto a estas piedras se habia aglomerado y confundido todo un pueblo; alli se habia agitado en otros siglos, vociferante y rojo de rabia, el valencianismo levantisco, y los santos de la portada, mutilados y lisos como momias egipcias, al mirar al cielo con sus rotas cabezas, parecian estar oyendo aun la revolucionaria campana de la Union o los arcabuzazos de las germanias. Termino el alguacil de arreglar el tribunal, y plantose a la entrada de la verja, esperando a los jueces. Iban llegando, solemnes, con una majestad de labriegos ricos, vestidos de negro, con blancas alpargatas y panuelo de seda bajo el ancho sombrero. Cada uno llevaba tras si un cortejo de guardas de acequia, de pediguenos que antes de la hora de la justicia buscaban predisponer el animo del tribunal en su favor. La gente labradora miraba con respeto a estos jueces salidos de su clase, cuyas deliberaciones no admitian apelacion. Eran los amos del agua; en sus manos estaba la vida de las familias, el alimento de los campos, el riego oportuno, cuya carencia mata una cosecha. Y los habitantes de la extensa vega, cortada por el rio nutridor como una espina erizada de puas que eran sus canales, designaban a los jueces por el nombre de las acequias que representaban. Un vejete seco, encorvado, cuyas manos rojas y cubiertas de escamas temblaban al apoyarse en el grueso cayado, era Cuart de Faitanar; el otro, grueso y majestuoso, con ojillos que apenas si se veian bajo los dos punados de pelo blanco de sus cejas, era Mislata; poco despues llegaba Rascana, un moceton de planchada blusa y redonda cabeza de lego; y tras ellos iban presentandose los demas, hasta siete: Favar, Robella, Tormos y Mestalla.







Ya estaba alli la representacion de las dos vegas: la de la izquierda del rio, la de las cuatro acequias, la que encierra la huerta de Ruzafa con sus caminos de frondoso follaje, que van a extinguirse en los limites del lago de la Albufera, y la vega de la derecha del Turia, la poetica, la de las fresas de Benimaclet, las chufas de Alboraya y los jardines siempre exuberantes de flores. Los siete jueces se saludaron como gente que no se ha visto en una semana. Luego hablaron de sus asuntos particulares junto a la puerta de la catedral. De cuando en cuando, abriendose las mamparas cubiertas de anuncios religiosos, esparciase en el ambiente calido de la plaza una fresca bocanada de incienso, semejante a la respiracion humeda de un lugar subterraneo. A las once y media, terminados los oficios divinos, cuando ya no salia de la basilica mas que alguna devota retrasada, comenzo a funcionar el tribunal. Sentaronse los siete jueces en el viejo sofa; corrio de todos los lados de la plaza la gente huertana para aglomerarse en torno de la verja, estrujando sus cuerpos sudorosos, que olian a paja y lana burda, y el alguacil se coloco, rigido y majestuoso, junto al mastil, rematado por un gancho de bronce, simbolo de la acuatica justicia. Descubrieronse las siete acequias, quedando con las manos sobre las rodillas y la vista en el suelo, y el mas viejo pronuncio la frase de costumbre: -S'obri el tribunal. Silencio absoluto. Toda la muchedumbre, guardando un recogimiento religioso, estaba alli, en plena plaza, como en un templo. El ruido de los carruajes, el arrastre de los tranvias, todo el estrepito de la vida moderna pasaba sin rozar ni conmover esta institucion antiquisima, que permanecia alli tranquila, como quien se halla en su casa, insensible al paso del tiempo, sin fijarse en el cambio radical de cuanto lo rodeaba, incapaz de reforma alguna. Mostrabanse orgullosos los huertanos de su tribunal. Aquello era hacer justicia; la pena, sentenciada inmediatamente, y nada de papeles, pues estos solo sirven para enredar a los hombres honrados. La ausencia del papel sellado y del escribano aterrador era lo que mas gustaba a unas gentes acostumbradas a mirar con miedo supersticioso el arte de escribir, por lo mismo que lo desconocen. Alli no habia secretarios, ni plumas, ni dias de angustia esperando la sentencia, ni guardias terrorificos, ni nada mas que palabras. Losa jueces guardaban las declaraciones de los testigos en su memoria y sentenciaban inmediatamente, con la tranquilidad del que sabe que sus decisiones han de ser cumplidas. Al que se insolentaba con el tribunal, multa; al que se negaba a cumplir la sentencia le quitaban el agua para siempre y se moria de hambre. Con este tribunal no jugaba nadie. Era la justicia patriarcal y sencilla del buen rey de las leyendas saliendo por las mananas a la puerta del palacio para resolver las quejas de sus subditos; el sistema judicial del jefe de cabila sentenciando a la entrada de su tienda. Asi, asi es como se castiga a los pillos y triunfa en hombre honrado, y hay paz. Y el publico, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos estrujabanse contra la verja, retrocediendo algunas veces con violentos movimientos de espaldas para librarse de la asfixia. Iban compareciendo los querellantes al otro lado de la verja, ante aquel sofa, tan venerable como el tribunal. El alguacil les recogia las varas y cayados, considerandolos armas ofensivas, incompatibles con el respeto al tribunal. Los empujaba luego hasta dejarlos plantados a pocos pasos de los jueces, con la manta doblada sobre las manos; y si andaban remisos en descubrirse, de dos repelones les arrancaba el panuelo de la cabeza. ?Duro! A esta gente socarrona habia que tratarla asi. Era el desfile de una continua exposicion de cuestiones intrincadas, que los jueces legos resolvian con pasmosa facilidad. Los guardas de las acequias y los atandadores encargados de establecer el turno en el riego formulaban sus denuncias, y comparecian los querellados a defenderse con






razones. El viejo dejaba hablar a los hijos, que sabian expresarse con mas energia; la viuda acudia acompanada de algun amigo del difunto, decidido protector que llevaba la voz por ella. Asomaba la oreja el ardor meridional en todos los juicios. En mitad de la denuncia del guarda, el querellado no podia contenerse. «?Mentira!» Lo que decian contra el era falso y malo. ?Querian perderlo! Pero las siete acequias acogian estas interrupciones con furibundas miradas. Alli nadie podia hablar mientras no le llegase el turno. A la otra interrupcion pagaria tantos sueldos de multa. Y habia testarudo que pagaba sous y mas sous, impulsado por una rabiosa vehemencia que no le permitia callar ante el acusador. Sin abandonar su asiento, los jueces juntaban sus cabezas como cabras juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el mas viejo, con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna transformacion y aun fuese a pasar por el centro de la plaza el majestuoso justicia, gobernador popular de la Valencia antigua, con su gramalla roja y su hieratica escolta de caballeros de la pluma. Eran mas de las doce, y las siete acequias empezaban a mostrarse cansadas de tanto derramar prodigamente el caudal de su justicia, cuando el alguacil llamo a gritos a Bautista Borrull, denunciado por infraccion y desobediencia en el riego. Atravesaron la verja Pimento y Batiste, y la gente aun se apreto mas contra los hierros. Veianse en esta muchedumbre muchos de los que vivian en las inmediaciones de las antiguas tierras de Barret. Este juicio tardio iba a ser interesante. El odiado novato habia sido denunciado por Pimento, que era el atandador de la partida o distrito. Mezclandose en elecciones y galleando en toda la contornada, el valenton habia conquistado este cargo, que le daba cierto aire de autoridad y consolidaba su prestigio entre los convecinos, los cuales lo mimaban y lo convidaban en dias de riego para tenerle propicio. Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Su palidez era de indignacion. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja. Luego volvia los ojos hacia su enemigo Pimento, que se contoneaba altivamente, como hombre acostumbrado a comparecer ante el tribunal y que se creia poseedor de una pequena parte de su indiscutible autoridad. -Parle voste -dijo, avanzando un pie, la acequia mas vieja, pues, por servicio secular, el tribunal, en vez de valerse de las manos, senalaba con la blanca alpargata a quien debia hablar. Pimento solto su acusacion. Aquel hombre que estaba junto a el, tal vez, por ser nuevo, creia que el reparto del agua era cosa de broma y que podia hacer su santisima voluntad. El, Pimento, el atandador que representaba la autoridad de la acequia en su partida, habia dado a Batiste la hora para regar su trigo: las dos de la manana. Pero, sin duda, el senor, no queriendo levantarse a tal hora, habia dejado perder su turno, y a las cinco, cuando el agua era ya de otros, habia alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer delito), habia robado el riego a los demas vecinos (segundo delito) e intentado regar sus campos, queriendo oponerse a viva fuerza a las ordenes del atandador, lo que constituia el tercero y ultimo delito. El triple delincuente, volviendose de mil colores e indignado por las palabras de Pimento, no pudo contenerse. -?Mentira y recontramentira! El tribunal se indigno ante la energia y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre. Si no guardaba silencio, se le impondria una multa. Pero ?gran cosa eran las multas para su reconcentrada colera de hombre pacifico! Siguio protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal que tenia por servidores a pillos y






embusteros como Pimento. Alterose el tribunal: las siete acequias se encresparon. -?Cuatre sous de multa! -dijo el presidente Batiste, dandose cuenta de su situacion, callo asustado por haber incurrido en multa, mientras sonaban al otro lado de la verja las risas y los aullidos de alegria de sus contrarios. Quedo inmovil, con la cabeza baja y los ojos empanados por lagrimas de colera, mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia. -Parle voste -le dijo el tribunal. Pero en las miradas de los jueces se notaba poco interes por este intruso alborotador que venia a turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones. Batiste, tremulo por la ira, balbucio, no sabiendo como empezar su defensa, por lo mismo que la creia justisima. Habia sido enganado; Pimento era un embustero y, ademas, su enemigo implacable. Le habia dicho que su riego era a las cinco (se acordaba muy bien), y ahora afirmaba que a las dos; todo para hacerle incurrir en multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida futura de su familia... ?Valia para el tribunal la palabra de un hombre honrado? Pues esta era la verdad, aunque no podia presentar testigos. ?Parecia imposible que los senores sindicos, todos buenas personas, se fiasen de un pillo como Pimento!... La blanca alpargata del presidente hirio una baldosa de la acera, conjurando el chaparron de protestas y faltas de respeto que veia surgir en lontananza. -Calle voste. Y Batiste callo, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegandose en el sofa de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia. -El tribunal sentensia... -dijo la acequia mas vieja. Y se hizo un silencio absoluto. Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del viejo sindico. -Pagara el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sous de multa. Esparciose un murmullo de satisfaccion en el publico, y hasta una vieja empezo a palmotear, gritando: «?Vitor! ?Vitor!», entre las risotadas de la gente. Batiste salio ciego del tribunal, con la cabeza baja, como si fuera a embestir, y Pimento permanecio prudentemente a sus espaldas. Si la gente no se aparta, abriendole paso, seguramente hubiese disparado sus punos de hombre forzudo, aporreando alli mismo a la canalla hostil. Inmediatamente se alejo. Iba a casa de sus amos a contarles lo ocurrido, la mala voluntad de aquella gente, empenada en amargar su existencia; y una hora despues, ya mas calmado por las buenas palabras de los senores, emprendio el camino hacia su casa. ?Insufrible tormento!... Marchando junto a sus carros cargados de estiercol o montados en sus borricos sobre los serones vacios, encontro en el hondo camino de Alboraya a muchos de los que habian presenciado el juicio. Eran gentes enemigas, vecinos a los que no saludaba nunca. Al pasar el junto a ellos, callaban, hacian esfuerzos para conservar su gravedad, aunque les brillaba en los ojos la alegre malicia; pero segun iba alejandose, estallaban a su espalda insolentes risas, y hasta oyo la voz de un mozalbete que, remedando el grave tono del presidente del tribunal, gritaba: -?Cuatre sous de multa! Vuatre io a lo lejos, en la puerta de la taberna de Copa, a su enemigo Pimento, con el porron en la mano, ocupando el centro de un corro de amigos, gesticulante y risueno, como si imitase las protestas y quejas del denunciado. Su condena era tema de regocijo para la huerta. Todos reian. ?Redios!... Ahora comprendia el, hombre de paz y padre bondadoso, por que los hombres matan.






Se estremecieron sus poderosos brazos; sintio una cruel picazon en las manos. Luego fue moderando el paso al acercarse a casa de Copa. Queria ver si se burlaban de el en su presencia. Hasta penso -novedad extrana- entrar por primera vez en la taberna para beber un vaso de vino cara a cara con sus enemigos; pero las dos libras de multa las llevaba en el corazon, y se arrepintio de sus generosidad. ?Dichosas dos libras! Aquella multa era una amenaza para el calzado de sus hijos; iban a llevarse el montoncito de ochavos recogidos por Teresa para comprar alpargatas nueva a los pequenuelos. Al pasar frente a la taberna se oculto Pimento con la excusa de llenar el porron, y sus amigos fingieron no ver a Batiste. Su aspecto de hombre resuelto a todo imponia respeto a los enemigos. Pero este triunfo le llenaba de tristeza. ?Como le odiaba la gente! La vega entera alzabase ante el a todas horas, cenuda y amenazante. Aquello no era vivir. Hasta de dia evitaba el abandonar sus campos, rehuyendo el roce con los vecinos. No los temia; pero, como hombre prudente, evitaba las cuestiones con ellos. De noche dormia con zozobra, y muchas veces, al menor ladrido del perro, saltaba de la cama, lanzandose fuera de la barraca escopeta en mano. En mas de una ocasion creyo ver negros bultos que huian por las sendas inmediatas. Temia por su cosecha, por el trigo, que era la esperanza de la familia, y cuyo crecimiento seguian todos los de la barraca silenciosamente con miradas avidas. Conocia las amenazas de Pimento, el cual, apoyado por toda la huerta, juraba que aquel trigo no habia de segarlo su sembrador, y Batiste casi olvidaba a sus hijos para pensar en sus campos, en el oleaje verde que crecia y crecia bajo los rayos del sol y habia de convertirse en rubios montones de mies. El odio silencioso y reconcentrado le seguia su camino. Apartabanse las mujeres, frunciendo los labios, sin dignarse saludarlo, como es costumbre en la huerta. Los hombres que trabajaban en los campos cercanos al camino llamabanse unos a otros con expresiones insolentes que indirectamente iban dirigidas a Batiste, y los chicuelos: «?Morralon! ?Chodio!», sin anadir mas a tales insultos, como si estos solo pudiesen ser aplicables al enemigo de la huerta. ?Ah! Si el no tuviera sus punos de gigante, las espaldas enormes y aquel gesto de pocos amigos, ?que pronto hubiera dado cuenta de el toda la vega! Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, sus enemigos se contentaban con hostilizarlo desde lejos. Batiste, en medio de la tristeza que le infundia este vacio, experimento una ligera satisfaccion. Cerca ya de la barraca, cuando oia los ladridos de su perro, que le habia adivinado, vio un muchacho, un zagalon, que, sentado en un ribazo, con la hoz entre las piernas y teniendo al lado unos montones de broza segada, se incorporo para saludarle: -?Bon dia, sinor Batiste! Y el saludo, la voz tremula de muchacho timido con que le hablo, le impresionaron dulcemente. Poca cosa era el afecto de este adolescente, y, sin embargo, experimento la dulce impresion del calenturiento al sentir la frescura del agua. Miro con carino sus ojazos azules, su cara sonrosada cubierta por un vello rubio, y busco en su memoria quien podria ser este mozo. Al fin, recordo que era nieto del tio Tomba, el pastor ciego a quien respetaba toda la huerta; un buen muchacho, que servia de criado al carnicero de Alboraya, cuyo rebano cuidaba el anciano. -?Grasies, chiquet, grasies! -murmuro, agradeciendo el saludo. Y siguio adelante, siendo recibido por su perro, que saltaba ante el, restregando sus lanas en la pana de los pantalones. Junto a la puerta de la barraca estaba la esposa, rodeada de los pequenos, esperando impaciente, por ser ya pasada la hora de comer. Batiste miro sus campos y toda la rabia sufrida una hora antes ante el tribunal de las Aguas volvio de golpe, como una oleada furiosa, a invadir su cerebro.






Su trigo sufria sed. No habia mas que verlo. Tenia la hoja arrugada, y el tono verde, antes tan lustroso era ahora de una amarilla transparencia. Le faltaba el riego, la tanda que le habia robado Pimento con sus astucias de mal hombre, y no volveria a corresponderle hasta pasados quince dias, porque el agua escaseaba. Y encima de esta desdicha, todo el rosario condenado de libras y sueldos de multa. ?Cristo! Comio sin apetito, contando a su mujer lo ocurrido en el Tribunal. La pobre Teresa escucho a su marido, palida, con la emocion de la campesina que siente punzadas en el corazon cada vez que ha de deshacer el nudo de la media guardadora del dinero en el fondo del arca. «?Reina y Soberana! ?Se habian propuesto arruinarlos! ?Que disgusto a la hora de comer!...» Y dejando caer su cuchara en la sarten del arroz, lloriqueo largamente bebiendose las lagrimas. Despues enrojecio con repentina rabia, mirando el pedazo de vega que se veia a traves de la puerta, con sus blancas barracas y su oleaje verde, y extendiendo los brazos, grito: «?Pillos! ?Pillos!» La gente menuda, asustada por el ceno del padre y los gritos de la madre, no se atrevia a comer. Mirabanse unos a otros con indecision y extraneza, hurgandose las narices por hacer algo, y acabaron todos por imitar a la madre, llorando sobre el arroz. Batiste, excitado por el coro de gemidos, se levanto furioso. Casi volco la pequena mesa con una de sus patadas, y se lanzo fuera de la barraca. ?Que tarde!... La sed de su trigo y el recuerdo de la multa eran dos feroces perros agarrados a su corazon. Cuando el uno, cansado de morderle, iba durmiendose, llegaba el otro a todo correr y le clavaba los dientes. Quiso distraerse con el trabajo, y se entrego con toda su voluntad a la obra que llevaba entre manos: una pocilga levantada en el corral. Pero su trabajo adelanto poco. Ahogabase entre las tapias; necesitaba ver su campo, como los que necesitan contemplar su desgracia para anegarse en la voluptuosidad del dolor. Y con las manos llenas de barro volvio a salir de su barraca, quedando plantado ante su bancal de mustio trigo. A pocos pasos, por el borde del camino, pasaba la acequia, henchida de agua roja. La vivificante sangre de la huerta iba lejos, para otros campos, cuyos duenos no tenian la desgracia de ser odiados, y su pobre trigo alli, arrugandose, languideciendo, agitando su cabellera verde como si hiciera senas al agua para que se aproximara y lo acariciase con un fresco beso. A Batiste le parecio que el sol era mas caliente que otros dias. Caia el astro en el horizonte y, sin embargo, el pobre labriego se imagino que sus rayos eran verticales y lo incendiaban todo. Su tierra se resquebrajaba, abriase en tortuosas grietas, formando mil bocas que en vano esperaban un sorbo. No aguantaria el trigo su sed hasta el proximo riego. Moriria antes seco, la familia no tendria pan; y despues de tanta miseria. ?multa encima!... ?Y aun dicen si los hombres se pierden?... Moviase, furioso, en los linderos de su bancal. «?Ah Pimento! ?Grandisimo granuja!... ?Si no hubiera Guardia Civil!...» Y como los naufragos agonizantes de hambre y de sed, que en sus delirios solo ven mesas de festin y clarisimos manantiales, Batiste contemplo imaginariamente campos de trigo con los tallos verdes y erguidos, y el agua entrando a borbotones por las bocas de los ribazos, extendiendose con un temblor luminoso, como si riera suavemente al sentir las cosquillas de la tierra sedienta. Al ocultarse el sol, experimento Batiste cierto alivio, como si el astro se apagara para siempre y su cosecha quedase salvada. Se alejo de sus campos, de su barraca, yendo insensiblemente camino abajo, con paso lento, hacia la taberna de Copa. Ya no pensaba en la existencia de la Guardia Civil, y acogia con gusto la posibilidad de un encuentro con Pimento, que no debia de andar lejos de la taberna.






Venian hacia el por los bordes del camino los veloces rosarios de muchachas, cesta al brazo y falda revoloteante, de regreso de las fabricas de la ciudad. Azuleaba la huerta bajo el crepusculo. En el fondo, sobre las oscuras montanas, coloreabanse las nubes con resplandor de lejano incendio; por la parte del mar temblaban en el infinito las primeras estrellas; ladraban los perros tristemente; con el canto monotono de ranas y grillos confundiase el chirrido de carros invisibles alejandose por todos los caminos de la inmensa llanura. Batiste vio venir a su hija, separada de las otras muchachas, caminado con paso perezoso. Sola no. Creyo ver que hablaba con un hombre, el cual seguia la misma direccion que ella, aunque algo separados, como van siempre los novios en la huerta, pues la aproximacion es para ellos signo de pecado. Al distinguir a Batiste en medio del camino, el hombre fue retrasando su marcha, y quedo lejos cuando Roseta llego junto a su padre. Este permanecio inmovil, con el deseo de que el desconocido siguiese adelante para conocerlo. -?Bona nit, sinor Batiste! Era la misma voz timida que le habia saludado a mediodia: el nieto del tio Tomba. Este zagal no parecia tener otra ocupacion que vagar por los caminos para saludarlo y metersele por los ojos con blanda dulzura. Miro a su hija, que enrojecio, bajando los ojos. -?A casa, a casa! ?Yo t'arreglare! Y con la terrible majestad del padre latino, senor absoluto de sus hijos, mas propenso a infundir miedo que a inspirar afecto, empezo a andar, seguido por la tremula Roseta, la cual, al acercarse a su barraca, creia marchar hacia una paliza segura. Se equivoco. El pobre padre no tenia en aquel momento mas hijos en el mundo que su cosecha, el trigo enfermo, arrugado, sediento, que le llamaba a gritos pidiendo un sorbo para no morir. Y en esto penso mientras su mujer arreglaba la cena. Roseta iba de un lado a otro, fingiendo ocupaciones para no llamar la atencion, esperando de un momento a otro el estallido de la colera paternal. Y Batiste seguia pensando en su campo, sentado ante la mesilla enana, rodeado de toda su familia menuda, que a la luz del candil miraba con avaricia una cazuela humeante de bacalao con patatas. La mujer todavia suspiraba pensando en la multa, y establecia, sin duda, comparaciones entre la cantidad fabulosa que iban a arrancarle y el desahogo con que toda la familia movia sus mandibulas. Batiste apenas comio, ocupado en contemplar la voracidad de los suyos. Batistet, el hijo mayor, hasta se apoderaba con fingida distraccion de los mendrugos de los pequenos. A Roseta el miedo le daba un apetito feroz. Nunca como entonces comprendio Batiste la carga que pesaba sobre sus espaldas. Aquellas bocas que se abrian para tragarse los escasos ahorros de la familia quedarian sin alimento si lo de fuera llagaba a secarse. Y todo, ?por que? Por la injusticia de los hombres, porque hay leyes para molestar a los trabajadores honrados... No debia pasar por ello. Su familia antes que nadie. ?No estaba dispuesto a defender a los suyos de los mayores peligros? ?No tenia el deber de mantenerlos?... Hombre era el capaz de convertirse en ladron para darles de comer. ?Por que habia de someterse, cuando no se trataba de robar, sino de la salvacion de su cosecha, de lo que era muy suyo? La imagen de la acequia, que a poca distancia arrastraba su caudal murmurante para otros, era para el un martirio. Enfureciale que la vida pasase junto a su puerta sin poder aprovecharla, porque asi lo querian las leyes. De repente se levanto, como hombre que adopta una resolucion y para cumplirla lo atropella todo. -?A regar! ?A regar! La mujer se asusto, adivinando instantaneamente todo el peligro de tan desesperante resolucion: «?Por Dios, Batiste!... Le impondrian una multa mayor; tal vez los del






Tribunal, ofendidos por la rebeldia, le quitasen el agua para siempre. Habia que pensarlo... Era mejor esperar.» Pero Batiste tenia la colera firme de los hombres flematicos y cachazudos, que cuando pierden la calma tardan mucho en recobrarla. -?A regar! ?A regar! Y Batistet, repitiendo alegremente las palabras de su padre, cogio los azadones y salio de la barraca seguido de su hermana y de los pequenos. Todos querian tomar parte en este trabajo, que parecia una fiesta. La familia sentia el alborozo de un pueblo que con la rebeldia recobra la libertad. Marcharon todos hacia la acequia, que murmuraba en la sombra. La inmensa vega perdiase en azulada penumbra; ondulaban los canares como rumorosas y oscuras masas, y las estrellas parpadeaban en el espacio negro. Batiste se metio en la acequia hasta las rodillas, colocando la barrera que habia de detener las aguas, mientras su hijo, su mujer y hasta su hija atacaban con los azadones el ribazo, abriendo boquetes por donde entraba el riego a borbotones. Toda la familia experimento una sensacion de frescura y bienestar. La tierra cantaba de alegria con un goloso glu-glu que le llegaba al corazon a todos ellos. «?Bebe, bebe, pobrecita!» Y hundian sus pies en el barro, yendo encorvados de un lado a otro del campo para ver si el agua llegaba a todas partes. Batiste mugio con la satisfaccion cruel que produce el goce de lo prohibido. ?Que peso se quitaba de encima!... Podian venir ahora los del tribunal y hacer lo que quisieran. Su campo bebia; esto era lo importante. Y como su fino oido de hombre habituado a la soledad creyo percibir cierto rumor inquietante en los vecinos canares, corrio al barraca, para volver inmediatamente empunando su escopeta nueva. Con el arma sobre el brazo y el dedo en el gatillo, estuvo mas de una hora junto a la barrera de la acequia. El agua no pasaba adelante: se derramaba en los campos de Batiste, que bebian y bebian con la sed del hidropico. Tal vez los de abajo se quejaban; tal vez Pimento, advertido como atandador, rondaba por las inmediaciones, indignado por el insolente ataque a la ley. Pero alli estaba Batiste como centinela de su cosecha, desesperado heroe de la lucha por la vida, guardando a los suyos, que se agitaban sobre el campo extendiendo el riego, dispuesto a soltarle un escopetazo al primero que intentase echar la barrera restableciendo el curso legal del agua. Era tan fiera su actitud, destacandose erguido en medio de la acequia; se adivinaba en este fantasma negro tal resolucion de recibir a tiros al que se presentase, que nadie salio de los inmediatos canares, y bebieron sus campos durante una hora sin protesta alguna. Y lo que es mas extrano: el jueves siguiente el atandador no le hizo comparecer ante el Tribunal de las Aguas. La huerta se habia enterado que en la antigua barraca de Barret el unico objeto de valor era una escopeta de dos canones, comprada recientemente por el intruso con esa pasion africana del valenciano, que se priva gustoso del pan por tener detras de la puerta de su vivienda un arma nueva que excite envidias e inspire respeto.

                                                                   V


Todos los dias, al amanecer, saltaba de la cama Roseta, la hija de Batiste, y con los ojos hinchados por el sueno, extendiendo los brazos con gentiles desperezos que estremecian todo su cuerpo de rubia esbelta, abria la puerta de la barraca. Chillaba la garrucha del pozo, saltaba ladrando de alegria junto a sus faldas el feo perrucho que pasaba la noche fuera de la barraca, y Roseta, a la luz de las ultimas






estrellas, echabase en la cara y manos todo un cubo de agua fria sacada de aquel agujero redondo y lobrego, coronado en su parte alta por espesos manojos de hiedra. Despues, a la luz del candil, iba y venia por la barraca preparando su viaje a Valencia. La madre la seguia sin verla desde la cama, para hacerle toda clase de indicaciones. Podia llevarse las sobras de la cena; con esto y tres sardinas que encontraria en el vasar tenia bastante. Cuidado con romper la cazuela, como el otro dia: ?Ah! Y que no olvidase comprar hilo, agujas y unas alpargatas para el pequeno. ?Criatura mas destrozona!... En el cajon de la mesita encontraria el dinero. Y mientras la madre daba una vuelta en la cama, dulcemente acariciada por el calor del estudi, proponiendose dormir media hora mas junto al enorme Batiste, que roncaba sonoramente, Roseta seguia sus evoluciones. Colocaba la misera comida en una cestita, luego se pasaba un peine por los pelos de un rubio claro, como si el sol hubiese devorado su color; se anudaba el panuelo bajo la barba, y antes de salir volviase con un carino de hermana mayor para ver si los chicos estaban bien tapados, inquieta por esta gente menuda, que dormia en el suelo de su mismo estudi, y acostada en orden de mayor a menor -desde el grandullon Batistet hasta el pequenuelo que apenas hablaba-, parecia la tuberia de un organo. -Vaya, adios. ?Hasta la nit! -gritaba la animosa muchacha, pasando su brazo por el asa de la cestita, y cerraba la puerta de la barraca, echando la llave por el resquicio inferior. Ya era de dia. Bajo la luz acerada del amanecer veiase por sendas y caminos el desfile laborioso marchando en una sola direccion, atraido por la vida de la ciudad. Pasaban los grupos de airosas hilanderas con un paso igual, moviendo garbosamente el brazo derecho, que cortaba el aire como un remo, y chillando todas a coro cada vez que algun moceton las saludaba desde los campos vecinos con ingenuas palabras amorosas. Roseta marchaba sola hacia la ciudad. Bien sabia la pobre lo que eran sus companeras, hijas y hermanas de los enemigos de su familia. Varias de ellas trabajaban en su fabrica, y la pobre rubita, mas de una vez, haciendo de tripas corazon, habia tenido que defenderse a aranazo limpio. Aprovechando sus descuidos, arrojaban cosas infectas en la cesta de su comida, romperle la cazuela lo habian hecho varias veces, y no pasaban junto a ella en el taller sin que dejasen de empujarla sobre el humeante perol donde era ahogado el capullo, llamandola hombrona y dedicando otros elogios parecidos a su familia. En el camino huia de todas ellas como de un tropel de furias, y unicamente sentiase tranquila al verse dentro de la fabrica, un caseron antiguo del mercado, cuya fachada, pintada al fresco en el siglo XVIII, todavia conservaba entre desconchaduras y grietas ciertos grupos de piernas de color rosa y caras de perfil bronceado, restos de medallones y pinturas mitologicas. Roseta era, de toda la familia, la mas parecida a su padre: una fiera para el trabajo, como decia Batiste de si mismo. El vaho ardoroso de los pucheros donde se ahogaba el capullo subiasele a la cabeza, escaldandole los ojos; pero, a pesar de esto, permanecia firme en su sitio, buscando en el fondo del agua hirviente los cabos sueltos de aquellas capsulas de seda blanducha, de un suave color de caramelo, en cuyo interior acababa de morir achicharrado el gusano laborioso, la larva de preciosa baba, por el delito de fabricarse una rica mazmorra para su transformacion en mariposa. Reinaba en el caseron un estrepito de trabajo ensordecedor y fatigoso para las hijas de la huerta, acostumbradas a la calma de la inmensa llanura, donde la voz se transmite a enormes distancias. Abajo mugia la maquina de vapor, dando bufidos espantosos, que se transmitian por las multiples tuberias; rodaban poleas y tornos con un estrepito de mil diablos; y por si no bastase tanto ruido, las hilanderas, segun costumbre tradicional, cantaban a coro con voz gangosa el Padrenuestro, el Avemaria y el Gloria Patri, con la misma tonadilla del llamado Rosario de la Aurora, procesion que desfila por los senderos de la huerta los domingos al amanecer.






Esta devocion no les impedia que riesen cantando, y por lo bajo, entre oracion y oracion, se insultasen y apalabrasen para darse cuatro aranazos a la salida, pues estas muchachas morenas, esclavizadas por la rigida tirania que reina en la familia labriega, y obligadas por preocupacion hereditaria a estar siempre ante los hombres con los ojos bajos, eran alli verdaderos demonios al verse juntas y sin