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Áëàñêî Âèñåíòå Èáàíüåñ — Los cuatro jinetes del Apocalipsis

AL LECTOR


En julio de 1914 note los primeros indicios de la proxima guerra europea, viniendo de Buenos Aires a las costas de Francia en el vapor aleman Konig Friedrich August. Era el mismo buque que figura en los primeros capitulos de esta obra. No quise cambiar ni desfigurar su nombre. Copias exactas del natural son tambien los personajes alemanes que aparecen en el principio de la novela. Los oi hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar, con una copa de champana en la mano, la posibilidad, cada vez mas cierta, de que Alemania declarase la guerra, sin reparar en pretextos. ?Y esto en medio del Oceano, lejos de las grandes agrupaciones humanas, sin otra relacion con el resto del planeta que las noticias intermitentes y confusas que podia recoger la telegrafia sin hilos del buque en aquel ambiente agitado por los mensajes ansiosos que cruzaban todos los pueblos!... Por eso sonrio con desprecio o me indigno siempre que oigo decir que Alemania no quiso la guerra y que los alemanes no estaban deseosos de llegar a ella cuanto antes. El primer capitulo de Los cuatro jinetes del Apocalipsis me lo proporciono un viaje casual a bordo del ultimo transatlantico germanico que toco Francia. Viviendo semanas despues en el Paris solitario de principios de septiembre de 1914, cuando se desarrollo la primera batalla del Marne y el Gobierno frances tuvo que trasladarse a Burdeos por medida de prudencia, al ambiente extraordinario de la gran ciudad me sugirio todo el resto de la presente novela. Marchando por las Avenidas afluentes al Arco del Triunfo, que en aquellos dias parecian de una ciudad muerta y contrastaban, por su funebre soledad, con los esplendores y riquezas de los tiempos pacificos, tuve la vision de los cuatro jinetes, azotes de la Historia, que iban a trastornar por muchos anos el ritmo de nuestra existencia. Despues de la batalla salvadora del Marne, cuando el Gobierno volvio a instalarse en Paris, converse un dia con monsieur Poincare, que era entonces presidente de la Republica. Poincare ama la literatura mas que la politica. -Yo soy el abogado de los escritores -dice con orgullo, como si este fuese el mejor de los titulos-. Yo defendia en todos sus pleitos a la Academia Goncourt. El presidente de la Republica quiso felicitarme por mis escritos espontaneos a favor de Francia en los primeros y mas dificiles momentos de la guerra, cuando el porvenir se mostraba oscuro, incierto, y bastaban los dedos de una mano para contar en el extranjero a los que sosteniamos franca y decididamente a los aliados. -Quiero que vaya usted al frente -me dijo-, pero no para escribir en los periodicos. Eso pueden hacerlo muchos. Vaya como novelista. Observe, y tal vez de su viaje nazca un libro que sirva a nuestra causa. Gracias al presidente de la Republica, pude ver todo el inmenso escenario de la batalla del Marne, cuando aun estaban recientes las huellas de este choque gigantesco. Por sus recomendaciones vivi en un pueblecito cerca de Reims, donde estaba el cuartel general de Franchet d'Esperey, jefe del quinto ejercito. Luego, Franchet d'Esperey, en el ultimo ano de la guerra, mando el ejercito de Oriente, vencio a los bulgaros, obligandolos a pedir la paz, y acelero con ello la terminacion general de la lucha. Hoy es mariscal de la Republica francesa.






Esta novela la escribi en Paris cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilometros de la capital, y bastaba tomar un automovil de alquiler en la plaza de la Opera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a traves del suelo siempre que cesaba el traquetear de fusiles y ametralladoras, restableciendose el silencio sobre los desolados campos de muerte. La falta de medios de comunicacion dentro de Paris y la escasez de dinero que trajo para muchos la guerra, me obligaron a abandonar la elegante casita con jardin que ocupaba en las inmediaciones del Bosque de Bolonia, instalandome en un barrio vulgarisimo del centro, en una casa de numerosos habitantes, cuyas paredes y tabiques dejaban pasar los sonidos como si fuesen de carton. La guerra parecia atraernos y aglomerarnos a los habitantes de la ciudad. Nuestra vida tenia algo de campamento. Los ninos jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio: toda clase de ruidos e incomodidades eran tolerados. ?Quien iba a quejarse, como en los tiempos normales, cuando la unica preocupacion era saber si el enemigo habia avanzado o retrocedido, y al cerrar la noche todos mirabamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntandonos si dormiriamos en paz o si las escuadrillas aereas, con sus proyectiles, vendrian a interrumpir nuestro sueno!... En los diversos pisos de mi casa existian cuatro pianos, y todos ellos sonaban desde las primeras horas de la manana hasta despues de medianoche. Las vecinas distraian su aburrimiento o su inquietud con un pianoteo torpe y monotono, pensando en el marido, en el padre o en el novio que estaban en el frente. Ademas, habia que preocuparse del carbon, que era puro barro y no calentaba; del pan de guerra, nocivo para el estomago; de la mala calidad de los viveres, de todas las penalidades de una vida triste, mezquina y sin gloria a espaldas de un ejercito que se bate. Nunca trabaje en peores condiciones. Tuve las manos y el rostro agrietados por el frio; use zapatos y calcetines de combatiente, para sufrir menos los rigores del invierno. Asi escribi Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Reconozco que hoy no podria terminar una novela en aquella menguada habitacion, con tres pianos sobre la cabeza, otro piano bajo los pies, y una ventana al lado dando sobre una calle maloliente, por la carencia de limpieza publica, donde jugaban a gritos docenas de chiquillos faltos de padres, pues estos solo de tarde en tarde podian alcanzar un permiso para volver del frente. Ademas, transitaban por ella sin descanso cantores populares y toda clase de estrepitos, excepcionalmente tolerados. Pero el ambiente heroico de la guerra influia en nosotros, y durante cuatro anos vivimos todos en Paria de un modo que nos asombra ahora al recordarlo. La novela imaginada y escrita en un piso de la rue Rennequin ha dado despues la vuelta a la Tierra, siendo traducida a los idiomas de todos los pueblos civilizados y obteniendo en algunos de estos -los mas importantes y poderosos- un exito que nunca llegue a sospechar.

V. B. I. 1923.


                                         PRIMERA PARTE


                                                 I


                                 EN EL JARDIN DE LA CAPILLA EXPIATORIA        







Debian encontrarse a las cinco de la tarde en el pequeno jardin de la Capilla Expiatoria; pero Julio Desnoyers llego media hora antes, con la impaciencia del enamorado que cree adelantar el momento de la cita presentandose con anticipacion. Al pasar la verja por el bulevar Haussmann, se dio cuenta repentinamente de que en Paria el mes de julio pertenece al verano. El curso de las estaciones era para el en aquellos momentos algo embrollado que exigia calculos. Habian transcurrido cinco meses desde las ultimas entrevistas en este square que ofrece a las parejas errantes el refugio de una calma humeda y funebre junto a un bulevar de continuo movimiento y en las inmediaciones de una gran estacion de ferrocarril. La hora de la cita era siempre las cinco. Julio veia llegar a su amada a la luz de los reverberos, encendidos recientemente, con el bulto envuelto en pieles y llevandose el manguito al rostro lo mismo que un antifaz. La voz dulce, al saludarlo, esparcia su respiracion congelada por el frio: un nimbo de vapor blanco y tenue. Despues de varias entrevistas preparatorias y titubeantes, abandonaron definitivamente el jardin. Su amor habia adquirido la majestuosa importancia dl hecho consumado, y fue a refugiarse de cinco a siete en un quinto piso de la rue de la Pompe, donde tenia Julio su estudio de pintor. Las cortinas bien corridas sobre el ventanal de cristales, la chimenea ardiente esparciendo palpitaciones de purpura como unica luz de la habitacion, el monotono canto del samovar hirviendo junto a las tazas de te, todo el recogimiento de una vida aislada por el dulce egoismo, no les permitio enterarse de que las tardes iban siendo mas largas, de que afuera aun lucia a ratos el sol en el fondo de los pozos de nacar abiertos en las nubes, y que la primavera, una primavera timida y palida, empezaba a mostrar sus dedos verdes en los botones de las ramas, sufriendo las ultimas mordeduras del invierno, negro jabali que volvia sobre sus pasos. Luego, Julio habia hecho un viaje a Buenos Aires, encontrando en el otro hemisferio las ultimas sonrisas del otono y los primeros vientos helados en la Pampa. Y cuando se imaginaba que el invierno era para el la eterna estacion, pues le salia al paso en sus cambios de domicilio de un extremo a otros del planeta, he aqui que se le aparecia inesperadamente el verano en este jardin de barrio. Un enjambre de ninos correteaba y gritaba en las cortas avenidas alrededor del monumento expiatorio. Lo primero que vio Julio al entrar fue un aro que venia rodando hacia sus piernas empujado por una mano infantil. Luego tropezo con una pelota. En torno de los castanos se aglomeraba el publico habitual de los dias calurosos, buscando la sombra azul acribillada de puntos de luz. Eras criadas de las casas proximas que hacian labores o charlaban, siguiendo con mirada indiferente los juegos violentos de los ninos confiados a su vigilancia, burgueses del barrio que descendian al jardin para leer su periodico, haciendose la ilusion de que los rodeaba la paz de los bosques. Todos los bancos estaban llenos. Algunas mujeres ocupaban taburetes plegadizos de lona, con el aplomo que confiere el derecho de propiedad. Las sillas de hierro, asientos sometidos a pago, servian de refugio a varias senoras cargadas de paquetes, burguesas de los alrededores de Paris que esperaban a otros individuos de su familia para tomar el tren en la gare Saint-Lazare... Y Julio habia propuesto en una carta neumatica el encontrarse, como en otros tiempos, en este lugar, por considerarlo poco frecuentado. Y ella, cono no menos olvido de la realidad, fijaba en su respuesta la hora de siempre, las cinco, creyendo que, despues de pasar unos minutos en el Printemps o las Galerias con pretexto de hacer compras, podria deslizarse hasta el jardin solitario, sin riesgos a ser vista por algunos de sus numerosos conocidos. Desnoyers gozo una voluptuosidad casi olvidada -la del movimiento en un vasto espacio- al pasear haciendo crujir bajo sus pies los granos de arena. Durante veinte dias, sus paseos habian sido sobre tablas, siguiendo con el automatismo de un caballo de picadero la vista ovoidal de la cubierta de un buque. Sus plantas, habituadas a un suelo inseguro, guardaban aun sobre la tierra firme cierta sensacion de movilidad elastica. Sus idas y venidas no despertaban la curiosidad de las gentes





sentadas en el paseo. Una preocupacion comun parecia abarcar a todos, hombres y mujeres. Los grupos cruzaban en alta voz sus impresiones. Los que tenian un periodico en la mano veian aproximarse a los vecinos con sonrisa de interrogacion. Habian desaparecido de golpe la desconfianza y el recelo que impulsan a los habitantes de las grandes ciudades a ignorarse mutuamente, midiendose con la vista cual si fuesen enemigos. «Hablan de la guerra -se dijo Desnoyers-. Todo Paris solo habla a estas horas de la posibilidad de la guerra». Fuera del jardin se notaba igualmente la misma ansiedad que hacia a las gentes fraternales e igualitarias. Los vendedores de periodicos pasaban por el bulevar voceando las publicaciones de la tarde. Su carrera furiosa era cortada por las manos avidas de los transeuntes, que se disputaban los papeles. Todo lector se veia rodeado de un grupo que le pedia noticias o intentaba descifrar por encima de sus hombros los gruesos y sensacionales rotulos que encabezaban la hoja. En la rue des Mathurins, al otro lado del square, un corro de trabajadores, bajo el toldo de una taberna, oia los comentarios de un amigo, que acompanaba sus palabras agitando el periodico con ademanes oratorios. El transito en las calles, el movimiento general de la ciudad, era lo mismo que en otros dias; pero a Julio le parecio que los vehiculos iban mas aprisa, que habia en el aire un estremecimiento de fiebre, que las gentes hablaban y sonreian de un modo distinto. Todos parecian conocerse. A el mismo lo miraban las mujeres del jardin como si le hubiesen visto en los dias anteriores. Podia acercarse a ellas y entablar conversacion, sin que experimentasen extraneza. «Hablan de la guerra», volvio a repetirse; pero con la conmiseracion de una inteligencia superior que conoce el porvenir y se halla por encima de las impresiones del vulgo. Sabia a que atenerse. Habia desembarcado a las diez de la noche, aun no hacia veinticuatro horas que pisaba tierra, y su mentalidad era la de un hombre que viene de lejos, a traves de las inmensidades oceanicas, de los horizontes sin obstaculos, y se sorprende viendose asaltado por las preocupaciones que gobiernan a los grandes grupos humanos. Al desembarcar habia estado dos horas en un cafe de Boulogne, contemplando como las familias burguesas pasaban la velada en la monotona placidez de una vida sin peligros. Luego, el tren especial de los viajeros de America le habia conducido a Paris, dejandolo a las cuatro de la madrugada en un anden de la estacion del norte entre los brazos de Pepe Argensola, joven espanol al que llamaba unas veces mi secretario y otras mi escudero, por no saber con certeza que funciones desempenaba cerca de su persona. En realidad era una mezcla de amigo y de parasito, el camarada pobre complaciente y activo que acompanaba al senorito de familia rica en mala inteligencia con sus padres, participando de las alternativas de su fortuna, recogiendo las migajas de los dias prosperos e inventando expedientes para conservar las apariencias en las horas de penuria. -?Que hay de la guerra? -le habia dicho Argensola antes de preguntarle por el resultado de su viaje-. Tu vienes de fuera y debes de saber mucho. Luego se habia dormido en su antigua cama, guardadora de gratos recuerdos, mientras el secretario paseaba por el estudio hablando de Servia, de Rusia y del kaiser. Tambien este muchacho esceptico para todo lo que no estuviese en relacion con su egoismo, parecia contagiado por la preocupacion general. Cuando desperto, la carta de ella citandole para las cinco de la tarde contenia igualmente algunas palabras sobre el temido peligro. A traves de su estilo de enamorada, parecia transpirar la preocupacion de Paris. Al salir en busca del almuerzo, la portera, con pretexto de darle la bienvenida, le habia pedido noticias. Y en el restaurante, en el cafe, en la calle, siempre la guerra..., la posibilidad de una guerra con Alemania... Desnoyers era optimista. ?Que podian significar estas inquietudes para un hombre como el, que acababa de vivir mas de veinte dias entre alemanes, cruzando el Atlantico bajo la bandera del Imperio?






Habia salido de Buenos Aires en un vapor de Hamburgo: el Konig Friedrich August. El mundo estaba en santa tranquilidad cuando el buque se alejo de tierra. Solo en Mexico blancos y mestizos se exterminaban revolucionariamente, para que nadie pudiese creer que el hombre es un animal degenerado por la paz. Los pueblos demostraban en el resto del planeta una cordura extraordinaria. Hasta en el transatlantico, el pequeno mundo de pasajeros de las mas diversas nacionalidades parecia un fragmento de la sociedad futura implantado como ensayo en los tiempos presentes, un boceto del mundo del porvenir, sin fronteras ni antagonismos de razas. Una manana, la musica de abordo que hacia oir todos los domingos el Coral, de Lutero, desperto a los durmientes de los camarotes de primera clase con la mas inaudita de las alboradas. Desnoyers se froto los ojos creyendo vivir aun en las alucinaciones del sueno. Los cobres alemanes rugian la Marsellesa, por los pasillos y las cubiertas. El camarero, sonriendo ante su asombro, acabo por explicar el acontecimiento: «Catorce de Julio». En los vapores alemanes se celebran como propias las grandes fiestas de todas las naciones que proporcionan carga y pasajeros. Sus capitanes cuidan escrupulosamente de cumplir los ritos de esta religion de la bandera y del recuerdo historico. La mas insignificante Republica ve empavesado el buque en su honor. Es una diversion mas, que ayuda a combatir la monotonia del viaje y sirve a los altos fines de la propaganda germanica. Por primera vez la gran fecha de Francia era festejada en un buque aleman; y mientras los musicos seguian paseando por los diversos pisos, una Marsellesa galopante, sudorosa y con el pelo suelto, los grupos matinales comentaban el suceso. -?Que finura! -decian las damas sudamericanas-. Estos alemanes no son tan ordinarios como parecen. Es una atencion... algo muy distinguido. ?Y aun hay quien cree que ellos y Francia van a golpearse?... Los contadisimos franceses que viajaban en el buque se veian admirados, como si hubiesen crecido desmesuradamente ante la publica consideracion. Eran tres nada mas: un joyero viejo que venia de visitar sus sucursales de America, y dos muchachas comisionistas de la rue de la Paix, las personas mas modositas y timidas de a bordo, vestales de ojos alegres y nariz respingada, que se mantenian aparte, sin permitirse la menor expansion en este ambiente poco grato. Por la noche hubo banquete de gala. En el fondo del comedor, la bandera francesa y la del Imperio formaban un vistoso y disparatado cortinaje. Todos los pasajeros alemanes iban de frac y sus damas exhibian las blancuras de sus escotes. Los uniformes de los sirvientes brillaban como en un dia de gran revista. A los postres sono el repiqueteo de un cuchillo sobre un vaso, y se hizo el silencio. El comandante iba a hablar. Y el bravo marino, que unia a sus funciones nauticas la obligacion de hacer arengas en los banquetes y abrir los bailes con la dama de mayor respeto, empezo el desarrollo de un rosario de palabras semejantes a frotamientos de tabletas, con largos intervalos de vacilante silencio. Desnoyers sabia un poco de aleman, como recuerdo de sus relaciones con los parientes que tenia en Berlin, y pudo atrapara algunas palabras. Repetia el comandante a cada momento paz y amigos. Un vecino de mesa, comisionista de comercio, se ofrecio como interprete, con la obsequiosidad del que vive de la propaganda. -El comandante pide a Dios que mantenga la paz entre Alemania y Francia y espera que cada vez seran mas amigos los dos pueblos. Otro orador se levanto en la misma mesa que ocupaba el marino. Era el mas respetado de los pasajeros alemanes, un rico industrial de Dusseldorf que venia de visitar a sus corresponsales de America. Nunca lo designaban por su nombre. Tenia el titulo de consejero de Comercio, y para sus compatriotas era Herr Comerzienrath, asi como su esposa se hacia dar el titulo de Frau Rath. La senora consejera, mucho mas joven que su importante esposo, habia atraido desde el principio del viaje la atencion de Desnoyers. Ella, por su parte, hizo una excepcion en favor de este joven argentino, abdicando su titulo desde las primeras palabras.






«Me llamo Berta», dijo dengosamente, como una duquesa de Versalles a un lindo abate sentado a sus pies. El marido tambien protesto al oir que Desnoyers le llamaba consejero, como sus compatriotas. «Mis amigos me llaman capitan. Yo mando una compania de la Landsturm». Y el gesto con que el industrial acompano estas palabras revelaba la melancolia de un hombre no comprendido menospreciando los honores que goza para pensar unicamente en lo que posee. Mientras pronunciaba el discurso, Julio examino su pequena cabeza y su robusto pescuezo, que le daban cierta semejanza con un perro de pelea. Imaginariamente veia el alto y opresor cuello del uniforme haciendo surgir sobre sus bordes un doble bullon de grasa roja. Los bigotes enhiestos y engomados tomaban un avance agresivo. Su voz era cortante y seca, como si sacudiese las palabras... Asi debia de lanzar el emperador sus arengas. Y el burgues belicoso, con instintiva simulacion, encogia el brazo izquierdo, apoyando la mano en la empunadura de un sable invisible. A pesar de su gesto fiero y su oratoria de mando, todos los oyentes alemanes rieron estrepitosamente a las primeras palabras, como hombres que saben apreciar el sacrificio de un Herr Comerzienrath cuando se digna divertir una reunion. -Dice cosas muy graciosas de los franceses -apunto el interprete en voz baja-. Pero no son ofensivas. Julio habia adivinado algo de esto al oir repetidas veces la palabra franzosen. Se daba cuenta aproximadamente de lo que decia el orador: «franzosen, ninos grandes, alegres, graciosos, imprevisores. ?Las cosas que podrian hacer juntos los alemanes y ellos, si olvidasen los rencores del pasado!» Los oyentes germanos ya no reian. El consejero renunciaba a su ironia, una ironia grandiosa, aplastante, de muchas toneladas de peso, enorme como el buque. Ahora desarrollaba la parte seria de su arenga, y el mismo comisionista parecia conmovido. -Dice, senor -continuo-, que desea que Francia sea muy grande y que algun dia marchemos juntos contra otros enemigos..., ?contra otros! Y guinaba un ojo sonriendo maliciosamente, con la misma sonrisa de comun inteligencia que despertaba en todos esta alusion al misterioso enemigo. Al final, el capitan consejero levanto su copa por Francia. Hoch!, grito como si mandase una revolucion a sus soldados de la reserva. Por tres veces dio el grito, y toda la masa germanica puesta en pie, contesto con un Hoch! Semejante a un rugido, mientras la musica instalada en el antecomedor rompia a tocar la Marsellesa. Desnoyers se conmovio. Un escalofrio de entusiasmo subia por su espalda. Se le humedecieron los ojos, y al beberse el champana creyo haber tragado algunas lagrimas. El llevaba un nombre frances, tenia sangre francesa, y lo que hacian aquellos gringos -que las mas de las veces le parecian ridiculos y ordinarios- era digno de agradecimiento. ?Los subditos del kaiser festejando la gran fecha de la Revolucion!... Creyo estar asistiendo a un gran suceso historico. -?Muy bien! -dijo a otros sudamericanos que ocupaban las mesas inmediatas-. Hay que reconocer que han estado muy gentiles. Luego, con la vehemencia de sus veintiseis anos, acometio en el antecomedor al joyero, echandole en cara su mutismo. Era el unico ciudadano de Francia que iba a bordo. Debia haber dicho cuatro palabras de agradecimiento. La fiesta terminaba mal por su culpa. -?Y por que no hablo usted, que es hijo de frances? -dijo el otro-. -Yo soy un ciudadano argentino -contesto Julio-. Y se alejo del joyero, mientras este, pensando que podia haber hablado, daba explicaciones a los que le rodeaban. Era muy peligroso mezclarse en asuntos diplomaticos. Ademas, el no tenia instrucciones de su Gobierno. Y por unas cuantas horas se creyo un hombre que habia estado a punto de desempenar un gran papel en la Historia. Pasaba Desnoyers el resto de la noche en el fumadero, atraido por la presencia de la






senora consejera. El capitan de la Landstrum, avanzando un enorme cigarro entre sus bigotes, jugaba al poquer con otros compatriotas que le seguian en orden de dignidades y riquezas. Su companera se mantenia al lado suyo gran parte de la velada, presenciando el ir y venir de los camareros cargados de bocks, sin atreverse a intervenir en este consumo enorme de cerveza. Su preocupacion era guardar un asiento vacio junto a ella para que lo ocupase Desnoyers. Le tenia por el hombre mas distinguido de a bordo porque tomaba champana en todas las comidas. Era de mediana estatura, moreno, con un pie breve -que la obligaba a ella a recoger los suyos debajo de las faldas-, y su frente aparecia como un triangulo bajo dos crenchas de pelo lisas, negras, lustrosas cual planchas de laca. El tipo opuesto de los hombres que la rodeaban. Ademas, vivia en Paris, en la ciudad que ella no habia visto nunca, despues de numerosos viajes por ambos hemisferios. -?Oh Paris! ?Paris! -decia abriendo los ojos y frunciendo los labios para expresar su admiracion cuando hablaba a solas con el argentino-. ?Como me gustaria ir a el! Y para que le contase las cosas de Paris se permitia ciertas confidencias sobre los placeres de Berlin, pero con ruborosa modestia, admitiendo por adelantado que en el mundo hay mas, mucho mas, y que ella deseaba conocerlo. Julio, al pasear ahora en torno de la Capilla Expiatoria, se acordaba con cierto remordimiento de la esposa del consejero Erckmann. ?El, que habia hecho el viaje a America por una mujer para reunir dinero y casarse con ella!... Pero en seguida encontraba excusas a su conducta. Nadie iba a saber lo ocurrido. Ademas, el no era un asceta, y Berta Erkmann representaba una amistad tentadora en medio del mar. Al recordarla, veia imaginariamente un caballo de carreras grande, enjuto, rubio y de largas zancadas. Era una alemana a la moderna, que no reconocia otro defecto a su pais que la pesadez de sus mujeres, combatiendo en su persona este peligro nacional con toda clase de metodos alimenticios. La comida era para ella un tormento, y el desfile de los bocks en el fumadero un suplicio tantalesco. La esbeltez conseguida y mantenida por esta tension de la voluntad dejaba mas visible la robustez de su andamiaje, el fuerte esqueleto, con mandibulas poderosas y unos dientes grandes, sanos, deslumbradores, que tal vez daban origen a la comparacion irreverente de Desnoyers. «Es delgada, y sin embargo, enorme», decia al examinarla. Pero a continuacion la declaraba igualmente la mujer mas distinguida a bordo; distinguida para el Oceano, elegante a estilo de Munich, con vestidos de colores indefinibles que hacian recordar el arte persa y las vinetas de los manuscritos medievales. El Marido admiraba la elegancia de Berta, lamentando en secreto su esterilidad casi como un delito de alta traicion. La patria alemana era grandiosa por la fecundidad de sus mujeres. El kaiser, con sus hiperboles de artista, habia hecho constar que la verdadera belleza alemana debe tener el talle a partir de un metro cincuenta. Cuando entro Desnoyers en el fumadero para ocupar el asiento que le reservaba la consejera, el marido y sus opulentos camaradas tenian la baraja inactiva sobre el verde tapete. Herr Rath continuaba entre amigos su discurso, y los oyentes se sacaban el cigarro de los labios para lanzar grunidos de aprobacion. La presencia de Julio provoco una sonrisa de general amabilidad. Era Francia que venia a fraternizar con ellos. Sabian que su padre era frances, y esto bastaba para que lo acogiesen como si llegase en linea recta del palacio del Quai d'Orsay, representando a la mas alta diplomacia de la Republica. El afan de proselitismo hizo que todos ellos le concediesen de pronto una importancia desmesurada. -Nosotros -continuo el consejero, mirando fijamente a Desnoyers como si esperase de el una declaracion solemne- deseamos vivir en buena amistad con Francia. El joven Julio aprobo con la cabeza, para no mostrarse desatento. Le parecia muy bien que las gentes no fuesen enemigas. Por el podia afirmarse esta amistad cuanto quisieran. Lo unico que le interesaba en aquellos momentos era cierta rodilla que buscaba la suya por debajo de la mesa, transmitiendole su dulce calor a traves de un doble telon de sedas.






-Pero Francia -siguio quejumbrosamente el industrial- se muestra arisca con nosotros. Hace anos que nuestro emperador le tiende la mano con noble lealtad, y ella finge no verla... Esto reconocera usted que no es correcto. Aqui Desnoyers creyo que debia decir algo, para que el orador no adivinase sus verdaderas preocupaciones. -Tal vez no hacen ustedes bastante. ?Si ustedes devolviesen, ante todo, lo que le quitaron!... Se hizo un silencio de estupefaccion, como si hubiese sonado en el buque la senal de alarma. Algunos de los que se llevaban el cigarro a los labios quedaron con la mano inmovil a dos dedos de la boca, abriendo los ojos desmesuradamente. Pero alli estaba el capitan de la Landnstrum para dar forma su muda protesta. -?Devolver! - dijo con una voz que parecia ensordecida por el repentino hinchamiento de su cuello-. Nosotros no tenemos por que devolver nada, ya que nada hemos quitado. Lo que poseemos lo ganamos con nuestro heroismo. La oculta rodilla se hizo mas insinuante, como si aconsejase prudencia al joven con sus dulces frotamientos. -No diga usted esas cosas -suspiro Berta-. Eso solo lo dicen los republicanos corrompidos de Paris. ?Un joven tan distinguido, que ha estado en Berlin y tiene parientes en Alemania!... Como Desnoyers ante toda afirmacion hecha con tono altivo sentia un impulso hereditario de agresividad, dijo friamente: -Es como si le quitase a usted el reloj y luego le propusiera que fuesemos amigos, olvidando lo ocurrido. Aunque usted pudiera olvidar, lo primero seria que yo le devolviese el reloj. Quiso responder tantas cosas a la vez el consejero Erckmann, que balbucio, saltando de una idea a otra: -?Comparar la reconquista de Alsacia a un robo!... ?Una tierra alemana!... La raza..., la lengua..., la historia... -Pero ?donde consta su voluntad de ser alemana? -pregunto el joven sin perder la calma-. ?Cuando han consultado ustedes su opinion? Quedo indeciso el consejero, como si dudase entre caer sobre el insolente o aplastarlo con su desprecio. -Joven, usted no sabe lo que dice -afirmo con majestad-. Usted es argentino y no entiende las cosas de Europa. Y los demas asintieron, despojandolo repentinamente de la ciudadania que le habian atribuido poco antes. El consejero, con una rudeza militar, le habia vuelto la espalda, y tomando la baraja, distribuia cartas. Se reanudo la partida. Desnoyers, viendose aislado por este menosprecio silencioso, sintio deseos de interrumpir el juego con una violencia. Pero la oculta rodilla seguia aconsejandole la calma y una mano no menos invisible busco su diestra, oprimiendola dulcemente. Esto basto para que recobrase la serenidad. La senora consejera seguia con ojos fijos la marcha del juego. El miro tambien, y una sonrisa maligna contrajo levemente los extremos de su boca, al mismo tiempo que se decia mentalmente, a guisa de consuelo: «?Capitan, capitan!... No sabes lo que te espera». Estando en tierra firme no se habria acercado mas a estos hombres; pero la vida en un transatlantico, con su inevitable promiscuidad, obliga al olvido. Al otro dia, el consejero y sus amigos fueron en busca de el, extremando sus amabilidades par borrar todo recurso enojoso. Era un joven distinguido, pertenecia a una familia rica y todos ellos poseian en su pais tiendas y otros negocios. De lo unico que cuidaron fue de no mencionar mas su origen frances. Era argentino, y todos a coro se interesaban por la grandeza de su nacion y de todas las naciones de la America del Sur, donde tenian corresponsales y empresas, exagerando su importancia como si fuesen grandes potencias, comentando con gravedad los hechos los hechos y palabras de sus personajes politicos, dando a entender que en Alemania no habia quien no se preocupase de su porvenir, prediciendo a todas ellas una gloria futura,






reflejo de la del Imperio, siempre que se mantuviesen bajo la influencia germanica. A pesar de estos halagos, Desnoyers no se presento con la misma asiduidad que antes a la hora del poquer. La consejera se retiraba a su camarote mas pronto que de costumbre. La proximidad de la linea equinoccial le proporcionaba un sueno irresistible, abandonando a su esposo, que seguia con los naipes en la mano. Julio, por su parte, tenia misteriosas ocupaciones que solo le permitian subir a cubierta despues de medianoche. Con la precipitacion de un hombre que desea ser visto para evitar sospechas, entraba en el fumadero hablando alto y venia a sentarse junto al marido y sus camaradas. La partida habia terminado, y un derroche de cerveza y gruesos cigarros de Hamburgo servia para festejar el exito de los gananciosos. Era la hora de las expansiones germanicas, de la intimidad entre hombres, de las bromas lentas y pesadas, de los cuentos subidos de color. El consejero presidia con toda su grandeza estas diabluras de los puertos anseaticos, que gozaban de grandes creditos en el Deutsch Bank, o tenderos instalados en las republicas del Plata, con una familia innumerable. El era un guerrero, un capitan, y al celebrar cada chiste lento con una sonrisa que hinchaba su robusta cerviz, creia estar en el vivac entre sus companeros de armas. En honor de los sudamericanos, que, cansados de pasear por la cubierta, entraban a oir lo que decian los gringos, los cuentistas vertian al espanol las gracias y los relatos licenciosos despertados en su memoria por la cerveza abundante. Julio admiraba la risa facil de que estaban dotados todos estos hombres. Mientras los extranjeros permanecian impasibles, ellos reian con sonoras carcajadas, echandose atras en sus asientos. Y cuando el auditorio aleman permanecia frio, el cuentista apelaba a un recurso infalible para remediar su falta de exito. -A kaiser le contaron este cuento, y cuando kaiser lo oyo, kaiser rio mucho. No necesitaba decir mas. Todos reian, «?ja, ja, ja!» con una carcajada espontanea pero breve; una risa en tres golpes, pues el prolongarla podia interpretarse como una falta de respeto a la majestad. Cerca de Europa, una oleada de noticias salio al encuentro del buque. Los empleados del telegrafo sin hilos trabajaban incesantemente. Una noche, al entrar Desnoyers en el fumadero, vio a los notables germanicos manoteando y con los rostros animados. No bebian cerveza; habian hecho destapar botellas de champana aleman, y la frau consejera impresionada, sin duda, por los acontecimientos, se abstenia de bajar a su camarote. El capitan Erckmann, al ver al joven argentino, le ofrecio una copa. -Es la guerra -dijo con entusiasmo-, la guerra que llega... ?Ya era hora! Desnoyers hizo un gesto de asombro. ?La guerra!... ?Que guerra era esa?... Habia leido, como todos, en la tablilla de anuncios del antecomedor, un radiograma dando cuenta de que el Gobierno austriaco acababa de enviar un ultimatum a Servia, sin que esto le produjese la menor emocion. Menospreciaba las cuestiones de los Balcanes. Eran querellas de pueblos piojosos, que acaparaban la atencion del mundo; distrayendole de empresas mas serias. ?Como podia interesar este suceso al belicoso consejero? Las dos naciones acabarian por entenderse. La diplomacia sirve algunas veces para algo. -No -insistio ferozmente el aleman-; es la guerra, la bendita guerra. Rusia sostendra a Servia, y nosotros apoyaremos a nuestra aliada... ?Que hara Francia? ?Usted sabe lo que hara Francia?... Julio levanto los hombros con mal humor, como pidiendo que le dejasen en paz. -Es la guerra -continuo el consejero-, la guerra preventiva que necesitamos. Rusia crece demasiado aprisa y se prepara contra nosotros. Cuatro anos mas de paz, y habra terminado sus ferrocarriles estrategicos y su fuerza militar, unida a la de sus aliados, valdra tanto como la nuestra. Mejor es darle ahora un buen golpe. Hay que aprovechar la ocasion... La guerra. ?La guerra preventiva! Todo su clan le escuchaba en silencio. Algunos no parecian sentir el contagio de su entusiasmo. ?La guerra!... Con la imaginacion veian los negocios paralizados, los






corresponsales en quiebra, los Bancos cortando los creditos..., una catastrofe mas pavorosa para ellos que las matanzas de las batallas. Pero aprobaban con grunidos y movimientos de cabeza las feroces declamaciones de Erckmann. Era un Herr Rath, y, ademas, un oficial. Debia de estar en el secreto de los destinos de su patria, y esto bastaba para que bebiesen en silencio por el exito de la guerra. El joven creyo que el consejero y sus admiradores estaban borrachos. «Fijese, capitan -dijo con tono conciliador-; eso que usted dice tal vez carece de logica». ?Como podia convenir una guerra a la industriosa Alemania? Por momentos iba ensanchando su accion: cada vez conquistaba un mercado nuevo; todos los anos su balance comercial aparecia aumentado en proporciones inauditas. Sesenta anos antes tenia que tripular sus escasos buques con los cocheros de Berlin castigados por la Policia. Ahora, sus flotas comerciales y de guerra surcaban todos los Oceanos y no habia puerto donde la mercancia germanica no ocupase la parte mas considerable de los muelles. Solo necesitaba seguir viviendo de este modo, mantenerse alejada de las aventuras guerreras. Veinte anos mas de paz, y los alemanes serian los duenos de los mercados del mundo, venciendo a Inglaterra, su maestra de ayer, en esta lucha sin sangre. ?Y todo esto iban a exponerlo -como el que juega su fortuna entera a una carta- en una lucha que podia serles desfavorable?... -No. ?La guerra -insistio rabiosamente el consejero-, la guerra preventiva! Vivimos rodeados de enemigos, y esto no puede continuar. Es mejor que terminemos de una vez. ?O ellos o nosotros! Alemania se siente con fuerzas para desafiar al mundo. Debemos poner fin a la amenaza rusa. Y si Francia no se mantiene quietecita, ?peor para ella!... Y si alguien mas... ?alguien!, se atreve a intervenir en contra nuestra, ?peor para ella! Cuando yo monto en mis talleres una maquina nueva, es para hacerla producir y que no descanse. Nosotros poseemos el primer Ejercito del mundo, y hay que ponerlo en movimiento para que no se oxide. Luego anadio con pesada ironia: -Han establecido un circulo de hierro en torno de nosotros para ahogarnos. Pero Alemania tiene los pechos muy robustos, y le basta hincharlos para romper el corse. Hay que despertar antes que nos veamos maniatados mientras dormimos. ?Ay del que encontremos enfrente de nosotros!... Desnoyers sintio la necesidad de contestar a estas arrogancias. El no habia visto nunca el circulo de hierro de que se quejaban los alemanes. Lo unico que hacian las naciones era no seguir viviendo confiadas ni inactivas ante la desmesurada ambicion germanica. Se preparaban simplemente para defenderse de una agresion casi segura. Querian sostener su dignidad, atropellada a todas horas por las mas inauditas pretensiones. -?No seran los otros pueblos -pregunto- los que se ven obligados a defenderse, y ustedes los que representan un peligro para el mundo? Una mano invisible busco la suya por debajo de la mesa, como algunas noches antes, para recomendarle prudencia. Pero ahora apretaba fuerte, con la autoridad que confiere el derecho adquirido. -?Oh senor! -suspiro la dulce Berta-. ?Decir esas cosas un joven tan distinguido y que tiene...! No pudo continuar, pues su esposo le corto la palabra. Ya no estaban en los mares de America, y el consejero se expreso con la rudeza de un dueno de casa. -Tuve el honor de manifestarle, joven -dijo, imitando la cortante frialdad de los diplomaticos-, que usted no es mas que un sudamericano, e ignora las cosas de Europa. No le llamo indio; pero Julio oyo interiormente la palabra lo mismo que si el aleman la hubiese proferido. ?Ay, si la garra oculta y suave no le tuviese sujeto con sus crispaciones de emocion!... Pero este contacto mantuvo su calma y hasta le hizo sonreir. «?Gracias, capitan! -dijo mentalmente-. Es lo menos que puedes hacer para cobrarte».






Y aqui terminaron sus relaciones con el consejero y su grupo. Los comerciantes, al verse cada vez mas proximos a su patria, se iban despojando del servil deseo de agradar que les acompanaba en sus viajes al Nuevo Mundo. Tenian, ademas, graves cosas de que ocuparse. El servicio telegrafico funcionaba sin descanso. El comandante del buque conferenciaba en su camarote con el consejero, por ser el compatriota de mayor importancia. Sus amigos buscaban los lugares mas ocultos para hablar entre ellos. Hasta Berta empezo a huir de Desnoyers. Le sonreia aun de lejos: pero su sonrisa iba dirigida mas los recuerdos que a la realidad presente. Entre Lisboa y las costas de Inglaterra hablo Julio por ultima vez con el marido. Todas las mananas aparecian en la tablilla del antecomedor noticias alarmantes transmitidas por los aparatos radiograficos. El Imperio se estaba armando contra sus enemigos. Dios los castigaria, haciendo caer sobre ellos toda clase de desgracias. Desnoyers quedo estupefacto de asombro ante la ultima noticia. «Trescientos mil revolucionarios sitian a Paris en este momento. Los barrios exteriores empiezan a arder. Se reproducen los horrores de la Commune». -Pero ?estos alemanes se han vuelto locos! -grito el joven ante el radiograma, rodeado de un grupo de curiosos, tan asombrados como el-. Vamos a perder el poco sentido que nos queda... ?Que revolucionarios son esos? ?Que revolucion puede estallar en Paris si los hombres del Gobierno no son reaccionarios? Una voz se levo detras de el, ruda, autoritaria, como si pretendiese cortar las dudas del auditorio. Era el Herr consejero el que hablaba. -Joven, esas noticias las envian las primeras agencias de Alemania... Y Alemania no miente nunca. Luego de esta afirmacion le volvio la espalda, y ya no se vieron mas. En la madrugada siguiente -ultimo dia del viaje-, el camarero de Desnoyers lo desperto con apresuramiento. «Herr, suba a cubierta: lindo espectaculo». El mar estaba velado por la niebla; pero entre los brumosos telones se marcaban unas siluetas semejantes a islas con robustas torres y agudos minaretes. Las islas avanzaban sobre el agua aceitosa lenta y majestuosamente, con pesadez sombria. Julio conto hasta dieciocho. Parecian llenar el Oceano. Era la escuadra de la Mancha, que acababa de salir de las costas de Inglaterra por orden del Gobierno, navegando sin otro fin que el de hacer constar su fuerza. Por primera vez viendo entre la bruma este desfile de dreadnoughts, que evocaban la imagen de un rebano de monstruos marinos de la Prehistoria, se dio cuenta exacta Desnoyers del poderio britanico. El buque aleman paso entre ellos empequenecido, humillado, acelerando su marcha. «Cualquiera diria -penso el joven- que tiene la conciencia inquieta y desea ponerse a salvo». Cerca de el, un pasajero sudamericano bromeaba con un aleman. «?Si la guerra se hubiese declarado ya entre ellos y ustedes!... ?Si nos hiciesen prisioneros!» Despues de mediodia entraron en la rada de Southampton. El Friedrich August mostro prisa en salir cuanto antes. Las operaciones se hicieron con vertiginosa rapidez. La carga fue enorme: carga de personal y de equipajes. Dos vapores llenos abordaron al transatlantico. Una avalancha de alemanes residentes en Inglaterra invadio las cubiertas con la alegria del que pisa suelo amigo, deseando verse cuanto antes en Hamburgo. Luego el buque avanzo por el canal con una rapidez desusada en estos parajes. La gente, asomada a las bordas, comentaba los extraordinarios encuentros en este bulevar maritimo, frecuentado ordinariamente por buques de paz. Unos humos en el horizonte eran los de la escuadra francesa llevando al presidente Poincare, que volvia de Rusia. La alarma europea habia interrumpido su viaje. Luego vieron mas barcos ingleses que rondaban ante sus costas como perros agresivos y vigilantes. Dos acorazados de la America del Norte se dieron a conocer por sus mastiles en forma de cestos. Despues paso a todo vapor, con rumbo al Baltico, un navio rudo, blanco y lustroso desde las cofas a la linea de flotacion. «?Mal! -clamaban los






viajeros procedentes de America-. ?Muy mal! Parece que esta vez va la cosa en serio». Y miraban con inquietud las costas cercanas a un lado y a otro. Ofrecian el aspecto de siempre; pero detras de ellas se estaba preparando tal vez un nuevo periodo de la Historia. El transatlantico debia llegar a Boulogne a medianoche, aguardando hasta el amanecer para que desembarcasen comodamente los viajeros. Sin embargo, llego a las diez, echo el ancla lejos del puerto, y el comandante dio ordenes para que el desembarco se hiciese en menos de media hora. Para esto habian acelerado la marcha, derrochando carbon. Necesitaba alejarse cuanto antes, en busca del refugio de Hamburgo. Por algo funcionaban los aparatos radiograficos. A la luz de los focos azules, que esparcian sobre el mar una claridad livida, empezo el transbordo de pasajeros y equipajes con destino a Paris desde el transatlantico a los remolcadores. «?Aprisa! ?Aprisa!» Los marineros empujaban a las senoras de paso tardo, que recontaban sus maletas, creyendo haber pedido alguna. Los camareros cargaban con los ninos como si fuesen paquetes. La precipitacion general hacia desaparecer la exagerada y untuosa amabilidad germanica. «Son como lacayos -penso entonces Desnoyers-. Creen proxima la hora del triunfo y no consideran necesario seguir fingiendo...» Se vio sobre un remolcador que danzaba sobre las ondulaciones del mar, frente al muro negro e inmovil del transatlantico, acribillado de redondeles luminosos y con los balconajes de las cubiertas repletos de gente que saludaba agitando panuelos. Julio reconocio a Berta, que movia una mano, pero sin verlo, sin saber en que remolcador estaba, por una necesidad de manifestar su agradecimiento a los dulces recuerdos que se iban a perder en el misterio del mar y de la noche. «?Adios, consejera!» Empezo a agrandarse la distancia entre el transatlantico y los remolcadores que navegaban hacia la boca del puerto. Como si hubiese aguardado este momento de impunidad, una voz estentorea surgio de la ultima cubierta entre ruidosas carcajadas. «?Hasta luego! ?Pronto nos veremos en Paris!» Y la banda de musica, la misma banda que trece dias antes habia asombrado a Desnoyers con su inesperada Marsellesa, rompio a tocar una marcha guerrera del tiempo de Federico el Grande, una marcha de granaderos con acompanamiento de trompetas. Asi se perdio en la sombra, con la precipitacion de la fuga y la insolencia de una venganza proxima, el ultimo transatlantico aleman que toco en las costas francesas. Esto habia sido en la noche anterior. Aun no iban transcurridas veinticuatro horas, pero Desnoyers lo consideraba como un suceso lejano, de vagarosa realidad. Su pensamiento, dispuesto siempre a la contradiccion, no participaba de la alarma general. Las arrogancias del consejero le parecian ahora baladronadas de un burgues metido a soldado. Las inquietudes de la gente de Paris eran estremecimientos nerviosos de un pueblo que vive placidamente y se alarma apenas vislumbra un peligro para su bienestar. ?Tantas veces habian hablado de una guerra inmediata, solucionandose el conflicto en ultimo instante!... Ademas, el no queria que hubiese guerra, porque la guerra trastornaba sus planes de vida futura, y el hombre acepta como logico y razonable todo lo que conviene a su egoismo, colocandolo por encima de la realidad. «No, no habra guerra -repitio mientras paseaba por el jardin-. Estas gentes parecen locas. ?Como puede surgir una guerra en estos tiempos?...» Y despues de aplastar sus dudas, que renacian indudablemente al poco rato, penso en lo que le interesaba por el momento, consultando su reloj. Las cinco. Ella iba a llegar de un instante a otro. Creyo reconocerla de lejos en una senora que atravesaba la verja por la entrada de la rue Pasquier. Le parecia algo distinta, pero se le ocurrio que las modas veraniegas podia haber cambiado el aspecto de su persona. Antes que se aproximase pudo convencerse de su error. No iba sola: otra senora se unio a ella. Eran tal vez inglesas o norteamericanas, de las que rinden un culto romantico a la memoria de Maria Antonieta. Deseaban visitar la Capilla






Expiatoria, antigua tumba de la reina ejecutada. Julio las vio como subian los peldanos, atravesando el patio interior, en cuyo suelo estan enterrados ochocientos suizos muertos en la jornada del 10 de agosto, con otras victimas de la colera revolucionaria. Desalentado por esta decepcion, siguio paseando. Su mal humor le hizo ver considerablemente agrandada la fealdad del monumento con que la restauracion borbonica habia adornado el antiguo cementerio de la Magdalena. Pasaba el tiempo sin que ella llegase. En cada una de sus vueltas miraba con avidez hacia las entradas del jardin. Y ocurrio lo que en todas sus entrevistas. Ella se presento de pronto, como si cayese de lo alto o surgiera del suelo lo mismo que una aparicion. Una tos, un leve ruido de pasos, y, al volverse Julio Casi choco con la que llegaba. -?Margarita! ?Oh Margarita!... Era ella, y, sin embargo, tardo en reconocerla. Experimentaba cierta extraneza al ver en plena realidad este rostro que habia ocupado su imaginacion durante tres meses, haciendose cada vez mas espiritual e impreciso con el idealismo de la ausencia. Pero la duda fue de breves instantes. A continuacion le parecio que el tiempo y el espacio quedaban suprimidos, que el no habia hecho ningun viaje y solo iban transcurridas una horas desde su ultima entrevista. Adivino Margarita la expansion que iba a surgir en las exclamaciones de Julio, el apreton vehemente de manos, tal vez algo mas, y se mostro fria y serena. -No; aqui, no -dijo con un mohin de contrariedad- ?Que idea habernos citado en este sitio! Fueron a sentarse en las sillas de hierro, al amparo de un grupo de plantas; pero ella se levanto inmediatamente. Podian verla los que transitaban por el bulevar con solo que volviesen los ojos hacia el jardin. A estas horas, muchas amigas suyas debian de andar por las inmediaciones, a causa de la proximidad de los grandes almacenes... Buscaron el refugio de una esquina del monumento, metiendose entre este y la rue des Mathurins. Desnoyers coloco dos sillas junto a un macizo de vegetacion, y al sentarse quedaron invisibles para los que transitaban por el otro lado de la verja. Pero ninguna soledad. A pocos pasos de ellos, un senor grueso y miope leia su periodico, un grupo de mujeres charlaba y hacia labores. Una senora con peluca roja y dos perros -alguna vecina que bajaba al jardin para dar aire a sus acompanantes- paso varias veces ante la amorosa pareja, sonriendo discretamente. -?Que fastidio! -gimio Margarita-. ?Que mala idea haber venido a este lugar! Se miraban los dos atentamente, como si quisieran darse exacta cuenta de las transformaciones operadas por el tiempo. -Estas mas moreno -dijo ella-. Pareces un hombre de mar. Julio la encontraba mas hermosa que antes, reconociendo que bien valia su posesion las contrariedades que habian originado su viaje a America. Era mas alta que el, de una esbeltez elegante y armoniosa. «Tiene el paso musical», decia Desnoyers al evocar su imagen. Y lo primero que admiro al volverla a ver fue el ritmo suelto, jugueton y gracioso con que marchaba por el jardin buscando nuevo asiento. Su rostro no era de trazos regulares, pero tenia una gracia picante: un verdadero rostro de parisiense. Todo cuanto han podido inventar las artes de embellecimiento femenil se reunia en su persona, sometida a los mas exquisitos cuidados. Habia vivido siempre para ella. Solo desde algunos meses antes abdico en parte este dulcisimo egoismo, sacrificando reuniones, tes y visitas, para dedicar a Desnoyers las horas de la tarde. Elegante y pintada como una muneca de gran precio, teniendo por suprema aspiracion el ser un maniqui que realzase con su gracia corporal las invenciones de los modistos, habia acabado por sentir las mismas preocupaciones y alegrias de las otras mujeres, creandose una vida interior. El nucleo de esta nueva vida, que permanecia oculta bajo su antigua frivolidad fue Desnoyers. Luego, cuando se imaginaba haber organizado su existencia definitivamente -las satisfacciones de la elegancia para el mundo y las dichas del amor en intimo secreto-, una catastrofe fulminante, la intervencion del marido, cuya






presencia parecia haber olvidado, trastorno su inconsciente felicidad. Ella, que se creia el centro del Universo, imaginando que los sucesos debian rodar con arreglo a sus deseos y gustos, sufrio la cruel sorpresa con mas asombro que dolor. -Y tu ?como te encuentras? -siguio diciendo Margarita. Para que Julio no se equivocase al contestarle, miro su amplia falda, anadiendo: -Te advierto que ha cambiado la moda. Termino la falda entravee. Ahora empieza a llevarse corta y con mucho vuelo. Desnoyers tuvo que ocuparse del vestido con tanto apasionamiento como de ella, mezclando las apreciaciones sobre la reciente moda y los elogios a la belleza de Margarita. -?has pensado mucho en mi? -continuo. ?No me has enganado una sola vez? ?Ni una siquiera?... Di la verdad: mira que yo conozco bien cuando mientes. -Siempre ha pensado en ti -dijo el, llevandose una mano al corazon como si jurase ante un juez. Y lo dijo rotundamente, con un acento de verdad, pues en sus infidelidades -que ahora estaban completamente olvidadas- le habia acompanado el recuerdo de Margarita. -Pero ?hablemos de ti! -anadio Julio-. ?Que es lo que has hecho en este tiempo? Habia aproximado su silla a la de ella todo lo posible. Sus rodillas estaban en contacto. Tomaba una de sus manos, acariciandola, introduciendo un dedo por la abertura del guante. ?Aquel maldito jardin, que no permitia mayores intimidades y los obligaba a hablar en voz baja despues de tres meses de ausencia!... A pesar de su discrecion, el senor que leia el periodico levanto la cabeza para mirarlos irritado por encima de sus gafas, como si una mosca le distrajera con sus zumbidos... ?Venir a hablar tonterias de amor en un jardin publico, cuando toda Europa estaba amenazada de una catastrofe! Margarita, repeliendo la mano audaz, hablo tranquilamente de su existencia durante los ultimos meses. -He entretenido mi vida como he podido, aburriendome mucho. Ya sabes que me fui a vivir con mama, y mama es una senora a la antigua, que no comprende nuestros gustos. He ido al teatro con mi hermano; he hecho visitas al abogado para enterarme de la marcha de mi divorcio y darle prisa... Y nada mas. -?Y tu marido?... -No hablemos de el, ?quieres? El pobre me da lastima. Tan bueno..., tan correcto... El abogado asegura que pasa por todo y no quiere oponer obstaculos. Me dicen que no viene a Paris, que vive en su fabrica. Nuestra antigua casa esta cerrada. Hay veces que siento remordimiento al pensar que he sido mala con el. -?Y yo? -dijo Julio, retirando su mano. -Tienes razon -contesto ella, sonriendo-. Tu eres la vida. Resulta cruel, pero es humano. Debemos vivir nuestra existencia, sin fijarnos en si molestamos a los demas. Hay que ser egoistas para ser felices. Los dos quedaron en silencio. El recuerdo del marido habia pasado entre ellos como un soplo glacial. Julio fue el primero en reanimarse. -?Y no has bailado en todo ese tiempo? No. ?Como era posible? Fijate: ?una senora que esta en gestiones de divorcio!... No he ido a ninguna reunion chic desde que te marchaste. He querido guardar cierto luto por tu ausencia. Un dia tangueamos en una fiesta de familia. ?Que horror!... Faltabas tu, maestro. Habian vuelto a estrecharse las manos y sonreian. Desfilaban ante sus ojos los recuerdos de algunos meses antes, cuando se habia iniciado su amor, de cinco a siete de la tarde, bailando en los hoteles de los Campos Eliseos, que realizaban la union indisoluble del tango con la taza de te. Ella parecio arrancarse de estos recuerdos a impulsos de una obsesion tenaz que solo habia olvidado en los primeros instantes del encuentro. -Tu, que sabes mucho, di ?crees que habra guerra? ?La gente habla tanto!... ?No te






parece que todo acabara por arreglarse? Desnoyers la apoyo con su optimismo. No creia en la posibilidad de una guerra. Era algo absurdo. -Lo mismo digo yo. Nuestra epoca no es de salvajes. Yo he conocido alemanes, personas chic y bien educadas, que seguramente piensan igual que nosotros. Un profesor viejo que va a casa explicaba ayer a mama que las guerras ya no son posibles en estos tiempos de adelanto. A los dos meses, apenas quedarian hombres; a los tres, el mundo se veria sin dinero para continuar la lucha. No recuerdo como era esto; pero el lo explicaba palpablemente, de un modo que daba gusto oirle. Reflexiono en silencio, queriendo coordinar sus recuerdos confusos; pero, asustada ante el esfuerzo que esto suponia, anadio por su cuenta: -Imaginate una guerra. ?Que horror! La vida social, paralizada. Se acabarian las reuniones, los trajes, los teatros. Hasta es posible que no se inventasen modas. Todas las mujeres, de luto. ?Concibes eso?... Y Paris, desierto... ?Tan bonito como lo encontraba yo esta tarde venia en tu busca!... No, no puede ser. Figurate que el mes proximo nos vamos a Vichy: mama necesita las aguas; luego a Biarritz. Despues ire a un castillo del Loira. Y, ademas, hay nuestro asunto, mi divorcio, nuestro casamiento, que puede realizarse el ano que viene... ?Y todo esto vendria a estorbarlo y cortarlo una guerra!... No, no es posible. Son cosas de mi hermano y otros como el, que suenan con el peligro de Alemania. Estoy segura de que mi marido, que solo gusta de ocuparse de cosas serias y enojosas, tambien es de los que creen proxima la guerra y se preparan para hacerla. ?Que disparate! Di conmigo que es un disparate. Necesito que tu me lo digas. Y tranquilizada por las afirmaciones de su amante, cambio el rumbo de la conversacion. La posibilidad del nuevo matrimonio mencionado por ella evoco en su memoria el objeto del viaje realizado por Desnoyers. No habian tenido tiempo para escribirse durante la corta separacion. -?Conseguiste dinero? Con la alegria de verte he olvidado tantas cosas... El hablo, adoptando el aire de un experto en negocios. Traia menos de lo que esperaba. Habia encontrado al pais en una de sus crisis periodicas. Pero aun asi, habia conseguido reunir cuatrocientos mil francos. En la cartera guardaba un cheque por esta cantidad. Mas adelante le harian nuevos envios. Un senor del campo, algo pariente suyo, cuidaba de sus asuntos. Margarita parecia satisfecha. Tambien adopto ella un aire de mujer grave, a pesar de su frivolidad. -El dinero es el dinero -dijo sentenciosamente-, y sin el no hay dicha segura. Con tus cuatrocientos mil francos y lo que yo tengo podremos ir adelante... Te advierto que mi marido desea entregar mi dote. Asi lo ha dicho a mi hermano. Pero el estado de sus negocios, la marcha de su fabrica, no le permiten restituir con tanta prisa como el quisiera hacerlo. El pobre me da lastima... Tan honrado y recto en todas sus cosas. ?Si no fuese tan vulgar!... Otra vez parecio arrepentirse Margarita de estos elogios espontaneos y tardios que enfriaban su entrevista. Julio parecio molesto al escucharlos. Y de nuevo cambio ella el objeto de su charla. -?Y tu familia? ?La has visto? Desnoyers habia estado en casa de sus padres antes de dirigirse a la Capilla Expiatoria. Una entrada furtiva en el gran edificio de la avenida de Victor Hugo. Habia subido al primer piso por la escalera de servicio, como un proveedor. Luego se habia deslizado en la cocina lo mismo que un soldado amante de una de las criadas. Alli habia venido a abrazarle su madre, la pobre dona Luisa, llorando, cubriendolo de besos freneticos, como si hubiese creido perderle para siempre. Luego habia aparecido Luisita, la llamada Chichi, que lo contemplaba siempre con simpatica curiosidad, como si quisiera enterarse bien de como es un hermano malo y adorable que aparta a las mujeres decentes del camino de la virtud y vive haciendo locuras. A continuacion, una gran sorpresa para Desnoyers, pues vio entrar en la cocina, con aires de actriz solemne, de madre noble de tragedia, a su tia






Elena, la casada con el aleman, la que vivia en Berlin rodeada de innumerables hijos. -Esta en Paris hace un mes. Va a pasar una temporada en nuestro castillo. Y tambien parece que anda por aqui su hijo mayor, mi primo, el sabio, al que no he visto hace anos. La entrevista habia sido cortada repetidas veces por el miedo. «El viejo esta en casa, ten cuidado», le decia su madre cada vez que levantaba la voz. Y su tia Elena iba hacia la puerta con paso dramatico, lo mismo que una heroina resuelta a dar de punaladas al tirano que pasa el umbral de su camara. Toda la familia continuaba sometida a la rigida autoridad de Marcelo Desnoyers. -?Ay ese viejo! -exclamo Julio refiriendose a su padre-. Que viva muchos anos; pero ?como pesa sobre todos nosotros! Su madre, que no se cansaba de contemplarlo, habia tenido que acelerar el final de la entrevista, asustada por ciertos ruidos. «Marchate. Podria sorprendernos, y el disgusto seria enorme». Y el habia huido de la casa paterna, saludando por las lagrimas de las dos senoras y las miradas admirativas de Chichi, ruborosa y satisfecha a la vez de su hermano que provocaba entre sus amigas escandalo y entusiasmo. Margarita hablo tambien del senor Desnoyers. Un viejo terrible, un hombre a la antigua, con el que no llegarian nunca a entenderse. Quedaron en silencio los dos, mirandose fijamente. Ya se habian dicho lo de mayor urgencia, que interesaba a su porvenir. Pero otras cosas mas inmediatas quedaban en su interior y parecian asomar a los ojos, timidas y vacilantes, antes de escaparse en forma de palabras. No se atrevian a hablar como enamorados. Cada vez era mayor en torno de ellos el numero de testigos. La senora de los perros y la peluca pasaba con mas frecuencia, acortando sus vueltas por el square para saludarlos con una sonrisa de complicidad. El lector de periodicos contaba ahora con un vecino de banco para hablar de las posibilidades de la guerra. El jardin se convertia en una calle. Las modistillas, al salir de los obradores, y las senoras, de vuelta de los almacenes, lo atravesaban para ganar terreno. La corta avenida era un atajo cada vez mas frecuentado, y todos los transeuntes lanzaban al pasar una mirada curiosa sobre la elegante senora y su companero, sentados al amparo de un grupo de vegetacion, con el aspecto encogido y falsamente natural de las personas que desean ocultarse y fingen al mismo tiempo una actitud despreocupada. -?Que fastidio! -gimio Margarita-. Nos van a sorprender. Una muchacha la miro fijamente, y ella creyo reconocer a una empleada de un modisto celebre. Ademas, podian atravesar el jardin algunas de las personas amigas que una hora antes habia entrevisto en la muchedumbre que llenaba los grandes almacenes proximos. -Vamonos -continuo- ?Si nos viesen juntos! Figurate lo que hablarian... Y ahora precisamente que la gente nos tiene algo olvidados. Desnoyers protesto con mal humor. ?Marcharse?... Paris era pequeno para ellos por culpa de Margarita, que se negaba a volver al unico sitio donde estarian al abrigo de toda sorpresa. En otro paseo, en un restaurante, alli donde fuesen, corrian igual riesgo de ser conocidos. Ella solo aceptaba entrevistas en lugares publicos, y al mismo tiempo sentia miedo a la curiosidad de la gente. ?Si Margarita quisiera ir a su estudio, de tan dulces recuerdos!... -No; a tu casa, no -repuso ella con apresuramiento-. No puedo olvidar el ultimo dia que estuve alli. Pero Julio insistio, adivinando en su firme negativa el agrietamiento de una primera vacilacion. ?Donde estarian mejor? Ademas, ?no iban a casarse tan pronto como les fuese posible?... -Te digo que no -repitio ella-. ?Quien sabe si mi marido me vigila! ?Que complicacion para mi divorcio si nos sorprenden en tu casa! Ahora fue el quien hizo el elogio del marido, esforzandose para demostrar que esta






vigilancia era incompatible con su caracter. El ingeniero habia aceptado los hechos, juzgandolos irreparables, y en aquel momento solo pensaba en rehacer su vida. -No: mejor es separarse -continuo ella-. Manana nos veremos. Tu buscaras otro sitio mas discreto. Piensa; tu encuentras solucion a todo. El deseaba una solucion inmediata. Habian abandonado sus asientos, dirigiendose lentamente hacia la rue des Mathurins. Julio hablaba con una elocuencia temblorosa y persuasiva. Manana, no; ahora. No tenian mas que llamar a un «auto» de alquiler; unos minutos de carrera, y luego el aislamiento, el misterio, la vuelta al dulce pasado, la intimidad de aquel estudio que habia visto sus mejores horas. Creerian que no habia transcurrido el tiempo, que estaban aun en sus primeras entrevistas. -No -dijo ella con acento desfallecido, buscando una ultima resistencia-. Ademas, estara alli tu secretario, un espanol que te acompana. ?Que verguenza encontrarme con el!... Julio rio... ?Argensola! ?Podia ser un obstaculo este camarada que conocia todo su pasado? Si lo encontraban en la casa, saldria inmediatamente. Mas de una vez le habia obligado a abandonar el estudio para que no estorbase. Su discrecion era tal, que le hacia presentir los sucesos. De seguro que habia salido, adivinando una visita proxima que no podia ser mas logica. Andaria por las calles en busca de noticias. Callo Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados sus pretextos. Desnoyers callo tambien, aceptando favorablemente su silencio. Habian salido del jardin, y ella miraba en torno con inquietud, asustada de verse en plena calle al lado de su amante y buscando un refugio. De pronto vio ante ella una portezuela roja de automovil abierta por la mano de su companero. -Sube -ordeno Julio. Y ella subio apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto antes. El vehiculo se puso en marcha a gran velocidad. Margarita bajo inmediatamente la cortinilla de la ventana proxima a su asiento. Pero antes que terminara la operacion y pudiera volver la cabeza, sintio una boca avida que acariciaba su nuca. -No; aqui, no -dijo con tono suplicante-. Seamos serios. Y mientras el, rebelde a estas exhortaciones, insistia en sus apasionados avances, la voz de Margarita volvio a sonar sobre el estrepito de ferreteria vieja que lanzaba el automovil saltando sobre el pavimento. -?Crees realmente que no habra guerra? ?Crees que podremos casarnos?... Dimelo otra vez. Necesito que me tranquilices. Quiero oirlo de tu boca.


                                         II


                         EL CENTAURO MADARIAGA        


En 1870, Marcelo Desnoyers tenia diecinueve anos. Habia nacido en los alrededores de Paris. Era hijo unico, y su padre, dedicado a pequenas especulaciones de construccion, mantenia a la familia en un modesto bienestar. El albanil quiso hacer de su hijo un arquitecto, y Marcelo empezaba los estudios preparatorios, cuando murio el padre repentinamente, dejando sus negocios embrollados. En pocos meses, el y su madre descendieron la pendiente de la ruina, viendose obligados a renunciar a sus comodidades burguesas para vivir como obreros. Cuando, a los catorce anos, tuvo que escoger un oficio, se hizo tallista. Este oficio era un arte y estaba en relacion con las aficiones despertadas en Marcelo por sus estudios, forzosamente abandonados. La madre se retiro al campo, buscando el amparo de unos parientes. El avanzo con rapidez en el taller, ayudando a su maestro en todos los trabajos importantes que realizaba en provincias. Las primeras noticias






de la guerra con Prusia le sorprendieron en Marsella, trabajando en el decorado de un teatro. Marcelo era enemigo del Imperio, como todos los jovenes de su generacion. Ademas, sentiase influido por los obreros viejos, que habian intervenido en la Republica del 48 y guardaban vivo el recuerdo del golpe de estado del 2 de diciembre. Un dia vio en las calles de Marsellla una manifestacion popular en favor de la paz, que equivalia a una protesta contra el Gobierno. Los viejos republicanos, en lucha implacable contra el emperador; los companeros de la Internacional, que acababan de organizarse, y gran numero de espanoles e italianos, huidos de sus paises por recientes insurrecciones componian el cortejo. Un estudiante melenudo y tisico llevaba la bandera. «Es la paz que deseamos; una paz que una a todos los hombres», cantaban los manifestantes. Pero en la Tierra los mas nobles propositos rara vez son oidos, pues el Destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenas entraron en la Cannebiere los amigos de la paz con su himno y su estandarte, fue la guerra lo que les salio al paso, teniendo que apelar al puno y al garrote. El dia antes habian desembarcado unos batallones de zuavos de Argelia que iban a reforzar el ejercito de la frontera, y estos veteranos, acostumbrados a la existencia colonial, poco escrupulosa en materia de atropellos, creyeron oportuno intervenir en la manifestacion, unos con las bayonetas, otros con los cinturones descenidos «?Viva la muerte!» Y una lluvia de zurriagazos y golpes cayo sobre los cantores. Marcelo pudo ver como el candido estudiante que hacia llamamientos a la paz con una gravedad sacerdotal rodaba envuelto en su estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se entero de mas, pues le alcanzaron varios correazos, una cuchillada leve en un hombro, y tuvo que correr lo mismo que los otros. Aquel dia se revelo por primera vez su caracter tenaz, soberbio, irritable ante la contradiccion, hasta el punto de adoptar las mas extremas resoluciones. El recuerdo de los golpes recibidos le enfurecio como algo que pedia venganza. «?Abajo la guerra!» Ya que no le era posible protestar de otro modo, abandonaria su pais. La lucha iba a ser larga, desastrosa, segun los enemigos del Imperio. El entraba en quinta dentro de unos meses. Podia el emperador arreglar sus asuntos como mejor le pareciese. Desnoyers renunciaba al honor de servirle. Vacilo un poco al acordarse de su madre. Pero sus parientes del campo no le abandonarian, y el tenia el proposito de trabajar mucho para enviarle dinero. ?Quien sabe si le esperaba la riqueza al otro lado del mar!... ?Adios Francia! Gracias a sus ahorros, un corredor del puerto le ofrecio el embarco sin papeles en tres buques. Uno iba a Egipto; otro, a Australia; otro, a Montevideo y Buenos Aires. ?Cual le parecia mejor?... Desnoyers, recordando sus lecturas, quiso consultar el viento y seguir el rumbo que le marcase, como lo habia visto hacer a varios heroes de novelas. Pero aquel dia el viento soplaba de la parte del mar, internandose en Francia. Tambien quiso echar una moneda en alto para que indicase su destino. Al fin, se decidio por el buque que saliese antes. Solo cuando estuvo con su magro equipaje sobre la cubierta de un vapor proximo a zarpar tuvo interes en conocer su rumbo. «Para el rio de la Plata...» Y acogio estas palabras con un gesto de fatalista. «?Vaya por la America del Sur!» No le desagradaba el pais. Lo conocia por ciertas publicaciones de viajes, cuyas laminas representaban tropeles de caballos en libertad, indios desnudos y emplumados, gauchos hirsutos volteando sobre sus cabezas lazos serpenteantes y correas con bolas. El millonario Desnoyers se acordaba siempre de su viaje a America: cuarenta y tres dias de navegacion en un vapor pequeno y desvencijado, que sonaba a hierro viejo, gemia por todas sus junturas al menor golpe de mar y se detuvo cuatro veces por fatiga de la maquina, quedando a merced de olas y corrientes. En Montevideo pudo enterarse de los reveses sufridos por su patria y de que el Imperio ya no existia. Sintio la verguenza al saber que la nacion se gobernaba por si misma, defendiendose tenazmente detras de las murallas de Paris. ?Y el habia huido!... Meses despues, los sucesos de la Commune le consolaron de su fuga. De quedarse






alla, la colera por los fracasos nacionales, sus relaciones de companerismo, el ambiente que vivia, todo le hubiese arrastrado a la revuelta. A aquellas horas estaria fusilado o viviria en un presidio colonial, como tantos de sus antiguos camaradas. Alabo su resolucion y dejo de pensar en los asuntos de su patria. La necesidad de ganarse la subsistencia en un pais extranjero, cuya lengua empezaba a conocer, hizo que solo se ocupase de su persona. La vida agitada y aventurera de los pueblos nuevos le arrastro a traves de los mas diversos oficios y las mas disparatadas improvisaciones. Se sintio fuerte, con una audacia y un aplomo que nunca habia tenido en el viejo mundo. «Yo sirvo para todo -decia- si me dan tiempo para ejercitarme.» Hasta fue soldado -el, que habia huido de su patria por no tomar un fusil-, y recibio una herida en uno de los muchos combates entre blancos y colorados de la Ribera Oriental. En Buenos Aires volvio a trabajar de tallista. La ciudad empezaba a transformarse, rompiendo su envoltura de gran aldea. Desnoyers paso varios anos ornando salones y fachadas. Fue una existencia laboriosa, sedentaria y remuneradora. Pero un dia se canso de este ahorro lento que solo podia proporcionarle, a la larga, una fortuna mediocre. El habia ido al Nuevo Mundo para hacerse rico, como tantos otros. Y a los veintisiete anos se lanzo de nuevo en plena aventura, huyendo de las ciudades, queriendo arrancar el dinero de las entranas de una Naturaleza virgen. Intento cultivos en las selvas del Norte; pero la langosta los arraso en unas horas. Fue comerciante de ganado, arreando con solo dos peones tropas de novillos y mulas, que hacia pasar a Chile o Bolivia por las soledades nevadas de los Andes. Perdio en esta vida la exacta nocion del tiempo y el espacio, emprendiendo travesias que duraban meses por llanuras interminables. Tan pronto se consideraba proximo a la fortuna, como lo perdia todo de golpe por una especulacion desgraciada. Y en uno de estos momentos de ruina y desaliento, teniendo ya treinta anos, fue cuando se puso al servicio del rico estanciero Julio Madariaga. Conocia a este millonario rustico por sus compras de reses. Era un espanol que habia llegado muy joven al pais, plegandose con gusto a sus costumbres y viviendo como un gaucho, despues de adquirir enormes propiedades. Generalmente, lo apodaban el gallego Madariaga, causa de su nacionalidad, aunque habia nacido en Castilla. Las gentes del campo trasladaban al apellido el titulo de respeto que precede al nombre, llamandole don Madariaga. -Companero -dijo a Desnoyers un dia que estaba de buen humor, lo que en el era raro-, pasa usted muchos apuros. La falta de plata se huele de lejos. ?Por que sigue en esta perra vida?... Creame, gabacho, y quedese aqui. Yo voy haciendome viejo y necesito un hombre. Al concertarse el frances con Madariaga, los propietarios de las inmediaciones, que vivian a quince o veinte leguas de la estancia, detenian al nuevo empleado en los caminos para augurarle toda clase de infortunios. -No durara usted mucho. A don Madariaga no hay quien lo resista. Hemos perdido la cuenta de sus administradores. Es un hombre que hay que matarlo o abandonarlo. Pronto se marchara usted. Desnoyers no tardo en convencerse de que habia algo de cierto en tales murmuraciones. Madariaga era de un caracter insufrible: pero, tocado de cierta simpatia por el frances, procuraba no molestarlo con su irritabilidad. -Es una perla ese gabacho -decia, como excusando sus muestras de consideracion-. Yo lo quiero porque es muy serio... Asi me gustan a mi los hombres. No sabia con certeza el mismo Desnoyers en que podia consistir esta seriedad tan admirada por su patron; pero experimento un secreto orgullo al verlo agresivo con todos, hasta con su familia, mientras tomaba, al hablar con el, un tono de rudeza paternal. La familia la constituian su esposa, misia Petrona, a la que el llama la china, y dos hijas, ya mujeres, que habian pasado por un colegio de Buenos Aires, pero al volver a la estancia recobraron en parte la rusticidad originaria. La fortuna de Madariaga






era enorme. Habia vivido en el campo desde su llegada a America, cuando la gente blanca no se atrevia a establecerse fuera de las poblaciones por miedo a los indios bravos. Su primer dinero lo gano como heroico comerciante, llevando mercancias en una carreta de fortin a fortin. Mato indios, fue herido dos veces por ellos, vivio cautivo una temporada, y acabo por hacerse amigo de un cacique. Con sus ganancias compro tierra, mucha tierra, poco deseada por lo insegura, dedicandose a la cria de novillos, que habia de defender carabina en mano de los piratas de la pradera. Luego se caso con su china, joven mestiza que iba descalza, pero tenia varios campos de sus padres. Estos habian vivido en una pobreza casi salvaje sobre tierras de su propiedad que exigian varias jornadas de trote para ser recorridas. Despues, cuando el Gobierno fue empujando a los indios hacia las fronteras y puso en venta los territorios sin dueno -apreciando como una abnegacion patriotica que alguien quisiera adquirirlos-, Madariaga compro y compro a precios insignificantes y con larguisimos plazos. Adquirir tierra y poblarla de animales fue la mision de su vida. A veces, galopando en compania de Desnoyers por sus campos interminables, no podia reprimir un sentimiento de orgullo. -Diga, gabacho. Segun cuentan, mas arriba de su pais parece que hay naciones poco mas o menos del tamano de mis estancias. ?No es asi?... El frances aprobaba... Las tierras de Madariaga eran superiores a muchos principados. Esto ponia de buen humor al estanciero. -Entonces no seria un disparate que un dia me proclamase yo rey. Figurese, gabacho. ?Don Madariaga Primero!... Lo malo es que tambien seria el ultimo, porque la china no quiere darme un hijo... Es una vaca floja. La fama de sus vastos territorios y sus riquezas pecuniarias llegaban hasta Buenos Aires. Todos conocian a Madariaga de nombre, aunque muy pocos lo habian visto. Cuando iba a la capital pasaba inadvertido por su aspecto rustico, con las mismas polainas que usaba en el campo, el poncho arrollado como una bufanda, y, asomando sobre este, las puntas agresivas de una corbata, adorno de tormento impuesto por las hijas, que en vano arreglaban con manos amorosas para que guardase cierta regularidad. Una manana habia entrado en el despacho del negociantes mas rico de la capital. -Senor, se que necesita usted novillos para Europa, y vengo a venderle una puntita. El negociante miro con altivez al gaucho pobre. Podia entenderse con uno de sus empleados; el no perdia el tiempo en asuntos pequenos. Pero ante la sonrisa maliciosa del rustico, sintio curiosidad. -?Y cuantos novillos puede usted vender, buen hombre? -Unos treinta mil. No necesito oir mas el personaje. Se levanto de su mesa y le ofrecio obsequiosamente un sillon. -Usted no puede ser otro que el senor Madariaga. -Para servir a Dios y a usted. Aquel instante fue el mas glorioso de su existencia. En el antedespacho de los gerentes de banco, los ordenanzas le ofrecian asiento misericordiosamente, dudando de que el personaje que estaba al otro lado de la puerta se dignase recibirlo. Pero apenas sonaba adentro su nombre, el mismo gerente corria a abrir. Y el pobre empleado quedaba estupefacto al escuchar como el gaucho decia a guisa de saludo: «Vengo a que me den trescientos mil pesos. Tengo pasto abundante y quisiera comprar una puntita de hacienda para engordarla.» Su caracter desigual y contradictorio gravitaba sobre los pobladores de sus tierras con una tirania cruel y bonachona. No pasaba vagabundo por la estancia que no fuese acogido por el rudamente desde sus primeras palabras. .Dejese de historias, amigo -gritaba como si fuese a pegarle-. Bajo el sombraje hay una res degollada. Corte y coma lo que quiera, y remediese con esto para seguir viaje... Pero ?nada de cuentos!






Y le volvia la espalda luego de entregarle unos pesos. Un dia se mostraba enfurecido porque un peon iba clavando con demasiada lentitud los postes de una cerca de alambre. ?Todos lo robaban! Al dia siguiente hablaba con sonrisa bonachona de una importante cantidad que deberia pagar por haber garantizado con su firma a un conocido en completa insolvencia: «?Pobre! ?Peor es su suerte que la mia!» Al encontrar en el camino la osamenta de una oveja recien descarnada, parecia enloquecer de rabia. No era la carne. «El hambre no tiene ley, y la carne la ha hecho Dios para que la coman los hombres. Pero ?al menos que le dejasen la piel!... » Y comentaba tanta maldad repitiendo siempre: «Falta de religion y buenas costumbres.» Otras veces, los merodeadores se llevaban la carne de tres vacas, abandonando las pieles bien a la vista; y el estanciero decia, sonriendo: «Asi me gusta a mi la gente: honrada y que no haga mal.» Su vigor de incansable centauro le habia servido poderosamente en la empresa de poblar sus tierras. Era caprichoso, despotico y de grandes facilidades para la paternidad, como sus compatriotas que siglos antes, al dominar el Nuevo Mundo, clasificaron la sangre indigena. Tenian los mismos gustos que los conquistadores castellanos por la belleza cobriza, de ojos oblicuos y cabello cerdoso. Cuando Desnoyers le veia apartarse con cualquier pretexto y poner su caballo al galope hacia un rancho cercano, se decia sonriendo: «Va en busca de un nuevo peon que trabajara sus tierras dentro de quince anos.» EL personal de la estancia comentaba el parecido fisonomico de ciertos jovenes que trabajan lo mismo que los demas, galopando desde el alba para ejecutar las diversas operaciones del pastoreo. Su origen era objeto de irrespetuosos comentarios. El capataz Celedonio, mestizo de treinta anos, generalmente detestado por su caracter duro y avariento tambien ofrecia una lejana semejanza con el patron. Casi todos los anos se presentaba con aire de misterio alguna mujer que venia de muy lejos, china sucia y malcarada, de relieves colgantes, llevando de la mano a un mesticillo de ojos de brasa. Pedia hablar a solas con el dueno; y al verse frente a el, le recordaba un viaje realizado diez o doce anos antes para comprar una punta de reses. -?Se acuerda, patron, que paso la noche en mi rancho porque el rio iba crecido? El patron no se acordaba de nada. Unicamente un vago instinto parecia indicarle que la mujer decia verdad. -Bueno; y ?que? -Patron, aqui lo tiene... Mas vale que se haga hombre a su lado que en otra parte. Y le presentaba al pequeno mestizo. ?Uno mas y ofrecido con esta sencillez!... «Falta de religion y buenas costumbres.» Con repentina modestia dudaba de la veracidad de la mujer. ?Por que habia de ser precisamente suyo?... La vacilacion no era, sin embargo, muy larga. -Por si es, ponlo con los otros. La madre se marchaba tranquila, viendo asegurado el porvenir del pequeno; porque aquel hombre prodigo en violencias tambien lo era en generosidades. Al final no le faltaria a su hijo un pedazo de tierra y un buen hato de ovejas. Estas adopciones provocaron al principio una rebeldia de misia Petrona, la unica que se permitio en toda su existencia. Pero el centauro le impuso un silencio de terror. -?Y aun te atreves a hablar, vaca floja?... Una mujer que solo ha sabido darme hembras. Verguenza debias tener. La misma mano que extraia negligentemente de un bolsillo los billetes hechos una bola, dandolos a capricho, sin reparar en cantidades, llevaba colgada a la muneca un rebenque. Era para golpear al caballo; pero lo levantaba con facilidad cuando alguno de los peones incurria en su colera. -Te pego porque puedo -decia como excusa al serenarse. Un dia, el golpeado hizo un paso atras, buscando el cuchillo en el cinto.






-A mi no me pega usted, patron. Yo no he nacido en estos pagos... Yo soy de Corrientes. El patron quedo con el latigo en alto. -?De verdad que no has nacido aqui?... Entonces tienes razon: no puedo pegarte. Toma cinco pesos. Cuando Desnoyers entro en la estancia, Madariaga empezaba a perder la cuenta de los que estaban bajo su potestad a uso latino antiguo y podian recibir sus golpes. Eran tantos, que incurria en frecuentes confusiones. El frances admiro el ojo experto de su patron para los negocios. Le bastaba contemplar por breves minutos un rebano de miles de reses para saber su numero con exactitud. Galopaba con aire indiferente en torno del inmenso grupo cornudo y pataleante, y de pronto hacia apartar varios animales. Habia descubierto que estaban enfermos. Con un comprador como Madariaga, las marrullerias y artificios de los vendedores resultaban inutiles. Su serenidad ante la desgracia era tambien admirable. Una sequia sembraba repentinamente sus prados de vacas muertas. La llanura parecia un campo de batalla abandonado. Por todas partes, bultos negros; en el aire, grandes espirales de cuervos que llegaban de muchas leguas a la redonda. Otras veces era el frio: un inesperado descenso del termometro cubria el suelo de cadaveres. Diez mil animales, quince mil, tal vez mas, se habian perdido. -?Que hacer? -decia Madariaga con resignacion-. Sin tales desgracias, esta tierra seria un paraiso... Ahora lo que importa es salvar los cueros. Echaba pestes contra la soberbia de los emigrantes de Europa, contra las nuevas costumbres de la gente pobre, porque no disponia de bastantes brazos para desollar a las victimas en poco tiempo y miles de pieles se perdian al corromperse unidas a la carne. Los huesos blanqueaban la tierra como montones de nieve. Los peoncitos iban colocando en los postes del alambrado craneos de vaca con los cuernos retorcidos, adorno rustico que evocaba la imagen de un desfile de liras helenicas. -Por suerte queda la tierra -anadia el estanciero-. Galopaba por sus campos inmensos, que empezaban a verdear bajo las nuevas lluvias. Habia sido de los primeros en convertir las tierras virgenes en praderas, sustituyendo el pasto natural con la alfalfa. Donde antes vivia un novillo, colocaba ahora tres. «La mesa esta puesta -decia alegremente-. Vamos en busca de nuevos convidados.» Y compraba a precios irrisorios el ganado desfallecido de hambre en los campos naturales, llevandolo a un rapido engordamiento en sus tierras opulentas. Una manana, Desnoyers le salvo la vida. Habia levantado su rebenque sobre un peon recien entrado en la estancia, y este le acometio cuchillo en mano. Madariaga se defendia a latigazos, convencido de que iba a recibir de un momento a otro la cuchillada mortal, cuando llego el frances y, sacando su revolver, domino y desarmo al adversario. -?Gracias, gabacho! -dijo el estanciero, emocionado-. Eres todo un hombre y debo recompensarte. Desde hoy... te hablare de tu. Desnoyers no llego a comprender que recompensa podia significar este tuteo. ?Era tan raro aquel hombre!... Algunas consideraciones personales vinieron, sin embargo, a mejorar su estado. No comio mas en el edificio donde estaba instalada la Administracion. El dueno exigio imperativamente que en adelante ocupase un sitio en su propia mesa. Y asi entro Desnoyers en la intimidad de la familia Madariaga. La esposa era una figura muda cuando el marido estaba presente. Se levantaba en plena noche para vigilar el desayuno de los peones, la distribucion de la galleta, el hervor de las marmitas de cafe o de mate cocido. Arreaba a las criadas, parlanchinas y perezosas, que se perdian con facilidad en las arboledas proximas a la casa. Hacia sentir en la cocina y sus anexos una autoridad de verdadera patrona; pero apenas sonaba la voz del marido, parecia encogerse en un silencio de respeto y






temor. Al sentarse la china a la mesa lo contemplaba con sus ojos redondos, fijos como los de un buho, revelando una sumision devota. Desnoyers llego a pensar que en esta admiracion habia mucho de asombro por la energia con que el estanciero -cerca ya de los sesenta anos- seguia improvisando nuevos pobladores para sus tierras. Las dos hijas, Luisa y Elena, aceptaron con entusiasmo al comensal, que venia a animar sus monotonas conversaciones del comedor, cortadas muchas veces por las coleras del padre. Ademas, era de Paris. «?Paris!», suspiraba Elena, la menor, poniendo los ojos en blanco. Y Desnoyers se veia consultado por ellas en materias de elegancia cada vez que encargaban algo a los almacenes de ropas de Buenos Aires. El interior de la casa reflejaba los diversos gustos de las dos generaciones. Las ninas tenian un salon con muebles ricos -apoyados en paredes agrietadas- y lamparas ostentosas que nunca se encendian. El padre perturbaba con su rudeza esta habitacion, cuidada y admirada por las dos hermanas. Las alfombras parecian entristecerse y palidecer bajo las huellas de barro que dejaban las botas del centauro. Sobre una mesa dorada aparecia el rebenque. Las muestras de maiz esparcian sus granos sobre la seda de un sofa que solo ocupaban las senoritas con cierto recogimiento, como si temiesen romperlo. Junto a la entrada del comedor habia una bascula, y Madariaga se enfurecio cuando las hijas le pidieron que la llevase a las dependencias. El no iba a molestarse con un viaje cada vez que se le ocurriese averiguar el peso de un cuero suelto... Un piano entro en la estancia, y Elena pasaba las horas tecleando lecciones con una buena fe desesperante. «?Ira de Dios! ?Si al menos tocase la jota o el pericon!» Y el padre, a la hora de la siesta, se iba a dormir sobre un poncho, entre los eucaliptos cercanos. Esta hija menor, a la que apodaba la Romantica, era el objeto de sus coleras y sus burlas. ?De donde habia salido con unos gustos que nunca sintieron el y su pobre china? Sobre el piano se amontonaban cuadernos de musica. En un angulo del disparatado salon, varias cajas de conservas, arregladas a guisa de biblioteca por el carpintero de la estancia, contenian libros. -Mira, gabacho -decia Madariaga-. Todo versos y novelas. ?Puros embustes!... ?Aire! El tenia su biblioteca, mas importante y gloriosa, y ocupaba menos lugar. En su escritorio, adornado con carabinas, lazos y monturas chapeadas de plata, un pequeno armario contenia los titulos de propiedad y varios legajos que el estanciero hojeaba con miradas de orgullo. -Pon atencion y oiras maravillas -anunciaba a Desnoyers, tirando de uno de los cuadernos. Era la historia de las bestias famosas que habia entrado en la estancia para la reproduccion y mejoramiento de sus ganados; el arbol genealogico, las cartas de nobleza, la pedigree de todos los animales. Habia de ser el quien leyese los papeles, pues no permitia que los tocase ni su familia. Y con las gafas caladas iba deletreando la historia de cada heroe pecuario: «Diamond III, nieto de Diamond I, que fue propiedad del rey de Inglaterra, e hijo de Diamond II, triunfador en todos los concursos.» Su Diamond le habia costado muchos miles; pero los caballos mas gallardos de la estancia, que se vendian a precios magnificos, eran sus descendientes. -Tenia mas talento que algunas personas. Solo le faltaba hablar. Es el mismo que esta embalsamado junto a la puerta del salon. Las ninas quieren que lo eche de alli... ?Que se atrevan a tocarlo! ?Primero, las echo a ellas! Luego continuaba leyendo la historia de una dinastia de toros, todos con nombre propio y un numero romano a continuacion, lo mismo que los reyes; animales adquiridos en las grandes ferias de Inglaterra por el testarudo estanciero. Nunca habia estado alla; pero empleaba el cable para batirse a libras esterlinas con los propietarios britanicos, deseosos de conservar para su patria tales portentos. Gracias






a estos reproductores, que atravesaron el Oceano con iguales comodidades que un pasajero millonario, habia podido hacer desfilar en los concursos de Buenos Aires sus novillos, que eran torreones de carne, elefantes comestibles, con el lomo cuadrado y liso lo mismo que una mesa. -Esto representa algo, ?no te parece, gabacho? Esto vale mas que todas las estampas con lunas, lagos, amantes y otras macanas que mi Romantica pone en las paredes para que crien polvo. Y senalaba los diplomas honorificos que adornaban el escritorio, las copas de bronces y demas bisuteria gloriosa conquistada en los concursos por los hijos de su pedigree. Luisa, la hija mayor -llamada Chicha, a uso americano-, merecia mas respeto de su padre. «Es mi pobre china -decia-; la misma bondad y el mismo empuje para el trabajo, pero con mas senorio.» Lo del senorio lo aceptaba Desnoyers inmediatamente, y aun le parecia una expresion incompleta y debil. Lo que no podia admitir era que aquella muchacha palida, modesta, con grandes ojos negros y sonrisa de pueril malicia, tuviese el menor parecido fisico con la respetable matrona que le habia dado la existencia. La gran fiesta para Chicha era la misa del domingo. Representaba un viaje de tres leguas al pueblo mas cercano, un contacto semanal con gentes que no eran las mismas de la estancia. Un carruaje tirado por cuatro caballos se llevaba a la senora y a las senoritas con los ultimos trajes y sombreros llegados de Europa a traves de las tiendas de Buenos Aires. Por indicacion de Chicha, iba Desnoyers con ellas, tomando las riendas al cochero. El padre se quedaba para recorrer sus campos en la soledad del domingo, enterandose mejor de los descuidos de su gente. El era muy religioso: «Religion y buenas costumbres.» Pero habia dado miles de pesos para la construccion de la vecina iglesia, y un hombre de su fortuna no iba a estar sometido a las mismas obligaciones de los pelagatos. Durante el almuerzo dominical, las dos senoras hacian comentarios sobre las personas y meritos de varios jovenes del pueblo y de las estancias proximas que se detenian a la puerta de la iglesia para verlas. -?Haganse ilusiones, ninas! -decia el padre-. ?Ustedes creen que las quieren por su lindura?... Lo que buscan esos sinverguenzas son los pesos del viejo Madariaga; y asi que los tuviesen, tal vez les soltarian a ustedes una paliza diaria. La estancia recibia numerosos visitantes. Unos eran jovenes de los alrededores, que llegaban sobre briosos caballos haciendo suertes de equitacion. Deseaban ver a don Julio con los mas inverosimiles pretextos, y aprovechaban la oportunidad para hablar con Chicha y Elena. Otras veces eran senoritos de Buenos Aires, que pedian alojamiento en la estancia, diciendo que iban de paso. Don Madariaga grunia: -?Otro hijo de tal que viene en busca de los pesos del gallego! Si no se va pronto, lo... corro a patadas. Pero el pretendiente no tardaba en irse, intimidado por la mudez hostil del patron. Esta mudez se prolongo de un modo alarmante, a pesar de que la estancia ya no recibia visitas. Madariaga parecia abstraido, y todos los de la familia, incluso Desnoyers, respetaban y temian su silencio. Comia enfurrunado, con la cabeza baja. De pronto levantaba los ojos para mirar a Chicha, luego a Desnoyers, y fijarlos ultimamente en su esposa, como si fuese a pedirle cuentas. La Romantica no existia para el. Cuando mas, le dedicaba un bufido ironico al verla erguida en la puerta a la hora del atardecer contemplando el horizonte, ensangrentado por la muerte del sol, con un codo en el quicio y una mejilla en una mano, imitando la actitud de cierta dama blanca que habia visto en un cromo esperando la llegada del caballero de los ensuenos. Cinco anos llevaba Desnoyers en la casa, cuando un dia entro en el escritorio del amo con el aire brusco de los timidos que adoptan una resolucion. -Don Julio, me marcho, y deseo que ajustemos cuentas. Madariaga lo miro socarronamente. ?Irse?... ?Por que? Pero en vano repitio sus






preguntas. El frances se tascaba en una serie de explicaciones incoherentes. «Me voy; debo irme.» -?Ah ladron, profeta falso! -grito el estanciero con voz estentorea. Pero Desnoyers no se inmuto ante el insulto. Habia oido muchas veces a su patron las mismas palabras cuando comentaba algo gracioso o al regatear con los compradores de bestias. -?Ah ladron, profeta falso! ?Crees que no se por que te vas? ?Te imaginas que el viejo Madariaga no ha visto tus miraditas y las miraditas de la mosca muerta de su hija, y cuando os paseabais tu y ellas agarrados de la mano, en presencia de la pobre china, que esta ciega del entendimiento?... No esta mal el golpe, gabacho. Con el te apoderas de la mitad de los pesos del gallego, y ya puedes decir que has hecho la America. Y mientras gritaba esto, o, mas bien, lo aullaba, habia empunado el rebenque, dando golpecitos de punta en el estomago de su administrador con una insistencia que lo mismo podia ser afectuosa que hostil. -Por eso vengo a despedirme -dijo Desnoyers con altivez-. Se que es una pasion absurda, y quiero marcharme. -?El senor se va! -siguio gritando el estanciero-. ?El senor cree que aqui puede hacer lo que quiera! No, senor; aqui no manda nadie mas que el viejo Madariaga, y yo ordeno que te quedes... ?Ay las mujeres! Unicamente sirven para enemistar a los hombres. ?Y que no podamos vivir sin ellas!... Dio varios paseos silenciosos por la habitacion, como si las ultimas palabras le hiciesen pensar en cosas lejanas muy distintas de lo que hasta entonces habia dicho. Desnoyers miro con inquietud el latigo que aun empunaba su diestra. ?Si intentaria pegarle, como a los peones?... Estaba dudando entre hacer frente a un hombre que siempre le habia tratado con benevolencia o apelar a una fuga discreta, aprovechando una de sus vueltas, cuando el estanciero se planto ante el. -?Tu la quieres de veras..., de veras? -pregunto-. ?Estas seguro de que ella te quiere a ti? Fijate bien en lo que dices, que en eso del amor hay mucho de engano y ceguera. Tambien yo, cuando me case, estaba loco por mi china. ?De verdad que os quereis?... Pues bien; llevatela, gabacho del demonio, ya que alguien se la he llevar, y que no te salga una vaca floja como su madre... A ver si me llenas la estancia de nietos. Reaparecia el gran productor de hombres y de bestias al formular este deseo. Y como considerase necesario explicar su actitud, anadio: -Todo esto lo hago porque te quiero; y te quiero porque eres serio. Otra vez quedo absorto el frances, no sabiendo en que consistia la tan apreciada seriedad. Desnoyers, al casarse penso en su madre. ?Si la pobre vieja pudiese ver este salto extraordinario de su fortuna! Pero mama habia muerto un ano antes, creyendo a su hijo enormemente rico, porque le enviaba todos los meses ciento cincuenta pesos, algo mas de trescientos francos, extraidos del sueldo que cobraba en la estancia. Su ingreso en la familia de Madariaga sirvio para que este atendiese con menos interes a sus negocios. Tiraba de el la ciudad, con la atraccion de los encantos no conocidos. Hablaba con desprecio de las mujeres del campo, chinas mal lavadas, que le inspiraban ahora repugnancia. Habia abandonado sus ropas de jinete campestre y exhibia con satisfaccion pueril los trajes con que le disfrazaba un sastre de la capital. Cuando Elena queria acompanarle a Buenos Aires, se defendia pretextando negocios enojosos. «No; ya iras con tu madre.» La suerte de campos y ganados no le inspiraba inquietudes. Su fortuna, dirigida por Desnoyers, estaba en buenas manos. -Este es muy serio -decia en el comedor, ante la familia reunida-. Tan serio como yo... De este no se rie nadie. Y al fin pudo adivinar el frances que su suegro, al hablar de seriedad, aludia a la






entereza de caracter. Segun declaracion espontanea de Madariaga, desde los primeros dias que trato a Desnoyers pudo adivinar un genio igual al suyo, tal vez mas duro y firme, pero sin alaridos ni excentricidades. Por esto le habia tratado con benevolencia extraordinaria, presintiendo que un choque entre los dos no tendria arreglo. Sus unicas desavenencias fueron la causa de los gastos establecidos por Madariaga en tiempos anteriores. Desde que el yerno dirigia las estancias, los trabajos costaban menos y la gente mostraba mayor actividad. Y esto sin gritos, sin palabras fuertes, con solo su presencia y sus ordenes breves. El viejo era el unico que le hacia frente para mantener el caprichoso sistema del palo seguido de la dadiva. Le sublevaba el orden minucioso de arbitrariedad extravagante, de tirania bonachona. Con frecuencia se presentaba a Desnoyers algunos de los mestizos a los que suponia la malicia publica en intimo parentesco con el estanciero. «Patroncito, dice el patron viejo que me de cinco pesos.» El patroncito respondia negativamente, y poco despues se presentaba Madariaga, iracundo de gesto, pero midiendo las palabras, en consideracion a que su yerno era tan serio como el. -Mucho te quiero, hijo, pero aqui nadie manda mas que yo... ?Ah gabacho! Eres igual a todos los de tu tierra: centavo que pillais va a la media, y no ve mas luz del sol aunque os crucifiquen... ?Dije cinco pesos? Le daras diez. Lo mando yo y basta. El frances pagaba, encogiendose de hombros, mientras su suegro, satisfecho del triunfo, huia a Buenos Aires. Era bueno hacer constar que la estancia pertenecia aun al gallego Madariaga. De uno de sus viajes volvio con un acompanante: un joven aleman, que, segun el, lo sabia todo y servia para todo. Su yerno trabajaba demasiado. Karl Hartrott le ayudaria en la contabilidad. Y Desnoyers lo acepto, sintiendo a los pocos dias una naciente estimacion por el nuevo empleado. Que perteneciesen a dos naciones enemigas nada significaba. En todas partes hay buenas gentes, y este Karl era un subordinado digno de aprecio. Se mantenia a distancia de sus iguales y era inflexible y duro con los inferiores. Todas sus facultades parecia concentrarlas en el servicio y la admiracion de los que estaban por encima d el. Apenas despegaba los labios Madariaga, el aleman movia la cabeza apoyando por adelantado sus palabras. Si decia algo gracioso, su risa era de una escandalosa sonoridad. Con Desnoyers se mostraba taciturno y aplicado, trabajando sin reparar en horas. Apenas le veia entrar en la administracion, saltaba de su asiento irguiendose con militar rigidez. Todo estaba dispuesto a hacerlo. Por cuenta propia, espiaba al personal, delatando sus descuidos y defectos. Este servicio no entusiasmaba a su jefe inmediato, pero lo agradecia como una muestra de interes por el establecimiento. Alababa el viejo estanciero su adquisicion como un triunfo, pretendiendo que su yerno la celebrase igualmente. -Un mozo muy util, ?no es cierto?... Estos gringos de la Alemania sirven bien, saben muchas cosas y cuestan poco. Luego, ?tan disciplinados!, ?tan humilditos!... Yo siento decirtelo, porque eres gabacho; pero os habeis echado malos enemigos. Son gente dura de pelar. Desnoyers contestaba con un gesto de indiferencia. Su patria estaba lejos y tambien la del aleman. ?A saber si volverian a ella! Alli eran argentinos, y debian pensar en las cosas inmediatas, sin preocuparse del pasado. -Ademas, ?tiene tan poco orgullo! -continuo Madariaga con tono ironico-. Cualquier gringo de estos, cuando es dependiente en la capital, barre la tienda, hace la comida, lleva la contabilidad, vende a los parroquianos, escribe a maquina, traduce de cuatro a cinco lenguas, y acompana, si es preciso, a la amiga del amo, como si fuese una gran senora... todo por veinticinco pesos al mes. ?Quien puede luchar con una gente asi? Tu, gabacho, eres como yo..., muy serio, y te moririas de hambre antes de pasar por ciertas cosas. Por eso te digo que resultan temibles.






El estanciero, despues de una corta reflexion, anadio: -Tal vez no son tan buenos como parecen. Hay que ver como tratan a los que estan debajo de ellos. Puede que se hagan los simples sin serlo, y cuando sonrien al recibir una patada, dicen para sus adentros: «Espera que llegue la mia, y te devolvere tres.» Luego parecio arrepentirse de sus palabras. -De todos modos, este Karl es un pobre mozo; un infeliz, que apenas digo yo algo, abre la boca como si fuese a tragar moscas. El asegura que es de gran familia, pero ?vaya usted a saber de estos gringos!... Todos los muertos de hambre, al venir a America la echamos de hijos de principes. A este lo habia tuteado Madariaga desde el primer instante, no por agradecimiento, como a Desnoyers, sino para hacerle sentir su inferioridad. Lo habia introducido igualmente en su casa, pero unicamente para que diese lecciones de piano a la hija menor. La Romantica ya no se colocaba al atardecer en la puerta contemplando el sol poniente. Karl, una vez terminado su trabajo de Administracion, venia a la casa del estanciero, sentandose al lado de Elena que tecleaba con una tenacidad digna de mejor suerte. A ultima hora, el aleman acompanandose en el piano, cantaba fragmentos de Wagner, que hacian dormitar a Madariaga en un sillon con el fuerte cigarro paraguayo adherido a los labios. Elena contemplaba, mientras tanto, con creciente interes al gringo cantor. No era el caballero de los ensuenos esperado por la dama blanca. Era casi un sirviente, un inmigrante rubio tirando a rojo, carnudo, algo pesado y con ojos bovinos que reflejaban un eterno miedo a desagradar a sus jefes. Pero, dia por dia, iba encontrando en el algo que modificaba sus primeras impresiones: la blancura femenil de Karl mas alla de la cara y las manos tostadas por el sol; la creciente marcialidad de sus bigotes: la soltura con que montaba a caballo; su aire trovadoresco al entonar con una voz de tenor algo sorda romanzas voluptuosas con palabras que ella no podia entender. Una noche, a la hora de la cena, no pudo contenerse, y hablo con la vehemencia febril del que ha hecho un gran descubrimiento: -Papa, Karl es noble. Pertenece a una gran familia. El estanciero hizo un gesto de indiferencia. Otras cosas le preocupaban en aquellos dias. Pero durante la velada sintio la necesidad de descargar en alguien la colera interna que le venia royendo desde su ultimo viaje a Buenos Aires, e interrumpio al cantor. -Oye, gringo: ?que es eso de tu nobleza y demas macanas que le has contado a la nina? Karl abandono el piano para erguirse y responder. Bajo la influencia del canto reciente, habia en su actitud algo que recordaba a Lohengrin en el momento de revelar el secreto de su vida. Su padre habia sido el general von Hartrott, uno de los caudillos secundarios de la guerra del 70. El emperador lo habia recompensado ennobleciendolo. Uno de sus tios era consejero intimo del rey de Prusia. Sus hermanos mayores figuraban en la oficialidad de los regimientos privilegiados. El habia arrastrado el sable como teniente. Madariaga le interrumpio, fatigado de tanta grandeza. «Mentiras..., macanas..., aire.» ?Hablarle a el de nobleza de los gringos!... Habia salido muy joven de Europa para sumirse en las revueltas democraticas de America, y aunque la nobleza le parecia algo anacronico e incomprensible, se imaginaba que la unica autentica y respetable era la de su pais. A los gringos les concedia el primer lugar para la invencion de maquinas, para los barcos, para la cria de animales de precio; pero todos los condes y marqueses de la gringueria le parecian falsificados. -Todo farsas -volvio a repetir-. Ni en tu pais hay noblezas, ni teneis todos juntos cinco pesos. Si los tuvierais, no vendriais aqui a comer ni enviariais las mujeres que enviais, que son... tu sabes lo que son tan bien como yo. Con asombro de Desnoyers, el aleman encogio esta rociada humildemente,






asintiendo con movimientos de cabeza a las ultimas palabras del patron. -Si fuesen verdad -continuo Madariaga implacablemente- todas estas macanas de titulos, sables y uniformes, ?Por que has venido aqui? ?Que diablos has hecho en tu tierra para tener que marcharte? Ahora Karl bajo la frente, confuso y balbuciendo. -Papa... papa -suplico Elena. ?Pobrecito! ?Como le humillaban porque era pobre!... Y sintio un hondo agradecimiento hacia su cunado al ver que rompia su mutismo para defender al aleman. -Pero si yo aprecio a este mozo! -dijo Madariaga, excusandose-. Son los de su tierra los que me dan rabia. Cuando, pasados algunos dias, hizo Desnoyers un viaje a Buenos Aires, se explico la colera del viejo. Durante varios meses habia sido el protector de una tiple de origen aleman olvidada en America por una compania de opereta italiana. Ella le recomendo a Karl, compatriota desgraciado que, luego de rodar por varias naciones de America y ejercer diversos oficios, vivia al lado suyo en clase de caballero cantor. Madariaga habia gastado alegremente muchos miles de pesos. Un entusiasmo juvenil le acompano en esta nueva existencia de placeres urbanos, hasta que al descubrir la segunda vida que llevaba la alemana en sus ausencias y como reia de el con los parasitos de su sequito, monto en colera, despidiendose para siempre, con acompanamiento de golpes y fractura de muebles. ?La ultima aventura de su historia!... Desnoyers adivino esta voluntad de renunciamiento al oir que por primera vez confesaba sus anos. No pensaba volver a la capital. ?Todo mentira! La existencia en el campo, rodeado de la familia y haciendo mucho bien a los pobres, era lo unico cierto. Y el terrible centauro se expresaba con una ternura idilica, con una firme virtud de sesenta y cinco anos, insensibles ya a la tentacion. Despues de su escena con Karl, habia aumentado el sueldo de este, apelando como siempre a la generosidad para reparar sus violencias. Lo que no podia olvidar era lo de su nobleza, que le daba motivo para nuevas bromas. Aquel relato glorioso habia traido a su memoria los arboles genealogicos de los reproductores de la estancia. El aleman era un pedigree, y con este apodo le designo en adelante. Sentados, en las noches veraniegas, bajo un cobertizo de la casa, se extasiaba patriarcalmente contemplando a su familia en torno de el. La calma nocturna se iba poblando de zumbidos de insectos y croar de ranas. De los lejanos ranchos venian los cantares de los peones que se preparaban su cena. Era la epoca de la siega, y grandes bandas de emigrantes se alojaban en la estancia para el trabajo extraordinario. Madariaga habia conocido dias tristes de guerra y violencias. Se acordaba de los ultimos anos de la tirania de Rosas, presenciados por el al llegar al pais. Enumeraba las diversas revoluciones nacionales y provinciales en las que habia tomado parte, por no ser menos que sus vecinos, y a las que designaba con el titulo de puebladas. Pero todo esto habia desaparecido y no volveria a repetirse. Los tiempos eran de paz, de trabajo y abundancia. -Fijate, gabacho -decia, espantando con los chorros de humo de su cigarro los mosquitos que volteaban en torno de el-. Yo soy espanol, tu, frances, Karl es aleman, mis ninas argentinas, el cocinero ruso, su ayudante griego, el peon de cuadra ingles, las chinas de cocina, unas son del pais, otras gallegas o italianas, y entre los peones los hay de todas castas y leyes... ?Y todos vivimos en paz! En Europa tal vez nos habriamos golpeado a estas horas; pero aqui todos amigos. Y se deleitaba escuchando la musica de los trabajadores: lamentos de canciones italianas, con acompanamiento de acordeon, guitarreos espanoles y criollos apoyando a unas voces bravias que cantaban al amor y la muerte. -Esto es el Arca de Noe -afirmo el estanciero. Queria decir la torre de Babel, segun penso Desnoyers, pero para el viejo era lo






mismo. -Yo creo -continuo- que vivimos asi porque en esta parte del mundo no hay reyes y los ejercitos son pocos, y los hombres solo piensan en pasarlo lo mejor posible gracias a su trabajo. Pero tambien creo que vivimos en paz porque hay abundancia y a todos les llega su parte... ?La que se armaria si las raciones fuesen menos que las personas! Volvio a quedar en reflexivo silencio, para anadir poco despues. -Sea por lo que sea, hay que reconocer que aqui se vive mas tranquilo que en el otro mundo. Los hombres se aprecian por lo que valen y se juntan sin pensar en si proceden de una tierra o de otra. Los mozos no van en rebano a matar a otros mozos que no conocen, y cuyo delito es haber nacido en el pueblo de enfrente... El hombre no es una mala bestia en todas partes, lo reconozco; pero aqui come, tiene tierra de sobra para tenderse, y es bueno, con la bondad de un perro harto. Alla son demasiados, viven en monton, estorbandose unos a otros, la pitanza es escasa, y se vuelven rabiosos con facilidad. ?Viva la paz, gabacho, y la existencia tranquila! Donde uno se encuentre bien y no corra peligro de que lo maten por cosas que no entiende, alli esta su verdadera tierra. Y como un eco de las reflexiones del rustico personaje, Karl, sentado en el salon ante el piano, entonaba a media voz un himno de Beethoven: «Cantemos la alegria de la vida; cantemos la libertad. Nunca mientas y traiciones a tu semejante, aunque te ofrezcan por ello el mayor trono de la Tierra.» ?La paz!... A los pocos dias se acordo Desnoyers con amargura de estas ilusiones del viejo. Fue la guerra, una guerra domestica, la que estallo en el idilico escenario de la estancia. «Patroncito, corra, que el patron viejo ha pelado cuchillo y quiere matar al aleman.» Y Desnoyers habia corrido fuera de su escritorio, avisado por las voces de un peon. Madariaga perseguia cuchillo en mano a Karl, atropellando a todos los que intentaban cerrarle el paso. Unicamente el pudo detenerlo, arrebatandole el arma. -?Ese pedigree sinverguenza! -vociferaba el viejo con la boca livida, agitandose entre los brazos de su yerno-. Todos los muertos de hambre creen que no hay mas que llegar a esta casa para llevarse mis hijas y mis pesos... ?Sueltame te digo! ?Sueltame para que lo mate!... Y con el deseo de verse libre, daba excusas a Desnoyers. A el lo habia aceptado como yerno porque era de su gusto, modesto, honrado y... serio. ?Pero ese pedigree cantor, con todas sus soberbias!... ?Un hombre que el habia sacado... no queria decir de donde! Y el frances, tan enterado como el de sus primeras relaciones con Karl, fingio no entenderlo. Como el aleman habia huido, el estanciero acabo por dejarse empujar hasta su casa. Hablaba de dar una paliza a la Romantica y otra a la china por no enterarse de las cosas. Habia sorprendido a su hija agarrada de las manos con el gringo en un bosquecillo cercano y cambiando entre ellos un beso. -?Viene por mis pesos! -aullaba-. Quiere hacer la America pronto a costa del gallego, y para esto tanta humildad, y tanto canto, y tanta nobleza. ?Embustero!... ?Musico! Y repitio con insistencia lo de ?musico!, como si fuese la concrecion de todos sus desprecios. Desnoyers, firme y sobrio en palabras, dio un desenlace al conflicto. La Romantica, abrazada a su madre, se refugio en los altos de la casa. El cunado habia protegido su retirada; pero a pesar de esto, la sensible Elena gimio entre lagrimas pensando en el aleman: «?Pobrecito! ?Todos contra el!» Mientras tanto, la esposa de Desnoyers retenia al padre en su despacho, apelando a toda su influencia de hija juiciosa. El frances fue en busca de Karl, mal repuesto aun de la terrible sorpresa, y le dio un caballo para que se trasladase inmediatamente a la estacion de ferrocarril mas proxima. Se alejo de la estancia, pero no permanecio solo mucho tiempo. Transcurridos unos






dias, la Romantica se marcho detras de el... Iseo la de las blancas manos fue en busca del caballero Tristan. La desesperacion de Madariaga no se mostro violenta y atronadora, como esperaba su yerno. Por primera vez le vio este llorar. Su vejez robusta y alegre desaparecio de golpe. En una hora parecia haber vivido diez anos. Como un nino, arrugado y tremulo, se abrazo a Desnoyers, mojandole el cuello con sus lagrimas. -?Se la ha llevado! ?El hijo de una gran... pulga se la ha llevado! Esta vez no hizo pesar su responsabilidad sobre su china. Lloro junto a ella, y como si pretendiese consolarla con una confesion publica, dijo repetidas veces: -Por mis pecados... Todo ha sido por mis grandisimos pecados. Empezo para Desnoyers una epoca de dificultades y conflictos. Los fugitivos le buscaron en una de sus visitas a la capital, implorando su proteccion. La Romantica lloraba, afirmando que solo su cunado, «el hombre mas caballero del mundo», podia salvarla. Karl lo miro como un perro fiel que se confia a su amo. Estas entrevistas se repitieron en todos sus viajes. Luego, al volver a la estancia, encontraba al viejo malhumorado, silenciosos, mirando con fijeza ante el, como si contemplase algo invisible para los demas, y diciendo de pronto: «Es un castigo: el castigo de mis pecados.» El recuerdo de sus primeras relaciones con el aleman, a antes de llevarlo a la estancia, le atormentaba como un remordimiento. Algunas tardes hacia ensillar su caballo, partiendo a todo galope hacia el pueblo mas proximo. Ya no iba en busca de ranchos hospitalarios. Necesitaba pasar un rato en la iglesia, hablar a solas con las imagenes, que estaban alli solo para el, ya que era el quien habia pagado las facturas de adquisicion... «Por mi culpa, por mi grandisima culpa.» Pero a pesar de su arrepentimiento, Desnoyers tuvo que esforzarse mucho para obtener de el un arreglo. Cuando le hablo de regularizar la situacion de los fugitivos, facilitando los tramites necesarios para el matrimonio, no le dejo continuar. «Haz lo que quieras, pero no me hables de ellos.» Pasaron muchos meses. Un dia, el frances se acerco con cierto misterio. «Elena tiene un hijo, y le llaman Julio, como a usted.» -Y tu, grandisimo inutil -grito el estanciero-, y la vaca floja de tu mujer vivis tranquilamente, sin darme un nieto... ?Ah gabacho! Por eso los alemanes acabaran montandose sobre vosotros. Ya ves: ese bandido tiene un hijo, y tu, despues de cuatro anos de matrimonio..., nada. Necesito un nieto, ?lo entiendes? Y para consolarse de esta falta de ninos en su hogar, se iba al rancho del capataz Celedonio, donde una bandada de pequenos mestizos se agrupaban, temerosos y esperanzados, en torno del patron viejo. De pronto murio la china. La pobre misia Petrona se fue discretamente, como habia vivido, procurando en su ultima hora evitar toda contrariedad al esposo, pidiendole perdon con la mirada por las molestias que podia causarle su muerte. Elena se presento en la estancia en la estancia para ver el cadaver de su madre, y Desnoyers, que llevaba mas de un ano sosteniendo a los fugitivos a espaldas del suegro, aprovecho la ocasion para vencer el enojo de este. -La perdono -dijo el estanciero despues de una larga resistencia-. Lo hago por la pobre finada y por ti. Que se quede en la estancia y que venga con ella el gringo sinverguenza. Nada de trato. El aleman seria un empleado a las ordenes de Desnoyers, y la pareja viviria en el edificio de la Administracion, como si no perteneciese a la familia. Jamas dirigiria la palabra a Karl. Pero apenas lo vio llegar, le hablo para tratarle de usted, dandole ordenes rudamente, lo mismo que a un extrano. Despues paso siempre junto a el como si no lo conociese. Al encontrar en su casa a Elena acompanando a la hermana mayor, tambien seguia adelante. En vano la Romantica, transfigurada por la maternidad, aprovechaba todas las ocasiones para colocar delante de el a su pequeno y repetia sonoramente su nombre: «Julio... Julio.» -Un hijo del gringo cantor, blanco como un cabrito desollado y con pelo de zanahoria, quieren que sea nieto mio... Prefiero a los de Celedonio. Y para mayor protesta, entraba en la vivienda del capataz, repartiendo a la chiquilleria punados de pesos. A los siete anos de efectuado el matrimonio, la esposa de Desnoyers sintio que iba a ser madre. Su hermana tenia ya tres hijos. Pero ?que valian estos para Madariaga, comparados con el nieto que iba a llegar? «Sera varon -dijo con firmeza-, porque yo lo necesito asi. Se llamara Julio, y quiero que se parezca a mi pobre finada.» Desde la muerte de su esposa, que ya no la llamaba la china, sintio algo semejante a un amor postumo por aquella pobre mujer que tanto le habia aguantado durante su existencia, siempre timida y silenciosa. «Mi pobre finada» surgia a cada instante con la obsesion de un remordimiento. Sus deseos se cumplieron. Luisa dio a luz un varon, que recibio el nombre de Julio, y aunque mostraba en sus rasgos fisonomicos, todavia abocetados, una gran semejanza con su abuela, tenia el cabello y los ojos negros y la tez de moreno palido. ?Bienvenido!... Este era su nieto. Y con la generosidad de la alegria permitio que el aleman entrase en su casa para asistir a la fiesta del bautizo. Cuando Julio Desnoyers tuvo cuatro anos, el abuelo lo paseo a caballo por toda la estancia, colocandolo en el delantero de la silla. Iba de rancho en rancho para mostrarlo al populacho cobrizo, como un anciano monarca que presenta a un heredero. Mas adelante, cuando el nieto pudo hablar sueltamente, se entretuvo conversando con el horas enteras a la sombra de los eucaliptos. Empezaba a marcarse en el viejo cierta decadencia mental. Aun no chocheaba, pero su agresividad iba tomando un caracter pueril. Hasta en las mayores expansiones de carino se valia de la contradiccion, buscando molestar a sus allegados. -?Ven aqui, profeta falso! -decia a su nieto-. Tu eres un gabacho. Julio protestaba como si lo insultasen. Su madre le habia ensenado que era argentino, y su padre le recomendaba que anadiese espanol, para dar gusto al abuelo. -Bueno; pues si no eres gabacho -continuaba el estanciero- grita: ?Abajo Napoleon! Y miraba en torno de el para ver si estaba cerca Desnoyers, creyendo causarle con esto una gran molestia. Pero el yerno seguia adelante, encogiendose de hombros. -?Abajo Napoleon! -decia Julio. Y presentaba la mano inmediatamente, mientras el abuelo buscaba sus bolsillos. Los hijos de Karl, que ya eran cuatro, y se movian en torno del abuelo como un coro humilde mantenido a distancia, contemplaban con envidia estas dadivas. Para agradarle, un dia que lo vieron solo se acercaron resueltamente, gritando al unisono: «?Abajo Napoleon!» -?Gringos atrevidos! -bramo el viejo-. Eso se lo habra ensenado a ustedes el sinverguenza de su padre. Si lo vuelven a repetir, los corro a rebencazos... ?Insultar asi a un gran hombre! Esta descendencia rubia la toleraba, pero sin permitirle ninguna intimidad. Desnoyers y su esposa tomaban la defensa de sus sobrinos, tachandole de injusto. Y para desahogar los comentarios de su antipatia buscaba a Celedonio, el mejor de los oyentes, pues contestaba a todo: «Si, patron.» «Asi sera, patron.» -Ellos no tienen culpa alguna -decia el viejo-, pero yo no puedo quererlos. Ademas, ?tan semejantes a su padre, tan blancos, con el pelo de zanahoria deshilachada, y los dos mayores llevan anteojos, lo mismo que si fuesen escribanos!... No parecen gentes con esos vidrios: parecen tiburones. Madariaga no habia visto nunca tiburones, pero se los imaginaba, sin saber por que, con unos ojos redondos de vidrio, como fondos de botella. A la edad de ocho anos Julio era un jinete. «?A caballo, peoncito!», ordenaba el abuelo. Y salian a galope por los campos, pasando como centellas entre millares y millares de reses cornudas. El peoncito, orgulloso de su titulo, obedecia en todo al maestro. Y asi aprendio a tirar el lazo a los toros, dejandolos aprisionados y vencidos, a hacer saltar las vallas de alambre a su pequenos caballo, a salvar de un bote un hoyo profundo, a deslizarse por las barrancas, no sin rodar muchas veces debajo de su montura.






-?Ah gaucho fino! -decia el abuelo, orgulloso de estas hazanas-. Toma cinco pesos para que le regales un panuelo a una china. El viejo, en su creciente embrollamiento mental, no se daba cuenta exacta de la relacion entre las pasiones y los anos. Y el infantil jinete, al guardarse el dinero, se preguntaba que china era aquella y por que razon debia hacerle un regalo. Desnoyers tuvo que arrancar a su hijo de las ensenanzas del abuelo. Era inutil que hiciese venir maestros para Julio o que intentase enviarlo a la escuela de la estancia. Madariaga raptaba a su nieto, escapandose juntos a correr el campo. El padre acabo por instalar al hijo en un gran colegio de la capital cuando ya habia pasado de los once anos. Entonces, el viejo fijo su atencion en la hermana de Julio, que solo tenia tres anos, llevandola, como al otro, de rancho en rancho sobre el delantero de su montura. Todos llamaban Chichi a la hija del Chicha, pero el abuelo le dio el titulo de peoncito, como a su hermano. Y Chichi, que se criaba vigorosa y rustica, desayunandose con carne y hablando en suenos del asado, siguio facilmente las aficiones del viejo. Iba vestida como un muchacho, montaba lo mismo que los hombres, y para merecer el titulo de gaucho fino conferido por el abuelo, llevaba un cuchillo en la trasera del cinturon. Los dos corrian el campo de sol a sol. Madariaga parecia seguir como una bandera la trenza ondulante de la amazona. Esta, a los nueve anos, echaba ya con habilidad su lazo a las reses. Lo que mas irritaba al estanciero era que la familia le recordase su vejez. Los consejos de Desnoyers para que permaneciese tranquilo en casa los acogia como insultos. Asi que avanzaba en anos, era mas agresivo y temerario, extremando su actividad, como si con ella quisiera espantar a la muerte. Solo admitia ayuda de su travieso peoncito. Cuando al ir a montar acudian los hijos de Karl, que eran ya unos grandullones, para tenerle el estribo, los repelia con bufidos de indignacion. -?Creen ustedes que yo no puedo sostenerme?... Aun tengo vida para rato, y los que aguardan que muera para agarrar mis pesos se llevan chasco. El aleman y su esposa, mantenidos aparte en la vida de la estancia, tenian que sufrir en silencio estas alusiones. Karl, necesitado de proteccion, vivia a la sombra del frances, aprovechando toda oportunidad para abrumarle con sus elogios. Jamas podria agradecer bastante lo que hacia por el. Era su unico defensor. Deseaba una ocasion para mostrarle su gratitud; morir por el, si era preciso. La esposa admiraba a su cunado con grandes extremos de entusiasmo. «El caballero mas cumplido de la Tierra.» Y Desnoyers agradecia en silencio esta adhesion, reconociendo que el aleman era un excelente companero. Como disponia en absoluto de la fortuna de la familia, ayudaba generosamente a Karl sin que el viejo se enterase. El fue quien tomo la iniciativa para que pudiesen realizar la mayor de sus alusiones. El aleman sonaba con una visita a su pais. ?Tantos anos en America!... Desnoyers, por lo mismo que no sentia deseos de volver a Europa, quiso facilitar este anhelo de sus cunados, y dio a Karl los medios para que hiciese el viaje con toda su familia. El viejo no quiso saber quien costeaba los gastos. «Que se vayan -dijo con alegria- y que no vuelvan nunca.» La ausencia no fue larga. Gastaron en tres meses lo que llevaban para un ano. Karl, que habia hecho saber a sus parientes la gran fortuna que significaba su matrimonio, quiso presentarse como un millonario en pleno goce de sus riquezas. Elena volvio transfigurada, hablando con orgullo de sus parientes: del baron, coronel de husares, del comandante de la Guardia, del consejero de la corte, declarando que todos los pueblos resultaban despreciables al lado de la patria de su esposo. Hasta tomo cierto aire de proteccion al alabar a Desnoyers, un hombre bueno, ciertamente, pero sin nacimiento, sin raza, y ademas frances. Karl, en cambio, manifestaba la misma adhesion de antes, permaneciendo en sumisa modestia detras de su cunado. Este tenia las llaves de la caja y era su unica defensa ante el terrible viejo... Habia dejado sus dos hijos mayores en un colegio de Alemania. Anos despues, fueron saliendo con igual destino los otros nietos del estanciero, que este consideraba antipaticos e inoportunos, «con pelos de zanahoria






y ojos de tiburon.» El viejo se veia ahora solo. Le habian arrebatado su segundo peoncito. La severa Chicha no podia tolerar que su hija se criase como un muchacho, cabalgando a todas horas y repitiendo las palabras gruesas del abuelo. Estaba en un colegio de la capital, y las monjas educadoras tenian que batallar grandemente para vencer las rebeliones y malicias de su bravia alumna. Al volver a la estancia Julio y Chichi durante las vacaciones, el abuelo concentraba sus predilecciones en el primero, como si la nina solo hubiese sido un sustituto. Desnoyers se quejaba de la conducta un tanto desordenada de su hijo. Ya no estaba en el colegio. Su vida era la de un estudiante de familia rica que rem