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Áëàñêî Âèñåíòå Èáàíüåñ — Los cuatro jinetes del Apocalipsis

AL LECTOR


En julio de 1914 note los primeros indicios de la proxima guerra europea, viniendo de Buenos Aires a las costas de Francia en el vapor aleman Konig Friedrich August. Era el mismo buque que figura en los primeros capitulos de esta obra. No quise cambiar ni desfigurar su nombre. Copias exactas del natural son tambien los personajes alemanes que aparecen en el principio de la novela. Los oi hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar, con una copa de champana en la mano, la posibilidad, cada vez mas cierta, de que Alemania declarase la guerra, sin reparar en pretextos. ?Y esto en medio del Oceano, lejos de las grandes agrupaciones humanas, sin otra relacion con el resto del planeta que las noticias intermitentes y confusas que podia recoger la telegrafia sin hilos del buque en aquel ambiente agitado por los mensajes ansiosos que cruzaban todos los pueblos!... Por eso sonrio con desprecio o me indigno siempre que oigo decir que Alemania no quiso la guerra y que los alemanes no estaban deseosos de llegar a ella cuanto antes. El primer capitulo de Los cuatro jinetes del Apocalipsis me lo proporciono un viaje casual a bordo del ultimo transatlantico germanico que toco Francia. Viviendo semanas despues en el Paris solitario de principios de septiembre de 1914, cuando se desarrollo la primera batalla del Marne y el Gobierno frances tuvo que trasladarse a Burdeos por medida de prudencia, al ambiente extraordinario de la gran ciudad me sugirio todo el resto de la presente novela. Marchando por las Avenidas afluentes al Arco del Triunfo, que en aquellos dias parecian de una ciudad muerta y contrastaban, por su funebre soledad, con los esplendores y riquezas de los tiempos pacificos, tuve la vision de los cuatro jinetes, azotes de la Historia, que iban a trastornar por muchos anos el ritmo de nuestra existencia. Despues de la batalla salvadora del Marne, cuando el Gobierno volvio a instalarse en Paris, converse un dia con monsieur Poincare, que era entonces presidente de la Republica. Poincare ama la literatura mas que la politica. -Yo soy el abogado de los escritores -dice con orgullo, como si este fuese el mejor de los titulos-. Yo defendia en todos sus pleitos a la Academia Goncourt. El presidente de la Republica quiso felicitarme por mis escritos espontaneos a favor de Francia en los primeros y mas dificiles momentos de la guerra, cuando el porvenir se mostraba oscuro, incierto, y bastaban los dedos de una mano para contar en el extranjero a los que sosteniamos franca y decididamente a los aliados. -Quiero que vaya usted al frente -me dijo-, pero no para escribir en los periodicos. Eso pueden hacerlo muchos. Vaya como novelista. Observe, y tal vez de su viaje nazca un libro que sirva a nuestra causa. Gracias al presidente de la Republica, pude ver todo el inmenso escenario de la batalla del Marne, cuando aun estaban recientes las huellas de este choque gigantesco. Por sus recomendaciones vivi en un pueblecito cerca de Reims, donde estaba el cuartel general de Franchet d'Esperey, jefe del quinto ejercito. Luego, Franchet d'Esperey, en el ultimo ano de la guerra, mando el ejercito de Oriente, vencio a los bulgaros, obligandolos a pedir la paz, y acelero con ello la terminacion general de la lucha. Hoy es mariscal de la Republica francesa.






Esta novela la escribi en Paris cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilometros de la capital, y bastaba tomar un automovil de alquiler en la plaza de la Opera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a traves del suelo siempre que cesaba el traquetear de fusiles y ametralladoras, restableciendose el silencio sobre los desolados campos de muerte. La falta de medios de comunicacion dentro de Paris y la escasez de dinero que trajo para muchos la guerra, me obligaron a abandonar la elegante casita con jardin que ocupaba en las inmediaciones del Bosque de Bolonia, instalandome en un barrio vulgarisimo del centro, en una casa de numerosos habitantes, cuyas paredes y tabiques dejaban pasar los sonidos como si fuesen de carton. La guerra parecia atraernos y aglomerarnos a los habitantes de la ciudad. Nuestra vida tenia algo de campamento. Los ninos jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio: toda clase de ruidos e incomodidades eran tolerados. ?Quien iba a quejarse, como en los tiempos normales, cuando la unica preocupacion era saber si el enemigo habia avanzado o retrocedido, y al cerrar la noche todos mirabamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntandonos si dormiriamos en paz o si las escuadrillas aereas, con sus proyectiles, vendrian a interrumpir nuestro sueno!... En los diversos pisos de mi casa existian cuatro pianos, y todos ellos sonaban desde las primeras horas de la manana hasta despues de medianoche. Las vecinas distraian su aburrimiento o su inquietud con un pianoteo torpe y monotono, pensando en el marido, en el padre o en el novio que estaban en el frente. Ademas, habia que preocuparse del carbon, que era puro barro y no calentaba; del pan de guerra, nocivo para el estomago; de la mala calidad de los viveres, de todas las penalidades de una vida triste, mezquina y sin gloria a espaldas de un ejercito que se bate. Nunca trabaje en peores condiciones. Tuve las manos y el rostro agrietados por el frio; use zapatos y calcetines de combatiente, para sufrir menos los rigores del invierno. Asi escribi Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Reconozco que hoy no podria terminar una novela en aquella menguada habitacion, con tres pianos sobre la cabeza, otro piano bajo los pies, y una ventana al lado dando sobre una calle maloliente, por la carencia de limpieza publica, donde jugaban a gritos docenas de chiquillos faltos de padres, pues estos solo de tarde en tarde podian alcanzar un permiso para volver del frente. Ademas, transitaban por ella sin descanso cantores populares y toda clase de estrepitos, excepcionalmente tolerados. Pero el ambiente heroico de la guerra influia en nosotros, y durante cuatro anos vivimos todos en Paria de un modo que nos asombra ahora al recordarlo. La novela imaginada y escrita en un piso de la rue Rennequin ha dado despues la vuelta a la Tierra, siendo traducida a los idiomas de todos los pueblos civilizados y obteniendo en algunos de estos -los mas importantes y poderosos- un exito que nunca llegue a sospechar.

V. B. I. 1923.


                                         PRIMERA PARTE


                                                 I


                                 EN EL JARDIN DE LA CAPILLA EXPIATORIA        







Debian encontrarse a las cinco de la tarde en el pequeno jardin de la Capilla Expiatoria; pero Julio Desnoyers llego media hora antes, con la impaciencia del enamorado que cree adelantar el momento de la cita presentandose con anticipacion. Al pasar la verja por el bulevar Haussmann, se dio cuenta repentinamente de que en Paria el mes de julio pertenece al verano. El curso de las estaciones era para el en aquellos momentos algo embrollado que exigia calculos. Habian transcurrido cinco meses desde las ultimas entrevistas en este square que ofrece a las parejas errantes el refugio de una calma humeda y funebre junto a un bulevar de continuo movimiento y en las inmediaciones de una gran estacion de ferrocarril. La hora de la cita era siempre las cinco. Julio veia llegar a su amada a la luz de los reverberos, encendidos recientemente, con el bulto envuelto en pieles y llevandose el manguito al rostro lo mismo que un antifaz. La voz dulce, al saludarlo, esparcia su respiracion congelada por el frio: un nimbo de vapor blanco y tenue. Despues de varias entrevistas preparatorias y titubeantes, abandonaron definitivamente el jardin. Su amor habia adquirido la majestuosa importancia dl hecho consumado, y fue a refugiarse de cinco a siete en un quinto piso de la rue de la Pompe, donde tenia Julio su estudio de pintor. Las cortinas bien corridas sobre el ventanal de cristales, la chimenea ardiente esparciendo palpitaciones de purpura como unica luz de la habitacion, el monotono canto del samovar hirviendo junto a las tazas de te, todo el recogimiento de una vida aislada por el dulce egoismo, no les permitio enterarse de que las tardes iban siendo mas largas, de que afuera aun lucia a ratos el sol en el fondo de los pozos de nacar abiertos en las nubes, y que la primavera, una primavera timida y palida, empezaba a mostrar sus dedos verdes en los botones de las ramas, sufriendo las ultimas mordeduras del invierno, negro jabali que volvia sobre sus pasos. Luego, Julio habia hecho un viaje a Buenos Aires, encontrando en el otro hemisferio las ultimas sonrisas del otono y los primeros vientos helados en la Pampa. Y cuando se imaginaba que el invierno era para el la eterna estacion, pues le salia al paso en sus cambios de domicilio de un extremo a otros del planeta, he aqui que se le aparecia inesperadamente el verano en este jardin de barrio. Un enjambre de ninos correteaba y gritaba en las cortas avenidas alrededor del monumento expiatorio. Lo primero que vio Julio al entrar fue un aro que venia rodando hacia sus piernas empujado por una mano infantil. Luego tropezo con una pelota. En torno de los castanos se aglomeraba el publico habitual de los dias calurosos, buscando la sombra azul acribillada de puntos de luz. Eras criadas de las casas proximas que hacian labores o charlaban, siguiendo con mirada indiferente los juegos violentos de los ninos confiados a su vigilancia, burgueses del barrio que descendian al jardin para leer su periodico, haciendose la ilusion de que los rodeaba la paz de los bosques. Todos los bancos estaban llenos. Algunas mujeres ocupaban taburetes plegadizos de lona, con el aplomo que confiere el derecho de propiedad. Las sillas de hierro, asientos sometidos a pago, servian de refugio a varias senoras cargadas de paquetes, burguesas de los alrededores de Paris que esperaban a otros individuos de su familia para tomar el tren en la gare Saint-Lazare... Y Julio habia propuesto en una carta neumatica el encontrarse, como en otros tiempos, en este lugar, por considerarlo poco frecuentado. Y ella, cono no menos olvido de la realidad, fijaba en su respuesta la hora de siempre, las cinco, creyendo que, despues de pasar unos minutos en el Printemps o las Galerias con pretexto de hacer compras, podria deslizarse hasta el jardin solitario, sin riesgos a ser vista por algunos de sus numerosos conocidos. Desnoyers gozo una voluptuosidad casi olvidada -la del movimiento en un vasto espacio- al pasear haciendo crujir bajo sus pies los granos de arena. Durante veinte dias, sus paseos habian sido sobre tablas, siguiendo con el automatismo de un caballo de picadero la vista ovoidal de la cubierta de un buque. Sus plantas, habituadas a un suelo inseguro, guardaban aun sobre la tierra firme cierta sensacion de movilidad elastica. Sus idas y venidas no despertaban la curiosidad de las gentes





sentadas en el paseo. Una preocupacion comun parecia abarcar a todos, hombres y mujeres. Los grupos cruzaban en alta voz sus impresiones. Los que tenian un periodico en la mano veian aproximarse a los vecinos con sonrisa de interrogacion. Habian desaparecido de golpe la desconfianza y el recelo que impulsan a los habitantes de las grandes ciudades a ignorarse mutuamente, midiendose con la vista cual si fuesen enemigos. «Hablan de la guerra -se dijo Desnoyers-. Todo Paris solo habla a estas horas de la posibilidad de la guerra». Fuera del jardin se notaba igualmente la misma ansiedad que hacia a las gentes fraternales e igualitarias. Los vendedores de periodicos pasaban por el bulevar voceando las publicaciones de la tarde. Su carrera furiosa era cortada por las manos avidas de los transeuntes, que se disputaban los papeles. Todo lector se veia rodeado de un grupo que le pedia noticias o intentaba descifrar por encima de sus hombros los gruesos y sensacionales rotulos que encabezaban la hoja. En la rue des Mathurins, al otro lado del square, un corro de trabajadores, bajo el toldo de una taberna, oia los comentarios de un amigo, que acompanaba sus palabras agitando el periodico con ademanes oratorios. El transito en las calles, el movimiento general de la ciudad, era lo mismo que en otros dias; pero a Julio le parecio que los vehiculos iban mas aprisa, que habia en el aire un estremecimiento de fiebre, que las gentes hablaban y sonreian de un modo distinto. Todos parecian conocerse. A el mismo lo miraban las mujeres del jardin como si le hubiesen visto en los dias anteriores. Podia acercarse a ellas y entablar conversacion, sin que experimentasen extraneza. «Hablan de la guerra», volvio a repetirse; pero con la conmiseracion de una inteligencia superior que conoce el porvenir y se halla por encima de las impresiones del vulgo. Sabia a que atenerse. Habia desembarcado a las diez de la noche, aun no hacia veinticuatro horas que pisaba tierra, y su mentalidad era la de un hombre que viene de lejos, a traves de las inmensidades oceanicas, de los horizontes sin obstaculos, y se sorprende viendose asaltado por las preocupaciones que gobiernan a los grandes grupos humanos. Al desembarcar habia estado dos horas en un cafe de Boulogne, contemplando como las familias burguesas pasaban la velada en la monotona placidez de una vida sin peligros. Luego, el tren especial de los viajeros de America le habia conducido a Paris, dejandolo a las cuatro de la madrugada en un anden de la estacion del norte entre los brazos de Pepe Argensola, joven espanol al que llamaba unas veces mi secretario y otras mi escudero, por no saber con certeza que funciones desempenaba cerca de su persona. En realidad era una mezcla de amigo y de parasito, el camarada pobre complaciente y activo que acompanaba al senorito de familia rica en mala inteligencia con sus padres, participando de las alternativas de su fortuna, recogiendo las migajas de los dias prosperos e inventando expedientes para conservar las apariencias en las horas de penuria. -?Que hay de la guerra? -le habia dicho Argensola antes de preguntarle por el resultado de su viaje-. Tu vienes de fuera y debes de saber mucho. Luego se habia dormido en su antigua cama, guardadora de gratos recuerdos, mientras el secretario paseaba por el estudio hablando de Servia, de Rusia y del kaiser. Tambien este muchacho esceptico para todo lo que no estuviese en relacion con su egoismo, parecia contagiado por la preocupacion general. Cuando desperto, la carta de ella citandole para las cinco de la tarde contenia igualmente algunas palabras sobre el temido peligro. A traves de su estilo de enamorada, parecia transpirar la preocupacion de Paris. Al salir en busca del almuerzo, la portera, con pretexto de darle la bienvenida, le habia pedido noticias. Y en el restaurante, en el cafe, en la calle, siempre la guerra..., la posibilidad de una guerra con Alemania... Desnoyers era optimista. ?Que podian significar estas inquietudes para un hombre como el, que acababa de vivir mas de veinte dias entre alemanes, cruzando el Atlantico bajo la bandera del Imperio?






Habia salido de Buenos Aires en un vapor de Hamburgo: el Konig Friedrich August. El mundo estaba en santa tranquilidad cuando el buque se alejo de tierra. Solo en Mexico blancos y mestizos se exterminaban revolucionariamente, para que nadie pudiese creer que el hombre es un animal degenerado por la paz. Los pueblos demostraban en el resto del planeta una cordura extraordinaria. Hasta en el transatlantico, el pequeno mundo de pasajeros de las mas diversas nacionalidades parecia un fragmento de la sociedad futura implantado como ensayo en los tiempos presentes, un boceto del mundo del porvenir, sin fronteras ni antagonismos de razas. Una manana, la musica de abordo que hacia oir todos los domingos el Coral, de Lutero, desperto a los durmientes de los camarotes de primera clase con la mas inaudita de las alboradas. Desnoyers se froto los ojos creyendo vivir aun en las alucinaciones del sueno. Los cobres alemanes rugian la Marsellesa, por los pasillos y las cubiertas. El camarero, sonriendo ante su asombro, acabo por explicar el acontecimiento: «Catorce de Julio». En los vapores alemanes se celebran como propias las grandes fiestas de todas las naciones que proporcionan carga y pasajeros. Sus capitanes cuidan escrupulosamente de cumplir los ritos de esta religion de la bandera y del recuerdo historico. La mas insignificante Republica ve empavesado el buque en su honor. Es una diversion mas, que ayuda a combatir la monotonia del viaje y sirve a los altos fines de la propaganda germanica. Por primera vez la gran fecha de Francia era festejada en un buque aleman; y mientras los musicos seguian paseando por los diversos pisos, una Marsellesa galopante, sudorosa y con el pelo suelto, los grupos matinales comentaban el suceso. -?Que finura! -decian las damas sudamericanas-. Estos alemanes no son tan ordinarios como parecen. Es una atencion... algo muy distinguido. ?Y aun hay quien cree que ellos y Francia van a golpearse?... Los contadisimos franceses que viajaban en el buque se veian admirados, como si hubiesen crecido desmesuradamente ante la publica consideracion. Eran tres nada mas: un joyero viejo que venia de visitar sus sucursales de America, y dos muchachas comisionistas de la rue de la Paix, las personas mas modositas y timidas de a bordo, vestales de ojos alegres y nariz respingada, que se mantenian aparte, sin permitirse la menor expansion en este ambiente poco grato. Por la noche hubo banquete de gala. En el fondo del comedor, la bandera francesa y la del Imperio formaban un vistoso y disparatado cortinaje. Todos los pasajeros alemanes iban de frac y sus damas exhibian las blancuras de sus escotes. Los uniformes de los sirvientes brillaban como en un dia de gran revista. A los postres sono el repiqueteo de un cuchillo sobre un vaso, y se hizo el silencio. El comandante iba a hablar. Y el bravo marino, que unia a sus funciones nauticas la obligacion de hacer arengas en los banquetes y abrir los bailes con la dama de mayor respeto, empezo el desarrollo de un rosario de palabras semejantes a frotamientos de tabletas, con largos intervalos de vacilante silencio. Desnoyers sabia un poco de aleman, como recuerdo de sus relaciones con los parientes que tenia en Berlin, y pudo atrapara algunas palabras. Repetia el comandante a cada momento paz y amigos. Un vecino de mesa, comisionista de comercio, se ofrecio como interprete, con la obsequiosidad del que vive de la propaganda. -El comandante pide a Dios que mantenga la paz entre Alemania y Francia y espera que cada vez seran mas amigos los dos pueblos. Otro orador se levanto en la misma mesa que ocupaba el marino. Era el mas respetado de los pasajeros alemanes, un rico industrial de Dusseldorf que venia de visitar a sus corresponsales de America. Nunca lo designaban por su nombre. Tenia el titulo de consejero de Comercio, y para sus compatriotas era Herr Comerzienrath, asi como su esposa se hacia dar el titulo de Frau Rath. La senora consejera, mucho mas joven que su importante esposo, habia atraido desde el principio del viaje la atencion de Desnoyers. Ella, por su parte, hizo una excepcion en favor de este joven argentino, abdicando su titulo desde las primeras palabras.






«Me llamo Berta», dijo dengosamente, como una duquesa de Versalles a un lindo abate sentado a sus pies. El marido tambien protesto al oir que Desnoyers le llamaba consejero, como sus compatriotas. «Mis amigos me llaman capitan. Yo mando una compania de la Landsturm». Y el gesto con que el industrial acompano estas palabras revelaba la melancolia de un hombre no comprendido menospreciando los honores que goza para pensar unicamente en lo que posee. Mientras pronunciaba el discurso, Julio examino su pequena cabeza y su robusto pescuezo, que le daban cierta semejanza con un perro de pelea. Imaginariamente veia el alto y opresor cuello del uniforme haciendo surgir sobre sus bordes un doble bullon de grasa roja. Los bigotes enhiestos y engomados tomaban un avance agresivo. Su voz era cortante y seca, como si sacudiese las palabras... Asi debia de lanzar el emperador sus arengas. Y el burgues belicoso, con instintiva simulacion, encogia el brazo izquierdo, apoyando la mano en la empunadura de un sable invisible. A pesar de su gesto fiero y su oratoria de mando, todos los oyentes alemanes rieron estrepitosamente a las primeras palabras, como hombres que saben apreciar el sacrificio de un Herr Comerzienrath cuando se digna divertir una reunion. -Dice cosas muy graciosas de los franceses -apunto el interprete en voz baja-. Pero no son ofensivas. Julio habia adivinado algo de esto al oir repetidas veces la palabra franzosen. Se daba cuenta aproximadamente de lo que decia el orador: «franzosen, ninos grandes, alegres, graciosos, imprevisores. ?Las cosas que podrian hacer juntos los alemanes y ellos, si olvidasen los rencores del pasado!» Los oyentes germanos ya no reian. El consejero renunciaba a su ironia, una ironia grandiosa, aplastante, de muchas toneladas de peso, enorme como el buque. Ahora desarrollaba la parte seria de su arenga, y el mismo comisionista parecia conmovido. -Dice, senor -continuo-, que desea que Francia sea muy grande y que algun dia marchemos juntos contra otros enemigos..., ?contra otros! Y guinaba un ojo sonriendo maliciosamente, con la misma sonrisa de comun inteligencia que despertaba en todos esta alusion al misterioso enemigo. Al final, el capitan consejero levanto su copa por Francia. Hoch!, grito como si mandase una revolucion a sus soldados de la reserva. Por tres veces dio el grito, y toda la masa germanica puesta en pie, contesto con un Hoch! Semejante a un rugido, mientras la musica instalada en el antecomedor rompia a tocar la Marsellesa. Desnoyers se conmovio. Un escalofrio de entusiasmo subia por su espalda. Se le humedecieron los ojos, y al beberse el champana creyo haber tragado algunas lagrimas. El llevaba un nombre frances, tenia sangre francesa, y lo que hacian aquellos gringos -que las mas de las veces le parecian ridiculos y ordinarios- era digno de agradecimiento. ?Los subditos del kaiser festejando la gran fecha de la Revolucion!... Creyo estar asistiendo a un gran suceso historico. -?Muy bien! -dijo a otros sudamericanos que ocupaban las mesas inmediatas-. Hay que reconocer que han estado muy gentiles. Luego, con la vehemencia de sus veintiseis anos, acometio en el antecomedor al joyero, echandole en cara su mutismo. Era el unico ciudadano de Francia que iba a bordo. Debia haber dicho cuatro palabras de agradecimiento. La fiesta terminaba mal por su culpa. -?Y por que no hablo usted, que es hijo de frances? -dijo el otro-. -Yo soy un ciudadano argentino -contesto Julio-. Y se alejo del joyero, mientras este, pensando que podia haber hablado, daba explicaciones a los que le rodeaban. Era muy peligroso mezclarse en asuntos diplomaticos. Ademas, el no tenia instrucciones de su Gobierno. Y por unas cuantas horas se creyo un hombre que habia estado a punto de desempenar un gran papel en la Historia. Pasaba Desnoyers el resto de la noche en el fumadero, atraido por la presencia de la






senora consejera. El capitan de la Landstrum, avanzando un enorme cigarro entre sus bigotes, jugaba al poquer con otros compatriotas que le seguian en orden de dignidades y riquezas. Su companera se mantenia al lado suyo gran parte de la velada, presenciando el ir y venir de los camareros cargados de bocks, sin atreverse a intervenir en este consumo enorme de cerveza. Su preocupacion era guardar un asiento vacio junto a ella para que lo ocupase Desnoyers. Le tenia por el hombre mas distinguido de a bordo porque tomaba champana en todas las comidas. Era de mediana estatura, moreno, con un pie breve -que la obligaba a ella a recoger los suyos debajo de las faldas-, y su frente aparecia como un triangulo bajo dos crenchas de pelo lisas, negras, lustrosas cual planchas de laca. El tipo opuesto de los hombres que la rodeaban. Ademas, vivia en Paris, en la ciudad que ella no habia visto nunca, despues de numerosos viajes por ambos hemisferios. -?Oh Paris! ?Paris! -decia abriendo los ojos y frunciendo los labios para expresar su admiracion cuando hablaba a solas con el argentino-. ?Como me gustaria ir a el! Y para que le contase las cosas de Paris se permitia ciertas confidencias sobre los placeres de Berlin, pero con ruborosa modestia, admitiendo por adelantado que en el mundo hay mas, mucho mas, y que ella deseaba conocerlo. Julio, al pasear ahora en torno de la Capilla Expiatoria, se acordaba con cierto remordimiento de la esposa del consejero Erckmann. ?El, que habia hecho el viaje a America por una mujer para reunir dinero y casarse con ella!... Pero en seguida encontraba excusas a su conducta. Nadie iba a saber lo ocurrido. Ademas, el no era un asceta, y Berta Erkmann representaba una amistad tentadora en medio del mar. Al recordarla, veia imaginariamente un caballo de carreras grande, enjuto, rubio y de largas zancadas. Era una alemana a la moderna, que no reconocia otro defecto a su pais que la pesadez de sus mujeres, combatiendo en su persona este peligro nacional con toda clase de metodos alimenticios. La comida era para ella un tormento, y el desfile de los bocks en el fumadero un suplicio tantalesco. La esbeltez conseguida y mantenida por esta tension de la voluntad dejaba mas visible la robustez de su andamiaje, el fuerte esqueleto, con mandibulas poderosas y unos dientes grandes, sanos, deslumbradores, que tal vez daban origen a la comparacion irreverente de Desnoyers. «Es delgada, y sin embargo, enorme», decia al examinarla. Pero a continuacion la declaraba igualmente la mujer mas distinguida a bordo; distinguida para el Oceano, elegante a estilo de Munich, con vestidos de colores indefinibles que hacian recordar el arte persa y las vinetas de los manuscritos medievales. El Marido admiraba la elegancia de Berta, lamentando en secreto su esterilidad casi como un delito de alta traicion. La patria alemana era grandiosa por la fecundidad de sus mujeres. El kaiser, con sus hiperboles de artista, habia hecho constar que la verdadera belleza alemana debe tener el talle a partir de un metro cincuenta. Cuando entro Desnoyers en el fumadero para ocupar el asiento que le reservaba la consejera, el marido y sus opulentos camaradas tenian la baraja inactiva sobre el verde tapete. Herr Rath continuaba entre amigos su discurso, y los oyentes se sacaban el cigarro de los labios para lanzar grunidos de aprobacion. La presencia de Julio provoco una sonrisa de general amabilidad. Era Francia que venia a fraternizar con ellos. Sabian que su padre era frances, y esto bastaba para que lo acogiesen como si llegase en linea recta del palacio del Quai d'Orsay, representando a la mas alta diplomacia de la Republica. El afan de proselitismo hizo que todos ellos le concediesen de pronto una importancia desmesurada. -Nosotros -continuo el consejero, mirando fijamente a Desnoyers como si esperase de el una declaracion solemne- deseamos vivir en buena amistad con Francia. El joven Julio aprobo con la cabeza, para no mostrarse desatento. Le parecia muy bien que las gentes no fuesen enemigas. Por el podia afirmarse esta amistad cuanto quisieran. Lo unico que le interesaba en aquellos momentos era cierta rodilla que buscaba la suya por debajo de la mesa, transmitiendole su dulce calor a traves de un doble telon de sedas.






-Pero Francia -siguio quejumbrosamente el industrial- se muestra arisca con nosotros. Hace anos que nuestro emperador le tiende la mano con noble lealtad, y ella finge no verla... Esto reconocera usted que no es correcto. Aqui Desnoyers creyo que debia decir algo, para que el orador no adivinase sus verdaderas preocupaciones. -Tal vez no hacen ustedes bastante. ?Si ustedes devolviesen, ante todo, lo que le quitaron!... Se hizo un silencio de estupefaccion, como si hubiese sonado en el buque la senal de alarma. Algunos de los que se llevaban el cigarro a los labios quedaron con la mano inmovil a dos dedos de la boca, abriendo los ojos desmesuradamente. Pero alli estaba el capitan de la Landnstrum para dar forma su muda protesta. -?Devolver! - dijo con una voz que parecia ensordecida por el repentino hinchamiento de su cuello-. Nosotros no tenemos por que devolver nada, ya que nada hemos quitado. Lo que poseemos lo ganamos con nuestro heroismo. La oculta rodilla se hizo mas insinuante, como si aconsejase prudencia al joven con sus dulces frotamientos. -No diga usted esas cosas -suspiro Berta-. Eso solo lo dicen los republicanos corrompidos de Paris. ?Un joven tan distinguido, que ha estado en Berlin y tiene parientes en Alemania!... Como Desnoyers ante toda afirmacion hecha con tono altivo sentia un impulso hereditario de agresividad, dijo friamente: -Es como si le quitase a usted el reloj y luego le propusiera que fuesemos amigos, olvidando lo ocurrido. Aunque usted pudiera olvidar, lo primero seria que yo le devolviese el reloj. Quiso responder tantas cosas a la vez el consejero Erckmann, que balbucio, saltando de una idea a otra: -?Comparar la reconquista de Alsacia a un robo!... ?Una tierra alemana!... La raza..., la lengua..., la historia... -Pero ?donde consta su voluntad de ser alemana? -pregunto el joven sin perder la calma-. ?Cuando han consultado ustedes su opinion? Quedo indeciso el consejero, como si dudase entre caer sobre el insolente o aplastarlo con su desprecio. -Joven, usted no sabe lo que dice -afirmo con majestad-. Usted es argentino y no entiende las cosas de Europa. Y los demas asintieron, despojandolo repentinamente de la ciudadania que le habian atribuido poco antes. El consejero, con una rudeza militar, le habia vuelto la espalda, y tomando la baraja, distribuia cartas. Se reanudo la partida. Desnoyers, viendose aislado por este menosprecio silencioso, sintio deseos de interrumpir el juego con una violencia. Pero la oculta rodilla seguia aconsejandole la calma y una mano no menos invisible busco su diestra, oprimiendola dulcemente. Esto basto para que recobrase la serenidad. La senora consejera seguia con ojos fijos la marcha del juego. El miro tambien, y una sonrisa maligna contrajo levemente los extremos de su boca, al mismo tiempo que se decia mentalmente, a guisa de consuelo: «?Capitan, capitan!... No sabes lo que te espera». Estando en tierra firme no se habria acercado mas a estos hombres; pero la vida en un transatlantico, con su inevitable promiscuidad, obliga al olvido. Al otro dia, el consejero y sus amigos fueron en busca de el, extremando sus amabilidades par borrar todo recurso enojoso. Era un joven distinguido, pertenecia a una familia rica y todos ellos poseian en su pais tiendas y otros negocios. De lo unico que cuidaron fue de no mencionar mas su origen frances. Era argentino, y todos a coro se interesaban por la grandeza de su nacion y de todas las naciones de la America del Sur, donde tenian corresponsales y empresas, exagerando su importancia como si fuesen grandes potencias, comentando con gravedad los hechos los hechos y palabras de sus personajes politicos, dando a entender que en Alemania no habia quien no se preocupase de su porvenir, prediciendo a todas ellas una gloria futura,






reflejo de la del Imperio, siempre que se mantuviesen bajo la influencia germanica. A pesar de estos halagos, Desnoyers no se presento con la misma asiduidad que antes a la hora del poquer. La consejera se retiraba a su camarote mas pronto que de costumbre. La proximidad de la linea equinoccial le proporcionaba un sueno irresistible, abandonando a su esposo, que seguia con los naipes en la mano. Julio, por su parte, tenia misteriosas ocupaciones que solo le permitian subir a cubierta despues de medianoche. Con la precipitacion de un hombre que desea ser visto para evitar sospechas, entraba en el fumadero hablando alto y venia a sentarse junto al marido y sus camaradas. La partida habia terminado, y un derroche de cerveza y gruesos cigarros de Hamburgo servia para festejar el exito de los gananciosos. Era la hora de las expansiones germanicas, de la intimidad entre hombres, de las bromas lentas y pesadas, de los cuentos subidos de color. El consejero presidia con toda su grandeza estas diabluras de los puertos anseaticos, que gozaban de grandes creditos en el Deutsch Bank, o tenderos instalados en las republicas del Plata, con una familia innumerable. El era un guerrero, un capitan, y al celebrar cada chiste lento con una sonrisa que hinchaba su robusta cerviz, creia estar en el vivac entre sus companeros de armas. En honor de los sudamericanos, que, cansados de pasear por la cubierta, entraban a oir lo que decian los gringos, los cuentistas vertian al espanol las gracias y los relatos licenciosos despertados en su memoria por la cerveza abundante. Julio admiraba la risa facil de que estaban dotados todos estos hombres. Mientras los extranjeros permanecian impasibles, ellos reian con sonoras carcajadas, echandose atras en sus asientos. Y cuando el auditorio aleman permanecia frio, el cuentista apelaba a un recurso infalible para remediar su falta de exito. -A kaiser le contaron este cuento, y cuando kaiser lo oyo, kaiser rio mucho. No necesitaba decir mas. Todos reian, «?ja, ja, ja!» con una carcajada espontanea pero breve; una risa en tres golpes, pues el prolongarla podia interpretarse como una falta de respeto a la majestad. Cerca de Europa, una oleada de noticias salio al encuentro del buque. Los empleados del telegrafo sin hilos trabajaban incesantemente. Una noche, al entrar Desnoyers en el fumadero, vio a los notables germanicos manoteando y con los rostros animados. No bebian cerveza; habian hecho destapar botellas de champana aleman, y la frau consejera impresionada, sin duda, por los acontecimientos, se abstenia de bajar a su camarote. El capitan Erckmann, al ver al joven argentino, le ofrecio una copa. -Es la guerra -dijo con entusiasmo-, la guerra que llega... ?Ya era hora! Desnoyers hizo un gesto de asombro. ?La guerra!... ?Que guerra era esa?... Habia leido, como todos, en la tablilla de anuncios del antecomedor, un radiograma dando cuenta de que el Gobierno austriaco acababa de enviar un ultimatum a Servia, sin que esto le produjese la menor emocion. Menospreciaba las cuestiones de los Balcanes. Eran querellas de pueblos piojosos, que acaparaban la atencion del mundo; distrayendole de empresas mas serias. ?Como podia interesar este suceso al belicoso consejero? Las dos naciones acabarian por entenderse. La diplomacia sirve algunas veces para algo. -No -insistio ferozmente el aleman-; es la guerra, la bendita guerra. Rusia sostendra a Servia, y nosotros apoyaremos a nuestra aliada... ?Que hara Francia? ?Usted sabe lo que hara Francia?... Julio levanto los hombros con mal humor, como pidiendo que le dejasen en paz. -Es la guerra -continuo el consejero-, la guerra preventiva que necesitamos. Rusia crece demasiado aprisa y se prepara contra nosotros. Cuatro anos mas de paz, y habra terminado sus ferrocarriles estrategicos y su fuerza militar, unida a la de sus aliados, valdra tanto como la nuestra. Mejor es darle ahora un buen golpe. Hay que aprovechar la ocasion... La guerra. ?La guerra preventiva! Todo su clan le escuchaba en silencio. Algunos no parecian sentir el contagio de su entusiasmo. ?La guerra!... Con la imaginacion veian los negocios paralizados, los






corresponsales en quiebra, los Bancos cortando los creditos..., una catastrofe mas pavorosa para ellos que las matanzas de las batallas. Pero aprobaban con grunidos y movimientos de cabeza las feroces declamaciones de Erckmann. Era un Herr Rath, y, ademas, un oficial. Debia de estar en el secreto de los destinos de su patria, y esto bastaba para que bebiesen en silencio por el exito de la guerra. El joven creyo que el consejero y sus admiradores estaban borrachos. «Fijese, capitan -dijo con tono conciliador-; eso que usted dice tal vez carece de logica». ?Como podia convenir una guerra a la industriosa Alemania? Por momentos iba ensanchando su accion: cada vez conquistaba un mercado nuevo; todos los anos su balance comercial aparecia aumentado en proporciones inauditas. Sesenta anos antes tenia que tripular sus escasos buques con los cocheros de Berlin castigados por la Policia. Ahora, sus flotas comerciales y de guerra surcaban todos los Oceanos y no habia puerto donde la mercancia germanica no ocupase la parte mas considerable de los muelles. Solo necesitaba seguir viviendo de este modo, mantenerse alejada de las aventuras guerreras. Veinte anos mas de paz, y los alemanes serian los duenos de los mercados del mundo, venciendo a Inglaterra, su maestra de ayer, en esta lucha sin sangre. ?Y todo esto iban a exponerlo -como el que juega su fortuna entera a una carta- en una lucha que podia serles desfavorable?... -No. ?La guerra -insistio rabiosamente el consejero-, la guerra preventiva! Vivimos rodeados de enemigos, y esto no puede continuar. Es mejor que terminemos de una vez. ?O ellos o nosotros! Alemania se siente con fuerzas para desafiar al mundo. Debemos poner fin a la amenaza rusa. Y si Francia no se mantiene quietecita, ?peor para ella!... Y si alguien mas... ?alguien!, se atreve a intervenir en contra nuestra, ?peor para ella! Cuando yo monto en mis talleres una maquina nueva, es para hacerla producir y que no descanse. Nosotros poseemos el primer Ejercito del mundo, y hay que ponerlo en movimiento para que no se oxide. Luego anadio con pesada ironia: -Han establecido un circulo de hierro en torno de nosotros para ahogarnos. Pero Alemania tiene los pechos muy robustos, y le basta hincharlos para romper el corse. Hay que despertar antes que nos veamos maniatados mientras dormimos. ?Ay del que encontremos enfrente de nosotros!... Desnoyers sintio la necesidad de contestar a estas arrogancias. El no habia visto nunca el circulo de hierro de que se quejaban los alemanes. Lo unico que hacian las naciones era no seguir viviendo confiadas ni inactivas ante la desmesurada ambicion germanica. Se preparaban simplemente para defenderse de una agresion casi segura. Querian sostener su dignidad, atropellada a todas horas por las mas inauditas pretensiones. -?No seran los otros pueblos -pregunto- los que se ven obligados a defenderse, y ustedes los que representan un peligro para el mundo? Una mano invisible busco la suya por debajo de la mesa, como algunas noches antes, para recomendarle prudencia. Pero ahora apretaba fuerte, con la autoridad que confiere el derecho adquirido. -?Oh senor! -suspiro la dulce Berta-. ?Decir esas cosas un joven tan distinguido y que tiene...! No pudo continuar, pues su esposo le corto la palabra. Ya no estaban en los mares de America, y el consejero se expreso con la rudeza de un dueno de casa. -Tuve el honor de manifestarle, joven -dijo, imitando la cortante frialdad de los diplomaticos-, que usted no es mas que un sudamericano, e ignora las cosas de Europa. No le llamo indio; pero Julio oyo interiormente la palabra lo mismo que si el aleman la hubiese proferido. ?Ay, si la garra oculta y suave no le tuviese sujeto con sus crispaciones de emocion!... Pero este contacto mantuvo su calma y hasta le hizo sonreir. «?Gracias, capitan! -dijo mentalmente-. Es lo menos que puedes hacer para cobrarte».






Y aqui terminaron sus relaciones con el consejero y su grupo. Los comerciantes, al verse cada vez mas proximos a su patria, se iban despojando del servil deseo de agradar que les acompanaba en sus viajes al Nuevo Mundo. Tenian, ademas, graves cosas de que ocuparse. El servicio telegrafico funcionaba sin descanso. El comandante del buque conferenciaba en su camarote con el consejero, por ser el compatriota de mayor importancia. Sus amigos buscaban los lugares mas ocultos para hablar entre ellos. Hasta Berta empezo a huir de Desnoyers. Le sonreia aun de lejos: pero su sonrisa iba dirigida mas los recuerdos que a la realidad presente. Entre Lisboa y las costas de Inglaterra hablo Julio por ultima vez con el marido. Todas las mananas aparecian en la tablilla del antecomedor noticias alarmantes transmitidas por los aparatos radiograficos. El Imperio se estaba armando contra sus enemigos. Dios los castigaria, haciendo caer sobre ellos toda clase de desgracias. Desnoyers quedo estupefacto de asombro ante la ultima noticia. «Trescientos mil revolucionarios sitian a Paris en este momento. Los barrios exteriores empiezan a arder. Se reproducen los horrores de la Commune». -Pero ?estos alemanes se han vuelto locos! -grito el joven ante el radiograma, rodeado de un grupo de curiosos, tan asombrados como el-. Vamos a perder el poco sentido que nos queda... ?Que revolucionarios son esos? ?Que revolucion puede estallar en Paris si los hombres del Gobierno no son reaccionarios? Una voz se levo detras de el, ruda, autoritaria, como si pretendiese cortar las dudas del auditorio. Era el Herr consejero el que hablaba. -Joven, esas noticias las envian las primeras agencias de Alemania... Y Alemania no miente nunca. Luego de esta afirmacion le volvio la espalda, y ya no se vieron mas. En la madrugada siguiente -ultimo dia del viaje-, el camarero de Desnoyers lo desperto con apresuramiento. «Herr, suba a cubierta: lindo espectaculo». El mar estaba velado por la niebla; pero entre los brumosos telones se marcaban unas siluetas semejantes a islas con robustas torres y agudos minaretes. Las islas avanzaban sobre el agua aceitosa lenta y majestuosamente, con pesadez sombria. Julio conto hasta dieciocho. Parecian llenar el Oceano. Era la escuadra de la Mancha, que acababa de salir de las costas de Inglaterra por orden del Gobierno, navegando sin otro fin que el de hacer constar su fuerza. Por primera vez viendo entre la bruma este desfile de dreadnoughts, que evocaban la imagen de un rebano de monstruos marinos de la Prehistoria, se dio cuenta exacta Desnoyers del poderio britanico. El buque aleman paso entre ellos empequenecido, humillado, acelerando su marcha. «Cualquiera diria -penso el joven- que tiene la conciencia inquieta y desea ponerse a salvo». Cerca de el, un pasajero sudamericano bromeaba con un aleman. «?Si la guerra se hubiese declarado ya entre ellos y ustedes!... ?Si nos hiciesen prisioneros!» Despues de mediodia entraron en la rada de Southampton. El Friedrich August mostro prisa en salir cuanto antes. Las operaciones se hicieron con vertiginosa rapidez. La carga fue enorme: carga de personal y de equipajes. Dos vapores llenos abordaron al transatlantico. Una avalancha de alemanes residentes en Inglaterra invadio las cubiertas con la alegria del que pisa suelo amigo, deseando verse cuanto antes en Hamburgo. Luego el buque avanzo por el canal con una rapidez desusada en estos parajes. La gente, asomada a las bordas, comentaba los extraordinarios encuentros en este bulevar maritimo, frecuentado ordinariamente por buques de paz. Unos humos en el horizonte eran los de la escuadra francesa llevando al presidente Poincare, que volvia de Rusia. La alarma europea habia interrumpido su viaje. Luego vieron mas barcos ingleses que rondaban ante sus costas como perros agresivos y vigilantes. Dos acorazados de la America del Norte se dieron a conocer por sus mastiles en forma de cestos. Despues paso a todo vapor, con rumbo al Baltico, un navio rudo, blanco y lustroso desde las cofas a la linea de flotacion. «?Mal! -clamaban los






viajeros procedentes de America-. ?Muy mal! Parece que esta vez va la cosa en serio». Y miraban con inquietud las costas cercanas a un lado y a otro. Ofrecian el aspecto de siempre; pero detras de ellas se estaba preparando tal vez un nuevo periodo de la Historia. El transatlantico debia llegar a Boulogne a medianoche, aguardando hasta el amanecer para que desembarcasen comodamente los viajeros. Sin embargo, llego a las diez, echo el ancla lejos del puerto, y el comandante dio ordenes para que el desembarco se hiciese en menos de media hora. Para esto habian acelerado la marcha, derrochando carbon. Necesitaba alejarse cuanto antes, en busca del refugio de Hamburgo. Por algo funcionaban los aparatos radiograficos. A la luz de los focos azules, que esparcian sobre el mar una claridad livida, empezo el transbordo de pasajeros y equipajes con destino a Paris desde el transatlantico a los remolcadores. «?Aprisa! ?Aprisa!» Los marineros empujaban a las senoras de paso tardo, que recontaban sus maletas, creyendo haber pedido alguna. Los camareros cargaban con los ninos como si fuesen paquetes. La precipitacion general hacia desaparecer la exagerada y untuosa amabilidad germanica. «Son como lacayos -penso entonces Desnoyers-. Creen proxima la hora del triunfo y no consideran necesario seguir fingiendo...» Se vio sobre un remolcador que danzaba sobre las ondulaciones del mar, frente al muro negro e inmovil del transatlantico, acribillado de redondeles luminosos y con los balconajes de las cubiertas repletos de gente que saludaba agitando panuelos. Julio reconocio a Berta, que movia una mano, pero sin verlo, sin saber en que remolcador estaba, por una necesidad de manifestar su agradecimiento a los dulces recuerdos que se iban a perder en el misterio del mar y de la noche. «?Adios, consejera!» Empezo a agrandarse la distancia entre el transatlantico y los remolcadores que navegaban hacia la boca del puerto. Como si hubiese aguardado este momento de impunidad, una voz estentorea surgio de la ultima cubierta entre ruidosas carcajadas. «?Hasta luego! ?Pronto nos veremos en Paris!» Y la banda de musica, la misma banda que trece dias antes habia asombrado a Desnoyers con su inesperada Marsellesa, rompio a tocar una marcha guerrera del tiempo de Federico el Grande, una marcha de granaderos con acompanamiento de trompetas. Asi se perdio en la sombra, con la precipitacion de la fuga y la insolencia de una venganza proxima, el ultimo transatlantico aleman que toco en las costas francesas. Esto habia sido en la noche anterior. Aun no iban transcurridas veinticuatro horas, pero Desnoyers lo consideraba como un suceso lejano, de vagarosa realidad. Su pensamiento, dispuesto siempre a la contradiccion, no participaba de la alarma general. Las arrogancias del consejero le parecian ahora baladronadas de un burgues metido a soldado. Las inquietudes de la gente de Paris eran estremecimientos nerviosos de un pueblo que vive placidamente y se alarma apenas vislumbra un peligro para su bienestar. ?Tantas veces habian hablado de una guerra inmediata, solucionandose el conflicto en ultimo instante!... Ademas, el no queria que hubiese guerra, porque la guerra trastornaba sus planes de vida futura, y el hombre acepta como logico y razonable todo lo que conviene a su egoismo, colocandolo por encima de la realidad. «No, no habra guerra -repitio mientras paseaba por el jardin-. Estas gentes parecen locas. ?Como puede surgir una guerra en estos tiempos?...» Y despues de aplastar sus dudas, que renacian indudablemente al poco rato, penso en lo que le interesaba por el momento, consultando su reloj. Las cinco. Ella iba a llegar de un instante a otro. Creyo reconocerla de lejos en una senora que atravesaba la verja por la entrada de la rue Pasquier. Le parecia algo distinta, pero se le ocurrio que las modas veraniegas podia haber cambiado el aspecto de su persona. Antes que se aproximase pudo convencerse de su error. No iba sola: otra senora se unio a ella. Eran tal vez inglesas o norteamericanas, de las que rinden un culto romantico a la memoria de Maria Antonieta. Deseaban visitar la Capilla






Expiatoria, antigua tumba de la reina ejecutada. Julio las vio como subian los peldanos, atravesando el patio interior, en cuyo suelo estan enterrados ochocientos suizos muertos en la jornada del 10 de agosto, con otras victimas de la colera revolucionaria. Desalentado por esta decepcion, siguio paseando. Su mal humor le hizo ver considerablemente agrandada la fealdad del monumento con que la restauracion borbonica habia adornado el antiguo cementerio de la Magdalena. Pasaba el tiempo sin que ella llegase. En cada una de sus vueltas miraba con avidez hacia las entradas del jardin. Y ocurrio lo que en todas sus entrevistas. Ella se presento de pronto, como si cayese de lo alto o surgiera del suelo lo mismo que una aparicion. Una tos, un leve ruido de pasos, y, al volverse Julio Casi choco con la que llegaba. -?Margarita! ?Oh Margarita!... Era ella, y, sin embargo, tardo en reconocerla. Experimentaba cierta extraneza al ver en plena realidad este rostro que habia ocupado su imaginacion durante tres meses, haciendose cada vez mas espiritual e impreciso con el idealismo de la ausencia. Pero la duda fue de breves instantes. A continuacion le parecio que el tiempo y el espacio quedaban suprimidos, que el no habia hecho ningun viaje y solo iban transcurridas una horas desde su ultima entrevista. Adivino Margarita la expansion que iba a surgir en las exclamaciones de Julio, el apreton vehemente de manos, tal vez algo mas, y se mostro fria y serena. -No; aqui, no -dijo con un mohin de contrariedad- ?Que idea habernos citado en este sitio! Fueron a sentarse en las sillas de hierro, al amparo de un grupo de plantas; pero ella se levanto inmediatamente. Podian verla los que transitaban por el bulevar con solo que volviesen los ojos hacia el jardin. A estas horas, muchas amigas suyas debian de andar por las inmediaciones, a causa de la proximidad de los grandes almacenes... Buscaron el refugio de una esquina del monumento, metiendose entre este y la rue des Mathurins. Desnoyers coloco dos sillas junto a un macizo de vegetacion, y al sentarse quedaron invisibles para los que transitaban por el otro lado de la verja. Pero ninguna soledad. A pocos pasos de ellos, un senor grueso y miope leia su periodico, un grupo de mujeres charlaba y hacia labores. Una senora con peluca roja y dos perros -alguna vecina que bajaba al jardin para dar aire a sus acompanantes- paso varias veces ante la amorosa pareja, sonriendo discretamente. -?Que fastidio! -gimio Margarita-. ?Que mala idea haber venido a este lugar! Se miraban los dos atentamente, como si quisieran darse exacta cuenta de las transformaciones operadas por el tiempo. -Estas mas moreno -dijo ella-. Pareces un hombre de mar. Julio la encontraba mas hermosa que antes, reconociendo que bien valia su posesion las contrariedades que habian originado su viaje a America. Era mas alta que el, de una esbeltez elegante y armoniosa. «Tiene el paso musical», decia Desnoyers al evocar su imagen. Y lo primero que admiro al volverla a ver fue el ritmo suelto, jugueton y gracioso con que marchaba por el jardin buscando nuevo asiento. Su rostro no era de trazos regulares, pero tenia una gracia picante: un verdadero rostro de parisiense. Todo cuanto han podido inventar las artes de embellecimiento femenil se reunia en su persona, sometida a los mas exquisitos cuidados. Habia vivido siempre para ella. Solo desde algunos meses antes abdico en parte este dulcisimo egoismo, sacrificando reuniones, tes y visitas, para dedicar a Desnoyers las horas de la tarde. Elegante y pintada como una muneca de gran precio, teniendo por suprema aspiracion el ser un maniqui que realzase con su gracia corporal las invenciones de los modistos, habia acabado por sentir las mismas preocupaciones y alegrias de las otras mujeres, creandose una vida interior. El nucleo de esta nueva vida, que permanecia oculta bajo su antigua frivolidad fue Desnoyers. Luego, cuando se imaginaba haber organizado su existencia definitivamente -las satisfacciones de la elegancia para el mundo y las dichas del amor en intimo secreto-, una catastrofe fulminante, la intervencion del marido, cuya






presencia parecia haber olvidado, trastorno su inconsciente felicidad. Ella, que se creia el centro del Universo, imaginando que los sucesos debian rodar con arreglo a sus deseos y gustos, sufrio la cruel sorpresa con mas asombro que dolor. -Y tu ?como te encuentras? -siguio diciendo Margarita. Para que Julio no se equivocase al contestarle, miro su amplia falda, anadiendo: -Te advierto que ha cambiado la moda. Termino la falda entravee. Ahora empieza a llevarse corta y con mucho vuelo. Desnoyers tuvo que ocuparse del vestido con tanto apasionamiento como de ella, mezclando las apreciaciones sobre la reciente moda y los elogios a la belleza de Margarita. -?has pensado mucho en mi? -continuo. ?No me has enganado una sola vez? ?Ni una siquiera?... Di la verdad: mira que yo conozco bien cuando mientes. -Siempre ha pensado en ti -dijo el, llevandose una mano al corazon como si jurase ante un juez. Y lo dijo rotundamente, con un acento de verdad, pues en sus infidelidades -que ahora estaban completamente olvidadas- le habia acompanado el recuerdo de Margarita. -Pero ?hablemos de ti! -anadio Julio-. ?Que es lo que has hecho en este tiempo? Habia aproximado su silla a la de ella todo lo posible. Sus rodillas estaban en contacto. Tomaba una de sus manos, acariciandola, introduciendo un dedo por la abertura del guante. ?Aquel maldito jardin, que no permitia mayores intimidades y los obligaba a hablar en voz baja despues de tres meses de ausencia!... A pesar de su discrecion, el senor que leia el periodico levanto la cabeza para mirarlos irritado por encima de sus gafas, como si una mosca le distrajera con sus zumbidos... ?Venir a hablar tonterias de amor en un jardin publico, cuando toda Europa estaba amenazada de una catastrofe! Margarita, repeliendo la mano audaz, hablo tranquilamente de su existencia durante los ultimos meses. -He entretenido mi vida como he podido, aburriendome mucho. Ya sabes que me fui a vivir con mama, y mama es una senora a la antigua, que no comprende nuestros gustos. He ido al teatro con mi hermano; he hecho visitas al abogado para enterarme de la marcha de mi divorcio y darle prisa... Y nada mas. -?Y tu marido?... -No hablemos de el, ?quieres? El pobre me da lastima. Tan bueno..., tan correcto... El abogado asegura que pasa por todo y no quiere oponer obstaculos. Me dicen que no viene a Paris, que vive en su fabrica. Nuestra antigua casa esta cerrada. Hay veces que siento remordimiento al pensar que he sido mala con el. -?Y yo? -dijo Julio, retirando su mano. -Tienes razon -contesto ella, sonriendo-. Tu eres la vida. Resulta cruel, pero es humano. Debemos vivir nuestra existencia, sin fijarnos en si molestamos a los demas. Hay que ser egoistas para ser felices. Los dos quedaron en silencio. El recuerdo del marido habia pasado entre ellos como un soplo glacial. Julio fue el primero en reanimarse. -?Y no has bailado en todo ese tiempo? No. ?Como era posible? Fijate: ?una senora que esta en gestiones de divorcio!... No he ido a ninguna reunion chic desde que te marchaste. He querido guardar cierto luto por tu ausencia. Un dia tangueamos en una fiesta de familia. ?Que horror!... Faltabas tu, maestro. Habian vuelto a estrecharse las manos y sonreian. Desfilaban ante sus ojos los recuerdos de algunos meses antes, cuando se habia iniciado su amor, de cinco a siete de la tarde, bailando en los hoteles de los Campos Eliseos, que realizaban la union indisoluble del tango con la taza de te. Ella parecio arrancarse de estos recuerdos a impulsos de una obsesion tenaz que solo habia olvidado en los primeros instantes del encuentro. -Tu, que sabes mucho, di ?crees que habra guerra? ?La gente habla tanto!... ?No te






parece que todo acabara por arreglarse? Desnoyers la apoyo con su optimismo. No creia en la posibilidad de una guerra. Era algo absurdo. -Lo mismo digo yo. Nuestra epoca no es de salvajes. Yo he conocido alemanes, personas chic y bien educadas, que seguramente piensan igual que nosotros. Un profesor viejo que va a casa explicaba ayer a mama que las guerras ya no son posibles en estos tiempos de adelanto. A los dos meses, apenas quedarian hombres; a los tres, el mundo se veria sin dinero para continuar la lucha. No recuerdo como era esto; pero el lo explicaba palpablemente, de un modo que daba gusto oirle. Reflexiono en silencio, queriendo coordinar sus recuerdos confusos; pero, asustada ante el esfuerzo que esto suponia, anadio por su cuenta: -Imaginate una guerra. ?Que horror! La vida social, paralizada. Se acabarian las reuniones, los trajes, los teatros. Hasta es posible que no se inventasen modas. Todas las mujeres, de luto. ?Concibes eso?... Y Paris, desierto... ?Tan bonito como lo encontraba yo esta tarde venia en tu busca!... No, no puede ser. Figurate que el mes proximo nos vamos a Vichy: mama necesita las aguas; luego a Biarritz. Despues ire a un castillo del Loira. Y, ademas, hay nuestro asunto, mi divorcio, nuestro casamiento, que puede realizarse el ano que viene... ?Y todo esto vendria a estorbarlo y cortarlo una guerra!... No, no es posible. Son cosas de mi hermano y otros como el, que suenan con el peligro de Alemania. Estoy segura de que mi marido, que solo gusta de ocuparse de cosas serias y enojosas, tambien es de los que creen proxima la guerra y se preparan para hacerla. ?Que disparate! Di conmigo que es un disparate. Necesito que tu me lo digas. Y tranquilizada por las afirmaciones de su amante, cambio el rumbo de la conversacion. La posibilidad del nuevo matrimonio mencionado por ella evoco en su memoria el objeto del viaje realizado por Desnoyers. No habian tenido tiempo para escribirse durante la corta separacion. -?Conseguiste dinero? Con la alegria de verte he olvidado tantas cosas... El hablo, adoptando el aire de un experto en negocios. Traia menos de lo que esperaba. Habia encontrado al pais en una de sus crisis periodicas. Pero aun asi, habia conseguido reunir cuatrocientos mil francos. En la cartera guardaba un cheque por esta cantidad. Mas adelante le harian nuevos envios. Un senor del campo, algo pariente suyo, cuidaba de sus asuntos. Margarita parecia satisfecha. Tambien adopto ella un aire de mujer grave, a pesar de su frivolidad. -El dinero es el dinero -dijo sentenciosamente-, y sin el no hay dicha segura. Con tus cuatrocientos mil francos y lo que yo tengo podremos ir adelante... Te advierto que mi marido desea entregar mi dote. Asi lo ha dicho a mi hermano. Pero el estado de sus negocios, la marcha de su fabrica, no le permiten restituir con tanta prisa como el quisiera hacerlo. El pobre me da lastima... Tan honrado y recto en todas sus cosas. ?Si no fuese tan vulgar!... Otra vez parecio arrepentirse Margarita de estos elogios espontaneos y tardios que enfriaban su entrevista. Julio parecio molesto al escucharlos. Y de nuevo cambio ella el objeto de su charla. -?Y tu familia? ?La has visto? Desnoyers habia estado en casa de sus padres antes de dirigirse a la Capilla Expiatoria. Una entrada furtiva en el gran edificio de la avenida de Victor Hugo. Habia subido al primer piso por la escalera de servicio, como un proveedor. Luego se habia deslizado en la cocina lo mismo que un soldado amante de una de las criadas. Alli habia venido a abrazarle su madre, la pobre dona Luisa, llorando, cubriendolo de besos freneticos, como si hubiese creido perderle para siempre. Luego habia aparecido Luisita, la llamada Chichi, que lo contemplaba siempre con simpatica curiosidad, como si quisiera enterarse bien de como es un hermano malo y adorable que aparta a las mujeres decentes del camino de la virtud y vive haciendo locuras. A continuacion, una gran sorpresa para Desnoyers, pues vio entrar en la cocina, con aires de actriz solemne, de madre noble de tragedia, a su tia






Elena, la casada con el aleman, la que vivia en Berlin rodeada de innumerables hijos. -Esta en Paris hace un mes. Va a pasar una temporada en nuestro castillo. Y tambien parece que anda por aqui su hijo mayor, mi primo, el sabio, al que no he visto hace anos. La entrevista habia sido cortada repetidas veces por el miedo. «El viejo esta en casa, ten cuidado», le decia su madre cada vez que levantaba la voz. Y su tia Elena iba hacia la puerta con paso dramatico, lo mismo que una heroina resuelta a dar de punaladas al tirano que pasa el umbral de su camara. Toda la familia continuaba sometida a la rigida autoridad de Marcelo Desnoyers. -?Ay ese viejo! -exclamo Julio refiriendose a su padre-. Que viva muchos anos; pero ?como pesa sobre todos nosotros! Su madre, que no se cansaba de contemplarlo, habia tenido que acelerar el final de la entrevista, asustada por ciertos ruidos. «Marchate. Podria sorprendernos, y el disgusto seria enorme». Y el habia huido de la casa paterna, saludando por las lagrimas de las dos senoras y las miradas admirativas de Chichi, ruborosa y satisfecha a la vez de su hermano que provocaba entre sus amigas escandalo y entusiasmo. Margarita hablo tambien del senor Desnoyers. Un viejo terrible, un hombre a la antigua, con el que no llegarian nunca a entenderse. Quedaron en silencio los dos, mirandose fijamente. Ya se habian dicho lo de mayor urgencia, que interesaba a su porvenir. Pero otras cosas mas inmediatas quedaban en su interior y parecian asomar a los ojos, timidas y vacilantes, antes de escaparse en forma de palabras. No se atrevian a hablar como enamorados. Cada vez era mayor en torno de ellos el numero de testigos. La senora de los perros y la peluca pasaba con mas frecuencia, acortando sus vueltas por el square para saludarlos con una sonrisa de complicidad. El lector de periodicos contaba ahora con un vecino de banco para hablar de las posibilidades de la guerra. El jardin se convertia en una calle. Las modistillas, al salir de los obradores, y las senoras, de vuelta de los almacenes, lo atravesaban para ganar terreno. La corta avenida era un atajo cada vez mas frecuentado, y todos los transeuntes lanzaban al pasar una mirada curiosa sobre la elegante senora y su companero, sentados al amparo de un grupo de vegetacion, con el aspecto encogido y falsamente natural de las personas que desean ocultarse y fingen al mismo tiempo una actitud despreocupada. -?Que fastidio! -gimio Margarita-. Nos van a sorprender. Una muchacha la miro fijamente, y ella creyo reconocer a una empleada de un modisto celebre. Ademas, podian atravesar el jardin algunas de las personas amigas que una hora antes habia entrevisto en la muchedumbre que llenaba los grandes almacenes proximos. -Vamonos -continuo- ?Si nos viesen juntos! Figurate lo que hablarian... Y ahora precisamente que la gente nos tiene algo olvidados. Desnoyers protesto con mal humor. ?Marcharse?... Paris era pequeno para ellos por culpa de Margarita, que se negaba a volver al unico sitio donde estarian al abrigo de toda sorpresa. En otro paseo, en un restaurante, alli donde fuesen, corrian igual riesgo de ser conocidos. Ella solo aceptaba entrevistas en lugares publicos, y al mismo tiempo sentia miedo a la curiosidad de la gente. ?Si Margarita quisiera ir a su estudio, de tan dulces recuerdos!... -No; a tu casa, no -repuso ella con apresuramiento-. No puedo olvidar el ultimo dia que estuve alli. Pero Julio insistio, adivinando en su firme negativa el agrietamiento de una primera vacilacion. ?Donde estarian mejor? Ademas, ?no iban a casarse tan pronto como les fuese posible?... -Te digo que no -repitio ella-. ?Quien sabe si mi marido me vigila! ?Que complicacion para mi divorcio si nos sorprenden en tu casa! Ahora fue el quien hizo el elogio del marido, esforzandose para demostrar que esta






vigilancia era incompatible con su caracter. El ingeniero habia aceptado los hechos, juzgandolos irreparables, y en aquel momento solo pensaba en rehacer su vida. -No: mejor es separarse -continuo ella-. Manana nos veremos. Tu buscaras otro sitio mas discreto. Piensa; tu encuentras solucion a todo. El deseaba una solucion inmediata. Habian abandonado sus asientos, dirigiendose lentamente hacia la rue des Mathurins. Julio hablaba con una elocuencia temblorosa y persuasiva. Manana, no; ahora. No tenian mas que llamar a un «auto» de alquiler; unos minutos de carrera, y luego el aislamiento, el misterio, la vuelta al dulce pasado, la intimidad de aquel estudio que habia visto sus mejores horas. Creerian que no habia transcurrido el tiempo, que estaban aun en sus primeras entrevistas. -No -dijo ella con acento desfallecido, buscando una ultima resistencia-. Ademas, estara alli tu secretario, un espanol que te acompana. ?Que verguenza encontrarme con el!... Julio rio... ?Argensola! ?Podia ser un obstaculo este camarada que conocia todo su pasado? Si lo encontraban en la casa, saldria inmediatamente. Mas de una vez le habia obligado a abandonar el estudio para que no estorbase. Su discrecion era tal, que le hacia presentir los sucesos. De seguro que habia salido, adivinando una visita proxima que no podia ser mas logica. Andaria por las calles en busca de noticias. Callo Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados sus pretextos. Desnoyers callo tambien, aceptando favorablemente su silencio. Habian salido del jardin, y ella miraba en torno con inquietud, asustada de verse en plena calle al lado de su amante y buscando un refugio. De pronto vio ante ella una portezuela roja de automovil abierta por la mano de su companero. -Sube -ordeno Julio. Y ella subio apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto antes. El vehiculo se puso en marcha a gran velocidad. Margarita bajo inmediatamente la cortinilla de la ventana proxima a su asiento. Pero antes que terminara la operacion y pudiera volver la cabeza, sintio una boca avida que acariciaba su nuca. -No; aqui, no -dijo con tono suplicante-. Seamos serios. Y mientras el, rebelde a estas exhortaciones, insistia en sus apasionados avances, la voz de Margarita volvio a sonar sobre el estrepito de ferreteria vieja que lanzaba el automovil saltando sobre el pavimento. -?Crees realmente que no habra guerra? ?Crees que podremos casarnos?... Dimelo otra vez. Necesito que me tranquilices. Quiero oirlo de tu boca.


                                         II


                         EL CENTAURO MADARIAGA        


En 1870, Marcelo Desnoyers tenia diecinueve anos. Habia nacido en los alrededores de Paris. Era hijo unico, y su padre, dedicado a pequenas especulaciones de construccion, mantenia a la familia en un modesto bienestar. El albanil quiso hacer de su hijo un arquitecto, y Marcelo empezaba los estudios preparatorios, cuando murio el padre repentinamente, dejando sus negocios embrollados. En pocos meses, el y su madre descendieron la pendiente de la ruina, viendose obligados a renunciar a sus comodidades burguesas para vivir como obreros. Cuando, a los catorce anos, tuvo que escoger un oficio, se hizo tallista. Este oficio era un arte y estaba en relacion con las aficiones despertadas en Marcelo por sus estudios, forzosamente abandonados. La madre se retiro al campo, buscando el amparo de unos parientes. El avanzo con rapidez en el taller, ayudando a su maestro en todos los trabajos importantes que realizaba en provincias. Las primeras noticias






de la guerra con Prusia le sorprendieron en Marsella, trabajando en el decorado de un teatro. Marcelo era enemigo del Imperio, como todos los jovenes de su generacion. Ademas, sentiase influido por los obreros viejos, que habian intervenido en la Republica del 48 y guardaban vivo el recuerdo del golpe de estado del 2 de diciembre. Un dia vio en las calles de Marsellla una manifestacion popular en favor de la paz, que equivalia a una protesta contra el Gobierno. Los viejos republicanos, en lucha implacable contra el emperador; los companeros de la Internacional, que acababan de organizarse, y gran numero de espanoles e italianos, huidos de sus paises por recientes insurrecciones componian el cortejo. Un estudiante melenudo y tisico llevaba la bandera. «Es la paz que deseamos; una paz que una a todos los hombres», cantaban los manifestantes. Pero en la Tierra los mas nobles propositos rara vez son oidos, pues el Destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenas entraron en la Cannebiere los amigos de la paz con su himno y su estandarte, fue la guerra lo que les salio al paso, teniendo que apelar al puno y al garrote. El dia antes habian desembarcado unos batallones de zuavos de Argelia que iban a reforzar el ejercito de la frontera, y estos veteranos, acostumbrados a la existencia colonial, poco escrupulosa en materia de atropellos, creyeron oportuno intervenir en la manifestacion, unos con las bayonetas, otros con los cinturones descenidos «?Viva la muerte!» Y una lluvia de zurriagazos y golpes cayo sobre los cantores. Marcelo pudo ver como el candido estudiante que hacia llamamientos a la paz con una gravedad sacerdotal rodaba envuelto en su estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se entero de mas, pues le alcanzaron varios correazos, una cuchillada leve en un hombro, y tuvo que correr lo mismo que los otros. Aquel dia se revelo por primera vez su caracter tenaz, soberbio, irritable ante la contradiccion, hasta el punto de adoptar las mas extremas resoluciones. El recuerdo de los golpes recibidos le enfurecio como algo que pedia venganza. «?Abajo la guerra!» Ya que no le era posible protestar de otro modo, abandonaria su pais. La lucha iba a ser larga, desastrosa, segun los enemigos del Imperio. El entraba en quinta dentro de unos meses. Podia el emperador arreglar sus asuntos como mejor le pareciese. Desnoyers renunciaba al honor de servirle. Vacilo un poco al acordarse de su madre. Pero sus parientes del campo no le abandonarian, y el tenia el proposito de trabajar mucho para enviarle dinero. ?Quien sabe si le esperaba la riqueza al otro lado del mar!... ?Adios Francia! Gracias a sus ahorros, un corredor del puerto le ofrecio el embarco sin papeles en tres buques. Uno iba a Egipto; otro, a Australia; otro, a Montevideo y Buenos Aires. ?Cual le parecia mejor?... Desnoyers, recordando sus lecturas, quiso consultar el viento y seguir el rumbo que le marcase, como lo habia visto hacer a varios heroes de novelas. Pero aquel dia el viento soplaba de la parte del mar, internandose en Francia. Tambien quiso echar una moneda en alto para que indicase su destino. Al fin, se decidio por el buque que saliese antes. Solo cuando estuvo con su magro equipaje sobre la cubierta de un vapor proximo a zarpar tuvo interes en conocer su rumbo. «Para el rio de la Plata...» Y acogio estas palabras con un gesto de fatalista. «?Vaya por la America del Sur!» No le desagradaba el pais. Lo conocia por ciertas publicaciones de viajes, cuyas laminas representaban tropeles de caballos en libertad, indios desnudos y emplumados, gauchos hirsutos volteando sobre sus cabezas lazos serpenteantes y correas con bolas. El millonario Desnoyers se acordaba siempre de su viaje a America: cuarenta y tres dias de navegacion en un vapor pequeno y desvencijado, que sonaba a hierro viejo, gemia por todas sus junturas al menor golpe de mar y se detuvo cuatro veces por fatiga de la maquina, quedando a merced de olas y corrientes. En Montevideo pudo enterarse de los reveses sufridos por su patria y de que el Imperio ya no existia. Sintio la verguenza al saber que la nacion se gobernaba por si misma, defendiendose tenazmente detras de las murallas de Paris. ?Y el habia huido!... Meses despues, los sucesos de la Commune le consolaron de su fuga. De quedarse






alla, la colera por los fracasos nacionales, sus relaciones de companerismo, el ambiente que vivia, todo le hubiese arrastrado a la revuelta. A aquellas horas estaria fusilado o viviria en un presidio colonial, como tantos de sus antiguos camaradas. Alabo su resolucion y dejo de pensar en los asuntos de su patria. La necesidad de ganarse la subsistencia en un pais extranjero, cuya lengua empezaba a conocer, hizo que solo se ocupase de su persona. La vida agitada y aventurera de los pueblos nuevos le arrastro a traves de los mas diversos oficios y las mas disparatadas improvisaciones. Se sintio fuerte, con una audacia y un aplomo que nunca habia tenido en el viejo mundo. «Yo sirvo para todo -decia- si me dan tiempo para ejercitarme.» Hasta fue soldado -el, que habia huido de su patria por no tomar un fusil-, y recibio una herida en uno de los muchos combates entre blancos y colorados de la Ribera Oriental. En Buenos Aires volvio a trabajar de tallista. La ciudad empezaba a transformarse, rompiendo su envoltura de gran aldea. Desnoyers paso varios anos ornando salones y fachadas. Fue una existencia laboriosa, sedentaria y remuneradora. Pero un dia se canso de este ahorro lento que solo podia proporcionarle, a la larga, una fortuna mediocre. El habia ido al Nuevo Mundo para hacerse rico, como tantos otros. Y a los veintisiete anos se lanzo de nuevo en plena aventura, huyendo de las ciudades, queriendo arrancar el dinero de las entranas de una Naturaleza virgen. Intento cultivos en las selvas del Norte; pero la langosta los arraso en unas horas. Fue comerciante de ganado, arreando con solo dos peones tropas de novillos y mulas, que hacia pasar a Chile o Bolivia por las soledades nevadas de los Andes. Perdio en esta vida la exacta nocion del tiempo y el espacio, emprendiendo travesias que duraban meses por llanuras interminables. Tan pronto se consideraba proximo a la fortuna, como lo perdia todo de golpe por una especulacion desgraciada. Y en uno de estos momentos de ruina y desaliento, teniendo ya treinta anos, fue cuando se puso al servicio del rico estanciero Julio Madariaga. Conocia a este millonario rustico por sus compras de reses. Era un espanol que habia llegado muy joven al pais, plegandose con gusto a sus costumbres y viviendo como un gaucho, despues de adquirir enormes propiedades. Generalmente, lo apodaban el gallego Madariaga, causa de su nacionalidad, aunque habia nacido en Castilla. Las gentes del campo trasladaban al apellido el titulo de respeto que precede al nombre, llamandole don Madariaga. -Companero -dijo a Desnoyers un dia que estaba de buen humor, lo que en el era raro-, pasa usted muchos apuros. La falta de plata se huele de lejos. ?Por que sigue en esta perra vida?... Creame, gabacho, y quedese aqui. Yo voy haciendome viejo y necesito un hombre. Al concertarse el frances con Madariaga, los propietarios de las inmediaciones, que vivian a quince o veinte leguas de la estancia, detenian al nuevo empleado en los caminos para augurarle toda clase de infortunios. -No durara usted mucho. A don Madariaga no hay quien lo resista. Hemos perdido la cuenta de sus administradores. Es un hombre que hay que matarlo o abandonarlo. Pronto se marchara usted. Desnoyers no tardo en convencerse de que habia algo de cierto en tales murmuraciones. Madariaga era de un caracter insufrible: pero, tocado de cierta simpatia por el frances, procuraba no molestarlo con su irritabilidad. -Es una perla ese gabacho -decia, como excusando sus muestras de consideracion-. Yo lo quiero porque es muy serio... Asi me gustan a mi los hombres. No sabia con certeza el mismo Desnoyers en que podia consistir esta seriedad tan admirada por su patron; pero experimento un secreto orgullo al verlo agresivo con todos, hasta con su familia, mientras tomaba, al hablar con el, un tono de rudeza paternal. La familia la constituian su esposa, misia Petrona, a la que el llama la china, y dos hijas, ya mujeres, que habian pasado por un colegio de Buenos Aires, pero al volver a la estancia recobraron en parte la rusticidad originaria. La fortuna de Madariaga






era enorme. Habia vivido en el campo desde su llegada a America, cuando la gente blanca no se atrevia a establecerse fuera de las poblaciones por miedo a los indios bravos. Su primer dinero lo gano como heroico comerciante, llevando mercancias en una carreta de fortin a fortin. Mato indios, fue herido dos veces por ellos, vivio cautivo una temporada, y acabo por hacerse amigo de un cacique. Con sus ganancias compro tierra, mucha tierra, poco deseada por lo insegura, dedicandose a la cria de novillos, que habia de defender carabina en mano de los piratas de la pradera. Luego se caso con su china, joven mestiza que iba descalza, pero tenia varios campos de sus padres. Estos habian vivido en una pobreza casi salvaje sobre tierras de su propiedad que exigian varias jornadas de trote para ser recorridas. Despues, cuando el Gobierno fue empujando a los indios hacia las fronteras y puso en venta los territorios sin dueno -apreciando como una abnegacion patriotica que alguien quisiera adquirirlos-, Madariaga compro y compro a precios insignificantes y con larguisimos plazos. Adquirir tierra y poblarla de animales fue la mision de su vida. A veces, galopando en compania de Desnoyers por sus campos interminables, no podia reprimir un sentimiento de orgullo. -Diga, gabacho. Segun cuentan, mas arriba de su pais parece que hay naciones poco mas o menos del tamano de mis estancias. ?No es asi?... El frances aprobaba... Las tierras de Madariaga eran superiores a muchos principados. Esto ponia de buen humor al estanciero. -Entonces no seria un disparate que un dia me proclamase yo rey. Figurese, gabacho. ?Don Madariaga Primero!... Lo malo es que tambien seria el ultimo, porque la china no quiere darme un hijo... Es una vaca floja. La fama de sus vastos territorios y sus riquezas pecuniarias llegaban hasta Buenos Aires. Todos conocian a Madariaga de nombre, aunque muy pocos lo habian visto. Cuando iba a la capital pasaba inadvertido por su aspecto rustico, con las mismas polainas que usaba en el campo, el poncho arrollado como una bufanda, y, asomando sobre este, las puntas agresivas de una corbata, adorno de tormento impuesto por las hijas, que en vano arreglaban con manos amorosas para que guardase cierta regularidad. Una manana habia entrado en el despacho del negociantes mas rico de la capital. -Senor, se que necesita usted novillos para Europa, y vengo a venderle una puntita. El negociante miro con altivez al gaucho pobre. Podia entenderse con uno de sus empleados; el no perdia el tiempo en asuntos pequenos. Pero ante la sonrisa maliciosa del rustico, sintio curiosidad. -?Y cuantos novillos puede usted vender, buen hombre? -Unos treinta mil. No necesito oir mas el personaje. Se levanto de su mesa y le ofrecio obsequiosamente un sillon. -Usted no puede ser otro que el senor Madariaga. -Para servir a Dios y a usted. Aquel instante fue el mas glorioso de su existencia. En el antedespacho de los gerentes de banco, los ordenanzas le ofrecian asiento misericordiosamente, dudando de que el personaje que estaba al otro lado de la puerta se dignase recibirlo. Pero apenas sonaba adentro su nombre, el mismo gerente corria a abrir. Y el pobre empleado quedaba estupefacto al escuchar como el gaucho decia a guisa de saludo: «Vengo a que me den trescientos mil pesos. Tengo pasto abundante y quisiera comprar una puntita de hacienda para engordarla.» Su caracter desigual y contradictorio gravitaba sobre los pobladores de sus tierras con una tirania cruel y bonachona. No pasaba vagabundo por la estancia que no fuese acogido por el rudamente desde sus primeras palabras. .Dejese de historias, amigo -gritaba como si fuese a pegarle-. Bajo el sombraje hay una res degollada. Corte y coma lo que quiera, y remediese con esto para seguir viaje... Pero ?nada de cuentos!






Y le volvia la espalda luego de entregarle unos pesos. Un dia se mostraba enfurecido porque un peon iba clavando con demasiada lentitud los postes de una cerca de alambre. ?Todos lo robaban! Al dia siguiente hablaba con sonrisa bonachona de una importante cantidad que deberia pagar por haber garantizado con su firma a un conocido en completa insolvencia: «?Pobre! ?Peor es su suerte que la mia!» Al encontrar en el camino la osamenta de una oveja recien descarnada, parecia enloquecer de rabia. No era la carne. «El hambre no tiene ley, y la carne la ha hecho Dios para que la coman los hombres. Pero ?al menos que le dejasen la piel!... » Y comentaba tanta maldad repitiendo siempre: «Falta de religion y buenas costumbres.» Otras veces, los merodeadores se llevaban la carne de tres vacas, abandonando las pieles bien a la vista; y el estanciero decia, sonriendo: «Asi me gusta a mi la gente: honrada y que no haga mal.» Su vigor de incansable centauro le habia servido poderosamente en la empresa de poblar sus tierras. Era caprichoso, despotico y de grandes facilidades para la paternidad, como sus compatriotas que siglos antes, al dominar el Nuevo Mundo, clasificaron la sangre indigena. Tenian los mismos gustos que los conquistadores castellanos por la belleza cobriza, de ojos oblicuos y cabello cerdoso. Cuando Desnoyers le veia apartarse con cualquier pretexto y poner su caballo al galope hacia un rancho cercano, se decia sonriendo: «Va en busca de un nuevo peon que trabajara sus tierras dentro de quince anos.» EL personal de la estancia comentaba el parecido fisonomico de ciertos jovenes que trabajan lo mismo que los demas, galopando desde el alba para ejecutar las diversas operaciones del pastoreo. Su origen era objeto de irrespetuosos comentarios. El capataz Celedonio, mestizo de treinta anos, generalmente detestado por su caracter duro y avariento tambien ofrecia una lejana semejanza con el patron. Casi todos los anos se presentaba con aire de misterio alguna mujer que venia de muy lejos, china sucia y malcarada, de relieves colgantes, llevando de la mano a un mesticillo de ojos de brasa. Pedia hablar a solas con el dueno; y al verse frente a el, le recordaba un viaje realizado diez o doce anos antes para comprar una punta de reses. -?Se acuerda, patron, que paso la noche en mi rancho porque el rio iba crecido? El patron no se acordaba de nada. Unicamente un vago instinto parecia indicarle que la mujer decia verdad. -Bueno; y ?que? -Patron, aqui lo tiene... Mas vale que se haga hombre a su lado que en otra parte. Y le presentaba al pequeno mestizo. ?Uno mas y ofrecido con esta sencillez!... «Falta de religion y buenas costumbres.» Con repentina modestia dudaba de la veracidad de la mujer. ?Por que habia de ser precisamente suyo?... La vacilacion no era, sin embargo, muy larga. -Por si es, ponlo con los otros. La madre se marchaba tranquila, viendo asegurado el porvenir del pequeno; porque aquel hombre prodigo en violencias tambien lo era en generosidades. Al final no le faltaria a su hijo un pedazo de tierra y un buen hato de ovejas. Estas adopciones provocaron al principio una rebeldia de misia Petrona, la unica que se permitio en toda su existencia. Pero el centauro le impuso un silencio de terror. -?Y aun te atreves a hablar, vaca floja?... Una mujer que solo ha sabido darme hembras. Verguenza debias tener. La misma mano que extraia negligentemente de un bolsillo los billetes hechos una bola, dandolos a capricho, sin reparar en cantidades, llevaba colgada a la muneca un rebenque. Era para golpear al caballo; pero lo levantaba con facilidad cuando alguno de los peones incurria en su colera. -Te pego porque puedo -decia como excusa al serenarse. Un dia, el golpeado hizo un paso atras, buscando el cuchillo en el cinto.






-A mi no me pega usted, patron. Yo no he nacido en estos pagos... Yo soy de Corrientes. El patron quedo con el latigo en alto. -?De verdad que no has nacido aqui?... Entonces tienes razon: no puedo pegarte. Toma cinco pesos. Cuando Desnoyers entro en la estancia, Madariaga empezaba a perder la cuenta de los que estaban bajo su potestad a uso latino antiguo y podian recibir sus golpes. Eran tantos, que incurria en frecuentes confusiones. El frances admiro el ojo experto de su patron para los negocios. Le bastaba contemplar por breves minutos un rebano de miles de reses para saber su numero con exactitud. Galopaba con aire indiferente en torno del inmenso grupo cornudo y pataleante, y de pronto hacia apartar varios animales. Habia descubierto que estaban enfermos. Con un comprador como Madariaga, las marrullerias y artificios de los vendedores resultaban inutiles. Su serenidad ante la desgracia era tambien admirable. Una sequia sembraba repentinamente sus prados de vacas muertas. La llanura parecia un campo de batalla abandonado. Por todas partes, bultos negros; en el aire, grandes espirales de cuervos que llegaban de muchas leguas a la redonda. Otras veces era el frio: un inesperado descenso del termometro cubria el suelo de cadaveres. Diez mil animales, quince mil, tal vez mas, se habian perdido. -?Que hacer? -decia Madariaga con resignacion-. Sin tales desgracias, esta tierra seria un paraiso... Ahora lo que importa es salvar los cueros. Echaba pestes contra la soberbia de los emigrantes de Europa, contra las nuevas costumbres de la gente pobre, porque no disponia de bastantes brazos para desollar a las victimas en poco tiempo y miles de pieles se perdian al corromperse unidas a la carne. Los huesos blanqueaban la tierra como montones de nieve. Los peoncitos iban colocando en los postes del alambrado craneos de vaca con los cuernos retorcidos, adorno rustico que evocaba la imagen de un desfile de liras helenicas. -Por suerte queda la tierra -anadia el estanciero-. Galopaba por sus campos inmensos, que empezaban a verdear bajo las nuevas lluvias. Habia sido de los primeros en convertir las tierras virgenes en praderas, sustituyendo el pasto natural con la alfalfa. Donde antes vivia un novillo, colocaba ahora tres. «La mesa esta puesta -decia alegremente-. Vamos en busca de nuevos convidados.» Y compraba a precios irrisorios el ganado desfallecido de hambre en los campos naturales, llevandolo a un rapido engordamiento en sus tierras opulentas. Una manana, Desnoyers le salvo la vida. Habia levantado su rebenque sobre un peon recien entrado en la estancia, y este le acometio cuchillo en mano. Madariaga se defendia a latigazos, convencido de que iba a recibir de un momento a otro la cuchillada mortal, cuando llego el frances y, sacando su revolver, domino y desarmo al adversario. -?Gracias, gabacho! -dijo el estanciero, emocionado-. Eres todo un hombre y debo recompensarte. Desde hoy... te hablare de tu. Desnoyers no llego a comprender que recompensa podia significar este tuteo. ?Era tan raro aquel hombre!... Algunas consideraciones personales vinieron, sin embargo, a mejorar su estado. No comio mas en el edificio donde estaba instalada la Administracion. El dueno exigio imperativamente que en adelante ocupase un sitio en su propia mesa. Y asi entro Desnoyers en la intimidad de la familia Madariaga. La esposa era una figura muda cuando el marido estaba presente. Se levantaba en plena noche para vigilar el desayuno de los peones, la distribucion de la galleta, el hervor de las marmitas de cafe o de mate cocido. Arreaba a las criadas, parlanchinas y perezosas, que se perdian con facilidad en las arboledas proximas a la casa. Hacia sentir en la cocina y sus anexos una autoridad de verdadera patrona; pero apenas sonaba la voz del marido, parecia encogerse en un silencio de respeto y






temor. Al sentarse la china a la mesa lo contemplaba con sus ojos redondos, fijos como los de un buho, revelando una sumision devota. Desnoyers llego a pensar que en esta admiracion habia mucho de asombro por la energia con que el estanciero -cerca ya de los sesenta anos- seguia improvisando nuevos pobladores para sus tierras. Las dos hijas, Luisa y Elena, aceptaron con entusiasmo al comensal, que venia a animar sus monotonas conversaciones del comedor, cortadas muchas veces por las coleras del padre. Ademas, era de Paris. «?Paris!», suspiraba Elena, la menor, poniendo los ojos en blanco. Y Desnoyers se veia consultado por ellas en materias de elegancia cada vez que encargaban algo a los almacenes de ropas de Buenos Aires. El interior de la casa reflejaba los diversos gustos de las dos generaciones. Las ninas tenian un salon con muebles ricos -apoyados en paredes agrietadas- y lamparas ostentosas que nunca se encendian. El padre perturbaba con su rudeza esta habitacion, cuidada y admirada por las dos hermanas. Las alfombras parecian entristecerse y palidecer bajo las huellas de barro que dejaban las botas del centauro. Sobre una mesa dorada aparecia el rebenque. Las muestras de maiz esparcian sus granos sobre la seda de un sofa que solo ocupaban las senoritas con cierto recogimiento, como si temiesen romperlo. Junto a la entrada del comedor habia una bascula, y Madariaga se enfurecio cuando las hijas le pidieron que la llevase a las dependencias. El no iba a molestarse con un viaje cada vez que se le ocurriese averiguar el peso de un cuero suelto... Un piano entro en la estancia, y Elena pasaba las horas tecleando lecciones con una buena fe desesperante. «?Ira de Dios! ?Si al menos tocase la jota o el pericon!» Y el padre, a la hora de la siesta, se iba a dormir sobre un poncho, entre los eucaliptos cercanos. Esta hija menor, a la que apodaba la Romantica, era el objeto de sus coleras y sus burlas. ?De donde habia salido con unos gustos que nunca sintieron el y su pobre china? Sobre el piano se amontonaban cuadernos de musica. En un angulo del disparatado salon, varias cajas de conservas, arregladas a guisa de biblioteca por el carpintero de la estancia, contenian libros. -Mira, gabacho -decia Madariaga-. Todo versos y novelas. ?Puros embustes!... ?Aire! El tenia su biblioteca, mas importante y gloriosa, y ocupaba menos lugar. En su escritorio, adornado con carabinas, lazos y monturas chapeadas de plata, un pequeno armario contenia los titulos de propiedad y varios legajos que el estanciero hojeaba con miradas de orgullo. -Pon atencion y oiras maravillas -anunciaba a Desnoyers, tirando de uno de los cuadernos. Era la historia de las bestias famosas que habia entrado en la estancia para la reproduccion y mejoramiento de sus ganados; el arbol genealogico, las cartas de nobleza, la pedigree de todos los animales. Habia de ser el quien leyese los papeles, pues no permitia que los tocase ni su familia. Y con las gafas caladas iba deletreando la historia de cada heroe pecuario: «Diamond III, nieto de Diamond I, que fue propiedad del rey de Inglaterra, e hijo de Diamond II, triunfador en todos los concursos.» Su Diamond le habia costado muchos miles; pero los caballos mas gallardos de la estancia, que se vendian a precios magnificos, eran sus descendientes. -Tenia mas talento que algunas personas. Solo le faltaba hablar. Es el mismo que esta embalsamado junto a la puerta del salon. Las ninas quieren que lo eche de alli... ?Que se atrevan a tocarlo! ?Primero, las echo a ellas! Luego continuaba leyendo la historia de una dinastia de toros, todos con nombre propio y un numero romano a continuacion, lo mismo que los reyes; animales adquiridos en las grandes ferias de Inglaterra por el testarudo estanciero. Nunca habia estado alla; pero empleaba el cable para batirse a libras esterlinas con los propietarios britanicos, deseosos de conservar para su patria tales portentos. Gracias






a estos reproductores, que atravesaron el Oceano con iguales comodidades que un pasajero millonario, habia podido hacer desfilar en los concursos de Buenos Aires sus novillos, que eran torreones de carne, elefantes comestibles, con el lomo cuadrado y liso lo mismo que una mesa. -Esto representa algo, ?no te parece, gabacho? Esto vale mas que todas las estampas con lunas, lagos, amantes y otras macanas que mi Romantica pone en las paredes para que crien polvo. Y senalaba los diplomas honorificos que adornaban el escritorio, las copas de bronces y demas bisuteria gloriosa conquistada en los concursos por los hijos de su pedigree. Luisa, la hija mayor -llamada Chicha, a uso americano-, merecia mas respeto de su padre. «Es mi pobre china -decia-; la misma bondad y el mismo empuje para el trabajo, pero con mas senorio.» Lo del senorio lo aceptaba Desnoyers inmediatamente, y aun le parecia una expresion incompleta y debil. Lo que no podia admitir era que aquella muchacha palida, modesta, con grandes ojos negros y sonrisa de pueril malicia, tuviese el menor parecido fisico con la respetable matrona que le habia dado la existencia. La gran fiesta para Chicha era la misa del domingo. Representaba un viaje de tres leguas al pueblo mas cercano, un contacto semanal con gentes que no eran las mismas de la estancia. Un carruaje tirado por cuatro caballos se llevaba a la senora y a las senoritas con los ultimos trajes y sombreros llegados de Europa a traves de las tiendas de Buenos Aires. Por indicacion de Chicha, iba Desnoyers con ellas, tomando las riendas al cochero. El padre se quedaba para recorrer sus campos en la soledad del domingo, enterandose mejor de los descuidos de su gente. El era muy religioso: «Religion y buenas costumbres.» Pero habia dado miles de pesos para la construccion de la vecina iglesia, y un hombre de su fortuna no iba a estar sometido a las mismas obligaciones de los pelagatos. Durante el almuerzo dominical, las dos senoras hacian comentarios sobre las personas y meritos de varios jovenes del pueblo y de las estancias proximas que se detenian a la puerta de la iglesia para verlas. -?Haganse ilusiones, ninas! -decia el padre-. ?Ustedes creen que las quieren por su lindura?... Lo que buscan esos sinverguenzas son los pesos del viejo Madariaga; y asi que los tuviesen, tal vez les soltarian a ustedes una paliza diaria. La estancia recibia numerosos visitantes. Unos eran jovenes de los alrededores, que llegaban sobre briosos caballos haciendo suertes de equitacion. Deseaban ver a don Julio con los mas inverosimiles pretextos, y aprovechaban la oportunidad para hablar con Chicha y Elena. Otras veces eran senoritos de Buenos Aires, que pedian alojamiento en la estancia, diciendo que iban de paso. Don Madariaga grunia: -?Otro hijo de tal que viene en busca de los pesos del gallego! Si no se va pronto, lo... corro a patadas. Pero el pretendiente no tardaba en irse, intimidado por la mudez hostil del patron. Esta mudez se prolongo de un modo alarmante, a pesar de que la estancia ya no recibia visitas. Madariaga parecia abstraido, y todos los de la familia, incluso Desnoyers, respetaban y temian su silencio. Comia enfurrunado, con la cabeza baja. De pronto levantaba los ojos para mirar a Chicha, luego a Desnoyers, y fijarlos ultimamente en su esposa, como si fuese a pedirle cuentas. La Romantica no existia para el. Cuando mas, le dedicaba un bufido ironico al verla erguida en la puerta a la hora del atardecer contemplando el horizonte, ensangrentado por la muerte del sol, con un codo en el quicio y una mejilla en una mano, imitando la actitud de cierta dama blanca que habia visto en un cromo esperando la llegada del caballero de los ensuenos. Cinco anos llevaba Desnoyers en la casa, cuando un dia entro en el escritorio del amo con el aire brusco de los timidos que adoptan una resolucion. -Don Julio, me marcho, y deseo que ajustemos cuentas. Madariaga lo miro socarronamente. ?Irse?... ?Por que? Pero en vano repitio sus






preguntas. El frances se tascaba en una serie de explicaciones incoherentes. «Me voy; debo irme.» -?Ah ladron, profeta falso! -grito el estanciero con voz estentorea. Pero Desnoyers no se inmuto ante el insulto. Habia oido muchas veces a su patron las mismas palabras cuando comentaba algo gracioso o al regatear con los compradores de bestias. -?Ah ladron, profeta falso! ?Crees que no se por que te vas? ?Te imaginas que el viejo Madariaga no ha visto tus miraditas y las miraditas de la mosca muerta de su hija, y cuando os paseabais tu y ellas agarrados de la mano, en presencia de la pobre china, que esta ciega del entendimiento?... No esta mal el golpe, gabacho. Con el te apoderas de la mitad de los pesos del gallego, y ya puedes decir que has hecho la America. Y mientras gritaba esto, o, mas bien, lo aullaba, habia empunado el rebenque, dando golpecitos de punta en el estomago de su administrador con una insistencia que lo mismo podia ser afectuosa que hostil. -Por eso vengo a despedirme -dijo Desnoyers con altivez-. Se que es una pasion absurda, y quiero marcharme. -?El senor se va! -siguio gritando el estanciero-. ?El senor cree que aqui puede hacer lo que quiera! No, senor; aqui no manda nadie mas que el viejo Madariaga, y yo ordeno que te quedes... ?Ay las mujeres! Unicamente sirven para enemistar a los hombres. ?Y que no podamos vivir sin ellas!... Dio varios paseos silenciosos por la habitacion, como si las ultimas palabras le hiciesen pensar en cosas lejanas muy distintas de lo que hasta entonces habia dicho. Desnoyers miro con inquietud el latigo que aun empunaba su diestra. ?Si intentaria pegarle, como a los peones?... Estaba dudando entre hacer frente a un hombre que siempre le habia tratado con benevolencia o apelar a una fuga discreta, aprovechando una de sus vueltas, cuando el estanciero se planto ante el. -?Tu la quieres de veras..., de veras? -pregunto-. ?Estas seguro de que ella te quiere a ti? Fijate bien en lo que dices, que en eso del amor hay mucho de engano y ceguera. Tambien yo, cuando me case, estaba loco por mi china. ?De verdad que os quereis?... Pues bien; llevatela, gabacho del demonio, ya que alguien se la he llevar, y que no te salga una vaca floja como su madre... A ver si me llenas la estancia de nietos. Reaparecia el gran productor de hombres y de bestias al formular este deseo. Y como considerase necesario explicar su actitud, anadio: -Todo esto lo hago porque te quiero; y te quiero porque eres serio. Otra vez quedo absorto el frances, no sabiendo en que consistia la tan apreciada seriedad. Desnoyers, al casarse penso en su madre. ?Si la pobre vieja pudiese ver este salto extraordinario de su fortuna! Pero mama habia muerto un ano antes, creyendo a su hijo enormemente rico, porque le enviaba todos los meses ciento cincuenta pesos, algo mas de trescientos francos, extraidos del sueldo que cobraba en la estancia. Su ingreso en la familia de Madariaga sirvio para que este atendiese con menos interes a sus negocios. Tiraba de el la ciudad, con la atraccion de los encantos no conocidos. Hablaba con desprecio de las mujeres del campo, chinas mal lavadas, que le inspiraban ahora repugnancia. Habia abandonado sus ropas de jinete campestre y exhibia con satisfaccion pueril los trajes con que le disfrazaba un sastre de la capital. Cuando Elena queria acompanarle a Buenos Aires, se defendia pretextando negocios enojosos. «No; ya iras con tu madre.» La suerte de campos y ganados no le inspiraba inquietudes. Su fortuna, dirigida por Desnoyers, estaba en buenas manos. -Este es muy serio -decia en el comedor, ante la familia reunida-. Tan serio como yo... De este no se rie nadie. Y al fin pudo adivinar el frances que su suegro, al hablar de seriedad, aludia a la






entereza de caracter. Segun declaracion espontanea de Madariaga, desde los primeros dias que trato a Desnoyers pudo adivinar un genio igual al suyo, tal vez mas duro y firme, pero sin alaridos ni excentricidades. Por esto le habia tratado con benevolencia extraordinaria, presintiendo que un choque entre los dos no tendria arreglo. Sus unicas desavenencias fueron la causa de los gastos establecidos por Madariaga en tiempos anteriores. Desde que el yerno dirigia las estancias, los trabajos costaban menos y la gente mostraba mayor actividad. Y esto sin gritos, sin palabras fuertes, con solo su presencia y sus ordenes breves. El viejo era el unico que le hacia frente para mantener el caprichoso sistema del palo seguido de la dadiva. Le sublevaba el orden minucioso de arbitrariedad extravagante, de tirania bonachona. Con frecuencia se presentaba a Desnoyers algunos de los mestizos a los que suponia la malicia publica en intimo parentesco con el estanciero. «Patroncito, dice el patron viejo que me de cinco pesos.» El patroncito respondia negativamente, y poco despues se presentaba Madariaga, iracundo de gesto, pero midiendo las palabras, en consideracion a que su yerno era tan serio como el. -Mucho te quiero, hijo, pero aqui nadie manda mas que yo... ?Ah gabacho! Eres igual a todos los de tu tierra: centavo que pillais va a la media, y no ve mas luz del sol aunque os crucifiquen... ?Dije cinco pesos? Le daras diez. Lo mando yo y basta. El frances pagaba, encogiendose de hombros, mientras su suegro, satisfecho del triunfo, huia a Buenos Aires. Era bueno hacer constar que la estancia pertenecia aun al gallego Madariaga. De uno de sus viajes volvio con un acompanante: un joven aleman, que, segun el, lo sabia todo y servia para todo. Su yerno trabajaba demasiado. Karl Hartrott le ayudaria en la contabilidad. Y Desnoyers lo acepto, sintiendo a los pocos dias una naciente estimacion por el nuevo empleado. Que perteneciesen a dos naciones enemigas nada significaba. En todas partes hay buenas gentes, y este Karl era un subordinado digno de aprecio. Se mantenia a distancia de sus iguales y era inflexible y duro con los inferiores. Todas sus facultades parecia concentrarlas en el servicio y la admiracion de los que estaban por encima d el. Apenas despegaba los labios Madariaga, el aleman movia la cabeza apoyando por adelantado sus palabras. Si decia algo gracioso, su risa era de una escandalosa sonoridad. Con Desnoyers se mostraba taciturno y aplicado, trabajando sin reparar en horas. Apenas le veia entrar en la administracion, saltaba de su asiento irguiendose con militar rigidez. Todo estaba dispuesto a hacerlo. Por cuenta propia, espiaba al personal, delatando sus descuidos y defectos. Este servicio no entusiasmaba a su jefe inmediato, pero lo agradecia como una muestra de interes por el establecimiento. Alababa el viejo estanciero su adquisicion como un triunfo, pretendiendo que su yerno la celebrase igualmente. -Un mozo muy util, ?no es cierto?... Estos gringos de la Alemania sirven bien, saben muchas cosas y cuestan poco. Luego, ?tan disciplinados!, ?tan humilditos!... Yo siento decirtelo, porque eres gabacho; pero os habeis echado malos enemigos. Son gente dura de pelar. Desnoyers contestaba con un gesto de indiferencia. Su patria estaba lejos y tambien la del aleman. ?A saber si volverian a ella! Alli eran argentinos, y debian pensar en las cosas inmediatas, sin preocuparse del pasado. -Ademas, ?tiene tan poco orgullo! -continuo Madariaga con tono ironico-. Cualquier gringo de estos, cuando es dependiente en la capital, barre la tienda, hace la comida, lleva la contabilidad, vende a los parroquianos, escribe a maquina, traduce de cuatro a cinco lenguas, y acompana, si es preciso, a la amiga del amo, como si fuese una gran senora... todo por veinticinco pesos al mes. ?Quien puede luchar con una gente asi? Tu, gabacho, eres como yo..., muy serio, y te moririas de hambre antes de pasar por ciertas cosas. Por eso te digo que resultan temibles.






El estanciero, despues de una corta reflexion, anadio: -Tal vez no son tan buenos como parecen. Hay que ver como tratan a los que estan debajo de ellos. Puede que se hagan los simples sin serlo, y cuando sonrien al recibir una patada, dicen para sus adentros: «Espera que llegue la mia, y te devolvere tres.» Luego parecio arrepentirse de sus palabras. -De todos modos, este Karl es un pobre mozo; un infeliz, que apenas digo yo algo, abre la boca como si fuese a tragar moscas. El asegura que es de gran familia, pero ?vaya usted a saber de estos gringos!... Todos los muertos de hambre, al venir a America la echamos de hijos de principes. A este lo habia tuteado Madariaga desde el primer instante, no por agradecimiento, como a Desnoyers, sino para hacerle sentir su inferioridad. Lo habia introducido igualmente en su casa, pero unicamente para que diese lecciones de piano a la hija menor. La Romantica ya no se colocaba al atardecer en la puerta contemplando el sol poniente. Karl, una vez terminado su trabajo de Administracion, venia a la casa del estanciero, sentandose al lado de Elena que tecleaba con una tenacidad digna de mejor suerte. A ultima hora, el aleman acompanandose en el piano, cantaba fragmentos de Wagner, que hacian dormitar a Madariaga en un sillon con el fuerte cigarro paraguayo adherido a los labios. Elena contemplaba, mientras tanto, con creciente interes al gringo cantor. No era el caballero de los ensuenos esperado por la dama blanca. Era casi un sirviente, un inmigrante rubio tirando a rojo, carnudo, algo pesado y con ojos bovinos que reflejaban un eterno miedo a desagradar a sus jefes. Pero, dia por dia, iba encontrando en el algo que modificaba sus primeras impresiones: la blancura femenil de Karl mas alla de la cara y las manos tostadas por el sol; la creciente marcialidad de sus bigotes: la soltura con que montaba a caballo; su aire trovadoresco al entonar con una voz de tenor algo sorda romanzas voluptuosas con palabras que ella no podia entender. Una noche, a la hora de la cena, no pudo contenerse, y hablo con la vehemencia febril del que ha hecho un gran descubrimiento: -Papa, Karl es noble. Pertenece a una gran familia. El estanciero hizo un gesto de indiferencia. Otras cosas le preocupaban en aquellos dias. Pero durante la velada sintio la necesidad de descargar en alguien la colera interna que le venia royendo desde su ultimo viaje a Buenos Aires, e interrumpio al cantor. -Oye, gringo: ?que es eso de tu nobleza y demas macanas que le has contado a la nina? Karl abandono el piano para erguirse y responder. Bajo la influencia del canto reciente, habia en su actitud algo que recordaba a Lohengrin en el momento de revelar el secreto de su vida. Su padre habia sido el general von Hartrott, uno de los caudillos secundarios de la guerra del 70. El emperador lo habia recompensado ennobleciendolo. Uno de sus tios era consejero intimo del rey de Prusia. Sus hermanos mayores figuraban en la oficialidad de los regimientos privilegiados. El habia arrastrado el sable como teniente. Madariaga le interrumpio, fatigado de tanta grandeza. «Mentiras..., macanas..., aire.» ?Hablarle a el de nobleza de los gringos!... Habia salido muy joven de Europa para sumirse en las revueltas democraticas de America, y aunque la nobleza le parecia algo anacronico e incomprensible, se imaginaba que la unica autentica y respetable era la de su pais. A los gringos les concedia el primer lugar para la invencion de maquinas, para los barcos, para la cria de animales de precio; pero todos los condes y marqueses de la gringueria le parecian falsificados. -Todo farsas -volvio a repetir-. Ni en tu pais hay noblezas, ni teneis todos juntos cinco pesos. Si los tuvierais, no vendriais aqui a comer ni enviariais las mujeres que enviais, que son... tu sabes lo que son tan bien como yo. Con asombro de Desnoyers, el aleman encogio esta rociada humildemente,






asintiendo con movimientos de cabeza a las ultimas palabras del patron. -Si fuesen verdad -continuo Madariaga implacablemente- todas estas macanas de titulos, sables y uniformes, ?Por que has venido aqui? ?Que diablos has hecho en tu tierra para tener que marcharte? Ahora Karl bajo la frente, confuso y balbuciendo. -Papa... papa -suplico Elena. ?Pobrecito! ?Como le humillaban porque era pobre!... Y sintio un hondo agradecimiento hacia su cunado al ver que rompia su mutismo para defender al aleman. -Pero si yo aprecio a este mozo! -dijo Madariaga, excusandose-. Son los de su tierra los que me dan rabia. Cuando, pasados algunos dias, hizo Desnoyers un viaje a Buenos Aires, se explico la colera del viejo. Durante varios meses habia sido el protector de una tiple de origen aleman olvidada en America por una compania de opereta italiana. Ella le recomendo a Karl, compatriota desgraciado que, luego de rodar por varias naciones de America y ejercer diversos oficios, vivia al lado suyo en clase de caballero cantor. Madariaga habia gastado alegremente muchos miles de pesos. Un entusiasmo juvenil le acompano en esta nueva existencia de placeres urbanos, hasta que al descubrir la segunda vida que llevaba la alemana en sus ausencias y como reia de el con los parasitos de su sequito, monto en colera, despidiendose para siempre, con acompanamiento de golpes y fractura de muebles. ?La ultima aventura de su historia!... Desnoyers adivino esta voluntad de renunciamiento al oir que por primera vez confesaba sus anos. No pensaba volver a la capital. ?Todo mentira! La existencia en el campo, rodeado de la familia y haciendo mucho bien a los pobres, era lo unico cierto. Y el terrible centauro se expresaba con una ternura idilica, con una firme virtud de sesenta y cinco anos, insensibles ya a la tentacion. Despues de su escena con Karl, habia aumentado el sueldo de este, apelando como siempre a la generosidad para reparar sus violencias. Lo que no podia olvidar era lo de su nobleza, que le daba motivo para nuevas bromas. Aquel relato glorioso habia traido a su memoria los arboles genealogicos de los reproductores de la estancia. El aleman era un pedigree, y con este apodo le designo en adelante. Sentados, en las noches veraniegas, bajo un cobertizo de la casa, se extasiaba patriarcalmente contemplando a su familia en torno de el. La calma nocturna se iba poblando de zumbidos de insectos y croar de ranas. De los lejanos ranchos venian los cantares de los peones que se preparaban su cena. Era la epoca de la siega, y grandes bandas de emigrantes se alojaban en la estancia para el trabajo extraordinario. Madariaga habia conocido dias tristes de guerra y violencias. Se acordaba de los ultimos anos de la tirania de Rosas, presenciados por el al llegar al pais. Enumeraba las diversas revoluciones nacionales y provinciales en las que habia tomado parte, por no ser menos que sus vecinos, y a las que designaba con el titulo de puebladas. Pero todo esto habia desaparecido y no volveria a repetirse. Los tiempos eran de paz, de trabajo y abundancia. -Fijate, gabacho -decia, espantando con los chorros de humo de su cigarro los mosquitos que volteaban en torno de el-. Yo soy espanol, tu, frances, Karl es aleman, mis ninas argentinas, el cocinero ruso, su ayudante griego, el peon de cuadra ingles, las chinas de cocina, unas son del pais, otras gallegas o italianas, y entre los peones los hay de todas castas y leyes... ?Y todos vivimos en paz! En Europa tal vez nos habriamos golpeado a estas horas; pero aqui todos amigos. Y se deleitaba escuchando la musica de los trabajadores: lamentos de canciones italianas, con acompanamiento de acordeon, guitarreos espanoles y criollos apoyando a unas voces bravias que cantaban al amor y la muerte. -Esto es el Arca de Noe -afirmo el estanciero. Queria decir la torre de Babel, segun penso Desnoyers, pero para el viejo era lo






mismo. -Yo creo -continuo- que vivimos asi porque en esta parte del mundo no hay reyes y los ejercitos son pocos, y los hombres solo piensan en pasarlo lo mejor posible gracias a su trabajo. Pero tambien creo que vivimos en paz porque hay abundancia y a todos les llega su parte... ?La que se armaria si las raciones fuesen menos que las personas! Volvio a quedar en reflexivo silencio, para anadir poco despues. -Sea por lo que sea, hay que reconocer que aqui se vive mas tranquilo que en el otro mundo. Los hombres se aprecian por lo que valen y se juntan sin pensar en si proceden de una tierra o de otra. Los mozos no van en rebano a matar a otros mozos que no conocen, y cuyo delito es haber nacido en el pueblo de enfrente... El hombre no es una mala bestia en todas partes, lo reconozco; pero aqui come, tiene tierra de sobra para tenderse, y es bueno, con la bondad de un perro harto. Alla son demasiados, viven en monton, estorbandose unos a otros, la pitanza es escasa, y se vuelven rabiosos con facilidad. ?Viva la paz, gabacho, y la existencia tranquila! Donde uno se encuentre bien y no corra peligro de que lo maten por cosas que no entiende, alli esta su verdadera tierra. Y como un eco de las reflexiones del rustico personaje, Karl, sentado en el salon ante el piano, entonaba a media voz un himno de Beethoven: «Cantemos la alegria de la vida; cantemos la libertad. Nunca mientas y traiciones a tu semejante, aunque te ofrezcan por ello el mayor trono de la Tierra.» ?La paz!... A los pocos dias se acordo Desnoyers con amargura de estas ilusiones del viejo. Fue la guerra, una guerra domestica, la que estallo en el idilico escenario de la estancia. «Patroncito, corra, que el patron viejo ha pelado cuchillo y quiere matar al aleman.» Y Desnoyers habia corrido fuera de su escritorio, avisado por las voces de un peon. Madariaga perseguia cuchillo en mano a Karl, atropellando a todos los que intentaban cerrarle el paso. Unicamente el pudo detenerlo, arrebatandole el arma. -?Ese pedigree sinverguenza! -vociferaba el viejo con la boca livida, agitandose entre los brazos de su yerno-. Todos los muertos de hambre creen que no hay mas que llegar a esta casa para llevarse mis hijas y mis pesos... ?Sueltame te digo! ?Sueltame para que lo mate!... Y con el deseo de verse libre, daba excusas a Desnoyers. A el lo habia aceptado como yerno porque era de su gusto, modesto, honrado y... serio. ?Pero ese pedigree cantor, con todas sus soberbias!... ?Un hombre que el habia sacado... no queria decir de donde! Y el frances, tan enterado como el de sus primeras relaciones con Karl, fingio no entenderlo. Como el aleman habia huido, el estanciero acabo por dejarse empujar hasta su casa. Hablaba de dar una paliza a la Romantica y otra a la china por no enterarse de las cosas. Habia sorprendido a su hija agarrada de las manos con el gringo en un bosquecillo cercano y cambiando entre ellos un beso. -?Viene por mis pesos! -aullaba-. Quiere hacer la America pronto a costa del gallego, y para esto tanta humildad, y tanto canto, y tanta nobleza. ?Embustero!... ?Musico! Y repitio con insistencia lo de ?musico!, como si fuese la concrecion de todos sus desprecios. Desnoyers, firme y sobrio en palabras, dio un desenlace al conflicto. La Romantica, abrazada a su madre, se refugio en los altos de la casa. El cunado habia protegido su retirada; pero a pesar de esto, la sensible Elena gimio entre lagrimas pensando en el aleman: «?Pobrecito! ?Todos contra el!» Mientras tanto, la esposa de Desnoyers retenia al padre en su despacho, apelando a toda su influencia de hija juiciosa. El frances fue en busca de Karl, mal repuesto aun de la terrible sorpresa, y le dio un caballo para que se trasladase inmediatamente a la estacion de ferrocarril mas proxima. Se alejo de la estancia, pero no permanecio solo mucho tiempo. Transcurridos unos






dias, la Romantica se marcho detras de el... Iseo la de las blancas manos fue en busca del caballero Tristan. La desesperacion de Madariaga no se mostro violenta y atronadora, como esperaba su yerno. Por primera vez le vio este llorar. Su vejez robusta y alegre desaparecio de golpe. En una hora parecia haber vivido diez anos. Como un nino, arrugado y tremulo, se abrazo a Desnoyers, mojandole el cuello con sus lagrimas. -?Se la ha llevado! ?El hijo de una gran... pulga se la ha llevado! Esta vez no hizo pesar su responsabilidad sobre su china. Lloro junto a ella, y como si pretendiese consolarla con una confesion publica, dijo repetidas veces: -Por mis pecados... Todo ha sido por mis grandisimos pecados. Empezo para Desnoyers una epoca de dificultades y conflictos. Los fugitivos le buscaron en una de sus visitas a la capital, implorando su proteccion. La Romantica lloraba, afirmando que solo su cunado, «el hombre mas caballero del mundo», podia salvarla. Karl lo miro como un perro fiel que se confia a su amo. Estas entrevistas se repitieron en todos sus viajes. Luego, al volver a la estancia, encontraba al viejo malhumorado, silenciosos, mirando con fijeza ante el, como si contemplase algo invisible para los demas, y diciendo de pronto: «Es un castigo: el castigo de mis pecados.» El recuerdo de sus primeras relaciones con el aleman, a antes de llevarlo a la estancia, le atormentaba como un remordimiento. Algunas tardes hacia ensillar su caballo, partiendo a todo galope hacia el pueblo mas proximo. Ya no iba en busca de ranchos hospitalarios. Necesitaba pasar un rato en la iglesia, hablar a solas con las imagenes, que estaban alli solo para el, ya que era el quien habia pagado las facturas de adquisicion... «Por mi culpa, por mi grandisima culpa.» Pero a pesar de su arrepentimiento, Desnoyers tuvo que esforzarse mucho para obtener de el un arreglo. Cuando le hablo de regularizar la situacion de los fugitivos, facilitando los tramites necesarios para el matrimonio, no le dejo continuar. «Haz lo que quieras, pero no me hables de ellos.» Pasaron muchos meses. Un dia, el frances se acerco con cierto misterio. «Elena tiene un hijo, y le llaman Julio, como a usted.» -Y tu, grandisimo inutil -grito el estanciero-, y la vaca floja de tu mujer vivis tranquilamente, sin darme un nieto... ?Ah gabacho! Por eso los alemanes acabaran montandose sobre vosotros. Ya ves: ese bandido tiene un hijo, y tu, despues de cuatro anos de matrimonio..., nada. Necesito un nieto, ?lo entiendes? Y para consolarse de esta falta de ninos en su hogar, se iba al rancho del capataz Celedonio, donde una bandada de pequenos mestizos se agrupaban, temerosos y esperanzados, en torno del patron viejo. De pronto murio la china. La pobre misia Petrona se fue discretamente, como habia vivido, procurando en su ultima hora evitar toda contrariedad al esposo, pidiendole perdon con la mirada por las molestias que podia causarle su muerte. Elena se presento en la estancia en la estancia para ver el cadaver de su madre, y Desnoyers, que llevaba mas de un ano sosteniendo a los fugitivos a espaldas del suegro, aprovecho la ocasion para vencer el enojo de este. -La perdono -dijo el estanciero despues de una larga resistencia-. Lo hago por la pobre finada y por ti. Que se quede en la estancia y que venga con ella el gringo sinverguenza. Nada de trato. El aleman seria un empleado a las ordenes de Desnoyers, y la pareja viviria en el edificio de la Administracion, como si no perteneciese a la familia. Jamas dirigiria la palabra a Karl. Pero apenas lo vio llegar, le hablo para tratarle de usted, dandole ordenes rudamente, lo mismo que a un extrano. Despues paso siempre junto a el como si no lo conociese. Al encontrar en su casa a Elena acompanando a la hermana mayor, tambien seguia adelante. En vano la Romantica, transfigurada por la maternidad, aprovechaba todas las ocasiones para colocar delante de el a su pequeno y repetia sonoramente su nombre: «Julio... Julio.» -Un hijo del gringo cantor, blanco como un cabrito desollado y con pelo de zanahoria, quieren que sea nieto mio... Prefiero a los de Celedonio. Y para mayor protesta, entraba en la vivienda del capataz, repartiendo a la chiquilleria punados de pesos. A los siete anos de efectuado el matrimonio, la esposa de Desnoyers sintio que iba a ser madre. Su hermana tenia ya tres hijos. Pero ?que valian estos para Madariaga, comparados con el nieto que iba a llegar? «Sera varon -dijo con firmeza-, porque yo lo necesito asi. Se llamara Julio, y quiero que se parezca a mi pobre finada.» Desde la muerte de su esposa, que ya no la llamaba la china, sintio algo semejante a un amor postumo por aquella pobre mujer que tanto le habia aguantado durante su existencia, siempre timida y silenciosa. «Mi pobre finada» surgia a cada instante con la obsesion de un remordimiento. Sus deseos se cumplieron. Luisa dio a luz un varon, que recibio el nombre de Julio, y aunque mostraba en sus rasgos fisonomicos, todavia abocetados, una gran semejanza con su abuela, tenia el cabello y los ojos negros y la tez de moreno palido. ?Bienvenido!... Este era su nieto. Y con la generosidad de la alegria permitio que el aleman entrase en su casa para asistir a la fiesta del bautizo. Cuando Julio Desnoyers tuvo cuatro anos, el abuelo lo paseo a caballo por toda la estancia, colocandolo en el delantero de la silla. Iba de rancho en rancho para mostrarlo al populacho cobrizo, como un anciano monarca que presenta a un heredero. Mas adelante, cuando el nieto pudo hablar sueltamente, se entretuvo conversando con el horas enteras a la sombra de los eucaliptos. Empezaba a marcarse en el viejo cierta decadencia mental. Aun no chocheaba, pero su agresividad iba tomando un caracter pueril. Hasta en las mayores expansiones de carino se valia de la contradiccion, buscando molestar a sus allegados. -?Ven aqui, profeta falso! -decia a su nieto-. Tu eres un gabacho. Julio protestaba como si lo insultasen. Su madre le habia ensenado que era argentino, y su padre le recomendaba que anadiese espanol, para dar gusto al abuelo. -Bueno; pues si no eres gabacho -continuaba el estanciero- grita: ?Abajo Napoleon! Y miraba en torno de el para ver si estaba cerca Desnoyers, creyendo causarle con esto una gran molestia. Pero el yerno seguia adelante, encogiendose de hombros. -?Abajo Napoleon! -decia Julio. Y presentaba la mano inmediatamente, mientras el abuelo buscaba sus bolsillos. Los hijos de Karl, que ya eran cuatro, y se movian en torno del abuelo como un coro humilde mantenido a distancia, contemplaban con envidia estas dadivas. Para agradarle, un dia que lo vieron solo se acercaron resueltamente, gritando al unisono: «?Abajo Napoleon!» -?Gringos atrevidos! -bramo el viejo-. Eso se lo habra ensenado a ustedes el sinverguenza de su padre. Si lo vuelven a repetir, los corro a rebencazos... ?Insultar asi a un gran hombre! Esta descendencia rubia la toleraba, pero sin permitirle ninguna intimidad. Desnoyers y su esposa tomaban la defensa de sus sobrinos, tachandole de injusto. Y para desahogar los comentarios de su antipatia buscaba a Celedonio, el mejor de los oyentes, pues contestaba a todo: «Si, patron.» «Asi sera, patron.» -Ellos no tienen culpa alguna -decia el viejo-, pero yo no puedo quererlos. Ademas, ?tan semejantes a su padre, tan blancos, con el pelo de zanahoria deshilachada, y los dos mayores llevan anteojos, lo mismo que si fuesen escribanos!... No parecen gentes con esos vidrios: parecen tiburones. Madariaga no habia visto nunca tiburones, pero se los imaginaba, sin saber por que, con unos ojos redondos de vidrio, como fondos de botella. A la edad de ocho anos Julio era un jinete. «?A caballo, peoncito!», ordenaba el abuelo. Y salian a galope por los campos, pasando como centellas entre millares y millares de reses cornudas. El peoncito, orgulloso de su titulo, obedecia en todo al maestro. Y asi aprendio a tirar el lazo a los toros, dejandolos aprisionados y vencidos, a hacer saltar las vallas de alambre a su pequenos caballo, a salvar de un bote un hoyo profundo, a deslizarse por las barrancas, no sin rodar muchas veces debajo de su montura.






-?Ah gaucho fino! -decia el abuelo, orgulloso de estas hazanas-. Toma cinco pesos para que le regales un panuelo a una china. El viejo, en su creciente embrollamiento mental, no se daba cuenta exacta de la relacion entre las pasiones y los anos. Y el infantil jinete, al guardarse el dinero, se preguntaba que china era aquella y por que razon debia hacerle un regalo. Desnoyers tuvo que arrancar a su hijo de las ensenanzas del abuelo. Era inutil que hiciese venir maestros para Julio o que intentase enviarlo a la escuela de la estancia. Madariaga raptaba a su nieto, escapandose juntos a correr el campo. El padre acabo por instalar al hijo en un gran colegio de la capital cuando ya habia pasado de los once anos. Entonces, el viejo fijo su atencion en la hermana de Julio, que solo tenia tres anos, llevandola, como al otro, de rancho en rancho sobre el delantero de su montura. Todos llamaban Chichi a la hija del Chicha, pero el abuelo le dio el titulo de peoncito, como a su hermano. Y Chichi, que se criaba vigorosa y rustica, desayunandose con carne y hablando en suenos del asado, siguio facilmente las aficiones del viejo. Iba vestida como un muchacho, montaba lo mismo que los hombres, y para merecer el titulo de gaucho fino conferido por el abuelo, llevaba un cuchillo en la trasera del cinturon. Los dos corrian el campo de sol a sol. Madariaga parecia seguir como una bandera la trenza ondulante de la amazona. Esta, a los nueve anos, echaba ya con habilidad su lazo a las reses. Lo que mas irritaba al estanciero era que la familia le recordase su vejez. Los consejos de Desnoyers para que permaneciese tranquilo en casa los acogia como insultos. Asi que avanzaba en anos, era mas agresivo y temerario, extremando su actividad, como si con ella quisiera espantar a la muerte. Solo admitia ayuda de su travieso peoncito. Cuando al ir a montar acudian los hijos de Karl, que eran ya unos grandullones, para tenerle el estribo, los repelia con bufidos de indignacion. -?Creen ustedes que yo no puedo sostenerme?... Aun tengo vida para rato, y los que aguardan que muera para agarrar mis pesos se llevan chasco. El aleman y su esposa, mantenidos aparte en la vida de la estancia, tenian que sufrir en silencio estas alusiones. Karl, necesitado de proteccion, vivia a la sombra del frances, aprovechando toda oportunidad para abrumarle con sus elogios. Jamas podria agradecer bastante lo que hacia por el. Era su unico defensor. Deseaba una ocasion para mostrarle su gratitud; morir por el, si era preciso. La esposa admiraba a su cunado con grandes extremos de entusiasmo. «El caballero mas cumplido de la Tierra.» Y Desnoyers agradecia en silencio esta adhesion, reconociendo que el aleman era un excelente companero. Como disponia en absoluto de la fortuna de la familia, ayudaba generosamente a Karl sin que el viejo se enterase. El fue quien tomo la iniciativa para que pudiesen realizar la mayor de sus alusiones. El aleman sonaba con una visita a su pais. ?Tantos anos en America!... Desnoyers, por lo mismo que no sentia deseos de volver a Europa, quiso facilitar este anhelo de sus cunados, y dio a Karl los medios para que hiciese el viaje con toda su familia. El viejo no quiso saber quien costeaba los gastos. «Que se vayan -dijo con alegria- y que no vuelvan nunca.» La ausencia no fue larga. Gastaron en tres meses lo que llevaban para un ano. Karl, que habia hecho saber a sus parientes la gran fortuna que significaba su matrimonio, quiso presentarse como un millonario en pleno goce de sus riquezas. Elena volvio transfigurada, hablando con orgullo de sus parientes: del baron, coronel de husares, del comandante de la Guardia, del consejero de la corte, declarando que todos los pueblos resultaban despreciables al lado de la patria de su esposo. Hasta tomo cierto aire de proteccion al alabar a Desnoyers, un hombre bueno, ciertamente, pero sin nacimiento, sin raza, y ademas frances. Karl, en cambio, manifestaba la misma adhesion de antes, permaneciendo en sumisa modestia detras de su cunado. Este tenia las llaves de la caja y era su unica defensa ante el terrible viejo... Habia dejado sus dos hijos mayores en un colegio de Alemania. Anos despues, fueron saliendo con igual destino los otros nietos del estanciero, que este consideraba antipaticos e inoportunos, «con pelos de zanahoria






y ojos de tiburon.» El viejo se veia ahora solo. Le habian arrebatado su segundo peoncito. La severa Chicha no podia tolerar que su hija se criase como un muchacho, cabalgando a todas horas y repitiendo las palabras gruesas del abuelo. Estaba en un colegio de la capital, y las monjas educadoras tenian que batallar grandemente para vencer las rebeliones y malicias de su bravia alumna. Al volver a la estancia Julio y Chichi durante las vacaciones, el abuelo concentraba sus predilecciones en el primero, como si la nina solo hubiese sido un sustituto. Desnoyers se quejaba de la conducta un tanto desordenada de su hijo. Ya no estaba en el colegio. Su vida era la de un estudiante de familia rica que remedia la parsimonia de sus padres con toda clase de prestamos imprudentes, Pero Madariaga salia en defensa de su nieto: «?Ah gaucho fino!...» Al verlo en l estancia, admiraba su gentileza de buen mozo. Le tentaba los brazos para convencerse de su fuerza; le hacia relatar sus peleas nocturnas, como valeroso campeon de una de las bandas de muchachos licenciados, llamados patotas en el argot de la capital. Sentia deseos de ir a Buenos Aires para admirar de cerca esta vida alegre. Pero, ?ay!, el no tenia dieciseis anos como su nieto. Ya habia pasado de los ochenta. -?Ven aca, profeta falso! Cuentame cuantos hijos tienes... ?Porque tu debes de tener muchos hijos! -?Papa! -protestaba Chicha, que siempre andaba cerca, temiendo las malas ensenanzas del abuelo. -?Dejate de moler! -gritaba este, irritado-. Yo se lo que me digo. La paternidad figuraba inevitablemente en todas sus fantasias amorosas. Estaba casi ciego, y el agonizar de sus ojos iba acompanado de un creciente desarreglo mental. Su locura senil tomaba un caracter lubrico, expresandose con un lenguaje que escandalizaba o hacia reir a todos los de la estancia. -?Ah ladron, y que lindo eres! -decia, mirando al nieto con sus ojos que solo veian palidas sombras-. El vivo retrato de mi pobre finada... Diviertete, que tu abuelo esta aqui con sus pesos. Si solo hubieses de contar con lo que te regale tu padre, vivirias como un ermitano. El gabacho es de los de puno duro: con el no hay farra posible. Pero yo pienso en ti, peoncito. Gasta y triunfa, que para eso tu tatica ha juntado plata. Cuando los nietos se marchaban de la estancia, entretenia su soledad yendo de rancho en rancho. Una mestiza ya madura hacia hervir en el fogon el agua para su mate. El viejo pensaba confusamente que bien podia ser hija suya. Otra de quince anos le ofrecia la calabacita de amargo liquido, con su canuto de plata para sorber. Una nieta tal vez, aunque el no estaba seguro. Y asi pasaba las tardes, inmovil y silencioso, tomando mate tras mate, rodeado de familias que lo contemplaban con admiracion y miedo. Cada vez que subia a caballo para estas correrias, su hija mayor protestaba. «?A los ochenta y cuatro anos! ?No era mejor que se quedase tranquilamente en casa? Cualquier dia iban a lamentar una desgracia...» Y la desgracia vino. El caballo del patron volvio un anochecer con paso tardo y sin jinete. El viejo habia rodado en una cuesta, y cuando lo recogieron estaba muerto. Asi termino el centauro, como habia vivido siempre: con el rebenque colgado de la muneca y las piernas arqueadas por la curva de la montura. Su testamento lo guardaba un escribano espanol de Buenos Aires casi tan viejo como el. La familia sintio miedo al contemplar el voluminoso testamento. ?Que disposiciones terribles habria dictado Madariaga? La lectura de la primera parte tranquilizo a Karl y Elena. El viejo mejoraba considerablemente a la esposa de Desnoyers; pero aun asi, quedaba una parte enorme para la Romantica y los suyos. «Hago esto -decia- en memoria de mi pobre finada y para que no hablen las gentes.» Venian a continuacion ochenta y seis legados, que formaban otros tantos capitulos del volumen testamentario. Ochenta y cinco individuos subidos de color -hombres y mujeres- que vivian en la estancia largos anos como puesteros y






arrendatarios, recibian la ultima munificencia paternal del viejo. Al frente de ellos figuraba Celedonio, que en vida de Madariaga se habia enriquecido ya sin otro trabajo que escucharle, repitiendo: «Asi sera, patron.» Mas de un millon de pesos representaban estas mandas de tierras y reses. El que completaba el numero de los beneficiados era Julio Desnoyers. El abuelo hacia mencion especial de el, legandole un campo «para que atendiera a sus gastos particulares, supliendo lo que no le diese su padre». -Pero ?eso representa centenares de miles de pesos! -protesto Karl, que se habia hecho mas exigente al convencerse de que su esposa no estaba olvidada en el testamento. Los dias que siguieron a esta lectura resultaron penosos para la familia. Elena y los suyos miraban al otro grupo como si acabasen de despertar, contemplandolo bajo una nueva luz, con aspecto distinto. Olvidaban lo que iban a recibir para ver unicamente las mejoras de los parientes. Desnoyers, benevolo y conciliador, tenia un plan. Experto en la administracion de estos bienes enormes, sabia que un reparto entre los herederos iba a duplicar los gastos sin aumentar los productos. Calculaba, ademas, las complicaciones y desembolsos de una particion judicial de nueve estancias considerables, centenares de miles de reses, depositos en los bancos, casas en las ciudades y deudas por cobrar. ?No era mejor seguir como hasta entonces?... ?No habian vivido en la santa paz de una familia unida?... El aleman, al escuchar su proposicion se irguio con orgullo. No; cada uno a lo suyo. Cada cual que viviese en su esfera. El queria establecerse en Europa, disponiendo libremente de los bienes heredados. Necesitaba volver a su mundo. Lo miro frente a frente Desnoyers, viendo a un Karl cuya existencia no habia sospechado nunca cuando vivia bajo su proteccion, timido y servil. Tambien el frances creyo contemplar lo que le rodeaba bajo una nueva luz. -Esta bien -dijo-. Cada uno que se lleve lo suyo. Me parece justo.


                                 III

                                         LA FAMILIA DESNOYERS


La «sucesion Madariaga» -como decian en su lenguaje los hombres de ley, interesados en prolongarla para aumento de los honorarios- quedo dividida en dos grupos separados por el mar. Los Desnoyers se establecieron en Buenos Aires. Los Hartrott se trasladaron a Berlin luego que Karl hubo vendido todos los bienes para emplear el producto en empresas industriales y tierras de su pais. Desnoyers no quiso seguir viviendo en el campo. Veinte anos habia sido el jefe de una enorme explotacion agricola y ganadera, mandando a centenares de hombres en varias estancias. Ahora el radio de su autoridad se habia restringido considerablemente al parcelarse la fortuna del viejo con la parte de Elena y los numerosos legados. Le encolerizaba ver establecidos en tierras inmediatas a varios extranjeros, casi todos alemanes, que las habian comprado a Karl. Ademas, se hacia viejo, la fortuna de su mujer representaba unos veinte millones de pesos, y su ambicioso cunado, al trasladarse a Europa, demostraba tal vez mejor sentido que el. Arrendo parte de sus tierras, confio la administracion de otras a algunos de los favorecidos por el testamento, viendo siempre en Desnoyers al patron, y se traslado a Buenos Aires. De este modo podia vigilar a su hijo, que seguia llevando una vida endiablada, sin salir adelante de los estudios de ingenieria... Ademas, Chichi era ya una mujer, su robustez le daba un aspecto precoz, superior a sus anos, y no era conveniente mantenerla en el campo, para que fuese una senorita rustica como su madre. Dona Luisa parecia cansada igualmente de la vida de la estancia. Los





triunfos de su hermana le producian cierta molestia. Era incapaz de sentir celos; pero, por ambicion maternal, deseaba que sus hijos no se quedasen atras, brillando y ascendiendo como los hijos de la otra. Durante un ano llegaron a la casa que Desnoyers habia instalado en la capital las mas asombrosas noticias de Alemania. «La tia de Berlin» -como llamaban a Elena sus sobrinos- enviaba unas cartas larguisimas con relatos de bailes, comidas, cacerias y dignidades militares: «nuestro hermano el coronel», «nuestro primo el baron», «nuestro tio el consejero intimo», «nuestro tio segundo, el consejero verdaderamente intimo». Todas las extravagancias del escalafon social aleman, que discurre incesantemente titulos nuevos para satisfacer la sed de honores de un pueblo dividido en castas, eran enumeradas con delectacion por la antigua Romantica. Hasta hablaba del secretario de su esposo, que no era un cualquiera, pues habia ganado como escribiente en las oficinas publicas el titulo de Rechnungsrath (consejero de Calculo). Ademas, mencionaba con orgullo el Oberpedell retirado que tenia en su casa, explicando que esto quiere decir: «Portero superior.» Las noticias referentes a sus hijos no resultaban menos gloriosas. El mayor era el sabio de la familia. Se dedicaba a la filologia y las ciencias historicas; pero su vista resultaba cada vez mas deficiente, a causa de las continuas lecturas. Pronto seria doctor, y antes de los treinta anos. Herr Professor. La madre lamentaba que no fuese militar, considerando sus aficiones como algo que torcia los altos destinos de la familia. El profesorado, las ciencias y la literatura eran refugio de los judios, imposibilitados por su origen de obtener un grado en el Ejercito. Pero se consolaba pensando que un profesor celebre puede conseguir con el tiempo una consideracion social casi comparable a la de un coronel. Sus otros cuatro hijos varones serian oficiales. El padre preparaba el terreno para que pudiesen entrar en la Guardia o en algun regimiento aristocratico sin que los companeros de Cuerpo votasen en contra al proponer su admision. Las dos ninas se casarian seguramente, cuando tuviesen edad para ello, con oficiales de husares que ostentasen en su nombre una particula nobiliaria, altivos y graciosos senores de los que hablaba con entusiasmo la hija de misia Petrona. La instalacion de los Hartrott era digna de sus nuevas amistades. En la casa de Berlin, la servidumbre iba de calzon corto y peluca blanca en noches de gran comida. Karl habia comprado un castillo viejo, con torreones puntiagudos, fantasmas en los subterraneos y varias leyendas de asesinatos, asaltos y violaciones que amenizaban su historia de un modo interesante. Un arquitecto condecorado con muchas ordenes extranjeras, y que, ademas, ostentaba el titulo de consejero de Construccion, era el encargado de modernizar el edificio medieval sin que perdiese su aspecto terrorifico. La Romantica describia por anticipado las recepciones en el tenebroso salon, a la luz difusa de las lamparas electricas, que imitarian antorchas; el crepitar de la blasonada chimenea, con sus falsos lenos erizados de llamas de gas; todo el esplendor del lujo moderno aliado con los recuerdos de una epoca de nobleza omnipotente, la mejor, segun ella, de la Historia. Ademas, las cacerias, las futuras cacerias, en una extension de tierras arenosas y movedizas, con bosques de pinos, en nada comparables al rico suelo de la estancia natal, pero que habian tenido el honor de ser pisadas siglos antes por los marqueses de Brandeburgo, fundadores de la casa reinante de Prusia. Y todos estos progresos, esta rapida ascension de la familia, ?en solo un ano!... Tenian que luchar con otras familias ultramarinas que habian amasado fortunas enormes en los Estados Unidos, el Brasil o las costas del Pacifico. Pero eran alemanes sin nacimiento, groseros plebeyos que en vano pugnaban por introducirse en el gran mundo haciendo donativos a las obras imperiales. Con todos sus millones, a lo mas que podian aspirar era a unir sus hijas con oficiales de infanteria de linea. ?Mientras que Karl!... ?Los parientes de Karl!... Y la Romantica dejaba correr la pluma glorificando a una familia en cuyo seno creia haber nacido.






De tarde en tarde, con las epistolas de Elena llegaban otras breves dirigidas a Desnoyers. El cunado le daba cuenta de sus operaciones, lo mismo que cuando vivia en la estancia protegido por el. Pero a esta deferencia se unia un orgullo mal disimulado, un deseo de desquitarse de sus epocas de humillacion voluntaria. Todo lo que hacia era grande y glorioso. Habia colocado sus millones en empresas industriales de la moderna Alemania. Era accionista de fabricas de armamento, enormes como pueblos; de companias de navegacion, que lanzaban un navio cada medio ano. El emperador se interesaba en estas obras, mirando con benevolencia a los que deseaban ayudarle. Ademas, Karl compraba tierras. Parecia a primera vista una locura haber vendido los opulentos campos de su herencia para adquirir arenales prusianos que solo producian a fuerza de abonos. Pero siendo terrateniente figuraba en el partido agrario, el grupo aristocratico y conservador por excelencia, y asi vivia en dos mundos opuestos e igualmente distinguidos: el de los grandes industriales, amigos del emperador y el de los junkers, hidalgos del campo, guardianes de la tradicion y abastecedores de oficiales del rey de Prusia. Al enterarse Desnoyers de estos progresos, penso en los sacrificios pecuniarios que representaban. Conocia el pasado de Karl. Un dia, en la estancia, a impulsos del agradecimiento, habia revelado al frances la causa de su viaje a America. Era un antiguo oficial del Ejercito de su pais; mas el deseo de vivir ostentosamente, sin otros recursos que el sueldo, lo arrastro a cometer actos reprensibles: sustraccion de fondos pertenecientes al regimiento, deudas sagradas sin pagar, falsificacion de firmas. Estos delitos no habian sido perseguidos oficialmente por consideracion a la memoria de su padre; pero los companeros de Cuerpo le sometieron a un tribunal de honor. Sus hermanos y amigos le aconsejaron el pistoletazo como unico remedio; mas el amaba la vida y huyo a America, donde, a costa de humillaciones, habia acabado por triunfar. La riqueza borra las manchas del pasado con mas rapidez que el tiempo. La noticia de su fortuna al otro lado del Oceano hizo que su familia le recibiese bien en el primer viaje, introduciendolo de nuevo en su mundo. Nadie podia recordar historias vergonzosas de centenares de marcos tratandose de un hombre que hablaba de las tierras de su suegro, mas extensas que muchos principados alemanes. Ahora, al instalarse definitivamente en el pais, todo estaba olvidado; pero ?que de contribuciones impuestas a su vanidad!... Desnoyers adivino los miles de marcos vertidos a manos llenas para las obras caritativas de la emperatriz, para las propagandas imperialistas, para las sociedades de veteranos, para todos los grupos de agresion y expansion constituidos por las ambiciones germanicas. El frances, hombre sobrio, parsimonioso en sus gastos y exento de ambiciones, sonreia ante las grandezas de su cunado. Tenia a Karl por un excelente companero, aunque de un orgullo pueril. Recordaba con satisfaccion los anos que habian pasado juntos en el campo. No podia olvidar al aleman que rondaba en torno de el, carinoso y sumiso como un hermano menor. Cuando su familia comentaba con una vivacidad algo envidiosa las glorias de los parientes de Berlin, el decia, sonriendo: «Dejenlos en paz; su dinero les cuesta.» Pero el entusiasmo que respiraban las cartas de Alemania acabo por crear en torno de su persona un ambiente de inquietud y rebelion. Chichi fue la primera en el ataque. ?Por que no iban ellos a Europa, como los otros Todas sus amigas habian estado alla. Familias de tenderos italianos y espanoles emprendian el viaje. ?Y ella, que era hija de un frances, no habia visto Paris!... ?Oh Paris! Los medicos que asistian a las senoras melancolicas declaraban la existencia de una enfermedad nueva y temible: «la enfermedad de Paris». Dona Luisa ayudaba a su hija. ?Por que no habia de vivir ella en Europa, lo mismo que su hermana, siendo, como era, mas rica? Hasta Julio declaro gravemente que en el viejo mundo estudiaria con mayor aprovechamiento. America no es tierra de sabios. Y el padre termino por hacerse la misma pregunta, extranando que no se le hubiera ocurrido antes lo de la ida a Europa. ?Treinta y cuatro anos sin salir de aquel pais,






que no era el suyo!... Ya era hora de marcharse. Vivia demasiado cerca de los negocios. En vano queria guardar su indiferencia de estanciero retirado. Todos ganaban dinero en torno de el. En el club, en el teatro, alli donde iba, las gentes hablaban de compras de tierras, de ventas, de negocios rapidos con el provecho triplicado, de liquidaciones portentosas. Empezaban a pesarle las sumas que guardaba inactivas en los bancos. Acabaria por mezclarse en alguna especulacion, como el jugador que no puede ver la ruleta sin llevar la mano a l bolsillo. Para esto no valia la pena haber abandonado la estancia. Su familia tenia razon: «?A Paris!...» Porque en el grupo Desnoyers ir a Europa significaba ir a Paris. Podia la tia de Berlin contar toda clase de grandezas de la tierra de su marido. «?Macanas! -exclamaba Julio, que habia hecho serias comparaciones geograficas y etnicas en sus noches de correria-. No hay mas que Paris.» Chichi saludaba con una mueca ironica la menor duda acerca de esto: «?Es que las modas elegantes las inventaron acaso en Alemania?» Dona Luisa apoyo a sus hijos. ?Paris!... Jamas se le habia ocurrido ir a una tierra de luteranos para verse protegida por su hermana. -?Vaya por Paris! -dijo el frances, como si le hablasen de una ciudad desconocida. Se habia acostumbrado a creer que jamas volveria a ella. Durante sus primeros anos de vida en America le era imposible este viaje, por no haber hecho el servicio militar. Luego tuvo vagas noticias de diversas amnistias. Ademas, habia transcurrido tiempo sobrado para la prescripcion. Pero una pereza de voluntad le hacia considerar la vuelta a la patria como algo absurdo e inutil. Nada conservaba al otro lado del mar que tirase de el Hasta habia perdido toda relacion con aquellos parientes del campo que albergaron a su madre. En las horas de tristeza proyectaba entretener su actividad, elevando un mausoleo enorme, todo de marmol, en la recoleta, el cementerio de los ricos, para trasladar a su cripta los restos de Madariaga, como fundador de dinastia, siguiendole el, y luego todos los suyos, cuando les llegase la hora. Empezaba a sentir el peso de su vejez. Estaba proximo a los sesenta anos y la vida rural del campo, las cabalgadas bajo la lluvia, los rios vadeados sobre el caballo nadador, las noches pasadas al raso, le habian proporcionado un reuma que amargaba sus mejores dias. Pero la familia acabo por comunicarle su entusiasmo. «?A Paris!...» Creia tener veinte anos, Y olvidando la habitual parsimonia, deseo que los suyos viajasen, lo mismo que una familia reinante, en camarote de gran lujo y con servidumbre propia. Dos virgenes cobrizas nacidas en la estancia y elevadas al rango de doncellas de la senora y su hija los siguieron en el viaje, sin que sus ojos oblicuos revelasen asombro ante las mayores novedades. Una vez en Paris, Desnoyers se sintio desorientado. Embrollaba los nombres de las calles y proponia visitas a edificios desaparecidos mucho antes. Todas sus iniciativas para alardear de buen conocedor iban acompanadas de fracasos. Sus hijos, guiandose por recientes lecturas, conocian a Paris mejor que el. Se consideraba un extranjero en su patria. Al principio, hasta experimento cierta extraneza al hacer uso del idioma natal. Habia permanecido en la estancia anos enteros, sin pronunciar una palabra en su lengua. Pensaba en espanol, y al trasladar las ideas al idioma de sus ascendientes, salpicaba al frances con toda clase de locuciones criollas. -Donde un hombre hace su fortuna y constituye su familia, alli esta su verdadera patria -decia sentenciosamente , recordando a Madariaga. La imagen del lejano pais surgio en el con obsesion dominadora tan pronto como se amortiguaron las primeras impresiones del viaje. No tenia amigos franceses, y al salir a la calle, sus pasos se encaminaban instintivamente hacia los lugares de reunion de los argentinos. A estos les ocurria lo mismo. Se habian alejado de su patria para sentir con mas intensidad el deseo de hablar de ella a todas horas. Leia los periodicos de alla, comentaba el alza de los campos, la importancia de la proxima cosecha, la venta de novillos. Al volver hacia su casa le acompanaba igualmente el recuerdo de la tierra americana, pensando con delectacion en que las






dos chinas habian atropellado la dignidad profesional de la cocinera francesa, preparando una mazamorra, una carbonada o un puchero a estilo criollo. Se habia instalado la familia en una casa ostentosa de la avenida de Victor Hugo: veintiocho mil francos de alquiler. Dona Luisa tuvo que entrar y salir muchas veces para habituarse al imponente aspecto de los porteros: el, condecorado, vestido de negro y con patillas blancas, como un notario e comedia; ella, majestuosa, con cadena de oro sobre el pecho exuberante, y recibiendo a los inquilinos en un salon rojo y dorado. Arriba, en las habitaciones, un lujo ultramoderno, frio y glacial a la vista, con paredes blancas y vidrieras de pequenos rectangulos, exasperaba a Desnoyers, que sentia entusiasmo por las tallas complicadas y los muebles ricos de su juventud. El mismo dirigio el arreglo de las numerosas piezas, que parecian siempre vacias. Chichi protestaba contra la avaricia de papa al verlo comprar lentamente, con tanteos y vacilaciones. -Avaro, no -respondia el-. Es que conozco el precio de las cosas. Los objetos solo le gustaban cuando los habia adquirido por la tercera parte de su valor. El engano del que se desprendia de ellos, representaba un testimonio de superioridad para el que los compraba. Paris l ofrecio un lugar de placeres como no podia encontrarlo en el resto del mundo: el Hotel Drout. Iba a el todas las tardes, cuando no encontraba en los periodicos el anuncio de otras subastas de importancia. Durante varios anos no hubo naufragio celebre en la vida parisiense, con la consiguiente liquidacion de restos, del que no se llevase una parte. La utilidad y necesidad de tales compras resultaban de interes secundario; lo importante era adquirir a precios irrisorios. Y las subasta inundaron aquellas habitaciones, que al principio se amueblaban con lentitud desesperante. Su hija se quejo ahora de que la casa se llenaba demasiado. Los muebles y objetos de adorno eran ricos; pero tantos..., ?tantos! Los salones tomaban un aspecto de almacen de antiguedades. Las paredes blancas parecian despegarse de las sillerias magnificas y las vitrinas repletas. Alfombras suntuosas y rapadas, sobre las que habian caminado varias generaciones, cubrieron todos los pisos. Cortinajes ostentosos no encontrando un hueco vacio en los salones iban a adornar las puertas inmediatas a la cocina. Desaparecian las molduras de las paredes bajo un chapeado de cuadros estrechamente nidos como las escamas de una coraza. ?Quien podia tachar a Desnoyers de avaro?... Gastaba mucho mas que si un mueblista de moda fuese su proveedor. La idea de que todo lo adquiria por la cuarta parte de su precio le hizo continuar estos derroches de hombre economico. Solo podia dormir bien cuando se imaginaba haber realizado en el dia un buen negocio. Compraba en las subastas miles de botellas procedentes de quiebras. Y el, que apenas bebia, abarrotaba sus cuevas, recomendando a la familia que emplease el champana como vino ordinario. La ruina de un peletero le hizo adquirir catorce mil francos de pieles que representaban un valor de noventa mil. Todo el grupo Desnoyers parecio sentir de pronto un frio glacial, como si los tempanos polares invadiesen la avenida de Victor Hugo. El padre se limito a obsequiarse con un gaban de pieles; pero encargo tres para su hija Chichi y dona Luisa se presentaron en todas partes cubiertas de sedosas y variadas pelambreras: un dia, chinchillas; otro, zorro azul, marta cibelina o lobo marino.

El mismo adornaba las paredes con nuevos lotes de cuadros, dando martillazos en lo alto de una escalera, para ahorrarse el gasto de un obrero. Queria ofrecer a los hijos ejemplos de economia. En sus horas de inactividad cambiaba de sitio los muebles mas pesados, ocurriendosele toda especie de combinaciones. Era una reminiscencia de su buena epoca, cuando manejaba en la estancia sacos de trigo y fardos de cueros. Su hijo, al notar que miraba con fijeza un aparador monumental, se ponia en salvo prudentemente. Desnoyers sentia cierta indecision ante sus dos criados, personajes correctos, solemnes, siempre de frac, que no ocultaban su






extraneza al ver a un hombre con mas de un millon de renta entregados a tales funciones. Al fin, eran las dos doncellas cobrizas las que ayudaban al patron, uniendose a el con una familiaridad de companeros de destierro. Cuatro automoviles completaban el lujo de la familia. Los hijos se habrian contentado con uno nada mas, pequeno, flamante, exhibiendo la marca de moda. Pero Desnoyers no era hombre para desperdiciar las buenas ocasiones, y uno tras otro, habia adquirido los cuatro, tentado por el precio. Eran enormes y majestuosos, como las carrozas antiguas. Su entrada en una calle hacia volver la cabeza a los transeuntes. El chofer necesitaba dos ayudantes para atender a este rebano de mastodontes. Pero el dueno solo hacia memorias de la habilidad con que creia haber enganado a los vendedores, ansioso de perder de vista tales monumentos. A los hijos le recomendaba modestia y economia. -Somos menos ricos de lo que ustedes creen. Tenemos muchos bienes, pero producen renta escasa. Y despues de negarse a un gasto domestico de doscientos francos, empleaba cinco mil en una compra innecesaria, solo porque representaba, segun el, una gran perdida para el vendedor. Julio y su hermana protestaban ante dona Luisa. Chichi llego a afirmar que jamas se casaria con un hombre como su padre. -?Callate! -decia escandalizada, la criolla-: Jamas me ha dado un motivo de queja. Deseo que encuentres uno igual. Las rinas del marido, su caracter irritable, su voluntad avasalladora, perdian toda importancia para ella al pensar en su felicidad. En tantos anos de matrimonio..., ?nada! Habia sido una virtud inconmovible, hasta en el campo, donde las personas, rodeadas de bestias y enriqueciendose con su procreacion, parecen contaminarse de la amoralidad de los rebanos. ?Ella, que se acordaba tanto de su padre!... Su misma hermana debia vivir menos tranquila con el vanidoso Karl, capaz de ser infiel sin deseo alguno, solo por imitar los gestos de los poderosos. Desnoyers marchaba unido a su mujer por una rutina afectuosa. Dona Luisa, en su limitada imaginacion, evocaba el recuerdo de las yuntas de la estancia, que se negaban a avanzar cuando un animal extrano sustituia al companero ausente. El marido se encolerizaba con facilidad, haciendola responsable de todas las contrariedades con que le afligian sus hijos, pero no podia ir sin ella a parte alguna. Las tardes del Hotel Drout le resultaban insipidas cuando no tenia a su lado a esta confidente de sus proyectos y sus coleras. -Hoy hay ventas de alhajas. ?Vamos?... Su proposicion la hacia con voz suave e insinuante, una voz que recordaba a dona Luisa los primeros dialogos en los alrededores de la casa paterna. Y marchaban por distinto camino. Ella, en uno de sus vehiculos monumentales, pues no gustaba de andar, acostumbrada al quietismo de la estancia o a correr el campo a caballo. Desnoyers, el hombre de los cuatro automoviles, los aborrecia por ser refractario a los peligros de la novedad, por modestia y porque necesitaba ir a pie, proporcionando a su cuerpo un ejercicio que compensase la falta de trabajo. Al juntarse en la sala de ventas, repleta de gentio, examinaban las joyas, fijando de antemano lo que pensaba ofrecer. Pero el, pronto a exacerbarse ante la contradiccion, iba siempre mas lejos, mirando a sus contendientes al soltar las cifras lo mismo que si les enviase punetazos. Despues de tales expediciones, la senora se mostraba majestuosa y deslumbrante, como una basilica de Bizancio: las orejas y el cuello, con gruesas perlas; el pecho, constelado de brillantes; las manos, irradiando agujas de luz con todos los colores del iris. Chichi protestaba: «Demasiado, mama.» Iban a confundirla con una prendera. Pero la criolla, satisfecha de su esplendor, que era el coronamiento de una vida humilde, atribuia a la envidia tales quejas. Su hija era una senorita y no podia lucir estas preciosidades. Pero mas adelante le agradeceria que las hubiese reunido para ella. La casa resultaba ya insuficiente para contener tantas compras. En las cuevas se amontonaban muebles, cuadros, estatuas y cortinajes para adornar muchas






viviendas. Don Marcelo se quejaba de la pequenez de un piso de veintiocho mil francos que podria servir de albergue a cuatro familias como la suya. Empezaba a pensar con pena en la renuncia de tantas ocasiones tentadoras, cuando un corredor de propiedades, de los que atisban al extranjero, le saco de esta situacion embarazosa. ?Por que no compraba un castillo?... Toda la familia acepto la idea. Un castillo historico, lo mas historico que pudiera encontrarse, completaria su grandiosa instalacion. Chichi palidecio de orgullo. Algunas de sus amigas tenian castillo. Otras, de antigua familia colonial, acostumbradas a menospreciarla por su origen campesino, rugirian de envidia al enterarse de esta adquisicion que casi representaba un ennoblecimiento. La madre sonrio con la esperanza de varios meses de campo que le recordasen la vida simple y feliz de su juventud. Julio fue el menos entusiasta. El viejo queria tenerle largas temporadas fuera de Paris; pero acabo con conformarse, pensando en que esto daria ocasion a frecuentes viajes en automovil. Desnoyers se acordaba de los parientes de Berlin. ?Por que no habia de tener su castillo, como los otros?... Las ocasiones eran tentadoras. A docenas le ofrecian las mansiones historicas. Sus duenos ansiaban desprenderse de ellas, agobiados por los gastos de sostenimiento. Y compro el castillo de Villeblanche-sur-Marne, edificado en tiempos de las guerras de religion, mezcla de palacio y fortaleza, con fachada italiana del Renacimiento, sombrios torreones de aguda caperuza y fosos acuaticos, en los que nadaban cisnes. El no podia vivir sin un pedazo de tierra sobre el que ejerciese su autoridad, peleando con la resistencia de hombres y cosas. Ademas le tentaban las vastas proporciones de las piezas del castillo, desprovistas de muebles. Una oportunidad para instalar el sobrante de sus cuevas, entregandose a nuevas compras. En este ambiente de lobreguez senorial, los objetos del pasado se amoldarian con facilidad, sin el grito de protesta que parecian lanzar al ponerse en contacto con las paredes blancas de las habitaciones modernas... La historica morada exigia cuantiosos desembolsos; por algo habia cambiado de propietarios muchas veces. Pero el y la tierra se conocian perfectamente... Y al mismo tiempo que llenaba los salones del edificio, intento en el extenso parque cultivos y explotaciones de ganado, como una reduccion de sus empresas de America. La propiedad debia sostenerse con lo que produjese. No era miedo a los gastos: era que el no estaba acostumbrado a perder dinero. La adquisicion del castillo le proporciono una honrosa amistad, viendo en ella la mejor ventaja del negocio. Entro en relaciones con un vecino, el senador Lacour, que habia sido ministro dos veces y vegetaba ahora en la Alta Camara, mudo durante la sesion, movedizo y verboso en los pasillos, para sostener su influencia. Era un procer de la nobleza republicana, un aristocrata del regimen, que tenia su estirpe en las agitaciones de la Revolucion, asi como los nobles de pergaminos ponen la suya en las Cruzadas. Su bisabuelo habia pertenecido a la Convencion: su padre habia figurado en la Republica de 1848. El, como hijo de proscrito muerto en el destierro, marcho, siendo muy joven, detras de la figura grandilocuente de Gambetta, y hablaba a todas horas de la gloria del maestro para que un rayo de ella se reflejase sobre el discipulo. Su hijo Rene, alumno de la Escuela Central, encontraba viejo juego al padre, riendo un poco de su republicanismo romantico y humanitario. Pero esto no le impedia esperar, para cuando fuese ingeniero, la proteccion oficial atesorada por cuatro generaciones de Lacours dedicadas al servicio de la Republica. Don Marcelo, que miraba con inquietud toda amistad nueva, temiendo una demanda de prestamo, se entrego con entusiasmo al trato del gran hombre. El personaje era admirador de la riqueza, y encontro por su parte cierto talento a este millonario del otro lado del mar que hablaba de pastoreos sin limites y rebanos inmensos. Sus relaciones fueron mas alla del egoismo de una vecindad de campo, continuandose en Paris. Rene acabo por visitar la casa de la avenida de Victor Hugo






como si fuese suya. Las unicas contrariedades en la existencia de Desnoyers provenian de sus hijos. Chichi le irritaba por la independencia de sus gustos. No amaba las cosas viejas, por solidas y esplendidas que fuesen. Preferia las frivolidades de la ultima moda. Todos los regalos de su padre los aceptaba con frialdad. Ante una blonda secular adquirida en una subasta, torcia el gesto. «Mas me gustaria un vestido nuevo de trescientos francos.» Ademas, se apoyaba en los malos ejemplos de su hermano para hacer frente a los viejos. El padre la habia confiado por completo a dona Luisa. La nina era ya una mujer. Pero el antiguo peoncito no mostraba gran respeto ante los consejos y ordenes de la bondadosa criolla. Se habia entregado con entusiasmo al patinaje, por considerarlo la mas elegante de las diversiones. Iba todas las tardes al Palais de Glace y dona Chicha la seguia, privandose de acompanar al marido en sus compras. ?Las horas de aburrimiento mortal ante la pista helada, viendo como a los sones de un organo se deslizaban sobre cuchillos por el blanco redondel los balanceantes monigotes humanos, echando atras las espirales de su cabellera, que se escapaban del sombrero, haciendo claquear los pliegues de la falda detras de los patines, hermosota, grandullona y fuerte, con la salud insolente de una criatura que, segun su padre, habia sido destetada con bistecs. Al fin, dona Luisa se canso de esta vigilancia molesta. Preferia acompanar al marido en su caceria de riquezas a bajo precio. Y Chichi fue al patinaje con una de sus doncellas cobrizas, pasando por la tarde entre sus amigas del deporte, todas procedentes del Nuevo Mundo. Se comunicaban sus ideas bajo el deslumbramiento de Paris, libres de los escrupulos y preocupaciones de la tierra natal. Todas ellas creian haber nacido meses antes, reconociendose con meritos no sospechados hasta entonces. El cambio de hemisferio habia aumentado sus valores. Algunas hasta escribian versos en frances. Y Desnoyers se alarmaba, dando suelta a su mal humor cuando, por la noche, iba emitiendo Chichi, en forma de aforismos, lo que ella y sus companeras habian discurrido como un resumen de lecturas y observaciones: «La vida es la vida, y hay que vivirla.» «Yo me casare con el hombre que me guste, sea quien sea.» Estas contrariedades del padre carecian de importancia al ser comparadas con las que le proporcionaba el otro. ?Ay el otro!... Julio, al llegar a Paris, habia torcido el curso de sus aspiraciones. Ya no pesaba en hacerse ingeniero: queria ser pintor. Don Marcelo opuso la resistencia del asombro, mas al fin cedio. ?Vaya por la pintura! Lo importante era que no careciese de profesion. La propiedad y la riqueza las consideraba sagradas; pero tenia por indignos de sus goces a los que no hubiesen trabajado. Recordo, ademas, sus anos de tallista. Tal vez las mismas facultades, sofocadas en el por la pobreza, renacian en su descendiente. ?Si llegaria a ser un gran pintor este muchacho perezoso, de ingenio vivaz, que vacilaba antes de emprender su camino en la vida?... Paso por todos los caprichos de Julio, que, estando aun en sus primeras tentativas de dibujo y colorido, exigia una existencia aparte para trabajar con mas libertad. El padre lo instalo cerca de su casa, en un estudio de la rue de la Pompe, que habia pertenecido a un pintor extranjero de cierta fama. El taller y sus anexos eran demasiado grandes para un aprendiz. Pero el maestro habia muerto, y Desnoyers aprovecho la buena ocasion que le ofrecian los herederos, comprando en bloque muebles y cuadros. Dona Luisa visito diariamente el taller, como una buena madre que cuida del bienestar de su hijo para que trabaje mejor. Ella misma, quitandose los guantes, vaciaba los platillos de bronce, repletos de colillas de cigarros, y borraba en muebles y alfombras la ceniza caida de las pipas. Los visitantes de Julio, jovenes melenudos que hablaban de cosas que ella no podia entender, eran algo descuidados en sus maneras... Mas adelante encontro mujeres ligeras de ropas, y fue recibida por su hijo con mal gesto. ?Es que mama no le permitia trabajar en paz?... Y la pobre senora, al salir de su casa todas las mananas, iba hacia la rue de la Pompe;






pero se detenia en mitad del camino, metiendose en la iglesia de Saint-Honore d'Eylau. El padre se mostro mas prudente. Un hombre de sus anos no podia mezclarse en la sociedad de un artista joven. Julio, a los pocos meses, paso semanas enteras sin ir a dormir al domicilio paterno. Finalmente, se instalo en el estudio, pasando por su casa con rapidez para que la familia se convenciese de que aun existia... Desnoyers, algunas mananas, llegaba a la rue de la Pompe para hacer preguntas a la portera. Eran las diez: el artista estaba durmiendo. Al volver a mediodia, continuaba el pesado sueno. Luego del almuerzo, una nueva visita para recibir mejores noticias. Eran las dos: el senorito se estaba levantando en aquel instante. Y su padre se retiraba furioso. Pero ?cuando pintaba este pintor?... Habia intentado al principio conquistar un renombre con el pincel, por considerar esto empresa facil. Ser artista le colocaba por encima de sus amigos, muchachos sudamericanos sin otra ocupacion que gozar de la existencia, derramando dinero ruidosamente para que todos se enterasen de su prodigalidad. Con serena audacia, se lanzo a pintar cuadros. Amaba la pintura bonita, distinguida, elegante; una pintura dulzona como una romanza y que solo copiase las formas de la mujer. Tenia dinero y un buen estudio; su padre estaba a sus espaldas dispuesto a ayudarle: ?por que no habia de hacer lo que tantos otros que carecian de medios?... Y acometio la tarea de embadurnar un lienzo, dandole el titulo de La danza de las horas: un pretexto para copiar buenas mozas y escoger modelos. Dibujaba con frenetica rapidez, rellenando el interior de los contornos de masas de color. Hasta aqui todo iba bien. Pero despues vacilaba, permaneciendo inactivo ante el cuadro, para arrinconarlo finalmente en espera de tiempos mejores. Lo mismo le ocurrio al intentar varios estudios de cabezas femeniles. No podia terminar nada, y esto le produjo cierta desesperacion. Luego se resigno, como el que se tiende fatigado ante el obstaculo y espera una intervencion providencial que le ayude a salvarlo. Lo importante era ser pintor..., aunque no pintase. Esto le permitia dar tarjetas con excusas de alta estetica a las mujeres alegres, invitandolas a su estudio. Vivia de noche. Don Marcelo, al hacer averiguaciones sobre los trabajos del artista, no podia contener su indignacion. Los dos veian todas las mananas las primeras horas de luz: el padre al saltar del lecho, el hijo, camino de su estudio para meterse entre sabanas y no despertar hasta media tarde. La credula dona Luisa inventaba las mas absurdas explicaciones para defender a su hijo. ?Quien sabe! Tal vez pintaba de noche, valiendose e procedimientos nuevos. ?Los hombres inventan ahora tantas diabluras!... Desnoyers conocia estos trabajos nocturnos: escandalos en los restaurantes de Montmartre y peleas, muchas peleas. El y los de su banda, que a las siete de la tarde creian indispensable el frac o el smoking, eran a modo de una partida de indios implantando en Paris las costumbres violentas del desierto. El champana resultaba en ellos un vino de pelea. Rompian y pagaban, pero sus generosidades iban seguidas casi siempre de una batalla. Nadie tenia como Julio la bofetada rapida y la tarjeta pronta. Su padre aceptaba con gestos de tristeza las noticias de ciertos amigos que se imaginaban halagar su vanidad haciendole el relato de encuentros caballerescos en los que su primogenito rasgaba siempre la piel del adversario. El pintor entendia mas de esgrima que de su arte. Era campeon de varias armas, boxeaba, y hasta poseia los golpes favoritos de los paladines que vagan por las fortificaciones. «Inutil y peligroso como todos los zanganos», protestaba el padre. Pero sentia latir en el fondo de su pensamiento una irresistible satisfaccion, un orgullo animal, al considerar que este aturdido temible era obra suya. Por un momento creyo haber encontrado el medio de apartarle de tal existencia. Los parientes de Berlin visitaron a los Desnoyers en su castillo de Villeblanche. Karl Hartrott aprecio con bondadosa superioridad las colecciones ricas y un tanto disparatadas de su cunado. No estaba mal: reconocia cierto cachet a la casa de Paris y al castillo. Podian servir para completar y dar patina a un titulo nobiliario. ?Pero






Alemania!... ?Las comodidades de su patria!... Queria que el cunado admirase a su vez como vivia el y sus nobles amistades que embellecian su opulencia. Y tanto insistio en sus cartas, que los Desnoyers hicieron el viaje. Este cambio de ambiente podia modificar a Julio. Tal vez despertase su emulacion viendo de cerca la laboriosidad de sus primos, todos con una carrera. Ademas, el frances creia en la influencia corruptora de Pais y en la pureza de costumbres de la patriarcal Alemania. Cuatro meses estuvieron alla. Desnoyers sintio al poco tiempo un deseo de huir. Cada cual con los suyos; no podria entenderse nunca con aquellas gentes. Muy amables, con amabilidad pegajosa y visibles deseos de agradar, pero dando tropezones continuamente por una falta irremediable de tacto, por una voluntad de hacer sentir su grandeza. Los personajes amigos de los Hartrott hacian manifestaciones de amor a Francia: el amor piadoso que inspira un nino travieso y debil necesitado de proteccion. Y esto lo acompanaban con toda clase de recuerdos inoportunos sobre las guerras en que los franceses habian sido vencidos. Todo lo de Alemania, un monumento, una estacion de ferrocarril, un simple objeto de comedor daba lugar a comparaciones gloriosas. «En Francia no tienen ustedes eso.» «Indudablemente, en America no habran ustedes visto nada semejante.» Don Marcelo se marcho fatigado de tanta proteccion. Su esposa y su hija se habian resistido a aceptar que la elegancia de Berlin fuese superior a la de Paria. Chichi, en plena audacia sacrilega, escandalizo a sus primas declarando que no podia sufrir a los oficialitos de talle encorsetado y monoculo inconmovible, que se inclinaban ante las jovenes con una rigidez automatica, uniendo a sus galanterias una mueca de superioridad. Julio, bajo la direccion de sus primos, se sumio en el ambiente virtuoso de Berlin. Con el mayor, el sabio, no habia que contar. Era un infeliz, dedicado a sus libros, y que consideraba a toda la familia con gesto protector. Los otros, subtenientes o alumnos portaespada, le mostraron con orgullo los progresos de la alegria germanica. Conocio los restaurantes nocturnos, que eran una imitacion de los de Paris, pero mucho mas grandes. Las mujeres, que alla se contaban a docenas, eran aqui centenares. La embriaguez escandalosa no resultaba un incidente, sino algo buscado con plena voluntad, como indispensable para la alegria. Todo grandioso, brillante, colosal. Los vividores se divertian por pelotones, el publico se emborrachaba por companias, las mercenarias formaban regimientos. Experimento una sensacion de disgusto ante las hembras serviles y timidas, acostumbradas al golpe, y que buscaban resarcirse con avidez de las grandes quiebras y desenganos sufridos en su comercio. Le era imposible celebrar, como sus primos, con grandes carcajadas el desencanto de estas mujeres cuando veian perdidas sus horas sin conseguir otra cosa que bebida abundante. Ademas, le molestaba el libertinaje grosero, ruidoso, con publicidad, como un alarde de riqueza. «Esto no lo hay en Paris -decian sus acompanantes admirando los salones enormes, con centenares de parejas y miles de bebedores-; no, no lo hay en Paris.» Se fatigaba de tanta grandeza sin medida. Creyo asistir a una fiesta de marineros hambrientos, ansiosos de resarcirse de un golpe de todas las privaciones anteriores. Y sentia los mismos deseos de huir de su padre. De este viaje volvio Marcelo Desnoyers con una melancolica resignacion. Aquellas gentes habian progresado mucho. El no era un patriota ciego, y reconocia lo evidente. En pocos anos habian transformado su pais; su industria era poderosa..., mas resultaban de un trato irresistible. Cada uno en su casa, y ?ojala que nunca se les ocurriese envidiar la del vecino!... Pero esta ultima sospecha la repelia inmediatamente con su optimismo de hombre de negocios. «Van a ser muy ricos -pensaba-. Sus asuntos marchan, y el que es rico no siente deseos de renir. La guerra con que suenan cuatro locos resulta imposible.» El joven Desnoyers reanudo su vida parisiense, viviendo siempre en el estudio y presentandose de tarde en tarde en la casa paterna. Dona Luisa empezo a hablar de






un tal Argensola, joven espanol de gran sabiduria, reconociendo que sus consejos podian ser de mucha utilidad para su hijo. Este no sabia con certeza si el nuevo companero era un amigo, un maestro o un sirviente. Otra duda sufrian los visitantes. Los aficionados a las letras hablaban de Argensola como de un pintor; los pintores solo le reconocian superioridad como literato. Nunca pudo recordar exactamente donde le habia visto la primera vez. Era de los que subian a su estudio en las tardes de invierno, atraidos por la caricia roja de la estufa y los vinos facilitados ocultamente por la madre. Tronaba el espanol ante la botella liberalmente renovada y la caja de cigarrillos abierta sobre la mesa, hablando de todo con autoridad. Una noche se quedo a dormir en un divan. No tenia domicilio fijo. Y despues de esta primera noche, las paso todas en el estudio. Julio acabo por admirarle como un reflejo de su personalidad. ?Lo que sabia aquel Argensola, venido de Madrid en tercera clase y con veinte francos en el bolsillo para violar a la gloria, segun sus propias palabras! Al ver que pintaba con tanta dureza como el, empleando el mismo dibujo pueril y torpe, se enternecio. Solo los falsos artistas, los hombres de oficio, los ejecutantes sin pensamiento, se preocupan del colorido y otras ranciedades. Argensola era un artista psicologico, un pintor de almas. Y el discipulo sintio asombro y despecho al enterarse de lo sencillo que era pintar un alma. Sobre un rostro exangue, con el menton agudo como un punal, el espanol trazaba unos ojos redondos y a cada pupila le asestaba una pincelada blanca, un punto de luz..., el alma. Luego, plantandose ante el lienzo, clasificaba esta alma con su facundia inagotable, atribuyendole toda clase de conflictos y crisis. Y tal era su poder de obsesion, que Julio veia lo que el otro se imaginaba haber puesto en los ojos de redondez buhesca. El tambien pintaria almas..., almas de mujeres. Con ser tan facil este trabajo de engendramiento psiquico, Argensola gustaba mas de charlar recostado en un divan o leer al amor de la estufa mientras el amigo y protector estaba fuera. Otra ventaja esta aficion a la lectura para el joven Desnoyers, que al abrir un volumen iba directamente a las ultimas paginas o al indice, queriendo hacer una idea, como el decia. Algunas veces, en los salones, habia preguntado con aplomo a un autor cual era su mejor libro. Y su sonrisa de hombre listo daba a entender que era una precaucion para no perder el tiempo con los otros volumenes. Ahora ya no necesitaba cometer estas torpezas. Argensola leeria por el. Cuando le adivinaba interesado por un volumen, exigia inmediata participacion: «Cuentame el argumento». Y el secretario no solo hacia la sintesis de comedias y novelas, sino que le comunicaba el argumento de Schopenhauer o el argumento de Nietzsche... Luego dona Luisa casi vertia lagrimas al oir que las visitas se ocupaban de su hijo con la benevolencia que inspira la riqueza: «Un poco diablo el mozo, pero ?que bien preparado!...» A cambio de sus lecciones, Argensola recibia el mismo trato que un esclavo griego de los que ensenaban retorica a los patricios jovenes de la Roma decadente. En mitad de una explicacion, su senor y amigo le interrumpia. -Preparame una camisa de frac. Estoy invitado esta noche. Otras veces, cuando el maestro experimentaba una sensacion de bienestar animal con un libro en la mano junto a la estufa roncadora, viendo a traves de la vidriera la tarde gris y lluviosa, se presentaba de repente el discipulo: -?Pronto..., a la calle! Va a venir una mujer. Y Argensola, con el gesto de un perro que sacude sus lanas, marchaba a continuar su lectura en algun cafetucho incomodo de las cercanias. Su influencia descendio de las cimas de la intelectualidad para intervenir en las vulgaridades de la vida material. Era el intendente del patrono, el mediador entre su dinero y los que se presentaban a reclamarlo factura en mano. «Dinero», decia laconicamente a fines de mes. Y Desnoyers prorrumpia en quejas y maldiciones. ?De donde iba a sacarlo? El viejo era de una dureza reglamentaria y no toleraba el menor avance sobre el mes siguiente. Le tenia sometido a un regimen de miseria. Tres mil francos mensuales: ?que podia hacer con esto una persona decente?...





Deseoso de reducirle, estrechaba el cerco, interviniendo directamente en la administracion de su casa para que dona Luisa no pudiera hacer donativos al hijo. En vano se habia puesto en contacto con varios usureros de Paris, hablandoles de su propiedad mas alla del Oceano. Estos senores tenia a mano la juventud del pais y no necesitaban exponer sus capitales en el otro mundo. Igual fracaso le acompanaba cuando, con repetidas muestras de carino, queria convencer a don Marcelo de que tres mil francos al mes son una miseria. El millonario rugia de indignacion. ?Tres mil francos una miseria! ?Y ademas las deudas del hijo que habia tenido que pagar en varias ocasiones!... -Cuando yo era de tu edad... -empezaba diciendo. Pero Julio cortaba la conversacion. Habia oido muchas veces la historia de su padre. ?Ah viejo avariento! Lo que le daba todos los meses no era mas que la renta del legado de su abuelo... Y por consejo de Argensola, se atrevio a reclamar el campo. La administracion de esa tierra pensaba confiarla a Celedonio, el antiguo capataz, que era ahora un personaje en su pais, y al que el llamaba ironicamente mi tio. Desnoyers acogio su rebeldia friamente: «Me parece justo. Ya eres mayor de edad». Y luego de entregarle el legado extremo su vigilancia en los gastos de la casa, evitando a dona Luisa todo manejo de dinero. En adelante miro a su hijo como a un adversario al que necesitaba vencer, tratandolo durante sus rapidas apariciones en la avenida de Victor Hugo con glacial cortesia, lo mismo que a un extrano. Una opulencia transitoria animo por algun tiempo el estudio. Julio habia aumentado sus gastos, considerandose rico. Pero las cartas del tio de America disiparon estas ilusiones. Primeramente, las remesas de dinero excedieron en muy poco a la cantidad mensual que le entregaba su padre. Luego disminuyeron de un modo alarmante. Todas las calamidades de la tierra parecian haber caido juntas sobre el campo, segun Celedonio. Los pastos escaseaban: unas veces era por falta de lluvia; otras, por las inundaciones; y las reses perecian a centenares. Julio necesitaba mayores ingresos, y el mestizo marrullero le enviaba lo que podia pero como simple prestamo, reservando el cobro para cuando ajustasen cuentas. A pesar de tales auxilios, el joven Desnoyers sufria apuros. Jugaba ahora en un circulo elegante, creyendo compensar de tal modo sus periodicas escaseces, y esto servia para que desaparecieran con mayor rapidez las cantidades recibidas de America... ?Que un hombre como el se viese atormentado por la falta de unos miles de francos! ?De que le servia tener un padre con tantos millones? Si los acreedores se mostraban amenazantes, recurria al secretario. Debia ver a mama inmediatamente: el queria evitarse sus lagrimas y reconvenciones. Y Argensola se deslizaba como un ratero por la escalera de servicio del caseron de la avenida de Victor Hugo. El local de su embajada era siempre la cocina, con gran peligro de que el terrible Desnoyers llegase hasta alli en una de sus evoluciones de hombre laborioso, sorprendiendo al intruso. Dona Luisa lloraba, conmovida por las dramaticas apalabras del mensajero. ?Que podia hacer! Era mas pobre que sus criadas: joyas, muchas joyas, pero ni un franco. Fue Argensola quien propuso una solucion, digna de su experiencia. El salvaria a la buena madre, llevando al Monte de Piedad algunas de sus alhajas. Conocia el camino. Y la senora acepto el consejo; pero solo le entregaba joyas de mediano valor, sospechando que no las veria mas. Tardios escrupulos le hacian prorrumpir a veces en rotundas negativas. Podia saberlo su Marcelo; ?que horror!... Pero el espanol consideraba denigrante salir de alli sin llevarse algo, y, a falta de dinero, cargaba con un cesto de botellas de la rica bodega de Desnoyers. Todas las mananas entraba dona Luisa en Saint-Honore d'Eylau para rogar por su hijo. Apreciaba esta iglesia como algo propio. Era un islote hospitalario y familiar en el oceano inexplorado de Paris. Cruzaba discretos saludos con los fieles habituales, gentes del barrio procedentes de las diversas Republicas del Nuevo Mundo. Le parecia estar mas cerca de Dios y de los santos al oir en el atrio






conversaciones en su idioma. Ademas, era a modo de un salon por donde transcurrian los grandes sucesos de la colonia sudamericana. Un dia era una boda con flores, orquesta y canticos. Ella, con su Chichi al lado, saludaba a las personas conocidas, cumplimentando luego a los novios. Otro dia eran los funerales por un ex presidente de la Republica o cualquier otro personaje ultramarino que terminaba en Paris su existencia tormentosa. ?Pobre presidente! ?Pobre general!... Dona Luisa recordaba al muerto. Lo habia visto en aquella iglesia muchas veces oyendo su misa devotamente, y se indignaba contra las malas lenguas que, a guisa de oracion funebre, hacian memoria de fusilamientos y Bancos liquidados alla en su pais. ?Un senor tan bueno y tan religioso! ?Que Dios lo tenga en su gloria!... Y al salir a la plaza contemplaba con ojos tiernos los jinetes y amazonas que se dirigian al Bosque, los lujosos automoviles, la manana radiante de sol, toda la fresca puerilidad de las primeras horas del dia, reconociendo que es muy hermoso vivir. Su mirada de gratitud para lo existente acababa por acariciar el monumento del centro de la plaza, todo erizado de alas, como si fuese a desprenderse del suelo. ?Victor Hugo!... Le bastaba haber oido este nombre en boca de su hijo para contemplar la estatua con un interes de familia. Lo unico que sabia del poeta era que habia muerto. De eso casi estaba segura. Pero se lo imaginaba en vida gran amigo de Julio, en vista de la frecuencia con que repetia su nombre. ?Ay su hijo!... Todos sus pensamientos, sus conjeturas, sus deseos, convergian en el y en su irreducible marido. Ansiaba que los dos hombres se entendiesen, terminando una lucha en la que ella la unica victima. ?No haria Dios el milagro?... Como un enfermo que cambia de sanatorio, persiguiendo a la salud, abandonaba la iglesia de su calle para frecuentar la Capilla Espanola de la avenida de Friedland. Aqui aun se consideraba mas entre los suyos. A traves de las sudamericanas, finas y elegantes, como si se hubiesen escapado de una lamina de periodico de modas, sus ojos buscaban con admiracion a otras damas peor trajeadas, gordas, con arminos teatrales y joyas antiguas. Al encontrarse estas senoras en el atrio, hablaban con voces fuertes y manoteos expresivos, recortando energicamente las palabras. La hija del estanciero se atrevia a saludarlas, por haberse suscrito a todas sus obras de beneficencia, y al ver devuelto el saludo experimentaba una satisfaccion que le hacia olvidar momentaneamente sus penas. Eran de aquellas familias que admiraba su padre sin saber por que: procedian de lo que llamaban al otro lado del mar la madre patria, todas excelentisimas y altisimas para la buena dona Chicha y emparentadas con reyes. No sabia si darles la mano o doblar una rodillas, como habia oido vagamente que es de uso en las Cortes. Pero de pronto recordaba sus preocupaciones, y seguia adelante para dirigir sus ruegos a Dios. ?Ay, que se acordase de ella! ?Que no olvidase a su hijo por mucho tiempo!... Fue la gloria la que se acordo de Julio, estrechandolo en sus brazos de luz. Se vio de pronto con todos los honores y ventajas de la celebridad. La fama sorprende cautelosamente por los caminos mas tortuosos e ignorados. Ni la pintura de almas ni una existencia accidentada llena de amorios costosos y duelos complicados proporcionaron al joven Desnoyers su renombre. La gloria le tomo por los pies. Un nuevo placer habia venido del otro lado de los mares, para felicidad de los humanos. Las gentes se interrogaban de los iniciados que buscan reconocerse: «?Sabe usted tanguear?...» El tango se habia apoderado del mundo. Era el himno heroico de una Humanidad que concentraba de pronto sus aspiraciones en el armonico contoneo de las caderas, midiendo la inteligencia por la agilidad de los pies. Una musica incoherente y monotona, de inspiracion africana, satisfacia el ideal artistico de una sociedad que no necesitaba de mas. El mundo danzaba..., danzaba..., danzaba. Un baile de negros de Cuba, introducido en la America del Sur por los marineros que cargan tasajo para las Antillas, conquistaba la Tierra entera en pocos meses, daba la vuelta a su redondez, saltando victorioso de nacion en nacion..., lo mismo que la Marsellesa. Penetraba hasta en las Cortes mas ceremoniosas, derrumbando las tradiciones del recato y la etiqueta, como un canto






de revolucion: la revolucion de las frivolidades. El Papa tenia que convertirse en maestro de baile, recomendando la furlana contra el tango, ya que todo el mundo cristiano, sin distincion de sectas, se unia en el deseo comun de agitar los pies con un frenesi tan incansable como el de los poseidos de la Edad Media. Julio Desnoyers, al encontrar esta danza de su adolescencia, soberana y triunfadora en pleno Paris, se entrego a ella con la confianza que inspira una amante vieja. ?Quien le hubiese anunciado, cuando era estudiante y frecuentaba los bailes mas abyectos de Buenos Aires, vigilados por la Policia, que estaba haciendo el aprendizaje de la gloria! De cinco a siete, centenares de ojos le siguieron con admiracion en los salones de los Campos Eliseos, donde costaba cinco francos una taza de te, con derecho a intervenir en la danza sagrada. «Tiene la linea», decian las damas, apreciando su cuerpo esbelto de mediana estatura y fuertes resortes. Y el, con el chaque cenido de talle y abombado de pecho, los pies de femenil pequenez enfundados en charol y canas blancas sobre altos tacones, bailaba grave, reflexivo, silencioso, como un matematico en pleno problema, mientras las luces azuleaban las dos cortinas oscuras, apretadas y brillantes de sus guedejas. Las mujeres solicitaban ser presentadas a el, con la dulce esperanza de que sus amigas las envidiasen viendolas en los brazos del maestro. Las invitaciones llovian sobre Julio. Se abrian a su paso los salones mas inaccesibles. Todas las tardes adquiria una docena de amistades. La moda habia traido profesores del otro lado del mar, compadritos de los arrabales de Buenos Aires, orgullosos y confusos al verse aclamados lo mismo que un tenor de fama o un conferenciante. Pero sobre estos bailarines, de una vulgaridad originaria y que se hacian pagar, triunfaba Julio Desnoyers. Los incidentes de su vida anterior eran comentados por las mujeres como hazanas de galan novelesco. -Te estas matando -decia Argensola-. Bailas demasiado. La gloria de su amigo representaba nuevas molestias para el. Sus placidas lecturas ante la estufa se veian ahora interrumpidas diariamente. Imposible leer mas de un capitulo. El hombre celebre le apremiaba con sus ordenes para que se marchase a la calle. «Una nueva leccion», decia el parasito. Y cuando estaba solo, numerosas visitas, todas de mujeres: unas, preguntonas y agresivas; otras, melancolicas, con aire de abanico, venian a interrumpirle en su reflexivo entretenimiento. Una de estas aterraba con su insistencia a los habitantes del estudio. Era una americana del Norte, de edad problematica, entre los treinta y dos y los cincuenta y nueve anos, siempre con faldas cortas, que al sentarse se recogian indiscretas, como movidas por un resorte. Varios bailes con Desnoyers y una visita a la rue de la Pompe representaban para ella sagrados derechos adquiridos, y perseguia al maestro con la desesperacion de una creyente abandonada. Julio habia escapado al saber que esta beldad, de esbeltez juvenil vista por el dorso, tenia dos nietos. «Master Desnoyers ha salido», decia invariablemente Argensola al recibirla. Y la abuela lloraba, prorrumpiendo en amenazas. Queria suicidarse alli mismo, para que su cadaver espantase a las otras mujeres que venian a quitarle lo que consideraba suyo. Ahora era Argensola el que despedia a su companero cuando deseaba verse solo. «Creo que la yanqui va a venir», decia con fingida indiferencia. Y el gran hombre escapaba, valiendose muchas veces de la escalera de servicio. En esta epoca empezo a desarrollarse el suceso mas importante de su existencia. La familia Desnoyers iba unirse con la del senador Lacour. Rene, el hijo unico de este, habia acabado por inspirar a Chichi cierto interes que casi era amor. El personaje deseaba para su descendiente los campos sin limites, los rebanos inmensos, cuya descripcion le conmovia como un relato maravilloso. Era viudo, pero gustaba de dar en su casa reuniones y banquetes. Toda celebridad nueva le sugeria inmediatamente el plan de un almuerzo. No habia personaje de paso en Paris, viajero polar o cantante famoso que escapase sin ser exhibido en el comedor de Lacour. El hijo de Desnoyers -en el que apenas se habia fijado hasta entonces- le inspiro una simpatia repentina. El senador era un hombre moderno, y no clasificaba






la gloria ni distinguia las reputaciones. Le bastaba que un apellido sonase para aceptarlo con entusiasmo. Al visitarle Julio lo presentaba con orgullo a sus amigos, faltando poco para que le llamase querido maestro. El tango acaparaba todas las conversaciones. Hasta en la Academia se habian ocupado de el para demostrar elocuentemente que la juventud de la antigua Atenas se divertia con algo semejante.... Y Lacour habia sonado toda su vida en una Republica ateniense para su pais. El joven Desnoyers conocio en estas reuniones al matrimonio Laurier. El era un ingeniero que poseia una fabrica de motores para automoviles en las inmediaciones de Paria; un hombre de treinta y cinco anos, grande, silencioso, que posaba en torno a su persona una mirada lenta, como si quisiera penetrar mas profundamente en los hombres y los objetos. Madame Laurier tenia diez anos menos que su marido, y parecia despegarse de el por la fuerza de un rudo contraste. Era de caracter ligero, elegante, frivola, y amaba la vida por los placeres y satisfacciones que proporciona. Parecia aceptar con sonriente conformidad la adoracion silenciosa y grave de su esposo. No podia hacer menos por una criatura de sus meritos. Ademas, habia aportado al matrimonio una dote de trescientos mil francos, capital que sirvio al ingeniero para ensanchar sus negocios. El senador habia intervenido en el arreglo de esta sociedad matrimonial. Laurier le interesaba por ser hijo de un companero de su juventud. La presencia de Julio fue para Margarita Laurier un rayo de sol en el aburrido salon de Lacour. Ella bailaba la danza de moda, frecuentando los te-tango donde era admirado Desnoyers. ?Verse de pronto al lado de este hombre celebre e interesante que se disputaban las mujeres!... Para que no la creyese una burguesa igual a las otras contertulias del senador, hablo de sus costureros, todos de la rue de la Paix, declarando gravemente que una mujer que se respeta no puede salir a la calle con un vestido de menos de ochocientos francos, y que el sombrero de mil, objeto de asombro hace pocos anos, era ahora una vulgaridad. Este conocimiento sirvio para que la pequena Laurier -como la llamaban las amigas, a pesar de su buena estatura- se viese buscada por el maestro en los bailes, saliendo a danzar con el entre miradas de despecho y envidia. ?Que triunfo para la esposa de un simple ingeniero, que iba a todas partes en el automovil de su marido!... Julio sintio al principio la atraccion de la novedad. La habia creido igual a todas las que languidecian en sus brazos siguiendo el ritmo complicado de la danza. Despues la encontro distinta. Las resistencias de ella a continuacion de las primeras intimidades verbales exaltaron su deseo. En realidad, nunca habia tratado a una mujer de su clase. Las de su primera epoca eran parroquianas de los restaurantes nocturnos, que acababan por hacerse pagar. Ahora, la celebridad traia a sus brazos damas de alta posicion, pero con un pasado inconfesable, ansiosas de novedades y excesivamente maduras. Esta burguesa que marchaba hacia el y en el momento del abandono retrocedia con bruscos renacimientos de pudor representaba algo extraordinario. Los salones de tango experimentaron una gran perdida. Desnoyers se dejo ver con menos frecuencia, abandonando su gloria a los profesionales. Transcurrian semanas enteras sin que las devotas pudiesen admirar de cinco a siete sus crenchas y sus piececitos charolados brillando bajo las luces al compas de graciosos movimientos. Margarita Laurier tambien huyo de estos lugares. Las entrevistas de los dos se desarrollaban con arreglo a lo que ella habia leido en las novelas amorosas que tienen por escenario a Paris. Iba en busca de Julio temiendo ser reconocida, tremula de emocion, escogiendo los trajes mas sombrios, cubriendose el rostro con un velo tupido, el velo del adulterio, como decian sus amigas. Se daban cita en los squares de barrio menos frecuentados, cambiando de lugar, como los pajaros miedosos, que a la mas leve inquietud levantaban el vuelo para ir a posarse a gran distancia. Unas veces se juntaban en las Buttes-Chaumont, otras preferian los jardines de la orilla izquierda del Sena, el Luxemburgo y hasta el remoto parque de Monsouris. Ella






sentia escalofrios de terror al pensar que su marido podia sorprenderla, mientras el laborioso ingeniero estaba en la fabrica, a una distancia enorme de la realidad. Su aspecto azarado, sus excesivas precauciones para deslizarse inadvertida, acababan por llamar la atencion de los transeuntes. Julio se impaciento con las molestias de este amor errante, sin otro resultado que algunos besos furtivos. Pero callaba al fin, dominado por las palabras suplicantes de Margarita. No queria ser suya como una de tantas; necesitaba convencerse de que este amor iba a durar siempre. Era su primera falta y deseaba que fuese la ultima. ?Ay! ?Su reputacion intacta hasta entonces!... ?El miedo a lo que podia decir la gente!... Los dos retrocedieron hasta la adolescencia; se amaron con la pasion confiada y pueril de los quince anos, que nunca habian conocido. Julio habia saltado de la ninez a los placeres del libertinaje, recorriendo de un golpe toda la iniciacion de la vida. Ella habia deseado el matrimonio por hacer como las demas, por adquirir el respeto y la libertad de mujer casada, sintiendo unicamente hacia su esposo un vago agradecimiento. «Terminamos por donde otros empiezan», decia Desnoyers. Su pasion tomaba todas las formas de un amor intenso, creyente y vulgar. Se enternecian con un sentimentalismo de romanza al estrecharse las manos y cambiar un beso en un banco de jardin a la hora del crepusculo. El guardaba un mechon de pelo de Margarita, aunque dudando de su autenticidad, con la vaga sospecha de que bien podia ser de los anadidos impuestos por la moda. Ella abandonaba su cabeza en uno de sus hombros, se apelotonaba, como si implorase su dominacion; pero siempre al aire libre. Apenas intentaba Julio mayores intimidades en el interior de un carruaje, madame le repelia vigorosamente. Una dualidad contradictoria parecia inspirar sus actos. Todas las mananas despertaba dispuesta al vencimiento final. Pero luego, al verse junto a el, reaparecia la pequena burguesa, celosa de su reputacion, fiel a la ensenanza de su madre. Un dia accedio a visitar el estudio, con el interes que inspiran los lugares habitados por la persona amada. «Jurame que me respetaras». El tenia el juramento facil, y juro por todo lo que Margarita quiso... Y desde este dia ya vagaron perseguidos por el viento del invierno. Se quedaron en el estudio, y Argensola tuvo que modificar su existencia, buscando la estufa de algun pintor amigo para continuar sus lecturas. Esta situacion se prolongo dos meses. No supieron nunca que fuerza secreta derrumbo de pronto su tranquila felicidad. Tal vez fue una amiga de ella, que, adivinando los hechos, los hizo saber al marido por medio de un anonimo; tal vez se delato la misma esposa inconscientemente, con sus alegrias inexplicables, sus regresos tardios a la casa, cuando la comida estaba ya en la mesa, y la repentina aversion que mostraba al ingeniero en las horas de intimidad matrimonial para mantenerse fiel al recuerdo del otro. El compartirse entre el companero legal y el hombre amado era un tormento que no podia soportar su entusiasmo simple y vehemente. Cuando trotaba una noche por la rue de la Pompe mirando el reloj y temblando de impaciencia al no encontrar un automovil o un simple fiacre, le corto el paso un hombre... ?Esteban Laurier! Aun se estremecia de miedo al recordar esta hora tragica. Por un momento creyo que iba a matarla. Los hombres serios, timidos y sumisos son terribles en sus explosiones de colera. El marido lo sabia todo. Con la misma paciencia que empleaba en la solucion de sus problemas industriales, la habia estudiado dia tras dia, sin que pudiese adivinar esta vigilancia en su rostro impasible. Luego la habia seguido, hasta adquirir la completa evidencia de su infortunio. Margarita no se lo habia imaginado nunca tan vulgar y ruidoso en sus pasiones. Esperaba que aceptase los hechos friamente, con un ligero tinte de ironia filosofica, como lo hacen los hombres verdaderamente distinguidos, como lo habia hecho los maridos de muchas de sus amigas. Pero el pobre ingeniero, que mas alla de su trabajo solo veia a su esposa, amandola como mujer y admirandola como un ser






dulce y delicado, resumen de todas las gracias y elegancias, no podia resignarse, y grito y amenazo sin recato alguno, haciendo que el escandalo se esparciese por todo el circulo de sus amistades. El senador experimentaba una gran molestia al recordar que era en su respetable vivienda donde se habian conocido los culpables. Pero su colera se dirigio contra el esposo. ?Que falta de saber vivir!... Las mujeres son las mujeres, y todo tiene arreglo. Pero despues de las imprudencias de este energumeno no era posible una solucion elegante y habia que entablar el divorcio. El viejo Desnoyers se irrito al conocer la ultima hazana de su hijo. Laurier le inspiraba un gran afecto. La solidaridad instintiva que existe entre los hombres de trabajo, pacientes y silenciosos, les habia hecho buscarse. En las tertulias del senador pedia noticias al ingeniero de la marcha de sus negocios, interesandose por el desarrollo de aquella fabrica, de la que hablaba con ternuras de padre. El millonario, que gozaba fama de avariento, habia llegado a ofrecerle su apoyo desinteresado, por si algun dia necesitaba ensanchar su accion laboriosa. ?Y a este hombre bueno venia a robarle la felicidad su hijo, un bailarin frivolo e inutil!... Laurier, en los primeros momentos, hablo de batirse. Su colera fue la del caballo de labor que rompe los tirantes de la maquina de trabajo, eriza su pelaje con relinchos de locura y muerde. El padre se indigno ante su determinacion... ?Un escandalo mas! Julio habia dedicado la mejor parte de su existencia al manejo de las armas. -Lo matara- decia el senador-. Estoy seguro de que lo matara. Es la logica de la vida: el inutil mata siempre al que sirve para algo. Pero no hubo muerte alguna. El padre de la Republica supo manejar a unos y otros con la misma habilidad que mostraba en los pasillos del Senado al surgir una crisis ministerial. Se acallo el escandalo. Margarita fue a vivir con su madre, y empezaron las primeras gestiones para el divorcio. Algunas tardes, cuando en el reloj del estudio daban las siete, ella habia dicho tristemente, entre los desperezos de su cansancio amoroso: -Marcharme... Marcharme, cuando esta es mi verdadera casa... ?Ay, por que no somos casados! Y el, que sentia florecer en su alma todo un jardin de virtudes burguesas, ignoradas hasta entonces, repetia, convencido: -Es verdad. ?Por que no somos casados! Sus deseos podian realizarse. El marido les facilitaba el paso con su inesperada intervencion. Y el joven Desnoyers se marcho a America para reunir dinero y casarse con Margarita.


                                 IV


                                 EL PRIMO DE BERLIN


El estudio de Julio Desnoyers ocupaba el ultimo piso sobre la calle. El ascensor y la escalera principal terminaban ante su puerta. A sus espaldas, dos pequenos departamentos recibian la luz de un patio interior, teniendo como unico medio de comunicacion la escalera de servicio, que ascendia hasta las buhardillas. Argensola, al quedarse en el estudio durante el viaje de su companero, habia buscado la amistad de estos vecinos de piso. La mas grande de las habitaciones se hallaba desocupada durante el dia. Sus duenos solo volvian despues de comer en el restaurante. Era un matrimonio de empleados, que unicamente permanecia en casa los dias festivos. El hombre, vigoroso y de aspecto marcial, prestaba servicio de inspector en un gran almacen. Habia sido militar en Africa, ostentaba una condecoracion y tenia el grado de subteniente en el ejercito de reserva. Ella era una rubia abultada y algo anemica, de ojos claros y gesto sentimental. En los dias de






fiesta pasaba largas horas ante el piano, evocando sus recuerdos musicales, siempre los mismos. Otras veces la veia Argensola por una ventana interior trabajando en la cocina, ayudada por su companero, riendo los dos de sus torpezas e inexperiencias al improvisar la comida del domingo. La portera tenia a esta mujer por alemana; pero ella hacia constar su condicion de suiza. Desempenaba el empleo de cajera en un almacen, que no era el mismo donde trabajaba su companero. Por las mananas salian juntos, para separarse en la plaza de la estrella, siguiendo cada uno distinta direccion. A las siete de la tarde se saludaban con un beso en plena calle, como enamorados que se encuentran por primera vez, y luego de su comida volvian al nido de la rue de la Pompe. Argensola se vio rechazado, en todos sus intentos de amistad, por el egoismo de esta pareja. Le contestaban con una cortesia glacial: vivian unicamente para ellos. El otro departamento, compuesto de dos piezas, estaba ocupado por un hombre solo. Era un ruso o polaco, que volvia casi siempre con paquetes de libros y pasaba largas horas escribiendo junto a una ventana del patio. El espanol le tuvo desde el primer momento por un hombre misterioso que ocultaba tal vez enormes meritos: un verdadero personaje de novela. Le impresionaba el aspecto exotico de Tchernoff: su barba revuelta, sus melenas aceitosas, sus gafas sobre una nariz amplia que parecia deformada por un punetazo. Como un nimbo invisible le circundaba cierto hedor compuesto de vino barato y emanaciones de ropas trasudadas. Argensola lo percibia a traves de la puerta de servicio: «El amigo Tchernoff que vuelve». Y salia a la escalera interior para hablar con su vecino. Este defendio por mucho tiempo el acceso a su vivienda. El espanol llego a creer que se dedicaba a la alquimia y otras operaciones misteriosas. Cuando, por fin, pudo entrar vio libros, muchos libros, libros por todas partes, esparcidos en el suelo, alineados sobre tablas, apilados en los rincones, invadiendo sillas desvencijadas, mesas viejas, y una cama, que solo era rehecha de tarde en tarde, cuando el dueno, alarmado por la creciente invasion de polvo y telaranas, reclamaba el auxilio de una amiga de la portera. Argensola reconocio al fin, con cierto desencanto, que no habia nada misterioso en la vida de este hombre. Lo que escribia junto a la ventana eran traducciones, unas hechas de encargo, otras voluntariamente, para los periodicos socialistas. Lo unico asombroso en el era la cantidad de idiomas que conocia. -Todos los sabe -dijo a Desnoyers al describirle a este vecino-. Le basta oir uno nuevo para dominarlo a los pocos dias. Posee la clave, el secreto de las lenguas vivas y muertas. Habla el castellano como nosotros y no ha estado jamas en un pais de habla espanola. La sensacion del misterio volvio a experimentarla Argensola al leer los titulos de varios de los volumenes amontonados. Eran libros antiguos en su mayor parte, muchos de ellos en idiomas que el no podia descifrar, recolectados a precios bajos en librerias de lance y en las cajas de los bouquinistes instaladas sobre los parapetos del Sena. Solo aquel hombre que tenia la clave de todas las lenguas podia adquirir tales volumenes. Una atmosfera de misticismo, de iniciaciones sobrehumanas, de secretos intactos a traves de los siglos, parecia desprenderse de estos montones de volumenes polvorientos, algunos con las hojas roidas. Y, confundidos con los libros vetustos, aparecian otras de cubierta flamante y rojas, cuadernos de propaganda socialista, folletos en todos los idiomas de Europa y periodicos, muchos periodicos, con titulos que evocaban la revolucion. Tchernoff no parecia gustar de visitas y conversaciones. Sonreia enigmaticamente a traves de su barba de ogro, ahorrando palabras para terminar pronto la entrevista. Pero Argensola poseia el medio de vencer a este personaje hurano. Le bastaba guinar un ojo con expresiva invitacion: «?Vamos?» Y se instalaban los dos en la cocina del estudio, frente a una botella procedente de la avenida de Victor Hugo. Los vinos preciosos de don Marcelo enternecian al ruso, haciendolo mas






comunicativo. Pero, aun valiendose de este auxilio, el espanol sabia poca cosa de su existencia. Algunas veces nombraba a Jaures y a otros oradores socialistas. Su medio de vida mas seguro era traducir para los periodicos del partido. En varias ocasiones se le escapo el nombre de Siberia, declarando que habia estado alli mucho tiempo. Pero no queria hablar del lejano pais, visitado contra su voluntad. Sonreia modestamente, sin prestarse a mayores revelaciones. Al dia siguiente de la llegada de Julio Desnoyers, estaba Argensola, por la manana, hablando con Tchernoff en el rellano de la escalera de servicio, cuando sono el timbre de la puerta del estudio que comunicaba con la escalera principal. Una gran contrariedad. El ruso, que conocia a los politicos avanzados, le estaba dando cuenta de las gestiones realizadas por Jaures para mantener la paz. Aun habia muchos que sentian esperanzas. El, Tchernoff, comentaba estas ilusiones con la sonrisa de esfinge achatada. Tenia sus motivos para dudar... Pero sono el timbre otra vez y el espanol corrio a abrir, abandonando a su amigo. Un senor deseaba ver a Julio. Hablaba el frances correctamente; pero su acento fue una revelacion para Argensola. Al entrar en el dormitorio en busca de su companero, que acababa de levantarse, dijo con seguridad: -Es tu primo de Berlin, que viene a despedirse. No puede ser otro. Los tres hombres se juntaron en el estudio. Desnoyers presento a su camarada, para que el recien llegado no se equivocase acerca de su condicion social. -He oido hablar de el. El senor Argensola, un joven de grandes meritos. Y el doctor Julius von Hartrott dijo esto con la suficiencia de un hombre que lo sabe todo y desea agradar a un inferior, concediendole la limosna de su atencion. Los dos primos se contemplaron con una curiosidad no exenta de recelo. Los ligaba un parentesco intimo, pero se conocian muy poco, presintiendo mutuamente una completa divergencia de opiniones y gustos. Al examinar Argensola a este sabio le encontro cierto aspecto de oficial vestido de paisano. Se notaba en su persona un deseo de imitar a las gentes de espada cuando, de tarde en tarde, adoptan el habito civil; la aspiracion de todo burgues aleman a que lo confundan con los de clase superior. Sus pantalones eran estrechos, como si estuvieran destinados a enfundarse en botas de montar. La chaqueta, con dos filas de botones, tenia el talle recogido, amplio y largo el faldon y muy subidas las solapas, imitando vagamente una levita militar. El bigote rojizo sobre una mandibula fuerte y el pelo cortado a rape completaban esta simulacion guerrera. Pero sus ojos, unos ojos de estudio, con la pupila mate, grandes, asombrados y miopes, se refugiaban detras de unas gafas de gruesos cristales, dandole un aspecto de hombre pacifico. Desnoyers sabia de el que era profesor auxiliar de Universidad, que habia publicado algunos volumenes gruesos y pesados como ladrillos, y figuraba entre los colaboradores de un Seminario historico, asociacion para la rebusca de documentos, dirigida por un historiador famoso. En una solapa ostentaba la roseta de una Orden extranjera. Su respeto por el sabio de la familia iba acompanado de cierto menosprecio. El y su hermana Chichi habian sentido desde pequenos una hostilidad instintiva hacia los primos de Berlin. Le molestaba, ademas, ver citado por su familia como ejemplo digno de imitacion a este pedante, que solo conocia la vida a traves de los libros y pasaba su existencia averiguando lo que habian hecho los hombres en otras epocas para sacar consecuencias con arreglo a sus opiniones de aleman. Julio tenia gran facilidad para la admiracion y reverenciaba a todos los escritores cuyos argumentos le habia contado Argensola; pero no podia aceptar la grandeza intelectual del ilustre pariente. Durante su permanencia en Berlin, una palabra alemana de invencion vulgar le habia servido para clasificarlo. Los libros de investigacion minuciosa y pesada se publicaban a docenas todos los meses. No habia profesor que dejase de levantar sobre la base de un simple detalle su volumen enorme, escrito de un modo torpe y






confuso. Y la gente, al apreciar a estos autores miopes, incapaces de una vision genial de conjunto, los llamaba Sitzfleisch haben (con mucha carne en las posaderas), aludiendo a las larguisimas asentadas que representaban sus obras. Esto era su primo para el: un Sitzfleisch haben. El doctor von Hartrott, al explicar su visita, hablo en espanol. Se valia de este idioma por haber sido el de la familia durante su ninez y al mismo tiempo por precaucion, pues miro en torno repetidas veces, como si temiese ser oido. Venia a despedirse de Julio. Su madre le habia hablado de su llegada, y no queria marcharse sin verlo. Iba a salir de Paris dentro de unas horas; las circunstancias eran apremiantes. -Pero ?tu crees que habra guerra? -pregunto Desnoyers. -La guerra sera manana o pasado. No hay quien la evite. Es un hecho necesario para la salud de la Humanidad. Se hizo un silencio. Julio y Argensola miraron con asombro a este hombre de aspecto pacifico que acababa de hablar con arrogancia belicosa. Los dos adivinaron que el doctor hacia su visita por las necesidades de comunicar a alguien sus opiniones y sus entusiasmos. Al mismo tiempo, tal vez deseaba conocer lo que ellos pensaban y sabian, como una de tantas manifestaciones de la muchedumbre de Paris. -Tu no eres frances -anadio, dirigiendose a su primo-. Tu has nacido en Argentina y delante de ti puede decirse la verdad. -?Y tu no has nacido alla? -pregunto Julio, sonriendo. El doctor hizo un movimiento de protesta, como si acabase de oir algo insultante. -No; yo soy aleman. Nazca donde nazca uno de nosotros, pertenece siempre a la madre Alemania. Luego continuo, dirigiendose a Argensola: -Tambien el senor es extranjero. Procede de la noble Espana, que nos debe a nosotros lo mejor que tiene: el culto del honor, el espiritu caballeresco. El espanol quiso protestar; pero el sabio no le dejo, anadiendo con tono doctoral: -Ustedes eran celtas miserables, sumidos en la vileza de una raza inferior y matizados por el latinismo de Roma, lo que hacia aun mas triste su situacion. Afortunadamente, fueron conquistados por los godos y otros pueblos de nuestra raza, que les infundieron la dignidad de personas. No olvide usted, joven, que los vandalos fueron los abuelos de los prusianos actuales. De nuevo intento hablar Argensola; pero su amigo le hizo un signo para que no interrumpiese al profesor. Este parecia haber olvidado la reserva de poco antes, entusiasmandose con sus propias palabras. -Vamos a presenciar grandes sucesos -continuo-. Dichosos los que hemos nacido en la epoca presente, la mas interesante de la Historia. La Humanidad cambia de rumbo en estos momentos. Ahora empieza la verdadera civilizacion. La guerra proxima iba a ser, segun el, de una brevedad nunca vista. Alemania se habia preparado para realizar el hecho decisivo sin que la vida economica del mundo sufriese una larga perturbacion. Un mes le bastaria para aplastar a Francia, el mas temible de sus adversarios. Luego marcharia contra Rusia, que, lenta en sus movimientos, no podria oponer una defensa inmediata. Finalmente, atacaria a la orgullosa Inglaterra, aislandola en su archipielago, para que no estorbase mas con su preponderancia el progreso germanico. Esta serie de rapidos golpes y victorias fulminantes solo necesitaban para desarrollarse el curso de un verano. La caida de las hojas saludaria en el proximo otono el triunfo definitivo de Alemania. Con la seguridad de un catedratico que no espera ser refutado por sus oyentes, explico la superioridad de la raza germanica. Los hombres estaban divididos en dos grupos: dolicocefalos y braquicefalos, segun la conformidad de su craneo. Otra distincion cientifica los repartia en hombre de cabellos rubios o de cabellos negros. Los dolicocefalos representaban pureza de raza, mentalidad superior. Los braquicefalos eran mestizos, con todos los estigmas de la degeneracion. El germano, dolicocefalo por excelencia, era el unico heredero de los primitivos arios.






Todos los otros pueblos, especialmente los del sur de Europa, llamados latinos, pertenecian a una Humanidad degenerada. El espanol no pudo contenerse mas. ?Pero si estas teorias del racismo eran antiguallas en las que no creia ya ninguna persona medianamente ilustrada! ?Si no existia un pueblo puro, ya que todos ellos tenian mil mezclas en su sangre despues de tanto cruzamiento historico!... Muchos alemanes presentaban los mismos signos etnicos que el profesor atribuia a las razas inferiores. -Hay algo de eso -dijo Hartrott-. Pero aunque la raza germanica no sea pura, es la menos impura de todas, y a ella corresponde el gobierno del mundo. Su voz tomaba una agudeza ironica y cortante al hablar de los celtas, pobladores de las tierras del Sur. Habian retrasado el progreso de la Humanidad, lanzandola por un falso derrotero. El celta es individualista, y por consecuencia, un revolucionario ingobernable que tiende al igualitarismo. Ademas, es humanitario y hace de la piedad una virtud, defendiendo la existencia de los debiles que no sirven para nada. El nobilisimo germano pone por encima de todo el orden y la fuerza. Elegido por la Naturaleza para mandar a las razas eunucas, posee todas las virtudes que distinguen a los jefes. La Revolucion francesa habia sido simplemente un choque entre germanos y celtas. Los nobles de Francia descendian de los guerreros alemanes instalados en el pais despues de la invasion llamada de los barbaros. La burguesia y el pueblo representaban el elemento galocelta. La raza inferior habia vencido a la superior, desorganizando al pais y perturbando al mundo. El celtismo era el inventor de la democracia, de la doctrina socialista, de la anarquia. Pero iba a sonar la hora del desquite germanico, y la raza nordica volveria a restablecer el orden, ya que para esto la habia favorecido Dios conservando su indiscutible superioridad. -Un pueblo -anadio- solo puede aspirar a grandes destinos si es fundamentalmente germanico. Cuando menos germanico sea, menos resultara su civilizacion. Nosotros representamos la aristocracia de la Humanidad, la sal de la Tierra, como dijo nuestro Guillermo. Argensola escuchaba con asombro estas afirmaciones orgullosas. Todos los grandes pueblos habian pasado por la fiebre del imperialismo. Los griegos aspiraban a la hegemonia, por ser los mas civilizados y creerse los mas aptos para dar la civilizacion a los otros hombres. Los romanos, al conquistar las tierras, implantaban el derecho y las reglas de justicia. Los franceses de la Revolucion y del Imperio justificaban sus invasiones con el deseo de libertar a los hombres y sembrar nuevas ideas. Hasta los espanoles del siglo XVI, al batallar con media Europa por la unidad religiosa y el exterminio de la herejia, trabajaban por un ideal erroneo, oscuro, pero desinteresado. Todos se movian en la Historia por algo que consideraban generoso y esba por encima de sus intereses. Solo la Alemania de aquel profesor intentaba imponerse al mundo en nombre de la superioridad de su raza, superioridad que nadie le habia reconocido, que ella misma se atribuia, dando a sus afirmaciones un barniz de falsa ciencia. -Hasta ahora, las guerras han sido de soldados -continuo Hartrott-. La que ahora va a empezar sera de soldados y profesores. En su preparacion ha tomado la Universidad tanta parte como es Estado Mayor. La ciencia germanica, la primera de todas, esta unida para siempre a lo que los revolucionarios latinos llaman desdenosamente el militarismo. La fuerza senora del mundo, es la que crea el derecho, la que impondra nuestra civilizacion, unica verdadera. Nuestros ejercitos son los representantes de nuestra cultura, y en unas cuantas semanas libraran al mundo de su decadencia celtica, rejuveneciendolo. El porvenir inmenso de su raza le hacia expresarse con un entusiasmo lirico. Guillermo I, Bismarck, todos los heroes de las victorias pasadas, le inspiraban veneracion, pero hablaba de ellos como de dioses moribundos, cuya hora habia pasado. Eran los gloriosos abuelos, de pretensiones modestas, que se limitaron a ensanchar las fronteras, a realizar la unidad del Imperio, oponiendose luego con una






prudencia de valetudinarios a todos los atrevimientos de la nueva generacion. Sus ambiciones no iban mas alla de una hegemonia continental... Pero luego surgia Guillermo II, el heroe complejo que necesitaba el pais. -Mi maestro Lamprecht -dijo Hartrott -ha hecho el retrato de su grandeza. Es la tradicion y el futuro, el orden y la audacia. Tiene la conviccion de que representa la Monarquia por la gracia de Dios, lo mismo que su abuelo. Pero su inteligencia viva y brillante reconoce y acepta las novedades modernas. Al mismo tiempo que romantico, feudal y sostenedor de los conservadores agrarios, es un hombre del dia: busca las soluciones practicas y muestra un espiritu utilitario, a la americana. En el se equilibran el instinto y la razon. Alemania, guiada por este heroe, habia ido agrupando sus fuerzas y reconociendo su verdadero camino. La Universidad lo aclamaba con mas entusiasmo aun que sus ejercitos. ?Para que almacenar tanta fuerza de agresion y mantenerla sin empleo?... El imperio del mundo correspondia al pueblo germanico. Los historiadores y filosofos, discipulos de Treitscke, iban a encargarse d forjar los derechos que justificasen esta dominacion mundial. Y Lamprecht, el historiador psicologico, lanzaba, como los otros profesores, el credo de la superioridad absoluta de la raza germanica. Era justo que dominase al mundo, ya que ella sola dispone de la fuerza. Esta germanizacion telurica resultaria de inmensos beneficios para los hombres. La Tierra iba a ser feliz bajo la dominacion de un pueblo nacido para amo. El Estado aleman, potencia tentacular, eclipsaria con su gloria a los mas ilustres imperios del pasado y del presente. Gott mit uns (Dios es con nosotros). -?Quien podra negar que, como dice mi maestro, existe un Dios cristiano germanico, el Gran Aliado, que se manifiesta a nuestros enemigos los extranjeros como una divinidad fuerte y celosa?... Desnoyers escuchaba con asombro a su primo, mirando al mismo tiempo a Argensola. Este, con el movimiento de sus ojos, parecia hablarle. «Esta loco -decia-. Estos alemanes estan locos de orgullo». Mientras tanto, el profesor, incapaz de contener su entusiasmo, seguia exponiendo las grandezas de su raza. La fe sufre eclipses hasta en los espiritus mas superiores. Por esto el kaiser providencial habia mostrado inexplicables desfallecimientos. Era demasiado bueno y bondadoso. Deliciae generis humani, como decia el profesor Lasson, tambien maestro de Hartrott. Pudiendo con su inmenso poderio aniquilarlo todo, se limitaba a mantener la paz. Pero la nacion no queria detenerse, y empujaba al conductor que la habia puesto en movimiento. Inutil apretar los frenos. «Quien no avanza retrocede», tal era el grito del pangermanismo al emperador. Habia que ir adelante, hasta conquistar la Tierra entera. -Y la guerra viene -continuo-. Necesitamos las colonias de los demas, ya que Bismarck, por un error de su vejez testaruda, no exigio nada a la hora del reparto mundial, dejando que Inglaterra y Francia se llevasen las mejores tierras. Necesitamos que pertenezcan a Alemania todos los paises que tienen sangre germanica y que han sido civilizados por nuestros ascendientes. Hartrott enumeraba los paises. Holanda y Belgica eran alemanes. Francia lo era tambien por los francos: una tercera parte de su sangre procedia de germanos. Italia... (Aqui se detenia el profesor, recordando que esta nacion era una aliada, poco segura ciertamente, pero unida todavia por los compromisos diplomaticos. Sin embargo, mencionaba a los longobardos y otras razas procedentes del Norte) Espana y Portugal habian sido pobladas por el godo rubio, y pertenecian tambien a la raza germanica. Y como la mayoria de las naciones de America eran de origen hispanico o portugues, quedaban comprendidas en esta reivindicacion. -Todavia es prematuro pensar en ellas -anadio el doctor modestamente-, pero algun dia sonara la hora de la justicia. Despues de nuestro triunfo continental, tiempo tendremos de pensar en su suerte... La America del Norte tambien debe recibir nuestra influencia civilizadora. Existen en ella millones de alemanes que han creado






su grandeza. Hablaba de las futuras conquistas como si fuesen muestras de distincion con que su pais iba a favorecer a los demas pueblos. Estos seguirian viviendo politicamente lo mismo que antes, con sus Gobiernos propios, pero sometidos a la direccion de la raza germanica, como menores que necesitan la mano dura de un maestro. Formarian los Estados Unidos mundiales, con un presidente hereditario y todopoderoso, el emperador de Alemania, recibiendo los beneficios de la cultura germanica, trabajando disciplinados bajo su direccion industrial... Pero el mundo es ingrato, y la maldad humana se opone siempre a todos los progresos. -No nos hacemos ilusiones -dijo el profesor con altiva tristeza-. Nosotros no tenemos amigos. Todos nos miran con recelo, como a seres peligrosos, porque somos los mas inteligentes, los mas activos, y resultamos superiores a los demas... Pero ya que no nos aman, que nos teman. Como dice mi amigo Mann, la Kultur es la organizacion espiritual del mundo, pero no excluye el salvajismo sangriento cuando este resulta necesario. La Kultur sublimiza lo demoniaco que llevamos en nosotros, y esta por encima de la moral, la razon y la ciencia. Nosotros impondremos la Kultur a canonazos. Argensola seguia expresando con los ojos de su pensamiento: «Estan locos, locos de orgullo... ?Lo que espera el mundo con estas gentes!» Desnoyers intervino para aclarar con un poco de optimismo el monologo sombrio. La guerra aun no se habia declarado: la diplomacia negociaba. Tal vez se arreglase todo pacificamente en el ultimo instante, como habia ocurrido otras veces. Su primo veia las cosas algo desfiguradas por un entusiasmo agresivo. ?La sonrisa ironica, feroz, cortante, del doctor!... Argensola no habia conocido al viejo Madariaga, y, sin embargo, se le ocurrio que asi debian de sonreir los tiburones, aunque jamas habia visto un tiburon. -Es la guerra -afirmo Hartrott-. Cuando sali de Alemania, hace quince dias, ya sabia yo que la guerra estaba proxima. La seguridad con que lo dijo disipo todas las esperanzas de Julio. Ademas, le inquietaba el viaje d este hombre con pretexto de ver a su madre, de la que se habia separado poco antes... ?Que habia venido a hacer en Paris el doctor Julius von Hartrott?... -Entonces -pregunto Desnoyers-, ?para que tantas entrevistas diplomaticas? ?Por que interviene el Gobierno aleman, aunque sea con tibieza, en el conflicto entre Austria y Servia? ?No seria mejor declarar la guerra francamente? El profesor contesto con sencillez: -Nuestro Gobierno quiere, sin duda, que sean los otros los que la declaren. El papel de agredido es siempre el mas grato y justifica todas las resoluciones ulteriores, por extremadas que parezcan. Alla tenemos gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerles creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la necesidad de defenderse. Solo los espiritus superiores llegan a la conviccion de que los grandes adelantos unicamente se realizan con la espada, y que la guerra, como decia nuestro gran Treitschke, es la mas alta forma del progreso. Otra vez sonrio con una expresion feroz. La moral, segun el, debia existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos mas obedientes y disciplinados. Pero la moral estorba a los Gobiernos y debe suprimirse como un obstaculo inutil. Para un Estado no existe la verdad ni la mentira; solo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas. El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia,, base de la grandeza alemana, no habia vacilado en falsificar un despacho telegrafico. -Y reconoceras que es el heroe mas grande de nuestros tiempos. La Historia mira con bondad su hazana. ?Quien puede acusar al que triunfa?... El profesor Delbruck ha escrito con razon: «?Bendita sea la mano que falsifico el telegrama de Ems!» Convenia que la guerra surgiese inmediatamente, ahora que las circunstancias resultaban favorables para Alemania y sus enemigos vivian descuidados. Era la






guerra preventiva recomendada por el general Bernhardi y otros compatriotas ilustres. Resultaba peligroso esperar a que los enemigos estuvieran preparados y fuesen ellos que la declarasen. Ademas, ?que obstaculos representaban para los alemanes el derecho y otras ficciones inventadas por los pueblos debiles para sostenerse en su miseria?... Tenian la fuerza y la fuerza crea leyes nuevas. Si resultaban vencedores, la Historia no les pediria cuentas por lo que hubiesen hecho. Era Alemania la que pegaba, y los sacerdotes de todos los cultos acabarian por santificar con sus himnos la guerra bendita, si es que conducia al triunfo. -Nosotros no hacemos la guerra por castigar a los servios regicidas, ni por liberar a los polacos y otros oprimidos por Rusia, descansando luego en la admiracion de nuestra magnanimidad desinteresada. Queremos hacerla porque somos el primer pueblo de la Tierra y debemos extender nuestra actividad sobre el planeta entero. La hora de Alemania ha sonado. Vamos a ocupar nuestro sitio de potencia directora del mundo, como lo ocupo Espana en otros siglos, y Francia despues, e Inglaterra actualmente. Lo que esos pueblos alcanzaron con una preparacion de muchos anos lo conseguiremos nosotros en cuatro meses. La bandera de tempestad del Imperio va a pasearse por mares y naciones; el sol iluminara grandes matanzas... La vieja Roma, enferma de muerte, apellido barbaros a los germanos que le abrieron la fosa. Tambien huele a muerto el mundo de ahora y seguramente nos llamara barbaros... ?Sea! Cuando Tanger y Tolon, Amberes y Calais, esten sometidos a la barbarie germanica, ya hablaremos de eso mas detenidamente... Tenemos la fuerza, y el que la posee no discute ni hace caso de palabras... ?La fuerza! Estos es lo hermoso: la unica palabra que suena brillante y clara... ?La fuerza! Un punetazo certero, y todos los argumentos quedan contestados. -Pero ?tan seguros estais de la victoria? -pregunto Desnoyers-. A veces el Destino ofrece terribles sorpresas. Hay fuerzas ocultas con las que no contamos y que trastornan los planes mejores. La sonrisa del doctor fue ahora de soberano menosprecio. Todo estaba previsto y estudiado de larga fecha, con el minucioso metodo germanico. ?Que tenia enfrente?... El enemigo mas temible era Francia, incapaz de resistir las influencias morales enervantes, los sufrimientos, los esfuerzos y las privaciones de la guerra: un pueblo debilitado fisicamente, emponzonado por el espiritu revolucionario, y que habia prescindido del uso de las armas por un amor exagerado al bienestar. -Nuestros generales -continuo- van a dejarla en tal estado, que jamas se atrevera a cruzarse en nuestro camino. Quedaba Rusia, pero sus masas amorfas eran lentas de reunir y dificiles de mover. El Estado Mayor de Berlin lo habia dispuesto todo cronometricamente para el aplastamiento de Francia en cuatro semanas, llevando luego sus fuerzas enormes contra el Imperio ruso, antes que este pudiese iniciar su accion. -Acabaremos con el oso, luego de haber matado al gallo -afirmo el profesor victoriosamente. Pero adivinando una objecion de su primo, se apresuro a continuar: -Se lo que vas a decirme. Queda otro enemigo: uno que no ha saltado todavia a la arena, pero que aguardamos todos los alemanes. Ese nos inspira mas odio que los otros porque es de nuestra sangre, porque es un traidor a la raza... ?Ah, como lo aborrecemos! Y en el tono con que dijo estas palabras latian una expresion de odio y un deseo de venganza que impresionaron a los dos oyentes. Aunque Inglaterra nos ataque -prosiguio Hartrott- no por esto dejaremos de vencer. Este adversario no es mas temible que los otros. Hace un siglo que reina sobre el mundo. Al caer Napoleon, recogio en el Congreso de Viena la hegemonia continental, y se batira por conservarla. Pero ?que vale su energia?... Como dice nuestro Bernhardi, el pueblo ingles es un pueblo de rentistas y de sportsman. Su ejercito esta formado con los detritos de la nacion. El pais carece de espiritu militar. Nosotros somos un pueblo de guerreros, y nos sera facil vencer a los ingleses,






debilitados por una falsa concepcion de la vida. El doctor hizo una pausa y anadio: -Contamos, ademas, con la corrupcion interna de nuestros enemigos, con su falta de unidad. Dios nos ayudara sembrando la confusion en estos pueblos odiosos. No pasaran muchos dias sin que se vea su mano. La revolucion va a estallar en Francia al mismo tiempo que la guerra. El pueblo de Paris levantara barricadas en las calles: se reproducira la anarquia de la Commune. Tunez, Argel y otros posesiones van a sublevarse contra la metropoli. Argensola creyo del caso sonreir con una incredulidad agresiva. -Repito -insistio Hartrott- que este pais va a conocer revoluciones e insurrecciones en sus colonias. Se bien lo que digo... Rusia tendra igualmente su revolucion interior, revolucion con bandera roja, que obligara al zar a pedirnos gracia de rodillas. No hay mas que leer en los periodicos las recientes huelgas de San Petersburgo, las manifestaciones de los huelguistas con pretexto de la visita del presidente Poincare... Inglaterra vera rechazadas por las colonias sus peticiones de apoyo. La India va a sublevarse contra ella y Egipto cree llegado el momento de su emancipacion. Julio parecia impresionado por estas afirmaciones, formuladas con una seguridad doctoral. Casi se irrito contra el incredulo Argensola, que seguia mirando al profesor insolentemente y repetia con los ojos: «Esta loco, loco de orgullo». Aquel hombre debia de tener serios motivos para formular tales profecias de desgracia. Su presencia en Paris, por lo mismo que era inexplicable para Desnoyers, daba a sus palabras una autoridad misteriosa. -Pero las naciones se defenderan -arguyo este a su primo-. No sera tan facil la victoria como crees. -Si, se defenderan. La lucha va a ser ruda. Parece que en los ultimos anos Francia se ha preocupado de su Ejercito. Encontraremos cierta resistencia; el triunfo resultara mas dificil, pero venceremos... Vosotros no sabeis hasta donde llega la potencia ofensiva de Alemania. Nadie lo sabe con certeza mas alla de sus fronteras. Si nuestros enemigos la conociesen en toda su intensidad, caerian de rodillas, prescindiendo de sacrificios inutiles. Hubo un largo silencio. Julius von Hartrott parecia abstraido. El recuerdo de los elementos de fuerza acumulados por su raza le sumian en una especie de adoracion mistica. -La victoria preliminar -dijo de pronto- hace tiempo que la hemos obtenido. Nuestros enemigos nos aborrecen, y, sin embargo, nos imitan. Todo lo que lleva la marca de Alemania es buscado en el mundo. Los mismos paises que intentan resistir a nuestras armas copian nuestros metodos en sus universidades y admiran nuestras teorias, aun aquellas que no alcanzaron exito en Alemania. Muchas veces reimos entre nosotros, como los augures romanos, al apreciar el servilismo con que nos siguen... ?Y luego no quieren reconocer que somos la esencia superior! Por primera vez Argensola aprobo con los ojos y el gesto las palabras de Hartrott. Exacto lo que decia: el mundo era victima de la supersticion alemana. Una cobardia intelectual, el miedo al fuerte, hacia admirar todo lo de procedencia germanica, sin discernimiento alguno, en bloque, por la intensidad del brillo: el oro revuelto con el talco. Los llamados latinos, al entregarse a esta admiracion, dudaban de las propias fuerzas con un pesimismo irracional. Ellos eran los primeros en decretar su muerte. Y los orgullosos germanos no tenian mas que repetir las palabras de estos pesimistas para afirmarse en la creencia de su superioridad. Con el apasionamiento meridional, que salta sin gradacion de un extremo a otro, muchos latinos habian proclamado que en el mundo futuro no quedaba sitio para las sociedades latinas, en plena agonia, anadiendo que solo Alemania conservaba latente las fuerzas civilizadoras. Los franceses, que gritan entre ellos, incurriendo en las mayores exageraciones, sin darse cuenta de que hay quien los escucha al otro lado de las puertas, habian repetido durante muchos anos que Francia estaba en






plena descomposicion y marchaba a la muerte. ?Por que se indignaban luego ante el menosprecio de los enemigos?.. ?Como no habian de participar estos de sus creencias? ... El profesor, interpretando erroneamente la aprobacion muda de aquel joven que hasta entonces le habia escuchado con sonrisa hostil, anadio: -Hora es ya de hacer en Francia el ensayo de la cultura alemana, implantandola como vencedores. Aqui le interrumpio Argensola: «?Y si la cultura alemana no existiese, como lo afirma un aleman celebre?» Necesitaba contradecir a este pedante que los abrumaba con su orgullo. Hartrott casi salto de su asiento al escuchar tal duda. -?Que aleman es ese? -?Nietzsche! El profesor lo miro con lastima. Nietzsche habia dicho a los hombres: «Sed duros», afirmando que «una buena guerra santificaba toda causa». Habia alabado a Bismarck; habia tomado parte en la guerra del 70; habia glorificado al aleman cuando hablaba del leon risueno y de la fiera rubia. Pero Argensola lo escucho con la tranquilidad del que pisa un terreno seguro. ?Oh tardes de placida lectura junto a la chimenea del estudio, oyendo chocar la lluvia en los vidrios del ventanal!... -El filosofo ha dicho eso -contesto- y ha dicho otras cosas diferentes, como todos los que piensan mucho. Su doctrina es de orgullo, pero de orgullo individual, no de orgullo de nacion ni de raza. El hablo siempre contra la mentirosa supercheria de las razas. Argensola recordaba palabra por palabra a su filosofo. Una cultura, segun este, era la «unidad de estilo en todas las manifestaciones de la vida». La ciencia no supone cultura. Un gran saber puede ir acompanado de una gran barbarie, por la ausencia de estilo o la confusion caotica de todos los estilos. Alemania, en opinion de Nietzsche, no tenia cultura propia por su carencia de estilo. «Los franceses -habia dicho- estan a la cabeza de una cultura autentica y fecunda, sea cual sea su valor, y hasta el presente todos hemos tomado de ella». Sus odios se concentraban sobre su propio pais. «No puedo soportar la vida en Alemania. El espiritu de servilismo y mezquineria penetra por todas partes... Yo no creo mas que en la cultura francesa, y todo lo demas que se llama Europa culta me parece una equivocacion. Los raros casos de alta cultura que he encontrado en Alemania eran de origen frances». -Ya sabe usted- continuo Argensola- que, al pelearse con Wagner por el exceso de germanismo en su arte, proclamo la necesidad de mediterraneizar en musica. Su ideal fue una cultura para toda Europa, pero con base latina. Julius von Hartrott contesto desdenosamente, repitiendo las mismas palabras del espanol. Los hombres que piensan mucho dicen muchas cosas. Ademas, Nietzsche era un poeta que habia muerto en plena demencia, y no figuraba entre los sabios de la Universidad. Su fama la habian labrado n el extranjero... Y no volvio a ocuparse mas de aquel joven, como si se hubiese evaporado despues de sus atrevidas objeciones. Toda su atencion la concentraba ahora en Desnoyers. -Este pais -continuo- lleva la muerte en sus entranas. ?Como dudar de que surgira en el una revolucion apenas estalle la guerra?... Tu no has presenciado las agitaciones del bulevar con motivo del proceso Caillaux. Reaccionarios y revolucionarios se han insultado hasta hace tres dias. Yo he visto como se desafiaban con gritos y canticos, como se golpeaban en medio de la calle. Y esta division de opiniones aun se acentuara mas cuando nuestras tropas crucen las fronteras. Sera la guerra civil. Los antimilitaristas claman, creyendo que esta en manos de su Gobierno el evitar el choque... ?Pais degenerado por la democracia y por la inferioridad de su celtismo triunfante, deseoso de todas las libertades!... Nosotros somos el unico pueblo libre de la Tierra, porque sabemos obedecer. La paradoja hizo sonreir a Julio. ?Alemania unico pueblo libre!... -Asi es -afirmo con energia von Hartrott-. Tenemos la libertad que conviene a un gran pueblo: la libertad economica e intelectual.






-?Y la libertad politica?... El profesor acogio esta pregunta con un gesto de menosprecio. -?La libertad politica!... Unicamente los pueblos decadentes e ingobernables, las razas inferiores, ansiosas de igualdad y confusion democratica, hablan de libertad politica. Los alemanes no la necesitamos. Somos un pueblo de amos, que reconoce la jerarquia y desea ser mandado por los que nacieron superiores. Nosotros tenemos el genio de la organizacion. Este era, segun el doctor, el gran secreto aleman, y la raza germanica, al apoderarse del mundo, haria participes a todos de su descubrimiento. Los pueblos quedarian organizados de modo que el individuo diese el maximo de su rendimiento en favor de la sociedad. Los hombres, regimentados para toda clase de producciones, obedeciendo como maquinas a una direccion superior y dando la mayor suma posible de trabajo: he aqui el estado perfecto. La libertad era una idea puramente negativa si no iba acompanada de un concepto positivo que la hiciese util. Los dos amigos escucharon con asombro la descripcion del futuro que ofrecia al mundo la superioridad germanica. Cada individuo sometido a una produccion intensiva, lo mismo que un pedazo de huerta del que desea sacar el dueno el mayor numero de verduras... El hombre convertido en un mecanismo..., nada de operaciones inutiles que no proporcionan un resultado inmediato... ?Y el pueblo que proclamaba este ideal sombrio era el mismo de los filosofos y los sonadores, que habian dado a la contemplacion y la reflexion el primer lugar en su existencia!... Hartrott volvio a insistir en la inferioridad de los enemigos de su raza. Para luchar se necesitaba fe, una confianza inquebrantable en la superioridad de las propias fuerzas. -A estas horas, en Berlin todos aceptan la guerra, todos creen seguro el triunfo, ?mientras que aqui! ... No digo que los franceses sientan miedo. Tienen un pasado de bravura que los galvaniza en ciertos momentos. Pero estan tristes, se adivina que harian cualquier sacrificio por evitar lo que se les viene encima. El pueblo gritara de entusiasmo en el primer instante, como grita siempre que lo llevan a su perdicion. Las clases superiores no tienen confianza en el porvenir, callan o mienten, pero en todos se adivina el presentimiento del desastre. Ayer hable con tu padre. Es frances y es rico. Se muestra indignado contra los Gobiernos de su pais porque le comprometen en conflictos europeos por defender a pueblos lejanos y sin interes. Se queja de los patriotas exaltados, que han mantenido abierto el abismo entre Alemania y Francia, imponiendo una reconciliacion. Dice que Alsacia y Lorena no valen lo que costara una guerra en hombres y dinero... Reconoce nuestra grandeza; asegura que hemos progresado tan aprisa, que jamas podran alcanzarnos los demas pueblos... Y como tu padre piensan muchos otros: todos los que se hallan satisfechos de su bienestar y temen perderlo. Creeme: un pais que duda y teme la guerra esta vencido antes de la primera batalla. Julio mostro cierta inquietud, como si pretendiese cortar la conversacion. -Deja a mi padre. Hoy dice eso porque la guerra no es todavia un hecho, y el necesita contradecir, indignarse con todo el que se halla a su alcance. Manana tal vez dira lo contrario... Mi padre es un latino. El profesor miro su reloj. Debia marcharse: aun le quedaban muchas cosas que hacer antes de dirigirse a la estacion. Los alemanes establecidos en Paris habian huido en grandes bandas, como si circulase entre ellos una orden secreta. Aquella tarde iban a partir los ultimos que aun se mantenian en la capital ostensiblemente. -He venido a verte por afecto de familia, porque era mi deber darte un aviso. Tcu eres extranjero y nada te retiene aqui. Si deseas presenciar un gran acontecimiento historico, quedate. Pero mejor sera que te marches. La guerra va a ser dura, muy dura, y si Paris intenta resistirse como la otra vez, presenciaremos cosas terribles. Los medios ofensivos han cambiado mucho. Desnoyers hizo un gesto de indiferencia.





-Lo mismo que tu padre -continuo el profesor-. Anoche, el y tu familia me contestaron de igual modo. Hasta mi madre prefiere quedarse al lado de su hermana, diciendo que los alemanes son muy buenos, muy civilizados, y nada puede temerse de ellos cuando triunfen. Al doctor parecia molestarle esta buena opinion. -No se dan cuenta de lo que es la guerra moderna; ignoran que nuestros generales han estudiado el arte de reducir al enemigo rapidamente y que lo emplearan con un metodo implacable. El terror es el unico medio, ya que perturba el entendimiento del contrario, paraliza su accion, pulveriza su resistencia. Cuanto mas feroz sea la guerra, mas corta resultara: castigar con dureza es proceder humanamente. Y Alemania va a ser cruel, con una crueldad nunca vista, para que no se prolongue la lucha. Habia abandonado su asiento, requiriendo el baston y el sombrero de paja. Argensola lo miraba con franca hostilidad. El profesor, al pasar junto a el, solo hizo un rigido y desdenoso movimiento de cabeza. Luego se dirigio hacia la puerta, acompanado por su primo. La despedida fue breve. -Te repito mi consejo. Si no amas el peligro, marchate. Puede ser que me equivoque, y esta gente, convencida de que su defensa resulta inutil, se entregue buenamente... De todos modos, pronto nos veremos. Tendre el gusto de volver a Paris cuando la bandera del Imperio flote sobre la torre Eiffel. Asunto de tres o cuatro semanas. A principios de septiembre, con seguridad. Francia iba a desaparecer; para el doctor, era indudable su muerte. -Quedara Paris -anadio-, quedaran los franceses, porque un pueblo no se suprime facilmente; pero ocuparan el lugar que les corresponde. Nosotros gobernaremos el mundo; ellos se cuidaran de inventar modas, haran agradable la vida al extranjero que los visite, y en el terreno intelectual los estimularemos para que eduquen actrices bonitas, produzcan novelas entretenidas y discurran comedias graciosas... Nada mas. Desnoyers rio mientras estrechaba la mano a su primo, fingiendo tomar sus palabras como paradojas. -Hablo en serio -continuo Hartrott-. La ultima hora de la Republica francesa como nacion importante ha sonado. La he visto de cerca y no merece otra suerte. Desorden y falta de confianza arriba; entusiasmo esteril abajo. Al volver la cabeza vio otra vez la sonrisa de Argensola. -Y nosotros entendemos un poco de esto -anadio agresivamente-. Estamos acostumbrados a examinar los pueblos que fueron, a estudiarlos fibra por fibra, y podemos conocer con una sola ojeada la psicologia de los que aun viven. El bohemio creyo ver a un cirujano hablando con suficiencia de los misterios de la voluntad ante un cadaver. ?Que sabia de la vida este pedante interpretador de documentos muertos! Cuando se cerro la puerta fue al encuentro de su amigo, que volvia desalentado. Argensola ya no tenia por loco al doctor Julius von Hartrott. -?Que bruto! -exclamo, levantando los brazos-. ?Y pensar que viven sueltos estos fabricantes de sombrios errores!... ?Quien diria que son de la misma tierra que produjo a Kant, el pacifista; al sereno Goethe, a Beethoven... Haber creido tantos anos que formaban una nacion de sonadores y filosofos ocupados en trabajar desinteresadamente por todos los hombres! La farsa de un geografo aleman revivio en su memoria como una explicacion: «El germano es un bicefalo. Con una cabeza suena y poetiza, mientras con la otra piensa y ejecuta». Desnoyers se mostraba desesperado por la certidumbre de la guerra. Este profesor le parecia mas temible que el consejero y los otros burgueses alemanes que habia conocido en el buque. Su tristeza no era unicamente por el pensamiento egoista de que la catastrofe iba a estorbar la realizacion de sus deseos y los de Margarita. Descubria de pronto, en esa hora de incertidumbre, que amaba a Francia. Veia en ella la patria de su padre y el pais de la gran Revolucion... El, aunque no se habia






mezclado nunca en las luchas de la politica, era republicano y habia reido muchas veces de ciertos amigos suyos que adoraban a reyes y emperadores, considerando esto como un signo de distincion. Argensola pretendio reanimarle. -?Quien sabe! Este es un pais de sorpresas. Al frances hay que verlo a la hora en que procura remediar sus improvisaciones. Diga lo que diga el barbaro de tu primo, hay entusiasmo, hay orden. Peor que nosotros debieron de verse los que vivian antes de lo de Valmy. Todo desorganizado; como unica defensa, batallones de obreros y campesinos que por primera vez tomaban un fusil. Y, sin embargo, la Europa de las viejas monarquias no supo como librarse durante veinte anos de estos guerreros improvisados.


                                         V


                         DONDE APARECEN LOS CUATRO JINETES


Los dos amigos vivieron en los dias siguientes una vida febril, considerablemente agrandada por la rapidez con que se sucedian los acontecimientos. Cada hora engendraba una novedad -las mas de las veces falsa-, que removia la opinion con rudo vaiven. Tan pronto el peligro de la guerra aparecia conjurado, como circulaba la voz de que la movilizacion iba a ordenarse dentro de unos minutos. Veinticuatro horas representaban las inquietudes, la ansiedad y el desgaste nervioso de un ano normal. Y lo que agravaba mas esta situacion era la incertidumbre, la espera del acontecimiento temido y todavia invisible, la angustia por el peligro que nunca acaba de llegar. La Historia se extendia desbordada fuera de sus cauces, sucediendose los hechos como los oleajes de una inundacion. Austria declaraba la guerra a Servia, mientras los diplomaticos de las grandes potencias seguian trabajando por evitar el conflicto. La red electrica tendida en torno del planeta vibraba incesantemente en la profundidad de los Oceanos y sobre el relieve de los continentes, transmitiendo esperanzas o pesimismos. Rusia movilizaba una parte de su Ejercito. Alemania, que tenia tropas prontas con pretexto de maniobras, decretaba el estado de amenaza de guerra. Los austriacos, sin aguardar las gestiones de la diplomacia, iniciaban el bombardeo de Belgrado. Guillermo II, temiendo que la intervencion de las potencias solucionase el conflicto entre el zar y el emperador de Austria, forzaba el curso de los acontecimientos declarando la guerra a Rusia. Luego, Alemania se aislaba, cortando las lineas ferreas y las lineas telegraficas para amasar en el misterio sus fuerzas de invasion. Francia presenciaba esta avalancha de acontecimientos sobria en palabras y manifestaciones de entusiasmo. Una resolucion fria y grave animaba a todos interiormente. Dos generaciones habian venido al mundo recibiendo, al abrir los ojos de la razon, la imagen de una guerra que forzosamente llegaria alguna vez. Nadie la deseaba: la imponian los adversarios... Pero todos la aceptaban, con el firme proposito de cumplir su deber. Paris callaba durante el dia con el enfurrunamiento de sus preocupaciones. Solo algunos grupos de patriotas exaltados, siguiendo los tres colores de la bandera, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo. Las gentes se abordaban en las calles amistosamente. Todos se conocian sin haberse visto nunca. Los ojos atraian a los ojos; las sonrisas parecian engancharse mutuamente con la simpatia de una idea comun. Las mujeres estaban tristes, pero hablaban fuerte para ocultar sus emociones. En el largo crepusculo de verano, los bulevares se llenaban de gentio. Los barrios extremos confluian al centro de la ciudad, como en los dias ya remotos de las revoluciones. Se juntaban los grupos,





formando una aglomeracion sin termino, de la que surgian gritos y canticos. Las manifestaciones pasaban por el centro, bajo los faroles electricos que acababan de inflamarse. El desfile se prolongaba hasta medianoche, y la bandera nacional aparecia sobre la muchedumbre andante, escoltada por las banderas de otros pueblos. En una de estas noches de sincero entusiasmo fue cuando los dos amigos escucharon una noticia inesperada, absurda: «Han matado a Jaures». Los grupos la repetian con una extraneza que parecia sobreponerse al dolor: «?Asesinado Jaures! ?Y por que» El buen sentido popular, que busca por instinto una explicacion a todo atentado, quedaba en suspenso, sin poder orientarse. ?Muerto el tribuno precisamente en el momento que mas util podia resultar su palabra de caldeador de muchedumbres!... Argensola penso inmediatamente en Tchernoff: «?Que dira nuestro vecino?...» Las gentes de orden temian una revolucion. Desnoyers creyo por unos momentos que iban a cumplirse los sombrios vaticinios de su primo. Este asesinato, con sus correspondientes represalias, podia ser la senal de una guerra civil. Pero las masas del pueblo, transidas d dolor por la muerte de su heroe, permanecian en tragico silencio. Todos veian mas alla del cadaver la imagen de la patria. A la manana siguiente el peligro se habia desvanecido. Los obreros hablaban de generales y de guerra, ensenandose mutuamente sus libretas de soldados, anunciando la fecha en que debian partir, asi que se publicase la orden de movilizacion: «Yo salgo el segundo dia». «Yo, el primero». Los del ejercito activo que estaban con permiso en sus casas eran llamados individualmente a los cuarteles. Se sucedian con atropellamiento los sucesos, todos en una misma direccion: la guerra, los alemanes se permitian avanzar en la frontera francesa, cuando su embajador todavia estaba en Paris haciendo promesas de paz. Al dia siguiente de la muerte de Jaures, el 1 de agosto, a media tarde, la muchedumbre se agolpo ante unos pedazos de papel escritos a mano con visible precipitacion. Estos papeles precedieron a otros mas grandes e impresos llevando en su cabecera dos banderitas cruzadas. «Ya llego, ya es un hecho...» Era la orden de movilizacion general. Francia entera iba a correr a las armas. Y los pechos parecieron dilatarse con un suspiro de desahogo. Los ojos brillaban de satisfaccion. ?Terminada la pesadilla!... Era preferible la cruel realidad a una incertidumbre de dias y dias que los prolongaba como si fuesen semanas. En vano el presidente Poincare, animado por una ultima esperanza, se dirigia a los franceses para explicar que la movilizacion no es la guerra y que un llamamiento a las armas solo representaba una medida preventiva. «Es la guerra, la guerra inevitable», decia la muchedumbre con expresion fatalista. Y los que iban a partir en la misma noche o al dia siguiente se mostraban los mas entusiastas y animosos: «Ya que nos buscan, nos encontraran. ?Viva Francia!». El Canto de partida, himno de marcha de los voluntarios de la primera Republica, habia sido exhumado por el instinto del pueblo, que pide su voz al arte en los momentos criticos. Los versos del convencional Chenier, adaptados a una musica de guerrera gravedad, resonaban en las calles al mismo tiempo que La Marsellesa:

                                                  La Republique nous appelle,                                  sachons vaincre ou sachons perir;                                  un francais doit vivre pour elle,
                                                                 pour elle un francais doit mourir.

La movilizacion empezaba a las doce en punto de la noche. Desde el crepusculo circularon por las calles grupos de hombres que se dirigian a las estaciones. Sus familias marchaban con ellos, llevando la maleta o el fardo de ropas. Los amigos del barrio los escoltaban. Una bandera tricolor iba al frente de estos pelotones. Los oficiales de reserva se enfundaban en sus uniformes, que ofrecian todas las molestias de los trajes largamente olvidados. Con el vientre oprimido por la correa





y el revolver al costado, caminaban en busca del ferrocarril que habia de conducirlos al punto de concentracion. Uno de sus hijos llevaba el sable oculto en una funda de tela. La mujer, apoyada en su brazo, triste y orgullosa al mismo tiempo, dirigia con amoroso susurro sus ultimas recomendaciones. Circulaban con toda velocidad tranvias, automoviles y fiacres. Nunca se habian visto en las calles de Paris tantos vehiculos. Y, sin embargo, los que necesitaban uno llamaban en vano a los conductores. Nadie queria servir a los civiles. Todos los medios de transporte eran para los militares; todas las carreras terminaban en las estaciones de ferrocarril. Los pesados camiones de la Intendencia, llenos de sacos, eran saludados por el entusiasmo general: «?Viva el Ejercito!» Los soldados en traje de mecanica que iban tendidos en la cuspide de la piramide rodante contestaban a la aclamacion moviendo los brazos y profiriendo gritos que nadie llegaba a entender. La fraternidad habia creado una tolerancia nunca vista. Se empujaba la muchedumbre, guardando en sus encuentros una buena educacion inalterable. Chocaban los vehiculos, y cuando los conductores, a impulsos de la costumbre, iban a injuriarse, intervenia el gentio y acababan por darse las manos. «?Viva Francia!» Los transeuntes que escapaban de entre las ruedas de los automoviles reian, increpando bondadosamente al chofer: «?Matar a un frances que va en busca de su regimiento!» Y el conductor contestaba: «Yo tambien partire dentro de unas horas. Este es mi ultimo viaje». Los tranvias y omnibus funcionaban con creciente irregularidad asi como avanzaba la noche. Muchos empleados habian abandonado sus puestos para decir adios a la familia y tomar el tren. Toda la vida de Paris se concentraba en media docena de rios humanos que iban a desembocar en las estaciones. Desnoyers y Argensola se encontraron en un cafe del bulevar cerca de la medianoche. Los dos estaban fatigados por las emociones del dia, con la depresion nerviosa que sigue a los espectaculos ruidosos y violentos. Necesitaban descansar. La guerra era un hecho, y despues de esta certidumbre, no sentian ansiedad por adquirir noticias nuevas. La permanencia en el cafe les resulto intolerable. En la atmosfera ardiente y cargada de humo, los consumidores cantaban y gritaban, agitando pequenas banderas. Todos los himnos pasados y presentes eran entonados a coro, con acompanamiento de copas y platillos. El publico, algo cosmopolita, revistaba las naciones de Europa para saludarlas con sus rugidos de entusiasmo. Todas, absolutamente todas, iban a estar al lado de Francia. «?Viva!... ?Viva!» Un matrimonio viejo ocupaba una mesa junto a los dos amigos. Eran rentistas de vida ordenada y mediocre, que tal vez no recordaba en toda su existencia haber estado despiertos a tales horas. Arrastrados por el entusiasmo, habian descendido al bulevar para ver la guerra mas de cerca. El idioma extranjero que empleaban los vecinos dio al marido una alta idea de su importancia. -?Ustedes creen que Inglaterra marchara con nosotros? Argensola sabia tanto como el; pero contesto con autoridad: -Seguramente; es cosa decidida. El viejo se puso en pie: -?Viva Inglaterra! Y, acariciado por los ojos admirativos de su esposa, empezo a entonar una cancion patriotica olvidada, marcando con movimientos de brazos el estribillo, que muy pocos alcanzaban a seguir. Los dos amigos tuvieron que emprender a pie el regreso a su casa. No encontraron un vehiculo que quisiera recibirlos: todos iban en direccion opuesta, hacia las estaciones. Ambos estaban de mal humor; pero Argensola no podia marchar en silencio. -«?Ah las mujeres!» Desnoyers conocia sus honestas relaciones desde algunos meses antes con una midinette de la rue Taibout. Paseos los domingos por los alrededores de Paris, varias idas al cinematografo, comentarios sobre las sublimidades de la ultima novela publicada en el folleton de un diario popular,






besos a la despedida, cuando ella tomaba al anochecer el tren de Bois-Colombes para dormir en el domicilio paterno: eso era todo. Pero Argensola contaba malignamente con el tiempo, que madura las virtudes mas acidas. Aquella tarde habian tomado el aperitivo con un amigo frances que partia a la manana siguiente para incorporarse a su regimiento. La muchacha lo habia visto varias veces con el, sin que mereciese especial atencion; pero ahora lo admiro de pronto, como si fuese otro. Habia renunciado a volver esta noche a la casa de sus padres: queria ver como empieza una guerra. Comieron los tres juntos, y todas las atenciones de ella fueron para el que se iba, Hasta se ofendio con repentino pudor porque Argensola quiso hacer uso del derecho de prioridad, buscando su mano por debajo de la mesa. Mientras tanto, casi desplomaba su cabeza sobre el hombro del futuro heroe, envolviendolo con miradas de admiracion. -?Y se han ido!... ?Se han ido juntos -dijo rencorosamente-. He tenido que abandonarlos para no prolongar mi triste situacion. ?Haber trabajado tanto... para otro! Callo un momento, y, cambiando el curso de sus ideas, anadio: -Reconozco, sin embargo, que su conducta es hermosa. ?Que generosidad la de las mujeres cuando creen llegado el momento de ofrecer!... Su padre le inspira gran miedo por sus coleras, y, sin embargo, se queda una noche fuera de casas con uno a quien apenas conoce y en el que no pensaba a media tarde... La nacion siente gratitud por los que van a exponer su existencia, y ella, la pobrecilla, desea hacer algo tambien por los destinados a la muerte, darles un poco de felicidad en la ultima hora..., y regala lo mejor que posee, lo que no puede recobrarse nunca. He hecho un mal papel... Riete de mi; pero confiesa que esto es hermoso. Desnoyers rio, efectivamente, del infortunio de su amigo, a pesar de que el tambien sufria grandes contrariedades, guardadas en secreto. No habia vuelto a ver a margarita despues de la primera entrevista. Solo tenia noticias de ella por varias cartas... ?Maldita guerra! ?Que trastorno para las gentes felices! La madre de Margarita estaba enferma. Pensaba en su hijo, que era oficial y debia partir el primer dia de la movilizacion. Ella estaba inquieta igualmente por su hermano, y consideraba importuno ir al estudio mientras en su casa gemia la madre. ?Cuando iba a terminar esta situacion? Le preocupaba tambien aquel cheque de cuatrocientos mil francos traidos de America. El dia anterior habian excusado su pago en el Banco por falta de aviso. Luego declararon que tenian el aviso, pero tampoco le dieron el dinero. En aquella tarde, cuando los establecimientos de credito estaban ya cerrados, el gobierno habia lanzado un decreto estableciendo la moratoria, para evitar una bancarrota general a consecuencia del panico financiero. ?Cuando le pagarian?... Tal vez cuando terminase la guerra que aun no habia empezado; tal vez nunca. El no tenia otro dinero efectivo que dos mil francos escasos que le habian sobrado del viaje. Todos sus amigos se encontraban en una situacion angustiosa, privados de recibir las cantidades que guardaban en los Bancos. Los que poseian algun dinero estaban obligados a emprender una peregrinacion de tienda en tienda o formar cola a la puerta de los Bancos para cambiar un billete. ?Ah la guerra! ?La estupida guerra! En mitad de los Campos Eliseos vieron a un hombre con sombrero de alas anchas, que marchaba delante de ellos lentamente y hablando solo. Argensola lo reconocio al pasar junto a un farol: «El amigo Tchernoff». El ruso, al devolver el saludo, dejo escapar del fondo de su barba un ligero olor de vino. Sin invitacion alguna arreglo su paso al de ellos, siguiendolos hacia el Arco del Triunfo. Julio solo habia cruzado silenciosos saludos con este amigo de Argensola al encontrarlo en el zaguan de la casa. Pero la tristeza ablanda el animo y hace buscar como una sombra refrescante la amistad de los humildes. Tchernoff, por su parte, miro a Desnoyers como si lo conociese toda su vida. Habia interrumpido su monologo, que solo escuchaban las masas de negra






vegetacion, los bancos solitarios, la sombra azul perforada por el temblor rojizo de los faroles, la noche veraniega con su cupula de calidos soplos y siderales parpadeos. Dio algunos pasos sin hablar, como una muestra de consideracion a los acompanantes, y luego reanudo sus razonamientos, tomandolos donde los habia abandonado, sin dar explicacion alguna, como si marchase solo. -... y a estas horas gritaran de entusiasmo lo mismo que los de aqui, creeran de buena fe que van a defender a su patria provocada, querran morir por sus familias y hogares, que nadie ha amenazado. -?Quienes son esos, Tchernoff? -pregunto Argensola. Lo miro el ruso fijamente, como si extranase su pregunta. -Ellos -dijo con laconismo. Los dos entendieron... «?Ellos!» No podian ser otros. -Yo he vivido diez anos en Alemania -continuo, dando mas conexion a sus palabras al verse escuchado-. Fui corresponsal del diario en Berlin, y conozco a aquellas gentes. Al pasar por el bulevar lleno de muchedumbre he visto con la imaginacion lo que ocurre alla a estas horas. Tambien cantan y rugen de entusiasmo, agitando banderas. Son iguales exteriormente unos y otros; pero ?que diferencia por dentro!... Anoche, en el bulevar, la gente persiguio a unos vocingleros que gritaban: «?A Berlin!» Es un grito de mal recuerdo y de peor gusto. Francia no quiere conquistas; su unico deseo es ser respetada, vivir en paz, sin humillaciones ni intranquilidades. Esta noche, dos movilizados decian al marcharse: «Cuando entremos en Alemania les impondremos la Republica...» La Republica no es una cosa perfecta, amigos mios; pero representa algo mejor que vivir bajo un monarca irresponsable por la gracia de Dios. Cuando menos, supone tranquilidad y ausencia de ambiciones personales que perturben la vida. Y yo me he conmovido ante el sentimiento general de estos dos obreros, que, en vez de pensar en el exterminio de sus enemigos, quieren corregirlos, dandoles lo que ellos consideran mejor. Callo Tchernoff breves momentos para sonreir ironicamente ante el espectaculo que se ofrecia a su imaginacion. -En Berlin, las masas expresan su entusiasmo en forma elevada, como conviene a un pueblo superior. Los de abajo, que se consuelan de sus humillaciones con un grosero materialismo, gritan a estas horas: «?A Paris! ?Vamos a beber champana gratis!» La burguesia pietista, capaz de todo por alcanzar un nuevo honor, y la aristocracia, que ha dado al mundo los mayores escandalos de los ultimos anos, gritan igualmente: «?A Paris!» Paris es la Babilonia del pecado, la ciudad del Moulin Rouge y los restaurantes de Montmartre, unicos lugares que ellos conocen... Y mis camaradas de la Socialdemocracia tambien gritan; pero a estos les han ensenado otro cantico: «?A Moscu! ?A Petersburgo! ?Hay que aplastar a la tirania rusa, peligro de la civilizacion!» El kaiser manejando la tirania de otro pais como un espantajo para su pueblo... ?que risa! Y la carcajada del ruso sono en el silencio de la noche como un tableteo. -Nosotros somos mas civilizados que los alemanes -dijo cuando ceso de reir. Desnoyers, que lo escuchaba con interes, hizo un movimiento de sorpresa, y se dijo: «Este Tchernoff ha bebido algo». -La civilizacion -continuo- no consiste unicamente en una gran industria, en muchos barcos, ejercitos y numerosas Universidades que solo ensenan ciencia. Esta es una civilizacion material. Hay otra superior que eleva el alma y no permite que la dignidad humana sufra sin protesta continuas humillaciones. Un ciudadano suizo que vive en su chalet de madera, considerandose igual a los demas hombres de su pais, es mas civilizado que el Herr Professor, que tiene que cederle el paso a un teniente, o el rico de Hamburgo, que se encorva como un lacayo ante el que ostenta la particula von. Aqui el espanol asintio, como si adivinase lo que Tchernoff iba a anadir. -Los rusos sufrimos una gran tirania. Yo se algo de esto. Conozco el hambre y el frio de los calabozos, he vivido en Siberia... Pero frente a nuestra tirania ha






existido siempre una protesta revolucionaria. Una parte de la nacion es medio barbara; pero el resto tiene una mentalidad superior, un espiritu de alta moral que le hace arrostrar peligros y sacrificios por la libertad y la verdad... ?Y Alemania? ?Quien ha protestado en ella jamas para defender los derechos humanos? ?Que revoluciones se han conocido en Prusia, tierra de grandes despotas? El fundador del militarismo, Federico Guillermo, cuando se cansaba de dar palizas a su esposa y escupir en los platos de sus hijos, salia a la calle garrote en mano para golpear a los subditos que no huian a tiempo. Su hijo, Federico el Grande, declaro que moria aburrido de gobernar a un pueblo de esclavos. En dos siglos de historia prusiana, una sola revolucion: las barricadas en mil ochocientos cuarenta y ocho, mala copia berlinesa de la revolucion de paris, y sin resultado alguno. Bismarck apreto la mano para aplastar los ultimos intentos de protesta, si es que realmente existian. Y cuando sus amigos le amenazaban con una revolucion, el junker feroz se llevaba las manos a los ijares, lanzando las mas insolentes de sus carcajadas. ?Una revolucion en Prusia!... Nadie como el conocia a su pueblo. Tchernoff no era patriota. Muchas veces le habia oido Argensola hablar contra su pais. Pero se indignaba al considerar el desprecio con que el orgullo germanico trataba al pueblo ruso. ?Donde estaba, en los ultimos cuarenta anos de grandeza imperialista, la hegemonia intelectual de que alardeaban los alemanes?... Excelentes peones de la ciencia; sabios tenaces y de vista corta, confinando cada uno en su especialidad; benedictinos del laboratorio, que trabajaban mucho y acertaban algunas veces a traves de enormes equivocaciones dadas como verdades por ser suyas: eso era todo. Y al lado de tanta laboriosidad paciente y digna de respeto, ?que de charlatanismo! ?Que de grandes nombres explotados como una muestra de tienda! ?Cuantos sabios metidos a hoteleros de sanatorio!... Un Herr Professor descubria la curacion de la tisis, y los tisicos continuaban muriendo como antes. Descubria la curacion de la tisis, y los tisicos continuaban muriendo como antes. Otro rotulaba con una cifra el remedio vencedor de la mas inconfesable de las enfermedades, y la peste genital seguia azotando al mundo. Y todos estos errores representaban fortunas considerables: cada panacea salvadora daba lugar a la constitucion de una Sociedad industrial, vendiendose los productos a enormes precios, como si el dolor fuese un privilegio de los ricos. ?Cuan lejos de ese bluff Pasteur y otros sabios de los pueblos inferiores, que libraban al mundo sus secretos sin prestarse a monopolios! -La ciencia alemana - continuo Tchernoff- ha dado mucho a la Humanidad, lo reconozco; pero la ciencia de otras naciones ha dado mucho igualmente. Solo un pueblo loco de orgullo puede imaginar que el lo es todo para la civilizacion y los demas no son nada... Aparte de sus sabios especialista, ?que genio ha producido en nuestros tiempos esa Alemania que se cree universal? Wagner es el ultimo romantico, cierra una epoca y pertenece al pasado. Nietzsche tuvo empeno en demostrar su origen polaco y abomino de Alemania, pais, segun el, de burgueses pedantes. Su eslavismo era tan pronunciado, que hasta profetizo el aplastamiento de los germanos por los eslavos... Y no quedan mas. Nosotros, pueblo salvaje, hemos dado al mundo en los ultimos tiempos artistas de una grandeza moral admirable. Tolstoy y Dostoyevski son universales. ?Que nombres puede colocar enfrente de ellos la Alemania de Guillermo Segundo?... Su pais fue la patria de la musica; pero los musicos rusos del presente son mas originales que los continuadores del wagnerismo, que se refugian en las exasperaciones de la orquesta para ocultar su mediocridad... El pueblo aleman tuvo genios en su epoca de dolor, cuando aun no habia nacido el orgullo pangermanista, cuando no existia el Imperio. Goethe, Schiller, Beethoven, fueron subditos de pequenos principados. Recibieron la influencia de otros paises, contribuyeron a la civilizacion universal, como ciudadanos del mundo, sin ocurrirseles que el mundo debia hacerse germanico porque prestaba atencion a sus obras. El zarismo habia cometido atrocidades. Tchernoff lo sabia por experiencia y no






necesitaba que los alemanes vinieran a contarselo. Pero todas las clases ilustradas de Rusia eran enemigas de la tirania y se levantaban contra ella. ?Donde estaban en Alemania los intelectuales enemigos del zarismo prusiano? Callaban o prorrumpian en adulaciones al ungido de Dios, musico y comediante como Neron, de una inteligencia viva y superficial, que, por tocarlo todo, creia saberlo todo. Ansioso de alcanzar una postura escenica en la Historia, habia acabado por afligir al mundo con la mas grande de las calamidades. -?Por que ha de ser rusa la tirania que pesa sobre mi pais? Los peores zares fueron imitadores de Prusia. En nuestros tiempos, cada vez que el pueblo ruso o polaco ha intentado reivindicar sus derechos, los reaccionarios emplearon al kaiser como una amenaza, afirmando que vendria en su auxilio. Una mitad de la aristocracia rusa es alemana; alemanes de los generales que mas se han distinguido acuchillando al pueblo; alemanes los funcionarios que sostienen y aconsejan la tirania; alemanes los oficiales que se encargan de castigar con matanzas las huelgas obreras y la rebelion de los pueblos anexionados. El eslavo reaccionario es brutal, pero tiene el sentimentalismo de una raza en la que muchos principes se hacen nihilistas. Levanta el latigo con facilidad, pero luego se arrepiente, y, a veces, llora. Yo he visto a oficiales rusos suicidarse por no marchar contra el pueblo o por el remordimiento de haber ejecutado matanzas. El aleman al servicio del zarismo no siente escrupulos ni lamenta su conducta: mata friamente, con metodo minucioso y exacto, como todo lo que ejecuta. El ruso es barbaro, pega y se arrepiente; el aleman civilizado fusila sin vacilacion. Nuestro zar, en su ensueno humanitario de eslavo, acaricio la utopia generosa de la paz universal, organizando las conferencias de La Haya. El kaiser de la cultura ha trabajado anos y anos en el montaje engrasamiento de un organismo destructivo como nunca se conocio para aplastar a toda Europa. El ruso es un cristiano humilde, igualitario, democratico, sediento de justicia; el aleman alardea de cristianismo, pero es un idolatra como los germanos de otros siglos. Su religion ama la sangre y mantiene las castas; su verdadero culto es el de Odin, solo que ahora el dios de la matanza ha cambiado el nombre y se llama el estado. Se detuvo un instante Tchernoff, tal vez para apreciar mejor la extraneza de sus acompanantes, y dijo luego con simplicidad: -Yo soy cristiano. Argensola, que conocia las ideas y la historia del ruso, hizo un movimiento de asombro. Julio insistio en sus sospechas: «Decididamente, este Tchernoff esta borracho». -Es verdad -continuo- que me preocupo de Dios y no creo en los dogmas; pero mi alma es cristiana como la de todos los revolucionarios. La filosofia de la democracia moderna es un cristianismo laico. Los socialistas amamos al humilde, al menesteroso, al debil. Defendemos su derecho a la vida y al bienestar, lo mismo que los grandes exaltados de la religion, que vieron en todo infeliz a un hermano. Nosotros exigimos el respeto para el pobre en nombre de la justicia: los otros lo piden en nombre de la piedad. Pero unos y otros buscamos que los hombres se pongan de acuerdo para una vida mejor: que el fuerte se sacrifique por el debil, el poderoso por el humilde y el mundo se rija por la fraternidad, buscando la mayor igualdad posible. El eslavo resumia la historia de las aspiraciones humanas. El pensamiento griego habia puesto el bienestar en la Tierra, pero solo para unos cuantos, para los ciudadanos de sus pequenas democracias, para los hombres libres, dejando abandonados a su miseria a los esclavos y los barbaros, que constituian la mayor parte. El cristianismo, religion de humildes, habia reconocido a todos los seres el derecho a la felicidad, pero esta felicidad la colocaba en el Cielo, lejos de este mundo, valle de lagrimas. La Revolucion y sus herederos, los socialistas ponian la felicidad en las realidades inmediatas de la tierra, lo mismo que los antiguos, y hacian participes de ella a todos los hombres, lo mismo que los cristianos.






-?Donde esta el cristianismo de la Alemania presente?... Hay mas espiritu cristiano en el socialismo de la laica Republica francesa, defensora de los debiles, que en la religiosidad de los junkers conservadores. Alemania se ha fabricado un Dios a su semejanza, y cuando cree adorarlo, es su propia imagen lo que adora. El Dios aleman es un reflejo del Estado aleman, que considera la guerra como la primera funcion de un pueblo y la mas noble de las ocupaciones. Otros pueblos cristianos, cuando tienen que guerrear, sienten la contradiccion que existe entre su conducta y el Evangelio, y se excusan alegando la cruel necesidad de defenderse. Alemania declara que la guerra es agradable a Dios. Yo conozco sermones alemanes probando que Jesus fue partidario del militarismo. El orgullo germanico, la conviccion de que su raza esta destinada providencialmente a dominar el mundo, ponia de acuerdo a protestantes, catolicos y judios. -Por encima de sus diferencias de dogma esta el Dios del estado, que es aleman: el Dios guerrero, al que tal vez llama Guillermo a estas horas mi respetable aliado. Las religiones tendieron siempre a la universalidad. Su fin es poner a los hombres en relacion con Dios y sostener las relaciones entre todos los hombres. Prusia ha retrogradado a la barbarie, creando para su uso personal un segundo Jehova, una divinidad hostil a la mayor parte del genero humano, que hace suyos los rencores y las ambiciones del pueblo aleman. Luego, Tchernoff explicaba a su modo la creacion de este Dios germanico, ambicioso, cruel, vengativo. Los alemanes eran unos cristianos de l vispera. Su cristianismo databa de seis siglos nada mas, mientras que el de los otros pueblos de Europa era de diez, de quince, de dieciocho siglos. Cuando terminaban ya las Cruzadas, los prusianos vivian aun en el paganismo. La soberbia de raza, al impulsarlos a la guerra, hacia revivir a las divinidades muertas. A semejanza del antiguo Dios germanico, que era un caudillo militar, el Dios del Evangelio se veia adornado por los alemanes con lanza y escudo. -El cristianismo en Berlin lleva casco y botas de montar. Dios se ve movilizado en estos momentos, lo mismo que Otto, Fritz y Franz, para castigue a los enemigos del pueblo escogido. Nada importa que haya ordenado: «No mataras», y que su Hijo dijese en la Tierra: «Bienaventurados los pacificos». El cristianismo, segun los sacerdotes alemanes de todas las confesiones, solo puede influir en el mejoramiento individual de los hombres y no debe inmiscuirse en la vida del estado. El Dios del estado prusiano es el viejo Dios aleman, un heredero de la feroz mitologia germanica, una amalgama de las divinidades hambrientas de guerra. En el silencio de la avenida, el ruso evoco las rojas figuras de los dioses implacables. Iban a despertar aquella noche al sentir en sus oidos el amado estrepito de las armas y en su olfato el perfume acre de la sangre. Tor, el dios brutal de la cabeza pequena, estiraba sus biceps, empunando el martillo que aplasta ciudades. Wotan afinaba su lanza, que tiene el relampago por hierro y el trueno por regaton. Odin, el del unico ojo, bostezaba de gula en lo alto de su montana, esperando a los guerreros muertos que se amontonaran alrededor de su trono. Las desmelenadas valquirias, virgenes sudorosas y oliendo a potro, empezaban a galopar de nube en nube, azuzando a los hombres con aullidos, para llevarse los cadaveres, doblados como alforjas, sobre las ancas de sus rocines voladores. -La religiosidad germanica -continuo el ruso- es la negacion del cristianismo. Para ella, los hombres no son iguales ante Dios. Este solo aparecia a los fuertes, y los apoya con su influencia para que se atrevan a todo. Los que nacieron debiles deben someterse a desaparecer. Los pueblos tampoco son iguales: estan divididos en pueblos conductores y pueblos inferiores, cuyo destino es verse desmenuzados y asimilados por aquellos. Asi lo quiere Dios. Y resulta inutil decir que el gran pueblo conductor es Alemania. Argensola le interrumpio. El orgullo aleman no se apoyaba solo en su Dios: apelaba igualmente a la ciencia.






-Conozco eso -dijo el ruso sin dejarle terminar-: el determinismo, la desigualdad, la seleccion, la lucha por la vida... Los alemanes, tan orgullosos de su valer, construyen sobre terreno ajeno sus monumentos intelectuales, piden prestado al extranjero el material de cimentacion cuando hacen obra nueva. Un frances y un ingles. Gobineau y Chamberlain, les han dado los argumentos para defender la superioridad de su raza. Con cascote sobrante de Darwin y de Spencer, su anciano H?ckel ha fabricado el monismo, doctrina que, aplicada a la politica, consagra cientificamente el orgullo aleman y reconoce su derecho a dominar el mundo, por ser el mas fuerte. No, mil veces no continuo con energia despues de un breve silencio-. Todo eso de la lucha por la vida con su cortejo de crueldades puede ser verdad en las especies inferiores, pero no debe ser verdad entre los hombres. Somos seres de razon y de progreso, y debemos libertarnos de la fatalidad del medio, modificandolo a nuestra conveniencia. El animal no conoce el derecho, la justicia, la compasion; vive esclavo de la lobreguez de sus instintos. Nosotros pensamos, y el pensamiento significa libertad. El fuerte, para serlo, no necesita mostrarse cruel; resulta mas grande cuando no abusa de su fuerza y es bueno. Todos tienen derecho a la vida, ya que nacieron; y del mismo modo que subsisten los seres orgullosos y humildes, hermosos o debiles, deben seguir viviendo las naciones grandes y pequenas, viejas y jovenes. La finalidad de nuestra existencia no es la lucha, no es matar, para que luego nos maten a nosotros, y que, a su vez, caiga muerto nuestro matador. Dejemos eso a la ciega Naturaleza. Los pueblos civilizados, de seguir un pensamiento comun, deben adoptar el de la Europa mediterranea, realizando la concepcion mas pacifica y dulce de la vida que sea posible. Una sonrisa cruel agito las barbas del ruso. -Pero existe la Kultur, que los germanos quieren imponernos y que resulta lo mas opuesto a la civilizacion. La civilizacion es el afinamiento del espiritu, el respeto al semejante, la tolerancia de la opinion ajena, la suavidad de las costumbres. La Kultur es la accion del estado que organiza y asimila individuos y colectividades para que la sirvan en su mision, Y esta mision consiste principalmente en colocarse por encima de los otros Estados, aplastandolos con su grandeza, o lo que es lo mismo, orgullo, ferocidad, violencia. Habian llegado a la plaza de la Estrella. El Arco del Triunfo destacaba su mole oscura en el espacio estrellado. Las avenidas esparcian en todas direcciones una doble fila de luces. Los faroles situados en torno del monumento iluminaban sus bases gigantescas y los pies de los grupos escultoricos. Mas arriba se cerraban las sombras, dando al claro monumento la negra densidad del ebano. Atravesaron la plaza y el Arco. Al verse bajo la boveda, que repercutia, agrandando, el eco de sus pasos, se detuvieron. La brisa de la noche tomaba una frialdad invernal al deslizarse por el interior de la construccion. La boveda recortaba las aristas de sus extremos sobre el difuso azul del espacio. Instintivamente volvieron los tres la cabeza para lanzar una mirada a los Campos Eliseos, que habian dejado atras. Solo vieron un rio de sombra en el que flotaban rosarios de estrellas rojas entre dos largas escarpaduras negras formadas por los edificios. Pero estaban familiarizados con el panorama, y creyeron contemplar en la oscuridad sin ningun esfuerzo, la majestuosa pendiente de la avenida, la doble fila de palacios, la plaza de la Concordia en el fondo con su aguja egipcia, las arboledas de las Tullerias. -Esto es hermoso -dijo Tchernoff, que veia algo mas que sombras-. Toda una civilizacion que ama la paz y la dulzura de la vida ha pasado por aqui. Un recuerdo enternecio al ruso. Muchas tardes, despues del almuerzo, habia encontrado en aquel mismo lugar a un hombre robusto, cuadrado, de barba rubia y ojos bondadosos. Parecia un gigante detenido en mitad de su crecimiento. Un perro lo acompanaba. Era Jaures, su amigo Jaures, que antes de ir a la Camara daba un paseo hasta el arco desde su casa de Passy. -Le gustaba situarse donde nos hallamos en este momento. Contemplaba las






avenidas, los jardines lejanos, todo el paris que se ofrece a la admiracion desde esta altura. Y me decia conmovido: «Esto es magnifico. Una de las perspectivas mas hermosas que pueden encontrarse en el mundo...» ?Pobre Jaures! El ruso, por una asociacion de ideas, evocaba la imagen de su compatriota Miguel Bakunin, otro revolucionario, el padre del anarquismo, llorando de emocion en un concierto luego de oir la sinfonia con coros de Beethoven, dirigida por un joven amigo suyo que se llamaba Ricardo Wagner. «Cuando venga nuestra revolucion -gritaba estrechando la mano del maestro- y perezca lo existente, habra que salvar esto a toda costa». Tchernoff se arranco a sus recuerdos para mirar en torno y decir con tristeza: -Ellos han pasado por aqui. Cada vez que atravesaba el Arco, la misma imagen surgia en su memoria. Ellos eran miles de cascos brillando al sol; miles de gruesas botas levantandose con mecanica rigidez todas a un tiempo; las trompetas cortas, los pifanos, los tamborcillos planos, conmoviendo el augusto silencio de la piedra; la marcha guerrera de Lohengrin sonando en las avenidas desiertas ante las casas cerradas. El, que era un extranjero, se sentia atraido por este monumento, con la atraccion de los edificios venerables que guardan la gloria de los ascendientes. No queria saber quien lo habia creado. Los hombres construyen creyendo solidificar una ida inmediata que halaga su orgullo. Luego sobreviene la Humanidad de mas amplia vision, que cambia el significado de la obra y la engrandece, despojandola de su primitivo egoismo. Las estatuas griegas, modelos de suprema belleza, habian sido en su origen simples imagenes de santuario regalados por la piedad de las devotas de aquellos tiempos. Al evocar la grandeza romana, todos veian con la imaginacion el enorme Coliseo, redondel de matanzas, o los arcos elevados a la gloria de cesares ineptos. Las obras representativas de los pueblos tenian dos significados: el interior e inmediato que le daban sus creadores, y el exterior, de un interes universal, que les comunicaban luego los siglos, haciendo de ellas un simbolo. -El Arco -continuo Tchernoff- es frances por dentro, con sus nombres de batallas y generales que se prestan a la critica. Exteriormente, es el monumento del pueblo que hizo la mas grande de las revoluciones y de todos los pueblos que creen en la Libertad. La glorificacion del hombre esta alla abajo, en la columna de la plaza Vendome. Aqui no hay nada individual. Sus constructores lo elevaron a la memoria del Gran Ejercito, y ese Gran Ejercito fue el pueblo en armas esparciendo por toda Europa la revolucion. Loa artistas, que son grandes intuitivos, presintieron el verdadero significado de esta obra. Los guerreros de Rude que entonaron la Marsellesa en el grupo que tenemos a la izquierda no son militares de oficio, son ciudadanos armados que marchan a ejercer su apostolado sublime y violento. Su desnudez me hace ver en ellos unos sans-culottes con casco griego... Aqui hay algo mas que la gloria estrecha y egoista de una sola nacion. Todos en Europa despertamos a una nueva vida gracias a estos cruzados de la Libertad... Los pueblos evocan imagenes en mi pensamiento. Si recuerdo a Gracia, veo las columnatas del Partenon; Roma, senora del mundo, es el Coliseo y el Arco de Trajano; la Francia revolucionaria es el Arco de Triunfo. Era algo mas, segun el ruso. Representaba un gran desquite historico: los pueblos del Sur, las llamadas razas latinas, contestando despues de muchos siglos a la invasion que habia destruido el poderio romano; los hombres mediterraneos esparciendose vencedores por las tierras de los antiguos barbaros. Habian barrido el pasado como una ola destructora, para retirarse inmediatamente. La gran marea depositaba todo lo que envolvian sus entranas, como las aguas de ciertos rios que fecundan inundando. Y al replegarse los hombres, quedaba el suelo enriquecido por nuevas y generosas ideas. -?Si ellos volviesen! -anadio Tchernoff con un gesto de inquietud-. ?Si pisasen de nuevo estas losas!... La otra vez eran unas pobres gentes asombradas por su rapida fortuna, que pasaron por aqui como un rustico por un salon. Se contentaron con






dinero para el bolsillo y dos provincias que perpetuasen el recuerdo de su victoria... Pero ahora no seran soldados unicamente los que marchen contra Paris. A la cola de los ejercitos vienen, como iracundas cantineras, los Herr Professor, llevando al costado el tonelito de vino con polvora que enloquece al barbaro, el vino de la Kultur. Y en los furgones viene, igualmente, un bagaje enorme de salvajismo cientifico, una filosofia nueva que glorifica la fuerza como principio y santificacion de todo, niega la libertad, suprime al debil y coloca al mundo entero bajo la dependencia de una minoria predilecta de Dios, solo porque dispone de los procedimientos mas rapidos y seguros de dar la muerte. La Humanidad debe temblar por su futuro si otra vez resuenan bajo esta boveda las botas germanicas siguiendo una marcha de Wagner o de cualquier Kapellmeister de regimiento. Se alejaron del Arco, siguiendo la avenida de Victor Hugo. Tchernoff marchaba silencioso, como si le hubiese entristecido la imagen de este desfile hipotetico. De pronto continuo en alta voz el curso de sus reflexiones. -Y aunque entrasen, ?que importa?... No por esto moriria el Derecho. Sufre eclipses, pero renace; puede ser desconocido, pisoteado, pero no por esto deja de existir, y todas las almas buenas lo reconocen como unica regla de vida. Un pueblo de locos quiere colocar la violencia sobre el pedestal que los demas han elevado al Derecho. Empeno inutil. La aspiracion de los hombres sera eternamente que exista cada vez mas libertad, mas fraternidad, mas justicia. Con esta afirmacion el ruso parecio tranquilizarse. El y sus acompanantes hablaron del espectaculo que ofrecia Paris preparandose para la guerra. Tchernoff se apiadaba de los grandes dolores provocados por la catastrofe, de los miles y miles de tragedias domesticas que se estaban desarrollando en aquel momento. Nada habia cambiado aparentemente. En el centro de la ciudad y en torno de las estaciones se desarrollaba un movimiento extraordinario, pero el resto de la inmensa urbe no delataba el gran trastorno de su existencia. La calle solitaria ofrecia el mismo aspecto de todas las noches. La Brisa agitaba dulcemente las hojas de los arboles. Una paz solemne parecia desprenderse del espacio. Las casas dormian; pero detras de las ventanas cerradas se adivinaban el insomnio de los ojos enrojecidos, la respiracion de los pechos angustiados por la amenaza proxima, la agilidad tremula de las manos preparando el equipaje de guerra, tal vez el unico gesto de amor, cambiado sin placer, con besos terminados en sollozos. Tchernoff se acordo de sus vecinos, de aquella pareja que ocupaba el otro departamento interior detras del estudio. Ya no sonaba el piano de ella. El ruso habia percibido el rumor de disputas, choque de puertas cerradas con violencia y los pasos del hombre, que se iba en plena noche, huyendo de los llantos femeniles. Habia empezado a desarrollarse el drama al otro lado de los tabiques: un drama vulgar, repeticion de otros y otros que ocurrian al mismo tiempo. -Ella es alemana -anadio el ruso-. Nuestra portera ha husmeado bien su nacionalidad. El se habra marchado a estas horas para incorporarse a su regimiento. Anoche apenas pude dormir. Escuche los gemidos de ella a traves de la pared; un llanto lento, desesperado, de criatura abandonada, y la voz del hombre, que en vano intento hacerla callar... ?Que lluvia de tristezas cae sobre el mundo! Aquella misma tarde, al salir de casa, la habia encontrado frente a su puerta. Parecia otra mujer, con un aire de vejez, como si en unas horas hubiese vivido quince anos. En vano habia intentado animarla, recomendandole que aceptase con serenidad la ausencia de su hombre, para no hacer dano al otro ser que llevaba en sus entranas. -Porque esta infeliz va a ser madre. Oculta su estado con cierto pudor, pero yo la he sorprendido desde mi ventana arreglando ropitas de nino. La mujer lo habia escuchado como si no le entendiese. Las palabras eran impotentes ante su desesperacion. Solo habia sabido balbucir como si hablase con ella misma: «Yo alemana. El se va; tiene que irse... Sola..., ?sola para siempre!...» Piensa en su nacionalidad, que le separa del otro; piensa en el campo de





concentracion al que le llevaran con sus compatriotas. Le da miedo el abandono en un pais hostil que tiene que defenderse de la agresion de los suyos... Y todo esto cuando va a ser madre. ?Que miserias! ?Que tristezas! Llegaron a la rue de la Pompe, y al entrar en la casa se despidio Tchernoff de sus acompanantes para subir por la escalera de servicio. Desnoyers quiso prolongar la conversacion. Temia quedarse a solas con su amigo y que resurgiese su mal humor por las recientes contrariedades. La conversacion con el ruso le interesaba. Subieron los tres por el ascensor. Argensola hablo de la oportunidad de destapar una botella de las muchas que guardaba en la cocina. Tchernoff podia volver a su casa por la puerta del estudio que daba a la escalera de servicio. El amplio ventanal tenia las vidrieras abiertas; los huecos sobre el patio interior estaban abiertos igualmente; una brisa continua hacia palpitar las cortinas, balanceando los faroles antiguos, las banderas apolilladas y otros adornos del estudio romantico. Tomaron asiento en torno de una mesita, junto al ventanal, lejos de las luces que iluminaban un extremo de la amplia pieza. Estaban en la penumbra, vueltos de espaldas al interior. Tenian ante ellos los tejados de enfrente y un enorme rectangulo de sombra azul perforada por la fria agudeza de los astros. Las luces de la ciudad coloreaban el espacio sombrio con un reflejo sangriento. Bebio dos copas Tchernoff, afirmando con chasquidos de lengua el merito del liquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso que la grandiosidad de la noche impone a los hombres. Sus ojos saltaban de estrella a estrella, agrupandolas en lineas ideales, formando triangulos o cuadrilateros de fantastica irregularidad. A veces el furor parpadeante de un astro parecia enganchar al paso el rayo visual de sus miradas, manteniendolas en hipnotica fijeza. El ruso, sin salir de su contemplacion, se sirvio otra copa. Luego sonrio con una ironia cruel. Su rostro barbudo tomo la expresion de una mascara tragica asomando entre los telones de la noche. -?Que pensaran alla arriba de los hombres! -murmuro-. ?Estara enterada alguna estrella de que existio Bismarck?... ?Conoceran los astros la mision divina del pueblo germanico? Y siguio riendo. Algo lejano e indeciso turbo el silencio de la noche deslizandose por el fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados. Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro varonil entonaba un himno simple, monotono, grave. Mas bien lo adivinaban con el pensamiento que lo percibian en sus oidos. Varias notas sueltas llagadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las fluctuaciones de la brisa permitieron a Argensola reconstruir el canto breve rematado por un aullido melodico, un verdadero canto de guerra.

                                        C'est l'Alsace et la Lorraine,                                         C'est l'Alsace qu'il nous faut                                                                 ?Oh, oh, oh, oh!

Un nuevo grupo de hombres iba a lo lejos, por el fondo de una calle, en busca de la estacion de ferrocarril, puerta de la guerra. Debian de ser de los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar Paris envuelto en silencio, sentian el deseo de cantar la gran aspiracion nacional, para que los que velaban detras de las fachadas oscuras repeliesen toda perplejidad sabiendo que no estaban solos. -Lo mismo que en las operas -dijo Julio siguiendo los ultimos sonidos del coro invisible, que se perdia..., se perdia, devorado por la distancia y la respiracion nocturna. Tchernoff siguio bebiendo, pero con aire distraido, fijos los ojos en la niebla rojiza que flotaba sobre los tejados. Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contraccion de su frente, en los grunidos sordos que dejaba escapar como un eco del monologo interior. De pronto, salto de la reflexion a la palabra, sin preparacion






alguna, continuando en voz alta el curso de sus razonamientos. -... Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo vera correr por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan sus caballos malignos por la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes de desgracia se conciertan y cruzan las ultimas palabras antes de saltar sobre la silla. -?Que jinetes son esos? -pregunto Argensola. -Los que preceden a la Bestia. Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestacion como las palabras anteriores. Desnoyers volvio a repetirse mentalmente: «Esta borracho». Pero su curiosidad le hizo insistir. ?Y que bestia era aquella? Lo miro el ruso como si extranase la pregunta: Creia haber hablado en alta voz desde el principio de sus reflexiones. -La del Apocalipsis. Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fue de larga duracion. Sintio la necesidad de expresar su entusiasmo por el sonador de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y oscuras ejercia influencia, a traves de dos mil anos, sobre este revolucionario mistico refugiado en el ultimo piso de una casa de Paris. Todo lo habia presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos. Describio Tchernoff la bestia apocaliptica surgiendo de las profundidades del mar. Era semejante a un leopardo, sus pies iguales a los de un oso, y su boca un hocico de leon. Tenia siete cabezas y diez cuernos. De los cuernos pendian diez diademas, y en cada una de las siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las decia el evangelista, tal vez porque eran distintas segun las epocas, modificandose cada mil anos, cuando la bestia hacia una nueva aparicion. El ruso leia las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo: blasfemia contra La Humanidad, contra la justicia, contra todo lo que hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al derecho...» «El debil no debe existir...»«Sed duros para ser grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendia gobernar al mundo y que los hombres le rindiesen adoracion. -Pero ?los cuatro jinetes...? -pregunto Desnoyers. Los cuatro jinetes precedian la aparicion del monstruo en el ensueno de Juan. Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecia de jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda. Veinticuatro tronos se extendian en semicirculo, y en ellos veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro, Cuatro animales enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecian guardar el trono mayor. Sonaban las trompetas, saludando la rotura del primer sello. «?Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentorea uno de los animales... Y aparecia el primer jinete sobre un caballo blanco. En la mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, segun unos; la Peste, segun otros. Podian ser ambas cosas a la vez. Ostentaba una corona, y esto era bastante para Tchernoff. «?Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movia sobre la cabeza una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huia del mundo ante su galope furioso: los hombres iban a exterminarse. Al abrirse el tercer sello, otro de los animales mugia como un trueno: «?Aparece!» Y Juan veia un caballo negro. El que lo montaba tenia una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era el Hambre. El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello. «?Salta!» Y aparecia un caballo de color palido. «El que lo monta se llama la Muerte, y un poder le fue dado para hacer perecer a los hombres por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes». Los cuatro jinetes emprendian una carrera loca, aplastante, sobre las cabezas de la Humanidad aterrada.






Tchernoff describia los cuatro azotes de la Tierra lo mismo que si los viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un traje ostentoso y barbaro. Su rostro oriental se contraia odiosamente, como si husmease las victimas. Mientras su caballo seguia galopando, el armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj de bronce lleno de flechas ponzonosas que contenian los germenes de todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden a las gentes pacificas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en el campo de batalla. El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven, pero el fiero entrecejo y la boca contraida le daban una expresion de ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del galope, dejaban al descubierto una musculatura atletica. Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimian los flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza, simbolo del alimento escaso, que iba a alcanzar el valor del oro. Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los costados del caballo palido. Su piel apergaminada dejaba visibles las aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraia con la risa sardonica de la destruccion. Los brazos de cana hacian voltear una hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendia un harapo de sudario. Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracan sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus cabezas una penumbra livida de ocaso. Monstruos horribles y disformes aleteaban en espiral sobre la furiosa razzia, como una escolta repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huia en todas las direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte. Hombres y mujeres, jovenes y ancianos, se empujaban y caian al suelo en todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la desesperacion. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el palido los aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta oia el crujido de sus costillajes rotos, el nino agonizaba agarrado al pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los parpados con un gemido infantil. -Dios se ha dormido, olvidando al mundo -continuo el ruso-. Tardara mucho en despertar, y mientras El duerme, los cuatro jinetes feudatarios de la Bestia correran la Tierra como unicos senores. Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado a otro con grandes pasos.. Le parecia debil su descripcion de las cuatro calamidades vistas por el poeta sombrio. Un gran pintor habia dado forma corporal a estos terribles ensuenos. -Yo tengo un libro -murmuraba-, un libro precioso. Y repentinamente huyo del estudio, dirigiendose a la escalera interior para entrar en sus habitaciones. Queria traer el libro para que lo viesen sus amigos. Argensola lo acompano. Poco despues volvieron con el volumen. Habia dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se establecio una corriente de aire mas fuerte entre los huecos de las fachadas y el patio interior. Tchernoff coloco bajo una lampara su libro precioso. Era un volumen impreso en 1511, con texto latino y grabados. Desnoyers leyo el titulo: Apocalipsis cum figuris. Los grabados eran de Alberto Durero: una obra de juventud, cuando el maestro solo tenia veintisiete anos. Los tres quedaron en extatica admiracion ante la lamina que representaba la loca carrera de los jinetes apocalipticos. El cuadruple azote se precipitaba con un impulso arrollador sobre sus monturas fantasticas, aplastando a la Humanidad, loca de espanto. Algo ocurrio de pronto que hizo salir a los tres hombres de su contemplacion






admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran estrepito que parecio entrar directamente en su cerebro sin pasar por los oidos; un choque en su corazon. El instinto les advirtio que algo grave acababa de ocurrir. Quedaron en silencio, mirandose: un silencio de segundos, que fue interminable. Por las puertas abiertas llego un ruido de alarma procedente del patio: persianas que se abrian, pasos atropellados en los diversos pisos, gritos de sorpresa y de terror. Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes de llegar a ellas, el ruso tuvo un presentimiento. -Mi vecina... Debe de ser mi vecina. Tal vez se ha matado. Al asomarse vieron luces en el fondo: gentes que se agitaban en torno de un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma habia poblado instantaneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueno, una noche de nerviosidad, que mantenia a todos en dolorosa vigilia. -Se ha matado -dijo una voz que parecia surgir de un pozo-. Es la alemana, que se ha matado. La explicacion de la portera salto de ventana en ventana hasta el ultimo piso. El ruso movio la cabeza con expresion fatal. La infeliz no habia dado sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperacion, alguien la habia empujado... ?Los jinetes! ?Los cuatro jinetes del Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendian su galope implacable, arrollador. Las fuerzas ciegas del mal iban a correr libre por el mundo. Empezaba el suplicio de la Humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus cuatro enemigos.


                                        SEGUNDA PARTE


                                                 I


                                 LAS ENVIDIAS DE DON MARCELO


El primer movimiento del viejo Desnoyers fue de asombro al convencerse de que la guerra resultaba inevitable. La Humanidad se habia vuelto loca, ?Era posible una guerra con tantos ferrocarriles, tantos buques de comercio, tantas maquinas, tanta actividad desarrollada en la costra de la Tierra y sus entranas?... Las naciones se arruinarian para siempre. Estaban acostumbradas a necesidades y gastos que no conocieron los pueblos de hace un siglo. El capital era dueno del mundo, y la guerra iba a matarlo; pero a su vez moriria ella a los pocos meses, falta de dinero para sostenerse. Su alma de hombre de negocios se indigno ante los centenares de miles de millones que la loca aventura iba a invertir en humo y matanzas. Como su indignacion necesitaba fijarse en algo inmediato, hizo responsables de la gran locura a sus mismos compatriotas. ?Tanto hablar de la revancha! ?Preocuparse durante cuarenta y cuatro anos de dos provincias perdidas, cuando la nacion era duena de tierras enormes e inutiles en otros continentes!... Iban a tocar los resultados de tanta insensatez exasperada y ruidosa. La guerra significaba para el un desastre a breve plazo. No tenia fe en su pais: la epoca de Francia habia pasado. Ahora los triunfadores eran los pueblos del Norte, y sobre todos, aquella Alemania, que el visto de cerca, admirando con cierto pavor su disciplina, su dura organizacion. El antiguo obrero sentia el instinto conservador y egoista de todos los que llegan a amasar millones. Despreciaba los ideales politicos; pero, por solidaridad de clase, habia aceptado en los ultimos anos todas las declamaciones contra los escandalos del regimen. ?Que podia hacer una Republica corrompida y desorganizada ante el imperio mas solido y fuerte de la Tierra?





«Vamos a la muerte -se decia a solas-. ?Peor que en el setenta!... Nos tocara ver cosas horribles». El orden y el entusiasmo con que acudian los franceses al llamamiento de la nacion, convirtiendose en soldados produjeron en el una extraneza inmensa. A impulsos de esta sacudida moral, empezo a creer en algo. La gran masa de su pais era buena; el pueblo valia, como en otros tiempos. Cuarenta y cuatro anos de alarma y angustia habian hecho florecer las antiguas virtudes. Pero ?y los jefes? ?Donde estaban los jefes para marchar a la victoria?... Su pregunta la repetian muchos. El anonimato del regimen democratico y de la paz mantenia al pais en una ignorancia completa acerca de sus futuros caudillos. Todos veian como se formaban hora por hora los ejercitos; muy pocos conocian a los generales... Un nombre comenzo a sonar de boca en boca: «Joffre... Joffre». Sus primeros retratos hicieron agolparse a la muchedumbre curiosa. Desnoyers lo contemplo atentamente: «Tiene aspecto de buena persona». Sus instintos de hombre de orden se sintieron halagados por el aire grave y sereno del general de la republica. Experimento de pronto una gran confianza, semejante a la que le inspiraban los gerentes de Banco de buena presencia. Ate senor se le podian confiar los intereses, sin miedo a que hiciese locuras. La avalancha de entusiasmo y emociones acabo por arrastrar a Desnoyers. Como todos los que le rodeaban, vio minutos que eran horas y horas que parecian anos. Los sucesos se atropellaban; el mundo parecia resarcirse en una semana del largo quietismo de la paz. El viejo vivio en la calle, atraido por el espectaculo que ofrecia la muchedumbre civil saludando a la otra muchedumbre uniformada que partia para la guerra. Por la noche presencio en los bulevares el paso de las manifestaciones. La bandera tricolor aleteaba sus colores bajo los faros electricos. Los cafes, desbordantes de publico, lanzaban por las bocas inflamadas de sus puertas y ventanas el rigido musical de las canciones patrioticas. De pronto se abria el gentio en el centro de la calle, entre aplausos y vivas. Toda Europa pasaba por alli; toda Europa -menos los dos Imperios enemigos- saludaban espontaneamente con sus aclamaciones a la Francia en peligro. Iban desfilando las banderas de los diversos pueblos con todas las tintas del iris, y detras de ellas, los rusos, de ojos claros y misticos; los ingleses, con la cabeza descubierta, entonando canticos de religiosa gravedad; los griegos y rumanos, de perfil aquilino; los escandinavos, blancos y rojos; los americanos del Norte, con la ruidosidad de un entusiasmo algo pueril; los heroes sin patria, amigos del pais de las revoluciones igualitarias; los italianos, arrogantes como un coro de tenores heroicos; los espanoles y sudamericanos, incansables en sus vitores. Eran estudiantes y obreros que perfeccionaban sus conocimientos en escuelas y talleres; refugiados que se habian acogido a la hospitalaria playa de Paris como naufragos de guerras y revoluciones. Sus gritos no tenian significacion oficial. Todos estos hombres se movian con espontaneo impulso, deseosos de manifestar su amor a la Republica. Y Desnoyers, conmovido por el espectaculo, pensaba Francia era todavia algo en el mundo, que aun ejercia una fuerza moral sobre los pueblos, y sus alegrias o sus desgracias interesaban a la Humanidad. «En Berlin y en Viena -se dijo- tambien gritaran de entusiasmo en este momento... Pero los del pais nada mas. De seguro que ningun extranjero se une ostensiblemente a sus manifestaciones». El pueblo de la revolucion, legisladora de los Derechos del Hombre, recolectaba la gratitud de las muchedumbres. Empezo a sentirse cierto remordimiento ante el entusiasmo de los extranjeros que ofrecian su sangre a Francia. Muchos se lamentaban de que el Gobierno retardase veinte dias la admision de voluntarios, hasta que hubiesen terminado las operaciones de la movilizacion. ?Y el, que habia nacido frances, dudaba horas antes de su pais! Un dia, la corriente popular le llevaba a la estacion del este. Una masa humana se aglomeraba contra la verja, desbordandose en tentaculos por las calles inmediatas.






La estacion, que iba adquiriendo la importancia de un lugar historico, parecia un tunel estrecho por el que intentaba deslizarse todo un rio, con grandes choques y rebullimientos contra sus paredes. Una parte de la Francia en armas se lanzaba por esta salida de paris hacia los campos de batalla de la frontera. Desnoyers solo habia estado dos veces alli; a la ida y al regreso de su viaje a Alemania. Otros emprendian ahora el mismo camino. Las muchedumbres populares iban acudiendo de los extremos de la ciudad para ver como desaparecian en el interior de la estacion masas humanas de contornos geometricos, uniformemente vestidas, con relampagos de acero y cadencioso acompanamiento de choques metalicos. Los medios puntos de cristales, que brillaban al sol como bocas igneas, tragaban y tragaban gente. Por la noche continuaba el desfile a la luz de los focos electricos. A traves de las verjas pasaban miles y miles de corceles; hombres con el pecho forrado de hierro y cabelleras pendientes del casco, lo mismo que los paladines de remotos siglos; cajas enormes que servian de jaula a los condores de la aeronautica; rosarios de canones estrechos y largos, pintados de gris, protegidos por mamparas de acero, mas semejantes a instrumentos astronomicos que a bocas de muerte; masas y masas de quepis rojos, moviendose con el ritmo de la marcha, y filas de fusiles: unos, negros y escuetos, formando lugubres canaverales; otros rematados por bayonetas, que parecian espigas luminosas. Y sobre estos campos inquietos de mieses de acero, las banderas de los regimientos se estremecian en el aire como pajaros de colores: el cuerpo blanco, un ala azul, la otra roja, una corbata de oro en el cuello, y en lo alto, el pico de bronce, el hierro de la lanza que apuntaba a las nubes. De estas despedidas volvia don Marcelo a su casa vibrante y con los nervios fatigados, como el que acaba de presenciar un espectaculo de ruda emocion. A pesar de su caracter tenaz, que se resistia siempre a reconocer el propio error, el viejo empezo a sentir verguenza por sus dudas anteriores. La nacion vivia. Francia era un gran pueblo; las apariencias le habian enganado, como a otros muchos. Tal vez los mas de sus compatriotas fuesen de caracter ligero y olvidadizo, entregados con exceso a los sensualismos de la vida; pero, cuando llegaba la hora del peligro, cumplia su deber simplemente, sin necesitar la dura imposicion que sufren los pueblos sometidos a ferreas organizaciones. En la manana del cuarto dia de movilizacion, al salir de su casa, en vez de encaminarse al centro de la ciudad, marcho con rumbo opuesto, hacia la rue de la Pompe. Algunas palabras de Chichi y las miradas inquietas de su esposa y su cunada le hicieron sospechar que Julio habia regresado de su viaje. Sintio necesidad de ver de lejos las ventanas del estudio, como si esto pudiese proporcionarle noticias. Y para justificar ante su propia conciencia una exploracion que contrastaba con sus propositos de olvido, se acordo de que su carpintero habitaba en dicha calle. «Vamos a ver a Roberto. Hace una semana que me prometio venir». Este Roberto era un moceton que se habia emancipado de la tirania patronal, segun sus propias palabras, trabajando solo en su casa. Una pieza casi subterranea le servia de habitacion y de taller. La companera, a la que llamaba mi asociada, corria con el cuidado de su persona y del hogar, mientras un nino iba creciendo agarrado a sus faldas. Desnoyers consentia a Roberto sus declaraciones contra los burgueses, porque se prestaba a todos sus caprichos de incesante arreglador de muebles. En la lujosa vivienda de la avenida de Victor Hugo, el carpintero cantaba La Internacional mientras movia la sierra o el martillo. Esto y sus grandes atrevimientos de lenguaje lo perdonaba el senor, teniendo en cuenta la baratura de su trabajo. Al llegar al pequeno taller lo vio con la gorra sobre una oreja, anchos pantalones de pana a la mameluca, borceguies claveteados y varias banderitas y escarapelas tricolores en las solapas de la chaqueta. -Llega tarde, patron -dijo alegremente-. Va a cerrarse la fabrica. El dueno ha sido movilizado y dentro de unas horas se incorporara a su regimiento.






Y senalaba un papel manuscrito fijo en la puerta de su tugurio, a semejanza de los carteles impresos que figuraban en todos los establecimientos de Paris para indicar que patronos y dependientes habian obedecido la orden de movilizacion. Nunca se le habia ocurrido a Desnoyers que su carpintero pudiera convertirse en soldado. Era rebelde a toda imposicion de autoridad. Odiaba a los flics, los policias de Paris, con lo que habia cambiado punetazos y palos en todas las revueltas. El militarismo era su preocupacion. En los mitines contra la tirania del cuartel habia figurado como uno de los manifestantes mas ruidosos. ?Y este revolucionario iba a la guerra con la mejor voluntad, sin esfuerzo alguno? Roberto hablo con entusiasmo del regimiento, de la vida entre camaradas, teniendo la muerte a cuatro pasos. -Creo en mis ideas lo mismo que antes, patron -continuo, como si adivinase lo que pensaba el otro-; pero la guerra es la guerra, y ensena muchas cosas; entre ellas, que la libertad debe ir acompanada de orden y de mando. Es preciso que alguien dirija y que los demas sigan, por voluntad, por consentimiento..., pero que sigan. Cuando llega la guerra se ven las cosas de distinto modo que cuando uno esta en casa haciendo lo que quiere. -Hace una semana -continuo- era antimilitarista. ?Que lejos me parece eso! Como si hubiese transcurrido un ano... Sigo pensando como antes; amo la paz, odio la guerra; y como yo, todos los camaradas. Pero los franceses no hemos provocado a nadie y nos amenazan, quieren esclavizarnos... Seamos fieras, ya que nos obligan a serlo, y para defendernos bien, que nadie salga de la fila, que todos obedezcan. La disciplina no esta renida con la revolucion. Acuerdese de los ejercitos de la primera Republica; todos ciudadanos, lo mismo los generales que los soldados; pero Hoche, Kleber y los otros eran rudos compadres que sabian mandar e imponer la obediencia. Este carpintero tenia sus letras. Ademas de los periodicos y folletos de la idea, habia leido en cuadernos sueltos a Michelet, y otros artistas de la Historia. -Vamos a hacer la guerra a la guerra -anadio-. Nos batiremos para que esta guerra sea la ultima. Su afirmacion no le parecio bastante clara y siguio diciendo: -Nos batiremos por el porvenir; moriremos para que nuestros nietos no conozcan estas calamidades. Si triunfasen los enemigos, triunfaria la continuacion de la guerra y la conquista como unico medio de engrandecerse. Primero se apoderarian de Europa; luego del resto del mundo. Los despojados se sublevarian mas adelante: ?nuevas guerras!... Nosotros no queremos conquistas. Debemos recuperar Alsacia y Lorena porque fueron nuestras y sus habitantes quieren volver con nosotros... Y nada mas. No imitaremos a los enemigos apropiandonos territorios y poniendo en peligro la tranquilidad del mundo. Tuvimos bastante con Napoleon; no hay que repetir la aventura. Vamos a batirnos por nuestra seguridad y al mismo tiempo por la seguridad del mundo, por la vida de los pueblos debiles. Si fuese una guerra de agresion, de vanidad, de conquista, nos acordariamos de nuestro antimilitarismo. Pero es de defensa, y los gobernantes no tienen culpa de ello. Nos vemos atacados y todos debemos marchar unidos. El carpintero que era anticlerical, mostraba una tolerancia generosa, una amplitud de ideas que abarcaba a todos los hombres. El dia anterior habia encontrado en la Alcaldia de su distrito a un reservista que iba a partir con el, incorporandose al mismo regimiento. Una ojeada le habia bastado para reconocer que era un cura. -Yo soy carpintero -le habia dicho, presentandose-. Y usted, companero..., ?trabaja en las iglesias? Empleaba este eufemismo para que el sacerdote no pudiese sospechar en el intenciones ofensivas. Los dos se habian estrechado la mano. -Yo no estoy por la calotte -continuo, dirigiendose a Desnoyers-. Hace tiempo que me puse mal con Dios. Pero en todas partes hay buenas personas, y las buenas personas deben entenderse en estos momentos. ?No lo cree asi, patron?






La guerra halagaba sus aficiones igualitarias. Antes de ella, al hablar de la futura revolucion, sentia maligno placer imaginandose que todos los ricos, privados de su fortuna, tendrian que trabajar para subsistir. Ahora le entusiasmaba que todos los franceses participasen de la misma suerte, sin distincion de clases. -Todos mochila a la espalda y comiendo rancho. Y hacia extensiva la militar sobriedad a los que quedaban a espaldas del Ejercito. La guerra traeria grandes escaseces: todos iban a conocer el pan ordinario. -Y usted, patron, que es viejo para ir a la guerra, tendra que comer como yo, con todos sus millones. Reconozco que esto es hermoso. Desnoyers no se ofendia por la maliciosa satisfaccion que inspiraban al carpintero sus futuras privaciones. Estaba pensativo. Un hombre como aquel, adversario de todo lo existente y que no tenia nada material que defender, marchaba a la guerra, a la muerte, por un ideal generoso y lejano, por evitar que la Humanidad del porvenir conociese los horrores actuales. Al hacer esto no vacilaba en sacrificar su antigua fe, todas las creencias acariciadas hasta la vispera... ?Y el, que era uno de los privilegiados de la suerte, que poseia tantas cosas tentadoras necesitadas de defensa, entregado a la duda y la critica!... Horas despues volvio a encontrar al carpintero cerca del Arco del Triunfo. Formaba grupo con varios trabajadores de igual aspecto que el, y este grupo iba unido a otros y otros que eran como una representacion de todas las clases sociales: burgueses bien vestidos, senoritos finos y anemicos, licenciados de raido chaque, faz palida y gruesos lentes; curas jovenes, que sonreian con cierta malicia, como si se comprometiesen en una calaverada. Al frente del rebano humano iba un sargento, y a retaguardia, varios soldados con el fusil al hombro. ?Adelante los reservistas!... Y un bramido musical, una melopea grave, amenazante y monotona surgia de esta masa de bocas redondas, brazos en pendulo y piernas que se abrian y cerraban lo mismo que compases. Roberto entonaba con energia el guerrero estribillo. Le temblaban los ojos y los caidos bigotes de galo. A pesar de su traje de pana y su bolsa de lienzo repleta, tenia el mismo aspecto grandioso y heroico de las figuras de Rude en el Arco del Triunfo. La asociada y el nino trotaban por la acera inmediata para acompanarlo hasta la estacion. Apartaba los ojos de ellos para hablar con un companero de fila, afeitado y de grave aspecto; indudablemente, el cura que habia conocido el dia antes. Tal vez se tuteaba ya con la fraternidad que inspira a los hombres el contacto de la muerte. Siguio el millonario con una mirada de respeto a su carpintero, desmesuradamente agrandado al formar parte de esta avalancha humana. Y en su respeto habia algo de envidia: la envidia que surge de una conciencia insegura. Cuando don Marcelo pasaba malas noches, sufriendo pesadillas, un motivo de terror, siempre el mismo, atormentaba su imaginacion. Rara vez sonaba en peligros mortales para el o los suyos. La vision espantosa consistia siempre en el hecho de que le presentaban al cobro documentos de credito suscritos con su firma, y el, Marcelo Desnoyers, el hombre fiel a sus compromisos, con todo un pasado de probidad inmaculada, no podia pagarlos. La posibilidad de esto le hacia temblar, y, despues de haber despertado, sentia aun su pecho oprimido por el terror. Para su imaginacion, esta era la mayor deshonra que puede sufrir un hombre, Al trastornarse su existencia con las agitaciones de la guerra, reaparecian las mismas angustias. Completamente despierto, en pleno uso de razon, sufria un suplicio igual al que experimentaba en suenos viendo su nombre sin honra al pie de un documento incobrable. Todo el pasado surgia ante sus ojos con extraordinaria claridad, como si hasta entonces se hubiese mantenido borroso, en una confesion de penumbra. La tierra amenazada de Francia era la suya. Quince siglos de Historia habian trabajado para el, para que encontrase al abrir los ojos progresos y comodidades que no conocieron sus ascendientes. Muchas generaciones de Desnoyers habian preparado su






advenimiento a la vida, batallando con la tierra, defendiendola de enemigos, dandole al nacer una familia y un hogar libres... Y cuando le tocaba su turno para continuar este esfuerzo, cuando le llegaba la vez en el rosario de generaciones, ?huia lo mismo que un deudor elude el pago!... Habia contraido al venir al mundo compromisos con la tierra de sus padres, con el grupo humano al que debia la existencia. Esta obligacion era preciso pagarla con sus brazos, con el sacrificio que rechaza el peligro... Y el habia eludido el reconocimiento de su firma, fugando y traicionando a sus ascendientes. ?Ah desgraciado! Nada importaba el exito material de su existencia, la riqueza adquirida en un pais remoto. Hay faltas que no se borran con millones. La intranquilidad de su conciencia era la prueba. Tambien lo eran la envidia y el respeto que le inspiraba aquel pobre menestral marchando al encuentro de la muerte con otros seres igualmente humildes, enardecidos todos por la satisfaccion del deber cumplido, del sacrificio aceptado. El recuerdo de Madariaga surgia en su memoria. «Donde nos hacemos ricos y formamos una familia, alli esta nuestra patria». No, no era cierta la afirmacion del centauro. En tiempos normales, tal vez. Lejos del pais de origen y cuando no corre este ningun peligro, se le puede olvidar por algunos anos. Pero el vivia ahora en Francia, y Francia tenia que defenderse de enemigos que querian suprimirla. El espectaculo de todos sus habitantes levantandose en masa representaba para Desnoyers una tortura vergonzosa. Contemplaba a todas horas lo que el debia haber hecho en su juventud y no quiso hacer. Los veteranos del 70 iban por las calles exhibiendo en la solapa su cinta verde y negra, recuerdo de las privaciones del sitio de Paris y de las campanas heroicas e infaustas. La vista de estos hombres, satisfechos de su pasado, le hacia palidecer. Nadie se acordaba del suyo; pero lo conocia el, y era bastante. En vano su razon intentaba apaciguar esta tempestad interior. Aquellos tiempos habian sido otros; no existia la unanimidad de la hora presente; el Imperio era impopular; todo estaba perdido. Pero el recuerdo de una frase celebre se fijaba en su memoria como una obsesion: «?Quedaba Francia!» Muchos pensaban lo mismo que el en su juventud, y, sin embargo, no habian huido para eludir el servicio de las armas; se habian quedado, intentando la ultima y desesperada resistencia. Inutiles sus razonamientos buscando excusas. Los grandes sentimientos prescinden del raciocinio, por inutil. Para hacer comprender los ideales politicos y religiosos son indispensables explicaciones y demostraciones: el sentimiento y la patria no necesitan nada de esto. La patria... es la patria. Y el obrero de las ciudades, incredulo y burlon; el labriego egoista, el pastor solitario, todos se mueven al conjuro de esta palabra, comprendiendola instantaneamente, sin previas ensenanzas. «Es preciso pagar -repetia mentalmente don Marcelo-. Debo pagar mi deuda». Y experimentaba, como en los ensuenos, la angustia del hombre probo y desinteresado que desea cumplir sus compromisos. ?Pagar!... ?Y como? Ya era tarde. Por un momento se le ocurrio la heroica resolucion de ofrecerse como voluntario, de marchar con la bolsa al costado en uno de aquellos grupos de futuros combatientes, lo mismo que su carpintero. Pero la inutilidad del sacrificio surgia en su pensamiento. ?De que podia servir?... Parecia robusto, se mantenia fuerte para su edad, pero estaba mas alla de los sesenta anos, y solo los jovenes pueden ser buenos soldados. Batirse lo hace cualquiera. El tenia animos sobrados para tomar un fusil. Pero el combate no es mas que un accidente de la lucha. Lo pasado, lo anonadador, son las operaciones y sacrificios que preceden al combate: las marchas interminables, los rigores de la temperatura, las noches a cielo raso, remover la tierra, abrir trincheras, cargar carros, sufrir hambre... No; era demasiado tarde. Ni siquiera tenia un nombre ilustre para que su sacrificio pudiese servir de ejemplo. Instintivamente miraba atras. No estaba solo en el mundo: tenia un hijo que podia






responder por la deuda del padre... Pero esta esperanza solo duraba un momento. Su hijo no era frances: pertenecia a otro pueblo; la mitad de su sangre era de diversa procedencia. Ademas, ?como podia sentir las mismas preocupaciones que el? ?Llegaria a entenderlas si su padre se las exponia?... Era inutil esperar nada de este danzarin gracioso buscado por las mujeres; de este bravo de frivolo coraje, que exponia su vida en duelos para satisfacer un honor pueril. ?La modestia del rudo senor Desnoyers despues de estas reflexiones!... Su familia sintio asombro al ver el encogimiento y la dulzura con que se movia dentro de la casa. Los dos criados de gesto imponente habian ido a incorporarse a sus regimientos, y la mayor sorpresa que les reservo la declaracion de guerra fue la bondad repentina del amo, la abundancia de regalos a su despedida, el cuidado paternal con que vigilaba sus preparativos de viaje. El temible don Marcelo los abrazo con los ojos humedos. Los dos tuvieron que esforzarse para que no los acompanase a la estacion. Fuera de su casa se deslizaba con humildad, como si pidiese perdon a las gentes que lo rodeaban. Todos le parecian superiores a el. Los tiempos era de crisis economica: los ricos conocian momentaneamente la pobreza y la inquietud; los bancos habian suspendido sus operaciones y solo pagaban una exigua parte de sus depositos. El millonario se vio privado por unas semanas de su riqueza. Ademas, sentia inquietud al apreciar el porvenir incierto. ?Cuanto tiempo iba a transcurrir antes que le enviasen dinero de America? ?No llegaria a suprimir la guerra las fortunas lo mismo que las vidas?... Y, sin embargo, nunca Desnoyers aprecio menos el dinero ni dispuso de el con mayor generosidad. Numerosos movilizados de aspecto popular que marchaban sueltos hacia las estaciones encontraron a un senor que los detenia con timidez, se llevaba una mano a un bolsillo y dejaba en su diestra el billete de veinte francos, huyendo inmediatamente ante sus ojos asombrados. Las obreras llorosas que volvia de decir adios a sus hombres vieron al mismo senor sonreir a los ninos que marchaban junto a ellas, acariciar sus mejillas y alejarse, abandonando en sus manos la pieza de cinco francos. Don Marcelo, que nunca habia fumado, frecuento los despachos de tabaco. Salia de ellos con las manos y los bolsillos repletos, para abrumar con una prodigalidad de paquetes al primer soldado que encontraba, A veces, el favorecido sonreia cortesmente, dando las gracias con palabras reveladoras de un origen superior, y pasaba el regalo a otros companeros que vestian un capote tan grosero y mal cortado como el suyo. El servicio obligatorio le hacia incurrir con frecuencia en estos errores. Las manos rudas, al oprimir la suya con un apreton agradecido, le dejaban satisfecho por unos minutos. ?Ay, no poder hacer mas!... El Gobierno, al movilizar los vehiculos, le habia tomado tres de sus automoviles monumentales. Desnoyers se entristecio porque no se llevaban su cuarto mastodonte. ?Para lo que servia! Los pastores del rebano monstruoso, el chofer y sus ayudantes, habian partido tambien para incorporarse al Ejercito. Todos se marchaban. Finalmente solo quedarian el y su hijo: dos inutilidades. Rugio al enterarse de la entrada de los enemigos en Belgica, considerando este suceso la traicion mas inaudita de la Historia. Se avergonzaba al recordar que en los primeros momentos habia hecho responsables de la guerra a los patriotas exaltados de su pais... ?Que perfidia, metodicamente preparada con largos anos de anticipacion! Los relatos de saqueos, incendios y matanzas le hacian palidecer, rechinando los dientes. A el, a Marcelo Desnoyers, le podia ocurrir lo mismo que a los infelices belgas si los barbaros invadian su pais. Tenia una casa en la ciudad, un castillo en el campo, una familia. Por una asociacion de ideas, las mujeres victimas de la soldadesca le hacian pensar en Chichi y en la buena dona Luisa. Los edificios en llamas evocaban el recuerdo de todos los muebles raros y costosos amontonados en sus dos viviendas y que eran como los blasones de su elevacion social. Los






ancianos fusilados, las madres de entranas abiertas, los ninos con las manos cortadas, todos los sadismos de una guerra de terror, despertaban la violencia de su caracter. -?Y esto puede ocurrir impunemente en nuestra epoca?... Para convencerse de que el castigo estaba proximo, de que la venganza marchaba al encuentro de los culpables, sentia la necesidad de confundirse diariamente con el gentio aglomerado en torno de la estacion del Este. El grueso de las tropas operaba en las fronteras; pero no disminuia la animacion de este lugar. Ya no se embarcaban batallones enteros; pero dia y noche los hombres de combate iban entrando en la estacion sueltos o por grupos. Eran reservistas sin uniforme que marchaban a incorporarse a sus regimientos, oficiales que habian estado ocupados hasta entonces en los trabajos de la movilizacion, pelotones en armas destinados a llenar los grandes huecos abiertos por la muerte. La muchedumbre, oprimida contra las verjas, saludaba a los que partian, acompanandolos con los ojos mientras atravesaban el gran patio. Eran anunciadas a gritos las ultimas ediciones de los periodicos. La mesa oscura se moteaba de blanco, leyendo con avidez las hojas impresas. Una buena noticia: «?Viva Francia!...» Un despacho confuso que hacia presentir un descalabro: «No importa. Hay que sostenerse de todos modos. Los rusos avanzaran a sus espaldas». Y mientras se desarrollaban los dialogos inspirados por estas nuevas, y muchas jovenes convertidas en vendedoras, iban entre los grupos ofreciendo banderitas y escarapelas tricolores, continuaban pasando por el patio solitario, para desaparecer detras de las puertas de cristales, hombres y mas hombres que iban a la guerra. Un subteniente de la reserva, con un saco al hombro, llego acompanado de su padre hasta la fila de policias que cerraba el paso a la muchedumbre. Desnoyers encontro al oficial cierta semejanza con su hijo. El viejo ostentaba en la solapa la cinta verde y negra de 1870: la condecoracion evocadora del remordimiento. Era alto, enjuto, y aun pretendia erguirse mas poniendo un gesto fosco. Deseaba mostrarse fiero, inhumano, para ocultar su emocion. -?Adios muchacho! Portate bien. -?Adios, padre! No se dieron la mano: evitaban que sus miradas se encontrasen. El oficial sonreia como un automata. El padre volvio bruscamente la espalda, y atravesando el gentio se metio en un cafe. Necesitaba el rincon mas oscuro, la banqueta mas oculta, para disimular, por unos minutos su emocion. Y el senor Desnoyers envidio este dolor. Unos reservistas avanzaron cantando, precedidos de una bandera. Se empujaban y bromeaban, adivinandose en su excitacion largas detenciones en todas las tabernas encontradas al paso. Uno de ellos, sin interrumpir su canto, oprimia la diestra de una viejecita que marchaba a su lado, serena y con los ojos secos. La madre reunia sus fuerzas para acompanar a su moceton, con una falsa alegria, hasta el ultimo momento. Otros llegaban sueltos, despegados de sus companeros, pero no por esto iban solos. El fusil colgaba de uno de sus hombros, las espaldas estaban abrumadas por la joroba de la mochila, las piernas rojas salian y se ocultaban entre las alas vueltas del capote azul, la pipa humeaba bajo la visera del quepis. Delante de uno de ellos caminaban cuatro ninos, alineados por orden de estatura. Volvian la cabeza para admirar al padre, subitamente engrandecido por los arreos militares. A su lado, marchaba la companera, afable y sumisa, lo mismo que en las primeras semanas de relaciones, sintiendo en su alma simple un reflorecimiento de amor, una primavera extemporanea, nacida al contacto del peligro. El hombre, obrero de Paris, que tal vez cantaba un mes antes La Internacional, pidiendo la desaparicion de los ejercitos y la fraternidad de todos los humanos, iba ahora en busca de la muerte. Su mujer contenia los sollozos y lo admiraba. El carino y la conmiseracion le hacian insistir en sus recomendaciones. En la mochila habia puesto los mejores panuelos, los






pocos viveres que guardaba en casa, todo el dinero. Su hombre no debia inquietarse por ella y los hijos. Saldrian del mal paso como pudiesen. El Gobierno y las buenas almas se encargarian de su suerte. El soldado bromeaba ante el talle algo deforme de su mujer, saludando al ciudadano proximo a surgir, anunciandole un nacimiento en plena victoria. Un beso a la companera, un carinoso repelon a la prole, y luego se unio con los camaradas... Nada de lagrimas. ?Valor!... ?Viva Francia! Las recomendaciones de los que se marchaban eran oidas. Nadie lloraba. Pero al desaparecer el ultimo pantalon rojo, muchas manos se agarraron convulsas a los hierros de la verja, muchos panuelos fueron mordidos con rechinamiento de dientes, muchas cabezas se ocultaron bajo el brazo con estertor angustioso. Y el senor Desnoyers envidio estas lagrimas. La vieja, al perder en su arrugada mano el contacto con la diestra de su hijo, se volvio hacia donde creia que estaba el pais hostil, agitando los brazos con furor homicida: -?Ah bandido!... ?Bandido! Volvia a ver con la imaginacion el rostro tantas veces contemplado en las paginas ilustradas de los periodicos: unos bigotes de insolente alborotamiento; una boca con dentadura de lobo, que reia..., reia como debieron de reir los hombres de la epoca de las cavernas. Y el senor Desnoyers envidio esta colera.


                                                        II


                                         VIDA NUEVA


Cuando Margarita pudo volver al estudio de la rue de la Pompe, Julio, que vivia en perpetuo mal humor, viendolo todo con sombrios colores, se sintio animado por un optimismo repentino. La guerra no iba a ser tan cruel como se la imaginaban todos al principio. Diez dias iban transcurridos, y empezaba a hacerse menos visible el movimiento de tropas. Al disminuir el numero de hombres en las calles, la poblacion femenina parecia haber aumentado. Las gentes se quejaban de escasez de dinero; los Bancos seguian cerrados para el pago. En cambio, la muchedumbre sentia una necesidad de gastos extraordinarios para acaparar viveres. El recuerdo del 70, con las crueles escaseces del sitio, atormentaba las imaginaciones. Habia estallado la guerra con el mismo enemigo, y a todos les parecia logico la repeticion de iguales accidentes. Los almacenes de comestibles se veian asediados por las mujeres, que hacian acopio de alimentos rancios a precios exorbitantes para guardarlos en sus casas. El hambre futura producia mayor espanto que los peligros inmediatos. Estas eran para Desnoyers todas las transformaciones que la guerra habia realizado en torno de el. Las gentes acabarian por acostumbrarse a la nueva existencia. La Humanidad posee una fuerza de adaptacion que le permite amoldarse a todo para continuar subsistiendo. El esperaba continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Bastaba para esto que Margarita siguiese fiel a su pasado. Juntos verian deslizarse los acontecimientos con la cruel voluptuosidad del que contempla una inundacion, sin riesgo alguno, desde una altura inaccesible. Esta calma de testigo egoista de los sucesos se la habia inspirado Argensola. -Seamos neutros -afirmaba el bohemio-. Neutralidad no significa indiferencia. Gocemos del gran espectaculo. Ya que en toda nuestra vida volvera a ofrecerse otro semejante. Lastima que la guerra los pillase con tan poco dinero::: Argensola odiaba a los Bancos mas aun que a los Imperios centrales, distinguiendo con una antipatia





especial el establecimiento de credito que demoraba el pago del cheque de Julio. ?Tan hermoso que habria sido presenciar los acontecimientos con toda clase de comodidades, gracias a esta enormidad cantidad!... Para remediar las penurias domesticas volvia a impetrar el auxilio de dona Luisa. La guerra habia debilitado las precauciones de don Marcelo, y la familia vivia ahora en un descuido generoso. La madre, a imitacion de otras duenas de casas, hacia provisiones para meses y meses, adquiriendo cuantos viveres podia encontrar. El se aprovecho de esto, menudeando sus visitas a la casa de la avenida de Victor Hugo para descender por la escalera de servicios grandes paquetes que engrosaban las provisiones del estudio. Todas las alegrias de una buena ama de llaves las conocio al contemplar los tesoros guardados en su cocina: grandes latas de carne en conserva, piramides de botes, sacos de legumbres secas. Tenia alli para el mantenimiento de una larga familia. Ademas, la guerra le habia servido de pretexto para hacer nuevas visitas a la bodega de don Marcelo. -Pueden venir -decia con gesto heroico al pasar revista a su almacen-; pueden venir cuando quieran. Estamos preparados para hacerles frente. El cuidado y aumento de sus viveres y la averiguacion de noticias eran las dos funciones que ocupaban su existencia. Necesitaba adquirir diez, doce, quince periodicos por dia; unos, porque eran reaccionarios, y a el le entusiasmaba la novedad de ver unidos a todos los franceses; otros, porque siendo radicales, debian de estar mejor enterados de las noticias recibidas por el Gobierno. Aparecian a mediodia, a las tres, a las cuatro, a las cinco de la tarde. Media hora de retraso en el nacimiento de una hoja infundia grandes esperanzas en el publico, que se imaginaba encontrar noticias estupendas. Todos se arrebataban los ultimos suplementos; todos llevaban los bolsillos repletos de papel, esperando con ansiedad nuevas publicaciones para adquirirlas. Y todas las hojas decian aproximadamente lo mismo. Argensola percibio como se iba formando en su interior un alma simple, entusiastica y credula, capaz de admitir las cosas mas inverosimiles. Esta alma la adivinaba igualmente en todos los que vivian cerca de el. A veces, su antiguo espiritu de critica parecia encabritarse; pero la duda era rechazada como algo deshonroso. Vivia en un mundo nuevo, y era natural que ocurriesen cosas extraordinarias que no podian medirse ni explicarse por el antiguo raciocinio. Y comentaba con alegria infantil los relatos maravillosos de los periodicos: combates de un peloton de franceses o de belgas con regimientos enteros de enemigos, poniendolos en desordenada fuga; el miedo de los alemanes a la bayoneta, que los hacia correr como liebres apenas sonaba la carga; la ineficacia de la artilleria germanica, cuyos proyectiles estallaban mal. Era para el ordinario y logico que la pequena Belgica venciese a la colosal Alemania: una repeticion del encuentro de David y Goliat, con todas las metaforas e imagenes que este choque desigual habia inspirado a traves de los siglos. Como la mayor parte de la nacion, tenia la mentalidad de un lector de libro de caballerias que se siente defraudado cuando el heroe, un hombre solo, no parte mil enemigos de un reves, Buscaba con predileccion los periodicos mas exagerados, los que publicaban mas historias de encuentros sueltos, de acciones individuales, que nadie sabia con certeza donde habia ocurrido. La intervencion de Inglaterra en los mares le hizo imaginar un hambre espantosa, fulminante, providencial, que martirizaba a los enemigos. A los diez dias de bloqueo maritimo cria de buena fe que en Alemania vivia la gente como un grupo de naufragos sobre una balsa de tablones. Esto le hizo menudear sus visitas a la cocina, admirando emocionado sus paquetes de comestibles. -?Lo que darian en Berlin por mi tesoro!... Nunca comio mejor Argensola. La consideracion de las grandes carestias sufridas por el adversario espoleaba su apetito, dandole una capacidad monstruosa. El pan






blanco, de corteza dorada y crujiente, le sumia en un extasis religioso. -?Si el amigo Guillermo pillase esto! -decia a su companero. Mascaba y tragaba con avidez; alimentos y liquidos, al pasar por su boca, adquirian un nuevo sabor raro y divino. El hambre ajena era para el un excitante, una salsa de interminable deleite. Francia le inspiraba entusiasmo, pero a Rusia le concedia mayor credito. ?Ah los cosacos!... Hablaba de ellos como de intimos amigos. Describia los terribles jinetes de galope vertiginoso, impalpables como fantasmas, y tan terribles en su colera, que el adversario no podia mirarlos de frente. En la porteria de su casa y en varios establecimientos de la calle le escuchaban con todo el respeto que merece un senor que, por ser extranjero, puede hablar mejor que otros de las cosas extranjeras. -Los cosacos ajustaran las cuentas a esos bandidos -terminaba diciendo con absoluta seguridad-. Antes de un mes habran entrado en Berlin. Y el publico, compuesto en gran parte de mujeres, esposas o madres de los que habian partido a la guerra, aprobaban modestamente, con el deseo irresistible que todos sentimos de colocar nuestras esperanzas en algo lejano y misterioso. Los franceses defenderian el pais, reconquistando ademas los territorios perdidos; pero eran los cosacos los que iban a dar el golpe de gracia, aquellos cosacos de que hablaban todos y muy pocos habian visto. El unico que los conocia de cerca era Tchernoff, y con gran escandalo de Argensola, escuchaba sus palabras sin mostrar entusiasmo. Los cosacos eran para el un simple cuerpo del Ejercito ruso. Buenos soldados, pero incapaces de realizar milagros que todos les atribuian. -?Ese Tchernoff! -exclamaba Argensola-. Como odia al zar, encuentra malo todo lo de su pais. Es un revolucionario fanatico..., y yo soy enemigo de todos los fanaticos. Escuchaba Julio con distraccion las noticias de su companero, los articulos vibrantes recitados con tono declamatorio, los planes de campana que discurria ante un mapa enorme, fijo en una pared del estudio y erizado de banderitas que marcaban las situaciones de los ejercitos beligerantes. Cada periodico obligaba al espanol a realizar una nueva danza de alfileres en el mapa, seguida de comentarios de un optimismo a prueba de bomba. -Hemos entrado en Alsacia; ?muy bien!... Parece que ahora abandonaremos a Alsacia: ?perfectamente! Adivino la causa. Es para volver a entrar por un sitio mejor, pillando al enemigo por la espalda... Dicen que Lieja ha caido. ?Mentira!... Y si cae, no importa. Un accidente nada mas. Quedan los otros..., ?los otros!, que avanzan por el lado oriental y van a entrar en Berlin. Las noticias del frente ruso eran las preferidas por el; pero quedaba en suspenso cada vez en la carta los nombres enrevesados de aquellos lugares donde efectuaban sus hazanas los admirados cosacos. Mientras tanto, Julio continuaba el curso de sus pensamientos. ?Margarita!... Habia vuelto al fin, y, sin embargo, parecia vivir cada vez mas alejada de el... En los primeros dias de la movilizacion rondo por las inmediaciones de su casa, creyendo enganar su deseo con esta aproximacion ilusoria. Margarita le habia escrito para recomendarle calma. ?Feliz el, que, por ser extranjero, no sufriria las consecuencias de la guerra! Su hermano, oficial de artilleria de reserva, iba a partir de un momento a otro. La madre, que vivia con este hijo soltero, habia mostrado a ultima hora una serenidad asombrosa, despues e llorar mucho en los dias anteriores, cuando la guerra era todavia problematica. Ella misma preparo el equipaje del soldado, para que la pequena maleta contuviese todo lo que es indispensable en la vida de campana. Pero Margarita adivinaba el suplicio interior de la pobre senora y su lucha para que no se revelase exteriormente, en la humedad de sus ojos, en la nerviosidad de sus manos. Le era imposible abandonar a su madre un solo momento... Luego habia sido la despedida. «?Adios, hijo mio! Cumple tu deber, pero se prudente». Ni una lagrima, ni un desfallecimiento. Toda la familia se habia






opuesto a que le acompanase hasta el ferrocarril. Su hermana iria con el. Y al regresar Margarita a la casa la habia encontrado en un sillon, rigida, con el gesto hosco, eludiendo nombrar a su hijo, hablando de las amigas que tambien enviaban los suyos a la guerra, como si unicamente ellas conociesen este tormento. «?Pobre mama! Debo acompanarla, ahora mas que nunca... Manana, si puedo, ire a verte». Al fin volvio a la rue de la Pompe. Su primer cuidado fue explicar a Julio la modestia de su traje tailleur, la ausencia de joyas en el adorno de su persona. «La guerra, amigo mio. Ahora lo chic es amoldarse a las circunstancias, ser sobrios y modestos como soldados. ?Quien sabe lo que nos espera!» La preocupacion del vestido la acompanaba en todos los momentos de su existencia. Julia noto en ella una persistente distraccion. Parecia que su espiritu abandonaba el encierro de su cuerpo, vagando a enormes distancias. Sus ojos le miraban, pero tal vez no lo veian, Hablaba con voz lenta, como si cada palabra la sometiese a previo examen, temiendo traicionar algun secreto. Este alejamiento espiritual no impidio, sin embargo, la aproximacion fisica. Fueron uno del otro, con el irresistible choque de las atracciones materiales. Ella se entrego voluntariamente resbalando por la suave cuesta de la costumbre; pero al recobrar la serenidad mostro un vago remordimiento. «?Estara bien lo que hacemos?... ?No es inoportuno continuar la misma existencia cuando tantas desgracias van a caer sobre el mundo?» Julio repelio estos escrupulos. -?Pero si vamos casarnos tan pronto como podamos!... ?Si somos lo mismo que marido y mujer! Ella contesto con un gesto de extraneza y desaliento. ?Casarse!... Diez dias antes no deseaba otra cosa. Ahora solo de tarde en tarde surgia en su memoria la posibilidad del matrimonio. ?Para que pensar en sucesos remotos e inseguros! Otros mas inmediatos ocupaban su animo. La despedida de su hermano en la estacion era una escena que se habia fijado en su memoria. Al ir al estudio se proponia no acordarse de ella, presintiendo que podia molestar a su amante con este relato. Y basto que se jurase el silencio, para sentir una necesidad irresistible de contarlo todo. No habia sospechado jamas que amase tanto a su hermano. Su carino fraternal iba unido a un ligero sentimiento de celos porque mama preferia al hijo mayor. Ademas, el era quien habia presentado a Laurier en la casa: los dos tenian el diploma de ingenieros industriales y marchaban unidos desde la escuela... Pero al verlo Margarita proximo a partir, habia reconocido de pronto que este hermano, considerado siempre en segundo termino, ocupaba un lugar preferente en su carino. -?Estaba tan guapo, tan interesante con su uniforme de teniente!... Parecia otro. Te confieso que yo iba con orgullo al lado de el, apoyada en su brazo. Nos tomaban por casados. Al verme llorar, unas pobres mujeres intentaron consolarme. «?Valor, madame!... Su marido volvera». Y el reia con estas equivocaciones. Unicamente mostraba tristeza al acordarse de nuestra madre. -Se habian separado en la puerta de la estacion. Los centinelas no dejaban ir mas adelante. Ella le entrego su sable, que habia querido llevar hasta el ultimo momento. -Es hermoso ser hombre -dijo con entusiasmo-. Me gustaria vestir un uniforme, ir a la guerra, servir para algo. No quiso hablar mas, como si de pronto se diese cuenta de la importunidad de sus ultimas palabras. Tal vez noto la crispacion en el rostro de Julio. Pero estaba excitada por el recuerdo de aquella despedida, y despues de una larga pausa no pudo resistir al deseo de seguir exteriorizando su pensamiento. En la entrada de la estacion, mientras besaba por ultima vez a su hermano, habia tenido un encuentro, una gran sorpresa. El habia llegado, vestido igualmente de oficial de artilleria, pero solo, teniendo que confiar su maleta a un hombre de buena voluntad salido de la muchedumbre. Julio hizo un gesto de interrogacion. ?Quien era el? Lo sospechaba, pero fingio






ignorancia, como si temiese conocer la verdad. -Laurier -contesto ella laconicamente-. Mi antiguo marido. El amante mostro una ironia cruel. Era un acto cobarde denigrar a un hombre que habia marchado a cumplir su deber. Reconocio su vileza, pero un instinto maligno e irresistible le hizo insistir en sus burlas, para rebajarlo ante Margarita. ?Laurier militar!... Debia de ofrecer un aspecto ridiculo vestido de uniforme. -?Laurier guerrero! -continuo, con voz sarcastica, que le extranaba como si procediese de otro-. ?Pobre hombre! Ella dudo en su respuesta por no contrariar a Desnoyers. Pero la verdad pudo mas en su animo, y dijo simplemente: -No..., no tenia mal aspecto. Era otro. Tal vez el uniforme; tal vez su tristeza al marchar solo, completamente solo, sin una mano que estrechase la suya. Yo tarde en conocerlo. Al ver a mi hermano se aproximo; pero luego, viendome a mi, siguio adelante... ?Pobre! ?Me da lastima! Su instinto femenil debio indicarle que hablaba demasiado, y corto bruscamente su charla. El mismo instinto le aviso tambien por que razon el rostro de Julio se ensombrecia y su boca tomaba el pliegue de una sonrisa amarga. Quiso consolarlo y anadio: -Por suerte, tu eres extranjero y no iras a la guerra. ?Que horror si te perdiese!... Lo dijo con sinceridad... Momentos antes envidiaba a los hombres, admirando la gallardia con que exponian su existencia, y ahora temblaba ante la idea de que su amante pudiera ser uno de ellos. Este no agradecio su egoismo amoroso, que lo colocaba aparte de los demas, como un ser delicado y fragil, apto unicamente para la adoracion femenil. Preferia inspirar la envidia que habia sentido ella al ver a su hermano cubierto de arreos belicosos. Le parecio que entre el y Margarita acababa de interponerse algo que no se derrumbaria nunca, que iria ensanchandose, repeliendolos en direccion contraria..., lejos..., muy lejos, hasta donde no pudieran reconocerse al cruzar sus miradas. Siguio tocando este obstaculo en las entrevistas sucesivas. Margarita extremaba sus palabras de carino, mirandolo con ojos humedos. Sus manos acariciadoras parecian de madre mas que de amante; su ternura iba acompanada de un desinteres y un pudor extraordinario. Se quedaba obstinadamente en el estudio, evitando el pasar a las otras habitaciones. -Aqui estamos bien... No quiero: es inutil. Tendria remordimientos... ?Pensar en tales cosas en estos instantes...! El ambiente estaba para ella saturado de amor; pero era un amor nuevo, un amor al hombre que sufre, un deseo de abnegacion, de sacrificio. Este amor evocaba una imagen de blancas tocas, de manos tremulas curando la carne desgarrada y sangrienta. Cada intento de posesion provocaba en Margarita una protesta vehemente y pudorosa, como si los dos se encontrasen por vez primera. -Es imposible -decia-: pienso en mi hermano; pienso en tantos que conozco y tal vez a estas horas habran muerto. Llegaban noticias de combates; empezaba a correr en abundancia la sangre. -No, no puedo -repetia ella. Y cuando llegaba Julio a conseguir sus deseos, empleando la suplica o la apasionada violencia, oprimia entre sus brazos un ser falto de voluntad, que abandonaba una parte de su cuerpo insensible, mientras la cabeza seguia independiente su trabajo mental. Una tarde, Margarita le anuncio que en adelante se verian con menos frecuencia. Tenia que asistir a sus clases; solo le quedaban dos dias libres. Desnoyers la escucho estupefacto. ?Sus clases?... ?Que estudios eran los suyos?... Ella parecio irritarse ante su gesto de burla... Si, estaba estudiando; hacia una semana que asistia a clase. Ahora las lecciones iban a ser mas continuas; se habia






organizado la ensenanza; los profesores eran mas numerosos. -Quiero ser enfermera. Sufro mucho al considerar mi inutilidad... ?De que he servido hasta ahora?... Callo un momento, como si abarcase con la imaginacion todo su pasado. -A veces pienso -continuo- que la guerra, con todos sus horrores, tiene algo de bueno. Sirve para que seamos utiles a nuestros semejantes. Apreciamos la vida de un modo serio; la desgracia nos hace comprender que hemos venido al mundo para algo... Yo creo que hay que amar la existencia no solo por los goces que nos proporciona. Debe encontrarse una gran satisfaccion en el sacrificio, en dedicarnos a los demas; y esta satisfaccion, no se por que, tal vez por ser nueva, me parece superior a las otras. Julio la miro con sorpresa, imaginandose lo que podria existir dentro de su cabecita adorada y frivola. ?Que se estaba formando mas alla de su frente contraida por el movimiento rugoso de las ideas y que hasta entonces solo habia reflejado la ligera sombra de unos pensamientos veloces y aleteantes como pajaros?... Pero la Margarita de antes vivia aun. La vio reaparecer con un mohin gracioso entre las preocupaciones que la guerra hacia crecer sobre las almas como follajes sombrios. -Hay que estudiar mucho para conseguir el diploma de enfermera. ?Te has fijado en el traje?... Es de lo mas distinguido: el blanco va bien lo mismo a las rubias que a las morenas. Luego la toca, que permite los rizos sobre las orejas, el peinado de moda; y la capa azul sobre el uniforme, que ofrece un bonito contraste... Una mujer elegante puede realzar todo esto con joyas discretas y un calzado chic. Es una mezcla de monja y de gran dama, que no sienta mal. Iba a estudiar con verdadera furia, para ser util a sus semejantes... y vestir pronto el admirado uniforme. ?Pobre Desnoyers!... La necesidad de verla y la falta de ocupacion en unas tardes interminables que hasta entonces habia tenido mas grato empleo, lo arrastraron a rondar por las cercanias de un palacio eternamente desocupado, donde acababa de instalar el Gobierno la escuela de enfermeras. Al estar de planton en una esquina, aguardando el revoloteo de una falda y el trotecito en la acera de unos pies femeniles, se imaginaba haber remontado el curso del tiempo y que aun tenia dieciocho anos, lo mismo que cuando esperaba en los alrededores de un taller de modisto celebre. Los grupos de mujeres que en horas determinadas salian de aquel palacio hacian aun mas verosimil esta semejanza, Iban vestidas con rebuscada modestia: el aspecto de muchas de ellas resultaba mas humilde que el de las obreras de la moda. Pero eran grandes damas. Algunas subian en automoviles cuyos choferes llevaban uniforme de soldado por ser vehiculos ministeriales. Estas largas esperas le proporcionaron inesperados encuentros con las alumnas elegantes que entraban y salian. -?Desnoyers! -exclamaban unas voces femeniles detras de el- ?No ves Desnoyers?... Y se veia obligado a cortar la duda saludando a unas senoras que lo contemplaban como si fuese un aparecido. Eran amistades de una epoca remota, de seis meses antes; damas que le habian admirado y perseguido, confiandose a su sabiduria de maestro para atravesar los siete circulos de la ciencia del tango. Lo examinaban como si entre el ultimo encuentro y el minuto actual hubiese ocurrido un gran cataclismo transformador de todas las leyes de la existencia, como si fuese el unico milagro superviviente de una Humanidad totalmente desaparecida. Todas acababan por hacer las mismas preguntas: -?No va usted a la guerra?... ?Como es que no lleva uniforme? Intentaba explicarse, pero a las primeras palabras le interrumpian: -Es verdad... Usted es extranjero. Lo decian con cierta envidia. Pensaban, sin duda, en los individuos amados que






arrostraban a aquellas horas las privaciones y riesgos de la guerra. Pero su condicion de extranjero creaba instantaneamente cierto alejamiento espiritual, una extraneza que Julio no habia conocido en los buenos tiempos, cuando las gentes se buscaban sin reparos de origen, sin experimentar la retraccion del peligro, que aisla y concentra a los grupos humanos. Se despedian las damas con una sospecha maliciosa. ?Que hacia alli esperando? ?Alguna nueva aventura que le deparaba su buena suerte?... Y la sonrisa de todas ellas tenia algo de grave; una sonrisa de personas mayores que conocen el verdadero significado de la vida y sienten conmiseracion ante los ilusos que aun se entretienen en frivolidades. A Julio le hacia dano esto, como si fuese una manifestacion de lastima. Se lo imaginaban ejerciendo la unica funcion de que era capaz; el no podia servir para otra cosa. En cambio, aquellas casquivanas, que aun guardaban algo de su antiguo exterior, parecian animadas por el gran sentimiento de la maternidad abstracta que abarcaba a todos los hombres de su nacion; un deseo de sacrificarse, de conocer de cerca las privaciones de los humildes, de sufrir con el contacto de todas las miserias de la carne enferma. Este mismo ardor lo sentia Margarita al salir de sus lecciones. Avanzaba de asombro en asombro, saludando como grandes maravillas cientificas los primeros rudimentos de la cirugia. Se admiraba a si misma por la avidez con que iba apoderandose de estos misterios, nunca sospechados hasta entonces. En ciertos momentos creia con graciosa inmodestia haber torcido la verdadera finalidad de su existencia. -?Quien sabe si naci para ser una gran doctora! -decia. Su temor era que le faltase serenidad en el instante d llevar a la practica sus nuevos acontecimientos. Verse ante las hediondeces de la carne abierta, contemplar el chorreo de la sangre, resultaba horroroso para ella, que habia experimentado siempre una repugnancia invencible ante las bajas necesidades de la vida ordinaria. Pero sus vacilaciones eran cortas: una energia varonil la animaba de pronto. Los tiempos eran de sacrificio. ?No se arrancaban los hombres de todas las comodidades de una existencia sensual para seguir la ruda carrera del soldado?... Ella seria un soldado con faldas, mirando de frente al dolor, batallando con el, hundiendo sus manos en la putrefaccion de la materia descompuesta, penetrando como una sonrisa de luz en los lugares donde gemian los soldados esperando la llegada de la muerte. Repetia con orgullo a Desnoyers todos los progresos que realizaba en la escuela, los vendajes complicados que conseguia ajustar, unas veces sobre los miembros de un maniqui; otras, sobre la carne de un empleado que se prestaba a fingir las actitudes de un falso herido. Ella, tan delicada, incapaz en su casa del menor esfuerzo fisico, aprendia los procedimientos mas habiles para levantar del suelo un cuerpo humano cargandolo en sus espaldas. ?Quien sabe si alguna vez prestaria sus servicios n los campos de batalla! Se mostraba dispuesta a los mayores atrevimientos, con la audacia ignorante de las mujeres cuando las empuja una rafaga de heroismo. Toda su admiracion era para las nurses del Ejercito ingles, damas enjutas, de nervioso vigor, que aparecian retratadas en los periodicos, con pantalones, botas de montar y casco blanco. Julio la oia con asombro. Pero ?aquella mujer era realmente Margarita?... La guerra habia borrado su graciosa frivolidad. Ya no marchaba como un pajaro. Sus pies se asentaban en el suelo con firmeza varonil, tranquila y segura de la nueva fuerza que desarrollaba en su interior. Cuando una caricia de el recordaba su condicion de mujer, decia siempre lo mismo: -?Que suerte que seas extranjero!... ?Que dicha verte libre de la guerra! En su ansia de sacrificio, queria ir a los campos de batalla, y celebraba al mismo tiempo como una felicidad ver a su amante libre de los deberes militares. Este ilogismo no era acogido por Julio con gratitud; antes bien, le irritaba como una






ofensa inconsciente. «Cualquiera diria que me protege -pensaba-. Ella es el hombre, y se alegra de que la debil companera, que soy yo, se halle a cubierto del peligro... ?Que situacion tan grotesca!...» Por fortuna, algunas tardes, al presentarse Margarita en el estudio, volvia a ser la misma de los tiempos pasados, haciendole olvidar instantaneamente sus preocupaciones. Llegaba con la alegria del asueto que siente el colegial o el empleado en los dias libres. Al pesar obligaciones sobre ella, habia conocido el valor del tiempo. -Hoy no hay clase -gritaba al entrar. Y arrojando su sombrero en un divan, iniciaba un paso de danza, huyendo con infantiles encogimientos de los brazos de su amante. A los pocos minutos recobraba su serenidad, el gesto grave que era frecuente en ella desde el principio de las hostilidades. Hablaba de su madre, siempre triste, esforzandose por ocultar su pena y animada por la esperanza de una carta del hijo; hablaba de la guerra, comentando las ultimas acciones con arreglo al retorico optimismo de los partes oficiales: Describia minuciosamente la primera bandera tomada al enemigo, como si fuese un traje de elegancia inedita. Ella la habia visto en una ventana del Ministerio de la Guerra. Se enternecia al repetir los relatos de unos fugitivos belgas llegados a su hospital. Eran los unicos enfermos que habia podido asistir hasta entonces. Paris no recibia aun heridos de guerra; por orden del Gobierno los enviaban desde el frente a los hospitales del sur. Ya no oponia resistencia de los primeros dias a los deseos de Julio. Su aprendizaje de enfermera le daba cierta pasividad. Parecia despreciar las atracciones de la materia, despojandolas de la importancia espiritual que les habia atribuido hasta poco antes. Se entregaba sin resistencia, sin deseo, con una sonrisa de tolerancia, satisfecha de poder dar un poco de felicidad, de la que ella no participaba. Su atencion se habia concentrado en otras preocupaciones. Una tarde, estando en el dormitorio del estudio, sintio la necesidad de comunicar ciertas noticias que desde el dia anterior llenaban su pensamiento. Salto de la cama, buscando entre sus ropas en desorden el bolso de mano, que contenia una carta. Queria leerla una vez mas, comunicar a alguien su contenido, con el impulso irresistible que arrastra a la confesion. Era una carta que su hermano le habia enviado desde los Vosgos. Hablaba en ella de Laurier mas que de su propia persona. Pertenecian a distinta bateria, pero figuraban en la misma division y habian tomado parte en iguales combates. El oficial admiraba a su antiguo cunado. ?Quien habria podido adivinar un heroe futuro en aquel ingeniero tranquilo y silencioso!... Y, sin embargo, era un verdadero heroe. Lo proclamaba el hermano de Margarita, y con el, todos los oficiales que le habia visto cumplir su deber tranquilamente, arrostrando la muerte con la misma frialdad que si estuviese en Paria. Solicitaba el puesto arriesgado de observador, deslizandose lo mas cerca posible de los enemigos para vigilar la exactitud del tiro de la artilleria, rectificandolo con sus indicaciones telefonicas. Un obus aleman habia demolido la casa en cuyo techo estaba oculto. Laurier, al salir indemne de entre los escombros, reajusto su telefono y fue tranquilamente a continuar el mismo trabajo en el ramaje de una arboleda cercana. Su bateria, descubierta en un combate desfavorable por los aeroplanos enemigos, habia recibido el fuego concentrado de la artilleria de enfrente. En pocos minutos rodo por el suelo todo el personal; muerto el capitan y varios soldados, heridos los oficiales y casi todos los sirvientes de las piezas. Solo quedo como jefe Laurier, el Impasible -asi lo apodaban sus camaradas-, y auxiliado por los pocos artilleros que se mantenian en pie, siguio disparando, bajo una lluvia de hierro y fuego, para cubrir la retirada de un batallon. -«Lo han citado dos veces en la orden del dia -continuaba leyendo Margarita-. Creo que no tardara en conseguir la cruz. Es todo un valiente. ?Quien lo hubiese creido






hace unas semanas!...» Ella no participaba de este asombro. Al vivir con Laurier habia entrevisto muchas veces la firmeza de su caracter, el arrojo disimulado por su exterior apacible. Por algo le avisaba el instinto, haciendole temer la colera del marido en los primeros tiempos de su infidelidad. Recordaba el gesto de aquel hombre al sorprenderla una noche a la salida de la casa de julio. Era de los apasionados que matan. Y, sin embargo, no habia intentado la menor violencia contra ella... El recuerdo de este respeto despertaba en Margarita un sentimiento de gratitud. Tal vez la habia amado como ningun otro hombre. Sus ojos, con un deseo irresistible de comparacion, se fijaban en Desnoyers, admirando su gentileza juvenil. La imagen de Laurier, pesada y vulgar, acudia a su memoria como un consuelo. Era cierto que el oficial entrevisto por ella en la estacion al despedir a su hermano no se parecia a su antiguo marido. Pero Margarita quiso olvidar al teniente palido y de aire triste que habia pasado ante sus ojos para acordarse unicamente dl industrial preocupado de las ganancias e incapaz de comprender lo que ella llamaba las delicadezas de una mujer «chic». Decididamente, Julio era mas seductor. No se arrepentia de su pasado, no queria arrepentirse. Y su egoismo amoroso le hizo repetir, las mismas exclamaciones: -?Que suerte que seas extranjero!... ?Que alegria verte libre de los peligros de la guerra! Julio sintio la irritacion de siempre al oir esto. Le falto poco para cerrar con una mano la boca de su amante. ?Queria burlarse de el?... Era un insulto colocarlo aparte de los otros hombres. Mientras tanto, ella con el ilogismo de su aturdimiento, insistia en hablar de Laurier, comentando sus hazanas. -No le quiero, no le he querido nunca. No pongas la cara triste. ?Como puede compararse el pobre contigo?... Pero hay que reconocer que ofrece cierto interes en su nueva existencia. Yo me alegro de sus hazanas como si fuesen un amigo viejo, de una visita de mi familia a la que no hubiese visto en mucho tiempo... El pobre merecia mejor suerte: haber encontrado una mujer que no fuese yo, una companera al nivel de sus aspiraciones... Te digo que Laurier me da lastima. Y esta lastima era tan intensa, que humedecia los ojos, despertando en el amante la tortura de los celos. De estas entrevistas salia Desnoyers malhumorado y sombrio. -Sospecho que estamos en una situacion falsa -dijo una manana a Argensola-. La vida va a sernos cada vez mas penosa. Es dificil permanecer tranquilo, siguiendo la misma existencia de antes, en medio de un pueblo que se bate. El companero creia lo mismo. Tambien consideraba insufrible su existencia de extranjero joven en este Paris agitado por la guerra. -Debe uno ir ensenando los papeles a cada instante para que la policia se convenza de que no ha encontrado a un desertor. En un vagon del «Metro» tuve que explicar la otra tarde era espanol a unas muchachas que se extranaban de que no estuviese en el frente... Una de ellas, luego de conocer mi nacionalidad, me pregunto con sencillez por que no me ofrecia como voluntario... Ahora han inventado una palabra: emboscado. Estoy harto de las miradas ironicas con que acogen mi juventud en todas partes; me da rabia que me tomen por un frances emboscado. Una rafaga de heroismo sacudia al impresionante bohemio. Ya que todos iban a la guerra, el queria hacer lo mismo. No sentia miedo a la muerte; lo unico que le aterraba era la servidumbre militar, el uniforme, la obediencia mecanica a toque de trompeta, la supeditacion ciega a los jefes. Batirse no ofrecia para el dificultades, pero libremente o mandando a otros, pues su caracter se encabritaba ante todo lo que significase disciplina. Los grupos extranjeros en Paris intentaban organizar cada uno su legion de voluntarios y el proyectaba igualmente la suya: un batallon de espanoles e hispanoamericanos, reservandose, naturalmente, la presidencia del






comite organizador, y luego la comandancia del Cuerpo. Habia lanzado anuncios en los periodicos: lugar de inscripcion, el estudio de la rue de la Pompe. En diez dias se habian presentado dos voluntarios: un oficinista, resfriado en pleno verano, que exigia ser oficial porque llevaba chaque, y un tabernero espanol, que a las primeras palabras quiso despojar de su comandancia a Argensola con el futil pretexto de haber sido soldado en su juventud, mientras el otro solo era un pintor. Veinte batallones de espanoles se iniciaban al mismo tiempo con igual exito en distintos lugares de Paris. Cada entusiasta queria ser jefe de los demas, con la soberania individualista y la repugnancia a la disciplina propias de la raza. Al fin, los futuros caudillos, faltos de soldados, buscaban inscribirse como simples voluntarios..., pero en un regimiento frances. -Yo espero a ver que hacen los Garibaldis -dijo Argensola modestamente-. Tal vez me vaya con ellos. Este nombre glorioso le hacia tolerable la servidumbre guerrera. Pero luego vacilaba: tendria de todos modos que obedecer a alguien en este Cuerpo de voluntarios, y el era rebelde a una obediencia que no fuese precedida de largas discusiones. ?Que hacer? -Ha cambiado la vida en medio mes -continuo-. Parece que hayamos caido en otro planeta; nuestras habilidades antiguas carecen de sentido. Otros pasan a las primeras filas, los mas humildes y oscuros, los que ocupaban antes el ultimo puesto. El hombre refinado y de complicaciones espirituales se ha hundido, quien sabe por cuantos anos... Ahora sube a la superficie como triunfador el hombre simple, de ideas limitadas, pero firmes, que sabe obedecer. Ya no estamos de moda. Desnoyers asintio. Asi era: ya no estaban de moda. El podia afirmarlo, que habia conocido la notoriedad y pasaba ahora como desconocido entre las mismas gentes que lo admiraban meses antes. -Tu reino ha terminado -dijo Argensola, riendo-. De nada te sirve ser buen mozo. Yo, con un uniforme y una cruz en el pecho, te venceria ahora en una rivalidad amorosa. El oficial unicamente hace sonar en tiempos de paz a las senoritas de provincias. Pero estamos en guerra, y toda mujer tiene despierto el entusiasmo ancestral que sintieron sus remotas abuelas por la bestia agresiva y fuerte... Las grandes damas que hace meses complicaban sus deseos con sutilezas psicologicas admiran ahora al militar con la misma sencillez de la criada que busca al soldado de linea. Sienten ante el uniforme el entusiasmo humilde y servil de las hembras de animalidad inferior ante las crestas, melenas y plumajes de sus machos peleadores. ?Ojo, maestro!... Hay que seguir el nuevo curso del tiempo o resignarse a perecer oscuramente: el tango ha muerto. Y Desnoyers penso que, efectivamente, eran dos seres que estaban al margen de la vida. Esta habia dado un salto, cambiando de cauce. No quedaba lugar en la nueva existencia para aquel pobre pintor de almas y para el, heroe de una vida frivola, que habia alcanzado de cinco a siete de la tarde los triunfos mas envidiados por los hombres.


                                                III


                                         LA RETIRADA


La guerra habia extendido uno de sus tentaculos hasta la avenida de Victor Hugo. Era una guerra sorda, en la que el enemigo, blando, informe, gelatinoso, parecia escaparse de entre las manos para reanudar un poco mas alla sus hostilidades. -Tengo a Alemania metida en casa -decia Marcelo Desnoyers. Alemania era dona Elena, la esposa de von Hartrott. ?Por que no se la habia llevado






su hijo, aquel profesor de inaguantable suficiencia, que el consideraba ahora como un espia?... ?Por que capricho sentimental habia querido permanecer al lado de su hermana, perdiendo la oportunidad de regresar a Berlin antes que se cerrasen las fronteras?... La presencia de esta mujer era para el un motivo de remordimientos y alarmas. Afortunadamente, los criados, el chofer, todos los de la servidumbre masculina, estaban en el Ejercito. Las dos chinas recibieron una orden con tono amenazante. Mucho cuidado al hablar con las otras criadas francesas; ni la menor alusion a la nacionalidad del marido de dona Elena y al domicilio de la familia. Dona Elena era argentina... Pero a pesar del silencio de las doncellas, don Marcelo temia alguna denuncia del patriotismo exaltado, que se dedicaba con incansable fervor a la caza de espias, y que la hermana de su mujer se viese confinada en un campo de concentracion como sospechosa de tratos con el enemigo. La senora de von Hartrott correspondia mal a estas inquietudes. En vez de guardar un discreto silencio, introducia la discordia en la casa con sus opiniones. Durante los primeros dias de la guerra se mantuvo encerrada en su cuarto, reuniendose con la familia solamente, cuando la llamaban al comedor. Con los labios fruncidos y la mirada perdida se sentaba a la mesa, fingiendo no escuchar los desbordamientos verbales del entusiasmo de don Marcelo. Este describia las salidas de las tropas, las escenas conmovedoras en las calles y estaciones, comentando con un optimismo incapaz de duda las primeras noticias de la guerra. Dos cosas consideraba por encima de toda discusion: la bayoneta era el secreto del frances y los alemanes sentian un estremecimiento de pavor ante su brillo, escapando irremediablemente. El canon de 75 se habia acreditado como una joya unica. Solo sus disparos eran certeros. La artilleria enemiga le inspiraba lastima, pues si alguna vez daba en el blanco casualmente, sus proyectiles no llegaban a estallar. Ademas, las tropas francesas habian entrado victoriosas en Alsacia: ya eran suyas varias poblaciones. -Ahora no es como en el setenta -decia blandiendo el tenedor o agitando la servilleta-. Los vamos a llevar a patadas al otro lado del Rin. ?A patadas... eso es! Chichi asentia con entusiasmo, mientras dona Elena elevaba sus ojos como si protestase silenciosamente ante alguien que estaba oculto en el techo poniendolos por testigo de tantos errores y blasfemias. Dona Luisa iba a buscarla despues en el retiro de su habitacion, creyendola necesitada de consuelo por vivir lejos de los suyos. La Romantica no mantenia su digno silencio ante esta hermana que siempre habia acatado su instruccion superior. Y la pobre senora quedaba aturdida por el relato que le iba haciendo de las fuerzas enormes de Alemania, con toda su autoridad de esposa de un gran patriota germanico y madre de un profesor casi celebre. Los millones de hombres surgian a raudales de su boca; luego desfilaban los canones a millares, los morteros monstruosos, enormes como torres. Y sobre estas inmensas fuerzas de destruccion aparecia un hombre que valia por si solo un ejercito, que lo sabia todo y lo podia todo, hermoso, inteligente e infalible como un dios: el emperador. -Los franceses ignoran lo que tienen enfrente -continuaba dona Elena-; los van a aniquilar. Es asunto de un par de semanas. Antes que termine agosto, el emperador habra entrado en Paris. Impresionada la senora Desnoyers por estas profecias, no podia ocultarlas a su familia. Chichi se indignaba contra la credulidad de la madre y el germanismo de su tia. Un enardecimiento belicoso se habia apoderado del antiguo peoncito. ?Ay, si las mujeres pudiesen ir a la guerra!... Se veia de jinete en un regimiento de dragones, cargando al enemigo con otras amazonas tan arrogantes y hermosas como ella. Luego, la aficion al patinaje predominaba sobre sus gustos de cabalgadura, y queria ser cazador alpino, diablo azul de los que se deslizan sobre largos patines, con la carabina en la espalda y el alpenstock en la diestra, por las nevadas pendientes de los Vosgos.






Pero el Gobierno despreciaba a las mujeres, y ella no podia obtener otra participacion en la guerra que la de admirar el uniforme de su novio Rene Lacour, convertido en soldado. El hijo del senador ofrecia un lindo aspecto. Alto, rubio, de una delicadeza algo femenil que recordaba a la difunta madre, Rene era un soldadito de azucar, en opinion de su novia. Chichi experimentaba cierto orgullo al salir a la calle al lado de este guerrero, encontrando que el uniforme habia aumentado las gracias las gracias de su persona. Pero una contrariedad fue nublando poco a poco su alegria. El principe senatorial no era mas que soldado raso. Su ilustre padre, por miedo a que la guerra cortase para siempre la dinastia de los Lacours, preciosa para el estado, lo habia hecho agregar a los servicios auxiliares del ejercito. De este modo. Lacour, hijo, no saldria de Paris. Pero en tal situacion, era un soldado igual a los que amasan panes o remiendan capotes. Unicamente yendo al frente de la guerra su calidad de alumno de la Escuela Central podia hacer de el un subteniente agregado a la artilleria de reserva. -?Que felicidad que te quedes en Paris! ?Cuanto me gusta que seas simple soldado!... Y al mismo tiempo que Chichi decia esto, pensaba con envidia en sus amigas cuyos novios y hermanos eran oficiales. Ellas podian salir a la calle escoltadas por un quepis galoneado que atraia las miradas de los transeuntes y los saludos de los inferiores. Cada vez que dona Luisa, aterrada por los vaticinios de su hermana, pretendia comunicar su pavor a la hija, esta se revolvia furiosa: -?Mentiras de la tia!... Como su marido es aleman, todo lo ve a gusto de sus deseos. Papa sabe mas; el padre de Rene esta mejor enterado de las cosas. Les vamos a largar la gran paliza. ?Que gusto que golpeen a mi tio en Berlin y a todos mis primos, tan pretenciosos!... -?Callate -gemia la madre-. No digas disparates. La guerra te ha vuelto loca como a tu padre. La buena senora se escandalizaba al escuchar la explosion de sus salvajes deseos siempre que hacia memoria del emperador. En tiempo de paz Chichi habia admirado algo a este personaje. Es guapo -decia-, pero con una sonrisa muy ordinaria. Ahora todos sus odios los concentraba en el. ?Las mujeres que lloraban por su culpa a aquellas horas! ?Las madres sin hijos, las mujeres sin esposo, los pobres ninos abandonados ante las poblaciones en llamas!... ?Ah mal hombre!... Surgia en su diestra el antiguo cuchillo de peoncito, una daga con puno de plata y funda cincelada, regalo del abuelo, que habia exhumado entre los recuerdos de su infancia olvidados en una maleta. El primer aleman que se acercase a ella estaba condenado a muerte. Dona Luisa se aterraba viendole blandir el arma ante el espejo de su tocador. Ya no queria ser soldado de Caballeria ni diablo azul. Se contentaba con que le dejasen un espacio cerrado frente al monstruo odioso. En cinco minutos resolveria ella el conflicto mundial. -?Defiendete, boche! -gritaba, poniendose en guardia, como lo habia visto hacer en su ninez a los peones de la estancia. Y con una cuchillada de abajo arriba echaba al aire las majestuosas entraoas. Acto seguido resonaba en su cerebro una aclamaciaon, el suspiro gigantesco de millones de mujeres que se veaian libres de la mas sangrienta de las pesadillas gracias a ella, que era Judit, Carlota Corday, un resumen de todas las hembras heroicas que mataron por hacer el bien. Su furia salvadora le hacia continuar punal en mano la imaginaria matanza. ?Segundo golpe: el principe heredero rodando por un lado y su cabeza por otro! ?Una lluvia de cuchilladas: todos los generales invencibles de que hablaba su tio huyendo con las tripas en las manos, y a la cola de ellos, como lacayo adulador que recibia igualmente su parte, su tio de Berlin!... ?Ay, si se le presentase ocasion para realizar sus deseos! -Estas loca -protestaba su madre-, loca de remate. ?Como puede decir eso una senorita?...






Dona Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniendose en adelante de comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre. La indignacion de don Marcelo tomaba otra forma cuando su esposa le repetia las noticias de su hermana. ?Todo mentira!... En la frontera del este, los ejercitos franceses habian avanzado por el interior de Alsacia y Lorena anexionada. -Pero, ?y Belgica invadida? -preguntaba dona Luisa-. ?Y los pobres belgas? Desnoyers contestaba indignado: -Eso de Belgica es una traicion... Y una traicion nada vale entre personas de centes. Lo decia de buena fe, como si la guerra fuese un duelo donde el traidor quedaba descalificado y en la imposibilidad de continuar sus felonias. Ademas, la heroica resistencia de Belgica le infundia absurdas ilusiones. Los belgas le parecian hombres sobrenaturales destinados a las mas estupendas hazanas... ?Y el, que no habia concedido hasta entonces atencion alguna a este pueblo!... Por unos dias vio en Lieja una ciudad santa, ante cuyos muros iba a estrellarse todo el poderio germanico. Al caer Lieja, su fe inquebrantables encontro un nuevo asidero. Quedaban muchas Liejas en el interior. Podian entrar mas adentro los alemanes; luego se veria cuantos lograban salir. La entrega de de Bruselas no le produjo inquietud. ?Una ciudad abierta!... Su rendicion estaba prevista; asi los belgas se defenderian mejor en Amberes. El avance de los alemanes hacia la frontera francesa tampoco le produjo alarma. En vano su cunada, con una brevedad maligna, iba mencionando n el comedor los progresos de la invasion, indicados confusamente por los periodicos. Los alemanes estaban ya en la frontera. -?Y que? -gritaba don marcelo-. Pronto encontraran a queien hablar. Joffre les sale al paso. Nuestros ejercitos estaban en el este, en el sitio que les correspondia, en la verdadera frontera, en la puerta de su casa. Pero este es un enemigo traidor y cobarde, que, en vez de dar la cara, entra por la espalda, saltando las tapias del corral, lo mismo que los ladrones... De nada les servira su traicion. Los franceses ya estan en Belgica y ajustaran cuentas a los alemanes. Los aplastaremos para que no perturben otra vez la paz del mundo. Y a este maldito sujeto de los bigotes tiesos lo expondremos n una jaula en la plaza de la Concordia. Chichi, animada por las afirmaciones paternales, se lanzaba a imaginar una serie de tormentos y escarnios vengativos como complemento de tal exposicion. Lo que mas irritaba a la senora von Hartrott eran las alusiones al emperador. En los primeros dias de la guerra, su hermana la habia sorprendido llorante ante las caricaturas de los periodicos y ciertas hojas vendidas en las calles. -?Un hombre tan excelente..., tan caballero..., tan buen padre de familia! El no tiene la culpa de nada. Son los enemigos los que le han provocado. Y su veneracion a los poderosos le hacia considerar las injurias contra el admirado personaje con mas vehemencia que si fuesen dirigidas a su propia familia. Una noche, estando en el comedor, abandono su mutismo tragico. Varios sarcasmos dirigidos por Desnoyers contra el heroe agolparon las lagrimas en sus ojos. Este enternecimiento le sirvio para recordar a sus hijos, que figuraban indudablemente en el ejercito de invasion. Su cunado deseaba el exterminio de todos los enemigos. ?Que no quedase uno solo de aquellos barbaros con casco puntiagudo que acababan de incendiar Lovaina y otras poblaciones, fusilando a los paisanos indefensos, mujeres, ancianos y ninos!... -Tu olvidas que soy madre -gimio la senora de Hartrott-. Olvidas que entre esos cuyo exterminio pides estan mis hijos. Y rompio a llorar. Desnoyers vio de pronto el abismo que existia entre el y aquella mujer alojada en su propia casa. Su indignacion se sobrepuso a las consideraciones de familia... Podia llorar por sus hijos cuanto quisieraa, estaba en su derecho. Pero estos hijos eran agresores y hacian el mal voluntariamente. A el solo le inspiraban interes las otras madres que vivian tranquilamente en las risuenas poblaciones






belgas y de pronto habian visto fusilados sus hijos, atropelladas sus hijas, ardiendo sus viviendas. Dona Elena lloro mas fuerte, como si esa descripcion de horrores significase un nuevo insulto para ella. ?Todo mentira! El kaiser era un hombre excelente; sus soldados, un ejemplo de civilizacion y de bondad. Su marido habia pertenecido a este ejercito; sus hijos marchaban en sus filas. Y ella conocia a sus hijos: unos jovenes bien educados, incapaces de ninguna mala accion. Calumnias de los belgas, que no podia escuchar tranquilamente. Y se arrojo con dramatico abandono en los brazos de su hrmana. El senor Desnoyers se sintio furioso contra el destino, que le obligaba a convivir con esta mujer. ?Que cadena para la familia!... Y las fronteras seguian cerradas, siendo imposible desprenderse de ella. -Esta bien -dijo-; no hablemos mas de eso: no llegariamos a entendernos. Prtenecemos a dos mundos distintos. ?Lastima que no puedas irte con los tuyos!... Se abstuvo en adelante de hablar de la guerra cuando su cunada estaba presente. Chichi era la unica que conservaba su entusiasmo agresivo y ruidoso. Al leer en los diarios noticias de fusilamientos, saqueos, quemas de ciudades, exodos dolorosos de gentes que veian convertido en pavesas todo lo que alegraba su existencia, sentia otra vez la necesidad de repetir sus punaladas imaginarias. ?Ay, si ella tuviese a mano uno de aquellos bandidos! ?Que hacian los hombres de bien que no los exterminaban a todos?... A continuacion veia a Rene con su uniforme flamante, dulce de maneras, sonriente, como si todo lo que ocurria solo significase para el un cambio de vestimenta, y exclamaba con un acento enigmatico: -?Que suerte que no vayas al frente!... ?Que alegria que no corras peligro! El novio aceptaba estas palabras como una prueba de amoroso interes. Un dia, don Marcelo pudo apreciar, sin salir de Paris, los horrores de la guerra. Tres mil fugitivos belgas estaban alojados provisionalmente en un circo, antes de ser distribuidos en provincias. Desnoyers percibio un hedor de muchedumbre enferma, miserable y amontonada, semejante al que se huele en un presidio o un hospital pobre. Vio gentes que parecian locas o estupidas por el dolor. No conocian exactamente el lugar donde estaban; habian llegado hasta alli sin saber como. El horroroso espectaculo de la invasion persistia en su memoria, ocupandola por entero, no dejando lugar a las impresiones siguientes. Veian aun como entraba la avalancha de los hombres con casco en sus tranquilos pueblos: las casas, cubiertas mujeres, agonizando destrozadas bajo la aguda persistencia del ultraje carnal; los de llamas, repentinamente; la soldadesca, haciendo fuego sobre los que huian: las ninos, deshechos a sablazos en sus cunas; todos los sadismos de la bestia humana enardecida por el alcohol y la impunidad... Algunos octogenarios contaban, llorando, como los soldados de un pueblo civilizado cortaban los pechos a las mujeres para clavarlos en las puertas, como paseaban a guisa de trofeo un recien nacido ensartado en una bayoneta, como fusilaban a los ancianos en el mismo sillon donde los tenian inmoviles su dolorosa vejez, torturandolos antes con burlescos suplicios. Habian huido sin saber adonde iban, perseguidos por el incendio y la metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medievales ante el galopar de las horas de hunos y mogoles. Y esta fuga habia sido a traves de la Naturaleza en fiesta, en el mas opulento de los meses, cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de agosto era mas luminoso y los pajaros saludaban con su regocijo vocinglero la opulencia de la cosecha. Revivia la vision del inmenso crimen en aquel circo repleto de muchedumbres errantes. Los ninos gemian con un llanto igual al balido de los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas mujeres aullaban como locas. Las familias se habian disgregado en el terror de la huida. Una madre de cinco pequenos solo conservaba uno. Los padres, al verse solos, pensaban con






angustia en los desaparecidos. ?Volverian a encontrarlos?... ?Habrian muerto a aquellas horas?... Don Marcelo regreso a su casa apretando los dientes, moviendo su baston de un modo alarmante. ?Ah bandidos!... Deseaba de pronto que su cunada cambiase de sexo. ?Por que no era un hombre?... Aun le parecia mejor que de repente pudiese tomar la forma de su marido von Hartrott. ?Que entrevista tan interesante la de los dos cunados!... La guerra habia despertado el sentimiento religioso de los hombres y aumentando la devocion de las mujeres. Los templos estaban llenos. Dona Luisa ya no limitaba sus excursiones a las iglesias del distrito. Con la audacia que infunden las circunstancias extraordinarias, se lanzaba a pie a traves de Paris, yendo a la Magdalena, a Nuestra Senora o al lejano Sagrado Corazon, sobre la cumbre de Montmartre. Las fiestas religiosas se animaban con el apasionamiento de las asambleas populares. Los predicadores eran tribunos. El entusiasmo patriotico cortaba a veces con aplausos los sermones. Todas las mananas, la senora Desnoyers, al abrir los periodicos, antes de buscar los telegramas de la guerra perseguia otra noticia. «?Adonde ira hoy monsenor Amette?» Luego, bajo las bovedas del templo, unia su voz al coro devoto que imploraba una intervencion sobrenatural. «?Senor, salva a Francia!» La religiosidad patriotica colocaba a Santa Genoveva a la cabeza de los bienaventurados. Y de todas estas fiestas volvia tremula de fe, esperando un milagro semejante al que habia realizado la santa de Paris ante las hordas invasoras de Atila. Dona Elena tambien visitaba las iglesias, pero las mas cercanas a la casa. Su cunado la vio entrar una tarde en Saint-Honore d'Eylau. El templo estaba repleto de fieles; sobre el altar figuraban en haz las banderas de Francia y las naciones aliadas. La muchedumbre implorante no se componia unicamente de mujeres. Desnoyers vio hombres de su edad, erguidos, graves, moviendo los labios, fijando en el altar una mirada vidriosa que reflejaba como estrellas perdidas las llamas de los cirios... Y volvio a sentir envidia... Eran padres que recordaban las oraciones de su ninez, pensando en los combates y en sus hijos. Don Marcelo que habia considerado siempre con indiferencia la religion, reconocio de pronto la necesidad de la fe. Quiso orar como los otros, con un rezo de intencion vaga, indeterminada, comprendiendo en el a todos los seres que luchaban y morian por una tierra que el no habia sabido defender. Vio con escandalo como la esposa de Hartrott se arrodillaba entre estas gentes, elevando luego los ojos para fijarse en la cruz con una mirada de angustiosa suplica. Pedia al Cielo por su marido el aleman, que tal vez a aquellas horas empleaba todas sus facultades de energumeno en la mejor organizacion del aplastamiento de los debiles; rezaba por sus hijos, oficiales del rey de Prusia, que, revolver en mano, entraban en pueblos y granjas, llevando ante ellos a la muchedumbre despavorida, dejando a sus espaldas el incendio y la muerte. ?Y estas oraciones iban a confundirse con las de las madres que rogaban por la juventud encargada de contener a los barbaros, con los ruegos de aquellos hombres graves y rigidos en su tragico dolor!... Tuvo que contenerse para no gritar, y salio del templo. Su cunada no tenia derecho a arrodillarse entre aquellas gentes. «Debian expulsarla -murmuro indignado-. Coloca a Dios en un compromiso, con sus oraciones absurdas». Pero, a pesar de su colera, tenia que sufrirla cerca de el, esforzandose al mismo tiempo por evitar que trascendiese al exterior la segunda nacionalidad que habia adquirido con su matrimonio. Representaba un gran tormento para don Marcelo contener sus palabras cuando estaba en el comedor con la familia. Queria evitar la nerviosidad de su cunada, que prorrumpia en lagrimas y suspiros a la menor alusion contra su heroe; temia igualmente las quejas de la esposa, pronta siempre a defender a la hermana como si






fuese una victima... ?Que un hombre de su caracter se viese obligado en la propia casa a vigilar su lengua y hablar con eufemismos!... La unica satisfaccion que podia permitirse consistia en dar noticias de las operaciones militares. Los franceses habian entrado en Belgica. «Parece que los boches han recibido un buen golpe». El menor choque de caballeria, un simple encuentro de avanzadas, lo glorificaba como un hecho decisivo. «Tambien en Lorena nos los llevamos por delante...» Pero de repente parecio cegarse la fuente de optimismos. En el mundo no ocurria nada extraordinario, a juzgar por los periodicos. Seguian publicando historietas de la guerra para mantener el entusiasmo, pero ninguna noticia cierta. El Gobierno lanzaba comunicados de vaga y retorica sonoridad. Desnoyers se alarmo: su instinto le avisaba el peligro. «Algo hay que no marcha -pensaba-; debe de haberse roto algun resorte». Esta falta de noticias coincidio con una repentina animacion de dona Elena. ?Con quien hablaba aquella mujer? ?Que encuentros eran los suyos cuando salia a la calle?... Sin perder su humildad de victima, con la mirada dolorosa y la boca algo torcida, hablaba y hablaba traidoramente. ?El tormento de don Marcelo al escuchar el enemigo albergado en su casa!... Los franceses habian sido derrotados a un mismo tiempo en Lorena y en Belgica. Un cuerpo de ejercito se habia desbandado: muchos prisioneros, muchos canones perdidos. «?Mentiras, exageraciones de los alemanes!», gritaba Desnoyers. Y Chichi ahogaba con sus carcajadas de muchacha insolente las noticias de la tia de Berlin. -Yo no se -continuaba esta con maligna modestia-; tal vez no sea cierto. Lo he oido decir. Su cunado se indignaba. ?Donde lo habia oido decir? ?Quien le daba tales noticias?... Y, para desahogar su mal humor, prorrumpia en imprecaciones contra el espionaje enemigo, contra la incuria de la Policia, que toleraba la permanencia de tantos alemanes ocultos en Paris. Pero de pronto tenia que callarse, al pensar en su propia conducta. El tambien contribuia involuntariamente a mantener y albergar al enemigo. La caida del Ministerio y la constitucion de un Gobierno de defensa nacional le hicieron ver que algo grave estaba ocurriendo. Las alarmas y lloros de dona Luisa aumentaron su nerviosidad. Ya no volvia la buena senora entusiasmada y heroica de sus visitas a las iglesias. Las conversaciones a solas con su hermana le infundian un terror que pretendia comunicar luego al esposo. «Todo esta perdido... Elena es la unica que sabe la verdad». Desnoyers fue en busca del senador Lacour. Conocia a todos los ministros: nadie mejor enterado que el. -Si, amigo mio -dijo el personaje con tristeza-. Dos grandes descalabros en Morhange y en Charleroi, al Este y al Norte. Los enemigos van a invadir el suelo de Francia... Pero nuestro Ejercito se mantiene intacto y se retira con orden. Aun puede cambiar la fortuna. Una gran desgracia, mas no esta todo perdido. Los preparativos de defensa de Paris eran activados... algo tarde. Los fuertes se armaban con nuevos canones; desaparicion bajo los picos de la demolicion oficial de las casuchas elevadas en la zona de tiro durante los anos de paz; los arboles de las avenidas exteriores caian cortados para ensanchar el horizonte; barricadas de sacos de tierra y de troncos obstruian las puertas de las antiguas murallas. Los curiosos recorrian los alrededores para admirar las trincheras recien abiertas y los alambrados con puas. El Bosque de Bolonia se llenaba de rebanos. Junto a montanas de alfalfa seca, toros y ovejas se agrupaban en las praderas de fino cesped. La seguridad del sustento preocupaba a una poblacion que mantenia vivo aun el recuerdo de las miserias sufridas en 1870. Cada noche era mas debil el alumbrado en las calles. El cielo, en cambio, estaba rayado incesantemente por las mangas de luz de los reflectores. El miedo a una agresion aerea venia a aumentar las inquietudes publicas. Las gentes medrosas hablaban de los zepelines,






atribuyendoles un poder irresistible, con la exageracion que acompana a los peligros misteriosos. Dona Luisa aturdia con su panico al marido. Este pasaba los dias en una alarma continua, teniendo que infundir animos a su mujer, temblorosa y lloriqueante. -Van a llegar, Marcelo; me lo dice el corazon. Yo no puedo vivir asi. La nina..., ?la nina! Aceptaba ciegamente todas las afirmaciones de su hermana. Lo unico que ponia en duda era la caballerosidad y la disciplina de aquellas tropas, en las que figuraban sus sobrinos. Las noticias de las atrocidades cometidas en Belgica con las mujeres le merecian igual fe que los avances del enemigo anunciados por Elena. «La nina, Marcelo..., ?la nina!» Y el caso era que la nina objeto de tales inquietudes reia, con la insolencia de su juventud vigorosa, al escuchar a la madre. -Que vengan esos sinverguenzas. Tendria gusto en verles la cara. Y contraia la diestra, como si empunase el cuchillo vengador. El padre se canso de esta situacion. Le quedaba uno de sus automoviles monumentos, que podia guiar un chofer extranjero. El senador Lacour obtuvo los papeles necesarios para el viaje de la familia, y Desnoyers dio ordenes a su esposa con un tono que no admitia replica. Debia irse a Biarritz o a las estaciones veraniegas del norte de Espana. Casi todas las familias sudamericanas habian salido en la misma direccion. Dona Luisa intento oponerse: le era imposible partir sin su esposo. En tantos anos de matrimonio no se habian separado una sola vez. Pero la hosca negativa de don Marcelo corto sus protestas. El se quedaba. Entonces la pobre senora corrio a la rue de la Pompe. ?Su hijo! Julio apenas escucho a la madre. ?Ay, este se quedaba tambien! Y, al fin, el imponente automovil emprendio la marcha hacia el Sur, llevando a dona Luisa, a su hermana, que aceptaba con gusto este alejamiento de las admiradas tropas del emperador, y a Chichi, contenta de que la guerra le proporcionase una excursion a las playas de moda frecuentadas por sus amigas. Don Marcelo se vio solo. Las doncellas cobrizas habian seguido en ferrocarril la fuga de las senoras. Al principio se sintio algo desorientado en esta soledad, le causaron extraneza las comidas en el restaurante, las noches pasadas en unas habitaciones desiertas y enormes que guardaban aun las huellas de su familia. Los otros pisos de la casa estaban igualmente vacios. Todos los habitantes eran extranjeros que habian escapado discretamente, o franceses sorprendidos por la guerra cuando veraneaban en sus posesiones del campo. El instinto le hizo en sus paseos hasta la rue de la Pompe, mirando de lejos el ventanal del estudio. ?Que haria su hijo?... De seguro que continuaba su vida alegre e inutil. Para hombres como el, nada existia mas alla de las frivolidades de su egoismo. Desnoyers estaba satisfecho de su resolucion. Seguir a la familia le parecia un delito. Bastante le martirizaba el recuerdo de su fuga a America. «No, no vendran -se dijo repetidas veces, con el optimismo del entusiasmo-. Tengo el presentimiento de que no llegaran a Paris. ?Y si llegan...!» La ausencia de los suyos le proporcionaba el valor alegre y desenfadado de la juventud. Por su edad y sus dolencias no era capaz de hacer la guerra a campo raso, pero podia disparar un fusil, inmovil en una trinchera, sin miedo a la muerte. ?Que vinieran!... Lo deseaba con vehemencia de un buen jugador ganoso de satisfacer cuanto antes una deuda antigua. Encontro en las calles de Paris muchos grupos de fugitivos. Eran del norte y el este de Francia y habian escapado ante el avance de los alemanes. De todos los relatos de esta muchedumbre dolorosa, que no sabia adonde ir y no contaba con otro recurso que la piedad de las gentes, lo mas impresionante para el eran los atentados a la propiedad. Fusilamientos y asesinatos le hacian cerrar los punos, prorrumpiendo en deseos de venganza. Pero los robos autorizados por los jefes, los saqueos en masa por orden superior, seguidos del incendio, le parecia inauditos, y






permanecia silencioso, como si la estupefaccion paralizase su pensamiento. ?Y un pueblo con leyes podia hacer la guerra de este modo, lo mismo que una tribu de indios que parte al combate para robar!... Su adoracion al derecho de propiedad se revolvia furiosa contra estos sacrilegios. Empezo a preocuparse de su castillo de Villeblanche. Todo lo que poseia en Paris le parecio repentinamente de escasa importancia comparado con lo que guardaba en la mansion historica. Sus mejores cuadros estaban alla, adornando los salones sombrios; alla tambien, los muebles arrancados a los anticuarios tras una batalla de pujas, y las vitrinas repletas, los tapices, las vajillas de plata. Repasaba en su memoria todos los objetos, sin que uno solo escapase a este inventario mental. Cosas que habia olvidado resurgian ahora en su recuerdo, y el miedo a perderlas parecia darle mayor brillo, agrandando su tamano, infundiendoles nuevo valor. Todas las riquezas de Villeblanche se concentraban en una adquisicion que era la mas admirada por Desnoyers, viendo en ella la gloria de su enorme fortuna, el mayor alarde de lujo que podia permitirse un millonario. «La banera de oro -penso-. Tengo alla mi tina de oro». Este bano de precioso metal lo habia adquirido en una subasta, juzgando tal compra como el acto mas culminante de su opulencia. No sabia con certeza su origen: tal vez era un mueble de principes; tal vez debia la existencia al capricho de una cocotte ansiosa de ostentacion. El y los suyos habian formado una leyenda en torno de esta cavidad de oro adornada con garras de leon, delfines y bustos de nayades. Indudablemente procedia de reyes. Chichi afirmaba con gravedad que era el bano de Maria Antonieta. Y toda la familia, considerando modesto y burgues el piso de la avenida de Victor Hugo para guardar esta joya, habia acordado depositarla en el castillo, respetada, inutil y solemne como una pieza de museo... ?Y esto se lo podian llevar los enemigos si llegaban en su avance hasta el Marne, asi como las demas riquezas reunidas con tanta paciencia?... ?Ah, no! Su alma de coleccionista era capaz de los mayores heroismos para evitarlo. Cada dia aportaba una ola nueva de malas noticias. Los periodicos decian poco; el Gobierno hablaba con un lenguaje oscuro, que sumia el animo en perplejidades. Sin embargo, la verdad se abria paso misteriosamente, empujada por el pesimismo de los alarmistas y por los manejos de los espias enemigos que permanecian ocultos en Paris. Las gentes se comunicaban las fatales nuevas al oido: «Ya han pasado la frontera...» «Ya estan en Lila...» Avanzaban a razon de cinco kilometros por dia. El nombre de von Kluck empezaba a hacerse familiar. Ingleses y franceses retrocedian ante el movimiento envolvente de los invasores. Algunos esperaban un nuevo Sedan. Desnoyers seguia el avance del enemigo yendo diariamente a la estacion del Norte. Cada veinticuatro horas se achicaba el radio de circulacion de los viajeros. Los avisos anunciando que no se expedian billetes para determinadas poblaciones del Norte indicaban como iban cayendo estas, una tras otra, en poder del invasor. El empequenecimiento del territorio nacional se efectuaba con una regularidad metodica, a razon de cincuenta kilometros diarios. Con el reloj a la vista podia anunciarse a que hora iban a saludar con sus lanzas los primeros ulanos la aparicion de la torre de Eiffel en el horizonte. Los trenes llegaban repletos, desbordando fuera de sus vagones los racimos de gentes. Y fue en estos momentos de general angustia cuando don Marcelo visito a su amigo el senador Lacour para asombrarle con la mas inaudita de las peticiones. Queria ir inmediatamente a su castillo. Cuando todos huian hacia Paris, el necesitaba marchar en direccion contraria. El senador no pudo creer lo que escuchaba. -?Esta usted loco! -exclamo-. Hay que salir de Paris, pero con direccion al Sur. A usted se lo digo solamente y callelo, porque es un secreto. Nos vamos de un momento a otro; todos nos vamos: el presidente, el Gobierno, las Camaras. Nos instalaremos en Burdeos, como en mil ochocientos setenta. El enemigo va a llegar: es asunto de dias..., de horas. Sabemos poco de lo que ocurre, pero todas las noticias son malas. El Ejercito se mantiene firme, aun esta intacto, pero se retira...,






se retira, cediendo terreno. Creame, lo mejor es marcharse de Paris. Gallieni lo defendera, pero la defensa va a ser dura y penosa... Aunque caiga Paris, no por eso caera Francia. Continuaremos la guerra si es necesario hasta la frontera de Espana... Pero es triste, ?muy triste! Y ofrecio a su amigo llevarlo con el en la retirada a Burdeos, que muy pocos conocian en aquellos momentos. Desnoyers movio la cabeza. No; deseaba ir al castillo de Villeblanche. Sus muebles,,,, sus riquezas..., su parque. -Pero ?va usted a caer prisionero! -protesto el senador-. ?Tal vez lo maten! Un gesto de indiferencia fue la respuesta. Se consideraba con energias para luchar contra todos los ejercitos de Alemania defendiendo su propiedad. Lo importante era instalarse en ella, ?y que se atreviese alguien a tocar lo suyo!... El senador miro con asombro a este burgues enfurecido por el sentimiento de la posesion. Se acordo de los mercaderes arabes, humildes y pacificos ordinariamente, que pelean y mueren como fieras cuando los beduinos ladrones quieren apoderarse de sus generos. El momento no era para discusiones: cada cual debia pensar en su propia suerte. El senador acabo por prestarse al deseo de su amigo. Si tal era su gusto, podia cumplirlo. Y consiguio con su influencia que saliese aquella misma noche en un tren militar que iba al encuentro del ejercito. Este viaje puso en contacto a don Marcelo con el extraordinario movimiento que la guerra habia desarrollado en las vias ferreas. Su tren tardo catorce horas en salvar una distancia recorrida en dos normalmente. Se componia de vagones de carga llenos de viveres y cartuchos, con las puertas cerradas y selladas. Un coche de tercera clase estaba ocupado por la escolta del tren: un peloton de territoriales. En uno de segunda se instalo Desnoyers, con el teniente que mandaba este grupo y varios oficiales que iban a incorporarse a sus regimientos despues de terminar las operaciones de movilizacion en las poblaciones que guarnecian antes de la guerra. Los vagones de cola contenian sus caballos. Se detuvo el tren muchas veces para dejar paso a otros que se le adelantaban repletos de soldados o volvian hacia Paris con muchedumbres fugitivas. Estos ultimos estaban compuestos de plataformas de carga, y en ellas se apelotonaban mujeres, ninos, ancianos, revueltos con fardos de ropas, maletas y carretillas que les habian servido para llevar hasta la estacion todo lo que restaba de sus ajuares. Eran a modo de campamentos rodantes que se inmovilizaban muchas horas y hasta dias en los apartaderos, dejando paso libre a los convoyes impulsados por las necesidades apremiantes de la guerra. La muchedumbre, habituada a las detenciones interminables, desbordaba fuera del tren, instalandose ante la locomotora muerta o esparciendose por los campos inmediatos. En las estaciones de alguna importancia, todas las vias estaban ocupadas por rosarios de vagones. Las maquinas, a gran presion, silbaban, impacientes de partir. Los grupos de soldados dudaban ante los diversos trenes, equivocandose, descendiendo de unos coches para instalarse en otros. Los empleados, calmosos y con aire de fatiga, iban de un lado a otro guiando a los hombres, dando explicaciones, disponiendo la carga de montanas de objetos. En el convoy que llevaba a Desnoyers los territoriales dormitaban acostumbrados a la monotona operacion de dar escolta. Los encargados de los caballos habian abierto las puertas corredizas de los vagones, sentandose en el borde con las piernas colgantes. El tren marchaba lentamente en la noche, a traves de los campos de sombra, deteniendose ante los faros rojos para avisar su presencia con largos silbidos. En algunas estaciones se presentaban muchachas vestidas de blanco, con escarapelas y banderitas sobre el pecho. Dia y noche estaban alli, reemplazandose, para que no pasase un tren sin recibir su visita. Ofrecian en cestas y bandejas sus obsequios a los soldados: pan, chocolate, frutas. Muchos, por hartura, intentaban resistirse, pero habian de ceder, finalmente, ante el gesto triste de las jovenes. Hasta Desnoyers se vio asaltado por estos obsequios del entusiasmo patriotico. Paso gran parte de la noche hablando con sus companeros de viaje. Los oficiales






solo tenian vagos indicios de donde podrian encontrar a sus regimientos. Las operaciones de la guerra cambiaban diariamente su situacion. Pero fieles al deber, seguian adelante, con la esperanza de llegar a tiempo para el combate decisivo. El jefe de la escolta llevaba realizados algunos viajes y era el unico que se daba cuenta exacta de la retirada. Cada vez hacia el tren un trayecto menor. Todos parecian desorientados. ?Por que la retirada?... El Ejercito habia sufrido reveses, indudablemente, pero estaba entero, y segun su opinion debia buscar el desquite en los mismos lugares. La retirada dejaba libre el avance del enemigo. ?Hasta donde iban a retroceder?... ?Ellos, que dos semanas antes discutian en sus guarniciones el punto de Belgica donde recibirian los adversarios el golpe mortal y por que lugares invadirian a Alemania las tropas victoriosas!... Su decepcion no revelaba desaliento. Una esperanza indeterminada pero firme, emergia sobre sus vacilaciones: el generalisimo era el unico que poseia el secreto de los sucesos. Y Desnoyers aprobo con el entusiasmo ciego que le inspiraban las personas cuando depositaba en ellas su confianza. ?Joffre!... El caudillo serio tranquilo lo arreglaria todo finalmente. Nadie debia dudar de su fortuna: era de los hombres que dicen siempre la ultima palabra. Al amanecer abandono el vagon. «?Buena suerte!» Y estrecho las manos de aquellos jovenes animosos, que iban a morir en breve plazo. El tren pudo seguir su camino inmediatamente al encontrar por casualidad la via libre, y dos Marcelo se vio solo en una estacion. En tiempo normal salia de ella un ferrocarril secundario que pasaba por Villeblanche, pero el servicio estaba suspendido por falta de personal. Los empleados habian pasado a las grandes lineas abarrotadas por los transportes de guerra. Inutilmente busco con los mas generosos ofrecimientos, un caballo, un simple carreton tirado por una bestia cualquiera, para continuar su viaje. La movilizacion acaparaba lo mejor, y los demas medios de transporte habian desaparecido con la fuga de los medrosos. Habia que hacer a pie una marcha de quince kilometros. El viejo no vacilo: ?adelante! Y empezo a caminar por una carretera blanca, recta, polvorienta, entre tierras llanas e iguales que se sucedian hasta el infinito. Algunos grupos de arboles, algunos setos verdes y las techumbres de varias granjas alteraban la monotonia del paisaje. Los campos estaban cubiertos de rastrojos de la cosecha reciente. Los pajares abullonaban el suelo con sus conos amarillentos, que empezaban a oscurecerse, tomando un tono de oro oxidado. En las vallas aleteaban los pajaros sacudiendo el rocio del amanecer. Los primeros rayos del sol anunciaron un dia caluroso. En torno a los pajares vio Desnoyers una agitacion de personas que se levantaban, sacudiendo sus ropas y despertando a otras todavia dormidas. Eran fugitivos que habian acampado en las inmediaciones de la estacion, esperando un tren que los llevase lejos, sin saber con certeza adonde deseaban ir. Unos procedian de lejanos departamentos: habian oido el canon, habian visto aproximarse la guerra, y llevaban varios dias de marcha a la ventura. Otros, al sentir el contagio de este panico, habian huido igualmente, temiendo conocer los mismos horrores... Vio madres con pequenos en los brazos; ancianos doloridos que solo podian avanzar con una mano en el baston y otra en el brazo de alguno de su familia; viejas arrugadas e inmoviles como momias, que dormian y viajaban tendidas en una carretilla. Al despertar el sol a este tropel miserable se buscaban unos a otros con paso torpe, entumecidos aun por la noche, reconstituyendo los mismos grupos del dia anterior. Muchos avanzaban hacia la estacion con la esperanza que nunca llegaba a formarse, creyendo ser mas dichosos en el dia que acababa de nacer. Algunos seguian su camino a lo largo de los carriles, pensando que la suerte les seria mas propicia en otro lugar. Don Marcelo anduvo toda la manana. La cinta blanca y rectilinea del camino estaba moteada de grupos que venian hacia el, semejantes en lontananza a un rosario de hormigas. No vio un solo caminante que siguiese su misma direccion. Todos huian hacia el Sur, y al encontrar a este senor de la ciudad que marchaba bien calzado,






con baston de paseo y sombrero de paja, hacian un gesto de extraneza. Le creian tal vez un funcionario, un personaje, alguien del Gobierno, al verlo avanzar solo hacia el pais que abandonaban a impulsos del terror. A mediodia pudo encontrar un pedazo de pan, un poco de queso y una botella de vino blanco en una taberna inmediata al camino. El dueno estaba en la guerra, la mujer gemia en la cama. La madre, una vieja algo sorda, rodeada de sus nietos, seguia desde la puerta este desfile de fugitivos que duraba tres dias. «?Por que huyen, senor? -dijo al caminante-. La guerra solo interesa a los soldados. Nosotros, gente del campo, no hacemos mal a nadie y nada debemos temer». Cuatro horas despues al bajar una de las pendientes que forman el valle del Marne, vio a lo lejos los tejados de Villeblanche en torno de su iglesia, y emergiendo de una arboleda las caperuzas de pizarra que remataban los torreones de su castillo. Las calles del pueblo estaban desiertas. Solo en los alrededores de la plaza vio sentadas algunas mujeres, como en las tardes placidas de otros veranos. La mitad del vecindario habia huido; la otra mitad permanecia en sus hogares, por rutina sedentaria, enganandose con un ciego optimismo. Si llegaban los prusianos, ?que podrian hacerles?... Obedecerian sus ordenes sin intentar resistencia y a un pueblo que obedece no es posible castigarlo... Todo era preferible antes que perder unas viviendas levantadas por sus antepasados y de las que nunca habian salido. En la plaza vio, formando un grupo, al alcalde y los principales habitantes. Todos ellos, asi como las mujeres, miraron con asombro al dueno del castillo. Era la mas inesperada de las apariciones. Cuando tantos huian hacia Paris, este parisiense venia a juntarse con ellos, participando de su suerte. Una sonrisa de afecto, una mirada de simpatia, parecieron atravesar su aspera corteza de rusticos desconfiados. Hacia mucho tiempo que Desnoyers vivia en malas relaciones con el pueblo entero. Sostenia asperamente sus derechos, sin admitir tolerancias en asuntos de su propiedad. Hablo muchas veces de procesar al alcalde y enviar a la carcel a la mitad del vecindario, y sus enemigos le contestaban invadiendo traidoramente sus tierras, matando su caza, abrumandolo con reclamaciones judiciales y pleitos incoherentes... Su odio al Municipio le habia aproximado al cura, por vivir este en franca hostilidad con el alcalde. Pero sus relaciones con la Iglesia fueron tan infructuosas como sus luchas con el estado. El cura era un bonachon, al que encontraba cierto parecido fisico con Renan, y que unicamente se preocupaba de sacarle limosnas para los pobres, llevando su atrevimiento bondadoso hasta excusar a los merodeadores de su propiedad. ?Cuan lejanas le parecian ahora las luchas sostenidas hasta un mes antes!... El millonario experimento una gran sorpresa al ver como el sacerdote, saliendo de su casa para entrar en la iglesia, saludaba al pasar al alcalde con una sonrisa amistosa. Despues de largos anos de mutismo hostil se habian encontrado en la tarde del dia 1 de agosto al pie de la torre de la iglesia. La campana sonaba a rebato para anunciar la movilizacion a los hombres que estaban en los campos. Y los dos enemigos, instintivamente, se habian estrechado la mano. ?Todos franceses! Esta unanimidad afectuosa salia tambien al encuentro del odiado senor del castillo. Tuvo que saludar a un lado y a otro, apretando manos duras. Las gentes prorrumpian a sus espaldas en carinosas rectificaciones. «Un hombre bueno, sin mas defecto que la violencia de su caracter...» Y el senor Desnoyers conocio por unos minutos el grato ambiente de la popularidad. Al verse en el castillo dio por bien empleada la fatiga de la marcha, que hacia temblar sus piernas. Nunca le habia parecido tan grande y majestuoso su parque como en este atardecer de verano; nunca tan blancos los cisnes que se deslizaban dobles por el reflejo sobre las aguas muertas; nunca tan senorial el edificio, cuya imagen repetia invertida el verde espejo de los fosos. Sintio necesidad de ver inmediatamente los establos con sus animales vacunos; luego echo una ojeada a las cuadras vacias. La movilizacion se habia llevado sus mejores caballos de labor. Igualmente habia desaparecido su personal. El encargado de los trabajos y varios






mozos estaban en el Ejercito. En todo el castillo solo quedaba el conserje, un hombre de mas de cincuenta anos, enfermo del pecho, con su familia, compuesta de su mujer y una hija. Los tres cuidaban de llenar los pesebres de las vacas, ordenando de tarde en tarde sus ubres olvidadas. En el interior del edificio volvio a congratularse de la resolucion que le habia arrastrado hasta alli. ?Como abandonar tales riquezas!... Contemplo los cuadros, las vitrinas, los muebles, los cortinajes, todo banado en oro por el resplandor moribundo del dia, y sintio el orgullo de la posesion. Este orgullo le infundio un valor absurdo, inverosimil, como si fuese un ser gigantesco procedente de otro planeta y toda la Humanidad que le rodeaba un simple hormiguero que podia borrar con los pies. ?Que viniesen los enemigos! Se consideraba con fuerzas para defenderse de todos ellos... Luego, al arrancarle la razon de su delirio heroico, intento tranquilizarse con un optimismo falto igualmente de solidez. No vendrian. El no sabia por que, pero le anunciaba el corazon que los enemigos no llegarian hasta alli. La manana siguiente la paso recorriendo los prados artificiales que habia formado detras del parque, lamentando el abandono en que estaban por la marcha de sus hombres, intentando abrir las compuertas para dar un riego al pasto, que empezaba a secarse. Las vinas alineaban sus masas de pampanos a lo largo de los alambrados que les servian de sosten. Los racimos repletos, proximos a la madurez, asomaban entre las hojas sus triangulos granulados. ?Ay, quien recogeria esta riqueza!... Por la tarde noto un movimiento extraordinario en el pueblo. Georgete, la hija del conserje, trajo la noticia de que empezaban a pasar por la calle principal automoviles enormes, muchos automoviles, y soldados franceses, muchos soldados. Al poco rato se inicio el desfile por una carretera inmediata al castillo, que conducia al puente sobre el Marne. Eran camiones cerrados o abiertos que aun conservaban sus antiguos rotulos comerciales bajo la capa del polvo endurecido y las salpicaduras de barro. Mucho de ellos ostentaban titulos de Empresas de Paris; otros, el nombre social de establecimientos de provincias. Y junto con estos vehiculos industriales requisados por la movilizacion, pasaron otros procedentes del servicio publico que causaban en Desnoyers el mismo efecto que unos rostros amigos entrevistos en una muchedumbre desconocida. Eran omnibus de Paris que aun mantenian en su parte alta los nombres indicadores de sus antiguos trayectos: «Madelaine-Bastille, Passy-Bourse», etc. Tal vez habia viajado el muchas veces en estos mismos vehiculos, despintados, aviejados por veinte dias de actividad intensa, con las planchas abolladas, los hierros torcidos, sonando a desvencijamiento y perforados como cribas. Unos carruajes ostentaban redondeles blancos con el centro cortado por la cruz roja; otros tenian como marca letras y cifras que solo podian entender los iniciados en los secretos de la administracion militar. Y en todos los vehiculos, que unicamente conservaban nuevos y vigorosos sus motores, vio soldados, muchos soldados, pero todos heridos, con la cabeza y las piernas entrapajadas, rostros palidos que una barba crecida hacia aun mas tragicos, ojos de fiebre que miraban fijamente, bocas dilatadas como si se hubiese solidificado en ellas el gemido del dolor. Medicos y enfermeros ocupaban varios carruajes de este convoy. Algunos pelotones de jinetes lo escoltaban. Y entre la lenta marcha de monturas y automoviles pasaban grupos de soldados a pie, con el capote desabrochado o pendiente de las espaldas lo mismo que una capa; heridos que podian caminar y bromeaban y cantaban, unos con un brazo fajado sobre el pecho, otros con la cabeza vendada, transparentandose a traves de la tela el rezumamiento interior de la sangre. El millonario quiso hacer algo por ellos; pero apenas intento distribuir unas botellas de vino, unos panes, lo primero que encontro a mano, se interpuso un medico, apostrofandole como si cometiese un delito. Sus regalos podian resultar fatales. Y tuvo que permanecer al borde del camino, impotente y triste, siguiendo con ojos sombrios el convoy doloroso... Al cerrar la noche ya no fueron vehiculos cargados





de hombres enfermos los que desfilaban. Vio centenares de camiones, unos cerrados hermeticamente, con la prudencia que imponen las materias explosivas; otros con fardos y cajas que esparcian un olor mohoso de viveres. Luego avanzaron grandes manadas de bueyes, que se arremolinaban en las angosturas del camino, siguiendo adelante bajo el palo y los gritos de los pastores con quepis. Paso la noche desvelado por sus pensamientos. Era la retirada de que hablaban las gentes de Paris, pero que muchos no querian creer; la retirada llegando hasta alli y continuando su retroceso indefinido, pues nadie sabia cual iba a ser su limite. El optimismo le sugirio una esperanza inverosimil. Tal vez esta retirada comprendia unicamente los hospitales, los almacenes, todo lo que se estaciona a espaldas de un ejercito. Las tropas querian estar libres de impedimenta, para moverse con mas agilidad, y la enviaban lejos por ferrocarriles y carreteras. Asi debia de ser. Y en los ruidos que persistieron durante toda la noche solo quiso adivinar el paso de vehiculos llenos de heridos, de municiones, de viveres, iguales a los que habian desfilado por la tarde. Cerca del amanecer, el cansancio le hizo dormirse, y desperto bien entrado el dia. Su primera mirada fue para el camino. Lo vio lleno de hombres y de caballos que tiraban de objetos rodantes. Pero los hombres llevaban fusiles y formaban batallones, regimientos. Las bestias arrastraban piezas de artilleria. Era un ejercito..., era la retirada. Desnoyers corrio al borde del camino para convencerse mejor de la verdad. ?Ay! Eran regimientos como los que el habia visto partir de las estaciones de Paris..., pero con aspecto muy distinto. Los capotes azules se habian convertido en vestiduras andrajosas y amarillentas; los pantalones rojos blanqueaban con un color de ladrillo mal cocido; los zapatos eran bolas de barro. Los rostros tenian la expresion feroz, con regueros de polvo y sudor en todas sus grietas y oquedades, con barbas recien crecidas, agudas como puas, con un gesto de cansancio que revelaba el deseo de hacer alto, de quedarse alli mismo para siempre, matando o muriendo, pero sin dar un paso mas. Caminaban..., caminaban..., caminaban. Algunas marchas habian durado treinta horas. El enemigo iba sobre sus huellas, y la orden era de andar y no combatir, librandose por ligereza de pies de los movimientos envolventes intentados por el invasor. Los jefes adivinaban el estado de animo de sus hombres. Podian exigir el sacrificio de su vida, pero ?ordenarles que marchasen dia y noche, siempre huyendo del enemigo cuando no se consideraban derrotados, cuando sentian grunir en su interior la colera feroz, madre del heroismo!... Las miradas de desesperacion buscaban al oficial inmediato, a los jefes, al mismo coronel. ?No podian mas! Una marcha enorme, anonadadora, en tan pocos dias, ?y para que?... Los superiores, que sabian lo mismo que ellos, parecian contestar con los ojos, como si poseyesen un secreto: «?Animo! Otro esfuerzo... Esto va a terminar pronto». Las bestias vigorosas, pero desprovistas de imaginacion, resistian menos que los hombres. Su aspecto era deplorable. ?Como podian ser los mismos caballos fuertes y de pelo lustroso que el habia visto en los desfiles de Paris a principios del mes anterior? Una campana de veinte dias los habia envejecido y agotado. Su mirada opaca parecia implorar piedad. Estaban flacos, con una delgadez que hacia sobresalir las aristas de su osamenta y aumentaba el abultamiento de sus ojos. Los arneses, al moverse, descubrian su piel con los pelos arrancados y sangrientas desolladuras. Avanzaban con un tiron supremo, concentrando sus ultimas fuerzas, como si la razon de los hombres obrase sobre sus oscuros instintos. Algunos no podian mas y se desplomaban de pronto, abandonando a sus companeros de fatiga. Desnoyers presencio como los artilleros los despojaban rapidamente de sus arneses, volteandolos hasta sacarlos del camino para que no estorbasen la circulacion. Alli quedaban, mostrando su esqueletica desnudez, disimulada hasta entonces por los correajes, con las patas rigidas y los ojos vidriosos y fijos, como si espiasen el revoloteo de las primeras moscas atraidas por su triste carrona. Los canones pintados de gris, las curenas, los armones, todo lo habia visto don






Marcelo limpio y brillante, con ese frote amoroso que el hombre ha dedicado a las armas desde epocas remotas, mas tenaz que el de la mujer con los objetos del hogar. Ahora todo parecia sucio, con la patina del uso sin medida, con el desgaste de un inevitable abandono: las ruedas estaban deformadas exteriormente por el barro, el metal oscurecido por los vapores de la explosion, la pintura gris manchada por el musgo de la humedad. En los espacios libres de este desfile, en los parentesis abiertos entre una bateria y un regimiento, corrian pelotones de paisanos: grupos miserables que la invasion echaba por delante; poblaciones enteras que se habian disgregado siguiendo al ejercito en su retirada. El avance de una nueva unidad los hacia salir del camino, continuando su marcha a traves de los campos. Luego, al menor claro en la masa de tropas, volvian a deslizarse por la superficie blanca e igual de la carretera. Eran madres que empujaban carretones con piramides de muebles y chiquillos; enfermos que se arrastraban; octogenarios llevados en hombros por sus nietos; abuelos que sostenian ninos en sus brazos; ancianas con pequenos agarrados a sus faldas como una nidada silenciosa. Nadie se opuso ahora a la liberalidad del dueno del castillo. Toda su bodega parecio desbordarse hacia la carretera. Rodaban los toneles de la ultima cosecha, y los soldados llenaban en el chorro rojo el cazo de metal pendiente de la cintura. Luego, el vino embotellado iba saliendo a luz por orden de fechas, perdiendose instantaneamente en este rio de hombres que pasaba y pasaba. Desnoyers contemplo con orgullo los efectos de su munificencia. La sonrisa reaparecia en los rostros fieros; la broma francesa saltaba de fila en fila; al alejarse los grupos iniciaron una cancion. Luego se vio en la plaza del pueblo, entre varios oficiales que daban un corto descanso a sus caballos antes de reincorporarse a la columna. Con la frente contraida y los ojos sombrios hablaban de esta retirada inexplicable para ellos. Dias antes, en Guisa, habian infligido una derrota a sus perseguidores. Y, sin embargo, continuaban retrocediendo obedientes a una orden terminante y severa. «No comprendemos... -decian-. No comprendemos». La marea ordenada y metodica arrastraba a estos hombres que deseaban batirse y tenian que retirarse. Todos sufrian la misma duda cruel: «No comprendemos». Y su duda hacia aun mas dolorosa la marcha incesante, una marcha que duraba dia y noche con solo breves descansos, alarmados los jefes de cuerpo a todas horas por el temor de verse cortados y separados del resto del ejercito. «Un esfuerzo mas, hijos mios. ?Animo!, pronto descansaremos». Las columnas, en su retirada, cubrian centenares de kilometros. Desnoyers solo veia una de ellas. Otras y otras efectuaban identico retroceso a la misma hora, abarcando una mitad de la anchura de Francia. Todas iban hacia atras con igual obediencia desalentada, y sus hombres repetian indudablemente lo mismo que los oficiales: «No comprendemos... No comprendemos». Don Marcelo experimento de pronto la tristeza y la desorientacion de estos militares. Tampoco el comprendia. Vio lo inmediato, lo que todos podian ver; el territorio invadido sin que los alemanes encontrasen una resistencia tenaz: departamentos enteros, ciudades, pueblos, muchedumbres, quedando en poder del enemigo a espaldas de un ejercito que retrocedia incesantemente. Su entusiasmo cayo de golpe, como un globo que se deshincha. Reaparecio el antiguo pesimismo. Las tropas mostraban energia y disciplina; pero ?de que podia servir esto si se retiraban casi sin combatir, imposibilitadas, por una orden severa, de defender el terreno? «Lo mismo que el setenta», penso. Exteriormente habia mas orden, pero el resultado iba a ser el mismo. Como un eco que respondiese negativamente a su tristeza, oyo la voz de un soldado hablando con un campesino: -Nos retiramos, pero es para saltar con mas fuerza sobre los boches. El abuelo Joffre se los metera en el bolsillo a la hora y en el sitio que escoja.






Se reanimo Desnoyers al oir el nombre del general. Tal vez este soldado, que mantenia intacta su fe a traves de las marchas interminables y desmoralizante, presentia la verdad mejor que los oficiales razonadores y estudiosos. El resto del dia lo paso haciendo regalos a los ultimos grupos de la columna. Su bodega se iba vaciando. Por orden de fechas continuaban esparciendose los miles de botellas almacenadas en los subterraneos del castillo. Al cerrar la noche fueron botellas cubiertas de polvo de muchos anos lo que entrego a los hombres que le parecian debiles. Asi como la columna desfilaba iba ofreciendo un aspecto mas triste de cansancio y desgaste. Pasaban los rezagados, arrastrando con desaliento los pies en carne viva dentro de sus zapatos. Algunos se habian librado de este encierro torturante y marchaban descalzos, con los pesados borceguies pendientes de un hombro, dejando en el suelo manchas de sangre. Pero todos, abrumados por una fatiga mortal, conservaban sus armas y equipos, pensando en el enemigo que estaba cerca. La liberalidad de Desnoyers produjo estupefaccion en muchos de ellos. Estaban acostumbrados a atravesar el suelo patrio teniendo que luchar con el egoismo del cultivador. Nadie ofrecia nada. El miedo al peligro hacia que los habitantes de los campos escondiesen sus viveres, negandose a facilitar el menor socorro a los compatriotas que se batian por ellos. El millonario durmio mal esta segunda noche en su cama aparatosa de columnas y penachos que habia pertenecido a Enrique IV, segun declaracion de los vendedores. Ya no era continuo el transito de tropas. De tarde en tarde pasaba un batallon suelto, una bateria, un grupo de jinetes, las ultimas fuerzas de la retaguardia que habia tomado posicion en las cercanias del pueblo para cubrir el movimiento de retroceso. El profundo silencio que seguia a estos desfiles ruidosos desperto en su animo una sensacion de duda e inquietud. ?Que hacia alli, cuando la muchedumbre en armas se retiraba? ?No era una locura quedarse?... Pero inmediatamente galopaban por su memoria todas las riquezas conservadas en el castillo. ?Si el pudiese llevarselas!... Era imposible, por falta de medios y de tiempo. Ademas, su tenacidad consideraba esta huida como algo vergonzoso. «Hay que terminar lo que se empieza», repitio mentalmente. El habia hecho el viaje para guardar lo suyo, y no debia huir al iniciarse el peligro. Cuando en la manana siguiente bajo al pueblo, apenas vio soldados. Solo un escuadron de dragones estaba en las afueras para cubrir los ultimos restos de la retirada. Los jinetes corrian en pelotones por los bosques, empujando a los rezagados y haciendo frente a las avanzadas enemigas. Desnoyers fue hasta la salida de la poblacion. Los dragones habian obstruido la calle con una barricada de carros y muebles. Pie a tierra y carabina en mano, vigilaban detras de este obstaculo la faja blanca del camino que se elevaba solitario entre dos colinas cubiertas de arboles. De tarde en tarde sonaban disparos sueltos, como chasquidos de tralla. «Los nuestros», decian los dragones. Eran los ultimos destacamentos que tiroteaban a las avanzadas de ulanos. La Caballeria tenia la mision de mantener a retaguardia el contacto con el enemigo, de oponerle una continuada resistencia repeliendo a los destacamentos alemanes que intentaban filtrarse a lo largo de las columnas. Vio como iban llegando por la carretera los ultimos rezagados de Infanteria. No marchaban; mas bien parecian arrastrarse, con una firme voluntad de avanzar, pero traicionados en sus deseos por las piernas anquilosadas, por los pies banados en sangre. Se habian sentado un momento al borde del camino, agonizantes de cansancio, para respirar sin el peso de la mochila, para sacar sus pies del encierro de los zapatos, para limpiarse el sudor, y al querer reanudar la marcha les era imposible levantarse. Su cuerpo parecia de piedra. La fatiga los sumia en un estado semejante a la catalepsia. Veian pasar como un desfile fantastico todo el resto del ejercito: batallones y mas batallones, baterias, tropeles de caballos. Luego, el silencio, la noche, un sueno sobre el polvo y las piedras sacudido por terribles pesadillas. Al amanecer eran despertados por los pelotones de jinetes que






exploraban el terreno recogiendo los residuos de la retirada. ?Ay! ?Imposible moverse! Los dragones, revolver en mano, tenian que apelar a la amenaza para reanimarlos. Solo la certeza de que el enemigo estaba cerca y podia hacerlos prisioneros les infundia un vigor momentaneo. Y se levantaban tambaleantes, arrastrando las piernas, apoyandose en el fusil como si fuese un baston. Muchos de estos hombres eran jovenes que habian envejecido en una hora y caminaban como valetudinarios, ?Infelices! No irian muy lejos. Su voluntad era seguir, incorporarse a la columna; pero al entrar en el pueblo examinaban las casas con ojos suplicantes, deseando entrar en ellas, sintiendo un ansia de descanso inmediato que les hacia olvidar la proximidad del enemigo. Villeblanche estaba mas solitario que antes de la llegada de las tropas. En la noche anterior, una gran parte de sus habitantes habia huido, contagiada por el pavor de la muchedumbre que seguia la retirada del ejercito. El alcalde y el cura se quedaban. Reconciliado con el dueno del castillo por su inesperada presencia y admirado de sus liberalidades, el funcionario municipal se acerco a el para darle una noticia. Los ingenieros estaban minando el puente sobre el Marne. Solo esperaban para hacerlo saltar a que se retirasen los dragones. Si queria marcharse, aun era tiempo. Otra vez dudo Desnoyers. Era una locura permanecer alli. Pero una ojeada a la arboleda, sobre cuyo ramaje asomaban los torreones del castillo, finalizo sus dudas. No, no... «Hay que terminar lo que se empieza». Se presentaban los ultimos grupos de dragones saliendo a la carretera por diversos puntos del bosque. Llevaban sus caballos al paso, como si les doliese este retroceso. Volvian la vista atras, con la carabina en una mano, prontos a hacer alto y disparar. Los otros que ocupaban las barricadas estaban ya sobre sus monturas. Se rehizo el escuadron, sonaron las voces de los oficiales, y un trote vivo con acompanamiento de choques metalicos se fue alejando a espaldas de don Marcelo. Quedo este junto a la barricada, en una soledad de intenso silencio, como si el mundo se hubiese desplomado repentinamente. Dos perros abandonados por la fuga de sus amos, rondaban y oliscaban en torno de el, implorando su proteccion. No podian encontrar el rastro deseado en aquella tierra pisoteada y desfigurada por el transito de miles de hombres. Un gato famelico espiaba a los pajaros que empezaban a invadir este lugar. Con timidos revuelos picoteaban los residuos alimenticios expelidos por los caballos de los dragones. Una gallina sin dueno aparecio igualmente para disputar su festin a la granujeria alada, oculta hasta entonces en arboles y aleros. El silencio hacia renacer el murmullo de la hojarasca, el zumbido de los insectos, la respiracion veraniega del suelo ardiente de sol, todos los ruidos de la Naturaleza, que parecia haberse contraido temerosamente bajo el paso de los hombres en armas. No se daba cuenta exacta Desnoyers del paso del tiempo. Creyo todo lo anterior un mal sueno. La calma que le rodeaba hizo inverosimil cuanto habia presenciado. De pronto vio moverse algo en el ultimo termino del camino, alli donde la cinta blanca tocaba el azul del horizonte. Eran dos hombres a caballo, dos soldaditos de plomo que parecian escapados de una caja de juguetes. Habia traido con el unos gemelos, que le servian para sorprender las incursiones en sus propiedades, y miro. Los dos jinetes, vestidos de gris verdoso, llevaban lanzas, y su casco estaba rematado en un plato horizontal... ?Ellos! No podia dudar: tenia ante su vista los primeros ulanos. Permanecieron inmoviles algun tiempo, como si explorasen el horizonte. Luego, de las masas oscuras de vegetacion que abullonaban los lados del camino fueron saliendo otros y otros, hasta formar un grupo. Los soldaditos de plomo ya no marcaban su silueta sobre el azul del horizonte. La blancura de la carretera les servia ahora de fondo, subiendo por encima de sus cabezas. Avanzaban con lentitud, como una tropa que teme emboscadas y examina lo que le rodea. La conveniencia de retirarse cuanto antes hizo que don Marcelo dejase de mirar. Era peligroso que le sorprendiesen en aquel sitio. Pero al bajar sus gemelos, algo






extraordinario paso por el campo de vision de las lentes. A corta distancia, como si fuese a tocarlos con la mano, vio muchos hombres que marchaban al amparo de los arboles por los lados de la carretera. Su sorpresa aun fue mayor al convencerse de que eran franceses, pues todos llevaban quepis. ?De donde salian?... Los volvio a examinar sin el auxilio de los gemelos, cerca ya de la barricada. Eran rezagados, en estado lamentable, que ofrecian una pintoresca variedad de uniformes: soldados de linea, zuavos, dragones sin caballo. Y revueltos con ellos, guardias forestales y gendarmes pertenecientes a pueblos que habian recibido con retraso la noticia de la retirada. En conjunto unos cincuenta. Los habia enteros y vigorosos; otros se sostenian con un esfuerzo sobrehumano. Todos conservaban sus armas. Llegaron hasta la barricada, mirando continuamente atras para vigilar al amparo de los arboles, el lento avanzar de los ulanos. Al frente de esta tropa heterogenea iba un oficial de gendarmeria, viejo y obeso, con el revolver en la diestra, el bigote erizado por la emocion y un brillo homicida en los ojos azules velados por la pesadez de los parpados. Se deslizaron al otro lado de la barrera de carros, sin fijarse en este paisano curioso. Iban a continuar su avance a traves del pueblo, cuando sono una detonacion enorme, conmoviendo el horizonte delante de ellos, haciendo temblar las casas. -?Que es eso? -pregunto el oficial mirando por primera vez a Desnoyers. Este dio una explicacion: era el puente, que acababa de ser destruido. Un juramento del jefe acogio la noticia. Pero su tropa, confusa, agrupada al azar del encuentro, permanecio indiferente, como si hubiese perdido todo contacto con la realidad. -Lo mismo es morir aqui que en otra parte- continuo el oficial. Muchos de los fugitivos agradecieron con una pronta obediencia esta decision, que los libertaba del suplicio de caminar. Casi se alegraron de la voladura que les cortaba el paso. Fueron colocandose instintivamente en los lugares mas cubiertos de la barricada. Otros se introdujeron en unas casas abandonadas, cuyas puertas habian violentado los dragones para utilizar el piso superior. Todos parecian satisfechos de poder descansar, aunque fuese combatiendo. El oficial iba de un grupo a otro comunicando sus ordenes. No debian hacer fuego hasta que el diese la voz. Don Marcelo presencio tales preparativos con la inmovilidad de la sorpresa. Habia sido tan rapida e inaudita la aparicion de los rezagados, que aun se imaginaba estar sonando. No podia haber peligro en esta situacion irreal; todo era mentira. Y continuo en su sitio sin entender al teniente, que le ordenaba la fuga con rudas palabras. ?Paisano testarudo!... El eco de la explosion habia poblado la carretera de jinetes. Salian de todas partes, uniendose al primitivo grupo. Los ulanos galopaban con la certeza de que el pueblo estaba abandonado. -?Fuego!... Desnoyers quedo envuelto en una nube de crujidos, como si se tronchase la madera de todos los arboles que tenia ante sus ojos. El escuadron impetuoso se detuvo de golpe. Varios hombres rodaron por el suelo. Unos se levantaban para saltar fuera del camino, encorvandose con el proposito de hacerse menos visibles. Otros permanecian tendidos de espaldas o de bruces, con los brazos por delante. Los caballos sin jinete emprendieron un galope loco a traves de los campos, con las riendas a rastras, espoleados por los estribos sueltos. Y despues del rudo vaiven que le hicieron sufrir la sorpresa y la muerte, se disperso, desapareciendo casi instantaneamente, absorbido por la arboleda.


                                 IV


                         JUNTO A LA GRUTA SAGRADA








Argensola tuvo una nueva ocupacion mas emocionante que la de senalar en el mapa el emplazamiento de los ejercitos. -Me dedico ahora a seguir al taube -decia a los amigos-. Se presenta de cuatro a cinco, con la puntualidad de una persona correcta que acude a tomar el te. Todas las tardes, a la hora mencionada, un aeroplano aleman volaba sobre Paris, arrojando bombas. Esta intimidacion no producia terror: la gente aceptaba la visita como un espectaculo extraordinario e interesante. En vano los aviadores dejaban caer sobre la ciudad banderas alemanas con ironicos mensajes dando cuenta de los descalabros del ejercito en retirada y de los fracasos de la ofensiva rusa. ?Mentiras, todo mentiras! En vano lanzaban bombas, destrozando buhardillas y matando o hiriendo viejos, mujeres y ninos. «Ah bandidos!» La muchedumbre amenazaba con el puno al mosquito maligno, apenas visible a dos mil metros de altura, y despues de este desahogo lo segui con los ojos de calle en calle o se inmovilizaba en las plazas para contemplar sus evoluciones. Un espectador de los mas puntuales era Argensola. A las cuatro estaba en la plaza de la Concordia, con la cara en alto y los ojos bien abiertos, al lado de otras gentes unidas a el por cordiales relaciones de companerismo. Eran como los abonados a un mismo teatro, que en fuerza de verse acaban por ser amigos. «?Vendra?... ?No vendra hoy?» Las mujeres parecian las mas vehementes. Algunas se presentaban arreboladas y jadeantes por el apresuramiento, temiendo haber llegado tarde al espectaculo... Un inmenso grito: «?Ya viene!... ?Alli esta!» Miles de manos senalaban un punto vago en el horizonte. Se prolongaban los rostros con gemelos y catalejos; los vendedores populares ofrecian toda clase de articulos opticos... Y durante una hora se desarrollaba el espectaculo apasionante de la caceria aerea, ruidosa e inutil. El insecto intentaba aproximarse a la torre de Eiffel, y de la base de esta surgian estampidos, al mismo tiempo que sus diversas plataformas escupian el rasgueo feroz de las ametralladoras. Al virar sobre la ciudad, sonaban descargas de fusileria en los tejados y en el fondo de las calles. Todos tiraban: los vecinos que tenian un arma en su casa, soldados de guardia, los militares ingleses y belgas de paso en Paris. Sabian que sus disparos eran inutiles, pero tiraban por el gusto de hostilizar al enemigo aunque solo fuese con la intencion, esperando que la casualidad, en uno de sus caprichos, realizase un milagro. Pero el unico milagro era que no se matasen los tiradores unos a otros con este fuego precipitado e infructuoso. Aun asi, algunos transeuntes caian heridos por balas de ignorada procedencia. Argensola iba de calle en calle siguiendo el revuelo del pajaro enemigo, queriendo adivinar donde caian sus proyectiles, deseando ser de los primeros que llegasen frente a la casa bombardeada, enardecido por las descargas que contestaban desde abajo. ?No disponer el de una carabina, como los ingleses vestidos de caqui o aquellos belgas con gorra de cuartel y una borla sobre la frente!... Al fin, el taube, cansado de hacer evoluciones, desaparecia. «Hasta manana -pensaba el espanol-. El de manana tal vez sea mas interesante». Las horas libres entre las observaciones geograficas y las contemplaciones aereas las empleaba en rondar cerca de las estaciones de ferrocarril -especialmente en las del Quai d'Orsay-, viendo la muchedumbre de viajeros que escapaba de Paris. La vision repentina de la verdad -despues de las ilusiones que habia creado el Gobierno con sus partes optimistas-; la certeza de que los alemanes estaban proximos, cuando una semana antes se los imaginaban muchos en plena derrota; los taubes volando sobre Paris; la misteriosa amenaza de los zepelines, enloquecian a una parte del vecindario. Las estaciones, custodiadas militarmente, solo admitian a los que habian adquirido un billete con anticipacion. Algunos esperaban dias enteros a que les llegase el turno de salida. Los mas impacientes emprendian la marcha a pie, deseando verse cuanto antes fuera de la ciudad. Negreaban los caminos con las muchedumbres que avanzaban por ellos, todas en una misma direccion. Iban hacia el Sur, en automovil, en coche de caballos, en carretas de hortelano, a pie.





Esta fuga la contemplo Argensola con serenidad. El era de los que se quedaban. Habia admirado a muchos hombres que presenciaron el sitio de Paris en 1870. Ahora su buena suerte le proporcionaba el ser testigo de un drama historico, tal vez mas interesante. ?Lo que podria contar en lo futuro!... Pero le molestaba la distraccion e indiferencia de su auditorio presente. Volvia al estudio satisfecho de las noticias de que era portador, febril por comunicarlas a Desnoyers, y este le escuchaba como si no le oyese. La noche en que le hizo saber que el Gobierno, las Camaras, el Cuerpo diplomatico y hasta los artistas de la Comedia Francesa estaban saliendo a aquellas horas en trenes especiales para Burdeos, su companero le contesto con un gesto de indiferencia. Otras eran sus preocupaciones. Por la manana habia recibido una carta de Margarita; dos simples lineas trazadas con precipitacion. Se marchaba: salia inmediatamente acompanando a su madre. ?Adios!... Y nada mas. El panico hacia olvidar muchos afectos, cortaba largas relaciones; pero ella era superior por su caracter a estas incoherencias de la ansiedad por huir. Julio vio algo inquietante en su laconismo. ?Por que no indicaba el lugar adonde se dirigia?... Por la tarde tuvo un atrevimiento que siempre le habia prohibido ella. Entro en la casa que habitaba Margarita, hablando largamente con la portera para adquirir noticias. La buena mujer pudo dar expansion de este modo a su locuacidad, bruscamente cortada por la fuga de los inquilinos y su servidumbre. La senora del piso principal -la madre de Margarita- habia sido la ultima en abandonar la casa a pesar de que estaba enferma desde la partida de su hijo. Habian salido el dia anterior, sin decir adonde iban. Lo unico que sabia era que habian tomado el tren en la estacion de Orsay. Huian hacia el sur, como todos los ricos. Y amplio sus revelaciones con la vaga noticia de que la hija se mostraba muy impresionada por los informes que habia recibido del frente de la guerra. Alguien de la familia estaba herido. Tal vez era el hermano, pero la portera lo ignoraba. Con tantas novedades, sorpresas e impresiones, resultaba dificil enterarse de las cosas. Ella tambien tenia su hombre en el ejercito y le preocupaban los asuntos propios. -?Donde estara -se pregunto Julio durante el dia-. ?Por que desea que ignore su paradero?... Cuando en la noche le hizo saber su camarada el viaje de los gobernantes con todo el misterio de una noticia que aun no era publica, se limito a contestar despues de un reflexivo mutismo: -Hacen bien... Yo saldre igualmente manana, si puedo. ?Para que permanecer en Paris? Su familia estaba ausente. Su padre -segun las averiguaciones de Argensola- tambien se habia ido, sin decir adonde. Con la misteriosa fuga de Margarita el quedaba solo, en una soledad que le inspiraba remordimientos. Aquella tarde, al pasear por los bulevares, habia tropezado con un amigo algo entrado en anos, un consocio del Circulo de esgrima, frecuentado por el. Era el primero que encontraba desde el principio de la guerra, y juntos pasaron revista a todos sus companeros incorporados al Ejercito. Las preguntas de Desnoyers eran contestadas por el viejo. ?Fulano?..., habia sido herido en Lorena y estaba en un hospital del sur. ?Otro amigo?..., muerto en los Vosgos. ?Otro?, desaparecido en Charleroi. Y asi continuaba el desfile heroico y funebre. Los mas vivian aun, realizando proezas. Otros socios de origen extranjero, jovenes polacos, ingleses, residentes en Paris, americanos de las Republicas del sur, acababan de inscribirse como voluntarios. El Circulo debia enorgullecerse de esta juventud que se ejercitaba en las armas durante la paz: todos estaban en el frente exponiendo su existencia... Y Desnoyers aparto su vista, como si temiese adivinar en los ojos de su amigo una expresion ironica e interrogante. ?Por que no marchaba el, como los otros, a defender la tierra en que vivia?... -Manana me ire- replico Julio, ensombrecido por este recuerdo. Pero se marchaba hacia el Sur, como todos los que huian de la guerra. En la manana






siguiente, Argensola se encargo de conseguir un billete de ferrocarril para Burdeos. El valor del dinero habia aumentado considerablemente. Cincuenta francos entregados a tiempo realizaban el milagro de procurarle un pedazo de carton numerado, cuya conquista representaba, para muchos, dias enteros de espera. -Es para hoy mismo -dijo a su camarada-. Debes salir en el tren de esta noche. El equipaje no exigio grandes preparativos. Los trenes se negaban a admitir otros bultos que los que llevaban a mano los viajeros. Argensola no quiso aceptar la liberalidad de Julio,, que pretendia partir con el todo su dinero. Los heroes necesitan muy poco, y el pintor de almas se sentia animado por una resolucion heroica. La breve alocucion de Gallieni al encargarse de la defensa de Paris la hacia suya. Pensaba mantenerse hasta el ultimo esfuerzo, lo mismo que el duro general. -?Que vengan! -dijo con una expresion tragica-. ?Me encontraran en mi sitio!... Su sitio era el estudio. Queria ver las cosas de cerca, para relatarlas a las generaciones venideras. Se mantendria firme, con sus provisiones de comestibles y vinos. Ademas, tenia el proyecto -asi que su companero desapareciese- de llevar a vivir con el a ciertas amigas que vagaban en busca de una comida problematica y sentian miedo en la soledad de sus domicilios. El peligro aproxima a las buenas gentes y anade un nuevo atractivo a los placeres de la comunidad, Las amorosas expansiones de los prisioneros del terror, cuando esperaban de un momento a otro ser conducidos a la guillotina, revivieron en su memoria «?Apuremos de un trago la vida, ya que hemos de morir!...» El estudio de la rue de la Pompe iba a presenciar las mismas fiestas locas y desesperadas que un barco encallado con provisiones abundantes. Desnoyers salio de la estacion de Orsay en un compartimiento de primera clase. Alababa mentalmente el buen orden con que la autoridad lo habia arreglado todo. Cada viajero tenia su asiento. Pero en la estacion de Austerlitz una avalancha humana asalto el tren. Las portezuelas se abrieron como si fuesen a romperse; paquetes y ninos entraron por las ventanas lo mismo que proyectiles. La gente se empujo con la rudeza de una muchedumbre que huye de un incendio. En el espacio reservado para ocho personas se instalaron catorce; los pasillos se obstruyeron para siempre con montones de maletas, que servian de asiento a nuevos viajeros. Habian desaparecido las distancias sociales. La gente del pueblo invadia con preferencia los vagones de lujo, creyendo encontrar en ellos mayor espacio. Los que tenia billete de primera clase iban en busca de los coches peores, con la vana esperanza de viajar desahogadamente. En las vias laterales esperaban desde un dia antes su hora de salida largos trenes compuestos de vagones de ganado. Los establos rodantes estaban repletos de personas sentadas en la madera del suelo o en sillas traidas de sus casas. Cada tren era un campamento que deseaba ponerse en marcha y mientras permanecia inmovil, una capa de papeles grasientos y cascaras de frutas se iba formando a lo largo de el. Los asaltantes al empujarse, se toleraban y perdonaban fraternalmente. «En la guerra como en la guerra», decian como ultima excusa. Y cada uno apretaba al vecino para arrebatarle una pulgada de asiento, para introducir su escaso equipaje entre los bultos suspendidos sobre las personas con los mas inverosimiles equilibrios. Desnoyers fue perdiendo, poco a poco, sus ventajas de primer ocupante. Le inspiraban lastima estas pobres gentes que habian esperado el tren desde las cuatro de la madrugada a las ocho de la noche. Las mujeres gemian de cansancio, derechas en el corredor, mirando con envidia feroz a los que ocupaban un asiento. Los ninos lloraban con balidos de cabra hambrienta. Julio acabo por ceder su lugar, repartiendo entre los menesterosos y los imprevisores todos los comestibles de que le habia proveido Argensola. Los restaurantes de las estaciones parecian saqueados. Durante las largas esperas del tren, solo se veian militares en los andenes: soldados que corrian al escuchar la llamada de la trompeta para volver a ocupar su sitio en los rosarios de vagones que subian y subian hacia Paris. En los apartaderos, largos trenes de guerra esperaban que la via quedase libre para continuar su viaje. Los






coraceros, llevando un chaleco amarillo sobre el pecho de acero, estaban sentados, con las piernas colgantes, en las puertas de los vagones-establos, de cuyo interior salian relinchos. Sobre las plataformas se alineaban armones grises. Las esbeltas gargantas de los 75 apuntaban a lo alto como telescopios. Paso la noche en el corredor, sentado en el borde una maleta, viendo como dormitaban otros con el embrutecimiento del cansancio y la emocion. Fue una noche cruel e interminable de sacudidas, estrepitos y pausas cortadas por ronquidos.. En cada estacion las trompetas sonaban precipitadamente, como si el enemigo estuviese cerca. Los soldados procedentes del Sur corrian a sus puestos, y una nueva corriente de hombres se arrastraba por los carriles yendo hacia Paris. Se mostraban alegres y deseosos de llegar pronto a los lugares de la matanza. Muchos se lamentaban creyendo presentarse con retraso, Julio, asomado a una ventanilla, escucho los dialogos y los gritos en estos andenes impregnados de un olor picante de hombres y mulas. Todos mostraban una confianza inquebrantable. «?Los boches!... Muy numerosos, con grandes canones, con muchas ametralladoras..., pero no habia mas que cargar la bayoneta y huian como liebres». La fe de los que iban al encuentro de la muerte contrastaba con el panico y la duda de los que escapaban de Paris. Un senor viejo y condecorado, tipo de funcionario en jubilacion, hacia preguntas a Desnoyers cuando el tren reanudaba su marcha. «?Usted opina que llegaran a Tours?» Antes de recibir contestacion se adormecia. El sueno embrutecedor avanzaba por el pasillo sus pies de plomo. Luego, el viejo despertaba de pronto. «?Usted cree que llegaran hasta Burdeos?» Y su deseo de no detenerse hasta alcanzar con su familia un refugio absolutamente seguro le hacia acoger como oraculos las vagas respuestas. Al amanecer vieron a los territoriales del pais guardando las vias. Iban armados con fusiles viejos; llevaban un quepis rojo como unico distintivo militar. Seguian pasando en direccion opuesta los trenes militares. En la estacion de Burdeos, la muchedumbre civil, pugnando por salir o por asaltar nuevos vagones, se confundia con las tropas. Sonaban incesantemente las trompetas para reunir a los soldados. Muchos eran hombres de color, tiradores indigenas con amplios calzones grises y un gorro rojo sobre el rostro negro y bronceado. Continuaba hacia el Norte el ferreo rodar de las masas armadas. Desnoyers vi un tren de heridos procedentes de los combates de Flandes y Lorena. Los uniformes de fatigada suciedad se refrescaban en la blancura de los vendajes que sostenian los miembros doloridos o defendian las cabezas rotas. Todos parecian sonreir con sus bocas lividas y sus ojos febriles a las primeras tierras del Mediodia que asomaban entre la bruma matinal, coronadas de sol, cubiertas de la regia vestidura de sus pampanos. Los hombres del Norte tendian sus manos a las frutas que les ofrecian las mujeres, picoteando con deleite las dulces uvas del pais. Vivio cuatro dias en Burdeos, aturdido y desorientado por la agitacion de una ciudad de provincia convertida repentinamente en capital. Los hoteles estaban llenos; muchas personas se contentaban con una habitacion de domestico. Los cafes no guardaban una silla libre; las aceras parecian repeler esta concurrencia extraordinaria. El jefe del estado se instalaba en la Prefectura; los ministerios quedaban establecidos en escuelas y museos; dos teatros eran habilitados para las futuras reuniones del Senado y la Camara popular. Julio encontro un hotel sordido y equivoco en el fondo de un callejon humedecido constantemente por los transeuntes. Un amorcillo adornaba los cristales de la puerta. En su cuarto, el espejo tenia grabado nombres de mujer y frases intranscribibles, como recuerdo de los hospedajes de una hora... Y todavia algunas damas de Paris, ocupadas en buscar alojamiento, envidiaban tanta fortuna. Resultaron infructuosas sus averiguaciones. Los amigos que encontro en la muchedumbre fugitiva pensaban en su propia suerte. Solo sabian hablar de los incidentes de su instalacion; repetian las noticias oidas a los ministros, con los que vivian familiarmente; mencionaban con aire misterioso la gran batalla que habia






empezado a desarrollarse desde las cercanias de Paris hasta Verdun. Una discipula de sus tiempos de gloria, que guardaba la antigua elegancia en su uniforme de enfermera, le dio vagas noticias. «?La pequena madame Laurier?... Se acordaba de haber oido a alguien que vivia cerca... Tal vez en Biarritz». Julio no necesito mas para reanudar su viaje. ?A Biarritz! La primera persona que encontro al llagar fue a Chichi. Declaraba inhabitables la poblacion, por las familias de espanoles ricos que veraneaban en ella. «Son boches en su mayoria. Yo me paso la existencia peleando. Acabare por vivir sola». Luego encontro a su madre: abrazos y lagrimas. Despues vio a su tia Elena en un salon del hotel, entusiasmada con el pais y sus veraneantes. Podia hablar largamente con muchos de ellos sobre la decadencia de Francia. Todos esperaban de un momento a otro la noticia de la entrada del kaiser en la capital. Hombres graves que no habian hecho nada en toda su vida criticaban los defectos y descuidos de la Republica. Jovenes cuya distincion entusiasmaba a dona Elena prorrumpian en apostrofes contra las corrupciones de Paris, corrupciones que habian estudiado a fondo velando hasta la salida del sol en las virtuosas escuelas de Montmartre. Todos adoraban a Alemania, donde no habian estado nunca o que conocian como una sucesion de imagenes cinematograficas. Aplicaban los sucesos a un criterio de plaza de toros. Los alemanes eran los que pegaban mas fuerte. «Con ellos no se juega: son muy brutos». Y parecian admirar la brutalidad como el mas respetable de los meritos. «?Por que no diran eso en su casa, al otro lado de la frontera? -protestaba Chichi-. ?Por que vienen a la del vecino a burlarse de sus preocupaciones?,,, ?Y tal vez se creen gentes de buena educacion!» Julio no habia ido a Biarritz para vivir con los suyos... El mismo dia de su llegada vio de lejos a la madre de Margarita. Estaba sola. Sus averiguaciones le hicieron saber que la hija vivia en Pau. Era enfermera y cuidaba a un herido de su familia. «El hermano..., indudablemente es el hermano», penso Julio. Y reanudo su viaje, dirigiendose a Pau. Sus visitas a los hospitales resultaron inutiles. Nadie conocia a Margarita. Todos los dias llegaba el tren con un nuevo cargamento de carne destrozada, pero el hermano no estaba entre los heridos. Una religiosa, creyendo que iba en busca de alguien de su familia, se apiado de el ayudandole con sus indicaciones. Debia ir a Lourdes: eran muy numerosos los heridos y las enfermeras laicas. Y Desnoyers hizo inmediatamente el corto trayecto entre Pau y Lourdes. Nunca habia visitado la santa poblacion cuyo nombre repetia su madre frecuentemente. Para dona Luisa, la nacion francesa era Lourdes. En las discusiones con su hermana y otras damas extranjeras que pedian el exterminio de Francia por su impiedad, la buena senora resumia su opinion siempre con las mismas palabras: «Cuando la virgen quiso aparecerse en nuestros tiempos, escogio a Francia. No sera tan malo este pais como dicen... Cuando yo vea que se aparece en Berlin, hablaremos otra vez». Pero Desnoyers no estaba para recordar las ingenuas opiniones de su madre. Apenas se hubo instalado en su hotel, junto al rio, corrio a la gran hospederia convertida en hospital. Los guardianes le dijeron que hasta la tarde no podria hablar con el director. Para entretener su impaciencia paseo por la calle que conduce a la basilica, toda de barracones y tiendas con estampas y recuerdos piadosos, que hacen de ella un largo bazar. Aqui y en los jardines inmediatos a la iglesia solo vio heridos convalecientes que guardaban en sus uniformes las huellas del combate. Los capotes estaban sucios a pesar de los repetidos cepillamientos. El barro, la sangre, la lluvia, habian dejado en ellos manchas imborrables, dandoles una rigidez de carton. Algunos heridos les arrancaban las mangas para evitar un roce cruel a sus brazos destrozados. Otros ostentaban todavia en los pantalones las rasgaduras de los cascos de obus. Eran combatientes de todas las armas y de diversas razas: infantes, jinetes, artilleros; soldados de la metropoli y de las colonias; campesinos franceses y






tiradores africanos; cabezas rubias, rostros de palidez mahometana y caras negras de senegaleses, con ojos de fuego y belfos azulados, unos, mostrando el aire bonachon y la sedentaria obesidad del burgues convertido repentinamente en guerrero; otros, enjutos, nerviosos, de perfil agresivo, como hombres nacidos para la pelea y ejercitados en campanas exoticas. La ciudad, visitada a impulsos de la esperanza por los enfermos del catolicismo, se veia invadida ahora por una muchedumbre no menos dolorosa, pero vestidas de carnavalescos colores. Todos, a pesar de su desaliento fisico, tenian cierto aire de desenfado y satisfaccion. Habia visto la muerte de muy cerca, escurriendose entre sus garras huesosas, y encontraban un nuevo sabor a la alegria de vivir. Con sus capotes adornados de condecoraciones, sus teatrales alquiceles, sus quepis y sus gorros africanos, esta muchedumbre heroica ofrecia, sin embargo, un aspecto lamentable. Muy pocos conservaban en ella la noble vertical, orgullo de la superioridad humana. Avanzaban encorvados, cojeando, arrastrandose, apoyados en un garrote o en un brazo amigo. Otros se dejaban empujar tendidos en los carritos que habian servido muchas veces para conducir los enfermos piadosos desde la estacion a la gruta de la Virgen. Algunos caminaban a ciegas, con los ojos vendados, junto a un nino o una enfermera. Los primeros choques en Belgica y en el Este, media docena de batallas, habian bastado para producir estas ruinas fisicas, en las que aparecia la belleza varonil con los mas horribles ultrajes... Estos organismos que se empenaban tenazmente en subsistir, paseando bajo el sol sus renacientes energias, solo representaban una exigua parte de la gran siega de la muerte. Detras de ellos quedaban miles y miles de camaradas gimiendo en los lechos de los hospitales y que tal vez no se levantarian nunca. Millares y millares estaban ocultos para siempre en las entranas de una tierra mojada por su baba agonica, tierra fatal que al recibir una lluvia de proyectiles devolvia como cosecha matorrales de cruces. La guerra se mostro a los ojos de Desnoyers con toda su cruel fealdad. Habian hablado de ella, hasta entonces, como hablamos de la muerte en plena salud, sabiendo que existe y que es horrible, pero viendola tan lejos..., ?tan lejos!, que no infunde una verdadera emocion. Las explosiones de los obuses acompanaban su brutalidad destructora con una burla feroz desfigurando grotescamente el cuerpo humano. Vio heridos que empezaban a recobrar su fuerza vital y solo eran esbozos de hombres, espantosas caricaturas, andrajos humanos salvados de la tumba por las audacias de la ciencia; troncos con cabeza que se arrastraban por el suelo sobre un zocalo de ruedas; craneos incompletos cuyo cerebro latia bajo una cubierta artificial; seres sin brazos y sin piernas que descansaban en el fondo de un carretoncillo como bocetos escultoricos o piezas de diseccion; caras sin nariz que mostraban, lo mismo que las calaveras, la negra cavidad de sus fosas nasales. Y estos medios hombres hablaban, fumaban, reian, satisfechos de ver el cielo, de sentir la caricia del sol, de haber vuelto a la existencia, animados por la soberana voluntad de vivir, que olvida confiada la miseria presente en espera de algo mejor. Fue tal su impresion, que olvido por algun tiempo el motivo que le habia arrastrado hasta alli... ?Si los que provocan la guerra desde los gabinetes diplomaticos o las mesas de un Estado Mayor pudiesen contemplarla, no en los campos de batalla, con el entusiasmo que perturba los sentidos, sino en frio, tal como se aprecia en hospitales y cementerios por los restos que deja tras de su paso!... El joven vio en su imaginacion el globo terraqueo, como un buque enorme que navegaba por la inmensidad. Sus tripulantes, los pobres humanos, llevaban siglos y siglos exterminandose sobre la cubierta. Ni siquiera sabian lo que existia debajo de sus pies, en las profundidades de la nave. Ocupar la mayor superficie a la luz del sol era el deseo de cada grupo. Hombres tenidos por superiores empujaban estas masas al exterminio para escalar el ultimo puente y empunar el timon, dando al buque un rumbo determinado. Y todos los que sentian estas ambiciones por el mando absoluto sabian lo mismo...: ?nada! Ninguno de ellos podia decir con certeza que






habia mas alla del horizonte visible, ni adonde se dirigia la nave. La sorda hostilidad del misterio los rodeaba a todos; su vida era fragil, necesitaba de incesantes cuidados para mantenerse; y, a pesar de esto, la tripulacion, durante siglos y siglos, no habia tenido un instante de acuerdo, de obra comun, de razon clara. Periodicamente, una mitad de ella chocaba con la otra; se mataban por esclavizarse en la cubierta movediza, flotante sobre el abismo; pugnaban por echarse unos a otros fuera del buque; la estela de la nave se cubria de cadaveres. Y de la muchedumbre, en completa demencia todavia, surgian lobregos sofistas para declarar que este era el estado perfecto, que asi debian seguir todos eternamente, y que era un mal ensueno desear que los tripulantes mirasen como hermanos que siguen un destino comun y ven en torno de ellos las asechanzas de un misterio agresivo... ?Ah miseria humana! Julio se sintio alejado de sus reflexiones por la alegria pueril que mostraban algunos convalecientes. Eran musulmanes, tiradores de Argelia y de Marruecos. Estaban en Lourdes como podian estar en otra parte, atentos unicamente a los obsequios de la gente civil, que los seguia con patriotica ternura. Todos ellos miraban con indiferencia la basilica habitada por la Senora blanca. Su unica preocupacion era pedir cigarros y dulces. Al verse agasajados por la raza dominadora de sus paises, se enorgullecian, atreviendose a todo, como ninos revoltosos. Su mayor placer era que las damas les diesen la mano. ?Bendita guerra, que les permitia acercarse y tocar a estas mujeres blancas, perfumadas y sonrientes, tal como aparecen en los ensuenos las hembras paradisiacas, reservadas a los bienaventurados! «Madame... Madame», suspiraban, poblandose al mismo tiempo de llamaradas sus pupilas de tinta. Y no contentos con la mano, sus garras oscuras se aventuraban a lo largo del brazo mientras las senoras reian de esta adoracion tremula. Otros avanzaban entre el gentio ofreciendo su diestra a todas las mujeres. «Toquemos mano». Y se alejaban satisfechos luego de recibir el apreton. Vago mucho tiempo Desnoyers por los alrededores de la basilica. Al amparo de los arboles se formaban en hilera las carretillas ocupadas por los heridos. Oficiales y soldados permanecian largas horas en la sombra azul viendo como pasaban otros camaradas heridos que podian valerse de sus piernas. La santa gruta resplandecia con el llamear de centenares de cirios. La muchedumbre devota, arrodillada al aire libre, fijaba sus ojos suplicantes en las sagradas piedras, mientras su pensamiento volaba lejos, a los campos de batalla, con la confianza en la divinidad que acompanaba a toda inquietud. De la masa arrodillada surgian soldados con vendajes en la cabeza, el quepis en una mano y los ojos lacrimosos. Subian y descendian por la doble escalinata de la basilica mujeres vestidas de blanco, con un temblor de tocas que les daba de lejos el aspecto de palomas aleteando. Eran enfermeras, damas de la caridad, guiando los pasos de los heridos. Desnoyers creyo reconocer a Margarita en cada una de ellas. Pero la desilusion que seguia a tales descubrimientos le hizo dudar del exito de su viaje. Tampoco estaba en Lourdes. Nunca la encontraria en esta Francia agrandada desmesuradamente por la guerra, que habia convertido cada poblacion en un hospital. Por la tarde sus averiguaciones no obtuvieron mejor exito. Los empleados escucharon sus preguntas con aire distraido: podia volver luego. Estaban preocupados por el anuncio de un nuevo tren sanitario. Continuaba la gran batalla cerca de Paris. Tenian que improvisar alojamiento para la nueva remesa de carne destrozada. Desnoyers volvio a los jardines cercanos a la gruta. Su paseo era para entretener el tiempo. Pensaba regresar a Pau aquella noche: nada le quedaba que hacer en Lourdes. ?Adonde dirigiria luego sus investigaciones?... Sintio de pronto un estremecimiento a lo largo de su espalda: la misma sensacion indefinible que le avisaba la presencia de ella cuando se reunian en un jardin de






Paris. Margarita iba a presentarse de pronto, como las otras veces, sin que el supiera ciertamente de donde salia, como si emergiese de la tierra o descendiese de las nubes. Despues de pensar esto sonrio con amargura. ?Mentiras del deseo! ?Ilusiones!... Al volver la cabeza reconocio la falsedad de sus esperanzas. Nadie seguia sus pasos: el era el unico que marchaba por el centro de la avenida. En un banco inmediato descansaba un oficial con los ojos vendados. Junto a el, con la diafana blancura de los angeles custodios, estaba una enfermera. ?Pobre ciego!... Desnoyers iba a seguir adelante; pero un movimiento rapido de la mujer vestida de blanco, un deseo visible de pasar inadvertida, de ocultar la cara volviendo los ojos hacia las plantas, atrajeron su atencion. Tardo en reconocerla. Dos rizos asomados al borde de la toca le hicieron adivinar la cabellera oculta; los pies calzados de blanco fueron indicio para reconstituir el cuerpo, algo desfigurado por un uniforme sin coqueteria. El rostro era palido, grave. Nada quedaba en el de los antiguos afeites, que le daban una belleza pueril de muneca. Sus ojos parecian reflejar lo existente con nuevas formas en el fondo de unas aureolas oscuras de cansancio... ?Margarita! Se miraron largamente, como hipnotizados por la sorpresa. Ella mostro inquietud al ver que Desnoyers adelantaba un paso. No..., no. Sus ojos, sus manos, todo su cuerpo parecieron protestar, repelerle en su avance, fijarlo en su inmovilidad. El miedo a que se aproximase la hizo marchar hacia el. Dijo unas palabras al militar, que continuo en el banco, recibiendo sobre el vendaje de su rostro un rayo de sol que parecia no sentir. Luego se levanto, yendo al encuentro de Julio, y siguio adelante, indicandole con un gesto que se situase mas lejos, donde el herido no pudiera escucharlos. Detuvo su paso en un sendero lateral. Desde alli podian ver al ciego confiado a su custodia. Quedaron inmoviles frente a frente. Desnoyers quiso decir muchas cosas, ?muchas!, pero vacilo, no sabiendo como revestir de palabras sus quejas, sus suplicas, sus halagos. Por encima de esta avalancha de pensamientos emergio uno, fatal, dominante, colerico: -?Quien es ese hombre?... El acento rencoroso, la voz dura con que dijo estas palabras le sorprendieron, como si procediesen de otra boca. La enfermera le miro con sus ojos limpidos, agrandados, serenos, unos ojos que parecian libres para siempre de las contradicciones de la sorpresa y del miedo. La respuesta se deslizo con la misma limpieza que la mirada. -Es Laurier... Es mi marido. ?Laurier!... Los ojos de Julio examinaron con larga duda al militar antes de convencerse. ?Laurier este oficial ciego que permanecia inmovil en el banco, como un simbolo de dolor heroico! Estaba aviejado, con la tez curtida y de un color de bronce surcado de grietas que convergian como rayos en torno de todas las aberturas de su rostro. Los cabellos empezaban a blanquear en las sienes y en la barba que cubria ahora sus mejillas. Habia vivido veinte anos en un mes... Al mismo tiempo parecia mas joven, con una juventud que irradiaba vigorosa de su interior, con la fuerza de un alma que ha sufrido las emociones mas violentas y no puede ya conocer el miedo, con la satisfaccion firme y serena del deber cumplido. Contemplandolo sintio al mismo tiempo admiracion y celos. Se avergonzo al darse cuenta de la aversion que le inspiraba este hombre en plena desgracia y que no podia ver lo que le rodeaba. Su odio era una cobardia; pero insistio en el, como si en su interior se hubiese despertado otra alma, una segunda personalidad que le causaba espanto. ?Como recordaba los ojos de Margarita al alejarse del herido por unos instantes!... A el no le habia mirado asi nunca. Conocia todas las gradaciones amorosas de sus parpados; pero su mirada al herido era algo diferente, algo que el no habia visto hasta entonces. Hablo con la furia del enamorado que descubre una infidelidad. -?Y por eso te fuiste sin un aviso, sin una palabra!... Me abandonaste para venir en






busca de el... Di ?por que has venido? ?Por que has venido? No se inmuto ella ante su acento colerico y sus miradas hostiles. -He venido porque aqui estaba mi deber. Luego hablo como una madre que aprovecha un parentesis de sorpresa en el nino irascible para aconsejarle cordura. Explicaba sus actos. Habia recibido la noticia de la herida de Laurier cuando ella y su madre se preparaban a salir de Paris. No vacilo un instante: su obligacion era correr al lado de este hombre. Habia reflexionado mucho en las ultimas semanas. La guerra la habia hecho meditar sobre el valor de la vida. Sus ojos contemplaban nuevos horizontes. Nuestro destino no esta en el placer y las satisfacciones egoistas: nos debemos al dolor y al sacrificio. Deseaba trabajar por su patria, cargar con una parte del dolor comun, servir como las otras mujeres; y estando dispuesta a dar todos sus cuidados a los desconocidos, ?no era natural que prefiriese a este hombre, al que habia causado tanto dano?... Vivia aun en su memoria el momento en que lo vio llegar la estacion completamente solo entre tantos que tenian el consuelo de unos brazos amantes al partir en busca de la muerte. Su lastima habia sido aun mas intensa al enterarse de su infortunio. Un obus habia estallado junto a el, matando a los que le rodeaban. De sus varias heridas, la unica grave era la del rostro. Habia perdido un ojo por completo; el otro lo mantenian los medicos sin vision, esperando salvarlo. Pero ella dudaba; era casi seguro que Laurier quedaria ciego. La voz de Margarita temblaba al decir esto, como si fuese a llorar; pero sus ojos permanecieron secos. No sentian la irresistible necesidad de las lagrimas. El llanto era ahora algo superfluo, como otras muchas cosas de los tiempos de paz. ?Habian visto sus ojos tanto en pocos dias! .?Como le amas! -exclamo Julio. Ella le habia tratado de usted hasta este momento, por miedo a ser oida y por mantenerlo a distancia, como si hablase con un amigo. Pero la tristeza de su amante acabo con su frialdad. -No; yo te quiero a ti..., yo te querre siempre. La sencillez con que dijo esto y su repentino tuteo infundieron confianza a Desnoyers. -?Y el otro?- pregunto con ansiedad. Al escuchar su respuesta creyo que algo acababa de pasar ante el sol, velando momentaneamente su luz. Fue como una nube que se desliza sobre la tierra y sobre su pensamiento, esparciendo una sensacion de frio. -A el tambien lo quiero. Lo dijo mirandole como si implorase su perdon, con la sinceridad dolorosa de un alma que ha renido con la mentira y llora al adivinar los danos que causa. El sintio que su colera dura se desmoronaba de golpe, lo mismo que una montana que se agrieta. «?Ah Margarita!» Su voz sono tremula y humilde. ?Podia terminar todo entre los dos con esta sencillez? ?Eran acaso mentiras sus antiguos juramentos?... Se habian buscado con afinidad irresistible para compenetrarse, para ser uno solo..., y ahora, subitamente endurecidos por la indiferencia, ?iban a chocar como dos cuerpos hostiles que se repelen?... ?Que significaba este absurdo de amarle a el como siempre y amar al mismo tiempo a su antiguo esposo? Margarita bajo la cabeza, murmurando con desesperacion: -Tu eres un hombre; yo soy una mujer. No me entenderas por mas que hable. Los hombres no pueden alcanzar ciertos misterios nuestros... Una mujer me comprenderia mejor. Desnoyers quiso conocer su infortunio con toda su crueldad. Podia hablar ella sin miedo. Se sentia con fuerzas para sobrellevar los golpes... ?Que decia Laurier al verse cuidado y acariciado por Margarita?... -Ignora quien soy... Me cree una enfermera igual a las otras, que se apiada de el viendole solo y ciego, sin parientes que le escriban y lo visiten... En ciertos momentos he llegado a sospechar si adivina la verdad. Mi voz, el contacto de mis






manos, le crispaban al principio con un gesto de extraneza. Le he dicho que soy una dama belga que ha perdido a los suyos y esta sola en el mundo. El me ha contado su vida anterior ligeramente, como el que desea olvidar su pasado odioso... Ni una palabra molesta para su antigua mujer. Hay noches en que sospecho que me conoce, que se vale de su ceguera para prolongar la fingida ignorancia, y esto me atormenta... Deseo que recobre la vista, que los medicos salven uno de sus ojos, y al mismo tiempo siento miedo. ?Que dira al reconocerme?... Pero no; mejor es que vea, y ocurra lo que ocurra. Tu no puedes comprender estas preocupaciones, tu no sabes lo que yo sufro. Callo un instante para reconcentrarse, apreciando, una vez mas las inquietudes de su alma. -?Oh, la guerra -siguio diciendo-. ?Que de cambios en nuestra vida! Hace dos meses, mi situacion me hubiese parecido extraordinaria, inverosimil... Yo cuidando a mi marido, temiendo que me descubra y se aleje de mi, deseando al mismo tiempo que me reconozca y me perdone... Solo hace una semana que vivo a su lado. Desfiguro mi voz cuanto puedo, evito frases le revelen quien soy... Pero esto no se puede prolongar. Unicamente en las novelas resultan aceptables estas situaciones. La duda ensombrecio de pronto su resolucion. -Yo creo -continuo- que me ha reconocido desde el primer momento... Calla y finge ignorancia porque me desprecia..., porque jamas llegara a perdonarme. ?He sido tan mala!... ?Le he hecho tanto dano!... Se acordaba de los largos y reflexivos mutismos del herido despues de algunas palabras imprudentes. A los dos dias de recibir sus cuidados habia tenido un movimiento de rebeldia, evitando el salir con ella a paseo. Pero, falto de vista, comprendiendo la inutilidad de sus resistencia, habia acabado por entregarse con una pasividad silenciosa. -Que piense lo que quiera- concluyo Margarita animosamente-, que me desprecie. Yo estoy aqui, donde debo estar. Necesito su perdon; y si no me perdona, lo mismo seguire a su lado... Hay momentos en que deseo que no recobre la vista. Asi me necesitaria siempre, podria pasar toda mi existencia a su lado, sacrificandome por el -?Y yo? -dijo Desnoyers. Margarita lo miro con ojos asombrados, como si despertase. Era verdad: ?y el otro?... Enardecida por su sacrificio, que representaba una expiacion, habia olvidado al hombre que tenia delante. -?Tu! -dijo tras de una larga pausa-. Tu debes dejarme... La vida no es como la habiamos concebido. Sin la guerra, tal vez hubiesemos realizado nuestros ensuenos; pero ?ahora!... Fijate bien. Yo llevo por el resto de mi existencia una carga pesadisima y al mismo tiempo dulce, pues cuanto mas me abruma, mas grata me parece. Nunca me separare de ese hombre, al que he ofendido tanto, que se ve solo en el mundo y necesita de proteccion como un nino. ?Por que vas tu a participar de mi suerte? ?Como vivir en amores con una eterna enfermera, al lado de un hombre bueno y ciego, al que ultrajariamos continuamente con nuestra pasion?... No; mejor es que te alejes. Sigue tu camino solo y desembarazado. Dejame; tu encontraras otras mujeres que te haran mas dichoso que yo. Tu eres de los destinados a encontrar una nueva felicidad a cada paso. Insistio en sus elogios. Su voz era calmosa; pero en el fondo de ella temblaba la emocion del ultimo adios a la alegria que se aleja para siempre. El hombre amado seria de otras. ?Y ella misma lo entregaba!... Pero la noble tristeza del sacrificio le infundio serenidad. Era una renuncia mas para expiar sus culpas. Julio bajo los parpados, perplejo y vencido. Le aterraba la imagen del futuro esbozada por Margarita. El viviendo al lado de la enfermera, aprovechandose de la ignorancia del ciego para inferirle todos los dias con sus amores un nuevo insulto. ?Ah, no! Era una villania. Se acordaba ahora con verguenza de la malignidad con que habia mirado poco antes a este hombre desgraciado y bueno. Se reconocia sin






fuerzas para luchar con el. Debil e impotente en aquel banco de jardin, era mas grande y respetable que Julio Desnoyers con toda su juventud y sus gallardias. Habia servido en su vida para algo; habia hecho lo que el no osaba hacer. Esta conviccion de su inferioridad le hizo gemir como un nino abandonado. -?Que sera de mi?... Margarita, considerando el amor que se iba para siempre, las esperanzas desvanecidas, el futuro iluminado por la satisfaccion de su deber cumplido, pero monotono y doloroso, murmuro igualmente: -?Y yo?... ?Que sera de mi?... Desnoyers parecio reanimarse, como si hubiese encontrado de pronto una solucion. -Escucha, Margarita: yo leo en tu alma. Amas a ese hombre, y haces bien. Es superior a mi, y las mujeres se sienten atraidas por toda superioridad... Yo soy un cobarde. Si, no protestes; soy un cobarde, con toda mi juventud, con todas mis fuerzas. ?Como no habias de sentirte impresionada por la conducta de ese hombre?... Pero yo recuperare lo perdido... Este pais es el tuyo, Margarita: yo me batire por el. No digas que no... Y, enardecido por su repentino entusiasmo, trazaba un plan de heroismos. Iba a hacerse soldado. Pronto oiria hablar de el. Su proposito era quedar tendido en el campo al primer encuentro o asombrar al mundo con sus hazanas. De un modo u otro resolveria su vergonzosa situacion: el olvido de la muerte o la gloria. -?No! -exclamo ella, interrumpiendole con angustia-. Tu, no. Bastante hay con el otro... ?Que horror! Tu tambien herido, mutilado para siempre, tal vez muerto... No; vive. Prefiero que vivas, aunque seas de otra. Que yo sepa que existes, que te vea alguna vez, aunque me hayas olvidado, aunque pases indiferente, como si no me conocieses. En su protesta gritaba el amor ardoroso, el amor irreflexivo y heroico, que acepta con estoicismo todas las penas a cambio de que el ser preferido siga existiendo. Pero a continuacion, para que Julio no sintiese el engano de una falsa esperanza, anadio: -Vive, tu no debes morir. Seria para mi un nuevo tormento... Pero vive sin mi. Olvidame. Es inutil cuanto hablemos: mi destino esta marcado para siempre al lado del otro. Desnoyers volvio a entregarse al desaliento, adivinando la ineficacia de ruegos y protestas. -?Ah, como le amas!... ?Como me enganaste! Ella, como suprema explicacion, volvio a repetir lo dichos al principio de la entrevista. Amaba a Julio... y amaba a su marido. Eran amores distintos. No que queria decir cual resultaba mas ardiente; pero la desgracia la impelia a escoger entre los dos, y aceptaba el mas doloroso, el de mayores sacrificios. -Tu eres hombre, y no podras entenderme nunca... Una mujer me comprenderia. Julio, al lanzar una mirada en torno de el, creyo que la tarde habia sufrido los efectos de un fenomeno celeste. El jardin seguia iluminado por el sol, pero el verde de los arboles, el amarillo del suelo, el azul del espacio, las espumas blancas del rio, todo le parecio oscuro y difuso, como si cayese una lluvia de ceniza. -Entonces..., ?todo ha terminado entre nosotros? Su voz temblorosa, suplicante, cargada de lagrimas, hizo que ella volviese la cabeza para ocultar su emocion. Luego, en el penoso silencio, las dos desesperaciones formularon la misma pregunta, como si interrogasen a las sombras del futuro. «?Que sera de mi?», murmuro el hombre. Y como un eco, los labios de ella repitieron: «?Que sera de mi?» Todo estaba dicho. Palabras irreparables se alzaban entre los dos como un obstaculo que habia de ensancharse por momentos, impeliendolos en opuestas direcciones. ?Para que prolongar la entrevista dolorosa?... Margarita mostro la resolucion pronta y energica de toda mujer cuando desea cortar una escena:






«?Adios!» Su rostro habia tomado una palidez amarillenta, sus pupilas estaban mortecinas, humosas, como los vidrios de una linterna cuya luz se apaga. «?Adios!» Debia volver al lado de su herido. Se marcho sin mirarlo, y Desnoyers, por instinto, camino en direccion opuesta. Cuando, al serenarse, quiso volver sobre sus pasos, vi como se alejaba dando el brazo al ciego, sin volver la cabeza una sola vez. Tuvo la conviccion de que ya no la veria mas, y una angustia de asfixia oprimio su garganta. ?Y con esta facilidad podia separarse eternamente dos seres que dias antes contemplaban el Universo concretado en sus personas?... Su desesperacion al quedar solo le hizo acusarse de torpeza. Ahora acudian sus pensamientos en tropel, y cada uno de ellos le parecio suficiente para convencer a Margarita. Indudablemente no habia sabido expresarse: necesita hablar con ella otra vez... Y decidio permanecer en Lourdes. Paso una noche de tortura en el hotel, escuchando el rebullir del rio entre las piedras. El insomnio le tuvo entre sus mandibulas feroces, royendole con un suplicio interminable. Encendio la luz varias veces, pero no pudo leer. Sus ojos miraron con estupida fijeza los dibujos del empapelado, las laminas piadosas de este cuarto que habia servido de albergue a los peregrinos ricos. Permanecio inmovil y abstraido como los orientales que piensan en su carencia absoluta de pensamientos. Una idea unica danzaba en el vacio de su craneo: «Y no la vere mas... ?Es esto posible?» Se adormecio algunos instantes, para despertar con la sensacion de un estallido horroroso que lo enviaba por los aires. Y siguio desvelado, con sudores de angustia, hasta que en la sombra de la habitacion se fue destacando un cuadrado de luz lactea. El amanecer empezaba a reflejarse en las cortinas de la ventana. La caricia aterciopelada del dia pudo, al fin, cerrar sus ojos. Al despertar, bien entrada la manana, corrio a los jardines de la gruta... ?Las horas de espera temblorosa e inutil, creyendo reconocer a Margarita en toda dama blanca que avanzaba guiando a un herido! Por la tarde, despues de un almuerzo cuyos platos desfilaron intactos, volvio al jardin en busca de ella. Al reconocerla dando el brazo al oficial ciego experimento una sensacion de desaliento. Parecia mas alta, mas delgada, con el rostro afilado, dos oquedades de sombra en las mejillas, los ojos brillantes de fiebre, los parpados contraidos por el cansancio. Adivino una noche de suplicio, de pensamientos escasos y tenaces, de estupefaccion dolorosa, igual a la suya en el cuarto del hotel. Sintio de pronto todo el peso del insomnio y la inapetencia, toda la emocion deprimente de las sensaciones crueles experimentadas en las ultimas horas. ?Cuan desgraciados eran los dos!... Ella avanzaba con precaucion, mirando a un lado y a otro, como el que presiente un peligro. Al descubrirle se apreto contra el ciego, lanzando a su antiguo amante una mirada de suplica, de desesperacion, implorando misericordia... ?Ay esta mirada! Sintio verguenza; su personalidad parecia haberse desdoblado: se contemplo a si mismo con ojos de juez. ?Que hacia alli el llamado Julio Desnoyers, hombre seductor e inutil, atormentando con su presencia a una pobre mujer, queriendo desviarla de su noble arrepentimiento, insistiendo en sus egoistas y pequenos deseos, cuando la Humanidad entera pensaba en otras cosas?... Su cobardia le irrito. Como el ladron que se aprovecha del sueno de la victima, el rondaba en torno de un hombre bueno y valeroso que no podia verle, que no podia defenderse, para robarle el unico afecto que tenia en el mundo y que milagrosamente volvia hacia el. ?Muy bien, senor Desnoyers!... ?Ah canalla! Estos insultos exteriores le hicieron erguirse, altivo, cruel, inexorable, contra aquel otro yo digno de su desprecio. Ladeo la cabeza: no quiso encontrar los ojos suplicantes de Margarita; tuvo miedo a su mudo reproche. Tampoco se atrevio a mirar al ciego, con su uniforme rapado y heroico, con su rostro envejecido por el deber y la gloria. Le temia como a un






remordimiento. Volvio la espalda al grupo; se alejo. ?Adios, amor! ?Adios, felicidad!... Marchaba ahora con paso firme; un milagro acababa de realizarse en su interior: habia encontrado un camino. ?A Paris!... Una ilusion nueva iba a poblar el inmenso vacio de su existencia sin objetivo.


                                                 V


                                         LA INVASION


Huia don Marcelo para refugiarse en su castillo, cuando encontro al alcalde de Villeblanche. El estrepito de la descarga le habia hecho correr hacia la barricada. Al enterarse de la aparicion del grupo de rezagados elevo los brazos desesperadamente. Estaban locos. Su resistencia iba a ser fatal para el pueblo. Y siguio corriendo para rogarles que desistiesen de ella. Transcurrio mucho tiempo sin que se turbase la calma de la manana. Desnoyers habia subido a lo mas alto de uno de los torreones, y con los anteojos exploraba el campo. No alcanzaba a distinguir la carretera; solo veia grupos de arboles inmediatos. Adivino con la imaginacion debajo de este ramaje una oculta actividad: masas de hombres que hacian alto, tropas que se preparaban para el ataque. La inesperada defensa de los fugitivos habia perturbado la marcha de la invasion. Desnoyers penso en este punado de locos y su testarudo jefe: ?que suerte iba a ser la suya? Al fijar sus gemelos en las cercanias del pueblo vio las manchas rojas de los quepis deslizandose como amapolas entre el verde de una pradera. Eran ellos que se retiraban, convencidos de la inutilidad de su resistencia. Tal vez les habian indicado un vado o una barca olvidada para salvar el Marne, y continuaban su retroceso hacia el rio. De un momento a otro, los alemanes iban a entrar en Villeblanche. Transcurrio media ahora de profundo silencio. El pueblo perfilaba sobre un fondo de colinas su masa de tejados y la torre de la iglesia rematada por la cruz y un gallo de hierro. Todo parecia tranquilo, como en los mejores dias de la paz. De pronto vio que el bosque vomitaba a lo lejos algo ruidoso y sutil, una burbuja de vapor acompanada de sordo estallido. Algo tambien paso por el aire con estridente curva. A continuacion un tejado del pueblo se abrio como un craneo, volando de el maderos, fragmentos de pared, muebles rotos. Todo el interior de la casa se escapaba en un chorro de humo polvo y astillas. Los invasores bombardeaban a Villeblanche antes de intentar el ataque, como si temiesen encontrar en sus calles una empenada resistencia. Cayeron nuevos proyectiles. Algunos, pasando por encima de las casas, venian a estallar entre el pueblo y el castillo.. Los torreones de la propiedad de Desnoyers empezaban a atraer la punteria de los artilleros. Pensaba este en la oportunidad de abandonar su peligroso observatorio, cuando vio que algo blanco, semejante a un mantel o a una sabana, flotaba en la torre de la iglesia. Los vecinos habian izado esta senal de paz para evitarse el bombardeo. Todavia cayeron unos cuantos proyectiles; luego se hizo el silencio. Don Marcelo estaba ahora en su parque, viendo como el conserje enterraba al pie de un arbol las armas de caza que existian en el castillo. Luego se dirigio hacia la verja. Los enemigos iban a llegar y habia que recibirlos. En esta espera inquietante, el arrepentimiento volvio a atormentarle. ?Que hacia alli? ?Por que se habia quedado?... Pero su caracter tenaz desecho inmediatamente las dudas del miedo. Estaba alli porque tenia el deber de guardar lo suyo. Ademas, ya era tarde para






pensar en tales cosas. Le parecio de pronto que el silencio matinal se cortaba con un sordo rasgon de tela dura. -Tiros, senor -dijo el conserje-. Una descarga. Debe de ser en la plaza. Minutos despues vieron llegar a una mujer del pueblo, una vieja de miembros enjutos y negruzcos, que jadeaba con la violencia de la carrera, lanzando en torno miradas de locura. Huia, sin saber adonde ir, por la necesidad de escapar al peligro, de librarse de horribles visiones. Desnoyers y los porteros escucharon su explicacion, entrecortada por hipos de terror. Los alemanes estaban en Villeblanche. Primeramente habia entrado un automovil a toda velocidad, pasando de un extremo a otro del pueblo. Su ametralladora disparaba a capricho contra las casas cerradas y las puertas abiertas, tumbando a las gentes que se habian asomado. La vieja abrio los brazos con un gesto de terror...; heridos..., sangre. A continuacion, otros vehiculos blindados que se habian detenido en la plaza, y tras de ellos, grupos de jinetes, batallones a pie, numerosos batallones que llegaban por todas partes. Los hombres con casco parecian furiosos; acusaban a los habitantes de haber hecho fuego contra ellos. En la plaza habian golpeado al alcalde y a varios vecinos que salian a su encuentro. El cura, inclinado sobre unos agonizantes, tambien habia sido atropellado... Todos presos. Los alemanes hablaban de fusilarlos. Las palabras de la vieja fueron cortadas por el ruido de algunos automoviles que se aproximaban. -Abre la verja -ordeno el dueno al conserje. La verja quedo abierta, y ya no volvio a cerrarse nunca. Terminaba el derecho de propiedad. Se detuvo ante la entrada un automovil enorme cubierto de polvo y lleno de hombres. Detras sonaron las bocinas de otros vehiculos, que se avisaban al detenerse con un seco tiron de frenos. Desnoyers vio soldados apeandose de un salto, todos vestidos de gris verdoso, con una funda del mismo tono cubriendo el casco puntiagudo. Uno de ellos, que marchaba delante, le puso su revolver en la frente. -?Donde estan los francotiradores?- pregunto. Estaba palido, con una palidez de colera, de venganza y de miedo. Le temblaban las mejillas a impulsos de la triple emocion. Don Marcelo se explico lentamente, contemplando a corta distancia de sus ojos el negro redondel del tubo amenazador. No habia visto francotiradores. El castillo tenia por unicos habitantes el conserje con su familia y el, que era el dueno. Miro el oficial al edificio y luego examino a Desnoyers con visible extraneza, como si lo encontrase de aspecto demasiado humilde para ser su propietario. Le habia creido un simple empleado, y su respeto a las jerarquias sociales hizo que bajase el revolver. No por esto desistio de sus gestos imperiosos. Empujo a don Marcelo para que le sirviese de guia; lo hizo marchar delante de el, mientras a sus espaldas se agrupaban unos cuarenta soldados. Avanzaron en dos filas, al amparo de los arboles que bordeaban la avenida central, con el fusil pronto para disparar y mirando inquietamente a las ventanas del castillo, como si esperasen recibir desde ellas una descarga cerrada. Desnoyers marcho con tranquilidad por el centro, y el oficial, que habia imitado la precaucion de su gente, acabo por unirse a el cuando atravesaba el puente levadizo. Los hombres armados se esparcieron por las habitaciones en busca de enemigos. Metian las bayonetas debajo de las camas y divanes. Otros, con un automatismo destructor, atravesaron los cortinajes y las ricas cubiertas de los lechos. El dueno protesto: «?Para que este destrozo inutil?...» Experimentaba una tortura insufrible al ver las botas enormes manchando de barro las alfombras, al oir el choque de culatas y mochilas contra los muebles fragiles, de los que caian objetos. ?Pobre






mansion historica!... El oficial lo miro con extraneza, asombrado de que protestase por tan futiles motivos. Pero dio una orden en aleman, y sus hombres cesaron en las rudas exploraciones. Luego, como una justificacion de este respeto extraordinario, anadio en frances: -Creo que tendra usted el honor de alojar al general de nuestro Cuerpo de ejercito. La certeza de que en el castillo no se ocultasen enemigos le hizo mas amable. Sin embargo, persistio en su colera contra los francotiradores. Un grupo de vecinos habia hecho fuego sobre los ulanos cuando avanzaban descuidados despues de la retirada de los franceses. Desnoyers creyo necesaria una protesta. No eran vecinos ni francotiradores: eran soldados franceses. Tuvo buen cuidado de callar su presencia en la barricada; pero afirmo que habia distinguido los uniformes desde un torreon de su castillo. El oficial hizo un gesto de agresividad. -?Usted tambien?... ?Usted, que parece un hombre razonable, repite tales patranas? Y, para cortar la discusion, dijo con arrogancia: -Llevaban uniforme, si usted se empena en afirmarlo; pero eran francotiradores. El Gobierno frances ha repartido armas y uniformes a los campesinos para que nos asesinen. Lo mismo hizo el de Belgica... Pero conocemos sus astucias y sabremos castigarlos. El pueblo iba a ser incendiado. Habia que vengar los cuatro cadaveres alemanes que estaban tendidos en las afueras de Villeblanche, cerca de las barricadas. El alcalde, el cura, los principales vecinos, todos fusilados. Visitaban en aquel momento el ultimo piso. Desnoyers vio flotar por encima del ramaje de su parque una bruma oscura cuyos contornos enrojecia el sol. El extremo el campanario era lo unico del pueblo que se distinguia desde alli. En torno del gallo de hierro volteaban harapos inutiles, semejantes a telaranas negras elevadas por el viento. Un olor de madera vieja quemada llego hasta el castillo. Saludo el aleman este espectaculo con una sonrisa cruel. Luego, al descender al parque, ordeno a Desnoyers que le siguiese. Su libertad y su dignidad habian terminado. En adelante iba a ser una cosa bajo el dominio de estos hombres, que podian disponer de el a su capricho. ?Ay, por que se habia quedado...! Obedecio, montando en un automovil al lado del oficial, que aun conservaba el revolver en la diestra. Sus hombres se esparcian por el castillo y sus dependencias para evitar la fuga de un enemigo imaginario. El conserje y su familia parecieron decirle «?Adios!» con los ojos. Tal vez lo llevaban a la muerte. Mas alla de las arboledas del castillo fue surgiendo un mundo nuevo. El corto trayecto hasta Villeblanche represento para el un salto de millones de leguas, la caida en un planeta rojo, donde hombres y cosas tenian la patina del humo y el resplandor del incendio. Vio el pueblo bajo un dosel oscuro moteado de chispas y brillantes pavesas. El campanario ardia como un blandon enorme; la techumbre de la iglesia estallaba, dejando escapar chorros de llamas. Un hedor de quema se esparcia en el ambiente. El fulgor del incendio parecia contraerse y empalidecer ante la luz impasible del sol. Corrian a traves de los campos, con la velocidad de la desesperacion, mujeres y ninos dando alaridos. Las bestias habian escapado de los establos, empujadas por las llamas, para emprender una carrera loca. La vaca y el caballejo de labor llevaban pendiente del pescuezo la cuerda rota por el tiron de miedo. Sus flancos echaban humo y olian a pelo quemado. Los cerdos, las ovejas, las gallinas, corrian igualmente, confundidos con gatos y perros. Toda la animalidad domestica retornaba a la existencia salvaje, huyendo del hombre civilizado. Sonaban tiros y carcajadas brutales. Los soldados, en las afueras del pueblo, insistian regocijados en esta caceria de fugitivos. Sus fusiles apuntaban a las bestias y herian a las personas. Desnoyers vio hombres, muchos hombres, hombres por todas partes. Eran a modo de hormigueros grises que desfilaban y desfilaban hacia el Sur, saliendo de los






bosques, llenando los caminos, atravesando los campos. El verde de la vegetacion se diluia bajo sus pasos; las cercas caian rotas, el polvo se alzaba en espirales detras del sordo rodar de los canones y el acompasado trote de millares de caballos. A los lados del camino habian hecho alto varios batallones con su acompanamiento de vehiculos y bestias de tiro. Descansaban para reanudar su marcha. Conocia a este ejercito. Lo habia visto en las paradas de Berlin y tambien le parecio cambiado, como el del dia anterior. Quedaba en el muy poco de la brillantez sombria e imponente, de la tiesura muda y jactanciosa que hacian llorar de admiracion a sus cunados. La guerra, con sus realidades, habia borrado todo lo que tenia de teatral el formidable organismo de la muerte. Los soldados se mostraban sucios y cansados. Una respiracion de carne blanca, atocinada y sudorosa, revuelta con el hedor del cuero, flotaba sobre los regimientos. Todos los hombres tenian cara de hambre. Llevaban dias y dias caminando incesantemente sobre las huellas de un enemigo que siempre conseguia librarse. En este avance forzado, los viveres de la Intendencia llegaban tarde a los acantonamientos. Solo podias contar con lo que guardaban en sus mochilas. Desnoyers los vio alineados junto al camino devorando pedazos de pan negro y embutidos mohosos. Algunos se esparcian por los campos para desenterrar las remolachas y otros tuberculos, mascando su dura pulpa entre crujidos de granos de tierra. Un alferez sacudia los arboles frutales, empleando como percha la bandera de su regimiento. La gloriosa ensena, adornada con recuerdos de 1870, le servia para alcanzar ciruelas todavia verdes. Los que estaban sentados en el suelo aprovechaban este descanso extrayendo sus pies hinchados y sudorosos de las altas botas, que esparcian un vapor insufrible. Los regimientos de Infanteria que Desnoyers habia visto en Berlin reflejando la luz en metales y correajes, los husares lujosos y terrorificos, los coraceros de albo uniforme, semejantes a los paladines del Santo Graal, los artilleros con el pecho regleteado de fajas blancas, todos los militares que en los desfiles arrancaban suspiros de admiracion a los Hartrott, aparecian ahora unificados y confundidos por la monotonia del color, todos de verde mostaza, como lagartos empolvados que en su arrastre buscan confundirse con el suelo. Se adivinaba la persistencia de la ferrea disciplina. Una palabra dura de los jefes, un golpe de silbato y todos se agrupaban, desapareciendo el hombre en el espesor de la masa de automatas. Pero el peligro, el cansancio, la certidumbre del triunfo, habian aproximado a los soldados y oficiales momentaneamente, borrando las diferencias de castas. Los jefes salian un poco del aislamiento en que los mantenia su altivez y se dignaban conversar con sus hombres para infundirles animo. Un esfuerzo mas, y envolverian a franceses e ingleses, repitiendo la hazana de Sedan, cuyo aniversario se celebraba en aquellos dias. Iban a entrar en Paris: era asunto de una semana. ?Paris! Grandes tiendas llenas de riquezas, restaurantes celebres, mujeres, champana, dinero... Y los hombres, orgullosos de que sus conductores se dignasen hablar con ellos, olvidaban la fatiga y el hambre, reanimandose como las muchedumbres de la Cruzada ante la imagen de Jerusalen. Nach Paris! El alegre grito circulaba de la cabeza a la cola de las columnas en marcha. «?A Paris! ?A Paris!...» La escasez de comida la compensaban con los productos de una tierra rica en vinos. Al saquear las casas, rara vez encontraban viveres, pro siempre una bodega. El aleman humilde, abrevado con cerveza y que consideraba el vino como un privilegio de los ricos, podia desfondar los toneles a culatazos, banandose los pies en oleadas del precioso liquido. Cada batallon dejaba como rastro de su paso una estela de botellas vacias. Un alto en un campo lo sembraban de cilindros de vino. Los furgones de los regimientos, no pudiendo renovar sus repuestos de viveres, cargaban vino en todos los pueblos. El soldado, falto de pan, recibia alcohol... Y este regalo iba acompanado de buenos consejos de los oficiales. La guerra es la guerra: nada de piedad con unos adversarios que no la merecian. Los franceses fusilaban a los prisioneros y sus mujeres sacaban los ojos a los heridos. Cada vivienda equivalia a un antro de asechanzas. El aleman sencillo e inocente que






penetraba solo iba a muerte segura. Las camas se hundian en pavorosos subterraneos, los armarios eran puertas disimuladas, todo rincon tenia oculto a un asesino. Habia que castigar a esta nacion traidora que preparaba su suelo como un escenario de melodrama, Los funcionarios municipales, los curas, los maestros de escuela, dirigian y amparaban a los francotiradores. Desnoyers se aterro al considerar la indiferencia con que marchaban estos hombres en torno del pueblo incendiado. No veian el fuego y la destruccion; todo carecia de valor ante sus ojos: era el espectaculo ordinario. Desde que atravesaron las fronteras de su pais, pueblos en ruinas, incendiados por las vanguardias, y pueblos en llamas nacientes, provocadas por su propio paso, habian ido marcando las etapas de su avance por el suelo belga y el frances. Al entrar el automovil en Villeblanche tuvo que moderar su marcha. Muros calcinados se habian desplomado sobre la calle, vigas medio carbonizadas obstruian el paso, obligando al vehiculo a virar entre los escombros humeantes. Los solares ardian como braseros entre casas que aun se mantenian en pie, saqueadas, con las puertas rotas, pero libres del incendio. Desnoyers vio en estos rectangulos llenos de tizones, sillas, camas, maquinas de coser, cocinas de hierro, todos los muebles del bienestar campesino, que se consumian o retorcian. Creyo distinguir igualmente un brazo emergiendo de los escombros y que empezaba a arder como un cirio. No, no era posible... Un hedor de grasa caliente se unia a la respiracion de hollin de maderas y cascotes. Cerro los ojos: no queria ver. Penso por un momento que estaba sonando. Era inverosimil que tales horrores hubiesen podido desarrollarse en poco mas de una hora. Creyo a la maldad humana impotente para cambiar en tan poco espacio el aspecto de un pueblo. Una brusca detencion del carruaje le hizo mirar. Esta vez los cadaveres estaban en medio de la calle: eran dos hombres y una mujer. Tal vez habian caido bajo las balas de la ametralladora automovil que atraveso el pueble precediendo a la invasion. Un poco mas alla, vueltos de espalda a los muertos, como si ignorasen su presencia, varios soldados comian sentados en el suelo. El chofer les grito para que desembarazasen el paso. Con los fusiles y los pies empujaron los cadaveres, todavia calientes, que dejaban a cada volteo un rastro de sangre. Apenas quedo abierto algo de espacio entre ellos y el muro, paso adelante el vehiculo... Un crujido, un salto. Las ruedas de atras habian aplastado un obstaculo fragil. Desnoyers continuaba en su asiento, encogido, estupefacto, cerrando los ojos. El horror le hizo pensar en su propio destino. ?Adonde lo llevaba aquel teniente?... En la plaza vio la casa municipal que ardia; la iglesia no era mas que un cascaron de piedra erizado de lenguas de fuego. Las casas de los vecinos acomodados tenian las puertas y ventanas rotas a hachazos. En su interior se agitaban los soldados, siguiendo un metodico vaiven. Entraban con las manos vacias y surgian cargados de muebles y ropas. Otros, desde los pisos superiores, arrojaban objetos acompanando sus envios con bromas y carcajadas. De pronto tenian que salir huyendo. El incendio estallaba instantaneamente, con la violencia y la rapidez de una explosion. Seguia los pasos de un grupo de hombres que llevaban cajones y cilindros de metal. Alguien que iba al frente designaba los edificios, y al penetrar por sus rotas ventanas pastillas y chorros de liquido, se producia la catastrofe de un modo fulminante. Vio surgir de un edificio en llamas dos hombres que parecian dos montones de harapos, llevados a rastras por varios alemanes. Sobre la mancha azul de sus capotes distinguio unas caras palidas, unos ojos desmesuradamente abiertos por el martirio. Sus piernas arrastraban por el suelo, asomando entre las tiras de los pantalones rojos destrozados. Uno de ellos aun conservaba el quepis. Expelian sangre por diversas partes de sus cuerpos: iban dejando atras el blanco serpenteo de los vendajes deshechos. Eran heridos franceses, rezagados que se habian quedado en el pueblo sin fuerzas para continuar la retirada. Tal vez pertenecian al grupo que,






al verse cortado, intento una resistencia loca. Deseando restablecer la verdad, miro al oficial que tenia al lado y quiso hablar. Pero este le contuvo: «Francotiradores disfrazados, que van a recibir su castigo». Las bayonetas alemanas se hundieron en sus cuerpos. Despues, una culata cayo sobre la cabeza de uno de ellos... Y los golpes se repitieron con sordo martilleo sobre las capsulas oseas, que crujian al romperse. Otra vez penso el viejo en su propia suerte. ?Adonde lo llevaba este teniente a traves de tantas visiones de horror? Llegaron a las afueras del pueblo, donde los dragones habian establecido su barricada. Las carretas estaban aun alli, pero a un lado del camino. Bajaron del automovil. Vio un grupo de oficiales vestidos de gris, con el casco enfundado, iguales en todo a los otros. El que lo habia conducido hasta este sitio quedo inmovil, rigido, con una mano en la visera, hablando a un militar que estaba unos cuantos pasos al frente del grupo. Miro a este hombre y el tambien lo miro con unos ojillos azules y duros que perforaban su rostro enjuto surcado de arrugas. Debia de ser el general. La mirada arrogante y escudrinadora le abarco de pies a cabeza. Don Marcelo tuvo el presentimiento de que su vida dependia de este examen. Una mala idea que cruzase por su cerebro, un capricho cruel de su imaginacion, y estaba perdido. Movio los hombros el general y dijo unas palabras con gesto desdenoso. Luego monto en un automovil con dos de sus ayudantes y el grupo se deshizo. La cruel incertidumbre del viejo encontro interminables los momentos que tardo el oficial en volver a su lado. -Su excelencia es muy bueno -dijo-. Podia fusilarlo, pero le perdona. ?Y aun dicen ustedes que somos unos salvajes!... Con la inconsciencia de su menosprecio, explico que lo habia traido hasta alli convencido de que lo fusilarian. El general deseaba castigar a los vecinos principales de Villeblanche y el habia considerado por su propia iniciativa que el dueno del castillo debia de ser uno de ellos. -El deber militar, senor... Asi lo exige la guerra. Despues de esta excusa reanudo los elogios a su excelencia. Iba a alojarse en la propiedad de don Marcelo, y por esto le perdonaba la vida. Debia darle las gracias... Luego volvieron a temblar de colera sus mejillas. Senalaba unos cuerpos tendidos junto al camino. Eran los cadaveres de los cuatro ulanos, cubiertos con unos capotes y mostrando por debajo de ellos las suelas enormes de sus botas. -?Un asesinato! -exclamo-. ?Un crimen que van a pagar caro los culpables! Su indignacion le hacia considerar como un hecho inaudito y monstruoso la muerte de los cuatro soldados, como si en la guerra solo debieran caer los enemigos, manteniendose incolume la vida de sus compatriotas. Llego un grupo de Infanteria mandado por un oficial. Al abrirse sus filas vio Desnoyers entre los uniformes grises varios paisanos empujados rudamente. Iban con las ropas desgarradas. Algunos tenian sangre en el rostro y en las manos. Los fue reconociendo uno por uno mientras los alineaban junto a una tapia, a veinte pasos del piquete: el alcalde, el cura, el guardia forestal, algunos vecinos ricos cuyas casas habia visto arder. Iban a fusilarlos... Para evitarle toda duda, el teniente continuo sus explicaciones. -He querido que vea usted esto. Conviene aprender. Asi agradecera mejor las bondades de su excelencia. Ninguno de los prisioneros hablaba. Habian agotado sus voces en una protesta inutil. Toda su vida la concentraban en sus ojos, mirando en torno con estupefaccion... ?Y era posible que los matasen friamente, sin oir sus protestas, sin admitir las pruebas de su inocencia? La certidumbre de la muerte dio de pronto a casi todos ellos una noble serenidad. Inutil quejarse. Solo un campesino rico, famoso en el pueblo por su avaricia, lloriqueaba desesperadamente repitiendo: «Yo no quiero morir..., yo no quiero morir».






Tremulo y con los ojos cargados de lagrimas, Desnoyers se oculto detras de su implacable acompanante. A todos los conocia, con todos habia batallado, arrepintiendose ahora de sus antiguas querellas. El alcalde tenia en la frente la mancha roja de una gran desolladura. Sobre su pecho se agitaba un harapo tricolor: la banda municipal, que se habia puesto para recibir a los invasores y estos le habian arrancado. El cura erguia su cuerpo pequeno y redondo, queriendo abarcar en una mirada de resignacion las victimas, los verdugos, la Tierra entera, el Cielo. Parecia mas grueso. El negro cenidor, roto por las violencias de los soldados, dejaba libre su abdomen y flotante su sotana. Las melenas plateadas chorreaban sangre, salpicando de gotas rojas el blanco alzacuello. Al verle avanzar por el campo de la ejecucion con paso vacilante a causa de su obesidad, una risotada salvaje corto el tragico silencio. Los grupos de soldados sin armas que habian acudido a presenciar el suplicio saludaron con carcajadas al anciano. «?A muerte el cura!...» El fanatismo de las guerras religiosas vibraba en su burla. Casi todos ellos eran catolicos o protestantes fervorosos; pero solo creian en los sacerdotes de su pais. Fuera de Alemania, todo resultaba despreciable, hasta la propia religion. El alcalde y el sacerdote cambiaron de lugar en la fila, buscandose. Se ofrecian mutuamente el centro del grupo con una cortesia solemne. -Aqui, senor alcalde; este es su sitio: a la cabeza de todos. -No; despues de usted, senor cura. Discutian por ultima vez, pero en este momento supremo era para cederse el paso, queriendo cada uno humillarse ante el otro. Habian unido sus manos por instinto mirando de frente al piquete de ejecucion, que bajaba sus fusiles en rigida fila horizontal. A sus espaldas sonaron lamentos. «?Adios, hijos mios!... ?Adios, vida!... ?Yo no quiero morir..., no quiero morir!...» Los dos hombres sintieron la necesidad de decir algo, de cerrar la pagina de su existencia con una afirmacion. -?Viva la Republica!- grito el alcalde -?Viva Francia!- dijo el cura Desnoyers creyo que ambos gritado lo mismo. Se alzaron dos verticales sobre las cabezas: el brazo del sacerdote trazo en el aire un signo, el sable del jefe del piquete relampagueo al mismo tiempo lividamente... Un trueno seco, rotundo, seguido de varias explosiones tardias. Sintio lastima don Marcelo por la pobre Humanidad al ver las formas grotescas que adopta en el momento de morir. Unos se desplomaron como sacos medios vacios: otros rebotaron en el suelo lo mismo que pelotas, algunos dieron un salto de gimnasia con los brazos en alto, cayendo de espaldas o de bruces, en una actitud de nadador. Vio como salian del monton humano piernas contorsionadas por los estremecimientos de la agonia... Unos soldados avanzaron con el mismo gesto de los cazadores que van a cobrar sus piezas. De la palpitacion de los miembros revueltos se elevaron unas melenas blancas y una debil que se esforzaba por repetir su signo. Varios tiros y culatazos en el livido monton chorreante de sangre... Y los ultimos temblores de vida quedaron borrados para siempre. El oficial habia encendido un cigarro. -Cuando usted guste- dijo a Desnoyers con ironica cortesia. Montaron en el automovil para atravesar Villeblanche, regresando al castillo. Los incendios cada vez mas numerosos y los cadaveres tendidos en las calles ya no impresionaron al viejo. ?Habia visto tanto! ?Que podia alterar su sensibilidad?... Deseaba salir del pueblo cuanto antes en busca de la paz de los campos. Pero los campos habian desaparecido bajo la invasion: por todas partes soldados, caballos, canones. Los grupos en descanso destruian con su contacto lo que los rodeaba. Los batallones en marcha habian invadido todos los caminos, rumorosos y automaticos como una maquina, precedidos por los pifanos y los tambores, lanzando de cuando






en cuando, para animarse, su grito de alegria. Nach Paris! El castillo tambien estaba desfigurado por la invasion. Habia aumentado mucho el numero de sus guardianes durante la ausencia del dueno. Vio todo un regimiento de Infanteria acampado en el parque. Miles de hombres se agitaban bajo los arboles preparando su comida en las cocinas rodantes. Los arriates de su jardin, las plantas exoticas, las avenidas cuidadosamente enarenadas y barridas, todo roto y ajado por la avalancha de hombres, bestias y vehiculos. Un jefe ostentando en una manga el brazal distintivo de la Administracion militar daba ordenes como si fuese el propietario. Ni se digno fijar sus ojos en este civil que marchaba al lado de un teniente con encogimiento de prisionero. Los establos estaban vacios. Desnoyers vio sus ultimas vacas que salian conducidas a palos por los pastores con casco. Los reproductores costosos eran degollados todos en el parque como simples bestias de carniceria. En los gallineros y palomares no quedaba una sola ave. Las cuadras estaban llenas de caballos enjutos, que se daban un hartazgo ante el pesebre repleto. El pasto almacenado se esparcia prodigamente por las avenidas, perdiendose en gran parte antes de ser aprovechado. La caballada de varios escuadrones iba suelta por los prados, destruyendo bajo su pateo los canales, los bordes de los taludes, el alisamiento del suelo, todo un trabajo de largos meses. La lena seca ardia en el parque con un llameo inutil. Por descuido o por maldad, alguien habia aplicado el fuego a sus montones. Los arboles, con la corteza reseca por los ardores del verano, crujian al ser lamidos por las llamas. El edificio estaba ocupado igualmente por una multitud de hombres que obedecian a este jefe. Sus ventanas, abiertas, dejaban ver un continuo transito por las habitaciones. Desnoyers oyo golpes que resonaron dentro de su pecho. ?Ay su mansion historica!... El general iba a instalarse en ella, luego de haber examinado en la orilla del Marne los trabajos de los pontoneros, que establecian varios pasos para las tropas. Su miedo de propietario le hizo temblar. Temia que rompiesen las puertas de las habitaciones cerradas: quiso ir en busca de las llaves para entregarlas. El comisario no le escucho: seguia ignorando su existencia. El teniente repuso con amabilidad cortante: -No es necesario; no se moleste. Y se fue para incorporarse a su regimiento. Pero antes que Desnoyers le perdiese de vista quiso el oficial darle un consejo. Quieto en su castillo; fuera de el podian tomarle por un espia y ya estaba enterado de la prontitud con que acostumbraban solucionar sus asuntos los soldados del emperador. No pudo permanecer en el jardin contemplando de lejos su vivienda. Los alemanes que iban y venian se burlaban de el. Algunos marchaban a su encuentro en linea recta, como si no lo viesen, y tenia que apartarse para no ser volteado por este avance mecanico y rigido. Al fin se refugio en el pabellon del conserje. La mujer lo veia con asombro, caido en un asiento de su cocina, desalentado, la mirada en el suelo, subitamente envejecido al perder las energias que animaban su robusta ancianidad. -?Ah senor!... ?Pobre senor! De todos los atentados de la invasion, el mas inaudito para la pobre mujer era contemplar al dueno refugiado en su vivienda. -?Que va a ser de nosotros!- gemia. Su marido era llamado con frecuencia por los invasores. Los asistentes de su excelencia, instalados en los sotanos del castillo, lo reclamaban para inquirir el paradero de las cosas que no podian encontrar. De estos viajes volvia humillado, con los ojos llenos de lagrimas. Tenia en la frente la huella negra de un golpe; su chaqueta estaba desgarrada. Eran rastros de un debil intento de oposicion durante la ausencia del dueno al iniciar los alemanes el despojo de establos y salones. El millonario se sintio ligado por el infortunio a unas gentes consideradas hasta entonces con indiferencia. Agradecia mucho la fidelidad de este hombre enfermo y






humilde. Le conmovio el interes de la pobre mujer, que miraba el castillo como si fuese propio. La presencia de la hija trajo a su memoria la imagen de Chichi. Habia pasado junto a ella sin fijarse en su transformacion, viendola lo mismo que cuando acompanaba, con trote de gozquecillo, ala senorita Desnoyers en sus excursiones por el parque y los alrededores. Ahora era una mujer, con la delgadez del ultimo crecimiento, apuntando las primeras gracias femeniles en su cuerpo de catorce anos. La madre no la dejaba salir del pabellon, temiendo a la soldadesca, que lo invadia todo con su corriente desbordada filtrandose en los lugares abiertos, rompiendo los obstaculos que estorbaban su paso. Desnoyers abandono su desesperado mutismo para confesar que sentia hambre. Le avergonzaba esta exigencia material, pero las emociones del dia, la muerte vista muy de cerca, el peligro todavia amenazante, despertaban en el un apetito nervioso. La consideracion de que era un miserable en medio de sus riquezas y no podia disponer de nada en su dominio aumento todavia mas su necesidad. -?Pobre senor!- dijo otra vez la mujer. Y contemplo con asombro al millonario devorando un pedazo de pan y un triangulo de queso, lo unico que pudo encontrar en su vivienda. La certeza de que no conseguiria otro alimento por mas que buscase hizo que don Marcelo siguiese atormentado por su apetito. ?Haber conquistado una fortuna enorme, para sufrir hambre al final de su existencia!... La mujer, como si adivinase sus pensamientos, gemia, elevando los ojos. Desde las primeras horas de la manana el mundo habia cambiado su curso: todas las cosas parecian al reves. ?Ay la guerra!... En el resto de la tarde y una parte de la noche fue recibiendo el propietario las noticias que traia el conserje despues de sus visitas al castillo. El general y numerosos oficiales ocupaban las habitaciones. No quedaba cerrada una sola puerta; todas estaban de par en par, a culatazos y hachazos. Habian desaparecido muchas cosas; el portero no sabia como, pero habian desaparecido, tal vez rotas, tal vez arrebatadas por los que entraban y salian. El jefe del brazal iba de habitacion en habitacion examinandolo todo, dictando en aleman a un soldado que escribia. Mientras tanto, el general y los suyos estaban en el comedor. Bebian abundantemente y consultaban mapas extendidos en el suelo. El pobre hombre habia tenido que bajar a las cuevas en busca de los mejores vinos. Al anochecer se marco un movimiento de flujo en aquella marea humana que cubria los campos hasta perderse de vista. Habian quedado establecidos varios puentes sobre el Marne y la invasion reanudo su avance. Los regimientos se ponian en marcha lanzando su grito de entusiasmo: Nach Paris! Los que se quedaban para continuar al dia siguiente iban instalandose en las casas arruinadas o al aire libre. Desnoyers oyo canticos. Bajo el fulgor de las primeras estrellas los soldados se agrupaban como orfeonistas, formando con sus voces un coral solemne y dulce, de religiosa gravedad. Encima de los arboles flotaba una nube roja que la sombra hacia mas intensa. Era el reflejo del pueblo, que aun llameaba. A lo lejos, otras hogueras de granjas y caserios cortaban la noche con sus parpadeos sangrientos. El viejo acabo por dormirse en la cama de sus conserjes, con el sueno pesado y embrutecedor del cansancio, sin sobresaltos ni pesadillas. Caia y caia en un agujero lobrego y sin termino. Al despertar, se imagino que solo habia dormido unos minutos. El sol coloreaba de naranjas las cortinillas de la ventana. A traves de su tejado vio unas ramas de arbol y pajaros que saltaban piando entre las hojas. Sintio la misma alegria de los frescos amaneceres del verano. ?Hermosa manana! Pero ?que habitacion era aquella?... Miro con extraneza el lecho y cuanto le rodeaba. De pronto, la realidad asalto su cerebro, paralizando dulcemente por los primeros esplendores del dia. Fue surgiendo de esta bruma mental la larga escalera de su memoria, con el ultimo peldano negro y rojo: el bloque de emociones, que representaba el dia anterior. ?Y el habia dormido tranquilamente, rodeado de enemigos, sometido a una fuerza arbitraria que podia destruirle en uno de sus






caprichos!... Al entrar en la cocina, su conserje le dio noticias. Los alemanes se iban. El regimiento acampado en el parque habia salido al amanecer, y tras de el, otros y otros. En el pueblo quedaba un batallon ocupando ls pocas casas enteras y las ruinas de las incendiadas. El general habia partido tambien con su numeroso Estado Mayor. Solo quedaba en el castillo el jefe de una brigada, al que llamaban sus asistentes el conde, y varios oficiales. Despues de estas noticias se atrevio a salir del pabellon. Vio su jardin destrozado, pero hermoso. Los arboles guardaban impasibles los ultrajes sufridos en sus troncos. Los pajaros aleteaban con sorpresa y regocijo al verse duenos otra vez del espacio abandonado por la inundacion humana. Pronto se arrepintio Desnoyers de su salida. Cinco camiones estaban formados junto a los fosos, ante el puente del castillo. Varios grupos de soldados salian llevando a hombros muebles enormes, como peones que efectuan una mudanza. Un objeto voluminoso envuelto en cortinas de seda, que suplian a la lona de embalaje, era empujado por cuatro hombres hasta uno de los automoviles. El propietario adivino. ?Su bano: la famosa tina de oro!... Luego, con un brusco cambio de opinion, no sintio dolor por esta perdida. Odiaba ahora la ostentosa pieza, atribuyendole una influencia fatal. Por su culpa se veia alli. Pero. ?ay!..., los otros muebles amontonados en los camiones... En este momento pudo abarcar toda la extension de su miseria y su impotencia. Le era imposible defender su propiedad; no podia discutir con aquel jefe que saqueaba el castillo tranquilamente, ignorando la presencia del dueno. «?Ladrones!, ?ladrones!» Y volvio a meterse en el pabellon. Paso toda la manana con el codo en una mesa y la mandibula apoyada en la mano, lo mismo que el dia anterior, dejando que las horas se desgranasen lentamente, no queriendo oir el sordo rodar de los vehiculos que se llevaban las muestras de su opulencia. Cerca del mediodia le anuncio el conserje que un oficial, llegado una hora antes en automovil, deseaba verlo. Al salir del pabellon encontro a un capitan igual a los otros, con el casco puntiagudo y enfundado, el uniforme de color de mostaza, botas de cuero rojo, sable, revolver, gemelos y la carta geografica en un estuche pendiente del cinturon. Parecia joven; ostentaba en una manga el brazalete del Estado Mayor. -?Me conoce?... No he querido pasar por aqui sin verlo. Dijo esto en castellano, y Desnoyers experimento una sorpresa mas grande que todas las que habia sentido en sus largas horas de angustia a partir de la manana anterior. -?De veras que no me conoce? -prosiguio el aleman, siempre en espanol-. Soy Otto..., el capitan Otto von Hartrott. El viejo descendio, o mas bien rodo por la escalera de su memoria, para detenerse en un peldano lejano. Vio la estancia, vio a sus cunados que tenian el segundo hijo. «Le pondre el nombre de Bismarck», decia Karl. Luego, remontando muchos escalones, se veia en Berlin durante su visita a los Hartrott. Hablaban con orgullo de Otto, casi tan sabio como su hermano mayor, pero que aplicaba el talento a la guerra. Era teniente y continuaba sus estudios para ingresar en el Estado Mayor. «?Quien sabe si llegara a ser otro Moltke?», decia el padre. Y la bulliciosa Chichi lo bautizo con un apodo, aceptado por la familia. Otto fue en adelante Moltkecito para sus parientes de Paris. Desnoyers se admiro de las transformaciones realizadas por los anos. Aquel capitan vigoroso y de aire insolente, que podia fusilarlo, era el mismo pequenin que habia visto corretear en la estancia, el Moltkecito imberbe del que se reia su hija. Mientras tanto, el militar explicaba su presencia alli. Pertenecia a otra division. Eran muchas..., ?muchas!, las que avanzaban formando un muro extenso y profundo desde Verdun a Paris. Su general le habia enviado para mantener el contacto con la division inmediata; pero al verse en las cercanias del castillo, habia






querido visitarlo. La familia no es una simple palabra. El se acordaba de los dias que habia pasado en Villeblanche, cuando la familia Hartrott fue a vivir por algun tiempo con sus parientes de Francia. Los oficiales que ocupaban el edificio le habian retenido para que almorzase en su compania. Uno de ellos menciono casualmente al dueno de la propiedad, dando a entender que andaba cerca, aunque nadie se fijase en su persona. Una gran sorpresa para el capitan von Hartrott. Y habia hecho averiguaciones hasta dar con el, doliendose de verle refugiado en la habitacion de sus porteros. -Debe con certeza en que consistian tales sufrimientos, pero adivinaba usted salir de ahi: usted es mi tio- dijo con orgullo. Vuelva a su casa, donde le corresponde estar. Mis camaradas tendran mucho gusto en conocerlo; son hombres muy distinguidos. Se lamento luego de lo que el viejo hubiese podido sufrir. No sabia con certeza en que consistian tales sufrimientos, pero adivinaba que los primeros instantes de la invasion habrian sido crueles para el. -?Que quiere usted! -repitio varias veces-. Es la guerra. Al mismo tiempo celebraba que hubiese permanecido en su propiedad. Tenian orden de castigar con predileccion los bienes de los fugitivos. Alemania deseaba que los habitantes permaneciesen en sus viviendas, como si no ocurriese nada de extraordinario. Desnoyers protesto... ?Pero si los invasores fusilaban a los inocentes y quemaban sus casas!... El sobrino se opuso a que siguiese hablando. Palidecio, como si detras de su epidermis se esparciese una ola de ceniza; le brillaron los ojos, le temblaron las mejillas lo mismo que al teniente que se habia posesionado del castillo. -Se refiere usted al fusilamiento del alcalde y los otros... Me lo acaban de contar los camaradas. Aun ha sido flojo el castigo; debian haber arrasado el pueblo entero; debian haber matado hasta los ninos y las mujeres. Hay que acabar con los francotiradores. El viejo lo miro con asombro. Su Moltkecito era tan peligroso y feroz como los otros... Pero el capitan corto la conversacion, repitiendo una vez mas la eterna y monstruosa excusa. -Muy horrible, pero ?que quiere usted!... Asi es la guerra. Luego pidio noticias de su madre, alegrandose al saber que estaba en el sur. Le habia inquietado mucho la idea de que permaneciese en Paris. ?Con las revoluciones que habian ocurrido alla en los ultimos tiempos!... Desnoyers quedo dudando, como si hubiese oido mal. ?Que revoluciones eran esas? Pero el oficial habia pasado sin mas explicaciones a hablar de los suyos, creyendo que Desnoyers sentiria impaciencia por conocer la suerte de la parentela germanica. Todos estaban en una situacion magnifica. Su ilustre padre era presidente de varias sociedades patrioticas -ya que sus anos no le permitian ir a la guerra- y organizaba, ademas, futuras empresas industriales para explotar los paises conquistados. Su hermano el sabio daba conferencias acerca de los pueblos que debia anexionarse el Imperio victorioso, tronando contra los malos patriotas que se mostraban debiles y mezquinos en sus pretensiones. Los tres hermanos restantes figuraban en el Ejercito; a uno de ellos lo habian condecorado en Lorena. Las dos hermanas, algo tristes por la ausencia de sus prometidos, tenientes de husares, se entretenian en visitar los hospitales y pedir a Dios que castigase a la traidora Inglaterra. El capitan von Hartrott llevo lentamente a su tio hasta el castillo. Los soldados grises y rigidos, que habian ignorado hasta entonces la existencia de don Marcelo, le seguian con interes viendole en amistosa conversacion con un oficial del estado Mayor. Adivino que estos hombres iban a humanizarse para el, perdiendo su automatismo inexorable y agresivo. Al entrar en el edificio, algo se contrajo en su pecho con estremecimiento de angustia. Vio por todas partes dolorosos vacios que le hicieron recordar los objetos que ocupaban antes el mismo espacio. Manchas rectangulares de color mas fuerte delataban en el empapelado el emplazamiento de los muebles y cuadros






desaparecidos. ?Con que prontitud y buen metodo trabaja aquel senor del brazal en la manga!... A la tristeza que le produjo el despojo frio y ordenado vino a unirse su indignacion de hombre economico, viendo cortinas con desgarrones, alfombras manchadas, objetos rotos de porcelana y cristal, todos los vestigios de una ocupacion ruda y sin escrupulos. El sobrino, adivinando lo que pensaba, repitio la eterna excusa: «?Que hacer!... Es la guerra». Pero con Moltkecito no tenia por que guardar los miramientos del miedo. -Esto no es guerra -dijo con acento rencoroso-. Es una expedicion de bandidos... Tus camaradas son unos ladrones. El capitan von Hartrott crecio de pronto con violento estiron. Se separo del viejo, mirandolo fijamente mientras hablaba en voz baja, algo silbante por el temblor de la colera. ?Atencion, tio! Afortunadamente, se habia expresado en espanol y no podian entenderle los que estaban cerca de ellos. Si se permitia insistir en tales apreciaciones, corria el peligro de recibir una bala como respuesta. Los oficiales del emperador no se dejan insultar. Y todo en su persona demostraba la facilidad con que podia olvidarse de su parentesco si recibia la orden de proceder contra don Marcelo. Callo este bajando la cabeza. ?Que iba a hacer!... El capitan reanudo sus amabilidades, como si hubiese olvidado lo que acababa de decir. Queria presentarle a sus camaradas. Su excelencia el conde de Meinbourg, mayor general, al enterarse de que era pariente de los Hartrott, le dispensaba el honor d convidarle a su mesa. Invitado en su propia vivienda, entro en el comedor, donde estaban muchos hombres vestidos de color mostaza y con botas altas. Instintivamente aprecio con rapida ojeada el estado de la habitacion. Todo en buen orden, nada roto: paredes, cortinajes y muebles seguian intactos. Pero al mirar al interior de los aparadores monumentales experimento otra vez una sensacion dolorosa. Por todas partes, la oscuridad del roble. Habian desaparecido dos vajillas de plata y otras de porcelana antigua, sin dejar como rastro la mas insignificante de sus piezas. Tuvo que responder con graves saludos a las presentaciones que iba haciendo su sobrino, y estrechando la mano que le tendia el conde con aristocratica dejadez. Los enemigos le consideraban con benevolencia y cierta admiracion al saber que era un millonario procedente de la tierra lejana donde los hombres se enriquecen rapidamente. Se vio de pronto sentado como un extrano ante su propia mesa, comiendo en los mismos platos que empleaba su familia, servido por unos hombres de cabeza esquilada al rape que llevaban sobre el uniforme un mandil a rayas. Lo que comia era suyo, el vino procedia de sus bodegas, todo lo que adornaba aquella habitacion lo habia comprado el, los arboles que extendia su ramaje mas alla de la ventana le pertenecian igualmente..., y, sin embargo creyo hallarse en este sitio por primera vez, sufriendo el malestar de la extraneza y la desconfianza. Comio porque sentia hambre; pero alimentos y vino le parecian de otro planeta. Iba examinando con asombro a estos enemigos que ocupaban los mismos lugares de su esposa, de sus hijos, de los Lacours... Hablaban en aleman entre ellos; pero los que conocian el frances se valian con frecuencia de este idioma para que los entendiese el invitado. Los que solo chapurreaban algunas palabras las repetian con acompanamiento de sonrisas amables. Se notaba en todos ellos un deseo de agradar al dueno del castillo. -Va usted a almorzar con los barbaros -dijo el conde al ofrecerle un asiento a su lado-. ?No tiene usted miedo de que lo coman vivo? Los alemanes rieron con gran estrepito la gracia de su excelencia. Todos hacian esfuerzos por demostrar con sus palabras y gestos que era falsa la barbarie que les atribuian los enemigos. Don Marcelo los miro uno a uno. Las fatigas de la guerra, especialmente la marcha acelerada de los ultimos dias, estaban visibles en sus personas. Unos eran altos,






delgados, con una esbeltez angulosa; otros, cuadrados y fornidos, con el cuello corto y la cabeza hundida entre los hombros. Estos ultimos habian perdido sus adiposidades en un mes de campana, colgandoles la piel arrugada y flaccida en varias partes del rostro. Todos llevaban la cabeza rapada, lo mismo que los soldados. En torno de la mesa brillaban dos filas de esferas craneales sonrosadas o morenas. Las orejas sobresalian grotescamente; las mandibulas se marcaban con el oseo relieve del enflaquecimiento. Algunos habian conservado el mostacho enhiesto, a la moda del emperador; los mas iban afeitados o con bigotes cortos en forma de cepillo. Un brazalete de oro brillaba a continuacion de una mano del conde puesta sobre la mesa. Era el mas viejo de todos y el unico que conservaba sus cabellos, de un rubio oscuro y canoso, peinados cuidadosamente y brillantes de pomada. Proximo a los cincuenta anos, mantenia un vigor femenil, cultivado por los ejercitos violentos. Enjuto, huesudo y fuerte, procuraba disimular su rudeza de hombre de pelea con una negligencia suave y perezosa. Los oficiales lo trataban con gran respeto. Hartrott habia hablado de el, a su tio como de un gran artista, musico y poeta. El emperador era su amigo: se conocian desde la juventud. Antes de la guerra, ciertos escandalos de su vida privada le habian alejado de la Corte: vociferaciones de folicularios y de socialistas. Pero el soberano le mantenia en secreto su afecto de antiguo condiscipulo. Todos recordaban un baile suyo, Los caprichos de Scherazada, representado con gran lujo en Berlin por recomendacion del poderoso companero. Habia vivido algunos anos en Oriente. En suma: un gran senor y un artista d exquisita sensibilidad, al mismo tiempo que un soldado. El conde no podia admitir el silencio de Desnoyers. Era su comensal, y creyo del caso hacerle hablar para que interviniese en la conversacion. Cuando don Marcelo explico que solo hacia tres dias que habia salido de Paris, todos se animaron, queriendo saber noticias. «Vio usted alguna de las sublevaciones?...» «?Tuvo la tropa que matar mucha gente?» «?Como fue el asesinato de Poincare?» Le hicieron estas preguntas a la vez, y don Marcelo, desorientado por su inverosimilitud, no supo que contestar. Creyo haber caido en una reunion de locos. Luego sospecho que se burlaban de el. ?Sublevaciones? ?Asesinato del presidente?... Unos lo miraban con lastima por su ignorancia; otros, con recelo, al ver que fingia no conocer unos sucesos que se habian desarrollado junto a el. Su sobrino insistio: Los diarios de Alemania hablan mucho de eso. El pueblo de Paris se ha sublevado hace quince dias contra el gobierno, asaltando el Eliseo y asesinando al presidente. El Ejercito tuvo que emplear las ametralladoras para imponer el orden... Todo el mundo lo sabe. Pero Desnoyers insistia en no saberlo: nada habia visto. Y como sus palabras eran acogidas con gesto de maliciosa duda, prefirio callarse. Su excelencia, espiritu superior, incapaz de incurrir en las credulidades del vulgo, intervino para restablecer los hechos. Lo del asesinato tal vez no era cierto; los periodicos alemanes podian exagerar con la mejor buena fe. Precisamente pocas horas antes le habia hecho saber el Estado Mayor la retirada del Gobierno frances a Burdeos. Pero lo de la sublevacion del pueblo en Paris y su pelea con la tropa era indiscutible. -El senor lo ha visto, sin duda; pero no quiere decirlo. Desnoyers tuvo que contradecir al personaje; pero su negativa ya no fue escuchada. ?Paris! Este nombre habia hecho brillar los ojos, excitando la verbosidad de todos. Deseaban llegar cuanto antes a la vista de la ciudad, para saciarse de las privaciones y fatigas de un mes de campana. Eran adoradores de la gloria militar, consideraban la guerra necesaria para la vida, y, sin embargo, se lamentaban de los sufrimientos que le proporcionaba. El conde exhalo una queja de artista: -?Lo que le ha perjudicado la guerra! -dijo con languidez-. Este invierno iban a






estrenar en Paris un baile mio. Todos protestaron de su tristeza: su obra seria impuesta despues del triunfo, y los franceses tendrian que aplaudirla. -No es lo mismo- continuo el conde-. Confieso que amo Paris... ?Lastima que esas gentes no hayan querido nunca entenderse con nosotros!... Y se sumio en su melancolia de hombre no comprendido. A uno de los oficiales que hablaba de las riquezas de Paris con ojos de codicia, lo reconocio de pronto Desnoyers por el brazal que ostentaba en una manga. Era el mismo que habia saqueado el castillo. Como si adivinase sus pensamientos, el comisario se excuso: -Es la guerra, senor... ?Lo mismo que los otros!... La guerra habia que pagarla con los bienes de los vencidos. Era el nuevo sistema aleman; la vuelta saludable a la guerra de los tiempos remotos; tributos impuestos a las ciudades y saqueo aislado a las casas. De este modo se vencia la resistencia del enemigo y la guerra terminaba antes. No debia entristecerse por el despojo. Sus muebles y alhajas serian vendidos en Alemania. Podia hacer una reclamacion al Gobierno frances, para que le indemnizasen despues de la derrota: sus parientes de Berlin apoyarian la demanda. Desnoyers oyo con espanto tales consejos. ?Que mentalidad la de aquellos hombres! ?Estaban locos o querian reirse de el? Al terminar el almuerzo, algunos oficiales se levantaron, requiriendo sus sables, para cumplir actos de servicio. El capitan von Hartrott tambien se levanto: necesitaba volver al lado de su general; habia dedicado bastante tiempo a las expansiones de familia. El tio le acompano hasta el automovil. Moltkecito se excusaba, una vez mas de los desperfectos y despojos sufridos por el castillo. -Es la guerra... Debemos ser duros para que resulte breve. La verdadera bondad consiste en ser crueles, porque asi el enemigo, aterrorizado, se entrega mas pronto y el mundo sufre menos. Don Marcelo levanto los hombros ante el sofisma. Estaban en la puerta del edificio. El capitan dio ordenes a un soldado, y este volvio poco despues con un pedazo de tiza que servia para marcar las senales de alojamiento. Von Hartrott deseaba proteger a su tio. Y empezo a trazar una inscripcion en la pared, junto a la puerta: Bitt nicht plundern. Es sind freundlich Leute... Luego la tradujo en vista de las repetidas preguntas del viejo. -Quiere decir: «Se ruega no saquear. Los habitantes de esta casa son gente amable..., gente amiga». ?Ah no!... Desnoyers repelio con vehemencia esta proteccion. El no queria ser amable. Callaba porque no podia hacer otra cosa..., pero ?amigo de los invasores de su pais!... El sobrino borro parte del letrero y solo dejo el principio: Bitt nicht plundern (Se ruega no saquear). Luego, en la entrada del parque repitio la inscripcion. Consideraba necesario este aviso: podia irse su excelencia, podian instalarse en el castillo otros oficiales. Von Hartrott habia visto mucho, y su sonrisa daba a entender que nada llegaria a sorprenderle, por enorme que fuese. Pero el viejo siguio despreciando su proteccion y riendose con tristeza del rotulo. ?Que mas podian saquear? Ya se habian llevado lo mejor. -Adios, tio. Pronto nos veremos en Paris. El capitan monto en su automovil luego de estrechar una mano fria y blanda que parecia repelerle con su inercia. Al volver hacia su casa vio a la sombra de un grupo de arboles una mesa y sillas. Su excelencia tomaba el cafe al aire libre, y le obligo a sentarse a su lado. Solo tres oficiales lo acompanaban... Gran consumo de licores procedentes de su bodega. Hablaban en aleman entre ellos, y asi permanecio don Marcelo cerca de una hora, inmovil, deseando marcharse y no encontrando el instante oportuno para abandonar su silla y desaparecer. Se adivinaba fuera del parque un gran movimiento de tropas. Pasaba otro cuerpo de






ejercito con sordo rodar de marea. Las cortinas de arboles ocultaban este desfile incesante que se dirigia hacia el sur. Un fenomeno inexplicable conmovio la luminosa calma de la tarde. Sonaba a lo lejos un trueno continuo, como si rodase por el horizonte azul una tormenta invisible. El conde interrumpio su conversacion en aleman para hablar a Desnoyers, que parecia interesado por el estrepito. -Es el canon. Se ha entablado una batalla. Pronto entraremos en danza. La posibilidad de tener que abandonar su alojamiento, el mas comodo que habia encontrado en toda su campana, le puso de mal humor. -?La guerra! -continuo-. Una vida gloriosa, pero sucia y embrutecedora. En todo un mes, hoy es el primer dia que vivo como un hombre. Y como si le atrajesen las comodidades que habria de abandonar en breve, se levanto, dirigiendose al castillo. Dos alemanes se marcharon hacia el pueblo, y Desnoyers quedo con el otro, ocupado en paladear admirativamente sus licores. Era el jefe del batallon acantonado en Villeblanche. -?Triste guerra, senor!- dijo en frances. De todo el grupo de enemigos, este era el unico que habia inspirado a don Marcelo un sentimiento vago de atraccion. «Aunque es un aleman, parece buena persona», pensaba viendolo. Debia de haber sido obeso en tiempo de paz, pero ahora ofrecia el exterior suelto y lacio de un organismo que acaba de sufrir una perdida de volumen. Se adivinaba en el una existencia anterior de tranquila y vulgar sensualidad, una dicha burguesa que la guerra habia cortado rudamente. -?Que vida senor! -siguio diciendo-. Que Dios castigue a los que han provocado esta catastrofe. Desnoyers casi estaba conmovido. Vio la Alemania que se habia imaginado muchas veces: una Alemania tranquila, dulce, de burgueses un poco torpes y pesados, pero que compensaban su rudeza originaria con un sentimentalismo inocente y poetico. Este Blumhardt, al que sus companeros llamaban Bataillon-Kommandeur, era un buen padre de familia. Se lo represento paseando con su mujer y sus hijos bajo los tilos de una plaza de provincia, escuchando con religiosa uncion las melodias de una banda militar. Luego lo vio en la cerveceria con sus amigos, hablando de problemas metafisicos entre dos conversaciones de negocios. Era el hombre de la vieja Alemania, un personaje de novela de Goethe. Tal vez las glorias del Imperio habian modificado su existencia, y en vez de ir a la cerveceria frecuentaba el casino de los oficiales, mientras su familia se mantenia aparte, aislada de los civiles, por el orgullo de la casta militar; pero en el fondo era siempre el aleman bueno, de costumbres patriarcales, pronto a derramar lagrimas ante una escena de familia o un fragmento de buena musica. El comandante Blumhardt se acordaba de los suyos, que vivian en Casel. -Ocho hijos, senor -dijo con un esfuerzo visible para contener su emocion-. Los dos mayores se preparan para ser oficiales. El menor va a la escuela este ano... Es asi. Y senalaba con una mano la altura de sus botas. Temblaba nerviosamente de risa y de pena al recordar a su pequeno. Luego hizo el elogio de su esposa, excelente directora del hogar, madre que se sacrificaba con modestia por sus hijos, por su esposo. ?Ay la dulce Augusta!... Veinte anos de matrimonio iban transcurridos, y la adoraba como el dia en que se vieron por primera vez. Guardaba en un bolsillo de su uniforme todas las cartas que ella le habia escrito desde el principio de la campana. -Veala, senor... Estos son mis hijos. Saco del pecho un medallon de plata con adornos de arte de Munich, y tocando un resorte lo hizo abrirse en redondeles, como las hojas de un libro, dejando ver los rostros de toda la familia: la Frau Kommandeur, de una belleza austera y rigida, imitando el gesto y el peinado de la emperatriz; luego las hijas, las Fraulein Kommandeur, vestidas de blanco, los ojos en alto como si cantasen una romanza; y al final los ninos, con uniformes de escuelas del Ejercito o de instituciones






particulares. ?Pensar que podia perder a estos seres queridos con solo que un pedazo de hierro lo tocase!... ?Y habia de vivir lejos de ellos ahora que era la buena estacion, la epoca de los paseos en el campo!... -?Triste guerra! -volvio a repetir-. Que Dios castigue a los ingleses. Con una solicitud que conmovio a don Marcelo, le hizo preguntas a su vez acerca de su familia. Se apiado al enterarse de lo escasa que era su prole; sonrio un poco ante el entusiasmo con que el viejo hablaba de su hija, saludando a Fraulein Chichi como a un diablillo gracioso; puso el gesto compungido al saber que el hijo le habia dado grandes disgustos con su conducta. ?Simpatico comandante!... Era el primer hombre dulce y humano que encontraba en el infierno de la invasion. «En todas partes hay buenas personas», se dijo. Si habian de continuar alli los alemanes, mejor era tenerle a el que a otros. Un ordenanza vino a llamar a don Marcelo de parte de su excelencia. Encontro al conde en su propio dormitorio, luego de pasar por los salones con los ojos cerrados para evitarse el dolor de una colera inutil. Las puertas estaban forzadas, los suelos sin alfombras, los huecos sin cortinajes. Solo los muebles rotos en los primeros momentos ocupaban sus antiguos lugares. Los dormitorios habian sido saqueados con mas metodo, desapareciendo unicamente lo que era de utilidad inmediata. El haberse alojado en ellos el dia antes el general con todo su sequito los habia librado de una destruccion caprichosa. El conde lo recibio con la cortesia de un gran senor que desea atender a sus invitados. No podia consentir que Herr Desnoyers, pariente de un von Hartrott -al que recordaba vagamente haber visto en la corte-, viviese en la habitacion de los porteros. Debia ocupar su dormitorio, aquella cama solemne como un catafalco, con penachos y columnas, que habia tenido el honor de servir horas antes a un ilustre general del Imperio. -Yo prefiero dormir aqui. Esta otra habitacion va mejor con mis gustos. Habia entrado en el dormitorio de la senora Desnoyers, admirando su moblaje Luis XV, de una autenticidad preciosa, con los oros apagados y los paisajes de sus tapicerias oscurecidos por el tiempo. Era una de las mejores compras de don Marcelo. El conde sonrio con un menosprecio de artista al recordar al jefe de la Intendencia encargado del saqueo oficial. «?Que asno!... Pensar que esto lo ha dejado por viejo y feo...» Luego miro de frente al dueno del castillo. -Senor Desnoyers, creo no cometer ninguna incorreccion, y hasta me imagino que interpreto sus deseos, al manifestarle que estos muebles me los llevo yo. Seran un recuerdo de nuestro conocimiento, un testimonio de nuestra amistad que ahora empieza... Si esto queda aqui, corre peligro de ser destruido. Los guerreros no estan obligados a ser artistas. Yo guardare estas preciosidades en Alemania, y usted podra verlas cuando quiera. Ahora todos vamos a ser unos... Mi amigo el emperador se proclamara soberano de los franceses.. Desnoyers permanecio silencioso. ?Que podia contestar al gesto de ironia cruel, a la mirada con que el gran senor iba subrayando sus palabras?... -Cuando termine la guerra le enviare un regalo de Berlin- anadio con tono protector. Tampoco contesto el viejo. Miraba en las paredes el vacio que habian dejado varios cuadros pequenos. Eran de maestros famosos del siglo XVIII. Tambien debia de haberlos despreciado el comisario por insignificante. Una ligera sonrisa del conde le revelo su verdadero paradero. Habia escudrinado toda la pieza, el dormitorio inmediato, que era el de Chichi, el cuarto de bano, hasta el guardarropa femenino de la familia, que conservaba unos vestidos de la senorita Desnoyers. Las manos del guerrero se perdieron con delectacion en los finos bullones de las telas, apreciando su blanda frescura. Este contacto le hizo pensar en Paris, en las modas, en las casas de los grandes modistos. La rue de la Paix era el lugar mas admirado por el en sus visitas a la






ciudad enemiga. Percibio don Marcelo la fuerte mezcla de perfumes que exhalaban su cabeza, sus bigotes, todo su cuerpo. Varios frascos del tocador de las senoras estaban sobre la chimenea. -?Que suciedad de guerra! -dijo el aleman-. Esta manana he podido tomar un bano, despues de una semana de abstinencia; a media tarde tomare otro... A proposito, querido senor: estos perfumes son buenos, pero no son elegantes. Cuando tenga el gusto de ser presentado a las senoras, les dare las senas de mis proveedores... Yo uso en mi casa esencia de Turquia: tengo muchos amigos alla... Al terminar la guerra hare un envio a la familia. Sus ojos se habian fijado en algunos retratos colocados sobre una mesa. El conde adivino a madame Desnoyers viendo la fotografia de dona Luisa. Luego sonrio ante el retrato de Chichi. Muy graciosa: lo que mas admiraba de ella era su aire resuelto de muchacho. Paso una mirada amplia y profunda en la fotografia de Julio. -Excelente mozo -dijo-. Una cabeza interesante..., artistica. En un baile de trajes obtendria un exito. ?Que principe persa!... Una aigrette blanca en la cabeza sujeta con un joyel, el pecho desnudo, una tunica negra con pavos de oro... Y siguio vistiendo imaginativamente al primogenito de Desnoyers con todos los esplendores de un monarca oriental. El viejo sintio un principio de simpatia hacia aquel hombre por el interes que le inspiraba su hijo. ?Lastima que escogiese con tanta habilidad las cosas preciosas y se las apropiase! Junto a la cabecera de la cama, sobre un libro de oraciones olvidado por su esposa, vio un medallon con otra fotografia. Esta no era de la casa. El conde, que habia seguido la direccion de sus ojos, quiso mostrarsela. Temblaban las manos del guerrero... Su altivez desdenosa e ironica desaparecio de golpe. Un oficial de Husares de la Muerte sonreia en el retrato, contrayendo su perfil enjuto y curvo de pajaro de pelea bajo el gorro, adornado con un craneo y dos femures. -Mi mejor amigo -dijo con voz algo temblorosa-. El ser que mas amo en el mundo... ?Pensar que tal vez se bate en estos momentos y pueden matarlo!... Pensar que yo tambien puedo morir!... Don Marcelo creyo entrever una novela del pasado del conde. Aquel husar era indudablemente un hijo natural. Su simplicidad no podia concebir otra cosa. Solo en su ternura era un padre capaz de hablar asi... Y casi se sintio contagiado por esta ternura. Aquel dio fin a la entrevista. El guerrero le habia vuelto la espalda, saliendo del dormitorio, como si desease ocultar sus emociones. A los pocos minutos sono en el piso bajo un magnifico piano de cola, que el comisario no habia podido llevarse por la oposicion del general. La voz de este se elevo sobre el sonido de las cuerdas. Era una voz de baritono algo opaca, pero que comunicaba un temblor apasionado a su romanza. El viejo se sintio conmovido; no entendia las palabras, pero las lagrimas se agolpaban a sus ojos. Penso en su familia, en las desgracias y peligros que le rodeaban, en la dificultad de volver a encontrar a los suyos... Como si la musica tirase de el, descendio poco a poco el piso bajo. ?Que artista aquel hombre altivamente burlon! ?Que alma la suya!... Los alemanes enganaban a primera vista con su exterior rudo y su disciplina, que les hacia cometer sin escrupulo las mayores atrocidades. Habia que vivir en intimidad con ellos para apreciarlos tal como eran. Cuando ceso la musica estaba en el puente del castillo. Un suboficial contemplaba las evoluciones de los cisnes en las aguas del foso. Era un joven doctor en Derecho, que desempenaba la funcion de secretario cerca de su excelencia; un hombre de Universidad movilizado por la guerra. Al hablar con don Marcelo revelo inmediatamente su origen. Le habia sorprendido la orden de partida estando de profesor en un colegio privado y en visperas de casarse. Todos sus planes matrimoniales habian quedado deshechos. -?Que calamidad, senor!... ?Que trastorno para el mundo!... Y, sin embargo,






eramos muchos los que veiamos llegar la catastrofe. Forzosamente debia sobrevenir un dia u otro. El capitalismo, el maldito capitalismo tiene la culpa. El suboficial era socialista. No ocultaba su participacion en actos del partido, que le habian originado persecuciones y retrasos en su carrera. Pero la Socialdemocracia se veia ahora aceptada por el emperador y halagada por los junkers mas reaccionarios. Todos eran unos. Los diputados del partido formaban en el Reichstag el grupo mas obediente al Gobierno... El solo guardaba de su pasado cierto fervor para anatematizar al capitalismo, culpable de la guerra. Desnoyers se atrevio a discutir con este enemigo, que parecia de caracter dulce y tolerante. «?No sera el responsable el militarismo aleman? ?No habria buscado y preparado el conflicto, impidiendo todo arreglo con sus arrogancias?» Nego rotundamente el socialista. Sus diputados apoyaban la guerra, y para hacer esto, sus motivos tendrian. Se notaba en el la supeditacion a la disciplina, la eterna disciplina germanica, ciega y obediente, que gobierna hasta a los partidos avanzados. En vano el frances repitio argumentos y hechos, todo cuanto habia leido desde el principio de la guerra. Sus palabras resbalaron sobre la dureza de este revolucionario, acostumbrado a delegar las funciones del pensamiento. -?Quien sabe! -acabo por decir-. Tal vez nos hayamos equivocado. Pero en el instante actual todo esta confuso: faltan elementos de juicio para formar una opinion exacta. Cuando termine el conflicto conoceremos a los verdaderos culpables; y si son los nuestros, les exigiremos responsabilidad. Sintio ganas de reir Desnoyers ante esta candidez. ?Esperar el final de la guerra para saber quien era el culpable!... Y si el Imperio resultaba vencedor, ?que responsabilidad iban a exigirle en pleno orgullo de la victoria, ellos, que se habian limitado siempre a las batallas electorales, sin el mas leve intento de rebeldia? -Sea quien sea el autor -continuo el suboficial-, esta guerra es triste. ?Cuantos hombres muertos!... Yo estuve en Charleroi. Hay que ver de cerca la guerra moderna. Venceremos, vamos a entrar en Paris, segun dicen; pero caeran muchos de los nuestros antes de obtener la ultima victoria... Y para alejar las visiones de muerte fija en su pensamiento, siguio con los ojos la marcha de los cisnes, ofreciendoles pedazos de pan, que les hacian torcer el curso de su natacion lenta y majestuosa. El conserje y su familia pasaban el puente con frecuentes entradas y salidas. Al ver a su senor en buenas relaciones con los invasores habian perdido el miedo que los mantenia recluidos en su vivienda. A la mujer le parecia natural que don Marcelo viese reconocida su autoridad por aquella gente: el amo siempre es el amo. Y como si hubiese recibido una parte de esta autoridad, entraba sin temor en el castillo, seguida de su hija, para poner en orden el dormitorio del dueno. Querian pasar la noche cerca de el para que no se viese solo entre los alemanes. Las dos mujeres trasladaron ropas y colchones desde el pabellon al ultimo piso. El conserje estaba ocupado en calentar el segundo bano de su excelencia. Su esposa lamentaba con gestos desesperados el saqueo del castillo. ?Que de cosas ricas desaparecidas!... Deseosa de salvar los ultimos restos, buscaba al dueno para hacerle denuncias, como si este pudiese impedir el robo individual y cauteloso. Los ordenanzas y escribientes del conde se metian en los bolsillos todo lo que resultaba facil de ocultar. Decian, sonriendo, que eran recuerdos. Luego se aproximo con aire misterioso para hacerle una nueva revelacion. Habia visto a un jefe forzar los cajones donde guardaba la senora la ropa blanca, y como formaba un paquete con las prendas mas finas y gran cantidad de blondas. -Ese es, senor -dijo de pronto, senalando a un aleman que escribia en el jardin, recibiendo sobre la mesa un rayo oblicuo de sol que se filtraba entre las ramas. Don Marcelo lo reconocio con sorpresa. ?Tambien el comandante Blumhardt!... Pero inmediatamente excuso su acto. Encontraba natural que se llevase algo de se casa, despues que el comisario habia dado el ejemplo. Ademas, tuvo en cuenta la calidad de los objetos que se apropiaba. No eran para el: eran para la esposa, para






las ninas... Un buen padre de familia. Mas de una hora llevaba ante la mesa escribiendo sin cesar, conversando pluma en mano con su Augusta, con toda la familia que vivia en Cassel. Mejor era que se llevase lo suyo este hombre bueno, que los otros oficiales altivos, de voz cortante e insolente tiesura. Vio como levantaba la cabeza cada vez que pasaba Georgette, la hija del conserje, siguiendola con los ojos. ?Pobre padre!... Indudablemente se acordaba de las dos senoritas que vivian en Alemania con el pensamiento ocupado por los peligros de la guerra. El tambien se acordaba de Chichi, temiendo no verla mas. En uno de sus viajes desde el castillo al pabellon, la muchacha fue llamada por el aleman. Permanecio erguida ante su mesa, timida, como si presintiese un peligro, pero haciendo esfuerzos para sonreir. Mientras tanto, Blumhardt le hablaba acariciandole las mejillas con sus manazas de hombre de pelea. A Desnoyers le conmovio esta vision. Los recuerdos de una vida pacifica y virtuosa resurgian a traves de los horrores de la guerra. Decididamente, este enemigo era un buen hombre. Por eso sonrio con amabilidad cuando el comandante, abandonando la mesa, fue hacia el. Entrego su carta y un paquete voluminoso a un soldado para que los llevase al pueblo, donde estaba la estafeta del batallon. -Es para mi familia -dijo-. No dejo pasar un dia de descanso sin enviar carta. ?Las suyas son tan preciosas para mi!... Tambien envio unos pequenos recuerdos. Desnoyers estuvo proximo a protestar. ?Pequenos, no!... Pero con un gesto de indiferencia dio a entender que aceptaba los regalos hechos a costa suya. El comandante siguio hablando de la dulce Augusta y de sus hijos, mientras tronaba la tempestad invisible en el horizonte sereno del atardecer. Cada vez era mas intenso el canoneo. -La batalla -continuo Blumhardt-. ?Siempre la batalla!... Seguramente es la ultima que ganaremos. Antes de una semana vamos a entrar en Paris... Pero ?cuantos no llegaran a verlo! ?Que de muertos!... Creo que manana ya no estaremos aqui. Todas las reservas tendran que atacar para vencer la suprema resistencia... ?Con tal que yo no caiga!... La posibilidad de morir al dia siguiente contrajo su rostro con un gesto de rencor. Una arruga vertical partia sus cejas. Miro a Desnoyers con ferocidad, como si le hiciese responsable de su muerte y de la desgracia de su familia. Durante unos minutos, don Marcelo no reconocio al Blumhardt dulce y familiar de poco antes, dandose cuenta que la guerra realiza en los hombres. Empezaba el ocaso, cuando un suboficial -el mismo de la Socialdemocracia- llego corriendo, en busca del comandante. Desnoyers no podia entenderle por hablar en aleman; pero, siguiendo las indicaciones de su mano, vio en la entrada del castillo, mas alla de la verja, un grupo de gente campesina y unos cuantos soldados con fusiles. Blumhardt, despues de corta reflexion, emprendio la marcha hacia el grupo, y don Marcelo fue tras de el. Vio un muchacho del pueblo entre dos alemanes que le apuntaban al pecho con sus bayonetas. Estaba palido, con una palidez de cera. Su camisa, sucia de hollin, aparecia desgarrada de un modo tragico, denunciando los manotones de la lucha. En una sien tenia una desolladura que manaba sangre. A corta distancia, una mujer, con el pelo suelto, rodeada de cuatro ninas y un pequenuelo, todos manchados de negro, como si surgiesen de un deposito de carbon. La mujer hablaba elevando las manos, dando gemidos que interrumpian su relato, dirigiendose inutilmente a los soldados, incapaces de entenderla. El suboficial que mandaba la escolta hablo en aleman con el comandante, y mientras tanto, la mujer se dirigio a Desnoyers. Mostraba una repentina serenidad al reconocer al dueno del castillo, como si este pudiese salvarla. Aquel moceton era hijo suyo. Estaban refugiados desde el dia anterior en la cueva de su casa incendiada. El hambre los habia hecho salir, luego de librarse de una muerte por asfixia. Los alemanes, al ver a su hijo, lo habian golpeado y querian fusilarlo, como fusilaban a






todos los mozos. Creian que el muchacho tenia veinte anos: lo consideraban en edad de ser soldado, y para que no se incorporase al Ejercito frances, lo iban a matar. -?Es mentira! -grito la mujer-. No tiene mas que dieciocho..., menos aun: solo tiene diecisiete. Se volvia a otras mujeres que iban detras de ella: tristes hembras igualmente sucias, con el rostro ennegrecido y las ropas desgarradas, oliendo a incendio, a miseria, a cadaver. Todas asentian, agregando sus gritos a los de la madre. Algunas extremaban sus declaraciones, atribuyendo al muchacho dieciseis anos..., quince. Y a este coro de femeniles vociferaciones se unian los gemidos de los pequenos, que contemplaban a su hermano con los ojos agrandados por el terror. El comandante examino al prisionero mientras escuchaba al suboficial. Un empleado del Municipio habia confesado aturdidamente que tenia veinte anos, sin pensar que con esto causaba su muerte. -?Mentira! -repitio la madre, adivinando por instinto lo que hablaban-. Ese hombre se equivoca. Mi hijo es robusto, parece de mas edad; pero no tiene veinte anos... El senor, que lo conoce, puede decirlo. ?No es verdad, senor Desnoyers? Al ver reclamado su auxilio por la desesperacion maternal, creyo don Marcelo que debia intervenir, y hablo al comandante. Conocia mucho a este mozo -no recordaba haberlo visto nunca-, y le creia menor de veinte anos. -Y aunque los tuviera -anadio-, ?es eso un delito para fusilar a un hombre? Blumhardt no contestaba. Desde que habia recobrado sus funciones de mando parecia ignorar la existencia de don Marcelo. Fue a decir algo, a dar una orden; pero vacilo. Era mejor consultar a su excelencia. Y viendo que se dirigia al castillo. Desnoyers marcho a su lado. -Comandante, esto no puede ser -comenzo diciendo-. Esto carece de sentido. ?Fusilar a un hombre por la sospecha de que pueda tener veinte anos!... Pero el comandante callaba y seguia caminando. Al pasar el puente oyeron los sonidos del piano. Esto parecia de buen augurio para Desnoyers. Aquel artista que le conmovia con su voz apasionada iba a decir la palabra salvadora. Al entrar en el salon tardo en reconocer a su excelencia. Vio a un hombre ante el piano, llevando por toda vestidura una bata japonesa, un quimono femenil de color rosa, con pajaros de oro, perteneciente a su Chichi. En otra ocasion hubiese lanzado una carcajada al contemplar a este guerrero enjuto, huesoso, de ojos crueles, sacando por las mangas sueltas unos brazos nervudos, en una de cuyas munecas seguia brillando la pulsera de oro. Habia tomado el bano y retardaba el momento de recobrar su uniforme, deleitandose con el sedoso contacto de la tunica femenina, igual a sus vestiduras orientales de Berlin. Blumhardt no manifesto la mas leve extraneza ante el aspecto de su general. Erguido militarmente, hablo en su idioma, mientras el conde le escuchaba con aire aburrido, pasando sus dedos sobre las teclas. Una ventana proxima dejaba visible la puesta del sol, envolviendo en un nimbo de oro al piano y al ejecutante. La poesia del ocaso entraba por ella: susurros del ramaje, cantos moribundos de pajaros, zumbidos de insectos que brillaban como chispas bajo el ultimo rayo solar. Su excelencia, viendo interrumpido su ensueno melancolico por la inoportuna visita, corto el relato del comandante con un gesto de mando y una palabra..., una sola. No dijo mas. Dio unas chupadas a un cigarrillo turco que chamuscaba lentamente la madera del piano, y sus manos volvieron a caer sobre el marfil, reanudando la improvisacion vaga y tierna inspirada por el crepusculo. -Gracias, excelencia- dijo el viejo, adivinando su magnanima respuesta. El comandante habia desaparecido. Tampoco lo encontro fuera de la casa. Un soldado trotaba cerca de la verja para transmitir la orden. Vio como la escolta repelia con las culatas al grupo vociferante de mujeres y chiquillos. Quedo limpia la entrada. Todos se alejaban indudablemente hacia el pueblo despues del perdon del






general... Estaba en mitad de la avenida, cuando sono un aullido compuesto de muchas voces, un grito espeluznante, como solo puede lanzarlo la desesperacion femenil. Al mismo tiempo conmovieron al aire fuertes trallazos, un crepitamiento que conocia desde el dia anterior. ?Tiros!... Adivino al otro lado de la verja un rudo vaiven de personas: unas, retorciendose, contenidas por fuertes brazos; otras huyendo con el galope del miedo. Vio correr hacia el a una mujer despavorida, con las manos en la cabeza, lanzando gemidos. Era la esposa del conserje, que se habia agregado poco antes al grupo de mujeres. -?No vaya, senor! -grito, cortandole el paso-. Lo han matado..., acaban de fusilarlo. Don Marcelo quedo inmovil por la sorpresa. ?Fusilarlo!... ?Y la palabra del general?... Corrio hacia el castillo, sin darse cuenta de lo que hacia, y se vio de pronto en el salon. Su excelencia continuaba ante el piano. Ahora cantaba a media voz, con los ojos humedos por la poesia de sus recuerdos. Pero el viejo no podia escucharle. -Excelencia, lo han fusilado... Acaban de matarlo, a pesar de la orden. La sonrisa del jefe le hizo comprender de pronto su engano. -Es la guerra, querido senor -dijo cesando de tocar-. La guerra, con sus crueles necesidades... Siempre es prudente suprimir al enemigo de manana. Y con aire pedantesco, como si diese una leccion, hablo de los orientales, grandes maestros en el arte de saber vivir. Uno de los personajes mas admirados por el era cierto sultan de la conquista turca, que estrangulaba con sus propias manos a los hijos de los adversarios. -Nuestros enemigos no vienen al mundo a caballo empunando la lanza -decia el heroe-. Nacen ninos, como todos, y es oportuno suprimirlos antes que crezcan. Desnoyers lo escuchaba sin entenderle. Una idea unica ocupaba su pensamiento. ?Y aquel hombre, que el creia bueno; aquel sentimental, que se enternecia cantando, habia dado friamente, entre dos arpegios, su orden de muerte!... El conde hizo un gesto de impaciencia. Podia retirarse, y le aconsejaba que en adelante fuese discreto, evitando el inmiscuirse en los asuntos del servicio. Luego le volvio la espalda e hizo correr las manos sobre el piano, entregandose a su melancolia armoniosa. Empezo para don Marcelo una vida absurda, que iba a durar cuatro dias, durante los cuales se sucedieron los mas extraordinarios acontecimientos. Este periodo represento en su historia un largo parentesis de estupefaccion, cortado por horribles visiones. No quiso encontrarse mas con aquellos hombres, y huyo de su propio dormitorio, refugiandose en el ultimo piso, en un cuarto de domestico, cerca del que habia escogido la familia del conserje. En vano la buena mujer le ofrecio comida al cerrar la noche: no sentia apetito. Estaba tendido en la cama. Preferia la oscuridad y el verse a solas con sus pensamientos. ?Cuando terminaria esta angustia!... Se acordo de un viaje que habia hecho a Londres anos antes. Veia con la imaginacion el Museo Britanico y ciertos relieves asirios que le habian llenado de pavor, como restos de una Humanidad bestial. Los guerreros incendiaban las poblaciones, los prisioneros eran degollados en monton, la muchedumbre campesina y pacifica marchaba en filas con la cadena al cuello, formando ristras de esclavos. Nunca habia reconocido como en aquel momento la grandeza de la civilizacion presente. Todavia surgian guerras de cuando en cuando; pero habia sido reglamentadas por el progreso. La vida de los prisioneros resultaba sagrada, los pueblos debian ser respetados, existia todo un cuerpo de leyes internacionales para reglamentar como deben matarse los hombres y combatir las naciones, causandose el menor dano posible... Pero ahora acababa de ver la realidad de la guerra. ?Lo mismo que miles de anos antes! Los hombres con casco procedian de igual modo que los satrapas perfumados y feroces de mitra azul y barba anillada. El adversario era fusilado, aunque no tuviese armas; el prisionero moria a culatazos; las poblaciones civiles emprendian en masa el camino de Alemania como los cautivos






de otros siglos. ?De que habia servido el llamado progreso? ?Donde estaba la civilizacion?... Desperto al recibir en sus ojos la luz de una bujia. La mujer del conserje habia subido otra vez para preguntarle si necesitaba algo. -?Que noche!... Oigalos como gritan y cantan. ?Las botellas que llevan bebidas!... Estan en el comedor. Es preferible que usted no los vea. Ahora se divierten rompiendo los muebles. Hasta el conde esta borracho; borracho tambien ese jefe que hablaba con usted, y los demas. Algunos de ellos bailan medio desnudos. Deseaba callarse ciertos detalles; pero su verbosidad femenil salto por encima de estos propositos discretos. Algunos oficiales jovenes se habian disfrazado con sombrero y vestidos de las senoras y danzaban dando gritos e imitando los contoneos femeniles. Uno de ellos era saludado con un rugido de entusiasmo al presentarse sin otro traje que una combinacion interior de la senorita Chichi... Muchos gozaban un placer maligno al depositar los residuos digestivos sobre las alfombras o en los cajones de los muebles, empleando para limpiarse los lienzos finos que encontraban a mano. El dueno la hizo callar. ?Para que enterarle de todo esto?... -?Y nosotros, obligados a servirlos!... -continuo gimiendo la mujer-. Estan locos: parecen otros hombres. Los soldados dicen que se marchan al amanecer. Hay una gran batalla, van a ganarla; pero todos necesitan pelear en ella... Mi pobre marido ya no puede mas... Tantas humillaciones... Y mi hija..., ?mi hija!... Esta era su mayor preocupacion. La tenia oculta; pero seguia con inquietud las idas y venidas de algunos de estos hombres enfurecidos por el alcohol. De todos, el mas temido era aquel jefe que acariciaba paternalmente a Georgette. El miedo por la seguridad de su hija le hizo marcharse despues de lanzar nuevos lamentos. -Dios no se acuerda del mundo... ?Ay, que sera de nosotros! Ahora permanecio desvelado don Marcelo. Por la ventana abierta entraba la luz de una noche serena. Seguia el canoneo, prolongandose el combate en la oscuridad. Al pie del castillo entonaban los soldados un cantico lento y melodico que parecia un salmo. Del interior del edificio subio hasta el un estrepito de carcajadas brutales, ruido de muebles que se rompian, correteos de regocijada persecucion. ?Cuando podria salir de este infierno?... Transcurrio mucho tiempo; no llego a dormir, pero fue perdiendo poco a poco la nocion de lo que le rodeaba. De pronto se incorporo. Cerca de el, en el mismo piso, una puerta se habia rajado con sordo crujido, no pudiendo resistir varios empujones formidables. Sonaron gritos de mujeres, llantos, suplicas desesperadas, ruido de lucha, pasos vacilantes, choques de cuerpos contra las paredes. Tuvo el presentimiento de que era Georgette la que gritaba y se defendia. Antes de poner los pies en el suelo oyo una voz de hombre, la de su conserje, estaba seguro: -?Ah, bandido!... Luego el estrepito de una segunda lucha..., un tiro..., silencio. Al salir al amplio corredor que terminaba en la escalera vio luces y muchos hombres que subian en tropel, saltando los peldanos. Casi cayo al tropezar con un cuerpo del que se escapaba un rugido de agonia. El conserje estaba a sus pies, agitando el pecho con movimientos de fuelle. Tenia los ojos vidriosos y desmesuradamente abiertos; su boca se cubria de sangre... Junto a el brillaba un cuchillo de cocina. Despues vio a un hombre con un revolver en la diestra, conteniendo al mismo tiempo con la otra mano una puerta rota que alguien intentaba abrir desde dentro. Le reconocio, a pesar de su palidez verdosa y del extravio de su mirada: era Blumhardt, un Blumhardt nuevo, con una expresion bestial de orgullo y de insolencia que infundia espanto. Se lo imagino recorriendo el castillo en busca de la presa deseada, la inquietud del padre siguiendo sus pasos, los gritos de la muchacha, la lucha desigual entre el enfermo con su arma de ocasion y aquel hombre de guerra sostenido por la






violencia. La colera de los anos juveniles desperto en el audaz y arrolladora. ?Que le importaba morir?... -Ah bandido! -rugio como el otro. Y con los punos cerrados marcho contra el aleman. Este le puso el revolver ante los ojos, sonriendo friamente. Iba a disparar... Pero en el mismo instante Desnoyers cayo al suelo, derribado por los que acababan de subir. Recibio varios golpes; las pesadas botas de los invasores le martillearon con su taconeo. Sintio en su rostro un chorro caliente. ?Sangre!... No sabia si era suya o de aquel cuerpo, en el que se iba apagando el jadeo mortal. Luego se vio elevado del suelo por varias manos que lo empujaban ante un hombre. Era su excelencia, con el uniforme desabrochado y oliendo a vino. Sus ojos temblaban, lo mismo que su voz. -Mi querido senor -le dijo, intentando recobrar su ironia mortificante-, le aconseje que no interviniese en nuestras cosas y no me ha hecho caso. Sufra las consecuencias de su falta de discrecion. Dio una orden, y el viejo se sintio impelido escaleras abajo hasta las cuevas. Los que lo conducian eran soldados al mando de un suboficial. Reconocio al socialista. El joven profesor era el unico que no estaba ebrio; pero se mantenia erguido, inabordable, con la ferocidad de la disciplina. Lo introdujo en una pieza abovedada sin otro respiradero que un ventanuco a ras del suelo. Muchas botellas rotas y dos cajones con alguna paja era todo lo que habia en la cueva. -Ha insultado usted a un jefe -dijo el suboficial rudamente y es indudable que lo fusilaran al amanecer... Su unica salvacion consiste en que siga la fiesta y le olviden. Como la puerta estaba rota, lo mismo que todas las del castillo, hizo colocar ante ella un monton de muebles y cajones. Don Marcelo paso el resto de la noche atormentado por el frio. Era lo unico que le preocupaba en aquel momento. Habia renunciado a la vida; hasta la imagen de los suyos se fue borrando de su memoria. Trabajo en la oscuridad para acomodarse sobre los dos cajones, buscando el calor de la paja. Cuando empezaba a soplar por el ventanillo la brisa del alba, cayo lentamente en un sueno pesado, un sueno embrutecedor, igual al de los condenados a muerte o al que precede a una manana de desafio. Le parecio oir gritos en aleman, trotes de caballo, un rumor lejano de redobles y silbidos semejantes al que producian los batallones invasores con sus pifanos y sus tambores planos... Luego perdio por completo la sensacion de lo que le rodeaba. Al abrir otra vez sus ojos, un rayo de sol deslizandose por el ventanuco trazaba un cuadrilatero de oro en la pared, dando un regio esplendor a las telaranas colgantes. Alguien removia la barricada de la puerta. Una voz de mujer, timida y angustiada, le llamo repetidas veces. -Senor, ?esta usted ahi? Levantandose de un salto quiso prestar ayuda a este trabajo exterior, y empujo la puerta vigorosamente. Penso que los invasores se habian ido. No comprendia de otro modo que la esposa del conserje se atreviese a sacarle de su encierro. -Si; se han marchado -dijo ella-. No queda nadie en el castillo. Al encontrar libre la salida vio don Marcelo a la pobre mujer con los ojos enrojecidos, la faz huesosa, el pelo en desorden. La noche habia gravitado sobre su existencia con un peso de muchos anos. Tosa su energia se desvanecio de golpe al reconocer al dueno. «?Senor..., senor!», gimio convulsivamente Y se arrojo en sus brazos derramando lagrimas. Don Marcelo no deseaba saber nada; tenia miedo a la verdad. Sin embargo, pregunto por el conserje. Ahora que estaba despierto y libre, acaricio la esperanza momentanea de que todo lo visto por el en la noche anterior fuese una pesadilla. Tal vez vivia aun el pobre hombre. -Lo mataron, senor Lo asesino aquel militar que parecia bueno... Y no se donde






esta su cuerpo: nadie ha querido decirmelo. Tenia la sospecha de que el cadaver estaba en el foso. Las aguas verdes y tranquilas se habian cerrado misteriosamente sobre esta ofrenda de la noche... Desnoyers adivino que otra desgracia preocupaba aun mas a la madre, pero se mantuvo en pudico silencio. Fue ella la que hablo, entre exclamaciones de dolor... Georgette estaba en el pabellon; habia huido horrorizada del castillo al marcharse los invasores. Estos la habian guardado en su poder hasta el ultimo momento. -Senor, no la vea... Tiembla y llora al pensar que usted puede hablarle luego de lo ocurrido. Esta loca; quiere morir. ?Ay mi hija!... ?Y no habra quien castigue a esos monstruos?... Habian salido del subterraneo y atravesaron el puente. La mujer miro con fijeza las aguas verdes y unidas. El cadaver de un cisne flotaba sobre ellas. Antes de partir, mientras ensillaban sus caballos, los oficiales se habian entretenido cazando a tiros de revolver los habitantes de la laguna. Las plantas acuaticas tenian sangre; entre sus hojas flotaban unos bullones blancos y flaccidos, como lienzos escapados de las manos de una lavandera. Cambiaron don Marcelo y la mujer una mirada de lastima. Se compadecieron mutuamente al contemplar a la luz del sol su miseria y envejecimiento. Ella sintio renacer sus energias al pensar en la hija. El paso de aquellas gentes lo habia destruido todo: no quedaba en el castillo otro alimento que unos pedazos de pan duro olvidados en la cocina. «Y hay que vivir, senor... Hay que vivir, aunque solo sea para ver como los castiga Dios...» El viejo levanto los hombros con desaliento: ?Dios?... Pero aquella mujer tenia razon: habia que vivir. Con la audacia de su primera juventud, cuando navegaba por los mares infinitos de tierra del Nuevo Mundo guiando tropas de reses, se lanzo fuera de su parque. Vio el valle, rubio y verde, sonriendo bajo el sol; los grupos de arboles; los cuadrados de tierra amarillenta con las barbas duras del rastrojo; los setos, en los que cantaban pajaros; todo el esplendor veraniego de una campina cultivada y peinada durante quince siglos por docenas y docenas de generaciones. Y, sin embargo, se considero solo. a merced del destino, expuesto a perecer de hambre; mas solo que cuando atravesaba las horrendas alturas de los Andes, las tortuosas cumbres de roca y nieve envueltas en un silencio mortal, interrumpido de tarde en tarde por el aleteo del condor. Nadie... Su vista no distinguio un solo punto movible: todo fijo, inmovil, cristalizado, como si se contrajese de pavor entre el trueno que seguia rodando en el horizonte. Se encamino al pueblo, masa de paredones negros de la que emergian varias casuchas intactas y un campanario sin tejas, con la cruz torcida por el fuego. Nadie tampoco en sus calles, sembradas de botellas, de maderos chamuscados, de cascotes cubiertos de hollin. Los cadaveres habian desaparecido, pero un hedor nauseabundo de grasa descompuesta, de carne quemada, parecia agarrarse a las fosas nasales. Lo atraveso todo, hasta llegar al sitio ocupado por la barricada de los dragones. Aun estaban las carretas a un lado del camino. Vio un monticulo de tierra en el mismo lugar del fusilamiento. Dos pies y una mano asomaban a ras del suelo. Al aproximarse se desprendieron los cadaveres. Un tropel de alas duras batio el espacio, alejandose con graznidos de colera. Volvio sobre sus pasos. Gritaba ante las casas menos destrozadas, introducia su cabeza por puertas y ventanas limpias de obstaculos o con hojas de madera a medio consumir. ?No habia quedado nadie en Villeblanche? Columbro entre las ruinas algo que avanzaba a gatas, una especie de reptil, que se detenia en su arrastre con vacilaciones de miedo, pronto a retroceder para deslizarse en su madriguera. Subitamente tranquilizada, la bestia se irguio. Era un hombre, un viejo. Otras larvas humanas fueron surgiendo al conjuro de sus gritos, pobre seres que habian renunciado a la verticalidad que denuncia desde lejos, y envidiaban a los organismos inferiores su deslizamiento por el polvo, su prontitud para escurrirse en las entranas de la tierra. Eran mujeres y ninos en su mayor parte, todos sucios,






negros, con el cabello enmaranado, el ardor de los apetitos bestiales en los ojos, el desaliento del animal debil en la mandibula caida. Vivian ocultos en los escombros de sus casas. El miedo les habia hecho olvidar el hambre; pero al verse libres de enemigos, reaparecian de golpe todas sus necesidades incubadas por las horas de angustia. Desnoyers creyo estar rodeado de una tribu de indios famelicos y embrutecidos, igual a las que habia visto en sus viajes de aventurero. Traia con el de Paris una cantidad de piezas de oro, y saco una moneda, haciendola brillar al sol. Necesitaba pan, necesitaba todo lo que fuese comestible: pagaria sin regatear. La vista del oro provoco miradas de entusiasmo y codicia; pero esta impresion fue breve. Los ojos acabaron por contemplar con indiferencia el redondel amarillo. Don Marcelo se convencio de que el milagroso fetiche habia perdido su poder. Todos entonaban un coro de desgracias y horrores con voz lenta y quejumbrosa, como si llorasen ante un feretro: «Senor, han muerto a mi marido...» «Senor, mis hijos; me faltan dos hijos...» «Senor, se han llevado presos a todos los hombres; dicen que es para trabajar la tierra en Alemania...» «Senor, pan; mis pequenos se mueren de hambre». Una mujer lamentaba algo peor que la muerte: «?Mi hija!... ?Mi pobre hija!» Su mirada de odio y locura denunciaban la tragedia secreta; sus alaridos y lagrimas hacian recordar a la otra madre que gritaba lo mismo en el castillo. En el fondo de alguna cueva estaba la victima, rota de cansancio, sacudida por el delirio, viendo todavia la sucesion de asaltantes brutales con el rostro dilatado por un entusiasmo simiesco. El grupo miserable tendia en circulo sus manos hacia aquel hombre cuya riqueza conocian todos. Las mujeres le ensenaban sus criaturas amarillentas, con los ojos velados por el hambre y una respiracion apenas perceptible. «Pan..., pan», imploraban, como si el pudiese hacer un milagro. Entrego a una madre la moneda que tenia entre los dedos. Luego dio otras piezas de oro. Las guardaban sin mirarlas y seguian su lamento: «Pan..., pan». ?Y el habia ido hasta alli para hacer la misma suplica!... Huyo, reconociendo la inutilidad de su esfuerzo. Cuando regresaba, desesperado, a su propiedad, encontro grandes automoviles y hombres a caballo que llenaban el camino formando larguisimo convoy. Seguian la misma direccion que el. Al entrar en su parque, un grupo de alemanes estaba tendiendo los hilos de una linea telefonica. Acababan de recorrer las habitaciones en desorden y reian a carcajadas leyendo la inscripcion trazada por el capitan von Hartrott: «Se ruega no saquear...» Encontraban la farsa muy ingeniosa, muy germanica. El convoy invadio el parque. Los automoviles y furgones llevaban una cruz roja. Un hospital de sangre iba a establecerse en el castillo. Los medicos, vestidos de verde y armados lo mismo que los oficiales, imitaban su altivez cortante, su repelente tiesura. Salian de los furgones centenares de camas plegadizas, alineandose en las diversas piezas; los muebles que aun quedaban fueron arrojados en monton al pie de los arboles. Grupos de soldados obedecian con prontitud mecanica las ordenes breves e imperiosas. Un perfume de botica, de drogas concentradas, se esparcio por las habitaciones, mezclandose con el fuerte olor de los antisepticos que habian rociado las paredes para borrar los residuos de la orgia nocturna. Vio despues mujeres vestidas de blanco, mocetonas de mirada azul y pelo de canamo. Tenian un aspecto grave, duro, austero, implacable. Empujaron repetidas veces a Desnoyers como si no lo viesen. Parecian monjas, pero con revolver debajo el habito. A mediodia empezaron a llegar otros automoviles, atraidos por la enorme bandera blanca con una cruz roja que habia empezado a ondear en lo alto del castillo. Venian de la parte del Marne; su metal estaba abollado por los proyectiles; sus vidrios tenian roturas en forma de estrella. Bajaban de su interior hombres y mas hombres, unos por su pie, otros en camillas de lona: rostros palidos y rubicundos,






perfiles aquilinos y achatados, cabezas rubias y craneos envueltos en turbantes blancos con manchas de sangre; bocas que reian con risa de bravata y bocas que gemian con los labios azulados; mandibulas sostenidas por vendajes de momia; gigantes que no mostraban destrozos aparentes y estaban en la agonia; cuerpos informes rematados por una testa que hablaba y fumaba; piernas con piltrafas colgantes que esparcian un liquido rojo entre los lienzos de la primera cura; brazos que pendian inertes como ramas secas; uniformes desgarrados en los que se notaba el tragico vacio de los miembros ausentes.. La avalancha de dolor se esparcio por el castillo. A las pocas horas, todo el estaba ocupado; no habia un lecho libre; las ultimas camillas quedaron a la sombra de los arboles. Funcionaban los telefonos incesantemente; los operadores, puestos de mandil, iban de un lado a otro, trabajando con rapidez; la vida humana era sometida a los procedimientos salvadores con rudeza y crueldad. Los que morian dejaban una cama libre a los otros que iban llegando. Desnoyers vio cestos que goteaban, llenos de carne informe: piltrafas, huesos rotos, miembros enteros. Los portadores de estos residuos iban al fondo de su parque para enterrarlos en una plazoleta que era el lugar favorito de las lecturas de Chichi. Soldados formando parejas llevaban envueltos en sabanas que el dueno del castillo reconocia como suyas. Estos bultos eran cadaveres. El parque se convertia en cementerio. Ya no bastaba la plazoleta para contener los muertos y los residuos de las curas: nuevas fosas se iban abriendo en las inmediaciones. Los alemanes, armados de palas, habian buscado auxiliares para su funebre trabajo. Una docena de campesinos prisioneros removian la tierra y ayudaban en la descarga de los muertos. Ahora los conducian en una carreta hasta el borde de la fosa, cayendo en ella como los escombros acarreados de una demolicion. Don Marcelo sintio un placer monstruoso al considerar el numero creciente de enemigos desaparecidos, pero a la vez lamentaba esta avalancha de intrusos que iba a fijarse para siempre en sus tierras. Al anochecer, anodado por tantas emociones, sufrio el tormento del hambre. Solo habia comido uno de los pedazos de pan encontrados en la cocina por la viuda del conserje. El resto lo habia dejado para ella y su hija. Un tormento igual que el hambre presento para el la desesperacion de Georgette. Al verlo pretendia escapar, avergonzada. -?Que no me vea el senor!- gemia, ocultando el rostro. Y el senor, siempre que entraba en el pabellon, evitaba aproximarse a ella, como si su presencia le hiciese sentir mas intensamente el recuerdo del ultraje. En vano, aguijoneado por la necesidad, se dirigio a algunos medicos que hablaban frances. No le escucharon; y al insistir en sus peticiones, lo pusieron a distancia con rudo manoton... ?El no iba a perecer de hambre en medio de sus propiedades! Aquellas gentes comian: las duras enfermeras se habian instalado en su cocina... Pero transcurrio el tiempo sin encontrar quien se apiadase de su persona, arrastrando su debilidad de un lado para otro, viejo, con una vejez de miseria, sintiendo en todo su cuerpo la impresion de los golpes recibidos en la noche anterior. Conocio el tormento del hambre como no lo habia sufrido nunca en sus viajes por las llanuras desiertas, el hambre entre los hombres, en un pais civilizado, llevando sobre su cuerpo un cinto lleno de oro, rodeado de tierras y edificios que eran suyos, pero de los que disponian otros que no se dignaban entenderle. ?Y para llegar a esta situacion al termino de su vida habia amasado millones y habia vuelto a Europa!... ?Ah ironia de la suerte!... Vio a un sanitario que, con la espalda apoyada en un tronco, iba a devorar un pan y un pedazo de embutido. Sus ojos envidiosos examinaron a este hombre, grande, cuadrado, de mandibula fuerte cubierta por la eflorescencia de una barba roja. Avanzo con muda invitacion una moneda de oro entre sus dedos. Brillaron los ojos del aleman al ver el oro; una sonrisa dilato su boca casi de oreja a oreja. -Ia- dijo comprendiendo la mimica.






Y le entrego sus comestibles, tomando la moneda. Don Marcelo comenzo a tragar con avidez. Nunca habia saboreado la sensualidad de la alimentacion como en aquel instante, en medio de su jardin convertido en cementerio, frente a su castillo saqueado, donde gemian y agonizaban centenares de seres. Un brazo gris paso ante sus ojos. Era el aleman, que volvia con dos panes y un pedazo de carne arrebatados de la cocina. Repitio su sonrisa: Ia?... Y luego de entregarle el viejo una segunda moneda de oro, pudo ofrecer estos alimentos a las dos mujeres refugiadas en el pabellon. Durante la noche -una noche de penoso desvelo cortado por visiones de horror- creyo que se aproximaba el rugido de la artilleria. Era una diferencia apenas perceptible; tal vez un efecto del silencio nocturno, que aumentaba la intensidad de los sonidos. Los automoviles seguian llegando del frente, soltaban su cargamento de carne destrozada y volvian a partir. Desnoyers penso que su castillo no era mas que uno de los muchos hospitales establecidos en una linea de mas de cien kilometros, y que al otro lado, detras de los franceses, existian centros semejantes, y en todos ellos reinaba igual actividad, sucediendose con aterradora frecuencia las remesas de hombres moribundos. Muchos no conseguian siquiera el consuelo de verse recogidos: aullaban en medio del campo, y hundiendo en el polvo o en el barro sus miembros sangrientos, expiraban revolcandose en sus propias entranas... Y don Marcelo, que horas antes se consideraba el ser mas infeliz de la creacion, experimento una alegria cruel al pensar en tantos miles de hombres vigorosos deshechos por la muerte que podian envidiar su vejez sana, la tranquilidad con que estaba tendido en aquel lecho. A la manana siguiente, el sanitario lo esperaba en el mismo sitio con una servilleta llena. ?Barbudo servicial y bueno!... Le ofrecio una moneda de oro. -Nein- contesto estirando su boca con una sonrisa maliciosa. Dos rodajas brillantes aparecieron en los dedos de don Marcelo. Otra sonrisa, Nein, y un movimiento negativo de cabeza. ?Ah ladron! ?Como abusaba de su necesidad!... Y solo cuando le hubo entregado cinco monedas pudo adquirir el paquete de viveres. Pronto noto en torno de su persona una conspiracion sorda y astuta para apoderarse de su dinero. Un gigante con galones de sargento le puso una pala en la mano, empujandole rudamente. Se vio en el rincon de su parque convertido en cementerio, junto a la carreta de los cadaveres; tuvo que remover la tierra propia confundido con aquellos prisioneros exasperados por la desgracia, que le trataban como a un igual. Volvio los ojos para no ver los cadaveres rigidos y grotescos que asomaban sobre su cabeza, al borde del hoyo, pronto a derramarse en el fondo de este. El suelo exhalaba un hedor insufrible. Habia empezado la descomposicion de los cuerpos en las fosas inmediatas. La persistencia con que lo acosaban sus guardianes y la sonrisa marrullera del sargento le hicieron adivinar el chantaje. El sanitario de las barbas debia de tener parte en todo esto. Solto la pala, llevandose una mano al bolsillo con gesto de invitacion. Ia, dijo el sargento. Y luego de entregar unas monedas pudo alejarse y vagar libremente. Sabia lo que le esperaba: aquellos hombres iban a someterlo a una explotacion implacable. Transcurrio un dia mas, igual al anterior. En la manana del siguiente, sus sentidos, afinados por la inquietud, le hicieron adivinar algo extraordinario. Los automoviles llegaban y partian con mayor rapidez; se notaba desorden y azaramiento en el personal. Sonaban los telefonos con una precipitacion local; los heridos parecian mas desalentados. El dia anterior los habia que cantaban al bajar de los vehiculos, enganando su dolor con risas y bravatas. Hablaban de la victoria proxima, lamentando no presenciar la entrada en Paris. Ahora todos permanecian silenciosos, con gesto de enfurrunamiento, pensando en la propia suerte, sin preocuparse de lo que dejaban a su espalda.






Fuera del parque zumbo un ruido de muchedumbre. Negrearon los caminos. Empezaba otra vez la invasion, pero con movimiento de reflujo. Pasaron durante horas enteras rosarios de camiones grises entre los bufidos de sus motores fatigados. Luego, regimientos de infanteria, escuadrones, baterias rodantes. Marchaban lentamente, con una lentitud que desconcertaba a Desnoyers, no sabiendo si este retroceso era una fuga o un cambio de posicion. Lo unico que le satisfacia era el gesto embrutecido y triste de los soldados, el mutismo sombrio de los oficiales. Nadie gritaba; todos parecian haber olvidado el Nach Paris! El monstruo verdoso conservaba aun el armado testuz al otro lado del Marne, pero su cola empezaba a contraer los anillos con ondulaciones inquietas. Despues de cerrar la noche continuo el repliegue de las tropas. El canoneo parecia aproximarse. Algunos truenos sonaban tan inmediatos que hacian temblar los vidrios de las ventanas. Un campesino fugitivo se refugio en el parque y pudo dar noticias a don Marcelo. Los alemanes se retiraban. Algunas de sus baterias se habian establecido en la orilla del Marne para intentar una nueva resistencia. Y el recien llegado se quedo, sin llamar la atencion de los invasores, que dias antes fusilaban a la menor sospecha. Se habia perturbado visiblemente el funcionamiento mecanico de su disciplina. Medicos y enfermeros corrian de un lado a otro dando gritos, profiriendo juramentos cada vez que llegaba un nuevo automovil. Ordenaban al conductor que siguiese adelante, hasta otro hospital situado a retaguardia. Habian recibido orden de evacuar el castillo aquella misma noche. A pesar de la prohibicion, uno de los carruajes se libro de su cargamento de heridos. Tal era el estado de estos, que los medicos los aceptaron, juzgando inutil que continuasen su viaje. Quedaron en el jardin, tendidos en las mismas camillas de lona que ocupaban dentro del vehiculo. A la luz de las linternas, Desnoyers reconocio a uno de los moribundos. Era el secretario de su excelencia, el profesor socialista que le habia encerrado en la cueva. Viendo al dueno del castillo, sonrio como si encontrase a un companero. Era el unico rostro conocido entre todas aquellas gentes que hablaban su idioma. Estaba palido, con las facciones enjutas y un velo impalpable sobre los ojos. No tenia heridas visibles; pero debajo del capote, tendido sobre su vientre, las entranas deshechas en espantosa carniceria, exhalaban un olor de cementerio. La presencia de Desnoyers le hizo adivinar adonde lo habian llevado, y poco a poco coordino sus recuerdos. Como si al viejo pudiera interesarle el paradero de sus camaradas, hablo en voz tenue y trabajosa que a el le parecia, sin duda, natural... ?Mala suerte la de su brigada! Habian llegado al frente en un momento de apuro, para ser lanzados como tropa de refresco. Muerto el comandante Blumhardt en los primeros instantes: un proyectil de 75 se le habia llevado la cabeza. Muertos casi todos los oficiales que se habian alojado en el castillo. Su excelencia tenia la mandibula arrancada por un casco de obus. Lo habia visto en el suelo rugiendo de dolor, sacandose del pecho un retrato que intentaba besar con su boca rota. El tenia el vientre destrozado por el mismo obus. Habia estado cuarenta y dos horas en el campo sin que lo recogiesen... Y con una avidez de universitario que quiere verlo todo y explicarselo todo, anadio en este momento supremo, con la tenacidad del que muere hablando. -Triste guerra, senor... Faltan elementos de juicio para decir quien es el culpable... Cuando la guerra termine, habra..., habra... Cerro los ojos, desvanecido por su esfuerzo. Desnoyers se alejo. ?Infeliz! Colocaba la hora de la justicia en la terminacion de la guerra, y mientras tanto, era el quien terminaba, desapareciendo con todos sus escrupulos da razonador lento y disciplinado. Esta noche no durmio. Temblaban las paredes del pabellon, se movian los vidrios con crujidos de fractura, suspiraban inquietas las dos mujeres en la plaza inmediata. Al estrepito de los disparos alemanes se unian otras explosiones mas cercanas.






Adivino los estallidos de los proyectiles franceses que llegaban buscando a la artilleria enemiga por encima del Marne. Su entusiasmo empezaba a resucitar, la posibilidad de una victoria apunto en su pensamiento. Pero estaba tan deprimido por su miserable situacion, que inmediatamente desecho tal esperanza. Los suyos avanzaban; pero su avance no representaba tal vez mas que una ventaja local... ?Era tan extensa la linea de batalla...! Iba a ocurrir lo que en 1870: el valor frances alcanzaria victorias parciales, modificadas a ultima hora por la estrategia de los enemigos hasta convertirse en derrotas. Despues de medianoche ceso el canoneo; pero no por esto se restablecio el silencio. Rodaban automoviles ante el pabellon entre gritos de mando. Debia de ser el convoy sanitario que evacuaba el castillo. Luego, cerca del amanecer, un estrepito de caballos, de maquinas rodantes, paso la verja, haciendo temblar el suelo. Media hora despues sono el trote humano de una multitud que marchaba aceleradamente, perdiendose en las profundidades del parque. Amanecia cuando salto del lecho. Lo primero que vio al salir del pabellon fue la bandera de la Cruz Roja, que seguia ondeando en lo alto del castillo. Ya no habia camillas debajo de los arboles. En el puente encontro varios sanitarios y uno de los medicos. El hospital se habia marchado con todos los heridos transportables. Solo quedaban en el edificio, bajo la vigilancia de una seccion, los mas graves, los que no podian moverse. Las valquirias de la sanidad habian desaparecido igualmente. El barbudo era de los que se habian quedado, y al ver de lejos a don Marcelo sonrio, desapareciendo inmediatamente. A los pocos momentos reaparecia con las manos llenas. Nunca su presente habia sido tan generoso. Presintio el viejo una gran exigencia; pero, al llevarse la mano al bolsillo el sanitario lo contuvo: -Nein... Nein. ?Que generosidad era aquella?... El aleman insistio en su negativa. La boca enorme se dilataba con una sonrisa amable; sus manazas se posaron en los hombros de don Marcelo. Parecia un perro bueno, un perro humilde que acaricia a un transeunte para que lo leven con el. Franzosen..., Franzosen. No sabia decir mas; pero se adivinaba en sus palabras el deseo de hacer comprender que habia sentido siempre gran simpatia por los franceses. Algo importante estaba ocurriendo; el aire malhumorado de los que permanecian en la puerta del castillo, la repentina obsequiosidad de este rustico con uniforme, lo daban a entender. Mas alla del edificio vio soldados, muchos soldados. Un batallon de infanteria se habia esparcido a lo largo de las tapias, con sus furgones y sus caballos de tiro y de montar. Los soldados manejaban picos, abriendo aspilleras en la pared, cortando su borde en forma de almenas. Otros se arrodillaban o sentaban junto a las aberturas, despojandose de la mochila para estar mas desembarazados. A lo lejos sonaba el canon, y en el intervalo de sus detonaciones un chasquido de tralla, un burbujeo de aceite frito, un crujir de molino de cafe, el crepitamiento incesante de fusiles y ametralladoras. El fresco de la manana cubria los hombres y las cosas de un brillo de humedad. Sobre los campos flotaban vedijas de niebla, dando a los objetos cercanos las lineas inciertas de lo irreal. El sol era una mancha tenue al remontarse entre telones de bruma. Los arboles lloraban por todas las aristas de sus cortezas. Un trueno rasgo el aire, proximo y ruidoso, como si estallase junto al castillo. Desnoyers vacilo, creyendo haber recibido un punetazo en el pecho. Los demas hombres permanecieron impasibles, con la indiferencia de la costumbre. Un canon acababa de disparar a pocos pasos de el... Solo entonces se dio cuenta de que dos baterias se habian instalado en su parque. Las piezas estaban ocultas bajo cupulas de ramaje; los artilleros derribaban arboles para enmascarar sus canones con un disimulo perfecto. Vio como se iban emplazando los ultimos. Con palas formaban un borde de tierra de treinta centimetros alrededor de cada uno de ellos. Este borde defendia los pies de los sirvientes, que tenian el cuerpo resguardado por las mamparas blindadas de ambos lados de la pieza. Luego levantaban una cabana de






troncos y ramajes, dejando visible unicamente la boca del mortifero cilindro. Don Marcelo se acostumbro poco a poco a los disparos, que parecian crear el vacio dentro de su craneo. Rechinaban los dientes, cerraba los punos a cada detonacion; pero seguia inmovil, sin deseo de marcharse, dominado por la violencia de las explosiones, admirando la serenidad de estos hombres que daban sus ordenes erguidos y frios o se agitaban como humildes sirvientes alrededor de las bestias tronadoras. Todas sus ideas parecian haber volado, arrancadas por el primer canonazo. Su cerebro solo vivia el momento presente. Volvio los ojos con insistencia a la bandera blanca y roja que ondeaba sobre el edificio. «Es una traicion -penso-, una deslealtad». A lo lejos, del otro lado del Marne tiraban igualmente los canones franceses. Se adivinaba su trabajo por las pequenas nubes amarillas que flotaban en el aire, por las columnas de humo que surgian en varios puntos del paisaje, alli donde habia ocultas tropas alemanas, formando una linea que se perdia en el infinito. Una atmosfera de proteccion y respeto parecia envolver el castillo. Se disolvieron las brumas matinales; el sol mostro al fin su disco brillante y limpio, prolongando en el suelo las sombras de hombres y arboles con una longitud fantastica. Surgian de la niebla colinas y bosques frescos y chorreantes despues de la ablucion matinal. El valle quedaba por entero al descubierto. Desnoyers vio con sorpresa el rio desde el lugar que ocupaba. El canon habia abierto durante la noche grandes ventanas en las arboledas que lo tenian oculto. Lo que mas le asombro al contemplar este paisaje matinal, sonriente y pueril, fue no ver a nadie, absolutamente a nadie. Tronaban cumbres y arboledas, sin que se mostrase una sola persona. Mas de cien mil hombres debian de estar agazapados en el espacio que abarcaban sus ojos, y ni uno era visible. Los rugidos mortales de las armas, al estremecer el aire, no dejaban en el ninguna huella optica. No habia otro humo que el de la explosion, las espirales negras que elevaban los grandes proyectiles al estallar en el suelo. Estas columnas surgian de todos lados. Cercaban el castillo como una ronda de peonzas gigantescas y negras; pero ninguna se salia del ordenado corro, osando adelantarse hasta tocar el edificio. Don Marcelo seguia mirando la bandera. «Es una traicion», repitio mentalmente. Pero al mismo tiempo la aceptaba por egoismo, viendo en ella una defensa de su propiedad. El batallon habia terminado de instalarse a lo largo del muro, frente al rio. Los soldados, arrodillados, apoyaban sus fusiles en aspilleras y almenas. Se mostraban satisfechos de este descansando despues de una noche de combate en retirada. Todos parecian dormidos con los ojos abiertos. Poco a poco se dejaban caer sobre los talones o buscaban el apoyo de la mochila. Sonaban ronquidos en los cortos espacios de silencio que dejaba la artilleria. Los oficiales, en pie detras de ellos, examinaban el paisaje con sus lentes de campana o hablaban, formando grupos. Unos parecian desalentados, otros furiosos por el retroceso que venian realizando desde el dia anterior. Los mas permanecian tranquilos, con la pasividad de la obediencia. El frente de batalla era inmenso: ?quien podia adivinar el final?... Alli se retiraban, y en otros puntos los companeros estarian avanzando con un movimiento decisivo. Hasta el ultimo instante ningun soldado conoce la suerte de las batallas. Lo que les dolia a todos era verse cada vez mas lejos de Paris. Vio brillar don Marcelo un redondel de vidrio. Era un monoculo fijo en el con insistencia agresiva. Un teniente flaco, de talle apretado, que conservaba el mismo aspecto de los oficiales que el habia visto en Berlin, un verdadero junker, estaba a pocos, sable en mano, detras de sus hombres, como un pastor sombrio y colerico. -?Que hace usted aqui?- dijo rudamente. Explico que era el dueno del castillo. «?Frances?», siguio preguntando el teniente. «Si, frances...» Quedo el oficial en hostil meditacion sintiendo la necesidad de hacer algo contra este enemigo. Los gestos y gritos de otros oficiales lo arrancaron a sus reflexiones. Todos miraban a lo alto, y el viejo los imito.






Desde una hora antes pasaban por el aire pavorosos rugidos envueltos en vapores amarillentos, jirones de nubes que parecian llevar en su interior una rueda chirriando con frenetico volteo. Eran los proyectiles de la artilleria gruesa germanica, que tiraba a varios kilometros, enviando sus disparos por encima del castillo. No podia ser esto lo que interesaba a los oficiales. Contrajo sus parpados para ver mejor, y al fin, junto al borde de una nube, distinguio una especie de mosquito que brillaba herido por el sol. En los breves intervalos de silencio se oia el zumbido, tenue y lejano, denunciador de su presencia. Los oficiales movieron la cabeza: Franzosen. Desnoyers creyo lo mismo. No podia imaginarse las dos cruces negras en el interior de sus alas. Vio con el pensamiento dos anillos tricolores iguales a los redondeles que colorean los mantos volantes de las mariposas. Se explicaba la inquietud de los alemanes. El avion frances se habia inmovilizado unos instantes sobre el castillo, no prestando atencion a las burbujas blancas que estallaban debajo y en torno de el. En vano los canones de las posiciones inmediatas le enviaban sus obuses. Viro con rapidez, alejandose hacia su punto de partida. «Debe de haberlo visto todo -penso Desnoyers-. Nos ha reparado: sabe lo que hay aqui». Adivino que iba a cambiar rapidamente el curso de los sucesos. Todo lo que habia ocurrido hasta entonces en las primeras horas de la manana carecia de importancia comparado con lo que vendria despues. Sintio miedo, el miedo irresistible de lo desconocido, y al mismo tiempo curiosidad, angustia, la impaciencia ante un peligro que amenaza y nunca acaba de llegar. Una explosion estridente sono fuera del parque, pero a corta distancia de la tapia: algo semejante a un hachazo gigantesco dado con un hacha enorme como un castillo. Volaron por el aire copas enteras de arboles, varios troncos partidos en dos, terrones negros con cabelleras de hierbas, un chorro de polvo que oscurecio el cielo. Algunas piedras rodaron del muro. Los alemanes se encogieron, pero sin emocion visible. Conocian esto; esperaban su llegada como algo inevitable, despues de haber visto al aeroplano. La bandera con la cruz roja ya no podia enganar a los artilleros enemigos. Don Marcelo no tuvo tiempo para reponerse de su sorpresa: una segunda explosion mas cerca de la tapia..., una tercera en el interior del parque. Le parecio que habia saltado de repente a otro mundo. Vio los hombres y las cosas a traves de una atmosfera fantastica que rugia, destruyendolo todo con la violencia cortante de sus ondulaciones. Habia quedado inmovil por el terror, y, sin embargo, no tenia miedo. El se habia imaginado hasta entonces el miedo en distinta forma. Sentia en el estomago un vacio angustioso. Vacilo repetidas veces sobre sus pies, como si alguien lo empujase dandole un golpe en el pecho para enderezarlo acto seguido con un nuevo golpe en la espalda. Un olor de acidos se esparcio en el ambiente, dificultando la respiracion, haciendo subir a los ojos el escozor de las lagrimas. En cambio, los ruidos cesaron de molestarle: no existian para el. Los adivinaba en el oleaje del aire, en las sacudidas de las cosas, en el torbellino que encorvaba a los hombres; pero no repercutian en su interior. Habia perdido la facultad auditiva: toda la fuerza de sus sentidos se concentro en la mirada. Sus ojos parecieron adquirir multiples facetas, como los de ciertos insectos. Vio lo que ocurria delante de su persona, a sus lados, detras de el. Y presencio cosas maravillosas, instantaneas, como si todas las reglas de la vida acabasen de sufrir un trastorno caprichoso. Un oficial que estaba a pocos pasos emprendio un vuelo inexplicable. Empezo a elevarse, sin perder su tiesura militar, con el casco en la cabeza, el entrecejo fruncido, el bigote rubio y corto, y mas abajo el pecho color de mostaza, las manos enguantadas que sostenian unos gemelos y un papel. Pero aqui terminaba su individualidad. Las piernas grises, con sus polainas, habian quedado en el suelo, inanimes, como fundas vacias, expeliendo al deshincharse su rojo contenido. El tronco, en la violenta ascension, se desfondaba como un cantaro, soltando su






contenido de visceras. Mas alla, unos artilleros que estaban derechos aparecian subitamente tendidos e inmoviles, embadurnados de purpura. La linea de infanteria se aplasto en el suelo. Los hombres se contraian, para hacerse menos visibles, junto a las aspilleras por las que asomaban sus fusiles. Muchos se habian colocado la mochila sobre la cabeza o la espalda para que los defendiese de los cascos de obus. Si se movian, era para amoldarse mejor en la tierra, buscando excavarla con su vientre. Varios de ellos habian cambiado de postura con una rapidez inexplicable. Ahora estaban tendidos de espaldas, y parecian dormir. Uno tenia abierto el uniforme sobre el abdomen, mostrando entre los desgarrones de la tela carnes sueltas, azules y rojas, que surgian y se hinchaban con burbujeos de expansion. Otro habia quedado sin piernas. Vio tambien ojos agrandados por la sorpresa y el dolor, bocas redondas y negras que parecian agitar los labios con un aullido. Pero no gritaban: al menos el no oia sus gritos. Habia perdido la nocion del tiempo. No sabia si llevaba en esta inmovilidad varias horas o un minuto. Lo unico que le molestaba era el temblor de las piernas que se resistian a sostenerlo... Algo cayo a sus espaldas. Llovian escombros. Al volver la cabeza, vio su castillo transformado. Acababan de robarle medio torreon. Las pizarras se esparcian en menudos fragmentos; los sillares se desmoronaban; el cuadro de piedra de una ventana se mantenia suelto y en equilibrio como un bastidor. Los maderos viejos de la caperuza empezaron a arder como antorchas. La vista de este cambio instantaneo de su propiedad le impresiono mas que los estragos causados por la muerte. Se dio cuenta del horror de las fuerzas ciegas e implacables que rugian en torno de el. La vida concentrada en sus ojos se esparcio, descendiendo hasta sus pies... Y echo a correr, sin saber adonde ir, sintiendo la misma necesidad de ocultarse que experimentaban aquellos hombres encadenados por la disciplina, obligados a aplastarse en el suelo, a envidiar la blanda invisibilidad de los reptiles. Su instinto lo empujaba hacia el pabellon, pero en mitad de la avenida le corto el paso otra de las asombrosas mutaciones. Una mano invisible acababa de arrancar de un reves la mitad de la techumbre. Todo un lienzo de pared se doblo, formando una cascada de ladrillos y polvo. Quedaron al descubierto las piezas interiores, lo mismo que una decoracion de teatro: la cocina donde el habia comido, el piso superior con el dormitorio, que aun conservaba deshecha su cama. ?Pobres mujeres!... Retrocedio, corriendo hacia el castillo. Se acordaba de la cueva donde habia pasado encerrado una noche. Y cuando se vio bajo su boveda sombria la tuvo por el mejor de los salones, alabando la prudencia de sus constructores. El silencio subterraneo fue devolviendole la sensibilidad auditiva. Escucho como una tormenta amortiguada por la distancia el canoneo de los alemanes y el estallido de los proyectiles franceses. Vinieron a su memoria los elogios que habia prodigado al canon de 75 sin conocerlo mas que por referencias. Ya habia presenciado sus efectos. «Tira demasiado bien», murmuro. En poco tiempo iba a destrozar su castillo; encontraba excesiva tanta perfeccion... Pero no tardo en arrepentirse de estas lamentaciones de su egoismo. Una idea tenaz como un remordimiento se habia aferrado a su cerebro. Le parecio que todo lo que sufria era una expiacion por la falta cometida en su juventud. Habia evitado el servir a su patria, y ahora se encontraba envuelto en los horrores de la guerra, con la humildad de un ser pasivo e indefenso, sin las satisfacciones del soldado, que puede devolver los golpes. Iba a morir, estaba seguro de ello, con una muerte vergonzosa, sin gloria alguna, anonimamente. Los escombros de su propiedad le servirian de sepulcro. Y la certidumbre de la muerte en las tinieblas, como un roedor que ve obstruidos los orificios de su madriguera, comenzo a hacerle intolerable este refugio. Arriba continuaba la tempestad. Un trueno parecio estallar sobre su cabeza, y a continuacion el estrepito de un derrumbamiento. Un nuevo proyectil habia caido sobre el edificio. Oyo rugidos de agonia, gritos, carreras precipitadas en el techo.






Tal vez el obus, con su furia ciega, habia despedazado muchos de los moribundos que ocupaban los salones. Temio quedar enterrado en su refugio y subio a saltos la escalera de los subterraneos. Al pasar por el piso bajo vio el cielo a traves de los techos rotos. De los bordes pendian trozos de madera, pedazos bamboleantes de pavimento, muebles detenidos en mitad de su caida. Piso cascotes al atravesar el hall, donde antes habia alfombras; tropezo con hierros rotos y retorcidos, fragmentos de camas llovidas de lo mas alto del edificio; creyo distinguir miembros convulsos entre los montones de escombros; escucho voces angustiosas que no podia comprender. Salio corriendo, con la misma ansia de luz y de aire que empuja al naufrago a la cubierta desde las entranas del buque... Habia transcurrido mas tiempo del que el se imaginaba desde que se refugio en la oscuridad. El sol estaba muy alto. Vio en el jardin nuevos cadaveres en actitudes tragicas y grotescas. Los heridos gemian encorvados o permanecian en el suelo, apoyada la espalda en un arbol, con un mutismo doloroso. Algunos habian abierto la mochila para sacar su bolsa de sanidad y atendian a la curacion de los desgarrones de su carne. La infanteria disparaba ahora sus fusiles incesantemente. El numero de tiradores habia aumentado. Nuevos grupos de soldados entraban en el parque: unos, con un sargento al frente; otros, seguidos por un oficial que llevaba el revolver apoyado en el pecho, como si con el guiase a los hombres. Era la infanteria expulsada de sus posiciones junto al rio, que venia a reforzar la segunda linea de defensa. Las ametralladoras unian su tac-tac de telar en movimiento al chasquido de la fusileria. Silbaba el espacio, rayado incesantemente por el abejorreo de un enjambre invisible. Millares de moscardones pegajosos se movian entorno de Desnoyers sin que alcanzase a verlos. Las cortezas de los arboles saltaban, empujadas por unas ocultas; llovian hojas, se agitaban las ramas con balanceos contradictorios; partian las piedras del suelo, impelidas por un pie misterioso. Todos los objetos inanimados parecian adquirir una vida fantastica. Los cazos de cinc de los soldados, las piezas metalicas de su equipo, los cubos de la artilleria, repiqueteaban solos, como si recibiesen una granizada impalpable. Vio un canon acostado, con las ruedas rotas y en alto, entre muchos hombres que parecian dormir; vio soldados que se tendian y doblaban la cabeza sin un grito, sin una contraccion, como si los dominase el sueno instantaneamente. Otros, aullaban arrastrandose o caminaban con las manos en el vientre y las posaderas rozando el suelo. El viejo experimento una sensacion aguda de calor. Un perfume punzante de drogas explosivas le hizo llorar y arano su garganta. Al mismo tiempo tuvo frio: sintio su frente helada por un sudor glacial. Tuvo que apartarse del puente. Varios soldados pasaban con heridos para meterlos en el edificio, a pesar de que este caia en ruinas. De pronto recibio una rociada liquida de cabeza a pies, como si se abriese la tierra dando paso a un torrente. Un obus habia caido en el foso, levantando una enorme columna de agua, haciendo volar en fragmentos las carpas que dormian en el barro, rompiendo una parte de los bordes, convirtiendo en polvo la balaustrada blanca con sus jarrones de flores. Se lanzo a correr con la ceguera del terror, viendose de pronto ante un pequeno redondel de cristal que lo examinaba friamente. Era el junker, el oficial del monoculo. Volvia a caer en sus manos... Le senalo con el extremo de su revolver dos cubos que estaban a corta distancia. Debia llenarlos en la laguna y dar de beber a sus hombres, sofocados por el sol. El tono imperioso no admitia replica, pero don Marcelo intento resistirse. ?El sirviente de criado a los alemanes?... Su extraneza fue corta. Recibio un golpe de la culata del revolver en medio del pecho y al mismo tiempo la otra mano del teniente cayo cerrada sobre su rostro. El viejo se encorvo: queria llorar, queria perecer. Pero ni derramo lagrimas ni la vida se escapo de su cuerpo ante esta afrenta, como era su deseo... Se vio con los dos cubos en las manos llenandolos en el foso, yendo luego a lo largo de la fila de hombres, que abandonaban el fusil para sorber el liquido con una avidez de bestias jadeantes.






Ya no le causaba miedo la estridencia de los cuerpos invisibles. Su deseo era morir; sabia que forzosamente iba a morir. Eran demasiados sus sufrimientos: en el mundo no quedaba espacio para el. Tuvo que pasar ante brechas abiertas en el muro por el estallido de los obuses. Ningun obstaculo impedia su vision por estas roturas. Vallas o arboledas se habian modificado o borrado con el fuego de la artilleria. Distinguio al pie de la cuesta que ocupaba su castillo varias columnas de ataque que habian pasado por el Marne. Los asaltantes estaban inmovilizados por el fuego nutrido de los alemanes. Avanzaban a saltos, por companias, tendiendose despues al abrigo de los repliegues del terreno para dejar pasar las rafagas de muerte. El viejo se sintio animado por una resolucion desesperada: ya que habia de morir, que lo matase una bala francesa. Y avanzo erguido, con sus dos cubos entre aquellos hombres acostados que disparaban. Luego, con subito pavor, quedo inmovil, hundiendo la cabeza entre los hombros, pensando que la bala que el recibiese representaba un peligro menos para el enemigo. Era mejor que lo matasen los alemanes... Y empezo a acariciar mentalmente la idea de recoger un arma cualquiera de los muertos, cayendo sobre el junker que le habia abofeteado. Estaba llenando por tercera vez los cubos y contemplaba de espaldas al teniente, cuando ocurrio una cosa inverosimil, absurda, algo que le hizo recordar las fantasticas mutaciones del cinematografo. Desaparecio de pronto la cabeza del oficial: dos surtidores de sangre saltaron de su cuello y el cuerpo se desplomo como un saco vacio. Al mismo tiempo un ciclon pasaba a lo largo de la pared, entre esta y el edificio, derribando arboles, volcando canones, llevandose las personas en remolino como si fuesen hojas secas. Adivino que la muerte soplaba en una nueva direccion. Hasta entonces habia llagado de frente, por la parte del rio, batiendo la linea enemiga parapetada en la muralla. Ahora, con la brusquedad de un cambio atmosferico, venia del fondo del parque. Un movimiento habil de los agresores, el uso de un camino apartado, tal vez un repliegue de la linea alemana, habia permitido a los franceses colocar sus canones en una nueva posicion batiendo de flanco a los ocupantes del castillo. Fue una fortuna para don Marcelo el retardarse unos minutos al borde del foso, abrigado por la masa del edificio. La rociada de la bateria oculta paso a lo largo de la avenida, barriendo los vivos, destrozando por segunda vez a los muertos, matando los caballos, rompiendo las ruedas de las piezas, haciendo volar un armon con llamaradas de volcan, en cuyo fondo rojo y azulado saltaban cuerpos negros. Vio centenares de hombres caidos; vio caballos que corrian pisandose las tripas. La siega de la muerte no habia sido por gavillas: todo un campo quedaba liso con solo un golpe de hoz. Y como si las baterias de enfrente adivinasen la catastrofe, redoblaron por su parte el fuego, enviando una lluvia de obuses. Caian por todos lados. Mas alla del castillo, en el fondo del parque, se abrian crateres en la arboleda que vomitaban troncos enteros. Los proyectiles sacaban de sus fosas a los muertos enterrados la vispera. Los que no habian caido siguieron tirando por las aberturas del muro. Luego, se levantaron con precipitacion. Unos, armaban la bayoneta, palidos, con los labios apretados y un brillo de locura en los ojos; otros, volvian la espalda corriendo hasta la salida del parque, sin prestar atencion a los gritos de los oficiales y a los disparos de revolver que hacian contra los fugitivos. Todo esto ocurrio con vertiginosa rapidez, como una escena de pesadilla. Al otro lado del muro sonaba un zumbido ascendente igual al de la marea. Oyo gritos, le parecio que unas voces roncas y discordantes cantaban La Marsellesa. Las ametralladoras funcionaban con velocidad, como maquinas de coser. El ataque iba a quedar inmovilizado de nuevo por esta resistencia furiosa. Los alemanes, locos de rabia, tiraban y tiraban. En una brecha aparecieron quepis rojos, piernas del mismo color intentando pasar sobre los escombros. Pero la vision se borro instantaneamente bajo la rociada de las ametralladoras. Los asaltantes debian de





caer a montones al otro lado de la pared. Desnoyers no supo con certeza como se realizo la mutacion. De pronto vio los pantalones rojos dentro del parque. Pasaban con un salto irresistible sobre el muro, de deslizaban por las brechas, venian del fondo de la arboleda por entradas invisibles. Eran soldados pequenos, cuadrados, sudorosos con el capote desabrochado. Y revueltos con ellos, en el desorden de la carga, tiradores africanos con ojos de diablo y bocas espumantes, zuavos de amplios calzones, cazadores de uniforme azul. Los oficiales alemanes querian morir. Con el sable en alto, despues de haber agotado los tiros de sus revolveres, avanzaban contra los asaltantes, seguidos de los soldados que aun les obedecian. Hubo un choque, una mezcolanza. Al viejo le parecio que el mundo habia caido en profundo silencio. Los gritos de los combatientes el encontron de los cuerpos, la estridencia de las armas, no representaban nada despues que los canones habian enmudecido. Vio hombres clavados por el vientre en el extremo de un fusil, mientras una punta enrojecida asomaba por sus rinones; culatas en alto cayendo como martillos; adversarios que se abrazaban rodando por el suelo, pretendiendo dominarse con patadas y mordiscos. Desaparecieron los pechos de color de mostaza; solo vio espaldas de este color huyendo hacia la salida del parque, filtrandose entre los arboles, cayendo en mitad de su carrera alcanzados por las balas. Muchos de los asaltantes deseaban perseguir a los fugitivos y no podian, ocupados en desprender con rudos tirones su bayoneta de un cuerpo que la sujetaba en sus espasmos agonicos. Se encontro de pronto don Marcelo en medio de estos choques mortales, saltando como un nino, agitando las manos, profiriendo gritos. Luego, volvio a despertar teniendo entre sus brazos la cabeza polvorienta de un oficial joven que lo miraba con asombro. Tal vez le creia loco al recibir sus besos, al escuchar sus palabras incoherentes, al recibir en sus mejillas una lluvia de lagrimas. Siguio llorando cuando el oficial se desprendio de el con rudo empujon... Necesitaba desahogarse despues de tantos dias de angustia silenciosa: «?Viva la Francia!» Los suyos estaban ya en la entrada del parque. Corrian con la bayoneta por delante en seguimiento de los ultimos restos del batallon aleman que escapaba hacia el pueblo. Un grupo de jinetes paso por el camino. Eran dragones que llegaban para extremar la persecucion. Pero sus caballos estaban fatigados; unicamente la fiebre de la victoria, que parecia transmitirse de los hombres a las bestias, sostenia su trote forzado y sudoroso. Uno de estos jinetes se detuvo junto a la entrada del parque. El caballo devoro con avidez unos hierbajos, mientras el hombre permanecia encogido en la silla como si durmiese. Desnoyers le toco en una cadera, quiso despertarlo e inmediatamente rodo por el lado opuesto. Estaba muerto; las entranas colgaban fuera de su abdomen. Asi habia avanzado sobre su corcel, trotando confundido con los demas. Empezaron a caer en las inmediaciones enormes peonzas de hierro y humo. La artilleria alemana hacia fuego contra sus posiciones perdidas. Continuo el avance. Pasaron batallones, escuadrones, baterias, con direccion al Norte, fatigados, sucios, cubiertos de polvo y barro, pero con un enardecimiento que galvanizaba sus fuerzas casi agotadas. Los canones franceses empezaron a tronar por la parte del pueblo. Grupos de soldados exploraban el castillo y las arboledas inmediatas. De las habitaciones en ruinas, de las profundidades de las cuevas, de los matorrales del parque, de los establos y garajes incendiados, iban surgiendo hombres verdosos con la cabeza terminada en punta. Todos elevaban los brazos, exhibiendo las manos bien abiertas: Kamarades..., kamarades, non kaput. Temian, con la intranquilidad del remordimiento, que los matasen inmediatamente. Habia perdido de golpe toda su fiereza al verse lejos del oficial y libres de la disciplina. Algunos que sabian un poco de frances hablaban de su mujer y de sus hijos para enternecer a los enemigos, que los amenazaban con las bayonetas. Un aleman marchaba junto a Desnoyers, pegandose a sus espaldas. Era el sanitario barbudo. Se golpeaba el pecho y luego le senalaba a el. Franzosen..., gran amigo de Franzosen. Y sonreia a su protector.






Permanecio en el castillo hasta la manana siguiente. Vio la inesperada salida de Georgette y su madre de las profundidades del pabellon arruinado. Lloraban al contemplar los uniformes franceses. -?Esto no podia seguir! -grito la viuda-. ?Dios no muere! Las dos empezaron a dudar de la realidad de los dias anteriores. Despues de una mala noche pasada entre escombros, don Marcelo decidio marcharse. ?Que le quedaba que hacer en este castillo destrozado?... Le estorbaba la presencia de tanto muerto. Eran cientos, eran miles. Los soldados y los campesinos iban enterrando los cadaveres a montones alli donde los encontraban. Fosas junto al edificio, en todas las avenidas del parque, en los arriates de los jardines, dentro de las dependencias. Hasta en el fondo de la laguna circular habia muertos. ?Como vivir a todas horas con esta vecindad tragica, compuesta en su mayor parte de enemigos?... ?Adios, castillo de Villeblanche! Emprendio el camino de Paris; se proponia llegar a el fuese como fuese. Encontro cadaveres por todas partes; pero estos no vestian el uniforme verdoso. Habian caido muchos de los suyos en la ofensiva salvadora. Muchos caerian aun en las ultimas convulsiones de la batalla que continuaba a sus espaldas, agitando con un trueno incesante la linea del horizonte... Vio pantalones de grana que emergian de los rastrojos, suelas claveteadas que brillaban en posicion vertical junto al camino, cabezas lividas, cuerpos amputados, vientres abiertos que dejaban escapar higados enormes y azules, troncos separados, piernas sueltas. Y desprendiendose de esta amalgama funebre, quepis rojos y oscuros, gorros orientales, cascos con melenas de crines, sables retorcidos, bayonetas rotas, fusiles, montones de cartuchos de canon. Los caballos muertos abullonaban la llanura con sus costillares hinchados. Vehiculos de artilleria con las maderas consumidas y la armazon de hierro retorcido revelaban el tragico momento de la voladura. Rectangulos de tierra apisonada marcaban el emplazamiento de las baterias enemigas antes de retirarse. Encontro canones volcados con las ruedas rotas, armones de proyectiles convertidos en madejas retorcidas de barras de acero, conos de materia carbonizada que eran residuos de hombres y caballos quemados por los alemanes en la noche anterior a su retroceso. A pesar de estas incineraciones barbaras, los cadaveres de una y otra parte eran infinitos, no tenian limite. Parecia que la tierra hubiese vomitado todos los cuerpos que llevaban recibidos desde los primeros tiempos de la Humanidad. El sol, impasible, poblaba de puntos de luz, de fulgores amarillentos, los campos de muerte. Los pedazos de bayonetas, las chapas metalicas, las capsulas de fusil, centelleaban como pedazos de espejo. La noche humeda, la lluvia, el tiempo oxidador, no habian modificado aun con su accion corrosiva estos residuos del combate, borrando su brillo. La carne empezaba a descomponerse. Un hedor de cementerio acompanaba al caminante, siendo cada vez mas intenso asi como avanzaba hacia Paris. Cada media hora le hacia pasar a un nuevo circulo de podredumbre creciente, descender un peldano en la descomposicion animal. Al principio, los muertos eran del dia anterior: estaban frescos. Los que encontro al otro lado del rio llevaban dos dias sobre el terreno; luego, tres; luego, cuatro. Bandas de cuervos se levantaban con perezoso aleteo al oir sus pasos; pero volvian a posarse en tierra, repletos, pero no ahitos, habiendo perdido todo miedo al hombre. De tarde en tarde encontraba grupos vivientes. Eran pelotones de Caballeria, gendarmes, zuavos, cazadores. Vivaqueaban en torno de las granjas arruinadas, explorando el terreno para cazar a los fugitivos alemanes. Desnoyers tenia que explicar su historia, mostrando el pasaporte que le habia dado Lacour para hacer su viaje en el tren militar. Solo asi pudo seguir adelante. Estos soldados -muchos de ellos heridos levemente- estaban aun bajo la impresion de la victoria. Reian, contaban sus hazanas, los grandes peligros arrostrados en los dias anteriores. «Los vamos a llevar a puntapies hasta la frontera...» Su indignacion renacia al mirar en






torno de ellos. Los pueblos, las granjas, las casas aisladas, todo quemado. Como esqueletos de bestias prehistoricas, se destacaban sobre la llanura muchos armazones de acero retorcidos por el incendio. Las chimeneas de ladrillo de las fabricas estaban cortadas casi a ras de tierra o mostraban en sus cilindros varios orificios de obus limpios y redondos. Parecian flautas pastoriles clavadas en el suelo. Junto a los pueblos en ruinas, las mujeres removian la tierra, abriendo fosas. Este trabajo resultaba insignificante. Se necesitaba un esfuerzo inmenso para hacer desaparecer tanto muerto. «Vamos a morir despues de la victoria -penso don Marcelo-. La peste va a cebarse en nosotros». El agua de los arroyos no se habia librado de este contagio. La sed le hizo beber en una laguna, y al levantar la cabeza vio unas piernas verdes que emergian de la superficie liquida, hundiendo sus botas en el barro de la orilla. La cabeza de un aleman estaba en el fondo del charco. Llevaba varias horas de marcha, cuando se detuvo, creyendo reconocer una casa en ruinas. Era la taberna donde habia almorzado dias antes, al dirigirse a su castillo. Penetro entre los muros hollinados, y un enjambre de moscas pegajosas vino a zumbar en torno de su cara. Un hedor de grasa descompuesta por la muerte arano su olfato. Una pierna que parecia de carton chamuscado asomaba entre los escombros. Creyo ver otra vez a la vieja con los nietos agarrados a sus faldas. «Senor, por que huyen las gentes? La guerra es asunto de soldados. Nosotros no hacemos mal a nadie, y nada debemos temer». Media hora despues, al bajar una cuesta, tuvo el mas inesperado de los encuentros. Vio un automovil de alquiler, un automovil de Paris, con su taximetro en el pescante. El chofer se paseaba tranquilamente junto al vehiculo, como si estuviese en su punto de parada. No tardo en entablar conversacion con este senor que se le aparecia roto y sucio como un vagabundo, con media cara livida por la huella de un golpe. Habia taraido a unos parisienses que deseaban ver el campo del combate. Eran de los que escriben en los periodicos; los aguardaba alli para regresar al anochecer. Don Marcelo hundio la diestra en un bolsillo. Doscientos francos si le llevaba a Paris. El chofer protesto con la gravedad de un hombre fiel a sus compromisos... «Quinientos». Y mostro un punado de monedas de oro. El otro, por toda respuesta dio una vuelta a la manivela del motor, que empezo a roncar. Todos los dias no se daba una batalla en las inmediaciones de Paris. Sus clientes podian esperarlo. Y Desnoyers, dentro del vehiculo, vio pasar por las portezuelas este campo de horrores en huida vertiginosa para disolverse a sus espaldas. Rodaba hacia la vida humana..., volvia a la civilizacion. Al entrar en Paris, las calles solitarias le parecieron llenas de gentio. Nunca habia encontrado tan hermosa la ciudad. Vio la Opera, vio la plaza de la Concordia, se imagino estar sonando al apreciar el enorme salto que habia dado en una hora. Comparo lo que le rodeaba con las imagenes de poco antes, con aquella llanura de muerte que se extendia a unos cuantos kilometros de distancia.. No, no era posible. Uno de los dos terminos de este contraste debia de ser forzosamente falso. Se detuvo el automovil: habian llegado a la avenida de Victor Hugo... Creyo seguir sonando. ?Realmente estaba en su casa?... El majestuoso portero lo saludo asombrado, no pudiendo explicarse su aspecto de miseria. «?Ah senor!... ?De donde venia el senor?» -Del infierno- murmuro don Marcelo. Su extraneza continuo al verse dentro de su vivienda recorriendo las habitaciones. Volvia a ser alguien. La vista de sus riquezas, el goce de sus comodidades le devolvieron la nocion de su dignidad. Sal mismo tiempo fue resucitando en su memoria el recuerdo de todas las humillaciones y ultrajes que habia sufrido. ?Ah canallas!... Dos dias despues sono por la manana el timbre de su puerta. ?Una visita! Avanzo hacia el un soldado, un pequeno soldado de Infanteria de linea, timido, con






el quepis en la diestra, balbuciendo excusas en espanol. -He sabido que estaba usted aqui... Vengo a... ?Esta voz?... Don Marcelo tiro de el en el oscuro recibimiento, llevandolo hacia un balcon... ?Que hermoso lo veia!... El quepis era de un rojo oscurecido por la mugre; el capote, demasiado ancho, estaba rapado y recosido; los zapatones exhalaban un hedor de cuero. Nunca habia contemplado a su hijo tan elegante y apuesto como lo estaba ahora con estos residuos de almacen. -?Tu!... ?Tu! El padre lo abrazo convulsivamente, gimiendo como un nino, sintiendo que sus pies se negaban a sostenerlo. Siempre habia esperado que acabarian por entenderse. Tenia su sangre: era bueno, sin otro defecto que cierta testarudez. Lo excusaba ahora por todo lo pasado, atribuyendose a si mismo gran parte de la culpa. Habia sido demasiado duro. ?Tu soldado! -repitio-. ?Tu defendiendo a mi pais, que no es el tuyo!... Y volvia a besarlo, retrocediendo luego unos pasos para apreciar mejor su aspecto. Decididamente, lo encontraba mas hermoso en su grotesco uniforme que cuando era celebre por sus elegancias de danzarin amado de las mujeres. Acabo por dominar su emocion. Sus ojos llenos de lagrimas brillaron con malgno fulgor. Un gesto de odio crispaba su rostro. -Ve -dijo simplemente-. Tu no sabes lo que es esta guerra; yo vengo de ella, l he visto de cerca. No es una guerra como las otras, con enemigos leales: es una caceria de fieras... Tira sin escrupulo contra el monton. Por cada uno que tumbes, libras a la Humanidad de un peligro. Se detuvo unos instantes, como si dudase y anadio al fin con tragica calma: -Tal vez encuentres frente a ti rostros conocidos. La familia no se forma siempre a nuestro gusto. Hombres de tu sangre estan al otro lado. Si ves a alguno de ellos..., no vacile: ?tira! Es tu enemigo. ?Matalo!... ?Matalo!


                                        TERCERA PARTE


                                                 I


                                 DESPUES DEL MARNE


A fines de octubre, la familia Desnoyers volvio a Paris. Dona Luisa no podia vivir en Biarritz, lejos de su marido. En vano la Romantica le hablaba de los peligros del regreso. El Gobierno todavia estaba en Burdeos; el presidente de la Republica y los ministros solo hacian rapidas apariciones en la capital. Podia cambiar de un momento a otro el curso de la guerra; lo del Marne solo representaba un alivio momentaneo. Pero la buena senora se mantuvo insensible a estas sugestiones luego de haber leido las cartas de don Marcelo. Ademas, pensaba en su hijo, su Julio, que era soldado... Creyo que regresando a Paris estaria mas en contacto con el que en esta playa vecina a la frontera espanola. Chichi tambien quiso volver. Rene ocupaba mucho lugar en su pensamiento. La ausencia habia servido para que se enterase de que estaba enamorada. ?Tanto tiempo sin ver al soldadito de azucar!... Y la familia abandono su vida de hotel para regresar a la avenida de Victor Hugo. Paris iba modificando su aspecto despues de la sacudida de principios de septiembre. Los dos millones escasos de habitantes que permanecieron quietos en sus casas, habian acogido con grave seriedad la victoria. Ninguno se explicaba con exactitud el curso de la batalla: vinieron a conocerla cuando por fortuna ya habia terminado.





Un domingo de septiembre, a la hora en que paseaban los parisienses aprovechando el hermoso atardecer, supieron por los periodicos el gran triunfo de los aliados y el peligro que habian corrido. La gente se alegro, pero sin abandonar su actitud calmosa. Seis semanas de guerra habian cambiado el caracter de Paris, bullanguero e impresionante. Fue la victoria devolviendo lentamente a la capital su antiguo aspecto. Una calle desierta semanas antes se poblaba de transeuntes. Iban abriendose las tiendas. Los vecinos, acostumbrados en sus casas a un silencio conventual. Volvian a escuchar ruidos de instalacion en el techo y debajo de sus pies. La alegria de don Marcelo al ver llegar a los suyos fue oscurecida por la presencia de dona Elena. Era Alemania que volvia a su encuentro, el enemigo otra vez en su domicilio. ?Cuando podria libertarse de esta esclavitud?... Ella callaba en presencia de su cunado. Los sucesos recientes parecian desorientarla. Su rostro tenia una expresion de extraneza, como si contemplase en pleno trastorno las leyes fisicas mas elementales. Le era imposible comprender en sus reflexivos silencios como los alemanes no habian conquistado aquel suelo que ella pisaba; y, para explicarse este fracaso, admitia las mas absurdas suposiciones. Una preocupacion particular aumentaba su tristeza. Sus hijos..., ?que seria de sus hijos! Don Marcelo no le hablo nunca de su entrevista con el capitan von Hartrott. Callaba su viaje a Villeblanche; no queria contar sus aventuras durante la batalla del Marne. ?Para que entristecer a los suyos con tales miserias?... Se habia limitado a anunciar a dona Luisa, alarmada por la suerte de su castillo, que en muchos anos no podrian ir a el, por haber quedado inhabitable. Una caperuza de planchas de cinc sustituia ahora a la antigua techumbre para evitar que las lluvias rematasen la destruccion interna. Mas adelante, despues de la paz, pensaria en su renovacion. Por ahora tenia demasiados habitantes... Y todas las senoras, incluso dona Elena, se estremecian al imaginarse los miles de cadaveres formando un circulo en torno del edificio, ocultos en el suelo. Esta vision hacia gemir de nuevo a la senora von Hartrott. -?Ay mis hijos! Su cunado, por humanidad, la habia tranquilizado sobre la suerte de uno de ellos: el capitan Otto. Estaba en perfecta salud al iniciarse la batalla. Lo sabia por un amigo que habia conversado con el... Y no quiso decir mas. Dona Luisa pasaba una parte del dia en las iglesias, adormeciendo sus inquietudes con el rezo. Esas oraciones ya no eran vagas y generosas por la suerte de millones de hombres desconocidos, por la victoria de todo un pueblo. Las concretaba con maternal en una sola persona, su hijo, que era soldado como los otros y tal vez en aquellos momentos se veia en peligro. ?Las lagrimas que le costaba!... Habia suplicado que el y su padre se entendiesen, y cuando, al fin, Dios queria favorecerla con un milagro, Julio se alejaba al encuentro de la muerte. Sus plegarias nunca iban solas. Alguien rezaba junto a ella en la iglesia, formulando identicas peticiones. Los ojos lacrimosos de su hermana se elevaban al mismo tiempo que los suyos hacia el cadaver crucificado. «?Senor, salva a mi hijo!...» Dona Luisa, al decir esto, veia a Julio tal como se lo habia mostrado su esposo en una fotografia palida recibida de las trincheras, con quepis y capote, las piernas oprimidas por unas bandas de pano, un fusil en la diestra y el rostro ensombrecido por una barba naciente. «?Senor, protegenos!...» Y dona Elena contemplaba a su vez un grupo de oficiales con casco y uniforme verde reseda partido por las manchas de cuero del revolver, los gemelos, el portamantas y el cinturon, del que pendia el sable. Al verlas salir juntas hacia Saint-Honore d'Eylau, don Marcelo se indignaba algunas veces: «Estaban jugando con Dios... Esto no es serio. ?Como puede atender unas oraciones tan contrarias?... ?Ah las mujeres!» Y con la supersticion que despierta el peligro, creia que su cunada causaba un grave






mal a su hijo. La divinidad fatigada de tanto rezo contradictorio, iba a volverse de espaldas para no oir a unos ni a otros. ?Por que no se marchaba esta mujer fatal?... Lo mismo que al principio de las hostilidades, volvio a sentir el tormento de su presencia. Dona Luisa repetia inconscientemente las afirmaciones de su hermana, sometiendolas al criterio superior del esposo. Asi pudo enterarse don Marcelo de que la victoria del Marne no habia existido nunca en la realidad: era una invencion de los aliados. Los generales alemanes habian creido prudente retroceder, por sus altas previsiones estrategicas, dejando para mas adelante la conquista de Paris, y los franceses no habian hecho mas que ir detras de sus pasos, ya que les dejaban el terreno libre. Esto era todo. Ella conocia las opiniones de algunos militares de paises neutros: habia hablado en Biarritz con personas de gran competencia; sabia lo que decian los periodicos de Alemania. Nadie creia alla en lo del Marne. El publico ni siquiera conocia esta batalla. -?Tu hermana dice eso?- interrumpio Desnoyers palido por la sorpresa y la colera. Solo se le ocurria desear una transformacion completa de aquel enemigo albergado bajo su techo. ?Ay! ?Por que no se convertia en hombre? ?Por que no venia a ocupar su sitio, aunque solo fuese por media hora, el fantasmon de su esposo? -Pero la guerra sigue -insistia ingenuamente dona Luisa-. Los enemigos aun estan en Francia... ?De que ha servido lo del Marne? Aceptaba las explicaciones moviendo la cabeza con gesto de inteligencia, comprendiendo todo inmediatamente, para olvidarlo en seguida y repetir una horas despues las mismas dudas. Sin embargo empezo a mostrar una sorda hostilidad contra su hermana. Habia tolerado hasta entonces sus entusiasmos en favor de la patria del marido, porque consideraba mas importantes los vinculos de familia que las rivalidades de nacion. Por el hecho que Desnoyers fuese frances y Karl aleman, ella no iba a pelear con Elena. Pero de pronto se desvanecio este sentimiento de tolerancia. Su hijo estaba en peligro... ?Que muriesen todos los Hartrott antes que Julio recibiese la herida mas insignificante!... Participo de los sentimientos belicosos de su hija, reconociendo en ella un gran talento para apreciar los sucesos. Deseaba ver transportadas a la realidad todas las punaladas fantasticas de Chichi. Afortunadamente, la Romantica se fue antes que se exteriorizase esta antipatia. Pasaba las tardes fuera de la casa. Luego, al regresar, iba repitiendo opiniones y noticias de amigos suyos desconocidos de la familia. Don Marcelo se indignaba contra los espias que aun vivian ocultos en Paris. ?Que mundo misterioso frecuentaba su cunada?... De pronto anuncio que se marchaba a la manana siguiente; tenia un pasaporte para Suiza, y de alli se dirigiria a Alemania. Ya era hora de volver al lado de los suyos; agradecia mucho las bondades de la familia... Y Desnoyers la despidio con ironica agresividad. Saludos a von Hartrott: deseaba cuanto antes hacerle una visita en Berlin. Una manana, dona Luisa, en vez de entrar en la iglesia de la plaza de Victor Hugo, siguio adelante hasta la rue de la Pompe, halagada por la idea de ver el estudio. Le parecio que con esto iba a ponerse en contacto con su hijo. Era un placer nuevo, mas intenso que contemplar su fotografia o leer su ultima carta. Esperaba encontrar a Argensola, el amigo de los buenos consejos. Sabia que continuaba viviendo en el estudio. Dos veces habia ido a verla por la escalera de servicio, como en otros tiempos; pero ella estaba ausente. Al subir en el ascensor palpito su corazon con una celeridad de placer y de angustia. Se le ocurrio a la buena senora, con cierto rubor, que algo semejante debian sentir las mujeres locas cuando faltaban por primera vez a sus deberes. Sus lagrimas surgieron con toda libertad al verse en aquella habitacion, cuyos muebles y cuadros le recordaban al ausente. Argensola corrio desde la puerta al fondo de la pieza, agitado, confuso, saludandola con frases de bienvenida y removiendo al mismo tiempo objetos. Un abrigo de






mujer caido en un divan quedo borrado por una tela oriental; un sombrero con flores fue volando de un manotazo a ocultarse en un rincon. Dona Luisa creyo ver en el hueco de un cortinaje una camisa femenil que huia, transparentando rosadas desnudeces. Sobre la estufa, dos tazones y residuos de tostadas denunciaban un desayuno doble. ?Estos pintores!... ?Lo mismo que su hijo! Y se enternecio al pensar en la mala vida del consejero de Julio. -Mi respetable dona Luisa... Querida madame Desnoyers... Hablaba en frances y a gritos, mirando a la puerta por donde habia desaparecido el aleteo blanco y rosado. Temblaba al pensar que la companera oculta incurriese en celosos errores, comprometiendole con una extemporanea aparicion. Luego hablaron del soldado. Los dos se comunicaban sus noticias. Dona Luisa casi repitio textualmente los parrafos de sus cartas, tantas veces releidas. Argensola se abstuvo con modestia de ensenar los textos de las suyas. Los dos amigos empleaban un estilo epistolario que hubiese ruborizado a la buena senora. -Un valiente -afirmo con orgullo, considerando como propios los actos de su companero-, un verdadero heroe; y yo, madame Desnoyers, entiendo algo de esto... Sus jefes saben apreciarle... Julio era sargento a los dos meses de estar en campana. El capitan de su compania y otros oficiales del regimiento pertenecian al circulo de esgrima donde el habia obtenido tantos triunfos. -?Que carrera! -continuo-. Es de los que llegan jovenes a los grados mas altos, como los generales de la Revolucion... ?Y que hazanas! El militar solo habia mencionado ligeramente en sus cartas algunos de sus actos, con la indiferencia del que vive acostumbrado al peligro y aprecia en sus camaradas un arrojo igual. Pero el bohemio los exagero, ensalzandolos como si fuesen los hechos mas culminantes de la guerra. Habia llevado una orden a traves de un fuego infernal, despues de haber caido muertos tres mensajeros sin poder cumplir el mismo encargo. Habia saltado el primero al atacar muchas trincheras y salvado a bayonetazos, en choque de cuerpo a cuerpo, a numerosos camaradas. Cuando sus jefes necesitaban un hombre de confianza, decia invariablemente: «Que llamen al sargento Desnoyers». Lo afirmo como si lo hubiese presenciado, como si acabase de llegar de la guerra; y dona Luisa temblaba, derramando lagrimas de alegria y de miedo al pensar en las glorias y peligros de su hijo. Aquel Argensola tenia el don de conmoverla por la vehemencia con que relataba las cosas. Creyo que debia agradecer tanto entusiasmo mostrando algun interes por la persona del panegirista... ?Que habia hecho el en los ultimos tiempos?... -Yo, senora, he estado donde debia estar. No me he movido de aqui. He presenciado el sitio de Paris. En vano su razon protestaba contra la inexactitud de esta palabra. Bajo la influencia de sus lecturas sobre la guerra de 1870, llamaba sitio a las operaciones desarrolladas junto a Paris durante el curso de la batalla del Marne. -Modestamente senalo un diploma con marco de oro que figuraba sobre el piano, teniendo como fondo una bandera tricolor. Era un papel que se vendia en las calles: un certificado de permanencia en la capital durante la semana de peligro. Habia llenado los blancos con sus nombres y cualidades, y al pie figuraban las firmas de dos habitantes de la rue de la Pompe: un tabernero y un amigo de la portera. El comisario de Policia del distrito garantizaba con rubrica y sello la responsabilidad de estos honorables testigos. Nadie pondria en duda, despues de tal precaucion, si habia presenciado o no el sitio de Paris. ?Tenia amigos tan incredulos! Para conmover a la buena senora, hizo memoria de sus impresiones. Habia visto en pleno dia un rebano de ovejas en el bulevar, junto a la verja de la Magdalena. Sus pasos habian despertado en muchas calles el eco sonoro de las ciudades muertas. El era el unico transeunte; en las aceras vagaban perros y gatos abandonados. Sus recuerdos militares le enardecian como soplos de gloria.






-Yo he visto el paso de los marroquies... He visto los zuavos en automovil. La misma noche que Julio habia salido para Burdeos, el vago hasta el amanecer, siguiendo una linea de avenidas a traves de medio Paris, desde el leon de Belfort a la estacion del Este. Veintiseis mil hombres con todo su material de campana, procedentes de Marruecos, habian desembarcado en Marsella y llegado a la capital, realizando una parte del viaje en ferrocarril y otra a pie. Acudian para intervenir en la gran batalla que se estaba iniciando. Eran tropas compuestas de europeos y africanos. La vanguardia, al entrar por la puerta de Orleans, emprendio el paso gimnastico, atravesando asi medio Paris, hasta la estacion del Este, donde esperaban los trenes. El vecindario vio escuadrones de espahis, de teatrales uniformes, montados en sus caballitos nerviosos y ligeros; tiradores marroquies con turbantes amarillos; tiradores senegaleses de cara negra y gorro rojo; artilleros coloniales; cazadores de Africa. Eran combatientes de profesion, soldados que en tiempos de paz vivian peleando en las colonias, perfiles energicos, rostros bronceados, ojos de presa. El largo desfile se inmovilizaba en las calles durante horas enteras para dar tiempo a que se acomodasen en los trenes las fuerzas que iban delante... Y Argensola habia seguido masa armada e inmovil desde los bulevares a la puerta de Orleans, hablando con los oficiales, escuchando los gritos ingenuos de los guerreros africanos, que nunca habian visto a Paris y lo atravesaban sin curiosidad, preguntando donde estaba el enemigo. Llegaron a tiempo para atacar a von Kluck en las orillas del Ourcq, obligandole a retroceder, so pena de verse envuelto. Lo que no contaba Argensola era que su excursion nocturna a lo largo de este Cuerpo de Ejercito la habia hecho acompanado de la amable persona que estaba dentro y dos amigas mas, grupo entusiastico y generoso que repartia flores y besos a los soldados bronceados, riendo del asombro con que les mostraban sus blancos dientes. Otro dia, habia visto el mas extraordinario de los espectaculos de la guerra. Todos los automoviles de alquiler, unos dos mil vehiculos, cargando batallones de zuavos, a ocho hombres por carruaje, y saliendo a toda velocidad, erizados de fusiles y gorros rojos. Formaban en los bulevares un cortejo pintoresco: una especie de boda interminable. Y los soldados descendian de los automoviles en el mismo margen de la batalla, haciendo fuego asi que saltaban del estribo. Todos los hombres que sabian manejar el fusil los habia lanzado Gallieni contra la extrema derecha del enemigo en el momento supremo, cuando la victoria era aun incierta y el peso mas insignificante podia decidirla. Escribientes de las oficinas militares, ordenanzas, individuos de la Policia, gendarmes, todos habian marchado para dar el ultimo empujon, formando una masa de heterogeneos colores. Y el domingo por la tarde, cuando con sus tres companeros de sitio tomaba el sol en el Bosque de Bolonia entre millares de parisienses, se entero por los extraordinarios de los periodicos que el combate que se habia desarrollado junto a la ciudad y se iba alejando era una gran batalla, una victoria. -He visto mucho, madame Desnoyers... Puedo contar grandes cosas. Y ella aprobaba: si que habia Argensola... Al marcharse le ofrecio su apoyo. Era el amigo de su hijo y estaba acostumbrada a sus peticiones. Los tiempos habian cambiado; don Marcelo era ahora de una generosidad sin limites... Pero el bohemio la interrumpio con un gesto senorial: vivia en la abundancia. Julio lo habia nombrado su administrador. El giro de America habia sido reconocido por el banco como una cantidad en deposito, y podian disponer de un tanto por ciento, con arreglo a los decretos sobre la moratoria. Su amigo le enviaba un cheque siempre que necesitaba dinero para el sostenimiento de la casa. Nunca se habia visto en una situacion tan desahogada. La guerra tiene igualmente sus cosas buenas. Pero con el deseo de que no se perdiesen las buenas costumbres, anuncio que subiria una vez mas por la escalera de servicio para llevarse un cesto de botellas...






Despues de la marcha de su hermana, dona Luisa iba sola a la iglesia, hasta que de pronto se vio con una companera inesperada. -Mama, voy con usted... Era Chichi, que parecia sentir una devocion ardiente. Ya no animaba la casa con su alegria ruidosa y varonil; ya no amenazaba a los enemigos con punaladas imaginarias. Estaba palida, triste, con los ojos auroleados de azul. Inclinaba la cabeza como si gravitase al otro lado de su frente un bloque de pensamientos graves, completamente nuevos. Dona Luisa la observaba en la iglesia con celoso despecho. Tenia los ojos humedos, lo mismo que ella; oraba con fervor, lo mismo que ella..., pero no era seguramente por su hermano. Julio habia pasado a segundo termino en sus recuerdos. Otro hombre tambien en peligro llenaba su pensamiento. El ultimo de los Lacours ya no era simple soldado ni estaba en Paris. Al llegar de Biarritz, Chichi habia escuchado con ansiedad las hazanas de su soldadito de azucar. Quiso conocer, palpitante de emocion, todos los peligros a que se habia visto sometido, y el joven guerrero de servicio auxiliar le hablo de sus inquietudes en la oficina durante los dias interminables en que peleaban las tropas cerca de Paris, oyendose desde las afueras el tronar de la artilleria. Su padre habia querido llevarlo a Burdeos, pero el desorden administrativo de ultima hora lo mantuvo en la capital. Algo mas habia hecho. El dia del gran esfuerzo, cuando el gobernador de la plaza lanzo en automovil a todos los hombres validos, habia tomado un fusil, sin que nadie le llamase, ocupando un vehiculo con otros de su oficina. No habia visto mas que humo, casas incendiadas, muertos y heridos. Ni un solo aleman paso ante sus ojos, exceptuando a un grupo de ulanos prisioneros. Habia estado varias horas tendido al borde de un camino disparando... Y nada mas. Por el momento, resultaba bastante para Chichi. Se sintio orgullosa de ser la novia de un heroe del Marne, aunque su intervencion solo hubiese sido de unas horas. Pero al transcurrir los dias, su caracter se fue ensombreciendo. Le molestaba salir a la calle con Rene, simple soldado, y ademas del servicio auxiliar... Las mujeres del pueblo, excitadas por el recuerdo de sus hombres que peleaban en el frente o vestidas de luto por la muerte de alguno de ellos, eran de una insolencia agresiva. La delicadeza y la elegancia dl principe republicano parecian irritarlas. Repetidas veces oyo ella al pasar palabras gruesas contra los emboscados. La idea de que su hermano, que no era frances, estaba batiendose, le hacia aun mas intolerable la situacion de Lacour. Tenia por novio a un emboscado. ?Como reirian sus amigas!... El hijo del senador adivino sin duda los pensamientos de ella, y esto le hizo perder su tranquilidad sonriente. Durante tres dias no se presento en casa de Desnoyers. Todos creyeron que estaba retenido por un trabajo oficinesco. Una manana, al dirigirse Chichi a la avenida del Bosque escoltada por una de sus doncellas cobrizas, vio de pronto a un militar que marchaba hacia ella. Vestia un uniforme flamante, del nuevo color azul grisaceo, color de horizonte, adoptado por el Ejercito frances. El barboquejo del quepis era dorado, y en las mangas llevaba un pequeno retazo de oro. Su sonrisa, sus manos tendidas, la seguridad con que avanzaba hacia ella, le hicieron reconocerlo. ?Rene oficial!... ?Su novio subteniente! -Si; ya no puedo mas... Ya he oido bastante. A espaldas del padre y valiendose de sus amistades habia realizado en pocos dias esta transformacion. Como alumno de la Escuela Central, podia ser subteniente en la artilleria de reserva, y habia solicitado que lo enviasen al frente. ?Terminado el servicio auxiliar!... Antes de dos dias iba a salir para la guerra. -?Tu has hecho eso? -exclamo Chichi-. ?Tu has hecho eso?... Lo miraba palida, con los ojos enormemente agrandados, unos ojos que parecian






devorarlo con su admiracion. -Ven, pobrecito mio... Ven aqui, soldadito dulce... Te debo algo. Y volviendo su espalda a la doncella, le invito a doblar una esquina inmediata. Era lo mismo: la calle transversal estaba tan frecuentada como la avenida. ?Pro el cuidado que le daban a ella los curiosos!... Con vehemencia, le echo los brazos al cuello, ciega e insensible para todo lo que no fuese el. -Toma..., toma. Planto en su cara dos besos violentos, sonoros, agresivos. Despues, vacilando sobre sus piernas, subitamente desfallecida, se llevo el panuelo a los ojos y rompio a llorar desesperadamente.


                                         II


                                        EN EL ESTUDIO


Al abrir una tarde la puerta, Argensola quedo inmovil, como si la sorpresa hubiese clavado sus pies en el suelo. Un viejo le saludaba con amable sonrisa. -Soy el padre de Julio. Y paso adelante, con la seguridad de un hombre que conoce perfectamente el lugar donde se encuentra. Por fortuna, el pintor estaba solo, y no necesito correr de un lado a otro disimulando los vestigios de una grata compania. Tardo algun rato en reponerse de su emocion. Habia oido hablar tanto de don Marcelo y de su mal caracter, que le causo una gran inquietud verlo aparecer inesperadamente en el estudio... ?Que deseaba el temible senor? Su tranquilidad fue renaciendo al examinarlo con disimulo. Se habia aviejado mucho desde el principio de la guerra. Ya no conservaba aquel gesto de tenacidad y mal humor que parecia repeler a las gentes. Sus ojos brillaban con una alegria pueril; le temblaban ligeramente las manos; su espalda se encorvaba. Argensola, que habia huido siempre al encontrarlo en la calle y experimentado grandes miedos al subir la escalera de servicio de su casa, sintio ahora una repentina confianza. Le sonreia como a un camarada; daba excusas para justificar su visita. Habia querido ver la casa de su hijo. ?Pobre viejo!... Le arrastraba la misma atraccion del enamorado que para alegrar su soledad recorre los lugares que frecuento la persona amada. No le bastaban las cartas de Julio: necesitaba ver su antigua vivienda, rozarse con todos los objetos que le habian rodeado, respirar el mismo aire, hablar con aquel joven que era su intimo companero. Fijaba en el pintor unos ojos paternales... «Un mozo interesante el tal Argensola». Y al pensar esto no se acordo de las veces que le habia llamado sinverguenza sin conocerlo, solo porque acompanaba a su hijo en una vida de reprobacion. La mirada de Desnoyers se paseo con deleite por el estudio. Conocia los tapices, los muebles, todos los adornos procedentes del antiguo dueno. El hacia memoria con facilidad de las cosas que habia comprado en su vida, a pesar de ser tantas. Sus ojos buscaban ahora lo personal, lo que podia evocar la imagen del ausente. Y se fijaron en los cuadros apenas bosquejados, en los estudios sin terminar que llenaban los salones. ?Todo era de Julio?... Muchos de los lienzos pertenecian a Argensola; pero este, influido por la emocion del viejo, mostro una amplia generosidad. Si, todo de Julio... Y el padre fue de pintura en pintura, deteniendose con gesto admirativo ante los bocetos mas informes, como si presintiese en su confusion las desordenadas visiones del genio. -Tiene talento, ?verdad? -pregunto, implorando una palabra favorable-. Siempre lo





he creido inteligente... Algo diablo, pero el caracter cambia con los anos... Ahora es otro hombre. Y casi lloro al oir como el espanol, con toda la vehemencia de su verbosidad pronta al entusiasmo, ensalzaba al ausente, describiendolo como un gran artista que asombraria al mundo cuando le llegase su hora. El pintor de almas se sintio al final tan conmovido como el padre. Admiraba a este viejo con cierto remordimiento. No queria acordarse de lo que habia dicho contra el en otra epoca. ?Que injusticia!... Don Marcelo agarraba sus manos como las de un companero. Los amigos de su hijo eran sus amigos. El no ignoraba como vivian los jovenes. Si alguna vez tenia un apuro, si necesitaba una pension para seguir pintando, alli estaba el, deseoso de atenderlo. Por lo pronto, le esperaba a comer en su casa aquella misma noche, y si queria ir todas las noches, mucho mejor. Comeria en familia, modestamente; la guerra habia cambiado las costumbres; pero se veria en la intimidad de un hogar, lo mismo que si estuviese en la casa de sus padres. Hasta hablo de Espana, para hacerse mas grato al pintor. Solo habia estado alli una vez, por breve tiempo; pero despues de la guerra pensaba recorrerla toda. Su suegro era espanol, su mujer tenia sangre espanola, en su casa empleaban el castellano como idioma de la intimidad. ?Ah Espana, pais de noble pasado y caracter altivos!... Argensola sospecho que, de pertenecer el a otra nacion, el viejo lo habria alabado lo mismo. Este afecto no era mas que un reflejo del amor del hijo ausente, pero el lo agradecia. Y casi abrazo a don Marcelo al decirle ?adios! Despues de esta tarde fueron muy frecuentes sus visitas al estudio. El pintor tuvo que recomendar a las amigas un buen paseo despues del almuerzo, absteniendose de aparecer en la rue de la Pompe antes que cerrase la noche. Pero a veces don Marcelo se presentaba inesperadamente por la manana, y el tenia que correr de un lado a otro, tapando aqui, quitando mas alla para que el taller conservase un aspecto de virtud laboriosa. -?Juventud..., juventud! -murmuraba el viejo con una sonrisa de tolerancia. Y tenia que hacer un esfuerzo, recordar la dignidad de sus anos, para no pedir a Argensola que le presentase a las fugitivas, cuya presencia adivinaba en las habitaciones interiores. Habian sido tal vez amigas de su hijo, representaban una parte de su pasado, y esto le bastaba para suponer en ellas grandes cualidades que las hacian interesantes. Estas sorpresas, con sus correspondientes inquietudes, acabaron por conseguir que el pintor se lamentase un poco de su nueva amistad. Le molestaba, ademas, la invitacion a comer que continuamente formulaba el viejo. Encontraba muy buena, pero demasiado aburrida, la mesa de los Desnoyers. El padre y la madre solo hablaban del ausente. Chichi apenas prestaba atencion al amigo de su hermano. Tenia el pensamiento fijo en la guerra; le preocupaba el funcionamiento del correo, formulando protestas contra el Gobierno cuando transcurrian varios dias sin recibir carta del subteniente Lacour. Se excuso Argensola con diversos pretextos de seguir comiendo en la avenida de Victor Hugo. Le placia mas ir a los restaurantes baratos con su sequito femenino. El viejo aceptaba las negativas con un gesto de enamorado que se resigna. -?Tampoco hoy?... Y para compensarse de tales ausencias, iba al dia siguiente al estudio con gran anticipacion. Representaba para el un placer exquisito dejar que se deslizase el tiempo sentado en un divan que aun parecia guardar la huella del cuerpo de Julio, viendo aquellos lienzos cubiertos de colores por un pincel, acariciado por el calor de una estufa que roncaba dulcemente en un silencio profundo, conventual. Era un refugio agradable, lleno de recuerdos, en medio del Paris monotono y entristecido de la guerra, en el no encontraba amigos, pues todos necesitaban pensar en las propias preocupaciones.






Los placeres de su pasado habian perdido todo encanto. El Hotel Drouot ya no le tentaba. Se estaban subastando en aquellos momentos los bienes de los alemanes residentes en Francia, embargados por el Gobierno. Era como una respuesta al viaje forzoso que habian hecho los muebles del castillo de Villeblanche tomando el camino de Berlin. En vano le hablaban los corredores del escaso publico que asistia a las subastas. No sentia la atraccion de estas ocasiones extraordinarias. ?Para que hacer mas compras?... ?De que servia tanto objeto inutil?... Al pensar en la existencia dura que llevaban millones de hombres a campo raso, le asaltaban deseos de una vida ascetica. Habia empezado a odiar los esplendores ostentosos de su casa de la avenida de Victor Hugo. Recordaba sin pena la destruccion del castillo. Sentia una pereza irresistible cuando sus aficiones pretendian empujarle, como en otros tiempos, a las compras incesantes. No; mejor estaba alli... Y alli, era siempre el estudio de Julio. Argensola trabajaba en presencia de don Marcelo. Sabia que el viejo abominaba de las gentes inactivas, y habia emprendido varias obras, sintiendo el contagio de esta voluntad inclinada a la accion. Desnoyers seguia con interes los trazos del pincel y aceptaba todas las explicaciones del retratista de almas. El era partidario de los antiguos; en las compras solo habia adquirido obras de pintores muertos; pero le bastaba saber que Julio pensaba como su amigo, para admitir humildemente todas las teorias de este. La laboriosidad del artista era corta. A los pocos minutos preferia hablar con el viejo, sentandose en el mismo divan. El primer motivo de conversacion era el ausente. Repetian fragmentos de las cartas que llevaban recibidas: hablaban del pasado con discretas alusiones. El pintor describia la vida de Julio antes de la guerra como una existencia dedicada por completo a las preocupaciones del arte. El padre no ignoraba la inexactitud de tales palabras, pero agradecia la mentira como una gran amistad. Argensola era un companero bueno y discreto; jamas, en sus mayores desenfados verbales, habia hecho alusion a madame Laurier. En aquellos dias preocupaba al viejo el recuerdo de esta. La habia encontrado en la calle dando el brazo a su esposo, que ya estaba restablecido de sus heridas. El ilustre Lacour contaba satisfecho la reconciliacion del matrimonio. El ingeniero solo habia perdido un ojo. Ahora se hallaba al frente de su fabrica, requisada por el Gobierno para la fabricacion de obuses. Era capitan y ostentaba dos condecoraciones. No sabia ciertamente el senador como se habia realizado la inesperada reconciliacion. Los habia visto llegar un dia a su casa juntos, mirandose con ternura, olvidados completamente del pasado. -?Quien se acuerda de las cosas de antes de la guerra? -habia dicho el personaje-. Ellos y sus amigos ya no se acuerdan del divorcio. Vivimos todos una nueva existencia... Yo creo que los dos son ahora mas felices que antes. Esta felicidad la habia presentido Desnoyers al verlos. Y el hombre de rigida moral, que anatematizaba el ano anterior la conducta de su hijo con Laurier teniendola por la mas nociva de las calaveradas, sintio cierto despecho al contemplar a Margarita pegada a su marido, hablandole con amoroso interes. Le parecio una ingratitud esta felicidad matrimonial. ?Una mujer que habia influido tanto en la vida de Julio!... ?Asi pueden olvidarse los amores?... Los dos habian pasado como si no le conociesen. Tal vez el capitan Laurier no veia con claridad, pero ella lo habia mirado con sus ojos candidos, volviendo la vista precipitadamente para evitar su saludo... El viejo se entristecio ante tal indiferencia, no por el, sino por el otro. ?Pobre Julio!... El inflexible senor, en plena inmoralidad mental, lamentaba este olvido como algo monstruoso. La guerra era otro objeto de conversacion durante las tardes pasadas en el estudio. Argensola ya no llevaba los bolsillos repletos de impresos, como al principio de las hostilidades. Una calma resignada y serena habia sucedido a la excitacion del






primer momento, cuando las gentes esperaban intervenciones extraordinarias y maravillosas. Todos los periodicos decian lo mismo. Le bastaba con leer el comunicado oficial, y este documento sabia esperarlo sin impaciencia, presintiendo que, poco mas o menos, diria lo mismo que el anterior. La fiebre de los primeros meses, con sus ilusiones y optimismos, le parecia ahora algo quimerico. Los que no estaban en la guerra habian vuelto poco a poco a sus trabajos habituales. La existencia recobraba su ritmo ordinario. «Hay que vivir», decian las gentes. Y la necesidad de continuar la vida llenaba el pensamiento con sus exigencias inmediatas. Los que tenian individuos armados en el ejercito se acordaban de ellos, pero sus ocupaciones amortiguaban la violencia del recuerdo, acabando por aceptar la ausencia como algo que de extraordinario pasaba a ser normal. Al principio la guerra cortaba el sueno, hacia intragable la comida, amargaba el placer, dandole una palidez funebre. Todos hablaban lo mismo. Ahora se abrian lentamente los teatros, circulaba el dinero, reian las gentes, hablaban de la gran calamidad, pero solo a determinadas horas, como algo que iba a ser largo, muy largo, y exigia con su fatalismo inevitable una gran resignacion. -La Humanidad se acostumbra facilmente a la desgracia -decia Argensola-, siempre que la desgracia sea larga... Esa es nuestra fuerza: por eso vivimos. Don Marcelo no aceptaba dicha resignacion. La guerra iba a ser mas corta de lo que se imaginaban todos. Su entusiasmo le fijaba un termino inmediato: dentro de tras meses, en la primavera proxima. Y si la paz no era en la primavera, seria en el verano. Un nuevo interlocutor tomo parte en sus conversaciones. Desnoyers conocio al vecino ruso, del que le hablaba Argensola. Tambien este personaje raro habia tratado a su hijo, y esto basto para que Tchernoff le inspirase gran interes. En tiempo normal lo habria mantenido a distancia. El millonario era partidario del orden. Abominaba de los revolucionarios, con el miedo instintivo de todos los ricos que han creado su fortuna y recuerdan con modestia su origen. El socialismo de Tchernoff y su nacionalidad habrian provocado forzosamente en su pensamiento una serie de imagenes horripilantes: bombas, punaladas, justas expiaciones en la horca, envios a Siberia. No; no era un amigo recomendable... Pero ahora don Marcelo experimentaba un profundo trastorno en la apreciacion de las ideas ajenas. ?Habia visto tanto!... Los procedimientos terrorificos de la invasion, la falta de escrupulos de los jefes alemanes, la tranquilidad con que los submarinos echaban a pique buques pacificos cargados de viajeros indefensos, las hazanas de los aviadores, que a dos mil metros de altura arrojaban bombas sobre las ciudades abiertas, destrozando mujeres y ninos, le hacian recordar como sucesos sin importancia los atentados del terrorismo revolucionario que anos antes provocaban su indignacion. -?Y pensar -decia- que nos enfureciamos, como si el mundo fuese a deshacerse, porque alguien arrojaba una bomba contra un personaje! Estos exaltados ofrecian para el una cualidad que atenuaba sus crimenes. Morian victimas de sus propios actos o se entregaban sabiendo cual iba a ser su castigo. Se sacrificaban sin buscar la salida: rara vez se habian salvado valiendose de las precauciones de la impunidad. ?Mientras que los terroristas de la guerra!... Con la violencia de su caracter imperioso, el viejo efectuaba una reversion absoluta de valores. -Los verdaderos anarquistas estan ahora en lo alto -decia con risa ironica-. Todos los que nos asustaban antes eran unos infelices... En un segundo matan los de nuestra epoca mas inocentes que los otros en treinta anos. La dulzura de Tchernoff, sus ideas originales, sus incoherencias de pensador acostumbrado a saltar de la reflexion a la palabra sin preparativo alguno, acabaron por reducir a don Marcelo. Todas sus dudas las consultaba con el. Su admiracion le hacia pasar por alto la procedencia de ciertas botellas con que Argensola obsequiaba algunas veces a su vecino. Acepto con gusto que Tchernoff consumiese






estos recuerdos de la epoca en que vivia el luchando con su hijo. Despues de saborear el vino de la avenida de Victor Hugo, sentia el ruso una locuacidad visionaria semejante a la de la noche en que evoco la fantastica cabalgada de los cuatro jinetes apocalipticos. Lo que mas admiraba Desnoyers era su facilidad para exponer las cosas, fijandolas por medio d imagenes. La batalla del Marne con los combates subsiguientes y la carrera de ambos ejercitos hacia la orilla del mar eran para el hechos de facil explicacion... ?Si los franceses no hubiesen estado fatigados despues de su triunfo en el Marne!... -...Pero las fuerzas humanas -continuaba Tchernoff- tienen un limite, y el frances, con todo su entusiasmo, es un hombre como los demas. Primeramente, la marcha rapidisima del Este al Norte, para hacer frente a la invasion por Belgica; luego, los combates: a continuacion, una retirada veloz para no verse envueltos; finalmente, una batalla de siete dias; y todo esto en un periodo de tres semanas nada mas... En el momento del triunfo faltaron piernas a los vencedores para ir adelante y falto caballeria para perseguir a los fugitivos. Las bestias estaban mas extenuadas aun que los hombres. Al verse acosados con poca tenacidad, los que se retiraban, cayendose de fatiga, se tendieron y excavaron la tierra, creandose un refugio. Los franceses tambien se acostaron, aranando el suelo para no perder lo recuperado. Y empezo de este modo la guerra de trincheras. Luego, cada linea con el intento de envolver a la linea enemiga, habia ido prolongandose hacia el Norte, y de los estiramientos sucesivos resulto la carreta hacia el mar de unos y otros, formando el frente de combate mas grande que se conocia en la Historia. Cuando don Marcelo, en su optimismo entusiastico, anunciaba la terminacion de la guerra para la primavera siguiente..., para el verano, siempre con cuatro meses de plazo a lo mas, el ruso movia la cabeza. -Esto sera largo..., muy largo. Es una guerra nueva, la verdadera guerra moderna. Los alemanes iniciaron las hostilidades a estilo antiguo, como si no hubiesen observado nada despues de mil ochocientos setenta: una guerra de movimientos envolventes, de batallas a campo raso, lo mismo que podia discurrir Moltke imitando a Napoleon. Deseaban terminar pronto y estaban seguros del triunfo. ?Para que hacer uso de procedimientos nuevos?... Pero lo del Marne torcio sus planes: de agresores tuvieron que pasar a la defensiva, y entonces emplearon todo lo que su estado Mayor habia aprendido en las campanas de japoneses y rusos, iniciandose la guerra de trincheras, la lucha subterranea, que es logica por el alcance y la cantidad de disparos del armamento moderno. La conquista de un kilometro de terreno representaba ahora mas que hace un siglo el asalto de una fortaleza de piedra... Ni unos ni otros van a avanzar en mucho tiempo. Tal vez no avancen nunca definitivamente. Esto va a ser largo y aburrido, como las peleas entre atletas de fuerzas equilibradas. -Pero alguna vez tendran fin- dijo Desnoyers. -Indudablemente; mas ?quien sabe cuando?... ?Y como quedaran unos y otros cuando esto termine?... El creia en un final rapido, cuando menos lo esperase la gente, por la fatiga de uno de los dos luchadores, cuidadosamente disimulada hasta el ultimo momento. -Alemania sera la derrotada -anadio con firme conviccion-. No se cuando ni como; pero caera logicamente. Su golpe maestro le fallo en septiembre, al no entrar en Paris, deshaciendo al ejercito enemigo. Todos los triunfos de su baraja los echo entonces sobre la mesa. No gano, y continua prolongando el juego porque tiene muchas cartas, y lo prolongara todavia largo tiempo... Pero lo que no pudo hacer en el primer momento no lo hara nunca. Para Tchernoff, la derrota final no significaba la destruccion de Alemania ni el aniquilamiento del pueblo aleman. -A mi me indignan -continuo- los patriotismos excesivos. Oyendo a ciertas gentes






que formulan planes para la supresion definitiva de Alemania, me parece estar escuchando a los pangermanistas de Berlin cuando repartian los continentes. Luego concreto su opinion: -Hay que derrotar al Imperio, para tranquilidad del mundo: suprimir la gran maquina de guerra que perturba la paz de las naciones... Desde mil ochocientos setenta, todos vivimos pesimamente. Durante cuarenta y cuatro anos se ha conjurado el peligro; pero en todo este tiempo, ?que de angustias!... Lo que mas irritaba a Tchernoff era la ensenanza inmoral nacida de esta situacion y que habia acabado por apoderarse del mundo: la glorificacion de la fuerza, la santificacion del exito, el triunfo del materialismo, el respeto al hecho consumado, la mofa de los mas nobles sentimientos, como si fuesen simples frases sonoras y ridiculas; el trastorno de los valores morales, una filosofia de bandidos que pretendia ser la ultima palabra del progreso y no era mas que la vuelta al despotismo, la violencia, la barbarie de las epocas mas primitivas de la Historia. Deseaba la supresion de los representantes de esta tendencia; pero no por esto pedia el exterminio del pueblo aleman. -Ese pueblo tiene grandes meritos confundidos con malas condiciones, que son herencia de un pasado de barbarie demasiado proximo. Posee el instinto de la organizacion y del trabajo, y puede prestar buenos servicios a la Humanidad... Pero antes es necesario administrarle una ducha: la ducha del fracaso. Los alemanes estan locos de orgullo, y su locura resulta peligrosa para el mundo. Cuando hayan desaparecido los que los envenenaron con ilusiones de hegemonia mundial, cuando la desgracia haya refrescado su imaginacion y se conformen con ser un grupo humano ni superior ni inferior a los otros, formaran un pueblo tolerante, util..., y quien sabe si hasta simpatico. No habia en la hora presente, para Tchernoff, pueblo mas peligroso. Su organizacion politica lo convertia en una horda guerrera educada a puntapies y sometida a continuas humillaciones para anular la voluntad, que se resiste siempre a la disciplina. -Es una nacion donde todos reciben golpes y desean darlos al que esta mas abajo. El puntapie que suelta el emperador se transmite de dorso en dorso hasta las ultimas capas sociales. Los golpes empiezan en la escuela y se continuan en el cuartel, formando parte de la educacion. El aprendizaje de los principes herederos de Prusia consistio siempre en recibir bofetadas y palos de su progenitor el rey. El kaiser pego a sus retonos; el oficial, a sus soldados; el padre, a sus hijos y a la mujer; el maestro, a los alumnos; y cuando el superior no puede dar golpes, impone a los que tiene debajo el tormento del ultraje moral. Por eso, cuando abandonaba su vida ordinaria, tomando las armas para caer sobre otro grupo humano, eran de una ferocidad implacable. -Cada uno de ellos -continuo el ruso- lleva debajo de la espalda un deposito de patadas recibidas, y desea consolarse dandolas a su vez a los infelices que coloca la guerra bajo su dominacion. Este pueblo de senores, como el mismo se llama, aspira a serlo..., pero fuera de su casa. Dentro de ella es el que menos conoce la dignidad humana. Por eso siente con tanta vehemencia el deseo de esparcirse por el mundo, pasando de lacayo a patron. Repentinamente don Marcelo dejo de ir con frecuencia al estudio. Buscaba ahora a su amigo el senador. Una promesa de este habia trastornado su tranquila resignacion. El personaje estaba triste desde que el heredero de las glorias de su familia, se habia ido a la guerra, rompiendo la red protectora de recomendaciones en que lo habia envuelto. Una noche, comiendo en casa de Desnoyers, apunto una idea que hizo estremecer a este. «?No le gustaria ver a su hijo?...» El senador estaba gestionando una autorizacion del Cuartel general para ir al frente. Necesitaba ver a Rene. Pertenecia al mismo Cuerpo de ejercito que Julio; tal vez estaban lugares algo lejanos; pero un






automovil puede dar muchos rodeos antes de llegar al termino de su viaje. No necesito decir mas. Desnoyers sintio de pronto un deseo vehemente de ver a su hijo. Llevaba muchos meses teniendo que contentarse con la lectura de sus cartas y la contemplacion de una fotografia hecha por uno de sus camaradas... Desde entonces asedio a Lacour, como si fuese uno de sus electores deseoso de un empleo. Lo visitaba por las mananas en su casa, lo invitaba a comer todas las noches, iba a buscarlo por las tardes en los salones del Luxemburgo. Antes de la primera palabra de saludo, sus ojos formulaban siempre la misma interrogacion...: «?Cuando conseguiria el permiso?» El gran hombre lamentaba la indiferencia de los militares con el elemento civil. Siempre habian sido enemigos del parlamentarismo. Ademas Joffre se muestra intratable. No quiere curiosos... Manana vere al presidente. Pocos dias despues llego a la casa de la avenida de Victor Hugo con un gesto de satisfaccion que lleno de alegria a don Marcelo. -?Ya esta?... -Ya esta... pasado manana salimos. Desnoyers fue en la tarde siguiente al estudio de la rue de la Pompe. -Manana me voy. El pintor deseo acompanarlo. ?No podria ir tambien como secretario del senador?... Don Marcelo sonrio. La autorizacion servia unicamente para Lacour y un acompanante. El era quien iba a figurar como secretario, ayuda de camara o lo que fuese de su futuro consuegro. Al final de la tarde salio del estudio, acompanado hasta el ascensor por las lamentaciones de Argensola. ?No poder agregarse a la expedicion!... Creia haber perdido la oportunidad para pintar su obra maestra. Cerca de su casa encontro a Tchernoff. Don Marcelo estaba de buen humor. La seguridad de que iba a ver pronto a su hijo le comunicaba una alegria infantil. Casi abrazo al ruso, a pesar de su aspecto desastrado, sus barbas tragicas y su enorme sombrero, que hacia volver la cabeza a los transeuntes. Al final de la avenida destacaba su mole el Arco de Triunfo sobre un cielo coloreado por la puesta de sol. Una nube roja flotaba en torno del monumento, reflejandose en su blancura con palpitaciones purpureas. Se acordo Desnoyers de los cuatro jinetes y todo lo demas que le habia contado Argensola antes de presentarle al ruso. -Sangre -dijo alegremente-. Todo el cielo aparece de sangre... Es la bestia apocaliptica que ha recibido el golpe de gracia. Pronto la veremos morir. Tchernoff sonrio igualmente; pero su sonrisa fue melancolica. -No; la Bestia no muere. Es la eterna companera de los hombres. Se oculta chorreando sangre cuarenta anos,,,, sesenta..., un siglo; pero reaparece. Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga, que se esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que guardaran todavia nuestro recuerdo.


                                         III


                                 LA GUERRA


Iba ascendiendo don Marcelo por una montana cubierta de arboleda. El bosque ofrecia una tragica desolacion. Se habia inmovilizado en el una tempestad muda, fijandolo todo en posiciones violentas, antinaturales. Ni un solo arbol conservaba la forma rectilinea y el abundante ramaje de los dias de paz. Los grupos de pinos recordaban las columnatas de los templos ruinosos. Unos se mantenian erguidos en toda su longitud, pero si el remate de la copa, como fustes





que hubiesen perdido su capitel; otros estaban cortados por la mitad, en pico de flauta, lo mismo que las pilastras partidas por el rayo. Algunos dejaban colgar en torno de su seccionamiento las esquirlas filamentosas de la madera muerta, a semejanza de un mondadientes roto. La fuerza destructora se habia ensanado en los arboles seculares: hayas, encinas, robles. Grandes maranas de ramaje cortado cubrian el suelo, como si acabase de pasar por el una banda de lenadores gigantescos. Los troncos aparecian seccionados a poca distancia de la tierra, con un corte limpio y pulido, como de un solo hachazo. En torno de las raices desenterradas abundaban las piedras revueltas con los terrones; piedras que dormian en las entranas del suelo y la explosion habia hecho volar sobre la superficie. A trechos -brillando entre los arboles o partiendo el camino con una inoportunidad que obligaba a molestos rodeos- extendian sus laminas acuaticas unos charcos enormes, todos iguales, de una regularidad geometrica, redondos, exactamente redondos. Desnoyers los comparo con palanganas hundidas en el suelo para uso de los invisibles titanes que habian talado la selva. Su profundidad enorme empezaba en los mismos bordes. Un nadador podia arrojarse en estos charcos sin tocar el fondo. El agua era verdosa, agua muerta,, agua de lluvia, con una costra de vegetacion perforada por las burbujas respiratorias de los pequenos organismos que empezaban a vivir en sus entranas. En mitad de la cuesta, rodeada de pinos, habia varias tumbas con cruces de madera; tumbas de soldados franceses rematadas por banderines tricolores. Sobre estos tumulos cubiertos de musgo descansaban varios quepis de artilleros. El lenador feroz, al destrozar el bosque, habia alcanzado ciegamente a las hormigas que se movian entre los troncos. Don Marcelo llevaba polainas, amplio sombrero, y, sobre los hombros, un poncho fino arrollado como una manta. Habia sacado a luz estas prendas que le recordaban su lejana vida en la estancia. Detras de el caminaba Lacour, procurando conservar su dignidad senatorial, entre los jadeos y resoplidos de fatiga. Tambien llevaba botas altas y sombrero blando, pero habia conservado el chaque de solemnes faldones por no renunciar por completo a su uniforme parlamentario. Delante marchaban dos capitanes sirviendoles de guias. Estaban en una montana ocupada por la artilleria francesa. Iban hacia las cumbres, donde habia ocultos canones y canones formando una linea de varios kilometros. Los artilleros alemanes habian causado estos destrozos contestando a los tiros de los franceses. El bosque estaba rasgado por el obus. Las lagunas circulares eran embudos abiertos por las marmitas germanicas en un suelo de fondo calizo e impermeable que conservaba los regueros de la lluvia. Habian dejado su automovil al pie de la montana. Uno de los oficiales, viejo artillero, les explico esta precaucion. Debian seguir cuesta arriba cautelosamente. Estaban al alcance del enemigo, y un automovil podia atraer sus canonazos. -Un poco fatigosa la subida -continuo-. ?Animo, senor senador!... Ya estamos cerca. Empezaron a cruzarse en el camino con soldados de artilleria. Muchos de ellos solo tenian de militar el quepis. Parecian obreros de una fabrica de metalurgia, fundidores y ajustadores, con pantalones y chalecos de pana. Llevaban los brazos descubiertos, y algunos, para marchar sobre el barro con mayor seguridad, calzaban zuecos de madera. Eran antiguos trabajadores del hierro incorporados por la movilizacion a la artilleria de reserva. Sus sargentos habian sido contramaestres; muchos de sus oficiales, ingenieros y duenos de taller. De pronto, los que subian tropezaron con los ferreos habitantes del bosque. Cuando estos hablaban se estremecia el suelo, temblaba el aire, y los pobladores de la arboleda, cuervos y liebres, mariposas y hormigas, huian despavoridas para ocultarse, como si el mundo fuese a perecer en ruinosa convulsion. Ahora los monstruos bramadores permanecian callados. Se llegaba junto a ellos sin






verlos. Entre el ramaje verde asomaba el extremo de algo semejante a una viga gris; otras veces, esta aparicion emergia de un amontonamiento de troncos secos. Al dar la vuelta al obstaculo aparecia una plazoleta de tierra limpia ocupada por varios hombres, que vivian, dormian y trabajaban en torno de un artefacto enorme montado sobre ruedas. El senador, que habia escrito versos en su juventud y hacia poesia oratoria cuando inauguraba alguna estatua en su distrito, vio en estos solitarios de la montana, ennegrecidos por el sol y el humo, despechugados y remangados, una especie de sacerdotes puestos al servicio de la divinidad fatal, que recibia de sus manos la ofrenda de las enormes capsulas explosivas, vomitandolas en forma de trueno. Ocultos bajo el ramaje, para librarse de la observacion de los aviadores enemigos, los canones franceses se esparcian por las crestas y mesetas de una serie de montanas. En este rebano de acero habia piezas enormes, con ruedas reforzadas, de patines semejantes a las de las locomoviles agricolas que Desnoyers tenia en sus estancias para arar la tierra. Como bestias menores, mas agiles y juguetones en su incesante ladrido, los grupos de setenta y cinco aparecian interpolados entre los sombrios monstruos. Los dos capitanes habian recibido del general de su Cuerpo de ejercito la orden de ensenar minuciosamente al senador el funcionamiento de la artilleria. Y Lacour aceptaba con reflexiva gravedad sus observaciones, mientras volvia los ojos a un lado y a otro con la esperanza de reconocer a su hijo. Lo interesante para el era ver a Rene... Pero, recordando el pretexto oficial de su viaje, segui de canon en canon oyendo explicaciones. Mostraban los proyectiles los sirvientes de las piezas: grandes cilindros ojivales extraidos de los almacenes, llamados abrigos, eran profundas madrigueras, pozos oblicuos reforzados con sacos de tierra y maderos. Servian de refugio al personal libre y guardaban las municiones a cubiertos de una explosion. Un artillero le mostro dos bolsas unidas, de tela blanca, bien repletas. Parecian un salchichon doble, y eran la carga de uno de los grandes canones. La bolsa quedo abierta, saliendo a luz unos paquetes de hojas color de rosa. El senador y su acompanante se admiraron de que esta pasta, que parecia un articulo de tocador, fuese uno de los terribles explosivos de la guerra moderna. -Afirmo -dijo Lacour- que al encontrar en la calle uno de estos atados lo habria creido procedente del bolso de una dama o un olvido de dependiente de perfumeria..., todo, menos un explosivo. ?Y con esto, que parece fabricado para los labios, puede volarse un edificio!... Siguieron su camino. En lo mas alto de la montana vieron un torreon algo desmoronado. Era el puesto mas peligroso. Un oficial examinaba desde el la linea enemiga para apreciar la exactitud de los disparos. Mientras sus camaradas estaban debajo de la tierra o disimulados por el ramaje, el cumplia su mision desde este punto visible. A corta distancia de la torre se abrio ante sus ojos un pasillo subterraneo. Descendieron por sus entranas lobregas, hasta dar con varias habitaciones excavadas en el suelo. Un lado de montana cortada a pico era su fachada exterior. Angostas ventanillas perforadas en la piedra daban luz y aire a estas piezas. Un comandante viejo, encargado del sector, salio a su encuentro. Desnoyers creyo ver a un jefe de seccion de un gran almacen de Paris. Sus ademanes eran exquisitos, su voz suave parecia implorar perdon a cada palabra, como si se dirigiese a un grupo de damas ofreciendoles los generos de ultima novedad. Pero esta impresion solo duro un momento. El soldado de pelo canoso y lentes de miope, que guardaba en plena guerra los gestos de un director de fabrica recibiendo a sus clientes, mostro al mover los brazos unas vendas y algodones en el interior de sus mangas. Estaba herido en ambas munecas de una explosion de obus, y, sin embargo, continuaba en su sitio. «?Diablo de senor melifluo y almibarado! -penso don Marcelo-. Hay que reconocer






que es alguien». Habian entrado en el puesto de mando, vasta pieza que recibia la luz por una ventana horizontal de cuatro metros de ancho con solo una altura de palmo y medio. Parecia el espacio abierto entre dos hojas de persiana. Debajo de ella se extendia una mesa de pino cargada de papeles, con varios taburetes. Ocupando uno de estos asientos se abarcaba con los ojos toda la llanura. En las paredes habia aparatos electricos, cuadros de distribucion, bocinas acusticas y telefonos, muchos telefonos. El comandante aparto y amontono los papeles, ofreciendo los taburetes con el mismo ademan que si estuviese en un salon. -Aqui, senor senador. Desnoyers, companero humilde, tomo asiento a su lado. El comandante parecia un director de teatro preparandose a mostrar algo extraordinario. Coloco sobre la mesa un enorme papel que reproducia todos los accidentes de la llanura extendida ante ellos: caminos, pueblos, campos, alturas y valles. Sobre este mapa aparecia un grupo triangular de lineas rojas en forma de abanico. El vertice era el sitio donde ellos estaban; la parte ancha del triangulo, el limite del horizonte real que abarcaban con los ojos. -Vamos a tirar contra este bosque -dijo el artillero, senalando un extremo de la carta-. Aqui es alla -continuo, designando en el horizonte una pequena linea oscura-. Tomen ustedes los gemelos. Pero antes que los dos apoyasen el borde de los oculares en sus cejas, el comandante coloco sobre el mapa un nuevo papel. Era una fotografia enorme y algo borrosa, sobre cuyos trazos aparecia un abanico de lineas encarnadas igual al otro. -Nuestros aviadores -continuo el artillero cortes- han tomado esta manana algunas vistas de las posiciones enemigas. Esto es una ampliacion de nuestro taller fotografico... Segun sus informes, hay acampados en el bosque dos regimientos alemanes. Don Marcelo vio en la fotografia la mancha del bosque, y dentro de ella, lineas blancas que figuraban caminos, grupos de pequenos cuadrados que eran manzanas de casas de un pueblo. Creyo estar en un aeroplano contemplando la tierra a mas de mil metros de altura. Luego se llevo los gemelos a los ojos, siguiendo la direccion de una de las lineas rojas, y vio agrandarse en el redondel de la lente una barra negra, algo semejante a una linea gruesa de tinta: el bosque, el refugio de los enemigos. -Cuando usted lo disponga, senor senador, empezamos -dijo el comandante, llegando al ultimo extremo de la cortesia-. ?Esta usted pronto?... Desnoyers sonrio levemente. ?A que iba a estar pronto su ilustre amigo? ?De que podia servir, simple miron como el, y emocionado indudablemente por lo nuevo del espectaculo?... Sonaron a sus espaldas un sinnumero de timbres: vibraciones que llamaban, vibraciones que respondian. Los tubos acusticos parecian hincharse con el galope de las palabras. El hilo electrico poblo el silencio de la habitacion con las palpitaciones de su vida misteriosa. El amable jefe ya no se ocupaba de su persona. Lo adivinaron a su espalda, ante la boca de un telefono, conversando con sus oficiales a varios kilometros de distancia. El heroe dulzon y bien hablado no abandonaba un momento su retorcida cortesia. -?Quiere usted tener la bondad de empezar?... -dijo suavemente el oficial lejano-. Con mucho gusto le comunico la orden. Sintio don Marcelo un ligero temblor nervioso junto a una de sus rodillas. Era Lacour, inquieto por la novedad. Iba a iniciarse el fuego; iba a ocurrir algo que no habia visto nunca. Los canones estaban encima de sus cabezas; temblaria la boveda como la cubierta de un buque cuando disparan sobre ella. La habitacion, con sus tubos acusticos y sus vibraciones de telefonos, era semejante al puente de un navio en el momento del zafarrancho. ?El estrepito que iba a producirse!... Transcurrieron






algunos segundos, que fueron larguisimos... De pronto, un trueno lejano que parecia venir de las nubes. Desnoyers ya no sintio la vibracion nerviosa junto a su pierna. El senador se movio a impulsos de la sorpresa; su gesto parecia decir: «?Esto es todo?...» Los metros de tierra que tenian sobre ellos amortiguaron las detonaciones. El tiro de una pieza gruesa equivalia a un garrotazo en un colchon. Mas impresionante resultaba el gemido del proyectil sonando a gran altura, pero desplazando el aire con tal violencia que sus ondas llegaban hasta la ventana. Huia..., huia, debilitando su rugido. Paso mucho tiempo antes que se notasen sus efectos. Los dos amigos llegaron a creer que se habia perdido en el espacio. «No llega..., no llega», pensaban. De pronto surgio en el horizonte, exactamente en el lugar indicado sobre el borron del bosque, una enorme columna de humo. Una torre giratoria de vapor negro seguida de una explosion volcanica. -?Que mal debe vivirse alli!- dijo el senador. El y Desnoyers experimentaron una impresion de alegria animal, un regocijo egoista, viendose en lugar seguro, a varios metros debajo del suelo. -Los alemanes van a tirar de un momento a otro- dijo en voz baja don Marcelo a su amigo. El senador fue de la misma opinion. Indudablemente iban a contestar, entablandose un duelo de artilleria. Todas las baterias francesas habian abierto el fuego. La montana tronaba incesantemente: se sucedian los rugidos de los proyectiles; el horizonte, todavia silencioso, iba erizandose de negras columnas salomonicas. Los dos reconocieron que se estaba muy bien en este refugio, semejante a un palco de teatro... Alguien toco en un hombro a Lacour. Era uno de los capitanes que les guiaban por el frente. -Vamos arriba -dijo con sencillez. Hay que ver de cerca como trabajan nuestros canones. El espectaculo vale la pena. ?Arriba?... El personaje quedo perplejo, asombrado, como si le propusiesen un viaje interplanetario. ?Arriba, cuando los enemigos iban a contestar de un momento a otro?... El capitan explico que el subteniente Lacour estaba tal vez esperando a su padre. Habian avisado por telefono a su bateria, emplazada a un kilometro de distancia: debia aprovechar el tiempo para verlo. Subieron de nuevo a la luz por el boquete del subterraneo. El senador se habia erguido majestuosamente. «Van a tirar -decia una voz en su interior-; van a contestar los enemigos». Pero se ajusto el chaque como un manto tragico y siguio adelante, grave y solemne. Si aquellos hombres de guerra, adversarios del parlamentarismo, querian reir ocultamente de las emociones de un personaje civil, se llevaban un chasco. Desnoyers admitio la decision con que el gran hombre se lanzaba fuera del subterraneo, lo mismo que si marchase contra el enemigo. A los pocos pasos se desgarro la atmosfera en ondas tumultuosas. Los dos vacilaron sobre los pies, mientras zumbaban sus oidos y creian sentir en la nuca la impresion de un golpe. Se les ocurrio al mismo tiempo que ya habian empezado a tirar los alemanes. Pero eran los suyos los que tiraban. Una vedija de humo surgio del bosque, a una docena de metros, disolviendose instantaneamente. Acababa de disparar una de las piezas de enorme calibre, oculta en el ramaje junto a ellos. Los capitanes dieron una explicacion sin detener el paso. Tenian que seguir por delante de los canones, sufriendo la violenta sonoridad de sus estampidos, para no aventurarse en el espacio descubierto, donde estaba el torreon del vigia. Tambien ellos esperaban de un momento a otro la contestacion de enfrente. El que iba junto a don Marcelo le felicito por la impavidez con que soportaba los canonazos. -Mi amigo conoce eso -dijo el senador con orgullo-. Estuvo en la batalla del Marne. Los dos militares apreciaron con alguna extraneza la edad de Desnoyers.






?En que lugar habia estado? ?A que Cuerpo pertenecia?... -Estuve de victima -dijo el aludido modestamente. Un oficial venia corriendo hacia ellos al lado del torreon, por el espacio desnudo de los arboles. Repetidas veces agito su quepis para que le viesen mejor. Lacour temblo por el. Podian distinguirle los enemigos; se ofrecia como blanco al cortar imprudentemente el espacio descubierto, con el deseo de llegar antes. Y aun temblo mas al verlo de cerca... Era Rene. Sus manos oprimieron con cierta extraneza unas manos fuertes, nervudas. Vio el rostro de su hijo con los rasgos mas acentuados, oscurecido por la patina que da la existencia campestre. Un aire de resolucion, de confianza en las propias fuerzas, parecia desprenderse de su persona. Seis meses de vida intensa le habian transformado. Era el mismo, pero con el pecho mas amplio, las munecas mas fuertes. Las facciones suaves y dulces de la madre se habian perdido bajo esta mascara varonil. Lacour reconocio con orgullo que ahora se parecia a el. Despues de los abrazos de saludo, Rene atendio a don Marcelo con mas asiduidad que a su padre. Creia percibir en su persona algo del perfume de Chichi. Pregunto por ella: queria saber detalles de su vida, a pesar de la frecuencia con que llegaban sus cartas. El senador, mientras tanto, conmovido por su reciente emocion, habia tomado cierto aire oratorio al dirigirse a su hijo. Improviso un fragmento de discurso en honor de este soldado de la Republica que llevaba el glorioso nombre de Lacour, juzgando oportuno el momento para hacer conocer a aquellos militares profesionales los antecedentes de su familia. -Cumple tu deber, hijo mio. Los Lacours tienen tradiciones guerreras. Acuerdate d nuestro abuelo, el comisario de la Convencion, que se cubrio de gloria en la defensa de Maguncia. Mientras hablaba se habian puesto todos en marcha, doblando una punta del bosque para colocarse detras de los canones. Aqui el estrepito era menos violento. Las grandes piezas, despues de cada disparo, dejaban escapar por la recamara una nubecilla de humo semejante a la de una pipa. Los sargentos dictaban cifras comunicadas en voz baja por otro artillero que tenia en una oreja el auricular del telefono. Los sirvientes obedecian silenciosos en torno del canon. Tocaban una ruedecita, y el monstruo elevaba su morro gris, lo movia a un lado o a otro, con la expresion inteligente y la agilidad de una trompa de elefante. Al pie de la pieza mas proxima se erguia, con el tirador en las manos, un artillero de cara impasible. Debia de estar sordo. Su embrutecimiento facial delataba cierta autoridad, Para el la vida no era mas que una serie de tirones y truenos. Conocia su importancia. Era el servidor de la tormenta, el guardian del rayo. -?Fuego!- grito el sargento. Y el trueno estallo a su voz. Todo parecio temblar; pero acostumbrados los dos viajeros a oir los estampidos de las piezas por la parte de la boca, les parecio de segundo orden el estrepito presente. Lacour iba a continuar su relato sobre el glorioso abuelo de la Convencion, cuando algo extraordinario corto su facundia. -Tiran- dijo simplemente el artillero que ocupaba el telefono. Los dos oficiales repitieron al senador esta noticia, transmitida por los vigias de la torre. ?No habia dicho el que los enemigos iban a contestar? Obedeciendo el santo instinto de conservacion y empujado al mismo tiempo por su hijo, se vio en un abrigo de la bateria. No quiso agazaparse en el interior de la estrecha cueva. Permanecio junto a la entrada, con una curiosidad que se sobreponia a la inquietud. Sintio venir al invisible a pesar del estrepito de los canones inmediatos. Percibia con rara sensibilidad su paso a traves de la atmosfera por encima de los otros ruidos mas potentes y cercanos. Era un gemido que ensanchaba su intensidad; un triangulo sonoro con el vertice en el horizonte, que se abria al avanzar, llenando todo el






espacio. Luego ya no fue un gemido, fue un bronco estrepito formado por diversos choques y roces, semejantes al descenso de un tranvia electrico por una calle en cuesta, a la carrera de un tren que pasa ante una estacion sin detenerse. Lo vio aparecer en forma de nube, agrandose como si fuese a desplomarse sobre la bateria. Sin saber como, se encontro en el fondo del abrigo y sus manos tropezaron con el frio contacto de un monton de cilindros de acero alineados como botellas. Eran proyectiles. «Si la marmita alemana -penso. Estallase sobre esta madriguera..., ?que espantosa voladura!...» Pero se tranquilizaba al considerar la solidez de esa boveda: vigas y sacos de tierra se sucedian en un espesor de varios metros. Quedo de pronto en absoluta oscuridad. Otro se habia refugiado en el abrigo, obstruyendo con su cuerpo la entrada de la luz: tal vez su amigo Desnoyers. Paso un ano que en su reloj solo representaba un segundo; luego paso un siglo de igual duracion... y al fin estallo el esperado trueno, temblando el abrigo, pero con blandura, con sorda elasticidad, como si fuese de caucho. La explosion, a pesar de esto, resultaba horrible. Otras explosiones menores, enroscadas, juguetonas y silbantes surgieron detras d la primera. Con la imaginacion dio forma Lacour a este cataclismo. Y vio una serpiente alada vomitando chispas y humo, una especie de monstruo wagneriano, que al aplastarse contra el suelo abria sus entranas, esparciendo miles d culebrillas igneas que lo cubrian todo con sus mortales retorcimientos... El proyectil debia de haber estallado muy cerca, tal vez en la misma plazoleta ocupada por la bateria. Salio del abrigo, esperando encontrar un espectaculo horroroso de cadaveres despedazados, y vio a su hijo que sonreia encendiendo un cigarro y hablando con Desnoyers... ?Nada! Los artilleros terminaban tranquilamente de cargar una pieza gruesa. Habian levantado los ojos un momento al pasar el proyectil enemigo, continuando luego su trabajo. -Ha debido de caer a unos trescientos metros- dijo Rene tranquilamente. El senador, espiritu impresionable, sintio de pronto una confianza heroica. No valia la pena ocuparse tanto de la propia seguridad cuando los otros hombres, iguales a el -aunque fuesen vestidos de distinto modo-, no parecian reconocer el peligro. Y al pasar nuevos proyectiles, que iban a perderse en los bosques con estallidos de crater, permanecio al lado de su hijo, sin otro signo de emocion que un leve estremecimiento en las piernas. Le parecia ahora que unicamente los proyectiles franceses, por ser suyos, daban en el blanco y mataban. Los otros tenian la obligacion de pasar por alto, perdiendose lejos entre un estrepito inutil. Con tales ilusiones se fabrica el valor... «?Y eso es todo?», parecian decir sus ojos. Recordaba con cierta verguenza su refugio en el abrigo; se reconocia capaz de vivir alli, lo mismo que Rene. Sin embargo, los obuses alemanes eran cada vez mas frecuentes. Ya no se perdian en el bosque; sus estallidos sonaban mas cercanos. Los dos oficiales cruzaron sus miradas. Tenian el encargo de velar por la seguridad del ilustre visitante. -Esto se calienta- dijo uno de ellos. Rene, como si adivinase lo que pensaban, se dispuso a partir. «?Adios, papa!» Estaba haciendo falta en su bateria. El senador intento resistirse, quiso prolongar la entrevista, pero choco con algo duro e inflexible que repelia toda su influencia. Un senador valia poco entre aquella gente acostumbrada a la disciplina, -?Salud, hijo mio!... Mucha suerte... Acuerdate de quien eres. Y el padre lloro al oprimirle entre sus brazos. Lamentaba en silencio la brevedad de la entrevista, penso en los peligros que aguardaban a su unico hijo al separarse de el. Cuando Rene hubo desaparecido, los capitanes iniciaron la marcha del grupo. Se hacia tarde; debian llegar antes del anochecer a un determinado acantonamiento.






Iban cuesta abajo, al abrigo de una arista de la montana, viendo pasar muy altos los proyectiles enemigos. En una hondonada encontraron varios grupos de canones 75. Estaban esparcidos en la arboleda, disimulados por montones de ramaje, como perros agazapados que ladraban asomando sus hocicos grises. Los grandes canones rugian con intervalos de grave pausa. Estas jaurias de acero gritaban incesantemente, sin abrir el mas leve parentesis de una tela que se parte sin fin. Las piezas eran muchas, los disparos vertiginosos y las detonaciones se confundian en una sola, como las series de puntos que se unen formando una linea compacta. Los jefes embriagados por el estrepito, daban sus ordenes a gritos, agitando los brazos paseando por detras de las piezas. Los canones se deslizaban sobre las curenas inmoviles, avanzando y retrocediendo como pistolas automaticas. Cada disparo arrojaba la capsula vacia, introduciendo al punto un nuevo proyectil en la recamara humeante. Se arremolinaba el aire a espaldas de las baterias con oleaje furioso. Lacour y su companero recibian a cada tiro un golpe en el pecho, el violento contacto de una mano invisible que los empujaba hacia atras. Tenian que acompasar su respiracion al ritmo de los disparos. Durante una centesima de segundo, entre la onda aerea barrida y la nueva onda que avanzaba, sus pechos experimentaban la angustia del vacio. Desnoyers admiro el ladrido de estos perros grises. Conocia bien sus mordeduras. Aun se mantenian frescas en su pobre castillo. A Lacour le parecio que las filas de canones cantaban algo monotono y feroz, como debieron ser los himnos guerreros de la Humanidad de los tiempos prehistoricos. Esta musica de notas secas, ensordecedoras, delirantes, iba despertando en los dos algo que duerme en el fondo de todas las almas: el salvajismo de los remotos abuelos. El aire se caldeaba con olores acres, punzantes, bestialmente embriagadores. Los perfumes del explosivo llegaban hasta el cerebro por la boca, por las orejas, por los ojos. Experimentaron el mismo enardecimiento de los directores de las piezas que gritaban y braceaban en medio del trueno. Las capsulas vacias iban formando una capa espesa detras de los canones. ?Fuego!..., ?siempre fuego! -Hay que rociar bien -gritaban los jefes-. Hay que dar un buen riego al bosque donde estan los boches. Y las bocas de los 75 regaban sin interrupcion inundando de proyectiles la remota arboleda. Enardecidos por esta actividad mortal, embriagados por la celeridad destructora, sometidos al vertigo de las horas rojas. Lacour y Desnoyers se vieron de pronto agitando sus sombreros, moviendose de un lado a otro como si fuesen a bailar la danza sagrada de la muerte, gritando con la boca seca por el acre vapor de la polvora: «?Viva..., viva!»


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El automovil rodo toda la tarde, deteniendose algunas veces en los caminos congestionados por el largo desfile de los convoyes. Pasaron a traves de campos sin cultivar, con esqueletos de viviendas. Corrieron a lo largo de pueblos incendiados que no eran mas que una sucesion de fachadas negras con huecos abiertos sobre el vacio. -Ahora le toca a usted -dijo el senador a Desnoyers-. Vamos a ver a su hijo. Se cruzaron a la caida de la tarde con numerosos grupos de infanteria, soldados de luengas barbas y uniformes descoloridos por la intemperie. Volvian de los atrincheramientos, llevando sobre la joroba de sus mochilas palas, picos y otros utiles para remover la tierra, que habian adquirido una importancia de armas de






combate. Iban cubiertos de barro, de cabeza a pies. Todos parecian viejos en plena juventud. Su alegria al volver al acantonamiento, despues de una semana de trinchera, poblaba el silencio de la llanura con canciones acompanadas por el sordo choque de sus zapatos claveteados. En el atardecer de color violeta, el coro varonil iba esparciendo las estrofas aladas de La Marsellesa, o las afirmaciones heroicas del Canto de partida. -Son los soldados de la Revolucion -decia entusiasmado el senador-: Francia ha vuelto al mil setecientos noventa y dos. Pasaron la noche en un pueblo medio arruinado, donde se habia establecido la comandancia de una division. Los dos capitanes se despidieron. Otros se encargarian de guiarlos en la manana siguiente. Se habian alojado en el Hotel de la Sirena, edificio viejo con la fachada roida por los obuses. El dueno les mostro con orgullo una ventana rota que habia tomado la forma de un crater. Esta ventana hacia perder su importancia a la antigua muestra del establecimiento: una mujer de hierro con cola de pescado. Como Desnoyers ocupaba la habitacion inmediata a la que habia recibido el proyectil, el hotelero quiso ensenarsela antes que se acostase. Todo roto: paredes, suelo, techo. Los muebles hechos astillas en los rincones; harapos de floreado papel colgando de las paredes. Por un agujero enorme se veian las estrellas y entraba el frio de la noche. El dueno hizo constar que este destrozo no era obra de los alemanes. Lo habia causado un proyectil del 75 al ser repelidos los invasores fuera del pueblo. Y sonreia con patriotico orgullo ante la destruccion, repitiendo: -Es obra de los nuestros. ?Que le parece como trabaja el setenta y cinco?... ?Que dice usted de esto?... A pesar de la fatiga del viaje, don Marcelo durmio mal, agitado por el pensamiento de que su hijo estaba a corta distancia. Una hora despues del amanecer salieron del pueblo en automovil, guiados por otro oficial. A los dos lados del camino vieron campamentos y campamentos. Dejaron atras los parques de municiones; pasaron la tercera linea de tropas; luego, la segunda. Miles y miles de hombres se habian instalado en pleno campo, improvisando sus viviendas. Este hormiguero varonil recordaba, con su variedad de uniformes y razas, las grandes invasiones de la Historia. No era un pueblo en marcha: el exodo de un pueblo lleva tras de el mujeres y ninos. Aqui solo se veian hombres, hombres por todas partes. Todos los generos de habitacion discurridos por la Humanidad, a partir de la caverna, eran utilizados en estas aglomeraciones militares. Las cuevas y canteras servian de cuarteles. Unas chozas recordaban el rancho americano; otras, conicas y prolongadas, imitaban al gurbi de Africa. Muchos de los soldados procedian de sus colonias; algunos habian vivido como negociantes en paises del Nuevo Mundo, y al tener que improvisar una casa mas estable que la tienda de lona, apelaban a sus recuerdos, imitando la arquitectura de las tribus con las que estuvieron en contacto. Ademas, en esta masa de combatientes habia tiradores marroquies, negros y asiaticos, que parecian crecerse lejos de la ciudades, adquiriendo a campo raso una superioridad que los convertia en maestros de los civilizados. Junto a los arroyos aleteaban ropas blancas puestas a secar. Filas de hombres despechugados hacian frente al fresco de la manana, inclinandose sobre la lamina acuatica para lavarse con ruidosas abluciones seguidas de energicos restriegos... En un puente escribia un soldado, empleando como mesa el parapeto... Los cocineros se movian en torno de las ollas humeantes. Un tufillo grasiento de sopa matinal iba esparciendose entre los perfumes resinosos de los arboles y el olor de la tierra mojada. Largos barracones de madera y cinc servian a la Caballeria y la Artilleria para guardar el ganado y el material. Los soldados limpiaban y herraban al aire libre a los caballos, lucios y gordos. La guerra de las trincheras mantenia a estos en placida






obesidad. -?Si hubiesen estado a asi en la batalla del Marne!... -dijo Desnoyers a su amigo. Ahora la caballada vivia en interminable descanso. Sus jinetes combatian a pie, haciendo fuego en las trincheras. Las bestias se hinchaban en una tranquilidad conventual, y habia que sacarlas de paseo para que no enfermasen ante el pesebre repleto. Se destacaron sobre la llanura, como libelulas grises, varios aeroplanos dispuestos a volar. Muchos hombres se agrupaban en torno de ellos. Los campesinos convertidos en soldados consideraban con admiracion al camarada encargado del manejo de estas maquinas. Veian en su persona el mismo poder de los brujos venerados y temidos en los cuentos de la aldea. Don Marcelo se fijo en la transformacion general del uniforme de los franceses. Todos iban vestidos de azul grisaceo de cabeza a pies. Los pantalones de grana, los quepis rojos que habia visto en las jornadas del Marne ya no existian. Los hombres que transitaban por los caminos eran militares. Todos los vehiculos, hasta las carretas de bueyes, iban guiados por un soldado. Se detuvo de pronto el automovil junto a unas casas arruinadas y ennegrecidas por el incendio. -Ya hemos llegado -dijo el oficial-. Ahora habra que caminar un poco. El senador y su amigo empezaron a marchar por la carretera. -Por ahi, no, no -volvio a decir el guia-. Este camino es nocivo para la salud. Hay que librarse de las corrientes de aire. Explico que los alemanes tenian sus canones y atrincheramientos al final de esta carretera, que descendia por una depresion del terreno y remontaba en el horizonte su cinta blanca entre dos filas de arboles y casas quemadas. La manana livida, con su esfumamiento brumoso, los ponia a cubierto del fuego enemigo. En un dia de sol, la llegada del automovil habria sido saludada por un obus. «Esta guerra es asi -termino diciendo-; se aproxima uno a la muerte sin verla». Se acordaron los dos de las recomendaciones del general que los habia tenido el dia antes en su mesa. «Mucho cuidado: la guerra de trincheras es traidora». Vieron ante ellos el inmenso campo sin una persona, pero con su aspecto ordinario. Era el campo de domingo, cuando los trabajadores estan en sus casas y el suelo parece reconcentrarse en silenciosa meditacion. Se veian objetos informes abandonados en la llanura, como los instrumentos agricolas en dias de asueto. Tal vez eran automoviles rotos, armones de artilleria destrozados por la explosion de su carga. -Por aqui- dijo el oficial, al que se habian agregado cuatro soldados para llevar a hombros varios sacos y paquetes traidos por Desnoyers en el techo del automovil. Avanzaron en fila a lo largo de un muro de ladrillos ennegrecidos, siguiendo un camino descendente. A los pocos pasos, la superficie del suelo estaba a la altura de sus rodillas; mas alla los alcanzaba al talle; luego a los hombros, y asi se hundieron en la tierra, viendo unicamente sobre sus cabezas una estrecha faja de cielo. Estaban en pleno campo. Habian dejado a sus espaldas el grupo de ruinas que ocultaba la entrada del camino. Marchaban de un modo absurdo, como si aborreciesen la linea recta, en zigzag, en curvas, en angulos. Otros senderos no menos complicados partian de esta zanja, que era la avenida central de una inmensa urbe subterranea. Caminaban... caminaban. Transcurrio un cuarto de hora, media hora, una hora entera. Lacour y su amigo pensaban con nostalgia de las carreteras flanqueadas de arboles, en la marcha al aire libre, viendo el cielo y los campos. No daban veinte pasos seguidos en la misma direccion. El oficial, que marchaba delante, desaparecia a cada momento en una revuelta. Los que iban detras jadeaban y hablaban invisibles, teniendo que apresurar el paso para no perderse. De cuando en cuando hacian alto para reconcentrarse y contarse, por miedo a que alguien se hubiese extraviado en una galeria transversal. El suelo era resbaladizo. En algunos lugares habia un barro casi liquido, blanco y corrosivo, semejante al que chorrea de los andamios de una casa en construccion.






El eco de sus pasos, el roce de sus hombros, desprendian terrones y guijarros de los dos taludes. De tarde en tarde subian el zanjon, y los caminantes subian con el. Bastaba un pequeno esfuerzo para ver por encima de los montones de tierra. Pero lo que veian eran campos incultos, alambrados con postes en cruz, el mismo aspecto de la llanura que descansa, falta de habitantes. Sabia por experiencia el oficial lo que costaba muchas veces esta curiosidad, y no les permitia prolongarla: «Adelante, adelante». Llevaban hora y media caminando. Los dos viejos empezaron a sentir la fatiga y la desorientacion de esta marcha en zigzag. No sabian ya si avanzaban o retrocedian. Las rudas pendientes, las continuas revueltas produjeron en ellos un principio de vertigo. -?Falta mucho para llegar?- pregunto el senador. -Alli- dijo el oficial, senalando por encima de los montones de tierra. Alli era el campamento en ruinas y varias casas quemadas que se veian a lo lejos: los restos de un pueblo tomado y perdido varias veces por unos y otros. El mismo trayecto lo habrian hecho sobre la corteza terrestre en media hora marchando en linea recta. A los angulos del camino subterraneo, preparados para impedir un avance del enemigo, habia que anadir los obstaculos de la fortificacion de campana: tuneles cortados por verjas, jaulones de alambre que estaban suspendidos; pero al caer, obstruian el zanjon, pudiendo los defensores hacer fuego a traves de su enrejado. Empezaron a encontrar soldados con fardos y cubos de agua. Se perdian en la tortuosidad de los senderos transversales. Algunos, sentados en un monton de maderos, sonreian leyendo un pequeno periodico redactado en las trincheras. Se notaban en el camino los mismos indicios que denuncian sobre la superficie de la tierra la proximidad de una poblacion. Se apartaban los soldados para abrir paso a la comitiva; asomaban caras barbudas y curiosas en los callejones. Sonaban a lo lejos un estrepito de ruidos secos, como si al final de la via tortuosa existiese un poligono de tiro o se ejercitase un grupo de cazadores en derribar palomas. La manana continuaba nebulosa y glacial. A pesar del ambiente humedo, un moscardon de zumbido pegajoso cruzo varias veces sobre los dos visitantes. -Balas- dijo laconicamente el oficial. Desnoyers habia hundido un poco la cabeza entre los hombros. Conocia perfectamente este ruido de insectos. El senador marcho mas aprisa: ya no sentia cansancio.


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Se vieron ante un teniente coronel, que los recibio como un ingeniero que ensena sus talleres, como un oficial de Marina que muestra las baterias y torres des su acorazado. Era el jefe del batallon que ocupaba este sector de las trincheras. Don Marcelo lo miro con interes al pensar que su hijo estaba bajo sus ordenes. -Esto es lo mismo que un buque- dijo luego de saludarlos. Los dos amigos reconocieron que las fortificaciones subterraneas tenian cierta semejanza con las entranas de navio. Pasaron de trinchera en trinchera. Eran las de ultima linea, las mas antiguas: galerias oscuras en las que solo entraban hilillos de luz a traves de las aspilleras y las ventanas amplias y bajas de las ametralladoras. La larga linea de defensa formaba un tunel, cortado por breves espacios descubiertos. Se iba saltando de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz con una rudeza visual que fatigaba los ojos. En los espacios abiertos el suelo era mas alto. Habia banquetas de tablas empotradas en los taludes para que los observadores pudiesen sacar la cabeza o examinar el paisaje valiendose del periscopio. Los espacios cerrados servian a la vez de baterias y dormitorios.






Estos acuartelamientos habian sido al principio trincheras descubiertas, iguales a las de primera linea. Al repeler al enemigo y ganar terreno, los combatientes, que llevaban en ellas todo el invierno, habian buscado instalarse con la mayor comodidad. Sobre las zanjas al aire libre habian atravesado vigas de las casas arruinadas; sobre las vigas, tablones, puertas, ventanas y encima del maderaje varias filas de sacos de tierra. Estos sacos estaban cubiertos por una capa de mantillo, de la que brotaban hierbas, dando al lomo de la trinchera una placidez verde y pastoril. Las bovedas de ocasion resistian a la caida de los obuses, que se enterraban en ellas sin causar grandes danos. Cuando un estallido las quebrantaba demasiado, los trogloditas salian de noche, como hormigas desveladas, recomponiendo agilmente el tejado de su vivienda. Todo aparecia limpio, con la pulcritud ruda y algo torpe que pueden conseguir los hombres cuando viven lejos de las mujeres y entregados a sus propios recursos. Estas galerias tenian algo de claustro de monasterio, de cuadra de presidio, de entrepuente de acorazado. Su piso era medio metro mas bajo que el de los espacios descubiertos que unian a unas trincheras con otras. Para que los oficiales pudiesen avanzar sin bajadas y subidas, unos tablones formando andamio estaban tendidos de puerta a puerta. Al ver los soldados al jefe se formaban en fila. Sus cabezas quedaban al nivel del talle de los que iban pasando por los tablones. Desnoyers miro con avidez a todos estos hombres. ?Donde estaria Julio? Se fijo en la fisonomia especial de los diversos reductos. Todos parecian iguales en su construccion, pero los ocupantes los habian modificado con sus adornos. La cara exterior era siempre la misma, cortada por aspilleras en las que habia fusiles apuntados hacia el enemigo y por ventanas de ametralladoras. Los vigias, en pie junto a estas aberturas, espiaban el campo solitario, como los marinos de cuarto exploraban el mar desde el puente. En las caras interiores estaban los armarios y los dormitorios: tres filas de literas hechas con tablas, iguales a los lechos de los hombres de mar. El deseo de ornato artistico que sienten las almas simples habia embellecido los subterraneos. Cada soldado tenia un museo formado con laminas de periodicos y postales de colores. Retratos de comediantas y bailarinas sonreian con su boca pintada en el charolado carton, alegrando el ambiente casto del reducto. Don Marcelo sintio impaciencia al ver tantos centenares de hombres sin encontrar entre ellos a su hijo. El senador, avisado por sus ojeadas, hablo al jefe, que le precedia con grandes muestras de deferencia. Este hizo un esfuerzo de memoria para recordar quien era Julio Desnoyers. Pero su duda fue corta. Se acordo de las hazanas del sargento. -Un excelente soldado- dijo...; van a llamarlo inmediatamente, senor senador... Esta de servicio con su seccion en las trincheras de primera linea. El padre, impaciente por verlo, propuso el que los llevasen a ellos a este sitio avanzado; pero su peticion hizo sonreir al jefe y a los otros militares. No eran para visitas de paisanos estas zanjas descubiertas a cien metros, a cincuenta metros del enemigo, sin otra defensa que las alambradas y sacos de tierra. El barro resultaba perpetuo en ellas; habia que arrastrarse, expuestos a recibir un balazo, sintiendo caer en la espalda la tierra levantada por los proyectiles. Solo los combatientes podian frecuentar estas obras avanzadas. -Siempre hay peligro -continuo el jefe-, siempre hay tiroteo... ?Oye usted como tiran? Desnoyers percibio, efectivamente, un crepitamiento lejano, en el que no se habia fijado hasta entonces. Experimento una sensacion de angustia al pensar que su hijo estaba alli, donde sonaba la fusileria. Se le aparecieron con todo relieve de la realidad los peligros que le rodeaban diariamente. ?Si moriria en aquellos momentos, antes que el pudiese verlo?... Transcurrio el tiempo para don Marcelo con una desesperante lentitud. Penso que el mensajero que habia salido con el aviso para la trinchera avanzada no llegaria






nunca. Apenas se fijo en las dependencias que les iba mostrando el jefe: piezas subterraneas que servian a los soldados de gabinete de aseo y desaseo, salas de bano de una instalacion primitiva; una cueva con un rotulo: Cafe de la Victoria; otra cueva con un letrero: Teatro... Lacour se interesaba por todo esto, celebrando la alegria francesa, que rie y canta ante el peligro. Su amigo continuaba pensando en julio. ?Cuando lo encontraria? Se detuvieron junto a una ventana de ametralladora, manteniendose, por recomendacion de los militares, a ambos lados de la hendidura horizontal, ocultando el cuerpo, avanzando la cabeza prudentemente para mirar con un solo ojo. Vieron una profunda excavacion y el borde opuesto del suelo. A corta distancia, varias filas de equis de madera unidas por hilos de puas que formaban un alambrado compacto. Cien metros mas alla, un segundo alambrado. Reinaba un silencio profundo, un silencio de absoluta soledad, como si el mundo estuviese dormido. -Ahi estan los boches- dijo el comandante con voz apagada. -?Donde?- pregunto el senador esforzandose por ver. Indico el jefe el segundo alambrado, que Lacour y su amigo creian perteneciente a los franceses. Era de la trinchera alemana. -Estamos a cien metros de ellos -continuo-; pero hace tiempo que no atacan por este lado. Los dos experimentaron cierta emocion al pensar que el enemigo estaba a tan corta distancia, oculto en el suelo, en una invisibilidad misteriosa que aun le hacia mas temible. ?Si surgiese de pronto con la bayoneta calada, con la granada de mano, los liquidos incendiarios y las bombas asfixiantes para asaltar el reducto!... Desde esta ventana percibieron con mas intensidad el tiroteo de la primera linea. Los disparos parecian aproximarse. El comandante les hizo abandonar rudamente su observatorio: temia que se generalizase el fuego, llegando hasta alli. Los soldados, sin recibir ordenes, con la prontitud de la costumbre, se habian aproximado a sus fusiles, que estaban de posicion horizontal asomando por las aspilleras. Otra vez los visitantes marcharon uno tras de otro. Descendieron a cuevas que eran antiguas bodegas de casas desaparecidas. Los oficiales se habian instalado en estos antros, utilizando todos los residuos de la destruccion. Una puerta de calle sobre dos caballetes de troncos era una mesa. Las bovedas y paredes estaban tapizadas con cretona de los almacenes de Paris. Fotografias de mujeres y ninos adornaban las paredes entre el brillo niquelado de aparatos telegraficos y telefonicos. Desnoyers vio sobre una puerta un Cristo de marfil amarillento por los anos, tal vez por los siglos: una imagen heredada de generacion en generacion, que debia de haber presenciado muchas agonias... En otra cueva encontro, en lugar ostensible, una herradura de siete agujeros. Las creencias religiosas extendian sus alas con toda amplitud en este ambiente de peligro y de muerte, y al mismo tiempo adquirian nuevo valor las supersticiones mas grotescas, sin que nadie osase reir de ellas. Al salir de uno de los subterraneos, en mitad de un espacio descubierto, encontro a su hijo. Supo que era el por el gesto indicador del jefe, porque un militar avanzaba sonriente, tendiendole las manos. El instinto de la paternidad, del que habia hablado tantas veces como de algo infalible, no le aviso en la presente ocasion. ?Como podia reconocer a Julio en este sargento cuyos pies eran dos bolas de tierra mojada, con un capote descolorido y de bordes deshilachados, lleno de barro hasta los hombros, oliendo a pano humedo y a correa?... Despues del primer abrazo, echo la cabeza atras para contemplarle, sin desprenderse de el. Su palidez morena habia adquirido un tono bronceado. Llevaba la barba crecida, una barba negra y rizosa. Don Marcelo se acordo de su suegro. El centauro Madariaga se reconoceria indudablemente en este guerrero endurecido por la vida al aire libre. Lamento en el primer momento su aspecto sucio y fatigado; luego volvio a encontrarlo mas hermoso, mas interesante que en sus epocas de gloria mundana.






-?Que necesitas?... ?Que deseas? Su voz temblaba de ternura. Hablo al combatiente tostado y robusto con la misma entonacion que usaba veinte anos antes, cuando se detenia ante los escaparates de Buenos Aires llevando a un nino de la mano. -?Quieres dinero?... Habia traido una cantidad importante para entregarla a su hijo. Pero el militar hizo un gesto de indiferencia, como si le ofreciese un juguete. Nunca habia sido tan rico como en el momento presente. Tenia mucho dinero en Paris y no sabia que hacer con el: de nada le servia. -Envieme cigarros... Son para mi y mis camaradas. Recibia grandes paquetes de su madre llenos de viveres escogidos, de tabaco, de ropas. Pero el no guardaba nada; todo era poco para atender a sus companeros, hijos de familias pobres o que estaban solos en el mundo. Su munificencia se habia extendido desde su grupo a la compania, y de esta a todo el batallon. Don Marcelo adivino su popularidad simpatica en las miradas y sonrisas de los soldados que pasaban junto a ellos. Era el hijo generoso de un millonario. Y esta popularidad lo acaricio a el igualmente al circular la noticia de que habia llegado el padre del sargento Desnoyers, un potentado que poseia fabulosas riquezas al otro lado del mar. -He adivinado tus deseos- continuo el viejo. Y buscaba con la vista los sacos traidos desde el automovil por las tortuosidades del camino subterraneo. Todas las hazanas de su hijo ensalzadas y amplificadas por Argensola desfilaban ahora por su memoria. Tenia al heroe ante sus ojos. -?Estas contento?... ?No te arrepientes de tu decision?... -Si; estoy contento, papa...; muy contento. Julio hablo sin jactancias, modestamente. Su vida era dura, pero igual a la de millones de hombres. En su seccion, que solo se componia de unas docenas de soldados, los habia superiores a el por la inteligencia, por sus estudios, por su caracter. Y todos sobrellevaban animosamente la ruda prueba, experimentando la satisfaccion del deber cumplido. Ademas, el peligro en comun servia para desarrollar las mas nobles virtudes de los hombres. Nunca en tiempo de paz habia sabido como ahora lo que era el companerismo. ?Que sacrificios tan hermosos habia presenciado! -Cuando esto termine, los hombres seran mejores..., mas generosos. Los que queden con vida podran hacer grandes cosas. Si; estaba contento. Por primera vez paladeaba el goce de considerarse util, la conviccion de que servia para algo, de que su paso por el mundo no resultaria infructuoso. Se acordaba con lastima de aquel Desnoyers que no sabia como ocupar el vacio de su existencia y lo rellenaba con toda clase de frivolidades. Ahora tenia obligaciones que absorbian todas sus fuerzas; colaboraba en la formacion del futuro, era un hombre. -Estoy contento- repitio. El padre lo creia. Pero en un rincon de su mirada franca se imagino ver algo doloroso, un recuerdo tal vez del pasado que persistia entre las emociones del presente. Cruzo por su memoria la gentil figura de la senora Laurier. Adivino que su hijo aun se acordaba de ella. «?Y no poder traersela!...» El padre rigido del ano anterior se contemplo con asombro al formular mentalmente este deseo inmoral. Pasaron un cuarto de hora sin soltarse las manos, mirandose en los ojos. Julio pregunto por su madre y por Chichi. Recibia cartas de ellas con frecuencia, pero esto no bastaba a su curiosidad. Rio al conocer la vida amplia y abundante de Argensola. Estas noticias, que le alegraban, venian de un mundo que solo estaba a cien kilometros en linea recta, pero tan lejano..., ?tan lejano! De pronto noto el padre que le oia con menos atencion. Sus sentidos, aguzados por una vida de alarmas y asechanzas, parecian apartarse de alli, atraidos por el tiroteo.






Ya no eran disparos aislados. Se unian, formando un crepitamiento continuo. Aparecio el senador, que se habia alejado para que el padre y el hijo hablasen con mas libertad. -Nos echan de aqui, amigo mio. No tenemos suerte en nuestras visitas. Ya no pasaban soldados. Todos habian acudido a ocupar sus puestos, como en un buque que se prepara al combate. Julio tomo su fusil, que habia dejado contra el talud. En el mismo instante salto un poco de polvo encima de la cabeza de su padre: se formo un pequeno agujero de la tierra. -Pronto, lejos de aqui- dijo empujando a don Marcelo. En el interior de una trinchera cubierta fue la despedida, breve, nerviosa: «Adios, papa». Un beso y le volvio la espalda. Deseaba correr cuanto antes al lado de los suyos. Se habia generalizado el fuego en toda la linea. Los soldados disparaban serenamente, como si cumpliesen una funcion ordinaria. Era un combate que surgia todos los dias, sin saber ciertamente quien lo habia iniciado, como una consecuencia del emplazamiento de dos masas armadas a corta distancia, frente a frente. El jefe del batallon abandono a sus visitantes temiendo una intentona de ataque. Otra vez el oficial encargado de guiarlos se puso a la cabeza de la fila y empezaron a desandar el camino tortuoso y resbaladizo. El senor Desnoyers marchaba con la cabeza baja, colerico por esta intervencion del enemigo que habia cortado su dicha. Ante sus ojos revoloteaba la mirada de Julio, su barba negra y rizosa, que era para el la mayor novedad del viaje. Oia su voz grave de hombre que ha encontrado un nuevo sentido a la vida. -Estoy contento, papa...; estoy contento. El tiroteo, cada vez mas lejano, le producia una dolorosa inquietud. Luego sintio una fe instintiva, absurda, firmisima. Veia a su hijo hermoso e inmortal como un dios. Tenia el presentimiento de que su vida saldria intacta de todos los peligros. Que muriesen otros era natural; pero ?Julio!... Mientras caminaba, alejandose de el, la esperanza parecia cantar en su oido. Y como un eco de sus gratas afirmaciones, el padre repitio mentalmente: «No hay quien lo mate. Me lo anuncia el corazon, que nunca me engana... ?No hay quien lo mate!»


                                                IV


                                 NO HAY QUIEN LO MATE


Cuatro meses despues, la confianza de don Marcelo sufrio un rudo golpe. Julio estaba herido. Pero al mismo tiempo que recibia la noticia con un retraso lamentable. Lacour le tranquilizo con sus averiguaciones en el ministerio de la Guerra. El sargento Desnoyers era subteniente, su herida estaba casi curada y gracias a las gestiones del senador vendria a pasar una quincena de convalecencia al lado de su familia. -Un valiente, amigo mio -termino diciendo el personaje-. He leido lo que dicen de el sus jefes. Al frente de su peloton ataco a una compania alemana; mato por su mano al capitan; hizo no se cuantas hazanas mas. Le han dado la Medalla Militar, lo han hecho oficial... Un verdadero heroe. Y el padre, llorando de emocion, movia la cabeza, temblorosamente, cada vez mas envejecido y mas entusiasta. Se arrepintio de su falta de fe en los primeros momentos, al recibir la noticia de la herida. Casi habia creido que su hijo podia






morir. ?Un absurdo!... A Julio no habia quien lo matase; se lo afirmaba el corazon. Lo vio entrar un dia en su casa, entre gritos y espasmos de las mujeres. La pobre dona Luisa lloraba abrazada a el, colgandose de su cuello con estertores de emocion. Chichi lo contemplo grave y reflexiva, colocando la mitad de su pensamiento en el recien llegado, mientras el resto volaba lejos, en busca de otro combatiente. Las doncellas cobrizas se disputaron la abertura de un cortinaje, pasando por este hueco sus curiosas miradas de antilope. El padre admiro el pequeno retazo de oro en las bocamangas del capoton con los faldones abrochados atras, examinando despues el casco azul oscuro de bordes planos adoptado por los franceses para la guerra de trincheras. El quepis tradicional habia desaparecido. Un airoso capacete, semejante al de los arcabuceros de los tercios espanoles, sombreaba el rostro de Julio. Se fijo unicamente en su barba corta y bien cuidada, distinta de la que el habia visto en las trincheras. Iba limpio y acicalado por su reciente salida del hospital. -?No es verdad que se me parece?- dijo el viejo con orgullo. Dona Luisa protesto, con la intransigencia que muestran las madres en materia de semejanzas. -Siempre ha sido tu vivo retrato. Al verlo sano y alegre, toda la familia experimento una repentina inquietud. Deseaba examinar su herida para convencerse de que no corria ningun peligro. -?Si no es nada! -protesto el subteniente-. Un balazo en un hombro. Los medicos temieron que perdiese el brazo izquierdo; pero todo ha quedado bien... No hay que acordarse. Chichi reviso a Julio con los ojos, de pies a cabeza, descubriendo inmediatamente los detalles de su elegancia militar. El capote estaba rapado y sucio, las polainas aranadas, olia a pano sudado, a cuero, a tabaco fuerte; pero en una muneca llevaba un reloj de platino y en la otra la medalla de identidad sujeta con una cadena de oro. Siempre habia admirado al hermano por su buen gusto ingenito, y guardo en su memoria estos detalles para comunicarlos por escrito a Rene. Luego penso en la conveniencia de sorprender a mama con una demanda de emprestito para hacer por su cuenta un envio al artillero. Don Marcelo contemplaba ante el quince dias de satisfaccion y de gloria. El subteniente Desnoyers no pudo salir solo a la calle. El padre rondaba por el recibimiento ante el casco que se exhibia en el perchero con un fulgor molesto y glorioso. Apenas Julio lo colocaba en su cabeza, surgia su progenitor, con sombreros y baston, dispuesto a salir igualmente. -?Me permites que te acompane?... ?No te molesto? Lo decia con tal humildad, con un deseo vehemente de ver admitido su ruego, que el hijo no osaba repeler su acompanamiento. Para callejear con Argensola tenia que escurrirse por la escalera de servicio y valerse de otras astucias de colegial. Nunca el senor Desnoyers habia marchado tan satisfecho por las calles de Paris como al lado de este moceton con su capote de gloriosa vejez y el pecho realzado por dos condecoraciones: la Cruz de Guerra y la Medalla Militar. Era un heroe, y este heroe era su hijo. Las miradas simpaticas del publico en los tranvias y en el ferrocarril subterraneo las aceptaba como un homenaje para ambos. Las ojeadas interesantes que las mujeres lanzaban al buen mozo le producian cierto cosquilleo de vanidad e inquietud. Todos los militares que encontraba, por mas galones y cruces que ostentasen, le parecian emboscados indignos de compararse con Julio. Los heridos que descendian de los coches apoyandose en palos y muletas le inspiraban un sentimiento de lastima humillante para ellos. ?Desgraciados!... No tenian la suerte de su hijo. A este no habia quien lo matase, y cuando por casualidad recibia una herida, sus vestigios se borraban acto seguido, sin detrimento de la gallardia de su persona. Algunas veces, especialmente por la noche, mostraba una inesperada magnanimidad, dejando que Julio saliese solo. Se acordaba de su juventud






triunfadora en amores, que tantos exitos habia conseguido antes de la guerra. ?Que no tendria ahora con su prestigio de soldado valeroso!... Paseando por su dormitorio antes de acostarse, se imaginaba al heroe en la amable compania de una gran dama. Solo una celebridad femenina era digna de el; su orgullo paternal no aceptaba menos... Y nunca se le podia ocurrir que Julio estaba con Argensola en un music-hall, en un cinematografo, gozando de las monotonas y simples diversiones de Paris ensombrecido por la guerra, con la simplicidad de gustos de un subteniente, y que en punto a exitos amorosos su buena fortuna no iba mas alla de la renovacion de algunas amistades antiguas. Una tarde, cuando marchaba a su lado por los Campos Eliseos, se estremecio viendo a una dama que venia en direccion contraria. Era la senora Laurier... ?La reconoceria Julio? Creyo percibir que este se tornaba palido, volviendo los ojos hacia otras personas con afectada distraccion. Ella siguio adelante, erguida, indiferente. El viejo casi se irrito ante tal frialdad. ?Pasar junto a su hijo sin que el instinto le avisase su presencia! ?Ah las mujeres!... Volvio la cabeza para seguirla; pero inmediatamente tuvo que desistir de su atisbo. Habia sorprendido a Margarita inmovil detras de ellos, con la palidez de la sorpresa, fijando una mirada profunda en el militar que se alejaba. Don Marcelo creyo leer en sus ojos la admiracion, el amor, todo un pasado que resurgia de pronto en su memoria. ?Pobre mujer!... Sintio por ella un carino paternal, como si fuese la esposa de Julio. Su amigo Lacour habia vuelto a hablarle del matrimonio Laurier. Sabia que Margarita iba a ser madre. Y el viejo, sin tener en cuenta la reconciliacion de los esposos ni el paso del tiempo, se sintio emocionado por esta maternidad como si su hijo hubiese intervenido en ella. Mientras tanto, Julio seguia marchando sin volver la cabeza, sin enterarse de esta mirada fija en su dorso, palido y canturreando para disimular su emocion. Y nunca supo nada. Siguio creyendo que Margarita habia pasado junto a el sin conocerle, pues el viejo guardo silencio. Una de las preocupaciones de don Marcelo era conseguir que su hijo relatase el encuentro de guerra en que habia sido herido. No llegaba visitante a su casa para ver al subteniente sin que el viejo dejase de formular la misma peticion: -Cuentanos como te hirieron... Explica como mataste al capitan aleman. Julio se excusaba con visible molestia. Ya estaba harto de su propia historia. Por complacer a su padre habia hecho el relato ante el senador, ante Argensola y Tchernoff en su estudio, ante otros amigos de la familia que habian venido a verlo... No podia mas. Y era su padre el que acometia la narracion por su propia cuenta, dandole relieve y los detalles de un hecho visto por sus propios ojos. Habia que apoderarse de las ruinas de una refineria de azucar enfrente de la trinchera. Los alemanes habian sido expulsados por el canoneo frances. Era necesario el reconocimiento guiado por un hombre seguro. Y los jefes habian designado, como siempre, al sargento Desnoyers. Al romper el dia, el peloton habia avanzado cautelosamente, sin encontrar obstaculos. Los soldados se esparcieron por las ruinas. Julio fue solo hasta el final de ellas, con el proposito de examinar las posiciones del enemigo, cuando, al dar vuelta a un angulo de la pared, tuvo el mas inesperado de los encuentros. Un capitan aleman estaba frente a el. Casi habian chocado al doblar la esquina. Se miraron en los ojos, con mas sorpresa que odio, al mismo tiempo que buscaban matarse por instinto, procurando cada uno ganar al otro en velocidad. El capitan habia soltado la carta del pais que llevaba en las manos. Su diestra busco el revolver, forcejeando para sacarlos de la funda., sin apartar un instante la mirada del enemigo. Luego desistio, con la conviccion de que este movimiento era inutil. Demasiado tarde.. Sus ojos desmesuradamente abiertos por la proximidad de la muerte, siguieron fijos en el frances. Este se habia echado el fusil a la cara. Un tiro casi a quemarropa... y el aleman cayo redondo. Solo entonces se fijo en el ordenanza del capitan, que marchaba algunos pasos






detras de este. El soldado disparo su fusil contra Desnoyers, hiriendole en un hombro. Acudieron los franceses, matando al ordenanza. Luego cruzaron un vivo fuego con la compania enemiga, que habia hecho alto mas alla mientras su jefe exploraba el terreno. Julio, a pesar de la herida, continuo al frente de su seccion, defendiendo la fabrica contra fuerzas superiores, hasta que al fin llegaron auxilios y el terreno quedo definitivamente en poder de los franceses. -?No fue asi, hijo mio?- terminaba don Marcelo. El hijo asentia, deseoso de que acabase cuanto antes un relato molesto por su persistencia. Si; asi habia sido. Pero lo que ignoraba su padre, lo que el no diria nunca, era el descubrimiento que habia hecho despues de matar al capitan. Los dos hombres, al mirarse frente a frente durante un segundo, mostraron en sus ojos algo mas que la sorpresa del encuentro y el deseo de suprimirse. Desnoyers conocia a aquel hombre. El capitan, por su parte, le conocia a el. Lo adivino en su gesto... Pero cada uno de ellos, con la preocupacion de matar para seguir viviendo, no podia reunir sus recuerdos. Desnoyers hizo fuego con la seguridad de que mataba a una persona conocida. Luego, mientras dirigia la defensa de la posicion, aguardando la llegada de refuerzos, se le ocurrio la sospecha de que aquel enemigo cuyo cadaver estaba a poca distancia podia ser un individuo de su familia, uno de los Hartrott. Parecia, sin embargo, mas viejo que sus primos y mucho mas joven que su tio Karl. Este, con sus anos, no iba a figurar como simple capitan de Infanteria. Cuando, debilitado por l perdida de sangre, pudo ser conducido a las trincheras, el sargento quiso ver el cuerpo de su enemigo. Sus dudas continuaron ante la faz empalidecida por la muerte. Los ojos abiertos parecian guardar aun la impresion de la sorpresa. Aquel hombre lo conocia indudablemente; el tambien conocia aquella cara. ?Quien era?... De pronto, con su imaginacion vio el mar, y vio un gran buque, una mujer alta y rubia que lo miraba con los ojos entornados, un hombre fornido y bigotudo que hacia discursos imitando el estilo de su emperador. «Descansa en paz, capitan Erckmann». Asi habian venido a terminar, en un rincon de Francia, las discusiones entabladas en medio del Oceano. Se disculpo mentalmente, como si estuviese en presencia de la dulce Berta. Habia tenido que matar para que no lo matasen. Asi es la guerra. Intento consolarse pensando que Erckmann tal vez habia caido sin identificarle, sin saber que su matador era el companero de viaje de meses antes... Y guardo secreto en lo mas profundo de su memoria este encuentro preparado por la fatalidad. Se abstuvo de comunicarlo a su amigo Argensola, que conoci los incidentes de la travesia atlantica. Cuando menos lo esperaba, don Marcelo se encontro al final de aquella existencia de alegria y orgullo que le habia proporcionado la presencia de su hijo. Quince dias transcurren pronto. El subteniente se marcho, y toda la familia, despues de este periodo de realidades, tuvo que volver a las caricias enganosas de la ilusion y la esperanza, aguardando la llegada de las cartas, haciendo conjeturas sobre el silencio del ausente, enviandole paquete tras paquete con todo lo que el comercio ofrecia para los militares: cosas utiles y absurdas. La madre cayo en un gran desaliento. El viaje de Julio habia servido para hacerle sentir, con mas intensidad, su ausencia. Viendole, escuchando aquellos relatos d muerte que el padre se complacia en repetir, se dio mejor cuenta de los peligros que rodeaban a su hijo. La fatalidad parecia avisarla con funebres presentimientos. -Lo van a matar -decia a su marido-. Esa herida es un aviso del cielo. Al salir a la calle temblaba de emocion ante los soldados invalidos. Los convalecientes de aspecto energico proximos a volver al frente, aun le inspiraban mayor lastima. Se acordo de un viaje a San Sebastian con su esposo, de una corrida de toros que le habia hecho gritar de indignacion y lastima, apiadada de la suerte de los pobres caballos. Quedaban las entranas colgando y eran sometidos en los corrales a una rapida cura, para volver a salir a la arena enardecidos por falsas






energias. Repetidas veces aguantaban esta recomposicion macabra, hasta que al fin llegaba la ultima cornada, la definitiva... Los hombres recien curados evocaban en ella la imagen de las pobres bestias. Algunos habian sido heridos tres veces desde el principio de la guerra y volvian remendados y galvanizados a someterse a la loteria de la suerte, siempre en espera del golpe supremo... ?Ay su hijo! Se indignaba Desnoyers oyendo a su esposa. -Pero ?si a Julio no hay quien lo mate!... Es mi hijo. Yo he pasado en mi juventud por terribles peligros. Tambien me hirieron en las guerras del otro mundo, y, sin embargo, aqui me tiene cargado de anos. Los sucesos se encargaban de robustecer su fe ciega. Llovian desgracias en torno de la familia, entristeciendo a sus allegados, y ni una sola rozaba al intrepido subteniente, que insistia en sus hazanas con un desenfado de mosquetero. Dona Luisa recibio una carta de Alemania. Su hermana le escribia desde Berlin, valiendose de un Consulado sudamericano en Suiza. Esta vez la senora Desnoyers lloro por alguien que no era su hijo: lloro por Elena y por los enemigos. En Alemania tambien habia madres, y ella colocaba el sentimiento de la maternidad por encima de todas las diferencias raciales y patrioticas. ?Pobre senora von Hartrott! Su carta, escrita un mes antes, solo contenia funebres noticias y palabras de desesperacion. El capitan Otto habia muerto. Muerto tambien uno de sus hermanos menores. Este, al menos, ofrecia a la madre el consuelo de haber caido en un territorio dominado por los suyos. Podia llorar junto a su tumba. El otro estaba enterrado en suelo frances; nadie sabia donde. Jamas descubriria ella sus restos, confundidos con centenares de cadaveres; ignoraria eternamente donde se consumia este cuerpo salido de sus entranas... Un tercer hijo estaba herido en Polonia. Sus dos hijas habian perdido a sus prometidos, y la desesperaban con su mudo dolor. Von Hartrott seguia presidiendo sociedades patrioticas, y hacia planes d engrandecimiento sobre la proxima victoria, pero habia envejecido mucho en los ultimos meses. El sabio era el unico que se mantenia firme. Las desgracias de la familia recrudecian la ferocidad del profesor Julius von Hartrott. Calculaba, para un libro que estaba escribiendo, los centenares de miles de millones que Alemania debia exigir despues de su triunfo y las partes de Europa que necesitaba hacer suyas... La senora Desnoyers creyo escuchar desde la avenida de Victor Hugo aquel llanto de la madre que corria silencioso en una casa de Berlin. «Comprenderas mi desesperacion, Luisa... ?Tan felices que eramos! ?Que Dios castigue a los que han hecho caer sobre el mundo tantas desgracias! El emperador es inocente. Sus enemigos tienen la culpa de todo...» Don Marcelo callaba en presencia de su esposa. Compadecia a Elena por su infortunio, pasandose por alto las afirmaciones politicas de la carta. Se enternecio, ademas, al ver como lloraba dona Luisa a su sobrino Otto. Habia sido su madrina de bautizo, y Desnoyers, su padrino. Era verdad: don Marcelo lo habia olvidado. Vio con la imaginacion la placida vida de la estancia, los juegos d la chiquilleria rubia, que el acariciaba a espaldas del abuelo, antes que naciese Julio. Durante unos anos habia dedicado a sus sobrinos todo su amor, desorientado por la tardanza de un hijo propio. De buena fe se conmovio al pensar en la desesperacion de Karl. Pero luego, al verse solo, una frialdad egoista borraba estos sentimientos. La guerra era la guerra, y los otros la habian buscado. Francia debia defenderse, y cuantos mas enemigos cayesen, mejor... Lo unico que debia interesarle a el era Julio. Y su fe en los destinos del hijo le hizo experimentar una alegria brutal, una satisfaccion de padre carinoso hasta la ferocidad. -A ese no hay quien lo mate... Me lo dice el corazon. Otra desgracia mas proxima quebranto su calma. Un anochecer, al regresar a la avenida de Victor Hugo, encontro a dona Luisa con aspecto de terror llevandose las manos a la cabeza.. -La nina, Marcelo... ?La nina!





Chichi estaba en el salon tendida en un sofa, palida, con una blancura verdosa, mirando ante ella fijamente, como si viese a alguien en el vacio. No lloraba; solo un ligero brillo de nacar hacia temblar sus ojos redondeados por el espanto. -?Quiero verlo! -dijo con voz ronca-. ?Necesito verlo! El padre adivino que algo terrible le habia ocurrido al hijo de Lacour. Unicamente por esto podia mostrar Chichi tal desesperacion. Su esposa le fue relatando la triste noticia. Rene estaba herido, gravemente herido. Un proyectil habia estallado sobre su bateria, matando a muchos de sus companeros. El oficial habia sido extraido de un monton de cadaveres: le faltaba una mano, tenia heridas en las piernas, en el tronco, en la cabeza. -?Quiero verlo!- repetia Chichi. Y don Marcelo tuvo que hacer grandes esfuerzos para que su hija desistiese de esta testarudez dolorosa que la impulsaba a exigir un viaje inmediato al frente, atropellando obstaculos, hasta llegar al lado del herido. El senador acabo por convencerla. Habia que esperar; el, que era su padre, tenia que resignarse. Estaba gestionando que Rene fuese trasladado a un hospital de Paris. El gran hombre inspiro lastima a Desnoyers. Hacia esfuerzos por conservar su serenidad estoica de padre a estilo antiguo, recordaba a sus ascendientes gloriosos y a todas las figuras heroicas de la Republica romana. Pero estas ilusiones de orador se desplomaban de pronto, y su amigo le sorprendio llorando mas de una vez. ?Un hijo unico, y podia perderlo!... El mutismo de Chichi le inspiraba aun mayor conmiseracion. No lloraba: su dolor era sin lagrimas, sin desmayos. La palidez verdosa de su rostro, el brillo de fiebre de sus ojos, una rigidez que la hacia marchar como un automata, eran los unicos signos de su emocion. Vivia con el pensamiento alejado, sin darse cuenta de lo que la rodeaba. Cuando el herido llego a Paris, ella y el senador se transfiguraron. Iban a verlo, y esto basto para que se imaginasen que ya se habia salvado. La novia corrio al hospital con su futuro suegro y su madre. Luego fue sola, quiso quedarse alli, vivir al lado del herido, declarando la guerra a todos los reglamentos, chocando con monjas y enfermeras, que le inspiraban un odio de rivalidad. Pero al ver el escaso resultado de sus violencias, se empequenecio, se hizo humilde, pretendiendo ganar con sus gracias una a una a todas las mujeres. Al fin consiguio pasar gran parte del dia junto a Rene. Desnoyers tuvo que retener sus lagrimas al contemplar al artillero en la cama... ?Ay! ?Asi podia verse su hijo!... Le parecio una momia egipcia, a causa de su envoltura de apretados vendajes. Los cascos de obus le habian acribillado. Solo pudo ver unos ojos dulces y un bigotillo rubio asomando entre las tiras blancas. El pobre sonreia a Chichi, que velaba junto a el con cierta autoridad, como si estuviese en su casa. Transcurrieron dos meses. Rene se mejoro; ya estaba casi restablecido. Su novia habia dudado de esta curacion desde que la dejaron permanecer junto a el. -A mi no se me muere quien yo quiera -decia con una fe semejante a la de su padre-. ?A cualquier hora permito que los boches me dejen sin marido! Conservaba a su soldadito de azucar, pero en un estado lamentable... Nunca don Marcelo se dio cuenta del horror de la guerra como al ver entrar en su casa a este convaleciente que habia conocido meses antes fino y esbelto, con una belleza delicada y algo femenil. Tenia el rostro surcado por varias cicatrices, que formaban un arabesco violaceo. Su cuerpo guardaba ocultas otras semejantes. La mano izquierda habia desaparecido con un parte del antebrazo. La manga colgaba sobre el vacio doloroso del miembro ausente; la otra mano se apoyaba en un baston, auxilio necesario para poder mover una pierna que no queria recobrar su elasticidad. Pero Chichi estaba contenta. Veia a su soldadito con mas entusiasmo que nunca: un poco deformado, pero muy interesante. Ella, seguida de su madre, acompanaba al herido para que pasease por el Bosque. Sus miradas se volvian fulminante cuando, al atravesar una calle, automovilistas y cocheros no retenian su carrera para dejar paso al invalido... «?Emboscados sin verguenza?...» Sentia la misma alma






iracunda de las mujeres del pueblo que en otros tiempos insultaban a Rene viendolo sano y feliz. Temblaba de satisfaccion y orgullo al devolver el saludo a sus amigas. Sus ojos hablaban: «Si; ese es mi novio... Un heroe». Le preocupaba la Cruz de Guerra puesta en el pecho de la blusa horizonte. Sus manos cuidaban de su arreglo para que se destacase con mayor visualidad. Se ocupaba en prolongar la vida de su uniforme, siempre el mismo, el viejo, el que llevaba en el momento de ser herido. Uno nuevo le daria cierto aire de militar oficinesco, de los que se quedaban en Paris. En vano Rene, cada vez mas fuerte, queria emanciparse de sus cuidados dominadores. Era inutil que intentase marchar con ligereza y soltura. -Apoyate en mi. Y tenia que tomar el brazo de su novia. Todos los planes de ella para el futuro se basaban en la fiereza con que protegeria a su marido, en los cuidados que iba a dedicar a su debilidad. -?Mi pobre invalidito! -decia con susurro amoroso-. ?Tan feo y tan inutil que me lo han dejado esos pillos!... Pero, por suerte, me tiene a mi, que le adoro..... Nada importa que te falte una mano; yo te cuidare. Seras mi hijito. Vas ver, cuando nos casemos, con que regalo vives, como te llevare de elegante y acicalado... Pero ?ojo con las otras! Mira que a la primera que me hagas, invalidito, te dejo abandonado a tu inutilidad. Desnoyers y el senador tambien se ocupaban del futuro de ellos, pero de un modo mas positivo. Habia que realizar el matrimonio cuanto antes. ?Que esperaban?... La guerra no era un obstaculo. Se efectuaban mas casamientos que nunca, en el secreto de la intimidad. El tiempo no era de fiestas. Y Rene Lacour se quedo para siempre en la casa de la avenida de Victor Hugo despues de la ceremonia nupcial, presenciada por una docena de personas. Don Marcelo habia sonado otras cosas para su hija: una boda ruidosa, de la que hablasen largamente los periodicos; un yerno de brillante porvenir... Pero, ?ay!, la guerra... Todos veian destruidas a aquellas horas algunas de sus ilusiones. Se consolo apreciando su situacion. ?Que le faltaba? Chichi era feliz, con una alegria egoista y ruidosa que dejaba en olvido todo lo que no fuese su amor. Sus negocios no podian resultar mejores. Despues de la crisis de los primeros momentos, las necesidades de los beligerantes arrebataban los productos de sus estancias. Jamas habia alcanzado la carne precios tan altos. El dinero afluia a el con mas impetu que antes y los gastos de su vida habian disminuido... Julio estaba en peligro de muerte; pero el tenia la conviccion de que nada malo podia ocurrirle. Su unica preocupacion era permanecer tranquilo, evitandose las emociones fuertes. Experimentaba cierta alarma al considerar la frecuencia con que se sucedian en paris los fallecimientos de personas conocidas: politicos, artistas, escritores. Todos los dias caia alguien de cierto nombre. La guerra no solo mataba n el frente. Sus emociones volaban como flechas por las ciudades tumbando a los quebrantados, a los debiles, que en tiempo normal habrian prolongado su existencia. «?Atencion, Marcelo! -se decia con un regocijo egoista-. Mucha alma. Hay que evitar a los cuatro jinetes del amigo Tchernoff». Paso una tarde en el estudio conversando con este y Argensola de las noticias que publicaban los periodicos. Se habia iniciado una ofensiva de los franceses en Champana, con grandes avances y muchos prisioneros. Desnoyers penso en la perdida de vidas que esto podia representar. Pero la suerte de Julio no le hizo sentir ninguna inquietud. Su hijo no estaba en aquella parte del frente. El dia anterior habia recibido una carta de el fechada una semana antes; pero casi todas llegaban con igual retraso. El subteniente Desnoyers se mostraba animoso y alegre. Lo iban a ascender de un momento a otro; figuraba entre los propuestos para la Legion de Honor. Don Marcelo se veia en lo futuro padre de un general joven, como los de la Revolucion. Contemplo los bocetos en torno de el,






admirandose de que la guerra hubiese torcido de un modo tan extraordinario la carrera de su hijo. Al volver a su casa se cruzo con Margarita Laurier, que iba vestida de luto. El senador le habia hablado de ella pocos dias antes. Su hermano el artillero acababa de morir en Verdun. «?Cuantos caen! -se dijo-. ?Como estara su pobre madre!» Pero inmediatamente sonrio al recordar a los que nacian. Nunca se habia preocupado la gente como ahora de acelerar la reproduccion. La misma senora Laurier ostentaba con orgullo la redondez de su maternidad, que habia llegado a los mayores extremos visibles. Sus ojos acariciaron el volumen vital que se delataba bajo los velos del luto. Otra vez penso en Julio, sin tener en cuenta el curso del tiempo. Sintio la atraccion de la criatura futura, como si tuviese con ella algun parentesco; se prometio ayudar generosamente al hijo de los Lauriers si alguna vez lo encontraba en la vida. Al entrar en su casa, dona Luisa le salio al paso para manifestarle que Lacour le estaba esperando. -Vamos a ver que cuenta nuestro ilustre consuegro- dijo alegremente. La buena senora estaba inquieta. Se habia alarmado, sin saber por que, ante el gesto solemne del senador, con ese instinto femenil que perfora las precauciones de los hombres, adivinando lo que hay oculto detras de ellas. Habia visto, ademas, que Rene y su padre hablaban en voz baja, con una emocion contenida. Rondo con irresistible curiosidad por las inmediaciones del despacho, esperando oir algo. Pero su espera no fue larga. De repente, un grito..., un alarido..., una voz como solo puede emitirla un cuerpo al que se le escapan las fuerzas. Y dona Luisa entro a tiempo para sostener a su marido, que se venia al suelo. El senador se excusaba, confuso, ante los muebles, ante las paredes, volviendo la espalda en su aturdimiento al cabizbajo Rene, que era el unico que podia oirle. -No me ha dejado terminar... Ha adivinado desde la primera palabras... Chichi se presento, atraida por el grito, para ver como su padre se escapaba de los brazos de su esposa, cayendo en un sofa, rodando luego por el suelo, con los ojos vidriosos y salientes, con la boca contraida, llorando espuma. Un lamento se extendio por las lujosas habitaciones, un quejido, siempre el mismo, que pasaba por debajo de las puertas hasta la escalera majestuosa y solitaria. -?Oh Julio!... ?Oh hijo mio!...


                                         V


                                 CAMPOS DE MUERTE


Iba avanzando el automovil lentamente, bajo el cielo livido de una manana de invierno. Temblaba el suelo a lo lejos con blancas palpitaciones semejantes al aleteo de una banda de mariposas posadas en unos surcos. Sobre unos campos el enjambre era denso, en otros formaba pequenos grupos. Al aproximarse el vehiculo, las blancas mariposas se animaban con nuevos colores. Un ala se volvia azul, otra encarnada... Eran pequenas banderas, a cientos, a miles, que se estremecian dia y noche con la tibia brisa impregnada del sol, con el huracan acuoso de las mananas palidas, con el frio mordiente de las noches interminables. La lluvia habia lavado y relavado sus colores, debilitandolos. Las telas inquietas tenian sus bordes roidos por la humedad. Otras estaban quemadas por el sol, como insectos que acabasen de rozar el fuego.






Las banderas dejaban entrever con las palpitaciones de su temblor lenos negros que eran cruces. Sobre estos maderos aparecian quepis oscuros, gorros rojos, cascos rematados por cabellera de crines que se pudrian lentamente, llorando lagrimas atmosfericas por todas sus puntas -?Cuanto muerto!- suspiro en el interior del automovil la voz de don Marcelo. Y Rene, que iba enfrente de el, movio la cabeza con triste asentimiento. Dona Luisa miraba la funebre llanura, mientras sus labios se estremecian levemente con un rezo continuo. Chichi volvia a un lado y a otro sus ojos agrandados por el asombro. Parecia mas grande, mas fuerte, a pesar de la palidez verdosa que decoloraba su rostro. Las dos senoras iban vestidas de luto, con luengos velos. De luto tambien el padre, hundido en su asiento, con aspecto de ruina, las piernas cuidadosamente envueltas en una manta de pieles. Rene conservaba su uniforme de campana, llevando sobre el un corto impermeable de automovilista. A pesar de sus heridas, no habia querido retirarse del Ejercito. Estaba agregado a una oficina tecnica hasta la terminacion de la guerra. La familia Desnoyers iba a cumplir su deseo. Al recobrar sus sentidos despues de la noticia fatal, el padre habia concentrado toda su voluntad en una peticion: -Necesito verlo... ?Oh mi hijo!... ?Mi hijo! Inutilmente el senador le demostro la imposibilidad de este viaje. Se estaban batiendo todavia en la zona donde habia caido Julio. Mas adelante tal vez fuese posible la visita. «Quiero verlo», insistio el viejo. Necesitaba contemplar la tumba del hijo antes de morir el a su vez. Y Lacour tuvo que esforzarse durante cuatro meses, formulando suplicas y forzando resistencias, para conseguir que don Marcelo pudiese realizar este viaje. Un automovil militar se llevo, al fin, una manana a todos los de la familia Desnoyers. El senador no pudo ir con ellos. Circulaban rumores de una proxima modificacion ministerial, y el debia mostrarse en la Alta Camara, por si la Republica reclamaba sus servicios un tanto menospreciados. Pasaron la noche en una ciudad de provincia, donde estaba la Comandancia de un Cuerpo de ejercito. Rene tomo informes de los oficiales que habian presenciado el gran combate. Con el mapa a la vista fue siguiendo sus explicaciones, hasta conocer la seccion de terreno en que se habia movido el regimiento de Julio. A la manana siguiente reanudaron el viaje. Un soldado que habia tomado parte en la batalla les servia de guia, sentado en el pescante al lado del chofer. Rene consultaba de cuando en cuando el mapa extendido sobre sus rodillas y hacia preguntas al soldado. El regimiento de este se habia batido junto al de Desnoyers, pero no podia recordar con exactitud los lugares pisados por el meses antes. El campo habia sufrido transformaciones. Presentaba un aspecto distinto de cuando lo vio cubierto de hombres, entre las peripecias del combate. La soledad le desorientaba... Y el automovil fue avanzando con lentitud, sin mas norte que los grupos de sepulturas, siguiendo la carretera central, lisa y blanca, metiendose por los caminos transversales; zanjas tortuosas, barrizales de relejes profundos, en los que daba grandes saltos que hacian chillar sus muelles.. A veces seguia a campo traviesa, de un grupo de cruces a otro, aplastando con la huella de sus neumaticos los surcos abiertos por la labranza. Tumbas..., tumbas por todos lados. Las blancas langostas de la muerte cubrian el paisaje. No quedaba un rincon libre de este aleteo glorioso y funebre. La tierra gris recien abierta por el arado, los caminos amarillentos, las arboledas oscuras, todo palpitaba con una ondulacion incansable. El suelo parecia gritar; sus palabras eran las vibraciones de las inquietas banderas. Y los miles de gritos, con una melopea recomenzada incesantemente a traves de los dias y las noches, cantaban el choque monstruoso que habia presenciado esta tierra y del cual guardaba todavia un escalofrio tragico.






-Muertos..., muertos -murmuraba Chichi siguiendo con la vista la fila de cruces que se deslizaba por los flancos del automovil en incesante renovacion. -?Senor, por ellos!... ?Por sus madres!- gemia dona Luisa reanudando su rezo. Aqui se habia desarrollado lo mas terrible del combate, la pelea a uso antiguo, el choque cuerpo a cuerpo, fuera de las trincheras, a la bayoneta, con la culata, con los punos, con los dientes. El guia, que empezaba a orientarse, iba senalando diversos puntos del horizonte solitario. Alli estaban los tiradores africanos; mas aca, los cazadores. Las grandes agrupaciones de tumbas eran de soldados de linea que habian cargado a la bayoneta por los lados del camino. Se detuvo el automovil. Rene bajo detras del soldado para examinar las inscripciones de unas cruces. Tal vez procedian estos muertos del regimiento que buscaban. Chichi bajo tambien maquinalmente, con el irresistible deseo de proteger a su marido. Cada sepultura guardaba varios hombres. El numero de cadaveres podia contarse por los quepis o los cascos que se pudrian y oxidaban adheridos a los brazos de la cruz. Las hormigas formaban rosario sobre las prendas militares, perforadas por agujeros de putrefaccion, y que ostentaban aun la cifra del regimiento. Las coronas con que habia adornado la piedad patriotica algunos de estos sepulcros se ennegrecian y deshojaban. En unas cruces los nombres de los muertos eran todavia claros; en otras, empezaban a borrarse y dentro de poco serian ilegibles. «?La muerte heroica!... ?La gloria!», pensaba Chichi con tristeza. Ni el nombre siquiera iba a sobrevivir de la mayor parte de estos hombres vigorosos desaparecidos en plena juventud. Solo quedaria de ellos el recuerdo que asaltase de tarde en tarde a una campesina vieja guiando su vaca por un camino de Francia y que le haria murmurar entre suspiros: «?Mi pequeno!... ?Donde estara enterrado mi pequeno?» Solo viviria en la mujer del pueblo, vestida de luto, que no sabe como resolver el problema de su existencia; en los ninos que al ir a la escuela con blusas negras, dirian con una voluntad feroz: «Cuando yo sea grande ire a matar boches para vengar a mi padre». Y dona Luisa, inmovil en su asiento, siguiendo con la mirada el paso de Chichi entre las tumbas, volvia a interrumpir su rezo: -?Senor, por las madres sin hijos..., por los pequenos sin padre..., porque tu colera nos olvide y tu sonrisa vuelva a nosotros! El marido, caido en su asiento, miraba tambien el campo funebre. Pero sus ojos se fijaban en unas tumbas sin coronas ni banderas, simples cruces con una tablilla de breve inscripcion. Eran sepulturas alemanas, que parecian formar pagina aparte en el libro de la muerte. A un lado, en las innumerables tumbas francesas, inscripciones de poca cuantia, numeros simples: uno, dos, tres muertos. Al otro lado, en las sepulturas espaciadas y sin adornos, partidas fuertes, guarismos abultados, cifras de un laconismo aterrador. Cercas de palos, largas y estrechas, limitaban estas zanjas rellenas de carne. La tierra blanqueada como si tuviese nieve o salitre. Era la cal revuelta con los terrones. La cruz llevaba en su tablilla la indicacion de que la tumba contenia alemanes, y a continuacion un numero: 200... 300..., 400... Estas cifras obligaban a Desnoyers a realizar un esfuerzo imaginativo. Se decian prontamente, pero no era facil evocar con exactitud la vision de trescientos muertos juntos, trescientos envoltorios de carne humana livida y sangrienta, los correajes rotos, el casco abollado, las notas terminadas en bolas de fango, oliendo a tejidos rigidos en los que se inicia la descomposicion, con los ojos vidriosos y tenaces, con el rictus del supremo misterio, alineandose en capas, lo mismo que si fuesen ladrillos, en el fondo de un zanjon que va a cerrarse para siempre... Y este funebre alineamiento se repetia a trechos por toda la inmensidad de la llanura. Don Marcelo sintio una alegria feroz. Su paternidad doliente experimentaba el consuelo fugitivo de la venganza. Julio habia muerto, y el iba a morir tambien, no






pudiendo sobrellevar su desgracia; pero ?cuantos enemigos consumiendose en estos pudrideros, que dejaban en el mundo seres amados que los recordasen, como el recordaba a su hijo!... Se los imagino tal como debian ser antes del momento de su muerte, tal como el los habia visto en los avances de la invasion en torno de su castillo. Algunos de ellos, los mas ilustrados y temibles, ostentaban en el rostro las teatrales cicatrices de los duelos universitarios. Eran soldados que llevaban libros en la mochila, y despues del fusilamiento de un lote de campesinos o del saqueo de una aldea se dedicaban a leer poetas y filosofos al resplandor de los incendios. Hinchados de ciencia con la hinchazon del sapo, orgullosos de su intelectualidad pedantesca y suficiente, habian heredado la dialectica pesada y tortuosa de los antiguos teologos. Hijos del sofisma y nietos de la mentira, se consideraban capaces de probar los mayores absurdos con las cabriolas mentales a que los tenia acostumbrados su acrobatismo intelectual. El metodo favorito de la tesis, la antitesis y la sintesis lo empleaban para demostrar que Alemania debia ser senora del mundo; que Belgica era la culpable de su ruina por haberse defendido; que la felicidad consiste en vivir todos los humanos regimentados a la prusiana, sin que se pierda ningun esfuerzo; que el supremo ideal de la existencia consiste en el establo limpio y el pesebre lleno; que la libertad y la justicia no representan mas que ilusiones del romanticismo revolucionario frances; que todo hecho consumado resulta santo desde el momento que triunfa, y el derecho es simplemente un derivado de la fuerza. Estos intelectuales con fusil se consideran los paladines de una cruzada civilizadora. Querian que triunfase definitivamente el hombre rubio sobre el moreno; deseaban esclavizar al despreciable hombre del Sur, consiguiendo para siempre que el mundo fuese dirigido por los germanos, la sal de la Tierra, la aristocracia de la Humanidad. Todo lo que en la historia valia algo era aleman. Los antiguos griegos habian sido de origen germanico; alemanes tambien los grandes artistas del Renacimiento italiano. Los hombres del Mediterraneo, con la maldad propia de su origen habian falsificado la Historia. Pero en lo mejor de estos ensuenos ambiciosos, el cruzado del pangermanismo recibia un balazo del latino despreciable, bajando a la tumba con todos sus orgullos. «Bien estas donde estas, pedante belicoso», pensaba Desnoyers, acordandose de las conversaciones con su amigo el ruso. ?Lastima que no estuviesen alli tambien todos los Herr Professor que se habian quedado en las universidades alemanas, sabios de indiscutible habilidad en su mayor parte para desmarcar los productos intelectuales, cambiando la terminologia de las cosas! Estos hombres de barba fluvial y antiparras de oro, pacificos conejos del laboratorio y de la catedra, habian preparado la guerra presente con sus sofismas y su orgullo. Su culpabilidad era mayor que la del Herr Lieutenant de apretado corse y reluciente monoculo, que al desear la lucha y la matanza no hacia mas que seguir sus aficiones profesionales. Mientras el soldado aleman de baja clase pillaba lo que podia y fusilaba ebrio lo que le saltaba al paso, el estudiante guerrero leia en el vivac a Hegel y Nietzsche. Era demasiado culto para ejecutar con sus manos estos actos de justicia historica. Pero el y sus profesores habian excitado todos los malos instintos de la bestia germanica, dandoles un barniz de justificacion cientifica. «Sigue en tu sepulcro, intelectual peligroso», continuaba Desnoyers mentalmente. Los marroquies feroces, los negros de mentalidad infantil, los indostanicos tetricos, le parecian mas respetables que todas las togas de armino que desfilaban orgullosas y guerreras por los claustros de las universidades alemanas. ?Que tranquilidad para el mundo si desapareciesen sus portadores! Ante la barbarie refinada, fria y modesta del sabio ambicioso, preferia la barbarie pueril y modesta del salvaje: le molestaba menos, y ademas no era hipocrita. Por esto los unicos enemigos que le inspiraban conmiseracion eran los soldados oscuros de pocas letras que se pudrian en aquellas tumbas. Habian sido rusticos del






campo, obreros de fabricas, dependientes de comercio, alemanes glotones, de intestino inconmensurable, que veian en la guerra una ocasion de satisfacer sus apetitos, de mandar y pegar a alguien, despues de pasar la vida en su pais obedeciendo y recibiendo patadas. La historia de su patria no era mas que una serie de correrias hacia el Sur, semejante a los malones de los indios, para apoderarse de los bienes de los hombres que viven en las orillas templadas del Mediterraneo. Los Herr Professor habian demostrado que estas expediciones de saqueo representaban un trabajo de alta civilizacion. Y el aleman marchaba adelante, con el entusiasmo de un buen padre que se sacrifica por conquistar el pan de los suyos. Centenares de miles de cartas escritas por familias con manos temblorosas seguian la gran horda germanica en sus avances a traves de las tierras invadidas. Desnoyers habia oido la lectura de algunas de ellas, a la caida de la tarde, ante su castillo arruinado. Eran papeles encontrados en los bolsillos de muertos y prisioneros. «No tengan misericordia con los pantalones rojos. Mata welches: no perdones a los pequenos...» «Procura apoderarte de un piano...» «Me gustaria un buen reloj». «Nuestro vecino el capitan ha enviado a su esposa un collar de perlas ?Y tu solo envias cosas insignificantes!» Avanzaba heroicamente el virtuoso germano, con el doble deseo de engrandecer a su pais y hacer valiosos envios a los hijos. «?Alemania sobre el mundo!» Pero en lo mejor de sus ilusiones caia en la fosa revuelto con otros camaradas que acariciaban los mismos ensuenos. Desnoyers se imagino la impaciencia, al otro lado del Rin, de las piadosas mujeres que esperaban y esperaban. Las listas de muertos no habian dicho nada tal vez de los ausentes. Y las cartas seguian partiendo hacia las lineas alemanas: unas cartas que nunca recibiria el destinatario. «Contesta. Cuando no escribes es tal vez porque nos preparas una buena sorpresa. No olvides el collar. Envianos un piano. Un armario tallado de comedor me gustaria mucho. Los franceses tienen cosas hermosas...» La cruz escueta permanecia inmovil sobre la tierra blanca de cal. Cerca de ella aleteaban las banderas. Se movian a un lado y a otro, como una cabeza que protesta, sonriendo ironicamente. ?No!... ?No!...


* * * *


Siguio avanzando el automovil. El guia senalaba ahora un grupo lejano de tumbas. Alli era indudablemente donde se habia batido el regimiento. Y el vehiculo salio del camino, hundiendo sus ruedas en la tierra removida, teniendo que hacer grandes rodeos para evitar los sepulcros esparcidos caprichosamente por los azares del combate. Casi todos los campos estaban arados. El trabajo del hombre se extendia de tumba en tumba, haciendose mas visible asi como la manana iba repeliendo su envoltura de nieblas. Bajo los ultimos soles del invierno empezaba a sonreir la Naturaleza, ciega, sorda, insensible, que ignora nuestra existencia y acoge indiferente en sus entranas lo mismo a un pobre animalillo humano que a un millon de cadaveres. Las fuentes guardaban todavia sus barbas de hielo; la tierra se desmenuzaba bajo el pie con un crujido de cristal; las charcas tenian arrugas inmoviles; los arboles, negros y dormidos, conservaban sobre el tronco la camisa de verde metalico con que los habia vestido el invierno; las entranas del suelo respiraban un frio absoluto y feroz, semejante al de los planetas apagados y muertos... Pero ya la primavera se habia cenido su armadura de flores en los palacios del tropico, ensillando el verde corcel, que relinchaba con impaciencia: pronto correria los campos, llevando ante






su galope en desordenada fuga a los negros trasgos invernales, mientras a su espalda flotaba la suelta melena de oro como una estela de perfumes. Anunciaban su llegada las hierbas de los caminos cubriendose de minusculos botones. Los pajaros se atrevian a salir de sus refugios para aletear entre los cuervos que graznaban de colera junto a las tumbas cerradas. El paisaje iba tomando bajo el sol una sonrisa falsamente pueril, un gesto de nino que mira con ojos candidos, mientras sus bolsillos estan repletos de cosas robadas. El labriego tenia arado el bancal y relleno de semilla el surco. Podian los hombres seguir matandose; la tierra nada tiene que ver con sus odios, y no por ellos va a interrumpirse el curso de su vida. La reja habia abierto sus renglones rectos e inflexibles, como todos los anos, borrando el pateo de hombres y bestias, los profundos relejes de los canones. Nada desorientaba su testarudez laboriosa. Los embudos abiertos por las bombas los habia rellenado. Algunas veces, el triangulo de acero tropezaba con obstaculos subterraneos: un muerto anonimo y sin tumba. El ferreo aranazo seguia adelante, sin piedad para lo que no se ve. De tarde en tarde se detenia ante obstaculos menos blandos. Eran proyectiles hundidos en el suelo y sin estallar. Desenterraba el campesino el aparato de muerte, que, a veces, con tardia maldad hacia explosion entre sus manos... Pero el hombre de la tierra no conoce el miedo cuando va a buscar el sustento, y continuaba su avance rectilineo, torciendo unicamente al llegar junto a una tumba visible. Los surcos se apartaban piadosamente, rodeando con su pequeno oleaje, como si fuesen islas, a estos pedazos de suelo rematados por banderas o cruces. El terron hundido en una boca livida guardaba en sus entranas los germenes creadores de un pan futuro. Las semillas, como pulpos en gestacion, se preparaban a extender sus tentaculos de sus raices hasta los craneos que pocos meses antes contenian gloriosas esperanzas o monstruosas ambiciones. La vida iba a renovarse una vez mas. El automovil se detuvo. Corrio el guia entre las cruces, inclinandose para descifrar sus borrosas inscripciones. -?Aqui es! Habia encontrado en una sepultura el numero del regimiento. Saltaron con prontitud fuera del vehiculo Chichi y su marido. Luego descendio dona Luisa con una rigidez dolorosa, contrayendo el rostro para ocultar sus lagrimas. Finalmente, los tres se decidieron a ayudar al padre que habia repelido su envoltorio de pieles. ?Pobre senor Desnoyers! Al tocar el suelo vacilo sobre sus piernas, luego fue avanzando trabajosamente, moviendo los pies con dificultad, hundiendo su baston en los surcos. -Apoyate, mi viejo- dijo la esposa ofreciendole un brazo. El autoritario jefe de familia no podia moverse ahora sin la proteccion de los suyos. Se inicio la marcha entre las tumbas, lenta, penosa. Exploraba el guia el matorral de cruces, deletreando nombres, permaneciendo indeciso ante los rotulos borrosos. Rene efectuaba el mismo trabajo por otro lado. Chichi avanzo sola de tumba en tumba. El viento hacia revolotear sus velos negros. Los rizos se escapaban de su sombrero de luto cada vez que inclinaba la cabeza ante una inscripcion pugnando por descifrarla. Sus breves pies se hundieron en los surcos. Recogio su falda para marchar con mas soltura, dejando al descubierto una parte de su adorable basamento. Una atmosfera voluptuosa de vida, de belleza oculta, de amor, siguio sus pasos sobre la tierra de muerte y podredumbre. A lo lejos sonaba la voz del padre. -?Todavia no? Los dos viejos se impacientaban, queriendo encontrar cuanto antes la tumba de su hijo. Transcurrio media hora sin que los exploradores diesen con ella. Siempre nombres desconocidos, cruces anonimas o inscripciones que consignaban cifras de otros regimientos. Don Marcelo ya no podia tenerse en pie. La marcha por la tierra






blanda, a traves de los surcos, era para el un tormento. Empezo a desesperarse... ?Ay! No encontraria nunca la sepultura de Julio. Los padres tambien la buscaron por su lado. Inclinaban sus cabezas dolorosas ente todas las cruces; hundian muchas veces los pies en el monticulo largo y estrecho que parecia marcar el bulto de un cadaver. Leian los nombres... ?Tampoco estaba alli! Y seguian adelante por el rudo camino de esperanzas y desalientos. Fue Chichi la que aviso con un grito: «?Aqui..., aqui» Los viejos corrieron temiendo caer a cada paso. Toda la familia se agrupo ante un monton d tierra que tenia la forma vaga de un feretro y empezaba a cubrirse de hierbas. En la cabecera una cruz, con letras grabadas profundamente a punta de cuchillo, obra piadosa de los companeros de armas: «Desnoyers...» Luego, en abreviaturas militares, el grado, el regimiento y la compania. Un largo silencio. Dona Luisa se habia arrodillado instantaneamente, con los ojos fijos en la cruz: unos ojos enormes, de corneas enrojecidas, y que no podian llorar. Las lagrimas la habian acompanado hasta alli. Ahora huian, como repelidas por la inmensidad de un dolor incapaz de plegarse a las manifestaciones ordinarias. El padre quedo mirando con extraneza la rustica tumba. Su hijo estaba alli, ?alli para siempre!... ?Y no lo veria mas! Lo adivino dormido en las entranas del suelo, sin ninguna envoltura, en contacto directo con la tierra, tal como le habia sorprendido la muerte, con su uniforme miserable y heroico. La consideracion de que las raices de las plantas tocaban tal vez con sus cabelleras el mismo rostro que el habia besado amorosamente, de que la lluvia serpenteaba en humedas filtraciones a lo largo de su cuerpo, fue lo primero que le sublevo, como si fuese un ultraje. Hizo memoria de los exquisitos cuidados a que se habia sometido en vida: el largo bano, el masaje, la vigorizacion del juego de las armas y del boxeo, la ducha helada, los elegantes y discretos perfumes... ?Todo para venir a pudrirse en un campo de trigo, como un monton de estiercol, como una bestia de labor que muere reventada y la entierran en el mismo lugar de su caida! Quiso llevarse de alli a su hijo inmediatamente y se desespero porque no podia hacerlo. Lo trasladaria tan pronto como se lo permitiesen, erigiendole un mausoleo igual a los de los reyes... ?Y que iba a conseguir con esto? Cambiaria de sitio un monton de huesos; pero su carne, su envoltura, todo lo que formaba el encanto de su persona, quedaria alli confundido con la tierra.. El hijo del rico Desnoyers se habia agregado para siempre a un pobre campo de la Champana. ?Ah miseria! ?Y para llegar a esto habia trabajado tanto el, amontonando millones?... No conocia siquiera como habia sido su muerte. Nadie podia repetirle sus ultimas palabras. Ignoraba si su fin habia sido instantaneo, fulminante, saliendo del mundo con una sonrisa de inconsciencia, o si habia pasado largas horas de suplicio abandonado en el campo, retorciendose como un reptil, rodando por los circulos de un dolor infernal antes de sumirse en la nada. Ignoraba igualmente que habia debajo de aquel tumulo: un cuerpo entero tocado por la muerte con mano discreta, o una amalgama de restos informes destrozados por el huracan de acero... ?Y no lo veria mas! ?Y aquel Julio que llenaba su pensamiento seria simplemente un recuerdo, un nombre que viviria mientras sus padres viviesen, y se extinguiria luego poco a poco al desaparecer ellos!... Se sorprendio al oir un quejido, un sollozo... Luego se dio cuenta de que era el mismo el que acompanaba sus reflexiones con un hipo de dolor. La esposa estaba sus pies. Rezaba con los ojos secos, rezaba a solas con su desesperacion, fijando en la cruz una mirada de hipnotica tenacidad... Alli estaba su hijo, tendido junto a sus rodillas, lo mismo que de nino, en la cuna, cuando ella vigilaba su sueno... La exclamacion del padre estallaba tambien en su pensamiento, pero sin exasperaciones colericas, con una tristeza desalentada. ?Y no lo veria mas!... ?Y era posible esto! Chichi interrumpio con su presencia las dolorosas reflexiones de los dos. Habia corrido hacia el automovil y regresaba con una brazada de flores. Colgo una corona






en la cruz; deposito un ramo enorme al pie de esta. Luego fue derramando una lluvia de petalos por toda la superficie del tumulo, grave y cenuda, como si cumpliese rito religioso, acompanando la ofrenda con salutaciones de su pensamiento: «A ti que tanto amaste la vida por sus bellezas y sus sensualismos... A ti, que supiste hacerte amar de las mujeres...» Lloraba mentalmente su recuerdo con tanta admiracion como dolor. De no ser hermana, hubiese querido ser su amante. Y al agotarse la lluvia de flores se aparto, para no turbar con su presencia el dolor gimiente de los padres. Ante la inutilidad de sus quejas, el antiguo caracter de don Marcelo se habia despertado colerico, rugiendo contra el Destino. Miro el horizonte, alli donde el se imaginaba que debian estarlos enemigos, y cerro los punos con rabia. Creyo ver a la Bestia, eterna pesadilla de los hombres. ?Y el mal quedaria sin castigo, como tantas veces?... No habia justicia; el mundo era un producto de la casualidad; todo mentiras, palabras de consuelo para que el hombre sobrelleve sin asustarse el desamparo en que vive. Le parecio que resonaba a lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalipticos atropellando a los humanos. Vio un moceton brutal membrudo con la espada de la guerra; el arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste; al avaro calvo con las balanzas del hambre; al cadaver galopante con la hoz de la muerte. Los reconocio como las unicas divinidades familiares y terribles que hacian sentir su presencia al hombre. Todo lo demas resultaba un ensueno. Los cuatro jinetes eran la realidad. De pronto, por un misterio de asimilacion mental, le parecio leer lo que pensaba aquella cabeza lloriqueante que permanecia a sus pies. La madre, impulsada por sus propias desgracias, habia evocado las desgracias de los otros. Tambien ella miraba el horizonte. Se imagino ver mas alla de la linea de los enemigos un desfile de dolor igual al de su familia. Contemplo a Elena con sus hijas marchando entre tumbas, buscando un nombre amado, cayendo de rodillas ante una cruz. ?Ay! Esta satisfaccion dolorosa no podia conocerla por completo. Le era imposible pasar al lado opuesto para ir en busca de otra sepultura. Y aunque alguna vez pasase, no la encontraria. El cuerpo adorado se habia perdido para siempre en los pudrideros anonimos, cuya vista le habia hecho recordar poco antes a su sobrino Otto. -Senor, ?por que vinimos a estas tierras? ?Por que no continuamos viviendo en el lugar donde nacimos?... Al adivinar estos pensamientos, vio Desnoyers la llanura inmensa y verde de la estancia donde habia conocido a su esposa. Le parecio oir el trote de los ganados. Contemplo al centauro Madariaga en la noche tranquila, proclamando bajo el fulgor de las estrellas las alegrias de la paz, la santa fraternidad de una gentes de las mas diversas procedencias unidas por el trabajo, la abundancia y la falta de ambiciones politicas. El tambien, pensando en su hijo, se lamento como la esposa: «?Por que habremos venido?...» El tambien, con la solidaridad del dolor, compadecio a los del otro lado. Sufrian lo mismo que ellos: habian perdido a sus hijos. Los dolores humanos son iguales en todas partes. Pero luego se revolvio contra su conmiseracion. Karl era partidario de la guerra; era de los que consideraba como el estado perfecto del hombre, y la habia preparado con sus provocaciones. Estaba bien que la guerra devorase a sus hijos: no debia llorarlos. ?Pero el, que habia amado siempre la paz! ?El, que solo tenia un hijo, uno solo..., y lo perdia para siempre!... Iba a morir, estaba seguro de que iba a morir... Solo le quedaban unos meses de existencia. Y la pobre companera que rezaba a sus pies tambien desapareceria pronto. No se sobrevive a un golpe como el que acababan de experimentar. Nada






les quedaba que hacer en el mundo. Su hija solo pensaba en ella, en formar un nucleo aparte, con el duro instinto de la independencia que separa a los hijos de los padres, para que la Humanidad continue su renovacion. Julio era el unico que podia haber perpetuado el apellido. Los Desnoyers habian muerto; los hijos de su hija serian Lacours... Todo terminado. Don Marcelo sintio cierta satisfaccion al pensar en su proxima muerte. Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el final de esta guerra que tanto le habia preocupado. Fuese cual fuese su terminacion, acabaria mal. Aunque la Bestia quedase mutilada, volveria a resurgir anos despues, como eterna companera de los hombres... Para el, lo unico importante era que la guerra le habia robado a su hijo. Todo sombrio, todo negro... El mundo iba a perecer... El iba a descansar. Chichi estaba subida en un monticulo que tal vez contenia cadaveres. Con el entrecejo fruncido, contemplaba la llanura. ?Tumbas..., siempre tumbas! El recuerdo de Julio habia pasado a segundo termino en su memoria. No podia resucitarle ya por mas que llorase. La vista de los campos de muerte solo le hacia pensar en los vivos. Volvio los ojos a un lado y a otro, mientras sujetaba con ambas manos el revuelo de sus faldas, movidas por el viento. Rene se hallaba al pie del monticulo. Varias veces lo miro, luego de contemplar las sepulturas, como si estableciese una relacion entre su marido y aquellos muertos. ?Y el habia expuesto su existencia en combates iguales a este!... -?Y tu, pobrecito mio -continuo en alta voz-, podias estar a estas horas debajo de un monton de tierra con una cruz de palo, lo mismo que tantos infelices!... El subteniente sonrio con melancolia. Asi era. -Ven, sube -dijo Chichi imperiosamente-. Quiero decirte una cosa. Al tenerlo cerca le echo los brazos al cuello, lo apreto contra las magnolias ocultas de su pecho, que exhalaban un perfume de vida y de amor, le beso rabiosamente en la boca, lo mordio, sin acordarse ya de su hermano, sin ver a los dos viejos que lloraban abajo queriendo morir...; y sus faldas libres al viento, moldearon la soberbia curva de unas caderas de anfora.


                                         FIN






                                                                










Ïðàâîâàÿ èíôîðìàöèÿ: åñëè Âû ÿâëÿåòåñü àâòîðîì è/èëè ïðàâîîáëàäàòåëåì äàííîãî ïðîèçâåäåíèÿ è âîçðàæàåòå ïðîòèâ åãî íàõîæäåíèÿ â îòêðûòîì äîñòóïå, ñîîáùèòå íàì ïî àäðåñó copyright@rulib.net, è ìû íåìåäëåííî óäàëèì óêàçàííóþ ðàáîòó.